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Mara viste y calza Mara viste y calza

“Algunas personas
sueñan con piscinas,
yo sueño con armarios”.
Audrey Hepburn

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Carta a mi yo de 50 años (para cuando los tenga)

Querida yo de 50 años:

Antes que nada, lo siento.

Lo siento porque no me estoy echando crema de protección 50 todos los días antes de salir de casa. Ambas sabemos que lo he intentado, pero que soy un desastre y me acabo olvidando. Lo siento porque no soy capaz de beber los famosos dos litros de agua que recomiendan al día. Lo siento porque no consigo eso de pedirme un té verde cuando hay plan de cañas con los amigos en un bar.

@meetingmara

Te diré que llevo 25 años vistiendo como me da la gana y espero que, 25 años después, sigas haciéndolo. Me dan lo mismo los artículos de “Prendas que no deberías llevar a partir de los 30” o “Las reglas para maquillarte si tienes más de 40”. No lo sigas, no hagas caso, viste, calza y maquíllate como te salga de las narices, como te sientas favorecida y a gusto contigo misma a pesar de que vaya en contra de lo que te recomienden.

Lo siento porque no tienes cientos de amigos de la infancia. Supongo que aprendí demasiado pronto que mi tiempo era una inversión y que no merecía la pena emplearlo en todo el mundo. Pero si has sido lo bastante lista, algo de lo que no tengo duda, conservarás esas pocas amistades que he ido coleccionando a lo largo de los años. Esas que sabes que se han ganado el derecho de ser amigos, y de las que tienes la gran suerte de poder llamarles así. Los que, a falta de más hermanos, espero que sean los posibles tíos postizos si has tenido hijos. Que si no los has tenido, tampoco pasa nada. Vale que molaba la idea de ser madre, pero oye, allá tú con nosotras.

Espero que estés haciendo deporte. No digo que seas la amante del gimnasio que soy ahora, pero que andes, que corras, que no pases el día sentada, que nos dijeron que nuestro metabolismo va de lento casi hacia atrás y que si no tienes el tiroides ya parado del todo ambas sabemos que acabará sucediendo. No te pido que estés delgada, musculosa o con la tripa plana, pero sí que estés sana. Que el cuerpo es patrimonio de ambas.

Espero que sigas sonriendo cada día de tu vida porque encuentres un motivo para hacerlo. Que le den por culo a las arrugas de expresión. Acuérdate de mamá y de lo guapa que nos ha parecido siempre. También te pido que no te niegues pequeños placeres: bebe una copa de vino de vez en cuando, coge una onza de chocolate negro a escondidas y sigue disfrutando de cómo se deshace en la boca.

Quiere, quiere mucho. Sigue queriendo sin miramientos aún cuando puedan hacerte daño. Tienes un corazón así que aprovéchalo al máximo. Quiere incluso cuando no sea correspondido, cuando sepas que se va a acabar o a miles de kilómetros, pero quiere.

No dejes de formarte, de aprender, no pierdas la curiosidad por lo que te rodea. Sigue creciendo, sí, con 50. Si algo nos enseñó el abuelo es que la juventud reside en mantener la mente fresca aún cuando el cuerpo va en silla de ruedas. No dejes esa buena costumbre de leer unas páginas de un libro antes de irte a dormir. Dedícate tiempo a ti, que lo necesitas y no tiene nada de malo ni de egoísta encontrarlo.

En definitiva, siento si estás “pagando” alguno de mis desaciertos, pero lo bueno de que tengas 50 años es que verás las cosas con perspectiva y sabrás que hemos vivido cada segundo de estos años. Recuerda que te quiero. Siempre lo he hecho y nunca dejaré de hacerlo.

Mara

Ojalá te quieran fea

Pero fea de verdad. Fea de esos días en los que tú misma te miras al espejo y te niegas a aceptar que eres la persona que te devuelve la mirada. Te deseo a alguien que en ese momento te vea preciosa por ser tú la que lleva esa cara de fea. Alguien que vea más allá de tus ojeras, arrugas y esos pelos misteriosos que empiezan a salir por la edad en lugares insospechados.

PEXELS

Ojalá (que también) te quieran maquillada. Ojalá aprecien la de tiempo que le has dedicado a tu ahumado hollywoodiense, a tus labios perfilados al milímetro. A tu cutis de muñeca solo que en vez de Famosa, de Kiko, Mac o Astor. Pero, sobre todo, te deseo a alguien que te diga que te prefiere sin tanto maquillaje encima porque eres “más tú”.

Ojalá te quieran peluda si decides que no quieres seguir depilándote. Te deseo a alguien que haga bromas con tu bigote, entrecejo o con los pelos que recorren tus piernas, ingles, axilas, espalda, ombligo… Te deseo a alguien que te desee independientemente de si por tu piel han pasado cuchillas, ceras o nada en absoluto.

Ojalá te quieran alta, con unos tacones y una falda. Ojalá adoren cómo te hacen las piernas. Pero te deseo a alguien que te vea en pijama, con una camiseta vieja, haciendo footing o sudada y te convenza de que no has perdido un ápice de atractivo.

Te deseo a alguien así porque no te mereces menos. Pero ojalá entiendas que ese alguien que, estés como estés, siempre te va a ver en tu mejor momento, eres tú. Una vez lo entiendas, ya puedes buscar a alguien más ahí fuera.

Hay que tener valor

“Hay que tener valor para venir así con lo gordita que está, pero siempre viene guapísima” comentaba una compañera mía mirando a otra que acababa de entrar. No pude sino darle la razón cuando me fijé en cómo iba vestida. De una camiseta corta ceñida le sobresalía un poco de tripa que se montaba encima de la cintura de la falda de talle alto.

Y'all out here thinking I'm done, that you can fuck with me, but you can't. I'm not going anywhere 👏🏻💯✌🏻️ #effyourbeautystandards

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“Pues sí, hay que tener valor” pensé una vez más. Hay que tener valor para entrar en una tienda y desobedeciendo las imágenes de de las modelos que parecen ser los únicos con derecho a lucir ciertas prendas, comprar en un acto de rebeldía, la ropa que realmente nos gusta.

Hay que tener valor para salir a la calle sin maquillar, con las bolsas bajo los ojos de haberte quedado hasta la madrugada enganchada a esa serie que te gusta, y aún más valor cuando te dicen que tienes cara de cansada y que deberías echarte algo. Hay que tener valor para aguantar estoicamente ese tipo de comentarios y aceptar la cara que nos devuelve la mirada en el espejo, cada vez más ojerosa, cada vez más arrugada, pero cada vez más nuestra.

Hay que tener valor para salir a bailar con un vestido escotado que a duras penas mantiene en su sitio una copa C. Y también hay que tenerlo para quitarse el sujetador en la penumbra de una habitación, delante de unos ojos indiscretos cuando, por genética, has sido dotada debajo de él con poco o nada. Así como hace falta valor para ir sin depilar en una sociedad en la que el cuerpo debe ser como los gatos egipcios, sin una pizca de pelo.

Hay que tener valor para ponerse el bikini por primera vez después de una cesárea dejando al aire la cicatriz y las estrías. Porque si para algo hay que tener valor es para llevar una vida durante nueve meses, sacarla adelante y sobrevivir para contarlo. Hay que tener valor porque independientemente de comentarios y miradas despectivas, esa cicatriz debe ser lucida con más honor que cualquier medalla de condecoración.

Hace falta valor para ser como somos en realidad, para llegar a la conclusión que a la única persona a la que debemos rendir cuentas es a nosotras mismas entendiendo que quien realmente nos quiera aceptará nuestra forma, relieves, accidentes geográficos y curvas independientemente de la cantidad que tengamos y el lugar en el que se encuentren.

Los hombres también tienen derecho a ser conquistados

Tú, sí tú, que eres el último en salir de la discoteca cuando ya han encendido las luces, que te pasas el día jugando a los videojuegos, que te chifla el baloncesto, que te encanta el gimnasio, que eres más de bar, que tocas la guitarra en una banda con amigos, que sigues doscientas series americanas, que eres un purista del cine japonés, o que no eres ninguno de los anteriores, te escribo a ti y a todos ellos.

GREEN WEDDING SHOES

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Te escribo porque tienes derecho a ser conquistado. No digo que haya obligación, digo que tienes derecho a que te hagan sentir especial. Tienes derecho a encontrarte una persona que te ponga la luna como lámpara de noche. Tienes ese derecho porque vales, porque eres diferente, porque eres único. Porque tú, que te conoces mejor que nadie, sabes que quieres a alguien a tu lado capaz de ver todo lo que llevas por dentro pero que disfrute de las gilipolleces que haces por fuera.

