Escena que no es rara de ver: llega un adulto y le pregunta a un niño pequeño, con el que probablemente no tenga mucha relación: “¿Y ya tienes novio/a?” o en el caso de que vaya acompañado “¿Es ese tu novio/a?”
¿Las reacciones de los niños? De todo tipo: sonrojo, ignorar a su interlocutor, responder enfurecido que no tiene nada de eso o incluso confesar que tiene dos o que tenía a Pedro pero lo ha cambiado por Íker.
No lo soporto. ¡Qué tiene tres años, o cinco o siete por favor! Son ganas de soltar preguntas absurdas a los niños, son ganas de meterles prisas sin sentido. ¿Es que no se te ocurre nada mejor que preguntar a un niño, nada interesante con lo que hablar con él?
Sí, este post es heredero del de ayer. Y va en línea con no tener prisas. Cuando llegue el momento de que comiencen a tontear no pasará nada, procuraremos hablarlo y tomarlo todo con naturalidad. Pero con niños tan pequeños de verdad que es una de esas cosas que me ponen de los nervios.
Tal vez no tenga razón de ser, puede que lo lógico fuera ignorarlo y no cabrearme, pero no puedo evitarlo. Y en mi círculo de amigos y familiares son muchos los que piensan como yo.
Además, sé que en parte viene de la incapacidad de muchos adultos para hablar con normalidad con los niños, de sentirse en la obligación de hacerse los graciosos, con frecuencia ni siquiera esperan o escuchan la respuesta del niño, les da igual lo que los pequeños puedan aportar. Olvidan que son seres humanos, que se les puede preguntar y hablar con ellos con educación sin tratarles como tontos, invadir su intimidad o ser unos preguntones de tomo y lomo. Porque esa es otra, a los niños les freímos a preguntas, algo que jamás se nos ocurriría con otro adulto.
Así que ya sabéis, por si los padres recientes que tenéis enfrente son de mi palo, absteneos de hacer ese tipo de preguntas. Y hablad con normalidad con los niños.












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