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¿Si fueras famoso subirías fotos de tus hijos a tus redes sociales?

GTRES.

Es un tema peliagudo sobre el que llevo reflexionando cierto tiempo, sobre todo desde la irrupción de Instagram, esa red social en la que también me muevo pero que tiene tantas cosas que no me convencen, como la imposibilidad de poner enlaces o extender y editar los textos. Es una red concebida para no salir de ahí, mucho más dirigida y que prima la imagen sobre el contenido y la navegación.

En esa red, también en otras, he visto a personas con una popularidad importante, con un número grande de seguidores, que jamás muestran a sus hijos. Que son extremadamente celosas de todo su círculo íntimo de hecho. Puedes ver muchos selfies o fotos tomadas por otras personas en todo tipo de circunstancias, su trabajo, sus obras, sus recomendaciones, pero jamás a sus personas queridas, nunca a sus niños.

Y, por supuesto, también están los que muestran pública y constantemente su entorno y a sus niños. Gente que obtuvo su fama por vías tradicionales o directamente nacidos en YouTube y las redes sociales que podrían mantenerlos en privado pero que ya antes mostraban gran parte de su día a día y al tener hijos, esos niños se incorporaron a esa exposición.

Buscando compartir su alegría, su orgullo y amor por sus niños. Buscando también o en otras ocasiones más interacciones y seguidores. Las fotos de bebés y niños pequeños tienen más éxito, es algo demostrado. Buscando ingresos también. Hay muchas cuentas de Instagram maternales protagonizadas por los niños y por las que se obtiene directamente dinero por diferentes vías.

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No lo juzgo, salvo en unos pocos casos demasiado extremos, pero me resulta inevitable pensar en qué pensarán esos niños cuando crezcan (que será antes de lo que creemos) y sean conscientes de lo que ha pasado. Un adulto elije las fotos mías que yo subo a mis redes, pero ellos no han podido tomar esa decisión. Tal vez abra grietas en la relación con sus padres, tal vez cree unas expectativas irreales de repercusión social, tal vez afecte a su autoestima…

¿Qué haría yo si contara con esa popularidad? A día de hoy, que no soy nada popular en Instagram ni me preocupa serlo, a veces he mostrado alguna imagen de mis hijos cuando me ha parecido relevante, pero tiendo a no hacerlo, a que se les vea de espaldas o irreconocibles.

Pero si ya tuviera una horda de seguidores sería mucho más hermética. Creo que cuanto más famosa fuera, más procuraría mantener a mi entorno apartado de las redes sociales. Y no crearía redes sociales protagonizadas por la imagen de mis hijos bajo ninguna circunstancia.

¿Vosotros qué haríais? ¿Qué hacéis?

Todo esto lo he recordado leyendo un post reciente mi compañera Rosy Runrún.

Os dejo un par de párrafos de ese post:

Soraya ha salido a la defensa de su hija Manuela de un mes y una semana en contra de los que criticaban que le había salido ‘feita’ la niña. Me parece bastante osado que en vez de compartir la alegría de la cantante y madre reciente algunos dejen comentarios de esta índole, pero desgraciadamente cuando tienes una cuenta abierta en la que subes fotos de tu familia, al final, te expones a que los ‘haters’ arremetan contra lo que más quieres. Luego ya depende de cada cuál si ignorar o no estos comentarios.

Tristemente, a veces, una respuesta como la suya sólo provoca más comentarios desagradables, aunque también muchos de sus fans han salido en su defensa. En su mano está dejar de subir fotos de su pequeña Manuela, pasar de todos los que segurián criticándola o quizá crear una cuenta privada en la que compartir con los que realmente la aprecian sus momentos más privados.

