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Archivo de Julio, 2016

Depresión de género

 

Por Nuria Coronado

Los datos lo dicen bien claro. Las mujeres sufrimos más depresión que los hombres. Tanto, que la que será la primera causa de discapacidad en el mundo para el año 2030, nos afecta en España el doble que a ellos. Más concretamente con un episodio de depresión grave a lo largo de la vida del 16,5% frente al 8,9% de los hombres.

depresion

Las mujeres sufren de depresión mucho más a menudo que los hombres. Especialmente por causas exógenas. Imagen de Pixabay

Cifras que plantean una nueva perspectiva de este trastorno mental frecuente que según voces expertas como la asociación Mujeres para la Salud  ha de tratarse más allá de los factores hormonales que controlan las emociones y el estado de ánimo y de la prescripción médica. ‘Los tratamientos del modelo médico convencional no se cuestionan las verdaderas causas de sus malestares que no son otras que la falta de equidad, tanto en la distribución del trabajo productivo como en el reproductivo y en el tiempo de ocio y descanso. Tampoco se tienen en cuenta que ellas son las cuidadoras principales, lo que les produce una gran sobrecarga física y emocional y, por lo tanto, un impacto negativo en su salud. El cumplimiento del rol femenino asignado supone que tengan deseos insatisfechos por la falta de dedicación a proyectos de vida personales; escasa independencia y autonomía personal’, explica Beatriz Velardiez, responsable de comunicación de la asociación. ‘Recetar ansiolíticos o antidepresivos para hacerles creer que todo se solucionara y así readaptarlas por obligación y resignación a sus realidades familiares no es la solución’, añade.

Se trata por tanto de aplicar una terapia alternativa con un enfoque bio-psico-social de género, centrada en el peso fundamental de los factores de desigualdad de género tanto en el diagnóstico como en el tratamiento. ‘Las depresiones exógenas —aquellas que tienen su causa en el exterior, en las circunstancias— afectan de modo muy desigual a uno y otro sexo: el 30% afecta a los hombres y el 70% a las mujeres. Este gran porcentaje de depresiones femeninas sin causas biológicas que lo expliquen, tiene por tanto su origen en la condición de un entorno que afecta específicamente a las mujeres. Y esta realidad nos lleva a la única respuesta plausible: que la socialización de género (o sexista) es la responsable que determina las relaciones de poder/sumisión entre ambos sexos, y sus consecuencias negativas en la salud mental de las mujeres. Es decir, todas estas mujeres padecen este tipo de depresión’, añade Velardiez.

¿Cómo identificarla? Según @saludymujeres sus síntomas son muy similares a los de cualquier depresión situacional. No así su origen:

  • En lo psíquico se muestra tristeza, apatía, desmotivación, falta de concentración, irritabilidad, pesimismo, culpabilidad, ansiedad, etc.
  • Las manifestaciones somáticas o físicas pueden ir desde el insomnio o exceso de sueño, problemas alimentarios por exceso o por defecto, disfunciones sexuales, dolores y otras molestias diversas.
  • Sufrimientos y malestares característicos, tales como malestar difuso e irritabilidad crónica, incapacidad para pensar y actuar de forma lúcida y eficaz, descontento permanente de la relación de pareja, retroceso o paralización del desarrollo personal, limitación de la libertad y autonomía, desmoralización, inseguridad y falta de autocredibilidad, actitud defensiva o de queja constante e ineficaz (victimismo), deterioro, a veces muy acusado, de la autoestima.

Además hay cuatro situaciones vitales correspondientes a etapas generacionales más o menos concretas en las que se sufre este tipo de depresión.

  1. El momento iniciático del paso a la vida adulta. Entre los 18 y 35 años que están iniciando o desarrollando su etapa de autonomía profesional y vital. “Algunos de los conflictos de esta etapa están relacionados con romper el cordón con la familia de origen sintiéndose seguras de sí mismas, priorizar su carrera profesional, establecer relaciones con los demás desde la asertividad, reconocer su identidad sexual, relativizar las relaciones afectivas o plantearse su maternidad”, subraya Velardiez.
  2. Convivencia en pareja y en el ejercicio de la maternidad. Son mujeres de mediana edad en pareja y con hijas/os dependientes para quienes el cómo escuchar y atender las necesidades personales y construir un espacio personal es el reto de este momento.
  3. El final del ejercicio del rol de madre, la independencia de las hijas e hijos y vuelta a la relación de pareja sin ellos/as. Afecta a mujeres mayores en pareja y con hijas/os independientes.
  4. Mujeres maduras de más de 40 años que no tiene pareja y/o hijas/os ya que se han centrado en su desarrollo profesional. “Son independientes pero ven que se acaba la posibilidad de ser madres y se sienten mal porque creen que han desatendido el mandato de género por excelencia: tener un hombre a su lado y formar una familia”, describe Velardiez.

