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Vivir es cabalgar un dragón y disfrutar del viaje

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Gracias a todos maestros, logopedas, terapeutas… que luchan por la felicidad de las personas con asperger

(GTRES)

Hoy es un día importante, un día para intentar entender un síndrome que no siempre es fácil de explicar, para ponerse en piel ajena y ser consciente de las dificultades que se encuentran para intentar minimizarlas.

En el pasado ya he escrito del asperger, tanto otros 18 de febrero como en días sin significación especial. Os he contado que las personas con asperger no están enfermas, no son todos genios ni son agresivos (y no son Sheldon Cooper), he intentado aclarar algunos mitos del síndrome de Asperger en la celebración de su día internacional de 2013, os he contado cómo obraría ante una persona con Asperger y recomendado ‘Luis el maquinista’, un cuento para entender este síndrome y también os hablé de ‘El rastro brillante del caracol’, una novela juvenil cuyo héroe protagonista tiene asperger (y que sirve para estar en guardia ante pederastas).

Así que hoy me voy quedar calladita, salvo para pedir ese ejercicio de empatía, de dedicar unos pocos minutos en este día a ponerse en calzado ajeno, y cedo la palabra a un joven con asperger. Lo que os traigo es un comentario que publicó en mi post: A los maestros de educación especial, esos que pocos recuerdan.

Buenas noches. Tengo 17 años. Tengo asperger desde nacimiento. Es un tipo de autismo. De los leves moderados, pero autismo.

Mi inteligencia es normal pero tengo muchas limitaciones. Me da miedo la gente, los sonidos, algunos lugares, no entiendo las bromas ni las ironías. Me han dicho que en eso tengo suerte porque así me ahorro de escuchar muchas estupideces. Parece ser que tienen razón. Así que no puedo usarlas tampoco.

Soy obsesivo de muchas cosas. Del orden. De la ortografía perfecta. De otras cosas también. Tardé mucho en hablar. Tengo buena memoria y aun recuerdo a mi logopeda. Gracias Lorena por tu paciencia y amor. Tengo mal la psicomotricidad fina. Pero ahora soy rápido escribiendo tanto manualmente como por ordenador y móvil. Gracias José Manuel, mi profesor de lengua, sin ti no habría llegado a dónde estoy.

Ustedes los padres, me congratula ver que muchos agradecen la labor de los profes. Yo, como alumno con necesidades especiales, quiero darles las gracias a todos por su labor. Su cariño cuando me dan los ataques de pánico. Su paciencia cuando me cuesta el doble hacer muchas cosas. Se me dan bien las matemáticas pero no entendía el dinero. Gracias a mi profe Gonzalo ahora puedo ir a comprar solo muchas cosas. Las tardes con Marisa que me enseña habilidades sociales porque no sé comportarme en sociedad ni como establecer comunicación con mis compañeros.

Gracias a mi profe de educación física por integrarme en deportes cuando una de mis limitaciones es no saber jugar en equipo. Gracias también a mis compañeros. Porque mis profes se han encargado de enseñarles a aceptarme. A quererme. A ayudarme.

Tengo una memoria prodigiosa. Como mucho autistas de alto funcionamiento como así nos llaman. Y gracias a esta memoria nunca olvidaré a cada uno de ellos. Unos señores que han conseguido que sea un chico independiente y feliz. Casi me siento como todo el mundo.

Señores hagan caso de lo que dice un estudiante agradecido. Aparten lo malo y quédense con lo que yo les digo. No dejen que ese cariño lo empañen señores o señoras que no han experimentado nunca un cariño como el que yo he recibido. Como el que aún recibo.

Hace 40 años estaría en una institución mental. Ahora veo cerca mi sueño de ir a la universidad. Gracias a ustedes. Mis logopedas. Mis maestros. Y también a mis papás y a mis hermanitos.

Pues sí. Gracias Lorena, Gonzalo, José Manuel, Marisa… Gracias a todos maestros, logopedas, terapeutas… que luchan por la felicidad de las personas con asperger, de las personas con autismo.

