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Archivo de la categoría ‘Derechos’

Violación correctiva

Por Nuria Coronado

A la argentina Eva Analía De Jesús, conocida como Higui, el 16 de octubre de 2016 se le ha quedado grabada en el alma para siempre. Aquel fatídico día “ser mujer, lesbiana y pobre”, tal y como ella misma confiesa, le pasaron una terrible factura. Un grupo de 10 hombres intentó cometer lo que se conoce como una “violación correctiva” contra ella. La violación colectiva de lesbianas por parte de hombres con el fin de hacerlas mujeres y que sepan cómo se siente probar a un verdadero hombre” es desgraciadamente una realidad en muchos lugares.

Pintadas en defensa de Higui. Imagen facilitada por su campaña de apoyo.

A Higui, esta manada de seres (que no humanos) la acorralaron en el pasillo del edificio en el que vivía una de sus hermanas – donde había ido a celebrar el día de la madre-  para según ellos, cambiarla a la acera correcta. La tiraron al suelo, golpearon, dieron patadas y sentenciaron: “Te voy a hacer sentir mujer, forra lesbiana“, le dijo uno de los agresores, mientras le rompía los pantalones. “Vamos a empalar a la torta”, decía otro.

Ella no solo sacó fuerzas de donde pudo, también un pequeño cuchillo que llevaba por prevención en el pecho – no era la primera vez que la insultaban, amenazaban e incluso apedreaban por ser homosexual-. En el forcejeo, Cristian Espósito, uno de los agresores  (se le echó encima, intentó quitarle el pantalón y bajarle las bragas) y cayó herido por el puñal. Murió a las pocas horas.

Pese a lo terrible del suceso, como ocurre en demasiadas ocasiones, la víctima se convirtió en verdugo y además culpable de lo sucedido. Varios de los participantes en el hecho la denunciaron ante la policía por el apuñalamiento y posterior desenlace. No importó el testimonio de Higui, ni sus moratones, ni su miedo. Las autoridades decidieron que debía estar en un penal de mujeres hasta la celebración del juicio. La violación esta vez no solo era grupal y correctiva, también era institucional.

La madre de Higui en una movilización por su libertad. Imagen de Sebastián Hacher.

Esta otra violación continuaba en la Comisaría 2da donde al tomarle declaración de los hechos los funcionarios no la creían. Llegaron a reírse y decir “¡quién te va a querer violar con lo fea que eres!”. El resto le vino dado por la Unidad Funcional de Instrucción nª 25 de Malvinas Argentinas, el Juzgado de Garantías en lo Penal nª 6 de San Martín. Las declaraciones de los agresores la llevaron a prisión preventiva y al inicio de un juico por homicidio.

En la cárcel ha pasado ocho meses terribles. Pero su celda no han sido las cuatro paredes que la han cobijado. Su calabozo lo ha construido el machismo y la homofobia que recorre el mundo. De su cruel mazmorra ha salido gracias a las de siempre: a las mujeres valientes como su madre y sus hermanas, a las periodistas feministas que la han acompañado en este calvario, a las organizaciones LGTB que se han manifestado con la bandera de la libertad y el arrojo. El no callar de todas ellas durante estos meses, junto al escándalo internacional que ha conllevado, ha servido para que los jueces reconsiderasen su decisión y la dejaran en libertad, por la noche, casi a hurtadillas, a la espera del juicio.

En la prisión ha sufrido pesadillas por el encierro pero también se ha sentido acompañada por otras mujeres. Y es que, tal y como ha explicado en una carta de puño y letra publicada por el portal La Poderosa nada más salir del penal compartió celda “con ocho pibas amigables, entre clases y deportes que practicábamos dos veces a la semana, de modo que pude volver a correr. Y volver a respirar… Aun en los peores momentos, busqué la fuerza en las notitas que me mandaban mis sobrinos y en los dibujos que me hicieron con todo su amor, entre otras cartas que fui recibiendo y los gritos de ustedes, gargantas poderosas. Todos esos gestos me ayudaron a seguir, sostenida por sus abrazos… Tenía esperanzas de poder salir en cualquier momento, porque confiaba en ustedes, en esa fuerza que pusieron muchísimas mujeres desde afuera, para que yo la sintiera desde adentro”.