Tienes derecho a ser conquistado. A que peleen por ti con uñas y dientes. A que se disculpen si la han cagado. A que te vayan detrás si te vas porque te han hecho daño. Tienes derecho a que te hagan sentir el único en el mundo, que no es algo exclusivo para nosotras. A que te miren como Angelina miraba a Brad cuando parecía que sería para siempre. A que tengan detalles, sorpresas, a que te emocionen, a que te pongan el pulso a diez mil… A que cada día te ganen por poquito que sea. Tienes derecho a que te traten, ni más ni menos, como te mereces. A que, después de media hora vistiéndote, ella aprecie que te has puesto guapo, que llevas la barba bien afeitada, que te has cortado el pelo como ese jugador de fútbol que tanto te encanta y que te queda casi mejor que a él.

Tienes derecho a todo, desde un simple “Buenos días” por Whatsapp a un regalo inolvidable de aniversario. Tienes derecho a que no te dejen escapar porque saben lo que se perderían si lo hicieran. Tienes derecho a que te cuiden, a que te protejan, a que respeten que si tienes que estudiar, estar con los amigos, hacer deporte o, sencillamente, quedarte en casa rascándote la barriga, puedas hacerlo.

Porque tienes derecho a velas encendidas para esas ocasiones en las que no es solo sexo, derecho a que te inviten a cenar, a que te regalen bombones porque a vosotros también os gusta el chocolate. Tienes derecho a que se tengan en cuenta tus gustos y que ella, de vez en cuando, también ceda para poder hacer planes en los que compartirlos.

Y si estás con alguien que no lo ve así, que considera que todo esto es cosa tuya por ser “el hombre de la relación” piénsalo, porque, te digo yo que tú también tienes todo el derecho del mundo a ser conquistado.

Estar en pareja hoy en día no se trata solo de igualdad, sino de equidad.

La importancia de decirle a tu hija “bonita”

Hace unos años, en una de esas discusiones que todos tenemos en algún momento con nuestras madres, recuerdo reprocharle a mi madre que nunca me hizo sentir especialmente bonita.

MARA MARIÑO

MARA MARIÑO

Recuerdo haber comparado nuestra relación madre-hija con la de alguna otra mujer con su hija y haberle dicho que habría preferido que me hiciera sentir más segura de mí misma en ese aspecto.

Hay que ser tonta.

Mamá, gracias por no haberme llamado “bonita” pero haber alabado siempre cada uno de los escritos que traía del colegio o aquellos que hacía en casa en esa época en la que me pasaba el día escribiendo. Escribiendo de lo que fuera y sin saber, simplemente dejando que las letras surgieran. Porque siempre me dedicabas tiempo a que lo leyera y me hacías la mejor de las críticas.

Papá, gracias por no haberme llamado “bonita” pero haber presumido siempre de mí por mi valentía por aquella vez que, de manera resolutiva con mis ocho o nueve años, le quité a un caballo un tábano que le estaba chupando la sangre. Casi me parece ver como imitas mi gesto quitando el insecto (que con tu mímica casi más que un tábano parece un ratón por el tamaño) y describiendo como lo solté con toda la naturalidad del mundo. Gracias por seguir contando esa historia, no dejes de hacerlo.

Gracias por no haberme llamado “bonita” pero sí “creativa”, “imaginativa” o “audaz”. Gracias por haberme hecho sentir imparable desde que entendisteis que esta cabeza mía no quería ciencias si había unas letras que pudieran llenarme las manos.

Gracias por no haberme llamado “bonita” pero sí “trabajadora”, “luchadora” o “constante” cada vez que me quedaba en casa estudiando o cada vez que cogía otro y otro evento para ahorrar algo más de dinero.

Gracias porque debido a ello he crecido sin pensar mucho en el aspecto, ni en el ajeno ni en el propio. Gracias porque, por ello, he aprendido a valorar otras cosas, a dejarme guiar por ellas. A sacar de mí el mejor de los partidos por dentro, ya que por fuera nunca he sabido hacerlo.

Gracias por comprarme todas esas películas de las princesas Disney pero también por leerme El Quijote y Juan Sin Miedo por las noches. Porque echo la vista atrás y siento que no podríais haber formado a una persona más completa como me siento yo con vuestra educación.

