El otro día fui con Jaime a hacer fotos de carné. Tardamos unos diez minutos y un buen puñado de disparos en sacarle guapo, sonriente y mirando al centro. No fue tarea fácil. Para que se quedara quieto en el taburete y para hacerle cosquillas y que riera, yo estaba agazapada a sus pies, pero claro, eso hacía que mirase con frecuencia hacia abajo. Lo importante es que la final lo conseguimos.
Recuerdo que de esa misma guisa logré sacar a Julia fotos cuando tenía unos nueve meses para el carné de identidad. Tengo que volver a llevarla, que este año necesitará fotos para el cole que comenzará en septiembre.
El fotógrafo en ambos casos es un hombre que conozco de hace años y años. Tiene una tienda de barrio de esas de toda la vida y toda la paciencia del mundo.
Me contaba lo difícil que es muchas veces hacer fotos a los niños pequeños. Una mayoría no tienen problemas, pero hay muchos que tienen miedo, que se ponen serios y es imposible arrancarles una sonrisa, los hay a los que les da por poner carotas o los que directamente lloran.
No sé si los vuestros serán de los que sonrían y miren al frente sin problemas o si habrán sido de los serios o problemáticos.
En cualquier caso lo de las madres agazapadas y/o haciendo monerías es algo que viene de antiguo. Os recomiendo un post reciente de Mangas Verdes de lo más simpático que se llama La mamá invisible.





















Dos madres recientes por partida doble me lo han confirmado: al segundo no se le hacen ni la mitad de fotos que al primero.



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