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Una liana hacia el futuro

Por Margarita Saldaña MargaritaSaldaña

Con apenas veinte años, Paula ha pasado ya más de la mitad de la vida fuera de Perú, su país natal. La suya es una historia de superación que deja ver cómo algunas mujeres son capaces de transformar las sogas que pretenden ahogarles en lianas para saltar hacia el futuro.

Antes de llegar a España, Paula migró con su madre y sus hermanas a Rusia, donde aprendió el idioma por su cuenta, estudió secundaria y trabajó dando clases de español. Vino a España para estudiar el bachillerato, hizo selectividad y actualmente cursa el último año de carrera.

Para ayudar a la economía familiar, Paula lleva varios años trabajando en empleo doméstico, igual que su madre. Reconoce que al principio sentía vergüenza: «yo no decía en qué trabajaba mi madre, decía que era ama de casa, porque en Perú teníamos otro estilo de vida, teníamos empleada que nos ayudaba. Luego vi que eso no era malo. Yo valoro mucho a mi madre, veo que nos ha sacado adelante con mucho esfuerzo y para mí es un ejemplo de superación a pulso».

Hizo la prueba de colocarse como interna. La señora le daba permiso para ir a clase a cambio de no descansar el fin de semana, pero enseguida tuvo que dejar el trabajo porque el tiempo de estudio no era suficiente.

Empleada doméstica. Imagen de periodismohumano.com

Empleada doméstica. Imagen de periodismohumano.com

En estos momentos, Paula trabaja como externa seis horas diarias: «limpio, cocino, plancho y cuido de una niña de año y medio. Como son pocas horas, tengo que tener todo muy esquemático para que me rinda el tiempo. Con la familia me llevo muy bien, me dan buen trato, son flexibles. A veces ellos me piden un viernes en la noche que me quede con la niña y yo se lo hago, y me pagan. Otras veces yo les pido un permiso para un examen o para el médico y me lo dan, y luego recupero las horas». Piensa que el hecho de estar estudiando influye para que sus jefes la valoren: «saben que no me voy a dejar avasallar».

Con el paso del tiempo, Paula ha descubierto que este tipo de trabajo le está permitiendo alcanzar sus objetivos, y confía en poder dedicarse a su profesión cuando termine la carrera: «la verdad es que no quisiera seguir trabajando en empleo doméstico. Para mí es temporal, quisiera poder conseguir una beca en una empresa y empezar a trabajar de lo mío. Trabajar y estudiar me tiene sobresaturada, aunque es verdad que lo valoro más porque veo que he podido, y encima saco buenas notas; para mí, el intentar compaginarlo todo es un incentivo».

Margarita Saldaña trabaja en  Pueblos Unidos

1 comentario

  1. Era difícil confiar en que todo iba a salir bien cuando había que limpiar a fondo el horno. Nos poníamos guantes y mascarilla para no respirar el olor tóxico del producto desengrasante y viscoso azul. Así empezábamos el día, limpiando una mezcla de grasa, fragmentos de mozzarela y gruyère carbonizados, junto a algún que otro trozo apenas identificable. Poníamos un cd sobre el que habíamos escrito canciones ñoñas con rotulador permanente rojo, estribillos que nos hacían conjurar los fantasmas de la tristeza que en cualquier momento podían aparecer allí, entre productos de limpieza, estropajos y agua sucia. Había que esforzarse por mantener a distancia los fantasmas. No sé cómo lo conseguíamos.

    Mientras raspábamos restos de queso carbonizado, sonaba un animado “It’s got to be perfect”. No era fácil convencerse de que algo iba a salir bien –menos aún que iba a ser perfecto– limpiando el horno, pero el ritmo alegre nos hacía canturrear que sí, que todo iba a ir bien, y pensábamos en la vida que no teníamos y en la que teníamos: la preocupación constante de no llegar a fin de mes. La primera frase de la canción siguiente repetía en inglés en mi lugar, en mi lugar… y la cantábamos también, inventándonos el significado que queríamos, porque aquel horno se parecía bien poco a un lugar, era, si acaso, un saliente rocoso cualquiera al que agarrarse en plena caída libre. Cada día estábamos más convencidas de que debíamos soltarnos. Todas acabamos haciéndolo.

    Según el relato oficial, la crisis comenzó con la caída de Lehmann Brothers, en 2008. No sé cuál es el nombre oficial de lo que sucedía antes de la crisis. Años antes, me refiero. Si era diversión, bienestar, normalidad o qué exactamente. Los empleos precarios a los que teníamos acceso no son mencionados en la narración oficial, ni los sueldos escasos, ni lo caro que era vivir, ir al cine, comer variado. Que todo vuelva a ser como antes, nos hacen desear ahora, mientras escriben el cuento del antes y el después, siempre traicionando el tiempo.

    La narrativa oficial sólo trata de encajar sus piezas, esas piezas que son nuestras vidas. Su funcionamiento me recuerda a aquellas canciones que utilizábamos para conjurar la amenaza de nuestros fantasmas en la cocina. Los estribillos repiten hoy paciencia, sacrificio, espera, fe. Todo pasará, la tristeza, la crisis, todo se va a solucionar. Nuestra amenaza en la cocina era empezar a llorar o gritar, porque allí los vasos eran de plástico, las bandejas metálicas. No había nada de cristal. Sin nada que romper, sólo podíamos hacer ruido, sencillamente sollozar. El relato político de la crisis nos ancla ahora en la estructura de la espera, nos hace confundir las isobaras del parte meteorológico con los pronósticos de alza o descenso del IPC. Acabamos canturreando que todo cambie, en lugar de cambiémoslo todo. ¿Hasta cuándo seguir esperando? ¿Cuáles son los fantasmas que conjuramos ahora?¿Nos decidiremos definitivamente a romper el poder hipnótico de las narraciones oficiales?

    Cuando acabábamos de limpiar el horno, aún quedaba el suelo. Había que tener cuidado de no resbalar. Nos sacábamos los guantes, la mascarilla y aún después había que cambiar el calzado, limpiar bien las suelas de los zapatos. El horno quedaba así listo para volver a ponerse en marcha.

    Hoy no es el horno, es este cuerpo el que se pone en marcha y se quema, va quemándose lentamente. Este tiempo es mío, me digo arrancando unas pocas horas al día, raspando los restos, agarrando estas palabras. Ésta es mi narración.

    Por Anfigorey
    13/Mayo/2013

    13 noviembre 2013 | 13:02

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