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Bulbos y niños, una actividad recibir el otoño

14 septiembre 2011

Reconozco que me gusta sacar actividades y experiencias para/con mis hijos de hasta debajo de las piedras, sobre todo si van encaminadas a comprender y respetar el mundo que nos rodea.

Por eso el otro día, paseando por un vivero, se me encendió la bombilla al ver que estábamos en época de plantar bulbos y había bulbos con todo tipo de flores y bulberas por todas partes.

Junto a mi cuñada compramos un par de bulbos de jacintos (bonitos, olorosos y bastante duros) de distintos colores y dos bulberas, y ya las tenemos instaladas en casa con su ayuda.

Creo que será bonito para ellos ver cómo van creciendo las raíces buscando el agua en la parte inferior de la bulbera y cómo luego asoma poco a poco la planta y la flor, olorosa y bonita.

Me consta, porque los tengo en la familia, que los hay que dicen (o piensan) “¡Bah! Tontadas”.

Yo prefiero intentarlo.

La “cultura de Bambi”

21 febrero 2011

En el último post del blog hermano Crónica Verde, su autor hablaba del acusado descenso de licencias de caza y de la preocupación de los cazadores. Parece que los cazadores se van jubilando y el relevo generacional no llega.

Según unas recientes declaraciones del presidente de la Federación de Caza de Castilla y León, Santiago Iturmendi, la culpa de esta crisis venatoria la tiene nuestro actual sistema educativo, responsable de lo que él denomina “la cultura de Bambi” que se enseña en los colegios. Esa donde el ciervo es el bueno y el cazador es el malo, y no al revés como en el caso de Caperucita y el lobo.

E incluso también se lleva una buena ración de críticas el propio Gobierno y sus normas cada vez más restrictivas en cuanto a conceder permisos de armas a los niños “que prácticamente impiden el relevo generacional.

Aunque a mí la caza no me gusta un pelo (jamás sería capaz de mirar a un animal tan hermoso como un ciervo y disparar) y las armas de fuego aún menos, no quiero abrir aquí un debate sobre caza sí o caza no.

Lo que me ha llamado la atención es esa referencia a “la cultura de Bambi”. No es la primera vez que oígo hablar de algo semejante, aunque no con esas palabras.

Ya con anterioridad he escuchado que hoy día nuestros niños crecen rodeados de animales humanizados, que hablan, que no se devoran entre ellos. Parece que no hay relación entre la esponjosa ovejita del cuento y la vaquita que dice muuuu y la carne que comemos o las pieles que usamos para vestirnos y calzarnos.

La persona que me lo contaba decía que hemos perdido el sentido natural de la vida. Puede que se sepa tácitamente, pero no enseñamos a nuestros hijos la realidad.

Yo pasé mis largos veranos en el campo, en Asturias. Allí no tenían que explicarte nada. Veías que los conejos de pocas semanas con los que jugabas acababan en la cazuela. Veías a tus mayores sacrificar a los pollos y pelarlos. Veías cómo venía el camión que se llevaba a los terneros machos al cielo de los rumiantes. Buscabas caracoles y tras pisarlos se los entregabas como el mejor de los manjares a gallinas y patos.

Y sólo por contar algunos ejemplos, que los había a decenas.

En cambio ahora los niños, aunque convivan con gatos, perros o hamsters en casa, no tienen esas enseñanzas.

Nuestros niños crecidos en ambientes urbanos no tienen con qué contrarrestar esa supuesta distorsión de las reglas de la naturaleza, como mucho visitan una granja escuela al año para aprender a hacer quesos y acariciar a los animalitos.

No sé si es importante vivirlas para aprender a asimilar mejor la vida y la muerte y la interdependencia de todos los seres vivos. Pero yo me alegro de haberlas tenido.

En mi casa hay dos gatos, un perro y tres acuarios. Mis hijos están creciendo con animales. Siempre me pareció importante.

Y lo más aproximado que pueden ver es cuando alimento de vez en cuando a los peces de uno de mis acuarios con otros peces vivos más pequeños.

Es curioso, pero a mucha gente, incluido mi santo, no les gusta verlo. Les parece una salvajada.

Yo simplemente creo que mis peces son del tipo que comen otros peces.

¿Será porque ellos crecieron en la ciudad lejos de cualquier granja?