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“Mamá, ¿yo me voy a morir?”

18 septiembre 2012

“Mamá, ¿Troya se va a morir?”. Troya es nuestra perra, que ya tiene unos quince años. Algo ha debido oir Julia, que tiene una antena envidiable a sus tres años.

“Sí, se va a morir, como todos, pero tranquila que todavía no va a pasar”.

“¿Troya se va a morir hoy?”, con amago de puchero.

“No, no se va a morir hoy”.

“¿Y Troya se va a morir mañana?”. Mañana significa para ella un tiempo futuro sin determinar.

“De verdad, no te preocupes por eso, Troya está muy bien, muy contenta y muy sana”.

Cuatro horas después…

“¿Mamá, yo me voy a morir?”. Así de sopetón, sin previo aviso.

“Todos nos vamos a morir, pero nos quedan muchísimos años, tenemos que hacernos muy viejos, ahora no hay que preocuparse por eso”. Esa era yo, improvisando a toda velocidad.

“¿Y cuando yo me muera te vas a comprar una niña nueva?”.
Ahí es cuando me dio a mí un pequeño vuelco el corazón.

“Por supuesto que no. La gente no se compra. Y quedan muchísimos años para eso”.

Solo tiene tres años. Han llegado antes las dudas sobre la muerte que sobre el sexo. No sé si es un poco pronto para andar filosofando sobre la muerte, no sé a qué edad se arrancarían vuestros hijos. Lo que tengo claro es que el primer disgusto y el primer gran aprendizaje que va a tener al respecto va a ser con Troya, espero que dentro de mucho tiempo.

Sobre la fase del duelo en los niños

21 febrero 2012

Tuve la gran suerte de no tener que enfrentarme con la muerte de nadie muy cercano en mi infancia. Como ya os he contado en alguna ocasión aún viven dos de mis cuatro abuelos y los otros dos faltaron cuando ya tenía más de treinta años. Tampoco tuve ocasión de echar en falta siendo niña a tíos, primos, hermanos o amigos de la familia. Lo más cerca que pude tener fueron los abuelos de mis primas.

Y es cierto que, pese a esa gran suerte teniendo tan pocas veces la muerte cerca, mis padres tendían a mantenerme apartada y con pocas explicaciones. También de las enfermedades graves en los adultos de mi entorno, y de esas sí que hubo unas pocas que al final afortunadamente acabaron bien.

Ojalá mis hijos tengan también una infancia libre de esos recuerdos, por mucho que sea el ciclo natural de la vida.

En cualquier caso, si alguna vez me toca, intentaré recordar lo que recomiendan en este reciente teletipo de EFE que ha llegado a mis manos y en el que explican cómo ayudar a nuestros pequeños a afrontar la etapa del duelo.

Aquí os lo dejo:

Los niños pueden sufrir duelos complicados por la muerte de un familiar si los adultos la abordan como un tabú, es decir si intentan suavizar lo sucedido, se lo ocultan, evitan el tema o usan metáforas complejas.

Así lo han advertido los terapeutas de la Fundación Mario Losantos del Campo (FMLC), que han publicado una guía didáctica gratuita, titulada “Explícame qué ha pasado”, con la que pretenden enseñar a los adultos a tratar el tema de la muerte y el duelo con los niños.

Los expertos consideran que las dudas de los adultos y su miedo a herir la inocencia infantil pueden acabar empeorando la delicada situación que atraviesa el menor en esos momentos, y que las respuestas claras y veraces, sin embargo, favorecen que el pequeño se adapte a su nueva situación.

Con esta guía, se trata de prevenir a los adultos del uso de estrategias erróneas y se les dota de recursos para que aprendan a explicar la muerte y el duelo a los menores.

Una cuestión decisiva si tenemos en cuenta las estadísticas que maneja este equipo de terapeutas: uno de cada diez niños que pierde a uno de sus padres corre el riesgo de sufrir una depresión si su duelo no se atiende correctamente.

De ahí que sea importante cómo afrontar este duelo, según la fundación, que calcula que cada año un cinco por ciento de la población sufre la pérdida de un ser querido muy cercano, con lo que anualmente son miles las personas que se enfrentan a este dilema.

Además, según señala Loreto Cid, psicóloga y autora de la guía, en contra de la creencia general de que los niños no saben ni necesitan que se les explique la muerte, estudios científicos demuestran que “son conscientes de su existencia desde muy temprana edad y sienten temores relacionados con ella”.

Y se ha demostrado que los bebés, entre los 6 y los 8 meses, ya pueden ser capaces de notar la ausencia de la persona con quien han establecido su vínculo principal, por ejemplo, su madre.

La guía da respuesta a muchas de las inquietudes de los padres, pero hay dos consejos que prevalecen sobre el resto.

