Mi madre no usa el término ginecólogo, o al menos no tanto como tocólogo. Es algo que siempre me llamó la atención. Cuándo volvía, embarazada de Jaime, de las revisiones me solía preguntar: “¿Qué tal en el tocólogo?”.
Tocología, sinónimo de obstetricia, viene del griego τόκος (parto) y logía. Y su significado según la RAE es: “Parte de la medicina que trata de la gestación, el parto y el puerperio”.
Siempre he imaginado, aunque no lo he comprobado, que debía venir del verbo tocar, porque durante mucho tiempo palpar con unas manos expertas era casi lo único que podían hacer para rastrear el estado del feto y el proceso del embarazo o del parto.
Pero yo no conozco a ninguna madre reciente que emplee ese término, aunque estoy covencida de que alguna quedará por ahí. Tampoco ninguno de los pocos ginecólogos que he conocido la utiliza.
Y eso me hace pensar en si será un término en desuso destinado a morir, a quedar en ese limbo de palabras aceptadas y desempleadas. Palabras en paro, vamos.
Es curioso pensar que, hasta hace muy pocos años, lo que sucedía en el interior del vientre de una mujer embarazada era un gran misterio. Ahora con ecógrafos en dos, tres y cuatro dimensiones, dopplers, amniocentésis, incluso radiografías y cirugía intrauterina si es preciso… se ha decorrido el telón de esa maravilla que es la gestación para que sea más segura y para que podamos disfrutarla.
¡Cuántos cambios en tan poco tiempo! Por suerte…


Parece ser que Semmelweis se percató de la necesidad de higiene al observar que las madres atendidas por los médicos tenían una tasa de mortalidad diez veces mayor que las asistidas por comadronas.


No hace demasiado tiempo tuve la ocasión de ver una película de
Yo estaba animada a un
Y su ginecólogo ha comenzado a usar la báscula como arma arrojadiza en sus visitas.



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