No necesito ver fotos de niños con los cráneos vacíos

Un hombre llora próximo al cuerpo sin vida de su hermano pequeño que ha muerto en un bombardeó naval isralí en el puerto de Gaza. (EFE)

Un hombre llora próximo al cuerpo sin vida de su hermano pequeño que ha muerto en un bombardeó naval isralí en el puerto de Gaza. (EFE)

No, no lo necesito para saber lo que pasa ni para saber qué pensar. En las últimas horas ya he ocultado para siempre a dos personas en redes sociales que han mostrado las imágenes de los niños palestinos con los cráneos vacíos y reventados en un conflicto enquistado y absurdo. No quiero ver esas fotos. Y no las quiero ver no solo por mí, os aseguro que no es por preservar mi delicado estómago.

No me gusta que se utilice el gore infantil a modo de cartel propagandístico. Igual que no me gusta que se utilicen instantáneas de felices y sonrientes niños con síndrome de Down para atacar el aborto. Utilizar. Ese es el verbo clave. Así no, incluso cuando lo que se defiende case con lo que a priori parece lo correcto o con lo que creo.

No me gusta que se utilicen esas fotos a modo de martillo emocional además, porque tenemos que ser capaces de digerir intelectualmente las cosas y no movernos a impulsos viscerales. Esos impulsos llegan, explotan y desaparecen. Solo lo que interesa racionalmente queda y puede implicar algún cambio.

Hace tres días fue noticia que un niño de cinco años murió tras ser violado por un grupo de bestias de almas grises con aspecto humano en Afganistán. ¿Qué aportaría una foto sangrienta?

Y luego está el tema de si las mostraríamos si fueran niños españoles. Seguro que no. Por qué. Pues por respeto a las familias, al dolor de la gente que quiere, perdón, que quiso a esos niños. Yo creo que aunque la noticia esté a miles de kilómetros ese respeto también debe darse.

Periodísticamente hay un viejo e intenso debate al respecto. No todos opinamos lo mismo y siempre hay fotos con las que dudamos. Y como dice mi amigo y compi bloguero Edu Casado: “podría entender el debate en un periódico. ¿Pero en las redes sociales? No. ¿Qué objeto tiene publicar en tu muro o tuitear una foto cruda de un cadáver, para luego subir un selfie o la foto de tus pies en la playa? Al final banalizas los hechos y solo se busca el impacto”.

Pero yo no creo que se revuelvan conciencias con esas fotos de cráneos vacíos, creo que se revuelven estómagos que no es lo mismo. Hay otras imágenes, igual de duras, igual de conmovedoras, que no tienen que salpicar sangre y vísceras.

Las fotos y los niños

Julia y Jaime en plan Assasins Creed en el Retiro.

Julia y Jaime en plan ‘Assasins Creed’ en el Retiro.

Me gusta hacer fotos, siempre me ha gustado. Y a nada ni a nadie le he hecho tantas fotos como a mis hijos. Pero da igual si no te gusta la fotografía, en cuanto eres padre no paras de dispararles con y sin flash. Más ahora que los teléfonos móviles tienen unas cámaras incorporadas más que decentes.

Miles de fotos digitales de todo tipo Y en cualquier circunstancia a niños acostumbrados a que se las hagamos. Fotos en las que posan, en las que no son conscientes de estar siendo inmortalizados y en las que ponen carotas y poses absurdas.

Miles de fotos que luego cada uno trata a su manera. Yo suelo guardarlas en Flickr desde hace años, antes de ser madre, para tenerlas accesibles en privado desde cualquier sitio y asegurarme de no perderlas. Más de un padre conozco que se quedó sin las fotos de sus hijos almacenadas en el ordenador. Un drama. Recordad que los álbumes de fotos son una de las cosas que antes salvaría la gente en un incendio o que pediría en el reparto de una herencia.

Además de almacenarlas ahí, cada año desde que nació Jaime hago un álbum impreso con las mejores aunque tenga que sacar el tiempo del sueño, mis favoritos son los de Hofmann. Las fotos digitales con frecuencia se olvidan, dejan de existir. A Jaime le encanta sentarse a ver esos álbumes.

También hay gente celosa de las fotos de sus hijos en redes sociales y gente que no para de mostrarles ahí, aunque eso da para otro post.