Espero que las palabras de este chico os sirvan de gasolina, porque el camino es largo y no exento de obstáculos.

Bertín Osborne, nuestros niños con autismo no son “un ente distinto”, sin empatía. Y ser sus padres no es algo “terrible”

Bertín Osborne ha entrevistado a Roberto Álamo, que interpretó a una persona con discapacidad intelectual en La gran familia española y en el teatro con De ratones y hombres. En un momento determinado charlaron sobre esa interpretación e introdujeron un corte de la pareja del actor, a la que presentaron como psicóloga y una autoridad en Colombia sobre autismo y síndrome de Down y que contó que al preparar el papel perseguían dar “una visión muy positiva y respetuosa de la discapacidad” y “huir de lo típico”.

No es precisamente respeto y positivismo lo que transmitió el diálogo que se produjo después sobre esa interpretación que llego a los Goya:

Roberto Álamo: Es muy difícil, tú lo sabes porque el autismo…
Bertín Osborne: El autismo es de los más difíciles, sí.
Roberto Álamo: Un autista no muestra ningún tipo de emoción.
Bertín Osborne: Ni empatía ninguna. Eso para los padres es horrible. En en la fundación nuestra tenemos algunos padres de niños y de niñas con ese… y los padres lo pasan fatal, porque es probablemente… Por ejemplo, mi hijo es el más cariñoso del mundo, todo el tiempo te quiere abrazar, besar y “papi tal”. Sin embargo un niño o una niña con autismo es un ente distinto y entonces los padres se frustran y es terrible
Roberto Álamo: Es terrible, es terrible

Pues no, nuestros hijos no son un drama, son niños. Ser padre de un niño con autismo no es necesariamente algo terrible, aunque el autismo sea algo que nadie desearía pasa sus hijos. Yo llevo muchos años desde este blog intentando normalizar el hecho de tener un niño con autismo en la familia.

Bertín Osborne habrá conocido a padres desesperados, eso no lo dudo. Pero inferir de ahí que los niños con autismo son “entes” es no solo no tener ninguna idea sobre el autismo y permitirse hacer gala de su ignorancia en prime time, sino también tener muy poca sensibilidad cimentando falsos mitos que los que amamos a personas con autismo llevamos años queriendo derribar. Algo especialmente llamativo teniendo en cuenta que él también es padre de un niño con discapacidad y que tiene una fundación centrada en ayudar a niños con lesión cerebral.

Mi hijo, que tiene autismo, 'sufriendo e infeliz' con su hermana.

Mi hijo, que tiene autismo, con su hermana.

Debería saber bien que no hay dos niños con lesión cerebral iguales, que más allá cómo les afecte de distinta manera esa lesión, todos tienen su propia personalidad. Son niños, seres humanos únicos, antes que discapacitados.

Lo mismo sucede con los niños y los adultos con autismo. No hay dos iguales y son seres humanos con su idiosincrasia y circunstancias. No son seres fabricados en serie a los que etiquetar sin conocer.

Debería saber también que lo que necesitan los padres que acaban de recibir el diagnóstico de autismo no es aseveraciones como que es algo “terrible” y “horrible” que tiene a otros padres “fatal”. Básicamente porque no es verdad. Yo soy la primera que reconozco (lo hice desde este blog) que el autismo es una putada. Pero también que se puede ser perfectamente feliz, tanto las personas con autismo como los que los queremos y atendemos.

Y tampoco es verdad que nuestros hijos no nos demuestren sus sentimientos o que carezcan de empatía. Necesitan nuestro amor y atenciones y sufren si se les niegan como cualquier otro niño. Y también los hay que te cubren a besos.
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La colangitis biliar, una enfermedad que afecta sobre todo a mujeres entre 35 y 60 años #cambiaelcolor

(Albi España)

Me han pedido que hoy ayude a dar visibilidad a una enfermedad rara del hígado que afecta principalmente a las mujeres y no puedo ni quiero negarme.

Se trata de la colangitis biliar primaria (CBP), “una enfermedad de causa inmunológica, que puede ser mortal si no se diagnostica y se trata a tiempo. