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Cada vez creo en menos cosas Un foro para pensar en lo divino y en lo humano

Archivo de Julio, 2007

Los buitres esperan impacientes

Hoy hemos vivido un ejemplo perfecto de cómo las formas en política pueden invalidar el fondo. Tenemos a dos islas canarias ardiendo casi por los cuatros costados. En Tenerife se ha perdido ya un tercio de la superficie arbolada de la isla. Miles de personas han tenido de que ser evacuadas de sus casas. Cientos de ellas han perdido su hogar. Y en medio de la tragedia, como buitre contemplando impaciente la agonía de la presa, Mariano Rajoy, como siempre, esperando levantar la mejor parte de la tajada.

Rodríguez Zapatero, que mañana tenía previsto ir a Barcelona para seguir desde cerca los flecos dejados por el apagón colosal del otro día, cambia el rumbo para reunirse con el presidente canario, Paulino Rivero, y coordinar los trabajos de extinción con las autoridades de la Comunidad Autónoma. Ambos presidentes estuvieron hoy en permanente conexión, según declaró el propio Rivero. Hasta aquí todo normal.

Y en éstas, Mariano Rajoy arrimando el ascua del incendio a su partido. Ya que las chuletas políticas no quedaron lo suficientemente tostadas en el incendio de Guadalajara de hace dos años, donde a puntito estuvo de llamar pirómano a Rodríguez Zapatero, el buitre da la penosa impresión de que tan sólo espera a ver si con un poco de suerte en Canarias se quema algo más que el monte. Hay que ir acostumbrándose a que cada catástrofe en este país lleva de premio añadido el espectáculo majestuoso del vuelo rasante de los buitres sobre su presa calcinada.

Mariano, aquel Mariano que “gestionó” la crisis del Prestige, la mayor catástrofe ecológica de nuestra historia reciente, con decisiones, todas equivocadas, que extendieron y multiplicaron al infinito lo que en un principio había sido un accidente, este mismo Mariano que siguió de ministro durante dos años más con la imaginación abotargada por los efectos del fuel, ese Mariano, y no otro, es el que acusó ayer al gobierno de Zapatero de “ineficaz” e “incapaz de dar respuesta” a problemas como el de estos incendios. Ese mismo Mariano descubre ahora que “la gente lo que quiere es eficacia y que, cuando hay un problema, haya un Gobierno que esté a la altura de las circunstancias”.

Por eso pide ahora lo que sus gobiernos, aún con el Prestige delante de sus narices, no pusieron en marcha entonces. Dos años, desde 2002 a 2004, no les parecieron suficientes para preparar un borrador que presentar en el Congreso de los Diputados. ¿Y qué pide Mariano? Pues posiblemente algo con mucho sentido común (hay días en que amo a Mariano): una especie de Centro Nacional de Gestión de Crisis.

Cierto que en su boca, y tal como lo planteó en su letra pequeña (la boquita pequeña de Mariano) suena una vez más a reivindicación centralista, como dando a entender que hay cosas demasiado serias como para dejarlas en manos de esos gobiernos de juguete que son las autonomías, a las que un patriota español (¡Paña!) tanto desprecia en la intimidad.

Por las formas pierde el líder de la oposición los papeles. En lugar de introducir un debate sereno, trabajando en la trastienda a los demás grupos políticos, un debate en el que se consideraran los pros y contras de la creación de esa especie de fuerza de choque, o fuerza de intervención rápida en grandes catástrofes, prefiere perderse en la farfolla verbal, agresiva, inculpatoria, a la que nos tiene acostumbrados. Y sobre todo, con esa amnesia política tan preocupante.

Para una vez que podría estar de acuerdo con él, le pierden sus malas maneras. ¿A quién puede extrañarle, pues, que en la última encuesta del CIS Mariano Rajoy sea el líder peor valorado, con un suspenso de esos que a alguien con vergüenza torera llevaría a presentar la dimisión de todos sus cargos?

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P.S./ Miguel en Canarias, ¿estás bien?

¿Quién debe apagar el monte?

Desde Galicia, donde estoy pasando unas inmerecidas vacaciones, leo con preocupación las noticias de los otros incendios, después de que Anasagasti hubiese plantado fuego a la monarquía. Ese fuego, al parecer, ya va remitiendo. Pero en estos momentos, mediodía del lunes, otros dos fuegos de destrucción masiva siguen avivándose, favorecidos por las altísimas temperaturas. Uno en Gran Canaria y otro en Córdoba.

Aquí en Galicia estamos con los dedos cruzados, oteando el horizonte en busca de señales de humo, en guardia, con la memoria puesta en la desastrosa campaña del verano pasado donde media Galicia ardía fruto de una siniestra combinación de incompetencia, motivos políticos, razones sociales, venganzas y pirómanos sin la medicación adecuada.

Y continúa, por supuesto, el gran debate: no tanto de quién quema el monte sino quién debe apagar el incendio. Aquí, el despliegue de La Unidad Militar de Emergencias (UME) creada ya en 2005 para colaborar en la extinción de incendios, pero no operativa hasta este año, ha puesto en cuestión la conveniencia o no de utilizar al ejército para intervenir en casos que se supone deberían estar atendidos por las administraciones civiles del Estado, sean gobiernos autonómicos o locales.

Han dejado oír sus protestas los “profesionales” de la extinción, los bomberos y los piquetes contratados sólo para la temporada de verano: los primeros porque se quejan de la falta de medios, cuando ellos son los que están verdaderamente capacitados y entrenados para intervenir; los segundos, hartos de la precariedad y estacionalidad de sus empleos, porque saben que los incendios se “apagan” en invierno, con medidas de prevención, limpiando el monte, promoviendo una gestión más racional de sus recursos.

Ahora se ha sabido que en el incendio de Gran Canaria las cerillas las había puesto un guarda forestal. Una vez detenido, confesó a la policía que su contrato terminaba el próximo 30 de septiembre, y que había prendido el fuego para reivindicar una mayor duración de su contrato. Así sucede todos los años en Galicia, donde se calcula que un porcentaje muy elevado de incendios ha sido provocado por estos trabajadores en precario.

A mí, qué queréis que os diga, me gusta la idea de utilizar al ejército para que intervenga en las grandes catástrofes, si no como punta de lanza de las operaciones, sí como elemento de apoyo logístico a los profesionales de Protección Civil. Los ejércitos son muy costosos, y antes de que monten una guerra para justificar su sueldo prefiero verlos entretenidos en tareas de paz, sea en Afganistán, sea en los robledales de Ourense.

Anasagasti planta fuego a la monarquía

Para incendiario, el blog de Iñaki Anasagasti, senador por el PNV, generalmente discreto -al menos últimamente- en sus apariciones públicas, pero de pluma explosiva, por lo que acabamos de ver. Entre otras flores ha llamado a los miembros de la familia real “pandilla de vagos”, una familia “impresentable”, según él. El escándalo que protagoniza desde hace 24 horas ha puesto sobre el tapete del juego político una pregunta que nos hacemos muchos desde el comienzo de la transición: ¿Para qué sirve un rey? O dicho de otra manera: ¿Qué legitima a un rey para ser rey vitalicio y dejar en herencia el cargo a sus hijos?

Históricamente, para que el pueblo no diese demasiado la coña con la preguntita, las monarquías buscaron desesperadamente una legitimación de su existencia en las religiones dominantes, tanto en occidente como en oriente, y los Papas, por ejemplo, vendieron caro este privilegio, otorgando carta de naturaleza a reyes llamados “católicos”, emperadores de sacros imperios romanos y otros hallazgos reales, por no retrotraernos a la madre de todos ellos: el emperador Constantino que utilizó el poder de la Iglesia católica para construir su imperio y todo un sistema de represión implacable.

Lo que para el filósofo Hobbes, la justificación de la existencia de la monarquía absoluta provenía de un “contrato” natural entre los ciudadanos y el rey, ciudadanos que, por cierto no se podían echar para atrás, pues el contrato era irrevocable (santa Rita, lo que se da no se quita), para otros filósofos, como el francés Bossuet, la monarquía tenía un origen divino, sagrado, porque los reyes eran “ministros de dios en la Tierra”. Atentar contra ellos, cualquier veleidad republicana constituía por sí misma un sacrilegio. Claro que este pollo murió a comienzos del XVIII, cuando los monarcas franceses recelaban de la estabilidad de sus reales pelucas y tanto necesitaban del apoyo de sus pensadores más preclaros.

Vosotros pensaréis que hoy en día resulta imposible que alguien piense que don Juan Carlos tiene una legitimación divina (aunque sí tiene un yate divino, el Bribón, el muy bribón). Pues estáis en un error. De la misma manera que, como le decía Blair a Aznar, un 4% de la población piensa que Elvis Presley está vivo, o que más del 50% de la población norteamericana cree todavía hoy que en Irak había armas de destrucción masiva, de esa misma manera, según una encuesta del CIS de hace tres años, todavía un 7,2% de los españoles cree que la monarquía es “una institución de origen divino”.

Llegados a este punto debo deciros que, como buen ateo, creo en la imposibilidad de que un dios haya concedido la legitimidad del trono de España a un Borbón. Y más que en la inutilidad de los borbones, creo en la inutilidad de las monarquías. Inutilidad y una agresión a los sistemas democráticos modernos. Pero también aquí mi alma republicana debe hacer un alto en el camino y reconocer que el juancarlismo, una forma moderna de monarquía constitucional, se ha ganado el sueldo en momentos muy delicados para la vida española, y ha mostrado un comportamiento impecable en su trabajo de árbitro de los avatares políticos. Lo que no impide…

Lo que no impide que sacralicemos la institución monárquica hasta el punto de que no podamos debatir sobre la naturaleza del Estado en el que deseamos vivir en el siglo XXI, entre cuyas opciones está la de poder romper de común acuerdo el contrato que tanto deseaba amarrar el filósofo Bossuet, y proclamar la república con los votos de la mayoría. El debate tiene que situarse en un nivel intelectual y político, y no en el lenguaje de las tabernas, porque no hay que olvidar que la monarquía la hemos legitimado nosotros (y no ningún dios) en un referéndum. El pecado original de falta de legitimidad, por haber sido designado por Franco (el asesino, como bien nos recuerda Anasagasti), ha sido lavado por el bautismo de una Carta Magna votada mayoritariamente por sus conciudadanos, que no súbditos.