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No es nuevo ese intento por capturar la infancia de nuestros hijos, aunque ahora se haya desmadrado. El Museo de viejas fotos es una buena muestra. De mis padres hay fotos cuando eran niños, no así en su adolescencia. Lo mismo me pasa a mí y a otros de mi quinta que conozco. Nuestros padres nos fotografiaban en la niñez, pero más allá de la pubertad no parecían tan interesados. Tal vez no estuvieran tan deseosos de recordar esa etapa, tal vez nosotros nos prestásemos menos a ello.

Ya veremos lo que pasa con nuestros hijos, que ya no sólo se limitan a ser objeto de las fotos, sino que también las hacen desde muy pequeños. Y eso también da para otro post.

Para terminar aquí os dejo algunos consejos muy básicos extraídos de un artículo más extenso de eroski/consumer para mejorar un poco las fotos que les hacemos:

  • Ponerse a su altura. Tirarse al suelo, agacharse, tumbarse, etc. todo lo que haga falta para situarse al mismo nivel que el rostro del niño y que la cámara enfoque a sus ojos. Esta no es una regla inamovible. También se pueden obtener preciosas fotografías desde perspectivas insospechadas.
  • Atención a los fondos. Aunque el protagonista de la imagen sea el pequeño, un fondo inadecuado puede desmerecer una buena captura. No consiste en colocarle en el fondo más apropiado, sino de fijarse antes de disparar si este es favorable. Un ángulo diferente y el zoom para obtener planos más cercanos son otras buenas ayudas para centrar la atención en la cara del niño.
  • Cuantas más fotos, mejor. La tecnología digital permite disparar la cámara sin parar, sin miedo de agotar el carrete. Cuando se retrata a los pequeños, es aconsejable no olvidarse de la gran capacidad de las cámaras digitales y sacar tantas instantáneas como sea posible: se ampliarán así las posibilidades de obtener la imagen perfecta. Después, siempre habrá tiempo de borrar las que no sirvan.
  • Buscar un ayudante. El clásico “mira al pajarito” funciona. Para conseguir buenos retratos frontales, una buena idea es que otra persona se coloque detrás del fotógrafo para captar la atención de los niños con algo que les entusiasme. Así mirarán al frente y se les arrancará más de una bonita sonrisa.

Nacer y crecer marcados por la guerra

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Muhammed Muheisen es un fotógrafo con un nutrido historial de premios, Pulitzer incluido, nacido en Jerusalem  que ha estado haciendo retratos de niños afganos que viven refugiados en un barrio pobre de Islamabad, Pakistán, niños marcados por la guerra y creciendo en un país extranjero.

Todas las imágenes, que han ilustrado varias páginas de la revista Time y de las que os traigo solo una pequeña parte, se tomaron entre el 24 y el 27 de enero de este año. No ha pasado ni siquiera una semana. Es inevitable que  recuerden al célebre y ya icónico de Sharbat Gula.

Miro a esos niños, que son idénticos los míos en lo fundamental:  merecedores de amor, cuya única actividad debería ser el juego, en los que radica la esperanza de construir un mundo cada día mejor, y bien sé que deberían ser iguales a los míos en oportunidades.

No se me ocurre otra manera de salir del lodazal que entre todos estamos creando. Y no vamos por el buen camino.

Os dejo con los retratos de Muheisen (aquí tenéis otra buena colección de extraordinarias fotos suyas):

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Fotos: (AP Photo, GTRES)

‘Ayer’: ¿Quieres participar en un proyecto fotográfico nacido de la maternidad?

Hoy os traigo un proyecto fotográfico muy especial que está llevando a cabo una fotógrafa que hace unos retratos fantásticos: Chusa Hualde. Un proyecto nacido de su propia maternidad que quiere reflejar el paso del tiempo. Yo lo voy a hacer. Me parece una idea muy bonita. Pero no tiene sentido que lo explique yo, os dejo con las palabras de Chusa:

AYER es el título de mi nuevo proyecto fotográfico.