Y gracias también, por las veces que sí lo habéis hecho, aunque, si he de ser sincera, admito que nunca me llenó tanto como cuando me llamasteis o me hicisteis sentir orgullosa de ser cualquiera de las otras.

“Si trabajas de imagen es porque solo vales para eso”

[Lugar: una conocida discoteca madrileña. Hora: entre las dos y las tres de la madrugada.]

Llevo dos horas subida a unos tacones de 10 centímetros dentro de un vestido que escandalizaría a todas y cada una de las monjas de mi colegio junto a tres compañeras. Trabajamos como azafatas de imagen en una acción promocional de una marca de cerveza cambiando las consumiciones por botellas de tercios y realizando sorteos de entradas dobles para un festival.

MARA MARIÑO

MARA MARIÑO

Por la puerta entra todo tipo de gente: rebotados de la Oktoberfest del Palacio de los Deportes, guiris, cuarentañeros, amantes de la música indie… y en ocasiones, todo junto.

Encontramos gente en todos y cada uno de los estados de ebriedad posibles: desde los más amigables hasta los que se nos quedan mirando con cara de pez mientras se tambalean. No nos queda otra que echarle paciencia y ganas, que se note la proactividad de la que presumimos tanto en los currículos.

En una de estas, me habla una de mis compañeras (cuando digo “hablar” me refiero a hablar a voz en grito, la única forma de comunicarse en una discoteca). Uno de los clientes de la discoteca le ha soltado que si trabajamos de azafatas de imagen es porque solo valemos para eso. Me mira dolida y reconozco en ella la cara que he puesto alguna vez cuando me han dejado caer comentarios del estilo trabajando en otras ocasiones.

Le pregunto qué le ha respondido y me dice que se rió y lo dejó pasar. Me duele pero la entiendo. No queda otra, estamos trabajando, no nos representamos a nosotras, sino que representamos a la marca que haya pagado a la agencia esa noche y no podemos tomarnos la libertad de reaccionar como lo haríamos fuera y dejar mal a nuestros jefes con los clientes.

“Para otra dile que estamos trabajando y que si te faltan al respeto tendrás que llamar a seguridad” le digo mientras la cojo del hombro para reconfortarla. Asiente y se va algo cabizbaja mientras me hierve la sangre por dentro no solo por ella sino solo por el hecho de que tengamos que aguantar este y otro tipo de improperios sin perder la sonrisa. Como cuando trabajando nos piden el teléfono y si dices que no lo das es, según algunos, “porque te estás haciendo la interesante con eso de que estás en horario laboral”. Parece que a estas alturas, muchos siguen sin comprender que un “No” es un “No”. E incluso sacan el teléfono y te dicen que disimuladamente les vayas dictando los números. No, no y no.

Otro se me acerca y me pregunta qué hago además de trabajar de azafata. “Soy periodista” afirmo convencida. Trabajo de azafata pero no es lo que me define, porque decir que solo servimos para estar de imagen en una discoteca es como decir que un basurero solo sirve para limpiar mierda.

De todos los años que llevo trabajando de esto no he conocido a ninguna azafata que no tuviera claro que era un trabajo temporal. Algo que te apaña por unos años por lo fácil que es compatibilizarlo con la vida universitaria. Pero si tenemos algo claro es que no es una profesión de la que puedas vivir a largo plazo. Al menos no mucho tiempo a no ser que termines en una compañía de transporte, por lo que todas tenemos unos estudios u otros trabajos al tiempo que trabajamos de azafatas.

Quitando que es algo que hacemos en un momento concreto de nuestras vidas, he conocido mujeres preciosas, pero preciosas de verdad. Pero no solo preciosas por fuera, sino por dentro y además, algunas de ellas, brillantes. Una de mis amigas más queridas, a la que conocí trabajando de azafata para un equipo de fútbol, estuvo seis meses en Nueva York en un voluntariado levantando casas, la misma que, además de arquitecta sobresaliente, tiene de lectura ligera los libros de Stephen Hawking. Y es solo un ejemplo.

He compartido uniforme con futuras doctoras, ingenieras, publicistas, maestras, diseñadoras, activistas… Mujeres fuertes, amables, educadas, alegres, y todas y cada una de ellas me han parecido que valían para algo más que para hacer un pase de micrófonos o entregar regalos en un evento.

