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Vivir es cabalgar un dragón y disfrutar del viaje

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Brindemos esta Nochevieja por los que ya no están

Mucha gente aborrece de la Navidad, y mucha de esa gente lo hace porque recuerda a los que ya no están y eso es algo que se les hace especialmente duro en estas fechas. Así que pasan de puntillas, renegando más o menos, tristes a ratos.

Tal vez no sea la manera, tal vez haya otras formas de afrontarlo mejores, formas que aprender desde que somos pequeños.

Estos días me tomé con las declaraciones del psicólogo clínico Eladio Rosique Meseguer, que explicaba que:

Paradójicamente, la Navidad puede ser el mejor momento para recordar a los seres queridos que han fallecido o que están ausentes por cualquier circunstancia. Para sobrellevar su pérdida, ha aconsejado rescatar el amor y las experiencias compartidas.

“Probablemente todos consideren que para sobrellevar el dolor hay que actuar como si no hubiese pasado nada, pero eso no funciona”, advierte Rosique, quien subraya que recordar algo bonito “nos puede hacer llorar pero es una forma de hacer presente a quien no está y aprender a vivir con su recuerdo”.

Incluso, aconseja hacer un brindis en honor de esa persona que falta, porque “puede ser una forma de darnos permiso para recordarle”, ya que “es injusto que el legado que nos deje esa persona sea solamente dolor”. Por ello, subraya que la Navidad “es un momento muy difícil para muchas personas pero también es una gran oportunidad de vivir con los demás un homenaje lleno de amor y de sentimiento de privilegio; un momento para que nuestra vida siga”.

No sé cómo lo veis vosotros, tal vez resulte difícil interrumpir una cena o una comida familiar para un brindis así, que puede causar tristeza. Especialmente difícil en las familias que soterran estas cosas, que no gustan de airearlas o ver lágrimas.

Por eso yo, desde aquí, quiero esta noche recordar a los que ya no están conmigo en estas fiestas.

Brindo por mi abuela Maruja, en cuya casa celebrábamos siempre la cena de Nochebuena y la comida de Año Nuevo, con el mismo menú siempre de sopa de pescado y marisco y pollo guisado, y con partida de cartas tras los postres.

Brindo por Jose, el abuelo de mis hijos, mi suegro, generoso y discutidor, que habría disfrutado tanto viendo a sus cuatro nietos acudir a su casa la mañana de Reyes a desayunar roscón y churros y abrir los regalos. Tan pronto se fue, que ni siquiera tuvo la ocasión de conocerlos.

Brindo por mi abuela Adriana
, con su seguridad y sus uñas lacadas de rojo; por mi abuelo Pedro, que nos hizo un helado de leche de cabra en el pueblo cuyo sabor estará siempre en mi memoria; por mi tía Luisa, siempre despistada y buscando el calor del sol; por Angelines que era toda bondad y sonrisas…

Tanto en 2016, como en 2017, como en todos los años que me queden por conocer, formaréis parte de mis recuerdos.

GTRES

¿Son los cementerios lugar para ir con niños?

DSC_0426Me siento inclinada a contestar que no, pero es una pregunta que creo que no tiene una respuesta clara. Imagino que depende del niño, de la edad que tenga, de la familia en la que esté, del motivo por el que vaya a acudir al cementerio.

En mi familia nunca hubo tradición de visitar el cementerio en el Día de Todos los Santos. Yo crecí ajena a esa costumbre y a los camposantos. Mis padres tampoco me quisieron llevar a tanatorios ni entierros, claro que no hubo ninguna muerte cercana hasta que rondé los diez años y murió mi bisabuelo. Ahí sí que fui y podría habérmelo ahorrado. No guardo un buen recuerdo de toda esa gente caminando seria entre lápidas hasta encontrar el lugar en el que lo depositaron.

Poco más tarde, en el pequeño cementerio de la aldea asturiana en la que pasaba los veranos, cometí con mis primos la bienintencionada travesura de repartir las flores y adornos entre todas las tumbas para que ninguna estuviera vacía de atenciones. Suerte que no nos pilló nadie, dudo que hubiera entendido nuestros buenos propósitos.

Mis dos hijos han estado en cementerios militares en Normandía, haciendo turismo de manera respetuosa, y son lugares cuyo peso se respira. Caminar entre esas miles de tumbas idénticas, ya sean británicas, estadounidenses o alemanas, debería hacernos reflexionar. Pero esa es otra historia muy diferente a acudir a visitar el lugar en el que está enterrado un ser querido.