Higui se arrepiente de lo sucedido, ha llorado, se ha indignado. “Sin embargo solo tenía una elección: su vida o la de él”, me contaba Azucena su hermana. “Pese al calvario de verla en prisión, era mejor el truculento viaje de tres horas desde nuestro domicilio al Magdalena, Unidad 51 del Servicio Penitenciario Bonarense y los duros registros que sufríamos al entrar, que el tener que ir a verla a un cementerio. Hemos dado gracias, y las damos, porque siga viva”, añade.

Ahora ya en libertad, Higui no piensa callar. Tampoco le amedrentan las amenazas que está recibiendo por Facebook (hacia ella y su familia) y que ya ha denunciado a las autoridades. ¿Por qué hacerlo? Solo quiere ser ella. “Hay que seguir gritando, ¡la libertad no se mancha! Antes de pasar este calvario que me llevó a la cárcel, la vida tampoco me había resultado sencilla. Me discriminaban por la forma de caminar y no me aceptaban en ningún trabajo, sin tener en cuenta nada de mi interior, ni cómo soy en realidad, ni cuánto soy capaz de dar. Debí arreglármelas como pude, haciendo esas changas de jardinería que hoy me apasionan, porque siempre me gustó trabajar, sin techo, al aire libre. Y sí, por ser lesbiana debí soportar muchas agresiones; tantas que, llegado un punto, no me quedó otra que mudarme. Pero no fue suficiente, ni eso alcanzó para evitar que me atacaran con total impunidad: la Justicia portándose mal conmigo y mis atacantes en libertad. ¿Por qué todo esto? ¡Por pobre y por lesbiana! Pero ahora soy libre. ¡Soy libre, carajo!”.

Nuria Coronado es periodista, consultora en comunicación y editora.

Desde las entrañas de un divorcio

Por Irene Núñez Cid

Soy hija de padres divorciados. Mis padres se separaron cuando yo tenía 7 años y mi hermano 5. Confieso que al principio fue algo que me costó entender y asimilar. En 1991 era la única niña de la clase cuyos padres ‘habían dejado de quererse’ y la noticia llegó a todas las aulas del colegio.

Después de un divorcio pueden surgir nuevas formas de familia. Imagen de Jon Tyson.

Con el tiempo aprendí que el amor se puede acabar, y no pasa nada. Todo lo contrario, el fin de una etapa representa la oportunidad de vivir nuevas y mejores experiencias y, en mi caso, pasar a formar parte de lo que Roser de Tienda denomina como familias reconstruidas.

Familias que suman y que se enfrentan al reto de que esa suma funcione. Familias formadas a partir de otras familias que en su día se disolvieron para crear una nueva. Familias donde niñas  niños que quizás ni se conocían se convierten en hermanos de la noche a la mañana. Familias donde la pareja busca el equilibrio y el bienestar de todos sus miembros, intentando no descuidar a ninguno. Familias que tratan de llevarse bien con todas las partes. Familias que intentan hacerlo lo mejor posible.

Sin embargo, hasta hace recientemente poco tiempo, no me planteé en profundidad cómo había sido esa difícil experiencia para mis padres, en concreto para mi madre. Ha sido ahora, y tras la lectura de este libro, cuando me he puesto en su piel a través de las historias reales de mujeres auténticas como Remedios, Begoña o Mercedes. Mujeres que buscan salir adelante y comparten su experiencia como lección de vida y aprendizaje.

En uno de los capítulos de su libro, la autora, que vivió esta experiencia en primera persona pero desde el punto de vista de una madre, aporta consejos y reflexiones sobre cómo intentar gestionar esta fase con buena voluntad y sentido común.

Reconoce que, lógicamente, no siempre es fácil. Es un proceso en el que a priori intervienen dos personas, pero que finalmente afecta a muchas más.

Si con algo me quedo de toda esta lectura es que la clave está en tratar de perdonar para seguir adelante. Intentar ser honesto. Querer ser amable y, sobre todo, ser ejemplo para esos hijos e hijas que no merecen encontrarse en medio de un fuego cruzado.

Necesitamos voces como la de Roser, que sepan acompañar desde la cercanía y la complicidad muchos de los retos a los que se enfrenta una mujer en nuestro siglo, con historias conmovedoras que nos ayudan a sentirnos identificadas, además de aportar soluciones y terapias de vanguardia para vivir una vida más fácil y feliz. No es anecdótico que su último libro se llame Hazte la vida fácil.

Irene Núñez Cid es traductora y profesional de la Comunicación Social.

Niños fuertes, no hombres rotos

Por Flor de Torres Porras

UNICEF señala que, aunque no se les ponga la mano encima, presenciar o escuchar situaciones violentas del maltratador tiene efectos psicológicos negativos en los hijos. La presión psicológica ejercida al menor por exposición al maltrato de la madre es una forma de maltrato infantil, algo que se expone en la Convención Internacional de los Derechos del Niño (1989), ratificada por España. No en vano la Academia Americana de Pediatría (AAP) reconoce que ‘ser testigo de violencia de género puede ser tan traumático para el niño como ser víctima de abusos físicos o sexuales’.

Los niños son víctimas invisibilizadas de la violencia de género. Imagen de Kevin Gent.

Pero creo que hay que ir un poco más allá. La expresión de ‘maltrato infantil‘ no visibiliza adecuadamente la esencia de esta forma de maltrato, pues se produce como una forma añadida de maltrato a la mujer.

Debería de acuñarse el término ‘maltrato infantil de género’, no sólo el de la exposición de los menores como víctimas directas a la violencia de género, sino además aquel que persigue como única razón el seguir ejerciendo la violencia de género en determinados casos donde ya no se puede ejercer de forma directa sobre la victima, pero cuyo único fin es seguir atentando contra la mujer.
Solo es necesario acudir al sentido común para que denigrantes actos como el vivido en el Caso Bretón se infiera la violencia extrema a los menores en un contexto de maximizar el dolor que puede inferirse a una mujer. Son tantas las situaciones en las que los menores son usados como instrumentos de venganza, de presión, y como armas arrojadizas contra la madre, para seguir martirizándola en esa espiral emprendida, que es en esencia otra forma de violencia de género. Y lo es cuando ya, en pleno proceso de divorcio, no se puede proyectar o ejercer a la víctima en su presencia y con la hegemonía con que se hacía.
El catálogo de conductas del maltratador se estira a través de los menores sin importarles que además son sus hijos, o el sufrimiento que les genera. Los menores son auténticas víctimas de esa violencia de género iniciada con la madre y continuada en ellos, porque persiguen idéntico fin. Pero además ellos sí que están indefensos.

Recordando también a Leonor, y en su memoria, podemos entender que los menores son víctimas directas de la violencia de género. Leonor fue asesinada por su padre en un régimen de visitas el 21 de Marzo de 2013 en Campillos (Málaga), tras ser su madre amenazada con la frase ‘voy a darte donde más te duele’. Esta víctima de 7 años inició el contador de las víctimas invisibles de la violencia de género que también lo eran en derechos en 2014: los y las menores. Ella fue la primera menor considerada legalmente víctima directa de la violencia de genero cuyos derechos tuve el honor de defender. Su asesinato se contabilizó por primera vez en España a través de la Delegación del Gobierno de Violencia de Género como menor víctima directa de este tipo específico de violencia.

Si tomamos como referencia los casos de los 6 menores asesinados por sus padres en los últimos meses, estos niños estaban bajo la tutela de sus madres en 4 ocasiones y solo una de ellas había denunciado con medida de protección. Los demás no estaban protegidos legalmente por no existir denuncias previas.

Cuando un menor vive situaciones de violencia de género de su padre sobre su madre, su influencia es siempre directa. Le produce consecuencias físicas o psíquicas. Y sin duda porque el hijo o la hija de un maltratador tiene muchas posibilidades de sufrir alguna o varias de estas situaciones:

  • agresiones en el embarazo,
  • agresiones al proteger a la madre,
  • ser víctima directa de violencia física o psicológica del padre para multiplicar los efectos y sufrimiento a la madre,
  • como testigos presenciales de los malos tratos al escuchar la agresión desde su propia habitación
  • observando las heridas o secuelas producidas de forma inmediata a la madre,
  • presenciando el enfrentamiento previo o posterior del maltratador
  • en situaciones de maltrato físico o psicológico en el régimen de visitas para aumentar deliberadamente y como violencia de genero instrumentalizada a la madre

No. No son testigos o víctimas indirectas de la violencia de género. Son víctimas directas de la violencia de género por las consecuencias físicas o psíquicas que les producen tales hechos.