Quiero pensar que muchos todavía se dejan llevar por los tópicos fáciles, por el “las guapas son tontas” y “si lleva gafas es lista”, porque juzgar una apariencia es y será más fácil y rápido que molestarnos en conocer a la persona que tenemos delante.

Y si no quieren conocerla, bien. Están en su derecho, pero para otra, que no falten al respeto, que a fin de cuentas mientras ellos están disfrutando de su tiempo de ocio nosotras estamos en nuestro horario de trabajo.

No confundas mi sonrisa falsa y mi lenguaje corporal profesiona. Te golparía en la garganta si no fuera porque sé que perdería mi trabajo. SOMEECARDS

“No confundas mi sonrisa falsa y mi lenguaje corporal profesional. Te golpearía en la garganta si supiera que no perdería mi trabajo”. SOMEECARDS

Perdí un trabajo por tener poco pecho

La semana pasada se revolucionaban los medios al conocer que una recepcionista británica fue despedida por negarse a llevar tacones en su puesto de recepcionista. Un despido que parecía absurdo y de tintes claramente machistas ya que ese calzado no aporta ningún beneficio para las trabajadoras.

No pude evitar acordarme de una situación parecida que viví hace unos años. Los que me conocéis sabéis que al poco de empezar la carrera compaginé los estudios con trabajos de imagen.

En uno de ellos formaba parte de la plantilla de azafatas VIP del estadio de fútbol de un conocido equipo madrileño, lo que equivalía a cobrar unos 10 euros la hora. “¡Qué chollo!” pensaréis. A las cuatro horas de estar inmóvil sobre unos tacones de aguja de 14 centímetros las piernas duelen como si te estrujaran los gemelos entre dos rodillos industriales. Al día siguiente del partido, a muchas incluso nos costaba andar.

Pero eran gajes de mi trabajo y lo tenía asumido. Como también asumía que tenía que pintarme como una puerta cada vez que había fútbol. Yo, ¡que nunca me maquillo! Entre que siempre he disfrutado trabajando de cara al público y que podía ver jugar a mi equipo, estaba contenta con mi trabajo.

Estuve dos temporadas enteras taconeando de tribuna a tribuna, aguantando partidos con un uniforme de lycra que daba más calor que el infierno y otros que, del frío que hacía, no me dolían los tacones porque había perdido la sensibilidad en los pies. Dos temporadas sonriendo a la gente más maleducada, irrespetuosa, babosa y borracha que podáis imaginar. He soportado faltas de respeto que si me hubieran pillado fueran del estadio, se habrían saldado con una bofetada en la cara del sobón de turno.

Pero la peor de todas no vino de los asistentes. Durante un partido me ofrecieron trabajar en uno de los palcos privados (los que pertenecen a empresas o a los jugadores). No era la primera vez que llevaba un palco, por lo que, tras conocer las peculiaridades de aquel, no tuve problema en realizar el trabajo.

Básicamente consiste en estar de pie detrás de la barra sirviendo bebidas a los ocupantes del palco que oscilan entre 10 y 12 personas mientras de vez en cuando pasas las bandejas con canapés, tortilla y embutidos. Dificultad menor una vez controlas cómo manejarte con los tacones en un espacio tan pequeño. Al finalizar el partido, el responsable del palco me dijo que estaba muy contento con mi trabajo y que esperaba que me dejaran fija en aquel.

Después recibí un mensaje del responsable, lo sentía mucho porque le parecía una chica encantadora, pero que en el próximo partido no podría trabajar con ellos. Mi respuesta, amable, como todo lo que a trabajo se refiere, fue de decirle que lo sentía porque me había gustado estar en aquel palco, pero que agradecía la oportunidad de todas formas. No necesitaba más, sus razones tendrían y no era cosa mía preguntarlas, no obstante recibí una explicación.

No podía seguir porque al responsable le habían pedido una chica más exuberante, y mi talla de sujetador, por lo visto, no era suficiente. Recuerdo que el mensaje me sentó como un tortazo y como si me hubieran estrujado las tripas con una apisonadora al mismo tiempo. Contuve las lágrimas y dando las gracias por la sinceridad, me paré un segundo a poner mi cabeza y mi autoestima en orden. He de admitir que en ese momento fue difícil no sentirme más que un par de tetas. De hecho fue algo que me dolió interiormente por la superficialidad del asunto. Porque tener más o menos tetas no hace que seas mejor tirando una cerveza de grifo o pasando una bandeja. Te hace más llamativa, pero no mejor profesional.