El primero de ellos es que a los niños hay que decirles la verdad, aunque siempre adaptándola a su edad y al desarrollo cognitivo y emocional del menor.

El segundo también es clave: hay que darles la oportunidad de expresar sus dudas y permitirles participar siempre que lo deseen en los ritos de despedida de la persona fallecida.

(foto de Macnolete)

Al final

27 enero 2012

Cuando llegue el final espero ser consecuente conmigo misma. No soy creyente. No quiero misas ni responsos. He visto en el pasado como algunas personas, al ver cerca el final, rectifican sus creencias buscando el consuelo del más allá, incapaces de defenderse ante la idea de que se acabó lo que se daba. Se acabó por completo.

Es completamente comprensible. Es consolador. Pero espero que cuando llegue el momento sea lo suficientemente coherente con toda mi existencia previa como para acabar como he vivido.

Confío también en poder transmitir a mis hijos con naturalidad lo que es la muerte, que forma parte del mágico proceso vital que somos, que es inevitable, que la muerte no puede influenciar negativamente la vida, que hay que afrontarla con la cabeza alta.

Creo que no existe lección más difícil y la única manera que se me ocurre de hacerlo es que crezcan viéndome a mí afrontarla siempre así, que también es complicado.

No es que suela pensar demasiado en la muerte, pero imagino que es inevitable hacerlo cuando acecha a alguien cercano (aunque sea virtualmente).

Y a ese alguien que he mencionado, un padre reciente que merece ganar esta batalla, le deseo toda la buena suerte, la fuerza y los ánimos de que soy capaz.

¿Has tenido miedo a morir en el parto? Me da que no…

27 octubre 2011

“No puedo soportar ver a las mujeres de mi pueblo muriendo cuando sé que muchas madres y niños pueden salvarse con mi ayuda. Trabajo día y noche. Camino cientos de kilómetros para asistir todo tipo de partos, desde los más sencillos hasta los más complejos. Las condiciones sanitarias son nulas, si los partos son de noche la única luz de la que dispongo es la de mi teléfono móvil” dijo Esther Madudu, de 31 años.

Esther es una comadrona africana que será candidata al Premio Nobel de la Paz 2012.

Pocas mujeres en nuestro primer mundo se preocupan por morir en el parto. Aún sucede, pero muy poco. Y en este caso las comparativas son realmente odiosas: los últimos datos demuestran que 1 de cada 16 mujeres africanas podrían morir durante el parto en comparación con 1 de cada 30.000 en Europa. Y la muerte de la madre deja al recién nacido y a sus hermanos en desprotección extrema.

280.000 madres mueren cada año
debido a la falta flagrante de cuidados médicos mínimos en el parto y un millón y medio de niños africanos se convierten en huérfanos cada año por esta causa.

Todo esto me lo cuentan desde la ONG AMREF y que ha puesto en marcha la iniciativa stand up for african mothers (ponte de pie por las madres africanas). Aspiran a formar a 15.000 mujeres como comadronas para 2015. Tras esos enlaces hay información de como apoyarles en su guerra para que las madres africanas no mueran dando a luz, lo más fácil de momento es darles tu firma desde aquí.

Creo sinceramente que se merecen, como poco, un post en este blog.

No pudo ser

03 octubre 2011

No pudo ser. Acaba de ser noticia que Álvaro ha ido a reunirse con su madre, o a no sufrir más al menos. Dos vidas frustradas, segadas, arrebatadas. Una que aún estaba esperando unos pocos días más para empezar. No existe la justicia divina, las ventanas abiertas cuando se cierran las puertas, ni el karma. Hay días en los que sencillamente parece que todo es una mierda.

Hicieron muy bien en intentar salvarlo cuando su madre ya había muerto asesinada hace cuatro días en la para siempre tristemente célebre iglesia de Ciudad Lineal. Pero es también cierto que sufrió mucho, que su pequeño corazón se había parado, que con toda seguridad de haber sobrevivido había sufrido graves daños irreversibles. Aún así, de haberlo logrado habría sido un ser humano digno y merecedor de felicidad y amor. Pero quién sabe, tal vez sea mejor así. Tal vez sea mejor que haya ido a reunirse con su madre, o a no sufrir al menos.

Ahora lo único que deseo es que su padre de Álvaro, el marido de Rocío, que tenía a penas un año más que yo, sea capaz de reponerse. Si no del todo, que parece imposible, al menos sí lo suficiente para rehacer su vida y ser feliz, que está claro que lo merece.

Dar la vida dos veces, dar la vida y perderla

13 mayo 2011

Una vez leí que el amor que los padres (no todos por desgracia, pero sí la mayoría) sentimos hacia nuestros hijos es el único realmente desinteresado. El único en el que siempre y en toda circunstancia ponemos al otro por delante nuestro.