Hablemos con propiedad: un menor expuesto a la violencia de género es víctima directa y no indirecta de la violencia de género. Se ejerce sobre ellos maltrato infantil de género.
Los menores son aún más invisibles que sus madres. Y no solo eso. Les vinculan las decisiones de madres que sin asumir su condición de víctimas por su estado de dependencia emocional, quieren volver a estar con sus parejas sin reconocer que sus acciones vinculan a menores que no han sido visibles, que no se les ha oído sobre esa posibilidad de volver a convivir con el padre maltratador y más aún, no se les ha interesado ninguna protección frente a él.

Desde 2015, normas como la Ley de Protección de Infancia y Adolescencia  o el Estatuto de la víctima reconocen que un menor como mínimo ha de ser escuchado judicialmente como víctima directa de la violencia de género y de forma independiente a su madre.
La práctica nos ha enseñado que estos héroes de la violencia del género tienen mucho que contar sobre lo que sufren en primera persona como niños fuertes para no ser en un futuro hombres rotos, si son niños, y si son niñas, para no repetir la condición de víctimas que han visto en sus madres.

Pero para ello todos y todas hemos de hacerlos visibles también en derechos y dignidad porque con ellos también deconstruiremos la violencia de género que pasa de padres a hijos, eliminaremos su germen. Romperemos en mil pedazos los roles de chicos y chicas basados en sistemas patriarcales. Solo así avanzaremos a relaciones de pareja igualitarias en nuestros menores.

Serán nuestros niños fuertes, y no hombres rotos.

Flor de Torres Porras es Fiscal Delegada de la Comunidad Autónoma de Andalucía de Violencia a la mujer y contra la Discriminación sexual. Fiscal Decana de Málaga.

Guatemala: dolor, memoria y verdad

 

‘‘Solo me violó un soldado porque los demás agarraron a una mujer cada uno. Todas las mujeres fueron violadas, escuché cuando las mujeres gritaban. En ese tiempo tenía 16 años’’.

Estas palabras pronunciadas con valentía, llenas de dolor, de memoria y de verdad fueron parte del testimonio rendido por María Cavinal Rodríguez, una mujer indígena maya ixil sobreviviente del genocidio guatemalteco. Ella fue una de las diez valientes mujeres que en el año 2013 declararon ante un tribunal en Guatemala durante el juicio contra el ex dictador Efraín Ríos Montt por la matanza generalizada y sistemática contra el pueblo maya ixil. Allí, frente a quienes las deshumanizaron y quebraron su dignidad, sus vidas y sus cuerpos, relataron las crueldades a las que fueron sometidas.

Llegar a juicio ha sido un hito histórico para las mujeres de Guatemala. Ilustración de Mercedes Cabrera para Womens Link Worldwide.

Históricamente la violencia de género y, concretamente, la violencia sexual se ha utilizado como arma de guerra en los conflictos armados y en los ataques contra la población civil. Esta situación persiste hoy en día. Aunque se han conseguido avances importantes, aún se trata de una violencia invisibilizada y persisten serios obstáculos que impiden su investigación y su castigo. Lee el resto de la entrada »

La llamada del dato

Por Laila El Qadi

Muchas iniciativas, en los últimos años, se dirigen a cambiar el estado de opinión de la sociedad sobre la necesidad de incorporar a las mujeres en todos los ámbitos profesionales, especialmente auellos que han tenido una predominancia masculina. Un ejemplo son las áreas conocidas internacionalmente como STEM (acrónimo en inglés de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas),

Diversas asociaciones y grupos surgen para a mujeres y chicas las herramientas para que puedan ejercer con libertad su acceso al mundo laboral en todas las áreas, incluidas las científicas y tecnológicas.

Algunas organizaciones promueven la presencia de las mujeres en ámbitos de la ciencia como el análisis de datos. Imagen de Sergey Zolkin.

Un ejemplo es R Ladies Madrid,  que forma parte de una comunidad global,  de código abierto,  que pertenece a R Consortium-Linux Foundation. Su objetivo es fomentar el aprendizaje y uso entre las mujeres del  lenguaje de programación estadística R. Esto les permitirá optar a uno de los puestos más interesantes de reciente creación en el mercado laboral: el de data scientist.