Visto lo visto, si en esos momentos vitales no se tienen las herramientas necesarias para superar en positivo cada una de ellos, la depresión de género llamará a la puerta de casa y querrá quedarse como invitada vip. ¿Qué tal si ponemos los medios para dar la espalda a visita tan poco deseada y dañina?

NuriaCoronadoNuria Coronado es periodista, editora en www.lideditorial.com  y responsable de Comunicación de Juan Merodio

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¿Revolución sin mujeres?

 

Por María Teresa Fernández Ampié

“Mire compañera, la verdad es la revolución no se puede hacer sin la participación de las mujeres”

Inicio de la canción El cenzontle pregunta por Arlen, dedicada a Arlen Sui, mártir de la Revolución en Nicaragua.

Hoy 19 de julio se cumplen 37 años del triunfo de la Revolución Popular Sandinista en Nicaragua, un hecho que marcó tanto la historia del país, sino la historia personal de quienes vivimos ese momento de transformación social. Como muchas mujeres de mi generación participé en la lucha contra la dictadura somocista en el movimiento estudiantil, levantando  barricadas, y con la Revolución en las distintas tareas, la alfabetización, la recolecta de algodón y café para que el país obtuviera divisas…

Así conocí a muchas mujeres en las tareas de la Revolución Popular Sandinista: obreras agrícolas o campesinas, como Nubia Quintero. Ella con 27 años se involucró en la revolución y además de aportar en las tareas de la causa, era madre de cinco hijos y productora. Dedicaba una buena parte de su tiempo a cosechar maíz y ajonjolí, a pesar de no tener tierra propia. Participaba en la revolución con la esperanza de un futuro mejor para ella, para sus hijos y su país.

Desde el 2006, cada año las mujeres rurales organizadas le recuerdan al Gobierno de NIcaragua que tiene una deuda con las mujeres rurales. Exigen que se cumpla la ley que otorga tierra a las mujeres. Imagen: coordinadora de mujeres rurales.

Desde el 2011, cada año las mujeres rurales organizadas le recuerdan al Gobierno de NIcaragua que tiene una deuda con las mujeres rurales. Exigen que se cumpla la ley que otorga tierra a las mujeres. Imagen: coordinadora de mujeres rurales.

Como Nubia, conocí a muchas mujeres campesinas, algunas productoras y otras obreras agrícolas que trabajaban para grandes terratenientes, pero soñaban con tener una parcelita. Ellas y yo creímos que al triunfar la revolución, todas y todos seríamos beneficiados por igual. Sin embargo la reforma agraria iniciada en 1981, dos años después del triunfo, aunque reconocía el derecho de las mujeres a tener tierra, nos demostró que no fue así: de cada 100 personas a las que se entregó tierra, solamente 8 fueron mujeres. De esa manera, sin proponérselo, la revolución también contribuyó a  invisibilizar a las mujeres en el campo, y siguió la vieja cultura patriarcal de no reconocer a las mujeres como sujetas políticas de cambio y agentes de la producción agrícola.

Que la tierra estuviera en manos de los hombres era visto como algo normal, pero el involucramiento de muchas en cooperativas y otras formas organizativas y la necesidad de tener sus propios recursos como sí los tienen los hombres, les fueron abriendo un horizonte de derechos que ellas no conocían. Tanto así que hoy Nubia es la Presidenta de la Cooperativa Nuevo Amanecer, en la Comunidad Lechecuagos, del departamento de León, en Nicaragua. Después de la revolución, Nubia reconoce que las mujeres descubrieron que podían hacer muchas cosas que se consideraban tareas de hombres, como ser dueñas de la tierra, pero lamenta que aún después de tantos años, muchas no tengan parcelas propias.

En Nicaragua como en aquellos años, el gobierno sandinista hoy (en su tercer período de gobierno) afirma que no se puede hacer la revolución sin la participación de las mujeres, pero decirlo no es suficiente, como no lo fue en los años 80.  En aquel momento fue la reforma agraria la que representó la esperanza perdida, hoy tenemos la ley 717, Ley Creadora de un Fondo para compra de Tierra con Equidad de Género para mujeres rurales, aprobada en 2010 por una mayoría de diputados sandinistas y de los partidos de oposición, pero que hasta la fecha no se cumple, ya que no se asigna la partida presupuestaria que le corresponde en el Presupuesto General de la República.