Pese a que tienen un abuelo y una bisabuela a los que conocieron en un cementerio cercano, no hemos ido con ellos. Tampoco soy yo de ir, la verdad. La gente a la que quise y se fue vive en mis recuerdo, en las fotografías, en los aniversarios propios. No en un trozo de piedra en un lugar ajeno.

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Los animales ayudan a los niños a ver la muerte con naturalidad

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Este fin de semana murió Sven. Sven, con el nombre de uno de los personajes de Frozen, era un hámster ruso que llevaba con nosotros casi tres años y que entró en casa por deseo de Julia. Un animalito dulce, con muy buen carácter, al que conocían y con el que habían jugado todos los niños que han entrado en casa. Siempre a ratitos cortos, siempre con delicadeza, siempre teniendo en cuenta que lo que tenían en las manos era un ser vivo.

Cuando murió hubo varias personas que me preguntaron qué tal se lo había tomado Julia, que es una niña muy sensible. Pues lo cierto es que con toda la naturalidad del mundo. Había asumido que era un hámster ya viejito y de momento la muerte es algo que ha vivido siempre con mucha normalidad: con el abuelo que murió antes de que ella naciera, con nuestra perra Mina, con los peces que tenemos en casa, con su bisabuela el año pasado. Sé que hay niños a los que les angustia, que se hacen preguntas imposibles de contestar. No ha sido su caso y no sé si tener animales ha ayudado. Nosotros no hablamos de cielos ni de ángeles, hablamos de que los que se van vivirán en nuestro recuerdo.

Es un ciclo que hay que asimilar como algo natural, que duele y que pasa. Ahora que vivimos en ciudades sin contacto con la naturaleza y muertes contadas, los animales con los que vivimos ayudan a los niños a interiorizarlo, a verlo como lo que es, algo relativamente cotidiano. Ley de vida.

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“¿Por qué te arreglas si vas a cavar, mamá?”

hablameEso me dijo Julia el domingo, tras asomar su cabecita por la puerta del baño.

Julia y Jaime no han visto a su bisabuela durante las últimas semanas en las que estaba ya encamada y muy malita, apenas consciente. Mi padre no quiso que se llevaran ese recuerdo de ella y yo estuve de acuerdo. Pasaron este fin de semana de despedida en casa, atendidos por familiares, jugando con sus primas, paseando, ajenos a lo que sucedía a pocos kilómetros.

No nos pareció oportuno llevarles al tanatorio y al entierro, así que no lo pisaron. No digo que haya que mantenerles siempre lejos de esas ceremonias y manifestaciones de duelo, pero creo que en la mayoría de los casos se les puede ahorrar una experiencia que no va a resultar beneficiosa. Recuerdo que la primera vez que yo estuve en uno fue cuando murió mi bisabuelo. Era un poco mayor que Julia y aunque estuve tranquila y entera, me impresionó; al poco de llegar a casa vomité y recuerdo aquella noche repleta de sueños raros. El mismo tipo de sueños raros que he tenido las últimas noches. Sueños que nos ayudan a encajarlo todo, estoy segura de ello.

Pero no llevarles a tanatorios y entierros no implica que no haya que hablar con ellos, explicarles lo que pasa con sinceridad y aclarar sus dudas sin mentir, sin dobleces.

Jaime no es capaz de entenderlo. Tiene ocho años, pero su autismo le hace ajenos a la muerte, sus pesadillas y consideraciones. “Pensadillas” dijo hace algunos años Julia, una palabra que podría resumirlo todo. A Julia, que tiene seis años y es consciente de que el abuelo Jose murió antes de que ella naciera, sí que le hemos contado que la abuela Maruja había muerto y que nosotros no estaríamos en casa con ella porque íbamos al tanatorio a despedirla y luego al entierro. Y lo aceptó con toda la naturalidad del mundo, sin apenas preguntas, pese a que estábamos preparados para responderlas. Llegarán, estoy segura.

Aunque cada caso es distinto en función del niño, el momento, su relación con la persona fallecida, su experiencia previa, cómo seamos los que vamos a ayudarles a entenderlo, si hay o no creencias religiosas por medio… hay algunas pautas obvias en las que todos coinciden y que pasan por un lenguaje claro, sinceridad, no esconder nuestros sentimientos ni pedirles a ellos, directa o indirectamente, que lo hagan.

En la página de orientación educativa de Mónica Diz Orienta hay una estupenda colección de enlaces para afrontar el tema de la muerte y el duelo con los niños. A mí me ha gustado especialmente la Guía cuya portada ilustra este post y de la que tal vez os hable más detenidamente en otro post.

Hoy quiero traer lo que allí comentan sobre que los niños acudan a velatorios y entierros:

Otra forma importante de explicar a nuestros hijos la muerte de un familiar es iniciarles en los ritos que se realizan cuando una persona fallece, es decir: el tanatorio, el entierro y el funeral. Esta es una decisión que debe tomar la familia, pero, por regla general, a partir de los seis años un niño puede compartir con sus parientes las ceremonias de despedida que se organicen.

El sentido de que los niños, preadolescentes y adolescentes acudan al velatorio, entierro o funeral radica en la necesidad que ellos mismos tienen de sentirse incluidos en el sistema familiar y de recibir consuelo, cobijo y compañía durante estos momentos difíciles. Los preadolescentes y adolescentes pueden vivir con mucho dolor el hecho de que se les aparte de la familia en estos momentos de unión. Necesitan formar parte de lo que sucede y despedirse de la misma forma que todos los demás.

Participar en estos ritos también ayuda a que la despedida se concrete en un tiempo y en un espacio determinado. En ocasiones, los niños y adolescentes pueden quedarse con una profunda sensación de vacío por no saber qué ha pasado o dónde está ahora su pariente fallecido.

Si vamos a introducir a los niños en estos ritos, es importante que les preparemos con antelación para todo lo que va a suceder. Si les contamos previamente en qué consiste el entierro o el funeral, lo que sucede allí –que la gente puede llorar, abrazarse, etc.-, y el sentido del pésame y cada rito de despedida, les ayudaremos a situarse en la realidad de los hechos y no en la fantasía.

También es fundamental que permanezcan acompañados en todo momento por un adulto que se responsabilice de ellos y que responda a todas las preguntas que necesiten resolver.

Si el niño o adolescente no desea acudir a estos rituales es vital que respetemos su decisión, sin obligarles ni hacerles sentir culpables. Siempre podemos dejar la puerta abierta para el momento en que ellos quieran acudir al lugar donde su pariente está enterrado, acompañarles y explicarles lo que necesiten preguntar.

‘Seguiremos viviendo’: porque los niños no deberían morir, pero si mueren deben hacerlo bien arropados

El tema de hoy no es especialmente festivo, pero es necesario. Mirar a otro lado cuando algo es demasiado doloroso no ayuda a mejorar esa realidad que cuesta tanto afrontar. A veces hay que levantar la alfombra y barrer, por mucho que cueste.

Tengo al menos cuatro cosas en común con Elisabet Pedrosa. Elisabet me cuenta que es guionista de l’Ofici de viure (Cataluña Radio). Es decir, tiene un oficio en el que se dedica a juntar palabras como yo. Elisabet fue madre de una niña con discapacidad, con síndrome de Rett, y ya sabéis que yo tengo un hijo con autismo. Elisabet ha escrito un libro. Bueno, en realidad más de uno. Lo mismo que yo. Y además es una persona con causa, con varias causas, que usa aquello que mejor sabe hacer para intentar ayudar, algo que yo también procuro.

Elisabet vio morir a su hija Gina hace un año, tras pasar nueve meses en cuidados paliativos
. Y hablando con el corazón en la mano, espero que jamás tengamos eso en común. Pero de su experiencia personal ha nacido un libro, altavoz de su implicación en una campaña del Hospital Sant Joan de Deu “para sensibilizar sobre el papel fundamental de las unidades de paliativos pediátricos y el hecho que son aún una asignatura pendiente de nuestro sistema sanitario”.

Nuestros niños no deberían morir. El cáncer, accidentes, enfermedades raras, el síndrome de Rett… nada de eso debería cebarse en ellos si el mundo fuera justo, pero no lo es. La realidad es que 3.000 de nuestros niños mueren cada año en España, aunque nos duela el alma solo imaginándolo, y deben poder hacerlo de la mejor manera posible.
libroPor eso Elisabet ha escrito un libro llamado Seguiremos vivendo (una luminosa reflexión sobre la muerte) que da nombre también a un proyecto de micro mecenazgo para consolidar el equipo de curas paliativas pediátricas del Hospital de Sant Joan de Deu. Hasta la fecha han recogido ya 24.000 euros y el libro va por la tercera edición en catalán y la segunda en castellano y todos los derechos de autor van a ese proyecto. “Este es el compromiso que tomé al día siguiente de la muerte de Gina”, asegura.

Es un privilegio contar con un equipo de servicios paliativos pediátricos para ayudarles en este difícil trance y dar apoyo físico, social, emocional y espiritual a sus familias”, explica. Y no sé a vosotros, pero a mí me parece inconcebible que así sea. Y difundir su libro, su lucha, no solo ayuda al hospital Sant Joan de Deu, ayuda a concienciar de la existencia de este problema al que hay que poner solución.

Olvidaba un quinto aspecto que Elisabet y yo compartimos: “Seguiremos viviendo ha sido escrito para no perder el juicio y, sobre todo, para poder seguir adelante”. Yo también escribo para poder respirar, no concibo mi vida sin palabras, igual que no la concibo sin aire.

Elisabet Pedrosa (Barcelona, 1969) es escritora y periodista. Durante una estancia en Brasil escribió su primer libro como resultado de su experiencia como cooperante en el norte de Brasil, Fills de la pluja. En 2009 publicó Criaturas de otro planeta, una historia conmovedora que, con más de 10.000 libros vendidos, hizo visible el síndrome de Rett, la segunda causa más frecuente de retraso mental en mujeres y que finalmente llevó a su hija Gina hasta la muerte en enero de 2013. En 2012 publicó El meu amor sikh, donde explica de manera novelada cómo, después de separarse, descubre el amor de su vida: un indio sikh, padre de su tercer hijo, Jan.

Seguiremos viviendo es una emotiva despedida a su hija, y no se trata sólo de un libro sino un proyecto cuya finalidad es divulgar el papel y las necesidades de los cuidados paliativos pediátricos, muy escasos en nuestro país (los únicos centros que existen en España en este momento son: el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, el Hospital Materno Infantil de Las Palmas, Hospital Niño Jesús de Madrid y la Unidad de Paliativos de Son Espases, Mallorca, además de algunas unidades de Oncología Pediátrica que prestan atención paliativa a sus pacientes).

Elisabet explica con naturalidad y lucidez la muerte de la hija, y la desesperación de los últimos años y meses a su lado en un camino de pérdida continuada. Y nos narra también el día a día después de la muerte: el vacío vertiginoso, el dolor profundo y el desconcierto. Y cómo se reinicia poco a poco el hilo de la vida: volver a llenar el carro del supermercado, volver a comer y cocinar, volver a bailar y descubrir la naturaleza, volver a sonreír, volver a hacer el amor… En definitiva, volver a vivir después de la peor experiencia en la vida de una familia. Y hacerlo con alegría y con los vivos, pero también hablando e integrando a los muertos en el presente. Es un texto de despedida, de recuerdo de la hija, de agradecimiento y para compartir una muerte reveladora, desnuda —casi pornográfica—, sin eufemismos y penetrante; y es también un canto a la vida, a la de aquí y quizá a la de más allá. Al principio de la vida, para dar la bienvenida a un ser querido, nos llenamos de amor y de afecto, y para la despedida deberíamos conseguir que también fuera así.

Seguiremos viviendo es un testigo luminoso, útil, emotivo, transformador y bien escrito sobre la manera de afrontar la muerte de un hijo, la impronunciable (no hay palabra para definir la pérdida de un hijo), y sobre cómo aún hoy vivimos de espaldas a la muerte, el último gran tabú de nuestra sociedad. Un testimonio excepcional para sensibilizar sobre el gran papel que ejerce el acompañamiento a la muerte de las curas paliativas pediátricas, para que sea un derecho lo que aún hoy es un privilegio: que todo niño en situación crítica muera acompañado.

Perder a un hijo

487983_1419512208260216_1235058415_n Acabo de ver Los secretos del corazón. Casi no la veo solo por el título que tiene. Entre ese nombre y el cartel, se quitan las ganas. Al menos a mí que no soy de melodramas ni de comedias románticas.  En inglés es otra cosa, su título original es Rabbit hole, y aunque entiendo perfectamente que en castellano esa película no se puede traducir ni por Conejera ni por Agujero de conejo por razones obvias, creo que hubiera sido mejor algo del tipo La madriguera.

En cualquier caso, la cosa es que la película me ha reconciliado con Nicole Kidman. Es muy dura y está realmente bien hecha. Es sutil, es creíble y es inteligente. No trata al espectador como si fuera imbécil. En ella Nicole Kidman y Aaron Eckhart son una pareja de wasp que han pedido unos ocho meses atrás a su hijo de cuatro años. No hay culpables, lo que hay es mucho dolor  y lo que se nos muestra es el punto de inflexión para ambos en el que tocan fondo para volver a construir su vida. A construirla sobre el dolor, porque dejan bien claro que el dolor siempre perdurará.  No es un final feliz. No es un final triste. Es un final consecuente.

No me atrevo a contaros mucho más, no os la quiero destripar. Está basada en una novela que se llevó el premio Pulitzer hace seis años y que me quedo con la curiosidad de leer, aunque sea sumergirme de nuevo en una pesadilla cotidiana. Los niños mueren y dejan detrás padres destrozados.

Yo no soy de llorar con las películas, pero en esta se me escapaban los pucheros. Merece la pena, si es que tenéis ánimos de meteros en un jardín así.

Y eso me recuerda que me apunté el nombre de un libro de cómics y de una autora que había relatado su experiencia tras perder a su hijo, recuerdo una reflexión suya en la que, con otras palabras, se planteaba si sigues siendo madre cuando muere tu hijo: ¿Eres una madre sin hijo? ¿Ya no eres madre? Un limbo doloroso. Lo malo es que no encuentro ahora el nombre. Si alguno conocéis ese cómic, me encantará que me ayudéis a recordarlo.

 

“Mamá, ¿yo me voy a morir?”

“Mamá, ¿Troya se va a morir?”. Troya es nuestra perra, que ya tiene unos quince años. Algo ha debido oir Julia, que tiene una antena envidiable a sus tres años.

“Sí, se va a morir, como todos, pero tranquila que todavía no va a pasar”.

“¿Troya se va a morir hoy?”, con amago de puchero.

“No, no se va a morir hoy”.

“¿Y Troya se va a morir mañana?”. Mañana significa para ella un tiempo futuro sin determinar.

“De verdad, no te preocupes por eso, Troya está muy bien, muy contenta y muy sana”.

Cuatro horas después…

“¿Mamá, yo me voy a morir?”. Así de sopetón, sin previo aviso.

“Todos nos vamos a morir, pero nos quedan muchísimos años, tenemos que hacernos muy viejos, ahora no hay que preocuparse por eso”. Esa era yo, improvisando a toda velocidad.

“¿Y cuando yo me muera te vas a comprar una niña nueva?”.
Ahí es cuando me dio a mí un pequeño vuelco el corazón.

“Por supuesto que no. La gente no se compra. Y quedan muchísimos años para eso”.

Solo tiene tres años. Han llegado antes las dudas sobre la muerte que sobre el sexo. No sé si es un poco pronto para andar filosofando sobre la muerte, no sé a qué edad se arrancarían vuestros hijos. Lo que tengo claro es que el primer disgusto y el primer gran aprendizaje que va a tener al respecto va a ser con Troya, espero que dentro de mucho tiempo.

Sobre la fase del duelo en los niños

Tuve la gran suerte de no tener que enfrentarme con la muerte de nadie muy cercano en mi infancia. Como ya os he contado en alguna ocasión aún viven dos de mis cuatro abuelos y los otros dos faltaron cuando ya tenía más de treinta años. Tampoco tuve ocasión de echar en falta siendo niña a tíos, primos, hermanos o amigos de la familia. Lo más cerca que pude tener fueron los abuelos de mis primas.

Y es cierto que, pese a esa gran suerte teniendo tan pocas veces la muerte cerca, mis padres tendían a mantenerme apartada y con pocas explicaciones. También de las enfermedades graves en los adultos de mi entorno, y de esas sí que hubo unas pocas que al final afortunadamente acabaron bien.

Ojalá mis hijos tengan también una infancia libre de esos recuerdos, por mucho que sea el ciclo natural de la vida.

En cualquier caso, si alguna vez me toca, intentaré recordar lo que recomiendan en este reciente teletipo de EFE que ha llegado a mis manos y en el que explican cómo ayudar a nuestros pequeños a afrontar la etapa del duelo.

Aquí os lo dejo:

Los niños pueden sufrir duelos complicados por la muerte de un familiar si los adultos la abordan como un tabú, es decir si intentan suavizar lo sucedido, se lo ocultan, evitan el tema o usan metáforas complejas.

Así lo han advertido los terapeutas de la Fundación Mario Losantos del Campo (FMLC), que han publicado una guía didáctica gratuita, titulada “Explícame qué ha pasado”, con la que pretenden enseñar a los adultos a tratar el tema de la muerte y el duelo con los niños.

Los expertos consideran que las dudas de los adultos y su miedo a herir la inocencia infantil pueden acabar empeorando la delicada situación que atraviesa el menor en esos momentos, y que las respuestas claras y veraces, sin embargo, favorecen que el pequeño se adapte a su nueva situación.