“¡Qué hijos de puta!” fue lo que dijo mi novio cuando se lo conté. Esta anécdota se la comenté a mis padres y no sé si a alguien más de lo vergonzoso que me parecía el asunto por parte de la empresa que tenía el palco.

Lo que saqué de positivo fue que en ningún momento sentí que el problema fuera mi cuerpo. Aunque me hubieran echado por no tener mucho pecho, no me sentí acomplejada por mis tetas. Tengo el pecho que tengo. Es el que hay y no lo voy a cambiar. A mí me gusta y quién me quiera me aceptará con él ahora y cuando esté caído por los suelos.

Sé que trabajando en el mundo de la imagen era algo a lo que me exponía a que pudiera pasar, pero me pilló de sorpresa. Mi conclusión fue que quién de verdad me valorara por mi profesionalidad tendría tanto interés por mi talla de pecho como por la cantidad de lunares en mi piel. Que, a fin de cuentas, yo no quería vivir de mi imagen, que por lo que en realidad quería cobrar era por escribir. Y mira… tengo celulitis (ahora menos), una copa B, unos dedos de los pies enanos y un blog de moda en 20 Minutos. Jaque mate, imagen.

Los hombres, esos acomplejados de los que nadie habla

“El foco siempre se encuentra en cómo se sienten las mujeres mientras que nunca se tiene a los hombres en cuenta” nos comentaba hace unos meses Mikel Valdés, de Axe España, en la presentación de un producto. No podría estar más de acuerdo. Vivimos en una sociedad en la que en cuanto se ve a un hombre llorar o expresar emociones se le tacha de “nenaza” o de cosas aún más peyorativas, pero la verdad es que los hombres son también seres emocionales.

De hecho son tan emocionales como nosotras, y algunos, incluso más. He visto a amigos dándole más vueltas a la cabeza por una mujer que les gustaba que Nietzsche a la teoría del superhombre. Como nosotras, sufren y se quedan en casa comiendo si les deja la novia, dedican tiempo a arreglarse para mostrar lo mejor de sí mismos en la discoteca y les entran las inseguridades cuando se quitan la ropa o cuando su cuerpo es motivo de burla.

DUDEOIR

DUDEOIR

Es cierto que las mujeres vemos imágenes que nos hacen sentir presionadas desde antes de la pubertad (competir contra cuerpos esculturales de modelos de ropa interior es algo de lo que desiste cualquiera) pero es una imposición social que a ellos también les llega. De hecho, el estudio que realizó Axe para esa campaña, reveló que, de todo el mundo, los españoles son los que menos atractivos se sienten, especialmente los menores de 25 años.

Ricardo Castillejo, periodista y autor de ¡Hombres sin complejos!, que saldrá el 9 de mayo, sostiene que esto se debe a que “conforme pasa el tiempo tienes menos complejos porque aprendes a aceptarte. Es algo que se vive a partir de los 40 porque tienes un recorrido vital ya hecho. Aprendes a valorarte más, a quererte más“.

PortadaLibro¿Por qué a mis amigos de veintialgo todavía les quedan otros 20 años de complejos? “El hombre tiene una maduración psicológica mas tardía que la mujer. A partir de los 40 se asienta mentalmente. Es una barrera que libera de muchísimos complejos. Aprendes a centrarte en cosas verdaderamente importantes. El físico es importante pero no lo que más” afirma Castillejo.

Las orejas, unas manos pequeñas, la altura, estar demasiado delgado… pero principalmente “la grasa abdominal, en los flancos de la espalda y la barriga y la pérdida de pelo” dice Castillejo. Le pido remontarnos al pasado, a esas fotos de nuestros abuelos en los que de jóvenes ya se les veía de buen año o de recién casados veraneando en la playa de Torrevieja con una buena tripa a cuestas. Se me antoja extraño imaginarme a cualquiera de mis dos abuelos, ambos niños de posguerra, preocupados por si tenían algún kilo de más.

“Hoy en día el hombre tiene mas complejos que antes porque la exigencia física ha aumentado. Se ha quedado atrás lo de ‘El hombre como el oso, cuanto más peludo más hermoso’. Ahora debe cuidarse a veces incluso más que la mujer. Ha aumentado su nivel de exigencia no solo consigo mismo sino con la sociedad” afirma el escritor.