Desde que tuve a mi hija el paso del tiempo se ha ido reflejando de una forma muy patente en mi vida. Los cambios constantes se hacen realidad cada día y me obsesiona lo rápido que va todo y la evolución que vamos teniendo.

Es por esto  por lo que las personas vuelven a estar presentes en mis fotografías, pero esta vez quiero mostrar los cambios que podemos palpar, desde la infancia hasta a la madurez y en algunos casos hasta la vejez y como se reflejan en sus rostros el paso del tiempo y sus experiencias vitales. El objetivo del proyecto es reflejar como cambiamos y como a pesar de todo seguimos conservando rasgos y miradas.

Este proyecto ya ha sido realizado por algunos fotógrafos en diferentes países, pero yo quiero darle matices diferentes, puede ser triste, alegre, o divertido, a color o en blanco y negro, dependiendo de las personas y sus circunstancias e incluso, del momento en el que os encontréis…

Para llevarlo a cabo solo necesito una foto de vuestra infancia y yo haré la fotografía actual , intentando mantener la misma ropa o al menos que sea lo más parecida posible y reflejando el mismo espacio.

Quiero ser fiel a la fotografía inicial, mostrando los cambios y conservando los gestos y las posturas. Además me gustaría complementarla con alguna anécdota o sensación que os produzca vuestra fotografía, si verla os traslada a algún lugar, os recuerda algún sabor, olor o sensación y que si os apetece me lo contéis para darle vida al proyecto.

Pretendo que no se quede en una simple foto, quiero llegar más allá y que sea algo íntimo, un recuerdo, una bonita foto del ayer y del hoy.

Espero que os guste y que os animéis a participar, os quedará un recuerdo para siempre, nos volveremos a ver y pasaremos un buen rato.

Para participar podéis escribir un correo a chusahualde@yahoo.es. Eso sí, solo si sois de Madrid o estáis dispuestos a trasladaros a esta comunidad.

 

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Los niños pequeños y las fotos de carné

El otro día fui con Jaime a hacer fotos de carné. Tardamos unos diez minutos y un buen puñado de disparos en sacarle guapo, sonriente y mirando al centro. No fue tarea fácil. Para que se quedara quieto en el taburete y para hacerle cosquillas y que riera, yo estaba agazapada a sus pies, pero claro, eso hacía que mirase con frecuencia hacia abajo. Lo importante es que la final lo conseguimos.

Recuerdo que de esa misma guisa logré sacar a Julia fotos cuando tenía unos nueve meses para el carné de identidad. Tengo que volver a llevarla, que este año necesitará fotos para el cole que comenzará en septiembre.

El fotógrafo en ambos casos es un hombre que conozco de hace años y años. Tiene una tienda de barrio de esas de toda la vida y toda la paciencia del mundo.

Me contaba lo difícil que es muchas veces hacer fotos a los niños pequeños. Una mayoría no tienen problemas, pero hay muchos que tienen miedo, que se ponen serios y es imposible arrancarles una sonrisa, los hay a los que les da por poner carotas o los que directamente lloran.

No sé si los vuestros serán de los que sonrían y miren al frente sin problemas o si habrán sido de los serios o problemáticos.

En cualquier caso lo de las madres agazapadas y/o haciendo monerías es algo que viene de antiguo. Os recomiendo un post reciente de Mangas Verdes de lo más simpático que se llama La mamá invisible.

Nacer en el desastre

Hace un mes un blog de la casa, Sexta Columna, publicó en dos posts los Premios Pulitzer 2011 de fotografía.

En el primero explicaban que la mayoría de las fotos premiadas son durísimas. Muestran muerte, desesperación, destrucción…

En el segundo recogía las únicas imágenes de esperanza. Y claro, esas imágenes tenían que ser de niños. Un recién nacido en una tienda de campaña en Haití y un bombero español rescatando a un bebé.