Creo que el lugar equivocado y las formas inadecuadas son los que han degradado el discurso de Anasagasti. No es el lugar, porque él sí tiene la representatividad institucional y los medios suficientes para plantear la cuestión públicamente, como bien saben hacer los de ERC o IU. Y por si fuera poco, creo que asunto de tanta enjundia un senador no debería solventarlo con tres o cuatro insultos, porque al perder las formas perdemos la razón y las razones.

Os dejo el toro bien cuadrado para que sigáis toreándolo vosotros.

Salud y república, hermanos.

Endesa las va a pagar…

Endesa, que después de 60 horas de comenzado un apagón descomunal, del que es responsable, y que ha dejado sin energía eléctrica a miles de ciudadanos de Barcelona, ha tenido la desfachatez de anunciar los beneficios obtenidos en el primer semestre del año: 1.200 millones de euros. A mí, que soy muy torpe con las cuentas (también), en estos casos me gusta traducirlo a pesetas para hacerme una idea cabal, y me sale un beneficio de 200.000 millones. Poned atención, criaturitas, que os lo repito: doscientos mil millones de pesetas que suenan, en estos momentos de luz de velas y cacerolada, como doscientas mil bofetadas a los afectados por el gran apagón.

Endesa tiene un presidente, Manuel Pizarro, que como buena parte de las empresas públicas privatizadas por los gobiernos neocon del PP, fue nombrado por José María Aznar, para quien la amistad era condición indispensable (y única, me atrevería a decir a tenor de ciertos resultados) para obtener el cargo. Y, a poder ser, compañero de pupitre como en el caso de Villalonga, aquel neocon aventajado que se llevó a América el dinero de unas stock options millonariamente impúdicas. La amistad, el ser “de los nuestros”, entendida como un valor por encima de la competencia y preparación profesional.

Pizarro, además de conocer a Aznar, había sido abogado del Estado y ex agente de Cambio y Bolsa. Gracias al conocimiento del mercado bursátil, se cuenta que actuó de consejero del hombrecillo insufrible en las decisiones en cascada tomadas por sus gobiernos para colocar hombres afectos en puestos claves de la economía, como el sustituto de Villalonga en Telefónica, César Alierta, el presidente del BBVA, Francisco González, el presidente del Banco de España, Jaime Caruana, o el de Repsol, Alfonso Cortina.

Pues bien, el presidente de esa empresa tan bien dotada para arañar beneficios en nuestro recibo de la luz, a costa, por lo que se ve, de racanear en las inversiones básicas que aseguren el abastecimiento de energía, a la sazón miembro que fue (no sé si sigue siendo) de FAES, está desaparecido desde hace tres días. ¿No se merecerían los afectados una explicación gratis por su parte?

Y digo gratis, porque, para mayor sarcasmo, el teléfono que Endesa pone al servicio de los afectados tiene un coste de llamada, del que empiezo a pensar (mal) que la empresa se lleva un porcentaje. Puede decirse que Pizarro goza de la sensibilidad exquisita de una ameba. O quizá está babeando como el tío Gilito, y no puede ponerse, engolfado en contar el dinero ganado en el primer semestre.

He oído por la radio al ministro de Industria asegurar que va a hacerle pagar a Endesa todo este desaguisado. ¿Qué os apostáis a que a la empresa las multas e indemnizaciones le cuestan una mínima parte de los beneficios… del segundo semestre?

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Primera meditación para hoy: Y hablando de BBVA. Según un estudio de la Fundación de este banco, la Iglesia española es la institución menos valorada por los universitarios españoles, peor que las ONG, que la ONU, que el ministerio de Educación, que los medios de comunicación (incluido yo), que el gobierno central y los autonómicos, que las empresas multinacionales… La iglesia, la peor valorada, y eso que la competencia era francamente dura. ¿Qué estudiarán nuestros universitarios, dios mío de mi vida y de mi corazón, para confiar menos en la Iglesia que en el gobierno ateo de Zapatero?

Segunda meditación para hoy: La policía acaba de detener a otro etarra. Y van… ya he perdido la cuenta de los “milagros” de los que hablaba Rajoy. Un día de estos habrá que beatificar a la policía.

A media luz los dos

Creo que está en marcha el Nunca Máis de esta legislatura. En Barcelona están viviendo una situación intolerable que ni los vecinos ni yo entendemos. Vivo a quinientos kilómetros de la capital catalana, pero sé cómo se sienten los que todavía sufren el gran apagón, porque durante dos años de remodelación de la M-30 he tenido que soportar una cadena de cortes de varias horas cada uno.