Desde R Ladies Madrid trabajamos para dar a las mujeres la oportunidad de conocer más a fondo el papel del científico de datos y cómo en el análisis a través de esta herramienta se pueden mejorar y optimizar los procesos de cualquier compañía y gobierno. Para ello se organizan encuentros mensuales-meetups de carácter gratuito e igualitario donde se enseñan las últimas técnicas para analizar grandes volúmenes de datos utilizando R.

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22 lágrimas de esperanza

Por Beatriz Blanco

“Bajo del  autobús en la loma para contemplar el pueblo. Con el título de Trabajadora Social obtenido durante su reclusión, lucharía porque ninguna mujer padeciera los usos y costumbres. La vista de la hacienda detonó los recuerdos”.

Así comienza “Los Ancianos Sabios”, primer premio del I Concurso de relatos cortos sobre violencia de género convocado por la Fundación Luz Casanova. Los textos finalistas de este certamen internacional han sido recogidos en el libro Lágrimas de esperanza, que se presenta el próximo miércoles 17 de mayo.

“No molestar nunca más”. Ilustración de Rogelio Núñez ‘pARTido’ para el libro Lágrimas de Esperanza de la Fundación Luz Casanova.

Editado por San Pablo, el libro recoge los 22 finalistas de los 547 relatos que se presentaron al concurso llegados desde dentro y fuera de España. Prologado por la periodista Carmen Sarmiento, recoge títulos tan sugerentes como “Policía o secaría” , “Más que una noche” , “Navegar sin agua” o “La vergüenza del sol” e ilustraciones de Rogelio Núñez Partido.

La Fundación Luz Casanova trabaja en la prevención y atención de mujeres víctimas de violencia de género y en este marco se encuadra la convocatoria de este concurso de relatos y su posterior fallo y edición.

Las cifras son escalofriantes. A 8 de mayo, según datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, han sido asesinadas por sus maridos, ex maridos o compañeros sentimentales 23 mujeres y 9 menores y un caso más estaba siendo investigado.

Pero el crimen es el último acto de la violencia, pero no el único. Desgraciadamente muchas mujeres son víctimas durante muchos años, algunas pueden convivir con su agresor toda su vida de pareja. “Un viejo refrán kirguís dice que todo buen matrimonio debe comenzar con lágrimas. Las mías corren libres, abundantes, sin rumbo inundando  mi presente y mi futuro. Lágrimas, cascadas de tristeza, ríos de vidas rotas”, finaliza el relato “Lágrimas”.

Pero hay esperanza, de la violencia se puede escapar. Y lo que es mejor prevenirla, para ello nada más sencillo que educar a hijas e hijos en los valores de la igualdad. Erradicar el machismo de nuestra sociedad es la única manera de combatir esta bien llamada lacra social.

“A pesar de las cifras abrumadoras sobre la violencia contra la mujer (…) cada vez somos más las que nos unimos para decir con fuerza en un solo y alto grito. Ni una mujer menos. Nos queremos vivas”, escribe Carmen Sarmiento.

El libro Lágrimas de esperanza se presenta el próximo miércoles 17 de mayo en la librería San Pablo de Madrid (Plaza de Jacinto Benavente, 2), a las 19 horas.

Beatriz Blanco es periodista especializada en Violencia de Género, y colabora con la Fundación Luz Casanova

Sin casa pero con demasiados techos

Por Ana Gómez Pérez-Nievas

O por qué las mujeres enfrentan más obstáculos, también, a la hora de ver satisfecho su derecho a la vivienda en España

Sofía quita un móvil de las manos a su hijo de un año, que va cogiendo con rapidez todo lo que se le pone al alcance, mientras mira de reojo a su madre, también agotada y enfadada. “Llevo tanto tiempo peleando que hay momentos en los que te cansas, pero creo que es importante seguir luchando”, asegura con una mezcla de dulzura y fiereza.

Sofía se ha entrevistado con Amnistía Internacional para el informe “La crisis de vivienda no ha terminado. El derecho a la vivienda y el impacto de los desahucios de viviendas de alquiler sobre las mujeres en España”, porque sufrió las peores consecuencias de la falta de protección a este derecho que existen en España, y acumuló tres sinónimos de desamparo: mujer, sola y pobre.