También hay dolor, desastres y desesperación detrás. Probablemente un futuro como poco muy complicado. Pero es cierto que lo que resplandece es lo positivo.

Mucho ha cambiado las cosas el que tantas y tantas mujeres podamos elegir si ser madres y cuando serlo. Resulta curioso pararse a pensar en las generaciones que nos precedieron y en otras muchas mujeres que nos rodean que no han dispuesto de esa opción. Han sido madres en medio de guerras, hambrunas, revueltas y desastres naturales. Y nosotras muchas veces no lo somos salvo que exista la cuadratura del círculo.

Elegir es lo que debería ser, está claro. Pero tal vez si todas esas generaciones de mujeres hubieran podido hacerlo ni yo estaría aquí escribiendo ni vosotros ahí leyendo.


NIKKI KAHN/THE WASHINGTON POST


CAROL GUZY/THE WASHINGTON POST

A 1,20 metros, los derechos de la infancia vistos desde su altura

Al ir y al volver del trabajo paso por la estación de cercanías de sol. Allí han puesto una exposición fotográfica que llevo varios días queriendo ver. No he tenido éxito (mis prisas de madre reciente trabajadora y la llegada del tren me lo ha impedido) hasta ayer.

Ayer pude acercarme y echarle una ojeada, más rápida de lo que hubiera deseado eso es cierto. Y la verdad es que todas las fotos me parecieron muy buenas y muchas altamente impactantes.

En definitiva, muy recomendable si tenéis la oportunidad de verla y os gusta la fotografía.

Esto es lo que he encontrado sobre esta exposición:

Los derechos de la infancia vistos desde su altura es una exposición fotográfica que quiere remarcar la importancia que tiene ver el mundo desde el mismo punto de vista de los niños. Tras el éxito obtenido en su paso por Madrid la exposición tiene pensado recorrer toda España parando en un total de 47 poblaciones.

La muestra ha sido el resultado de la colaboración de la ONG Espíritu Social, la Escuela de Fotografía EFTI y el Consejo General de la Abogacía Española. 1,20 metros intenta transmitir la visión que al crecer hemos ido perdiendo, nos muestra las dificultados que pueden encontrar los niños, su vida diaria o simplemente su forma de ver el mundo, todo desde su altura.

A veces, para solucionar problemas, dilemas y/o conflictos hace falta verlo desde otra perspectiva. Todas estas ideas, son las que intentan transmitir las fotografías expuestas en 1,20 metros. Los derechos de la infancia vistos desde su altura, porque una imagen vale más que mi palabras.

La Exposición recoge el trabajo de los 20 finalistas del concurso 50 Aniversario de la Declaración de los Derechos del Niño que tuvo lugar el año pasado (en 2009). Además, se incluyen obras de fotógrafos importantes que han cedido algunas de sus fotografías, como Cristina García Rodero, Ciuco Gutiérrez, Gervasio Sánchez, José Cendón, Ouka Leele, Walter Astrada, Javier Bauluz, Álvaro Ybarra o Enrique Meneses.

Las fechas y lugares en los que estará 1,20 metros. Los derechos de la infancia vistos desde su altura podéis consultarlo en www.espiritusocial.org y www.abogados.es,

No déis comida a los animales de los zoo

Los carteles no pueden ser más grandes ni más claros. Y abundan por todas las instalaciones. Unos se limitan a prohibir alimentar a los animales. Otros se toman la molestia de explicar que hacerlo puede desequilibrar su dieta y ocasionarles graves problemas de salud.

Da igual. Siempre hay alguien arrojando patatas fritas, gusanitos, trozos de pan.. Jirafas, chimpancés, elefantes, monos… y sobre todo los osos pardos, los payasos oficiales del zoo.

Me enferma. Me pone mala.

Y muchas veces lo hacen padres recientes en compañía de sus niños pequeños, sin importarles un bledo el nefasto ejemplo que están dando. Enseñándoles que más importante su mínima diversión al ver al oso ponerse en pie que el bienestar del animal.