Con esta guía, se trata de prevenir a los adultos del uso de estrategias erróneas y se les dota de recursos para que aprendan a explicar la muerte y el duelo a los menores.

Una cuestión decisiva si tenemos en cuenta las estadísticas que maneja este equipo de terapeutas: uno de cada diez niños que pierde a uno de sus padres corre el riesgo de sufrir una depresión si su duelo no se atiende correctamente.

De ahí que sea importante cómo afrontar este duelo, según la fundación, que calcula que cada año un cinco por ciento de la población sufre la pérdida de un ser querido muy cercano, con lo que anualmente son miles las personas que se enfrentan a este dilema.

Además, según señala Loreto Cid, psicóloga y autora de la guía, en contra de la creencia general de que los niños no saben ni necesitan que se les explique la muerte, estudios científicos demuestran que “son conscientes de su existencia desde muy temprana edad y sienten temores relacionados con ella”.

Y se ha demostrado que los bebés, entre los 6 y los 8 meses, ya pueden ser capaces de notar la ausencia de la persona con quien han establecido su vínculo principal, por ejemplo, su madre.

La guía da respuesta a muchas de las inquietudes de los padres, pero hay dos consejos que prevalecen sobre el resto.

El primero de ellos es que a los niños hay que decirles la verdad, aunque siempre adaptándola a su edad y al desarrollo cognitivo y emocional del menor.

El segundo también es clave: hay que darles la oportunidad de expresar sus dudas y permitirles participar siempre que lo deseen en los ritos de despedida de la persona fallecida.

(foto de Macnolete)

Al final

Cuando llegue el final espero ser consecuente conmigo misma. No soy creyente. No quiero misas ni responsos. He visto en el pasado como algunas personas, al ver cerca el final, rectifican sus creencias buscando el consuelo del más allá, incapaces de defenderse ante la idea de que se acabó lo que se daba. Se acabó por completo.

Es completamente comprensible. Es consolador. Pero espero que cuando llegue el momento sea lo suficientemente coherente con toda mi existencia previa como para acabar como he vivido.

Confío también en poder transmitir a mis hijos con naturalidad lo que es la muerte, que forma parte del mágico proceso vital que somos, que es inevitable, que la muerte no puede influenciar negativamente la vida, que hay que afrontarla con la cabeza alta.

Creo que no existe lección más difícil y la única manera que se me ocurre de hacerlo es que crezcan viéndome a mí afrontarla siempre así, que también es complicado.

No es que suela pensar demasiado en la muerte, pero imagino que es inevitable hacerlo cuando acecha a alguien cercano (aunque sea virtualmente).

Y a ese alguien que he mencionado, un padre reciente que merece ganar esta batalla, le deseo toda la buena suerte, la fuerza y los ánimos de que soy capaz.

¿Has tenido miedo a morir en el parto? Me da que no…

“No puedo soportar ver a las mujeres de mi pueblo muriendo cuando sé que muchas madres y niños pueden salvarse con mi ayuda. Trabajo día y noche. Camino cientos de kilómetros para asistir todo tipo de partos, desde los más sencillos hasta los más complejos. Las condiciones sanitarias son nulas, si los partos son de noche la única luz de la que dispongo es la de mi teléfono móvil” dijo Esther Madudu, de 31 años.

Esther es una comadrona africana que será candidata al Premio Nobel de la Paz 2012.

Pocas mujeres en nuestro primer mundo se preocupan por morir en el parto. Aún sucede, pero muy poco. Y en este caso las comparativas son realmente odiosas: los últimos datos demuestran que 1 de cada 16 mujeres africanas podrían morir durante el parto en comparación con 1 de cada 30.000 en Europa. Y la muerte de la madre deja al recién nacido y a sus hermanos en desprotección extrema.

280.000 madres mueren cada año
debido a la falta flagrante de cuidados médicos mínimos en el parto y un millón y medio de niños africanos se convierten en huérfanos cada año por esta causa.

Todo esto me lo cuentan desde la ONG AMREF y que ha puesto en marcha la iniciativa stand up for african mothers (ponte de pie por las madres africanas). Aspiran a formar a 15.000 mujeres como comadronas para 2015. Tras esos enlaces hay información de como apoyarles en su guerra para que las madres africanas no mueran dando a luz, lo más fácil de momento es darles tu firma desde aquí.

Creo sinceramente que se merecen, como poco, un post en este blog.