Parece dispuesta a todo para denunciar cómo, siendo madre en ese momento de dos hijos y afrontando ella sola todos los gastos, su vivienda social fue vendida a lo que comúnmente se conoce como “fondos buitre” en Madrid, y cómo vio que las condiciones de su alquiler supuestamente social fueron cambiando hasta que llegó un momento en el que no pudo afrontarlas. Parece dispuesta a contar cómo finalmente fue desahuciada, y ahora vive en una casa que no reúne las condiciones adecuadas para ella y sus hijos. Dispuesta, hasta que la desigualdad y la discriminación se imponen de nuevo en su vida: mediante el miedo a que su ex marido maltratador pueda llevar a cabo represalias contra ella si sale en las noticias.

Ahora Sofía no ha dejado de luchar, pero tiene que hacerlo a escondidas. Y es que, como ella, muchas mujeres se enfrentan a un número mayor de obstáculos para el acceso a la vivienda en España por el hecho de ser mujer. Por un lado, porque son quienes “acaparan” la tasa más alta de paro, un 20,3% frente a un 17,2% en el caso de los hombres. Por otro, porque son quienes encabezan el 83% de los hogares monoparentales, sufriendo como consecuencia un mayor riesgo de exposición a la pobreza: un 37,5% de estos hogares la sufre, frente a la media española del 22,1%. Y de esta manera se perpetúa, por desgracia, el círculo vicioso que implica tener a personas al cuidado, que supone una mayor tendencia a tener que asumir empleos precarios y parciales, ya que las mujeres acaparan el 72,1% de los puestos a media jornada. Pero es que además, tampoco aunque sean víctimas de violencia de género tienen asegurada, en muchas ocasiones, una prioridad a la hora de acceder a la vivienda social.

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Vendedoras ambulantes: el orgullo de trabajar

Por Cristina Porras Bravo

La sala en la que se reúnen es pequeña, oscura y entra tanto ruido de la calle que casi no pueden oírse. Sin embargo tan solo el brillo de sus ojos es suficiente para entender lo que se está diciendo. Comparten emociones vividas durante su jornada de trabajo: las buenas ventas, los encuentros lindos, los robos, las persecuciones, el acoso, el miedo

La sociedad me mira como si yo fuera una vaga, pero no lo soy. Estoy trabajando. Trabajando para poder mantener a mi familia y eso me duele”, dice Anita, vendedora ambulante de Sao Paulo.

La venta ambulante es un trabajo duro, mal pagado y lamentablemente castigado. Los vendedores ambulantes de todo el mundo son muchas veces vistos como ciudadanos de segunda categoría, maltratados por los clientes, maltratados por las fuerzas de seguridad y carentes de todo apoyo legal. Más aún si son mujeres.

Venden la ropa que nos viste, la comida que nos alimenta, la música que nos acompaña… pero tras sus puestos y mantas las vendedoras ambulantes son invisibles. Sin derechos ni respeto, la sociedad olvida que trabajan para sobrevivir.

“Trabajo con mucha tensión y miedo. Solo me siento segura cuando llego a mi casa. Cuando me veo corriendo perseguida por un agente me siento basura, me traumatiza, me siento basura…basura, basura, basura… es horrible, no tengo otra palabra. Pero aunque vengan una y mil veces yo seguiré aquí una y mil veces”, se reafirma Vânia.

Anita Mendes y Vânia Almeida Andrade son dos mujeres vendedoras ambulantes de entre los 100.000 vendedores que tiene la ciudad de Sao Paulo. Tan solo en Brasil hay más de 2 millones de personas dedicadas a la venta informal en las calles. Las mujeres como ellas sufren la doble discriminación de ser mujeres y ser vendedora ambulante.

En Brasil hasta 1 de cada 3 mujeres ha experimentado violencia. Una violencia que está a la orden del día. Tanto, que según una investigación oficial, cada dos minutos, cinco mujeres son golpeadas violentamente en Brasil.