Mira que hay algunas instalaciones en las que consienten alimentar a los animales. Con los flamencos o cabras por ejemplo, por 50 céntimos obtienes pienso específico para ellos que poder darles.

No parece ser suficiente para esos alimentadores obsesivo compulsivos de todo bicho viviente.

Recuerdo leer a Gerald Durrell, en sus libros de adulto como director de un zoo, quejarse amargamente de esta manía por lanzar comida a los animales que los enferma, engorda e incluso hiere (no sólo les lanzan comida, Durrell contaba que incluso en una ocasión dieron cuchillas de afeitar a los chimpancés).

El acuario también está repleto de carteles prohibiendo hacer fotos con flash. Incluso lo recuerdan constantemente por megafonía. Y siempre hay algún destello de algún idiota que además tendrá que tirar esas fotos a la basura. En un entorno casi sin luz y lleno de cristales, si hay alguna oportunidad de hacer una foto digna será precisamente sin flash y con muy buen pulso.

En fin, será que hoy tengo el domingo gruñón…

El alzheimer

Tres de mis cuatro abuelos aún viven.

La que falta era la madre de mi madre, una extremeña lista que se enorgullecía de sus bonitas manos y siempre llevaba las uñas pintadas, que nunca se tiñó el pelo, que fumaba pese a que en su generación pocas mujeres lo hacían, que manejó su dinero y tomo sus decisiones en la vida sin depender de ello para nadie, que a veces juzgaba a la gente demasiado rápido pero siempre tuvo buen corazón. Era creyente, no perdía una misa, y le encataba el ver baloncesto en televisión. Tenía mucho carácter, aunque no un pronto explosivo. Simplemente iba por la vida teniendo claro lo que quería y actuando en consecuencia. Se equivocó muchas veces, como cualquiera que se atreve a afrontar la vida, pero acertó al menos otras tantas.

De esa mujer heredé las manos, aunque yo no las adorno con oro ni con esmaltes. Tal vez también los ojos negros. Mi madre, que salió más dócil, dice que saqué en parte su personalidad. Puede que sí, aunque también puede ser sencillamente que a mi madre le consuela recordar a su madre en su hija.

Teníamos en común el gusto por las fotografías. Cuando quería complacernos a ambas le pedía que me sacara su caja de viejas fotos. Ella me iba narrando los paisajes y los protagonistas y yo la escuchaba.

En total sumó seis hijos, tres niños y tres niñas. Pero como madre no tuvo mucha suerte. Sus dos primeros hijos murieron siendo muy pequeños. Nadie sabe de qué. Al segundo le puso el mismo nombre que al primero. Y al tercero el mismo que a los dos anteriores. Pocas madres lo hubieran hecho, pero ella parecía querer desafiar al destino.

Tampoco tuvo suerte al final de su vida. Sus últimos años los pasó sucumbiendo al alzheimer. Olvidando quien era, olvidando los nombres de sus seres queridos, las palabras cotidianas, convirtiéndola en un apagado reflejo de la enérgica anciana que fue.

El alzheimer, que no siempre elige los mismos frentes, atacó con fuerza la expresión oral. Logró lo que nadie ni nada antes: la enmudeció

Si hubiera visto su caja de fotos, no habría reconocido a nadie. El alzheimer no sólo la enmudeció, también la borró.

En algo fue clemente el alzheimer. Ganó la partida definitica a los pocos años. No padeció tanto como otros enfermos de esta maldición.

Murió pocos meses después de que naciera mi hijo, su primer bisnieto.

Las veces que acudimos a visitarla sé que fue feliz tomando, con ayuda, a ese bebé en brazos. Cuando veía a mi madre sonreía y movía los brazos como si acunara un bebé. Lo recordaba. El alzheimer no pudo anular del todo el amor que despierta un recién nacido.

Este fin de semana su bisnieto ha metido unas moneditas en una hucha que recaudaba fondos en nombre del alzheimer.

Y yo he recordado a mi abuela.