La electricidad es el bien de bienes, es el bien que pone en marcha todo lo que en la sociedad de consumo se nos ha hecho imprescindible. Sin ella no puedes cocinar, los alimentos de la nevera se pudren, los ascensores no funcionan y los vecinos ancianos de los pisos altos quedan atrapados en su propia cárcel, no funciona el Metro, no hay televisión, y en consecuencia, tienes que enfrentarte a hablar con tu marido o con tu mujer. En consecuencia, un corte de luz puede acabar con los matrimonios… o provocar un baby boom, como ocurrió en el gran apagón de Nueva York la noche del 13 de julio de 1977, en el que millones de personas quedaron “apagadas” durante 25 horas, con gente atrapada en el Metro y ascensores… follando para entretenerse y matar la ansiedad. Nueve meses después se detectó un aumento notable de nacimientos.

En el momento en que escribo me cuentan que en Barcelona no están para polvos. Todavía hay cerca de 10.000 vecinos sin energía eléctrica, cortando las vías principales de la ciudad en una gigantesca cacerolada, al grito de ¡queremos luz! Y no basta con que las autoridades municipales y autonómicas acompañen en la indignación a sus administrados. Está bien, pero no basta. Porque un desastre así es una historia anunciada desde hace tiempo que puede repetirse en los veranos del cambio climático en cualquier otra ciudad de España. Todas las administraciones, la del Estado en primer lugar, han visto cómo las eléctricas españolas engrosaban sus cuentas a niveles que sólo pueden calificarse de groseros, a costa de una especie de canon en la factura de la luz para renovación y modernización de las infraestructuras, una renovación y modernización que brilla por su ausencia… como se ve ahora en Barcelona donde su ausencia, la oscuridad, es lo único que brilla en alguno de sus barrios.

Si quieren parar su Nunca Máis, que las administraciones concernidas se apliquen el cuento. Tan pronto se haga la luz, que la aprovechen para redactar la exigencia de una multa ejemplar que englobe el dinero cobrado y no invertido por las eléctricas, más las indemnizaciones correspondientes por daños y perjuicios.

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Meditación para hoy: Nuestro amigo Esteban Rosador apuntaba, en un comentario al post de ayer, una reflexión sobre las pruebas científicas realizadas para intentar demostrar el poder de la oración para obtener el favor (material) de los dioses. Fue un experimento realizado en los Estados Unidos, y lo relata Richard Dawkins en el libro, ya comentado aquí, “El espejismo de Dios”. Se formaron dos grupos de enfermos de similares dolencias, y se pidió a una de las asociaciones religiosas más fundamentalistas (era una forma de asegurarse que no harían trampas en sus oraciones) que rezaran todos los días por uno de los grupos, con sus nombres propios, durante un período de tiempo determinado. Los integrantes de este grupo no sabían que estaban rezando por ellos. Pasado un tiempo considerado suficiente para observar una evolución en las enfermedades, en uno u otro sentido, no se demostró alivio alguno entre los enfermos del grupo objetivo con respeto al otro. A continuación (o al mismo tiempo, no recuerdo bien), se comunicó a uno de los grupos que una congregación religiosa iba a tenerles cotidianamente en sus oraciones, pidiendo por su salud. Y aquí sí hubo diferencias sustanciales, ¡pero en el sentido no deseado!: los enfermos que conocían el empeño piadoso de la asociación religiosa empeoraban ostensiblemente. Los médicos achacaron el resultado a la ansiedad incontrolada por parte de los enfermos al ver que no mejoraban ni con la ayuda divina. Es el intento más parecido a la demostración científica de que la oración no sirve para nada… o sólo sirve para cabrearse con los dioses… o que los dioses no existen… o que si existen, son de una crueldad que no se merecen que nos arrodillemos ante ellos. En fin.

El juez también puede perder el juicio

Se llama Fernando Ferrín Calamita (¿del latín?: calamitas, desgracia), y es un juez ultra cristiano de Murcia. Ya gozaba de fama entre la carcundia por haber mandado detener, hace 20 años, cuando era juez en Chiclana, a dos mozas que se bañaban en top less en la playa, y no en el supermercado. Es de esos jueces que se creen en el derecho (el Derecho es suyo, no lo suyo) de enjuiciar a quienes promulgan las Leyes, antes que aplicarlas disciplinadamente. Por ejemplo, ha expresado públicamente, para justificar alguna de sus sentencias pintorescas, que la Ley de Divorcio aprobada por mayoría del Congreso fue un error.

Tiene abierto un expediente para dilucidar por qué retrasó más de un año el proceso de adopción de una niña por parte de una mujer lesbiana. Pero ahora se ha superado. En una sentencia que espero le cueste la carrera de una vez por todas, ha otorgado la custodia de dos hijas a su padre, al entender que la relación lésbica que mantiene la madre «influye negativamente en la educación y crecimiento armónico» de las niñas.