Nubia, y miles de mujeres que alquilan tierra, piden prestada o producen a medias en tierra que no es suya, cada vez que llega la celebración de la revolución, esperan que por fin al Gobierno no se le pase la oportunidad de pagar la deuda que tiene pendiente con las mujeres rurales.

Pagar esa deuda contribuiría a una mayor participación política de las mujeres en organizaciones, cooperativas, salir de la violencia, negociar en el núcleo familiar, producir agroecológicamente, tener mayores ingresos para ellas y sus  familias, tener activos productivos para su empoderamiento y alcanzar una vida de bienestar.

María Teresa Fernández Ampié preside la Coordinadora de Mujeres Rurales de Nicaragua. Casi 20 años trabajando a favor de los derechos de las mujeres rurales nicaragüenses, promueve la organización y la participación activa de las mujeres en su propio empoderamiento y desarrollo.

¿Partos a la fuerza?

Por Lorena Moncholí 

Hace unos días conocimos la noticia de que una mujer embarazada había sido obligada a inducir su parto por orden judicial en el Hospital de Sant Boi de Llobregat, en Barcelona, que ha sido denunciada públicamente por Dona Llum, la Asociación Catalana por un Parto Respetado. La orden judicial fue solicitada por la ginecóloga que atendió a la mujer aquel día, en una revisión rutinaria, alegando la existencia de un riesgo para el feto que, según dicha profesional, requería la inducción del parto inmediata.

 Jan van Eyck: El matrimonio Arnolfini (1434)

Jan van Eyck: El matrimonio Arnolfini (1434)

Tras leer el relato de los hechos en diferentes medios, queda claro que la urgencia que quiso ver la profesional sanitaria no era tal, ya que tras acudir al hospital escoltada por los Mossos d’Esquadra como si fuera una delincuente, la mujer tuvo que esperar más de 5 horas a que se practicara la inducción. De haber existido tal riesgo inminente, el bebé no hubiera sobrevivido tantas horas de sufrimiento fetal.

Los médicos no son dioses. Diagnostican en base a síntomas, pruebas y probabilidades. No tienen la verdad absoluta. Se equivocan. De hecho, en 2015, la Asociación El Defensor del Paciente recibió 14.430 denuncias por negligencias médicas en España  y , a modo de ejemplo, los errores médicos son ya la tercera causa de muerte en Estados Unidos.

Si bien eso es algo que tenemos que asumir (sin dejar de reclamarlo), lo que no es posible aceptar es que un profesional sanitario se sienta dueño del cuerpo de una mujer únicamente por llevar una bata blanca. Vulnerando los derechos humanos y constitucionales a la integridad física de la madre, la mujer fue sometida a una actuación médica no consentida, sin que ni si quiera fuera informada convenientemente de los propios riesgos que la misma inducción suponían para ella y su hijo. Me deja sin palabras.

Porque la inducción de un parto conlleva riesgos, muchos, incluso la muerte.

Lo sé porque tengo un caso encima de mi mesa. Porque tengo que reclamar justicia por el fallecimiento de un bebé que no pudo soportar el parto inducido de su madre y porque un perito ginecólogo me ha tenido que contar (y lo ha contado en mi demanda) qué ocurre cuando fracasa una inducción.

Lo sé, porque para demandar, he tenido que leer los riesgos de la inducción que nos indican sociedades científicas de primer orden, como la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia y he tenido que llorar al estudiar las sentencias que tengo archivadas, en las que se condena a los profesionales sanitarios por el fallecimiento de mujeres cuyos cuerpos no aguantaron la oxitocina suministrada para inducir su parto o por las secuelas causadas a bebés que padecieron sufrimiento fetal al no soportar estas inducciones. Bebés y madres sanos que fallecen o quedan gravemente afectados de por vida, porque esos riesgos de la inducción, de los que no fueron informados, aparecieron en su caso concreto. Tuvieron mala suerte.

Unos riesgos que todos, abogados, jueces, profesionales sanitarios y usuarias de los servicios sanitarios somos muy capaces de entender, si los leemos.

Que las mujeres de los futbolistas tengan la bendita suerte de no sufrir esas secuelas en sus partos programados contados en directo por Instagram no significa que todas las mujeres y bebés se libren.

Que una mujer haya sido sometida a la fuerza y contra su voluntad por orden de un juez a una actuación médica que puede implicar su fallecimiento o el de su bebé o la necesidad de realizar una intervención quirúrgica posterior, –  como es la cesárea – en caso de inducción fallida, demuestra el fracaso estrepitoso del sistema.