En este contexto las trabajadoras experimentan diariamente acoso verbal y sexual, intentos de soborno y corrupción, apropiación indebida de sus bienes y el no reconocimiento de su actividad productiva. Trabajan intimidadas por la policía que en cualquier momento puede confiscar todas sus pertenencias, su forma de ganarse la vida, el sustento para su familia. Son rechazadas por la sociedad muchas veces crítica con la venta ambulante; acosadas por clientes… y no tienen ningún respaldo ni apoyo por parte del gobierno.

Lejos de compadecerse y sentirse víctimas estas mujeres se han unido bajo el grito: ¡Somos mujeres! ¡Somos vendedoras ambulantes y queremos trabajar! Un canto que se hincha cuando muestran y verbalizan que están orgullosas de ser quienes son, que son felices vendiendo por las calles porque es su forma de ganarse la vida y de mantener a su familia. Un canto entonado para reclamar derechos que son suyos.  Son mujeres respetables y trabajadoras y la sociedad debe reconocerlo.

Juntas están haciendo de la violencia que sufren una defensa de la alegría. Se reúnen para compartir y sentirse arropadas pero sobre todo para aprender sobre cuáles son sus derechos y cómo pueden reclamarlos ante las instituciones.

Ellas son madres, hijas, hermanas… mujeres que cada mañana caminan largas horas hasta llegar a las calles más transitadas para poder vender sus productos. Mujeres cada día sufren insultos, estafas, robos y persecuciones para poder llevar a casa cada noche algo para mantener a su familia.

En el Centro Gaspar García de Brasil, con el apoyo de InspirAction, están trabajando para defender los derechos de las mujeres vendedoras ambulantes a trabajar y vivir con seguridad, conscientes de sus problemas y de la falta de recursos con los que cuentan.

Cristina Porras Bravo  es responsable de Comunicación Digital en InspirAction 

Economía y felicidad: lecciones desde el slum

Por Ana Claver

 “El comercio justo no te saca de la pobreza. El comercio justo hace que no te falte comida o que tengas un techo bajo el que vivir. Pero lo que te saca de la pobreza es pasar al siguiente nivel económico”

Shakuntala-Sanjay, trabajadora de Creative Handicrafts, Abril 2017

Grupo de costura y confección dirigido por Shakuntala Sanjay, que aparece en el extremo inferior derecho de la imagen. Copyright: Creative Handicrafts.

Esta semana he conocido a Shakuntala. En la misma semana en que se cumplen 4 años del derrumbe del Rana Plaza en Bangladesh, el edificio que albergaba talleres de confección, en condiciones de seguridad y laborales extremas e indignas, y que provocó la muerte de 1.134 personas.

Shakuntala no es de Bangladesh, es de India. Tienen en común que India es otro país clave en la industria mundial del textil y la confección, y que ella también trabaja en el sector. Podía haber sido una de las víctimas de una tragedia como el Rana Plaza. La diferencia es que ella trabaja para el sector textil de comercio justo. Y es una diferencia radical.

Shakuntala-Sanjay tiene 44 años y trabaja en Creative Handicrafts. Creative es una cooperativa de comercio justo, ubicada en Bombay (India), con más de 30 años de existencia y 13 grupos de mujeres que fabrican ropa. Shakuntala entró con 22 años. Empezó haciendo trabajos manuales porque no tenía ningún tipo de formación y ni siquiera sabía coser. Hoy, 22 años después, coordina un grupo de 18 trabajadoras.

Su experiencia de cambio personal y colectivo con el comercio justo es exitosa: desde los tiempos en que vivía con menos de 0,50 euros al día, porque no trabajaba -no existen oportunidades laborales para las mujeres migrantes rurales sin educación ni formación de los slums de Andheri en Bombay-, a su situación actual: independiente económicamente, con una casa segura y saludable, y su hija Shirley trabajando como profesora en uno de los centros de enseñanza más reconocidos de Bombay -Shirley pasará “al siguiente nivel económico”-. Para ella, poder ofrecer una educación a su hija ha sido uno de los cambios más importantes en su vida.

Shakuntala organiza recursos y personas, revisa las calidades de las prendas y gestiona pedidos para cumplir entregas y plazos. Es quien logra que las prendas estén listas en la tienda de comercio justo de mi barrio y que lleguen a tiempo para la colección primavera-verano que trae el mes de abril.