Es de los seguidores a ultranza (de ultra, se entiende) del cardenal Cañizares, que vuelve a insistir en que la religión y su falsa moral deben estar por encima de la ley y la moral ciudadana. Sus sentencias deben estar dictadas por la fe, más que por los códigos civil y penal. Cierto es que, en esto de confundir la razón con la fe, el listón ya lo había puesto muy alto aquel psiquiatra ultra cristiano que responde al nombre de Aquilino Polaino, conocido en su círculo (vicioso) profesional por ser uno de los encargados del Opus Dei de intentar «curar» a los afiliados que desean salirse de la secta, y que actúa, además, como el Can Cerbero que vigila los infiernos de la homosexualidad. Aquel Polaino que decía haber descubierto que los homosexuales no nacen, sino que se hacen, y que son el resultado de haber sido educados por padres «hostiles, alcohólicos y distantes». Estos argumentos científicos son los que arman la razón del juez de Murcia, quizá hermanado en la misma secta que el psiquiatra.

Por síntomas más leves de obsesión sexual que los presentados por este juez, las clínicas psiquiátricas tienen lista de espera. Creo que el Consejo General del Poder Judicial no debería perder el tiempo replicando de nuevo con otro expediente a este juez reincidente. No sirve de nada. Es como poner tiritas al cáncer. Como es evidente que lo suyo es una enfermedad, propongo un experimento: que para variar lo envíen a una sesión de cura a la clínica de Aquilino Polaino.

El resultado podría ser la pera.

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Meditación para hoy: Un año, una estampida en La Meca provoca la muerte de decenas de peregrinos. Otro año, un campamento de fieles que espera comenzar las oraciones rituales del lugar santo de los mahometanos arde por los cuatros costados, y mueren abrasados cientos de peregrinos. Otro año, un autobús repleto de fieles de la Virgen de Lourdes se despeña por un desfiladero y no queda con vida ni dios (que, a la sazón, es su hijo). Y este fin de semana, otro autobús cargado de polacos, que, para que os hagáis una idea, bajo el gobierno de los famosos gemelos viven en la fase medieval de la España del nacional catolicismo, la de la sumisión del Estado a la Iglesia, se despeñaba también al volver de una jornada de oración en el santuario mariano de Notre-Dame de la Salette, en Francia. Quedaron desparramados por las quebradas más de veinte muertos que si hubiesen peregrinado, por ejemplo, a Disneylandia, en vez de perder el tiempo rezando, hubieran conservado la vida. Por lo que se ve, rezar es una actividad de riesgo. ¿Con esa moneda pagan los dioses?

El encarnizamiento obituario

Si uno es un hideputa, lo es hasta la muerte. Sólo España pudo haber parido el dicho de “por mal que los hagas en vida, a tu muerte saldrás a hombros, como los buenos toreros”. A mí, que soy un antitaurino racional, que no visceral, jamás se me ocurriría ir a la plaza de toros a sacar a hombros al torero que acaba de torturar a un toro. Un hideputa es un hideputa, sea torero o registrador de la propiedad, así que ni se me pasaría por la cabeza celebrar sus triunfos o llorar en sus entierros. ¡Ah! Pero la clave está en que yo no soy político.

Un político como Mariano Rajoy, para quien Polanco era la representación más acabada de un hideputa, al que había que hundir como fuera, intentando primero meterlo en la cárcel con la connivencia de jueces prevaricadores, y si no, promoviendo un boicot económico a sus empresas, un político como él, con el Estado en la cabeza y las elecciones a ocho meses, tiene que tragar saliva y declarar ante la prensa que el hideputa de Polanco era uno de los empresarios más influyentes y no sé cuántos piropos más. Le faltó regalarle su lisonja preferida: que era un hombre decente, gente corriente, como su cuenta bancaria.

Polanco, como el Cid, ganó una vez muerto su última batalla, la de ver desde su nube cómo la derecha que tanto le odiaba desfilaba disciplinadamente por la capilla ardiente de su cuerpo frío. Todos sus enemigos pasaron por caja, por su caja, y hasta el cura hizo el paripé del responso para rogar al dios que no existe que le acoja en su cielo inventado. Él, que para la Iglesia era la encarnación del mal.

Todo un País, y hasta El Mundo entero, le honró con panegíricos y exequias de hombre de Estado. Porque Polanco era algo más que un vendedor de libros y periódicos. Les daba miedo hasta muerto. Tanto miedo que nadie quiso salir borroso en la foto. Y tal como ocurre en estos casos, todo fue desmesurado.

