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Algo más que un juego

Por Belén de la Banda @bdelabanda

Las encontramos por casualidad, callejeando junto a la mezquita. Llamaban la atención. Eran muy pequeñas, demasiado para lo que estaban haciendo. Cocinaban con fuego vivo, real, en unas diminutas y perfectas cacerolitas metálicas, réplicas a escala de las que sin duda usaban cada día sus madres y sus abuelas. 

Tres niñas juegan a cocinar  en una calle de Bobo Dioulasso en 1995.

Tres niñas juegan a cocinar en una calle de Bobo Dioulasso (Burkina Faso, África Occidental)

Era imposible no pararse a mirarlas. Como si tuvieran poderes magnéticos, iban atrayendo a distintas personas. Otros niños se acercaban, con envidia probablemente, quizá con la esperanza de ser admitidos en el juego. Pero ellas seguían, tranquilas y concentradas, a lo suyo. Trasteando con las cucharas, las calabacitas, avivando el fuego bajo las piedras. Llamaban la atención, probablemente por la perfección de sus movimientos, también réplica a escala del trajín de cocineras experimentadas que preparan recetas mil veces repetidas. Pero llamaban la atención, sobre todo, por la alegría nuclear de su juego. O de su verdad. Sabían que estaban haciendo algo importante.

Varias personas se acercan a contemplar el juego.

Varias personas se acercan a contemplar el juego.

Era el verano de 1995, y han pasado muchos años, pero Burkina Faso sigue entre los países más pobres del mundo: el cuarto por la cola. Y allí la comida, los alimentos, son el centro de todo. Tener alimentos supone poder hacer mucho más. Quizá por eso ayer recordé a las pequeñas cocineras leyendo el magnífico especial de 20 minutos sobre el poder de los alimentos, y viendo con admiración  el video de las productoras de arroz de Burkina Faso. Y busqué aquellas fotos que fueron diapositivas. Quizá sólo son un pálido reflejo de aquel momento, pero merece la pena recuperarlo. Entonces y ahora, vuelven esta alegría y esta verdad: el poder de los alimentos, la alegría de tenerlos y transformarlos en algo mejor. No muy lejos del lugar donde jugaban aquellas niñas, Mariam Nana y sus vecinas convierten el arroz en oportunidades de futuro.

Una pequeña cocinera mirando a su público. Imagen: @bdelabanda

Una pequeña cocinera mirando a su público. Imágenes de @bdelabanda

Los alimentos tienen poder.  El mango que lucha por las mujeres, el arroz que enseña a leer, la patata que mejora la vivienda, el maíz que permite no desarraigarse, el azúcar que da trabajo digno…  Y como entonces, merece la pena asomarse a verlo. E incluso participar en el juego con un pequeño gesto. Porque el mero hecho de comer, de acabar con el hambre, hace posible que todo alrededor cambie.

 

Belén de la Banda es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

4 comentarios

  1. Dice ser raly

    Felicidades Belén por este bonito artículo. Ha sido maravilloso leerlo.
    Gracias!

    08 noviembre 2013 | 10:36

  2. Dice ser Extra

    No sólo los alimentos tienen poder. También los niños tienen poder. El poder de la creatividad propio de nuestra especie, al menos hasta que se le reprime y se le destruye. Destruimos el potencial natural propio de nuestra especie, a veces en el mismo parto, o unos meses después, o unos pocos años después de nacer. Estas niñas pobres son felices cocinando con fuego (mientras nuestros hijos son infelices rodeados de riqueza), porque están haciendo lo que es propio de nuestra especie: imitar a los adultos, tomar decisiones, llevarlas a cabo, comprobar la propia destreza, experimentar, manejar su cuerpo, y todo ello en un sistema de crianza en el que la lactancia, el contacto físco habitual y continuo, el colecho y el porteo son la norma.

    08 noviembre 2013 | 15:24

  3. mas-de-la-mitad

    Muchas gracias, Raly y Extra, por vuestros comentarios.Muy de acuerdo con la necesidad de entender las prioridades.Gracias.

    08 noviembre 2013 | 17:52

  4. ¡Precioso, me ha encantado! Mirando los niños se aprende muchísimo.Real como la vida misma.

    12 noviembre 2013 | 14:17

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