Aunque en España aún estamos lejos de la media europea de consumo de productos de comercio justo -nuestro gasto anual es unas 17 veces inferior-, lo cierto es que el comercio justo crece anualmente en España.  Y como dice Shakuntala, “si el comercio justo sigue adelante, nosotras salimos adelante”. No porque sea una relación de ayuda, sino porque es una relación profesional justa entre quienes producen -ellas- y quienes compran -nosotros-.

El aumento constante de las ventas del comercio justo es el mejor mensaje que la ciudadanía con poder de compra podemos enviar a las grandes marcas de la moda: queremos ropa digna, que no daña vidas. Ropa que respeta los derechos de las personas -de quienes producen y de quienes consumimos-, y del planeta. Ropas que promueven oportunidades de desarrollo vital, profesional y de autonomía personal como las que Creative Handicrafts fabrica y Shakuntala muestra. Oportunidades de pasar al siguiente nivel económico.

Si las grandes cadenas de la moda promueven y vigilan condiciones dignas en sus cadenas de suministro, si promueven la transparencia sobre quiénes son sus proveedores y dónde se ubican, las personas beneficiadas por el comercio justo seremos no solo miles, sino millones.

Y, como Shakuntala afirma, nos sentiremos más responsables, más orgullosas, más felices. Y quizá ella y muchas otras trabajadoras hayan logrado pasar al siguiente nivel económico.

Ana María Claver Muñoz trabaja en investigación social e incidencia política en Oxfam Intermón

Terroristas: mujeres invisibles

Por Clara Herranz

En 1985, durante la guerra civil libanesa, se produjo el primer atentado terrorista suicida protagonizado por una mujer. Su nombre era Khyadali Sana Mehaidali. Más de quince años antes, la militante palestina Leila Khaled fue la primera mujer en secuestrar un avión. Pero la participación de mujeres en organizaciones terroristas se remonta a los orígenes del terrorismo. Ya en el siglo XIX, donde la mayoría de historiadores sitúan el origen del terrorismo subversivo, Sófya Peróvskaya, fue una de las responsables de dirigir y coordinar el atentado contra el zar Alejandro II.

La palestina Leila Khaled se ha convertido en un icono. Imagen de palestinalibre.org

A pesar de que las mujeres terroristas siempre han estado presentes, su participación en organizaciones terroristas ha sido un fenómeno muy poco explorado e investigado. Esta escasa atención por parte de instituciones, academia y medios de comunicación se debe a que el papel de las mujeres suele considerarse subalterno, aunque en muchos casos han ocupado puestos de liderazgo y han participado en la toma de decisiones, como es el caso de la Fracción del Ejército Rojo (RAF) en Alemania, el Sendero Luminoso en Perú o la propia ETA.

Las escasas investigaciones realizadas al respecto, son profundamente esencialistas y estereotipadas. Por un lado, es habitual que las mujeres terroristas sean tratadas de forma muy condescendiente. De entre las motivaciones de las mujeres para unirse al terrorismo suelen destacarse las de tipo emocional o personal, eliminando las de tipo ideológico o político de la ecuación como si las mujeres no fueran sujetos políticos. Las mujeres, además, son consideradas víctimas de la manipulación, lo que elimina su capacidad de agencia y las reduce a sujetos pasivos. El hecho es que hombres y mujeres son igualmente susceptibles de ser manipulados o de dejarse llevar por sus emociones.

Por otro lado, es habitual que se juzgue de manera mucho más severa una atrocidad si esta ha sido cometida por una mujer. Esto se debe a que sigue imperando una visión dominada por los estereotipos de género: la dulzura y pasividad femenina frente a la agresividad masculina. Por ello la involucración de mujeres en actividades violentas se considera un atentado contra la propia naturaleza femenina, motivo por el cual son duramente juzgadas e incluso demonizadas.

Es por tanto conveniente comenzar a prestar atención a este fenómeno y analizarlo sin caer en visiones reduccionistas y estereotipadas del género. Sólo así se logrará comprender de forma más adecuada esta realidad y hacer frente al terrorismo de forma más eficaz. Porque si bien las mujeres han tenido un papel esencial en la actividad terrorista, su implicación en las estrategias de prevención, pacificación y resolución de conflictos es igualmente crucial.

Clara Herranz es graduada en Comunicación Audiovisual y Ciencias Políticas y colaboradora de la revista Dispara Magazine.