Su propio periódico, preso del más colosal síndrome del capataz que vieron los tiempos, dedicaba la noticia de su muerte a cinco columnas, al mismo tamaño que el asalto de Tejero al Congreso, que el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, que el comienzo de la guerra en Irak, que la expropiación de Rumasa, que la entrada de España en la Comunidad Europea, que la caída del muro de Berlín…

Si es verdad que uno de los rasgos de su carácter era la sencillez en el trato, este encarnizamiento obituario le hubiera parecido deplorable, una especie de traición a su conducta vital. No lo sé, no le conocí ni me dio de comer, pero su aspecto de “gañán pero arreglao”, su apuesta empresarial al servicio de los mismos valores morales que yo profeso, me transmitió siempre una corriente de simpatía, la del hombre hecho a sí mismo, más listo que el hambre. Por eso, veinticinco páginas de El País, una tras otra, con la SER convertida en un panegírico continuo durante veinticuatro horas, me han parecido un despropósito, una desmesura.

Espero que allá donde esté no le llegue el ruido de la exageración ni le salpiquen las lágrimas de cocodrilo de esa derecha que ayer rezaba, con el culo apretado, por el alma de su hideputa favorito. Que descanse en paz. Que descanse por nosotros.

La estupidez de la censura se repite como la morcilla

Hacía muchísimos años que no se secuestraba una publicación de gran tirada en España. Pero aunque sólo fuera por la experiencia adquirida, creo que tanto el Fiscal General del Estado como el Juez del Olmo, que puso en marcha la medida de caución, tienen la suficiente edad como para saber que un secuestro de esas características no corrige el problema sino que lo agrava, que excita la imaginación de quienes habrían ignorado olímpicamente la publicación. Elevaron un suceso local a dimensiones globales, gracias, entre otras cosas, a internet.

Como es necesario posicionarse en nuestra política de trincheras, quisiera ser transparente con vosotros. A mí no me gusta ese estilo de humor, del que no juzgo si es de buen o mal gusto, porque, al contrario de lo que dice el refrán, sobre gustos hay escritos millones de libros y ninguno de ellos se pone de acuerdo. Como a menudo se confunde el “gusto” con aderezos morales o políticos, vaya por delante mi confesión de que el de El Jueves no es el sentido del humor que me apasiona, como tampoco me gusta el pepinillo en la ensalada o la mayonesa de bote.

Tampoco sacralizo el derecho a la libertad de expresión para hacer apología, por ejemplo, de la violencia de género, de la ablación del clítoris, de la pederastia o para propagar la calumnia y la injuria como ha hecho alguno de nuestros contertulios conmigo, cuya IP, por cierto, guardo a buen recaudo. El meollo del problema es dilucidar el concepto de injuria, que en derecho suele descansar en el animus iniuriandi, o sea en la intención de injuriar por parte del reo, más que la injuria en sí misma, terreno mucho más resbaladizo y abstruso para un juez.

Es evidente que los de El Jueves lo que tenían en su cabeza era un animus iocandi, es decir, intención de bromear, como gente cachonda que es por oficio. En principio, cuando oí la noticia del secuestro pensé en el error inmenso de la Fiscalía. Pero me temo que detrás de ese mal paso pueden estar agazapadas “otras instancias”, sean del gobierno o de la Casa Real, o, lo que es peor, sus capataces, los consejeros que buscan por todos los medios justificar su cargo y su sueldo.

Porque de lo contrario, estratégicamente no se comprende. Cuando un periódico danés de derechas y de tirada más bien escasa (Jyllands-Posten) publicó las famosas caricaturas de Mahoma, multiplicadas después en las páginas de otros periódicos ultracristianos y más de derechas, complacidos con la burla sobre el profeta del Islam, apenas hubiesen tenido más lectores que el círculo restringido de fieles si no hubiese sido por el efecto multiplicador del fundamentalismo islámico que movió en la sombra la protesta a nivel internacional.

Mi compañero de blog, Martínez Soler y yo sabemos mucho de eso porque lo sufrimos en nuestras propias carnes. Del año 71 al 73, la publicación en la que trabajábamos, Cambio 16, sufrió varios secuestros por parte del Ministerio de Información y Turismo. Incluso, como ya os contó JAMS, acabaron secuestrándole a él –y torturándole- elementos de la extrema derecha. Aquella pasión de secuestros fue haciendo cada vez más popular a una revista “para iniciados” (de Economía y Sociedad, rezaba el subtítulo), tan incómoda para el régimen franquista como de escasa tirada.

El secuestro de una publicación debe impedir la propagación de un delito, y creo que el dibujo de nuestros reales príncipes follando invade sólo los terrenos del gusto del que antes hablaba, pero no del delito. Y aquí es donde la fiscalía, o sus mentores, debieron haberse calzado unos zapatos de plomo, y haber sopesado el efecto multiplicador de internet.

Recuerdo aquel año de 1972 (creo), sin internet que llevarnos a la boca, en que Cambio 16 publicaba en portada la foto de una modelo “artísticamente desnuda”, ya sabéis, tapándose el pecho con un brazo, sentada de escorzo sin enseñar nada más que un hermoso perfil (en aquellos tiempos de nacionalcatolicismo era poco menos que pornografía) por un motivo que en verdad no recuerdo ahora. El Ministerio inmediatamente paralizó su distribución. Desde ese momento se estableció una negociación kafkiana para ver cómo salvábamos la tirada. Y se llegó al acuerdo de colocar una señal de tráfico sobreimpresa sobre el espléndido culo de aquella moza. Se eligió para ello una tinta “de plata” que pasó sin problemas el nuevo filtro de censura. ¡Ah! Pero aquella tinta plateada, impresa sobre una portada que previamente estaba ocupada por tintas brillantes y resbaladizas, desaparecía con tan sólo rascarla con una uña. El número se agotó en dos o tres días. Fue nuestro primer gran éxito de ventas, gracias a la estupidez infinita de la censura.