Demuestra que estamos en un punto de no retorno en el que el cuerpo de las mujeres se cosifica de tal forma, que dejamos de ser incluso sujetos de los derechos más elementales. Se nos priva de nuestro derecho a no sufrir riesgos e incluso de la facultad de elegir qué es lo mejor para nuestros hijos que están por nacer, convirtiéndonos en meros “recipientes” que pueden ser sometidos y pisoteados en aras a un “bien superior” dictado por un médico que decide por probabilidades.

No hay ética o norma legal capaz de justificar que, para salvar a un feto de un probable riesgo no probado, diagnosticado por un profesional que puede equivocarse, se pueda dejar la salud de una mujer abandonada a su suerte y ordenarle que ponga en riesgo su vida.

Eso solo puede decidirlo una madre. Y siempre decidimos el bienestar de nuestros hijos. Y solemos dar nuestra vida. Pero a partir de diagnósticos correctos, no cuando vemos claramente que estamos ante una profesional que no nos merece confianza.

Aquella mujer se fue del hospital, porque la ginecóloga no supo -o no quiso- explicarle los riesgos que tendría si aceptaba inducirse el parto. Una mujer informada a la que no se le dejó decidir qué riesgos asumía, y que, tras su “sublevación”, fue reducida por el poder obstétrico.

Focault, en su Historia de la Sexualidad, ya nos advirtió que estamos sometidos al “biopoder”, esa herramienta utilizada por los estados modernos para controlar a la población en todas sus facetas (hábitos de salud, reproducción, nacimiento, enfermedad, muerte, bienestar). No se equivocaba.

Nos contó que ya no nos controlan a través de los medios “hoscos” que utilizaban los viejos estados soberanos y que consistían en poder “hacer morir “o “dejar vivir”, sino a través de técnicas muy refinadas que persiguen justo lo contrario: “hacer vivir” y “dejar morir.” Tan sutiles que parece que sea algo que hemos decidido por consenso. Es lo correcto. Y haciendo “lo correcto”, todo nos parece que funciona. Son métodos imperceptibles a primera vista, pero que aplastan con todas sus fuerzas a todo aquel que intente salirse del sistema.

El biopoder, que siempre se esconde para que nos creamos libres, quedó al descubierto cuando aquella mujer quiso rebelarse, al no estar de acuerdo con un diagnóstico médico fallido. Y, con la ayuda de la “justicia”, la dejó con un bebé en los brazos obligado a nacer así de mal y sin nada más. Porque cuando vulneran tus derechos humanos, te lo quitan todo.

Lorena Moncholí es abogada, especialista en Derecho Sanitario, derechos del parto y del nacimiento, maternidad y familia.

Cinco preguntas pertinentes (o no) sobre trabajo sexual y derechos humanos

Por Ana Martínez

Gate i Oslo. Skummelt, mørkt, skremmende, stemning, natt, opplyst gatemiljø, gatelys, nattestid, ensomt, dystert, høstmørket, gatebelysning, gult gatelys, illustrasjon. Foto: © Luca Kleve-Ruud / Dagsavisen / Samfoto

Calle de Oslo por la noche. Foto: © Luca Kleve-Ruud / Dagsavisen / Samfoto

Oslo, Noruega, 11 de la noche. Las calles están vacías, a excepción de dos mujeres de origen africano que conversan bajo la luz de una farola. Varios policías vestidos de paisano se acercan y las interpelan de malas maneras: “¿Tenéis condones? ¿Dónde está vuestra documentación? No os queremos ver más por aquí”.

Acoso policial como en este caso, violencia, extorsión, hostigamiento o discriminación. Las personas que se dedican al trabajo sexual están especialmente expuestas a estas y a otras muchas vulneraciones de derechos humanos en todo el mundo. En su mayoría se trata de mujeres que, además, se enfrentan a múltiples formas de discriminación y desigualdades de género.

Amnistía Internacional ha publicado cuatro informes sobre trabajo sexual en Noruega, Argentina, Hong Kong y Papúa Nueva Guinea que evidencian los abusos y violaciones de derechos humanos que sufren las trabajadoras y trabajadores sexuales en estos países, la solución pasa por exigir a los Estados normas que protejan, respeten y hagan efectivos sus derechos humanos a la vez que abordan la trata, la explotación y la discriminación de género. Entre las medidas que Amnistía Internacional solicita a los gobiernos está la despenalización del trabajo sexual entre personas adultas cuando hay consentimiento.