Y creo que es cierto. Si tuviéramos que elegir en frío entre nuestra muerte y la de un hermano, un novio, un padre o un amigo, tal vez nos sacrificásemos, pero es muy probable que incluso haciéndolo dudásemos.

Con un hijo no hay dudas, ni en frío ni en caliente
. Con un hijo ahí estás tú, pero a él que no lo toquen.

Mira que no soy de lágrima fácil, pero me ha pasado como contaba Madredeunbebote en los comentarios del último post.

Ayer descubrí por la mañana, bien prontito, la noticia de este pequeño gran milagro en Lorca: una madre y sus dos niños sepultados bajo los escombros. La gente se lanza a rescatarlos. Los niños, ambos pequeños, están heridos pero vivos y bien. La madre muerta.

Lo comenté con mi santo antes de saberlo. “No me extrañaría que la madre los hubiera cubierto con su cuerpo para salvarlos”. Ese poderoso instinto que tenemos las madres por proteger a nuestras crías incluso dentro de nuestro útero del que hablaba ayer en este blog.

Y efectivamente así había sido. Toñi de 38 años salió a la calle con sus dos niños tras el primer terremoto. El segundo les sepultó entre escombros. Pero a Toñi le dio tiempo de cubrir a sus hijos y salvarles. Dándoles la vida dos veces como bien apuntaba Madredeunbebote en su comentario.

Los niños están bien. El pequeño, de tres años, tuvo que ser intervenido pero está consciente y recuperándose satisfactoriamente. Es uno de los heridos graves de los que enumeramos los medios.

Toñi, lo lograste.

Ha muerto María Elena Walsh, la autora del brujito de Gulubú

11 enero 2011

Era algo así como nuestra Gloria Fuertes, pero en versión argentina. Probablemente más para varias generaciones de niños de latinoamérica. Y la coincidencia del idioma hizo que muchas de sus creaciones llegaran a España.

El brujito de Gulubú probablemente sea su canción más conocida por aquí. A mis hijos les gusta mucho, salvo tal vez cuando su enfermera de pediatría la canta al tiempo que los vacuna.

Aquí hay una videogalería con algunas de sus canciones más populares.

María Elena Walsh era una poetisa, escritora, música, cantautora, dramaturga y compositora dedicada por entero a los niños pequeños.

Ha muerto a los 80 años, descanse en paz y rodeada de cuentos, canciones y risas de niños.

Las abuelas-madres

12 marzo 2010

Era un señora de unos setenta años. De esas que se ven con frecuencia en la zona sur de Madrid, en mi zona. Vestida correcta y discretamente, con ropa práctica que no llama la atención para bien ni para mal. Con el pelo corto y aseado pero no de peluquería. La cara lavada, sin maquillar y con las arrugas propias de la edad y de no haber usado demasiadas cremas.

Una de esas mujeres en las que se intuye un pueblo en la memoria, probablemente manchego o extremeño, mucho trabajo en sus espaldas y una buena calculadora en la cabeza.

Estaba delante de mí en la cola de súper del barrio. Cargando un carrito de la compra. Y hablaba con un hombre, claramente un conocido, de su misma edad.

Al principio no presté mucha atención a lo que decía:

“Sí, ahora que al fin podría vivir como una reina, ahora tengo que estar haciendo cosas de gente joven. Pero no por gusto, por necesidad. ¡Qué remedio queda más que tirar del carro otra vez!”.

Hasta que dijo:

“Y es que qué le voy a hacer. Mi nuera ha muerto. Con 43 años. Y ahí ha dejado a las tres criaturas, el niño y las mellizas. Y mi hijo vale para todo, igual cocina, que limpia que cose, pero el hombre se va a las cinco de la mañana y regresa a las siete de la tarde. Y así no puede ser”.

Fue entonces cuando me percaté de que estaba ante una abuela-madre.

En mi familia también hay alguna. Y conozco superficialmente varios casos más.

Cuando una madre reciente se va, muchas veces son las abuelas las que tienen que volver a ejercer de madres a la fuerza.

¿Y los padres? Pues no quiero ser injusta, pero veo muchos casos en los que el trabajo les vampiriza o rehacen su vida con otra mujer y los hijos, no es que sean menos amados ni dejen de ser atendidos, pero pasan a un segundo plano. Ya está la abuela o las tías para cuidarlos.

Tal vez sea una percepción particular y distorsionada de la realidad, pero me da la impresión de que cuando una madre pierde a su pareja sus hijos siguen siendo su prioridad, por mucho que otro hombre se cruce en su camino.

En cualquier caso, y volviendo a mi idea inicial, no puedo evitar emocionarme un poco y agradecer la labor de todas esas madres-abuelas que se ponen a tirar del carro a la edad en la que deberían vivir como reinas.