Por eso creo que lo que han hecho la fiscalía y el juez, con su mal paso, ha sido enseñar el camino de un nuevo (viejo) sistema de propaganda para otras publicaciones.

El Estatut se cargó a Piqué

Rajoy acabó ofreciendo la cabeza de Piqué a Ángel Acebes. En un análisis simplista parecería que ha ganado la extrema derecha del partido sobre los estrategas que todavía sueñan cándidamente con ese viaje al centro que nunca existió. Pero sería estúpido pensar que, en operaciones de tanta envergadura, el secretario general de un gran partido se hubiese movido por motivos personales, o solamente personales, y que durante dos años se hubiese guardado para el momento definitivo el rencor de haber sido tachado por Piqué, él y Zaplana, como la “imagen del pasado”. La venganza es un plato a tomar frío, pero no del congelador. Resultó que Acebes no estaba muerto, que no, que estaba tomando cañas.

Hay que verlo, pues, como la colocación de nuevos peones, como otro acto de la campaña comenzada por Rajoy (¡qué ocho meses más largos nos esperan!), como una decisión estratégica de la dirección de Madrid después de comprobado el bajísimo techo obtenido por el presidente regional de Cataluña en las últimas elecciones. Claro que el análisis de Piqué era muy otro: con las directrices centralistas y abiertamente anticatalanas de la dirección nacional el techo electoral no podía salir del sótano.

No entiendo cómo Piqué pudo aguantar tanto tiempo con el corasón partío, sabiendo como sabía que la cizaña invertida por su partido en envenenar las relaciones entre comunidades autónomas acabaría pasando factura en su ya menguado caladero de votos. Intentó desesperadamente que el PP entrara en las negociaciones del Estatut con el fin de preservar la imagen de partido catalán (quizá soñase con un PPC, a semejanza del PSC), ya que no catalanista ni nacionalista, para que el tiempo no acabara dando fe de la tremenda soledad del PP en Cataluña, pero la extrema derecha de su partido había tomado un viaje sin retorno. Ahora se despide de Rajoy, y de todos nosotros, por carta, recordando que se va de “un partido en el que no faltan mezquindades y miserias”. Miserias, miserias… ¿os acordáis qué ocurre si pincháis la palabra “miserable” en Google? ¿Quién ostenta el honor de salir de primero?

A Piqué le ha echado el anticatalanismo de su partido, pero ahora falta saber qué oferta tiene Génova 13 para las próximas elecciones en Cataluña. A lo mejor, un análisis político minucioso les ha llevado a la conclusión de que el centro-derecha ya está ocupado por CiU, y que sólo les queda probar con su tradicional mercancía de los últimos años, que tan buenos resultados les ha dado en Madrid y Castilla y León, por ejemplo: la de la extrema derecha pura y dura. Una extrema derecha que seguirá siendo la casa común para el electorado conservador y de derecha moderada antinacionalista que no tiene otro sitio donde refugiarse. Cuestión de números. Cuestión de sumar.

Visto así, Acebes tiene razón. Pero ahora viene la pregunta del millón que nunca supe contestarme: ¿Cuánto tiempo es necesario para fabricar un líder? O dicho de otro modo, ¿son suficientes ocho meses para encontrar ese mirlo blanco que mitigue el desastre anunciado para el PP en Cataluña?

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Primera meditación: Se ha producido otro “milagro”, como diría ese buen amigo de los policías llamado Mariano Rajoy. Un control policial ha vuelto a desbaratar lo que parecía un inminente atentado con bomba de ETA. El etarra tuvo que huir atropelladamente de un taxi, abandonando su material explosivo, ante el dispositivo montado por la policía en Castellón. Para otra vez será, se habrá dicho Mariano, pero el Señor ya se podía dejar de milagritos.

Segunda meditación: El supremo ya hizo pública la sentencia que desbarataba el disparate jurídico de la Audiencia Provincial de Madrid por el caso Bono, la supuesta detención ilegal de dos militantes del PP. Estamos a la espera (ocurrirá en cualquier momento) de las disculpas del Partido Popular por haber destrozado la fama y la vida de los policías acusados y hoy absueltos.