Mona ejerce como trabajadora sexual y vive en las calles de Port Moresby, capital de Papúa Nueva Guinea, con sus tres hijos. A menudo, sufren agresiones verbales. “Dormimos y nos bañamos en los desagües. En ocasiones, algún cliente nos paga una habitación. Si pedimos agua a los vecinos, nos persiguen y nos insultan. Me da mucha vergüenza, pero no hay esperanza para nosotros”, explica. Las trabajadoras sexuales y sus familias están particularmente expuestas a la violencia y a otros abusos de derechos humanos. La esperanza de la que habla Mona está precisamente en leyes que garanticen que todas las personas tengan acceso a sus derechos económicos, sociales y culturales, a la educación y a oportunidades de empleo, además de que gocen de una protección y seguridad mayores. La despenalización supone eliminar las leyes y políticas que criminalizan o sancionan el trabajo sexual y reforzar aquellas que penalizan la explotación, la trata de personas o la violencia contra quienes se dedican a ello.

A Laura, una trabajadora sexual de las calles bonaerenses, la asaltaron una noche a punta de navaja. Nunca lo denunció a la policía. “No me van a escuchar porque trabajo en esto”, asegura. Cuando el trabajo sexual está penalizado, las trabajadoras y trabajadores sexuales están también privados de medidas de protección que podrían servir para aumentar la vigilancia e identificar y prevenir abusos de derechos humanos tan atroces como por ejemplo la trata. A menudo, las víctimas son reacias a denunciar si temen que la policía tome medidas contra ellas por vender servicios sexuales.

Es el caso del modelo nórdico, que prohíbe la compra de servicios sexuales, criminaliza la organización del trabajo sexual y penaliza a las personas que ejercen este trabajo y que se organizan con el objetivo de sentirse más seguras. Amnistía Internacional destaca que estas personas tienen dificultades hasta para encontrar algo tan básico como el alojamiento, ya que sus arrendadores pueden ser procesados por alquilarles un hogar. “Algunos clientes te agreden en sus apartamentos. Pueden hacerlo porque saben que estás demasiado asustada como para ir a la policía. No nos queda otra opción que obedecer sus reglas porque estamos en su casa y no podemos llevarlos a la nuestra”, explica Tina, una mujer nigeriana que trabaja en las calles de Oslo.

La doble discriminación y el estigma que sufren algunos colectivos, como el LGBTI, es otra de las principales preocupaciones en torno a la vulneración de derechos humanos en el trabajo sexual. Virginia, una mujer trans que ejerció como trabajadora sexual en Buenos Aires durante años, explica las dificultades a las que tenía que hacer frente para acceder a los servicios médicos: “Cuando estaba enferma, iba al hospital, pero la gente siempre nos maltrataba. Nos decían que fuéramos a otra clínica porque allí no podían tratarnos…”. Ante este tipo de abusos, es necesario combatir la discriminación y los estereotipos de género perjudiciales, empoderar a las mujeres y al resto de grupos marginados y garantizar que ninguna persona carece de alternativas viables para ganarse la vida.

En definitiva, ¿qué deben hacer los gobiernos para proteger los derechos de las trabajadoras y trabajadores sexuales? Amnistía Internacional demanda un marco jurídico que proteja a estas personas frente a la violencia, explotación y la coerción; que impulse su participación en la elaboración de las leyes y políticas que afectan a su vida y su seguridad; y que garantice el acceso a la salud, la educación y les ofrezca oportunidades de empleo.

Ana Martínez es periodista en Amnistía Internacional España.

Los otros sanfermines

 Por Nuria Coronado NuriaCoronado

Para algunos los sanfermines son el ruedo perfecto en el que dar rienda suelta a su machismo. Se divierten, torean y clavan banderillas a quienes considera forman parte de la diversión: las mujeres. Ellos provocan agresiones sexuales como las que señala el Instituto Navarro de Igualdad: cinco en 2014, diez en 2013, seis en 2012 y tres en 2011.

Manifestantes en Pamplona contra la violencia sexual en San Fermín. (GTRES)

Manifestantes en Pamplona contra la violencia sexual en San Fermín. (GTRES)

Un problema grave que este año el Ayuntamiento pamplonica ha intentado combatir con un dispositivo de cámaras de alta definición para identificar y prevenir agresiones o tocamientos, un mapa de puntos negros, iluminación extra de ciertas calles o baños públicos, apertura de un punto de información (12 a 14 horas y 18 a 24 horas) en la plaza del Castillo tanto para informarse de la campaña contra las agresiones como a acudir en caso de sufrir una. También ha habilitado un teléfono de atención las 24 horas en el que recibir ayuda social. Las cifras de denuncias por agresiones sexuales, intentos, abusos y detenciones han ido creciendo durante las fiestas, y también las de detenciones. No sabremos el balance final hasta que terminen.