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RICARDO CASTILLEJO

Esa presión por encajar en unos estereotipos en vez de por celebrar la individualidad de cada hombre es lo que, para mí, está teniendo repercusiones en la confianza. Sin embargo, y exponiendo algunos resultados más de Axe, los rasgos que más atractivos nos parecen a las mujeres son el sentido del humor seguido de una personalidad única.

Castillejo, además de hablar en su libro de hábitos, tratamientos o productos para cuidarse, insiste capítulo tras capítulo en frases que fomentan la aceptación de uno mismo. Su favorita, y que si no la conocéis ojalá tengáis presente, es una de El Principito: “Solo se ve con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos“.

Carta abierta a mis estrías

(Esta carta ha sido inspirada por las “rayas de tigre” de Iskra Lawrence y por las de todas las mujeres que hacen de las estrías un maravilloso mundo, el suyo.)

Queridas estrías:

No sé cómo sucedió pero un día me desperté y estabais ahí plantadas, en la mitad de mi nalga derecha (que digo yo que podríais plantearos salir unas pocas en la izquierda para compensar). Pero, sinceramente, no os di la más mínima importancia.

A los 18 años hablé por primera vez de vosotras. Fue en casa de una amiga aprovechando que había salido el tema. Cuando le comenté que tenía estrías no me creyó y tuve que enseñárselas para que viera que decía la verdad. Recuerdo que ella, asqueada como si en vez de unas rayitas me hubiera salido una segunda cabeza, me dijo que como eran rosas aún estaba a tiempo de enmendarlas.

¡Que aún estaba a tiempo! Como si las estrías, en vez de cuatro rayas en el culo, fueran la metralla que tiene Tony Stark en el pecho. Me comentó que su hermana utilizaba una crema buenísima que te las eliminaba totalmente (¿el precio de la cremita de marras, un botecito de 250 ml? Más de 20 euros).

Obviamente, no hice nada. Os dejé ahí. A fin de cuentas ¿qué mal le habíais hecho al mundo? Y sobre todo ¿qué mal le hacíais a mi cuerpo? Estábais ahí quietecitas y calladas sin molestar. Aguantando pacientemente mis subidas y bajadas de talla, de pantalones, de faldas, de bragas y de todo lo que me diera por ponerme y quitarme cada día.

#loveyourlines. INSTAGRAM

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Es curioso que fuera una mujer la única persona que criticó mis estrías. Más que nada porque, al ser algo que en algún momento de nuestra vida, nos sale a la mayoría de nosotras, cabría pensar que serían los hombres los que verían en ellas un problema. “Oye tía, mejor no hagamos nada, que acabo de quitarte la minifalda y veo que tienes estrías” dijo ningún hombre nunca en un momento de calentón.

De hecho, somos nosotras mismas las que hacemos de ello un problema. “¿Te importaría bajar un poco la luz?” dicen muchas pudorosamente para esconder los ‘defectos físicos’, “es que así es más romántico”. MENTIRA, ¿qué tiene que ver la luz con que sea más romántico? Pedimos que se baje la luz para que no se fije en las estrías, la celulitis (que a ella le dedicaré otra carta) o en las axilas sin depilar.

Pero queridas estrías mías, si no mordéis, no atacáis, no discrimináis, no acosáis, no dañáis al medio ambiente, no emitís dióxido de carbono, no transmitís VIH, no desnutrís, no deshidratáis, no extinguís especies, no desahuciáis, no maltratáis, no robáis, no le quitáis el asiento en el autobús a las ancianitas, no ofendéis, no insultáis, no bombardeáis, no masacráis, no disparáis, no matáis, no conspiráis, no pirateáis, no lleváis pieles, no spoileáis…en definitiva, si no hacéis nada que se pueda considerar deleznable, ¿dónde está el problema?

El problema no está en el corto del pantalón, de la falda o de la manga que os dejan a la vista. El problema está en los ojos del que te mira y ve en las estrías un defecto.

Porque sois mías, soy yo. Formáis parte del regalo de un cuerpo. Y, de hecho, lectores, os recomiendo que miréis la tripa de vuestra madre: “De la estría vienes y en la estría te convertirás” Mara Mariño dixit.

Si yo os quiero, os acepto y os considero algo tan mío como mis ojos o mis manos, tengo claro que quién me quiera, sabrá también amaros.