Tercera meditación: A las horas en que os escribo siguen desaparecidos los cuerpos de decenas de inmigrantes que intentaban llegar en patera a nuestras costas. Medio mundo está en su búsqueda, hasta un portaaviones francés. ¿Y qué hace nuestra oposición? Pues echarle la culpa a Zapatero, vapordiós. La responsable de políticas sociales del Partido Popular, Ana Pastor, aprovechó para insinuar que eso ocurre porque “el gobierno de Zapatero sigue sin rectificar sus políticas de inmigración”, con su poderoso efecto llamada. Por más que repaso, esta desviación necrófila de la extrema derecha española, esta pasión suya por la utilización de los muertos en el debate político no tiene parangón en ningún país democrático. Yo creo que lo hacen para que no te puedas cagar en sus muertos.

Mariano está ya en campaña

Alguno de sus gestos rozan lo grotesco, como eso de plantarse en Ibiza a “comprobar por sí mismo” cómo iban los trabajos de limpieza de las playas afectadas por el fuel del barco hundido, y de paso… sopesar las dimensiones del desastre por si el buen dios había tenido a bien concederle ese Prestige del PSOE que tanto necesitan y que tercamente les niega. Apenas quedaban unos “hilillos”, pero en tiempos de campaña (no hay ya precampañas, como ya no hay primaveras desde el cambio climático) el PP no podía dejar de hacerse la foto aunque sea extemporánea y absurda. Yo imagino el asombro y las risitas de los lugareños y de los turistas viendo llegar a Rajoy con su cohorte del departamento de imagen de su partido dispuesto a inspeccionar el lugar de autos, con gesto de preocupación calculada, con esa cara que se le pone de experto en mareas. Menos mal, habrán suspirado, que ya ha llegado Rajoy; estamos salvados.

Mientras deja a su mentor, el hombrecillo insufrible, haciendo el trabajo sucio en FAES, él se pone el traje de campaña y empieza a soltar ideas para demostrar que, además de lo de ETA y de la desmembración de España (¡Paña!), esconde en su cabeza de registrador todo un ideario de gobierno, original, imaginativo, bueno y para gente decente y normal.

¡Oh, qué idea! ¿Cómo ganar las próximas elecciones en un país tan escaso de gente decente y normal? Si las normas electorales te son esquivas, hay que cambiar las normas electorales. Si los electores no te dan la mayoría para gobernar, hay que cambiar la ley (ya que ahora no está bien visto encarcelar o hacer desaparecer a los electores desafectos al régimen). Así de expeditivo. Si la democracia es un estorbo se cambia la democracia. Y así, ad libitum, que diría mi padre. ¿Cómo? Proponiendo, por ejemplo, que no pueda gobernar ningún partido que no alcance el 30% de los votos. Este hallazgo es el resultado del análisis de las últimas elecciones en Baleares, donde la unión de “nada menos que seis partidos” frente al suyo, que obtuvo “el 47% de los votos”, supone una “falta de respeto a la democracia”, a la “voluntad de los ciudadanos”, y una “burla”. Así, de corrido.

Para un demócrata de casi toda la vida como él, la voluntad del 53% de los ciudadanos que no le votaron es una falta de respeto a la democracia y una burla a su 47% de votos. Es lo que tiene el haber nacido para la política en aquel partido formado por los demócratas orgánicos de Alianza Popular, el partitus antecessor del PP, con los “siete magníficos” del franquismo al frente. En la democracia sin adjetivos de hoy, todavía le atormenta el recuerdo de los abusos sufridos por parte de aquellos violadores franquistas que te vendían que la democracia orgánica no era pecado, hijo, que era buena, y que te dejaras hacer porque no dolía. Y no una democracia como la actual, donde es posible que seis pequeños partidos, cada uno de su padre y de su madre, puedan hacer frente con éxito al partido de la gente decente y normal.

Pues va a ser que no. Bastantes injusticias, a mi entender, propicia la célebre Ley D’Hont y su lotería de premios, para que pongamos más distancia entre los votos depositados en las urnas y el resultado final de quienes nos gobiernan.

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Meditación para hoy: El embajador del Vaticano en España, el Nuncio, ha querido matar al mensajero. Lo malo no es que haya curas violadores, lo malo no es que la jerarquía eclesiástica intente ocultar el tamaño de sus desmanes, lo malo para ese monseñor que tan alegremente se entromete en la vida pública española es que los medios de comunicación se han ensañado con la noticia de los abusos. Manuel Monteiro de Castro, que así se llama este buen hombre, intentó minimizar los casos aparecidos en el seno de la Iglesia con el viejo argumento de que en otros ámbitos (como en la familia) el número de casos es aún mayor. “Uno puede preguntarse por qué la Iglesia debe de pagar y las otras entidades no deben pagar” (..) “por más que uno quiera ser bueno, es discriminación. Uno va a encontrar los mismos casos casi todos los días; ahí se ve mala intención (de los medios de comunicación), digan lo que quieran”. Ayer escuché en la radio la mejor respuesta a los argumentos de este padrino de sus ovejas descarriadas: que el que te viole un cura es como si te robara un policía o prendiera fuego a tu casa un bombero.

Un día de estos, cuando me lo encuentre, se lo suelto. Aún a riesgo de que a continuación vaya de acusica al Papa y me excomulgue.