Pero las cifras oficiales no lo dicen todo. La primera de estas violaciones hizo saltar las alarmas de un problema en el que sólo se ve la punta del iceberg. Varios colectivos feministas de la zona declaran es solo el 10% de los casos porque el resto no se denuncian. Un grupo de cinco hombres está ya detenido -uno de ellos Guardia Civil – porque presuntamente violaron en grupo a una joven en un portal y además grabaron con el móvil la aberración colectiva. Como si fuera un pasatiempo.

Ella, a pesar de todo, sacó fuerzas y plantó cara al miedo con la defensa de la víctima: la denuncia. Y lo hizo de inmediato. Por eso recordaba sus caras, su vestimenta, su acoso. Pudo describir sus caras a la policía foral, aunque seguramente le faltaron las palabras que describieran su indefensión ante tal vileza. Su gran coraje ha servido para detener a quienes se creyeron con más poder que ella. El alcalde de Pamplona, Joseba Asirón, le ha dado las gracias por ello. ‘Su valentía al poner la denuncia ha posibilitado las detenciones‘, dijo.

Ellos, cual cabestros, han cambiado su vida para siempre. Han puesto un antes y un después en sus planes tras esa madrugada. La han marcado con una agresión que duele, y mucho, y que no se debe a excusas como el alcohol, las drogas, las fiestas, la ropa, las calles solitarias o los portales oscuros. Se debe a que hay violadores, acosadores, delincuentes, machistas. Y punto. El Ayuntamiento de Pamplona lo ha dicho bien claro: ‘el consumo de alcohol u otras drogas no justifica los comportamientos sexistas, ni que se generen situaciones o espacios que resulten inseguros para las mujeres en los que ellas pierden su libertad’.

Hay que acabar para siempre con el modelo social que protege al agresor y culpa a las mujeres. ‘Se trata de dejar de exigirles a ellas condescendencia para aceptar piropos, molestias o acosos, justificándolo bajo la premisa de la fiesta o de las costumbres’, añade Asirón. Así dejará de pasar que cada minuto 3 mujeres sean violadas en el mundo, y en España tres al día (una cada ocho horas).

Nuria Coronado es periodista, editora en www.lideditorial.com  y responsable de Comunicación de Juan Merodio

Día de la población: una mirada a las adolescentes

Por Susanna Oliver 

Grace and Georgina escriben sus tareas escolares. Cada día tienen que caminar 50 minutos para buscar agua. Imagen: Kapululwe ADP.

Grace and Georgina escriben sus tareas escolares. Cada día tienen que caminar 50 minutos para buscar agua. Imagen: Kapululwe ADP.

El 11 de julio de 1987 la Tierra alcanzó los cinco mil millones de habitantes. Por este motivo hoy celebramos el Día Mundial de la población. Cada año, en este día se pone el énfasis en un aspecto que afecta a los ya más de siete mil millones de personas que habitamos el planeta. En 2016 el tema es la inversión en las adolescentes, para lograr la primera meta del Objetivo de Desarrollo Sostenible 5 – Reducir la desigualdad, que es: poner fin a todas las formas de discriminación contra todas las mujeres y las niñas en todo el mundo.

Y es que, como he podido comprobar en mi trabajo en cooperación, las adolescentes, y especialmente las que viven en los países más pobres, son las que más sufren la desigualdad. En las familias que no tienen suficientes recursos para que todos los hermanos vayan a la escuela, he visto que son ellas las que se quedan en casa ayudando a la madre en las tareas del hogar. Eso en las culturas en las que al menos se les permite el acceso a educación.

En las comunidades alejadas de fuentes y ríos, las he visto ir a buscar agua, caminando kilómetros cada día, cargando pesos tremendos bajo un sol de justicia y expuestas a toda clase de peligros.

En muchos países del Sur, cuando en la familia no hay para comer, me han contado que las entregan en matrimonio siendo aún adolescentes, o incluso niñas, para cobrar así una dote y tener una boca menos que alimentar.

He comprobado, en las comunidades de africanas y latinoamericanas que he visitado, que se quedan embarazadas siendo menores de edad, que muchas padecen secuelas de estos partos prematuros toda la vida, y algunas mueren en el intento, y que prácticamente todas cargan con un montón de hijos desde muy jóvenes.