Los niños perdidos

10 junio 2009

Antes esa de uso común que las madres recientes tuvieran algún hijo viviendo sólo en sus recuerdos.

La mortandad de recién nacidos y niños pequeños era muy elevada. Mi abuela materna, sin ir más lejos, perdió a sus dos primeros hijos, uno de ellos ya con más de un año. Afortunadamente lis cuatro siguientes la sobrevivieron.

Suele suceder que no se saben las causas. Simplemente sucedió.

Y aún recuerdo a la madre de una amiga contándome la muerte de su niña de dos años. “No tenía consuelo” me dijo aún hoy doliéndole, y así se me quedó clavado.

Su dolor es a la vez imaginable e inimaginable.

También muchas madres morían en el parto. Así pasó con una de mi bisabuelas paternas.

Ahora también sucede, pero en un número considerablemente menor. Y una buena prueba de ello es la existencia de la asociación de apoyo para aquellos que han sufrido la muerte del bebé que esperaban o que acababan de tener UMA.MANITA. La foto que ilustra este post es su logo.

¿Y por qué saco hoy este tema a colación? Pues por que un buen amigo ha escrito en su blog un relato titulado Los aretes e inspirado en una historia familiar.

La mujer sufrió como cualquier madre cuando pierde a uno de sus hijos, aún bebe, pero enterró a la niña con gran entereza, con la entereza y la severidad que los tiempos de preguerra exigían, incluso para la muerte de una niña de dos años.

Mucho fue el tiempo que duro el luto, y tanto o mas fue el dolor que le produjo ver en las orejas de la mujer del enterrador los aros de oro que llevaba su pequeña en el momento de enterrarla.

-Esos son los aretes de mi niña- decía cada vez que la veía, haciendo que sus otros hijos y su marido la regañaran y la suplicasen silencio por la calle.

Y fueron pasando los años y los encuentros por la acera y siempre la mujer del enterrador con los ojos bajos y aquellos aretes en los lóbulos.

La enterraron mucho después, y el párroco llamo a la única hija viva, que emigró a otras tierras años antes y que solo entonces, volvió a aquel desolado lugar.

-Este sobre me lo dejaron ayer para usted en mi buzón.- dijo el párroco, extendiendo la mano.

Solo al sacar los aretes del sobre, comprendió, cuan cruel había sido la vida con su madre, y el resto de la suya se preguntó si le habría dolido mas su falta de fe en ella o saber que habían expoliado a su hermana difunta.

En el mismo momento el rítmico balanceo de los pies de aquella otra mujer, contrastaban con el rictus de su lengua mortecina saliendo de su boca suicida, de su cuello roto, de sus desnudos lóbulos sobre el lazo corredizo.

La madres que mueren en el Caribe y Latinoamerica

22 septiembre 2008

Un compañero de la redacción me pasó este fin de semana un teletipo de esos que, si la actualidad está movidita, pasa sin pena ni gloria por los medios de comunicación.

Se trata de un informe de UNICEF en el que se cuenta que la muerte de madres se ha reducido un 28% desde 1990 en America Latina y el Caribe.

Una buena noticia, sin duda, pero que para UNICEF es insuficiente.

En esta región, cerca de 15.000 mujeres perdieron la vida en 2005 por causas relacionadas con el embarazo y el parto, y la tasa actual de muerte es de 130 mujeres por cada 100.000 nacidos vivos, insuficiente para alcanzar la meta del Objetivo del Milenio fijada para 2015, afirma el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia.

En su informe sobre el tema denuncia además que encubre enormes diferencias entre países.

Chile, Bahamas y Barbados son los tres países afortunados, con una de las tasas más bajas del mundo en desarrollo (16 muertas por cada 100.000).

El peor es Haití (670), seguido de Bolivia y Guatemala (290), Honduras (280), y Perú (240).

Lo mismo ocurre con el riesgo que corren las mujeres de morir por causas relacionadas con la maternidad.

Y lo peor de todo es que casi todas esas muertes son fácilmente evitables.

Los trastornos relacionados con la hipertensión son la causa principal de mortalidad materna en la región, con un 26% de los casos, lo que podría reducirse supervisando la presión arterial de la mujer antes y durante el embarazo, advierte el informe.

Le siguen las hemorragias, la obstrucción del parto, las complicaciones derivadas del aborto y las infecciones.

El 86% de las mujeres dan a luz en un centro sanitario, un aumento notable respecto al 73% a mediados de la década de los 1990.

Solamente en Guatemala y Haití menos de la mitad de las mujeres tienen a sus hijos en una clínica u hospital.

Voy a buscar datos de África, que seguro que están peor.

Qué suerte tenemos nosotras quejándonos de enemas, episiotomías y rasurados. Las hay a las que ni les toman la tensión.

¿Verdad?