Las estadísticas me indican que cada 6 segundos es a una de ellas a quien se practica la mutilación genital para apaciguar su deseo, para que sea fiel y sumisa a su marido.

Y con ellas he estado en reuniones en las que no se las escucha, por mucho que se toquen temas que afectan sus vidas, o en las que, como mínimo, sus opiniones son las últimas y las menos valoradas.

Y todo esto no sólo es injusto, sino que además es un tremendo error que nos afecta a todos, porque perdemos la oportunidad de aprovechar la capacidad física e intelectual de cientos de miles de adolescentes, de mujeres que podrían estar contribuyendo a hacer de éste un mundo mejor.

Desde la ONG en la que trabajo, World Vision, hemos logrado que las mujeres en edad fértil reciban información sobre planificación familiar, sobre el espacio óptimo entre embarazos y sobre cuidados prenatales (además de suplementos de ácido fólico y hierro), y con ello hemos logrado reducir la mortalidad materna e infantil y que los niños que nazcan estén  más sanos. También hemos logrado dar acceso a escolarización a las niñas y esto no sólo les ha dado acceso a mejores oportunidades de empleo, sino que, además, ha conseguido que sus familias tengan mejor salud y sus hijos puedan recibir una mejor educación. Y las hemos formado en sus derechos, entre ellos el derecho a la integridad física, y les hemos dado voz en sus comunidades, consiguiendo que muchas de ellas se alcen como ejemplos de líderes a distintos niveles; un ejemplo es Fatmire Feka, una chica kosovar, que ha sido propuesta al premio nobel de la paz.

En este 11 de julio os animo a que busquéis la forma de contribuir a que las adolescentes que viven en las peores condiciones del mundo puedan tener acceso a un futuro mejor.  Por ellas, y por todos.

Susanna Ghana 2015Susanna OIiver es responsable de Proyectos en Fundación World Vision

Tejiendo hilos que nos fortalecen

Por Nuria CoronadoNuriaCoronado

Las conquistas, las que logran cambiar el mundo se consiguen conjugando el plural. Un plural que a veces parte del singular, del impulso motivador de una persona que da el primer paso y al que después se unen otros. Así ha sucedido con unas cuantas mujeres que en su día, a pesar de tener miedo, decidieron moverse. Dijeron basta a diferentes presiones o roles impuestos y concluyeron que el momento del “ahora o nunca” les había llegado.

Uno de los carteles del Club de malas madres

Uno de los carteles del Club de Malas Madres

Eso fue lo que le sucedió a Laura Baena impulsora de @malasmadres quien cansada de horarios imposibles y de no tener vida para conciliar comenzó desahogándose con un blog que hoy es capaz de aglutinar el sentimiento de muchas madres (y también padres) que no quieren formar parte de un mundo en el que el trabajo es lo único que importa. Ella se negó con su primer embarazo a que la exigente cultura empresarial del mundo publicitario en el que por entonces trabajaba, le marcara jornadas laborales extenuantes. No le compensaba ser la mejor profesional a costa de regentar el título de la peor madre. ‘Con mi primera hija a la que apenas veía entré en conflicto conmigo misma. Me dolía llegar a las tantas a casa después de un día de locos y tener que agarrar sus manitas, ponérselas en mi cara, y decirle: ¡soy mamá! para que ella así me reconociera’, explica.

Baena se propuso que el estigma de superwoman que campaba a sus anchas en su vida (y de paso en la del resto de mujeres) dejase de aparecer en su vida cual tormento. ‘La educación que había recibido me decía que iba a poder con todo, que merecía la pena el esfuerzo, y sin embargo, llegado el momento del embarazo y posterior crianza se me castigaba y relegaba por no ser la mujer 10’, añade. Ahora su especial club tiene vida propia  y cada vez son más las mujeres que se han unido a él ya que lejos de esa perfección luchan por no perder su identidad, por seguir creciendo profesionalmente, por desmitificar la maternidad y sobre todo por ponerse el mundo por montera y ser felices. ‘Estoy segura que uniendo conciencias y esfuerzos conseguiremos acabar con el concepto de la super mujer, ese que nos impone la sociedad y que no nos ayuda en nada. Porque no tenemos súper poderes ni queremos tenerlos. Somos personas con días mejores y días peores que siempre intentan hacerlo lo mejor posible. Eso es lo que cuenta’. 

Otra valiente que empezó casi en solitario y ha acabado más que bien acompañada es Ana Calderón, artífice de http://lasmujeresnosmovemos.com/ A ella le hervía la sangre con estadísticas tan reales y dañinas como las que dicen que solo una de cada tres mujeres hace ejercicio de forma habitual y por tanto dejan en manos de la suerte la posibilidad de una vida saludable. ‘Estamos acostumbradas a cuidar de todos menos de nosotras y tenemos que empezar a cambiar esta tendencia. Todos y todo siempre es más importante que una misma y esta manera de proceder es negativa para toda la sociedad, pero en especial para nosotras ya que nuestra salud queda al final de todo cuando en realidad es el principio de todo. Tener tiempo para practicar ejercicio tiene que convertirse en un prioridad’, recalca. Por ello, se ha propuesto cambiar estos números y conectar a miles de mujeres – empezando por España y llegando después a todo el mundo- utilizando la tecnología, Internet y las redes sociales como palanca de cambio. Su sueño, después de unos meses está cada vez más cerca en cumplirse. ‘Estamos a punto de ser 50.000 mujeres animadas a hacer deporte gracias al 2.00′, explica.

Sus ejemplos son solo dos gotas de agua de un océano que cada vez se desborda más inundando y empapando al mundo con una apuesta por la corresponsabilidad y la igualdad. Ellas, como tantas otras, practican el bonito arte de tejer hilos para hacernos más fuertes y mejores. Ellas, como dice el escritor Eduardo Galeano, logran que a fuerza de ‘mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas‘ se cambie el mundo, y siempre sea a mejor.

Nuria Coronado es periodista, editora en www.lideditorial.com  y responsable de Comunicación de Juan Merodio.

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Metafísico: nuestro cuerpo contra nosotras mismas

Por Lula Gómezlula-sobre-mc3ad

¿Hay algo más allá del físico?, ¿me queda grande el mundo o la ropa pequeña? Aprieta bien, que no se note que soy mujer”, se escucha en el vídeo Metafísico, ideado por cuatro jóvenes de la Casa de la Juventud de Villarejo, Madrid, para repensar qué le pedimos al cuerpo y cómo nos esclavizan los cánones. Porque la mayoría, obedecemos, domesticados, especialmente nosotras, mujeres, que caemos esclavas ante la dictadura de los kilos, las arrugas, las canas, las manchas, los años y las verrugas. Resulta fácil de explicar: la sociedad durante siglos nos ha convencido del valor social de nuestros cuerpos y de una belleza que se pesaba en kilos y en cánones, los que dictaba ella. No es nuevo. Hace ya tres siglos Mary Wollstonecraft escribía: ‘Enseñadas desde su infancia que la belleza es el cetro de las mujeres, la mente se amolda al cuerpo y, errante en su dorada jaula, solo busca adornar su prisión’.

metafisico

Fotograma del corto Metafísico.

En el caso de este corto, la idea surgió a partir de que una de las “ideólogas” no se gustaba: pesaba más de lo estándar y quería dejar de hacer teatro, su afición.

Metafísico les sirvió para darle la vuelta a la tortilla y descubrir cómo se usan la feminidad y la belleza como trampas que nos llevan a un “elimina, quita, reduce, deshaz, disminúyete”… Y así, talla a talla, crema a crema, centímetro a centímetro, nuestro cuerpo se vuelve contra nosotras mismas. Todo, porque lo dicen las revistas, la televisión y los cánones de esbeltas y delgadas. Todo porque el cuerpo de las mujeres se ha convertido en lugar público hacia el que también se ejerce violencia. Aceptamos la domesticación del mercado –a quien le interesa vender- y nos convertimos en mercancía, dejamos de ser libres. “Es hora de quererme. De romper el estereotipo. No necesito la aprobación de nadie”, se escucha en el vídeo de las jóvenes madrileñas como grito de libertad ante la imposición de ser delgada.

Se trata de romper con el yugo de la báscula y las imposiciones. La feminista  Naomi Wolf en su libro El mito de belleza lo expresaba de una forma nítida y clara: ‘Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no está obsesionada con la belleza de las mujeres. Está obsesionada con la obediencia de estas. La dieta es el sedante político más potente en la historia de las mujeres: una población tranquilamente loca es una población dócil’.

El pequeño vídeo es bello, de una belleza enorme, una belleza que no se pesa. firman: Martina García Morente, Miriam González Díaz, Beatriz Luis Piñero y Ramón Fernández González. Merece la pena verlo.

Lula Gómez, escritora y periodista todoterreno. Actualmente dirige su propia agencia desde la que propone contenidos, edita, crea y ejecuta ideas de comunicación. Ha dirigido el documental Mujeres al frente, la ley de las más nobles, sobre siete protagonistas de la historia reciente de Colombia.

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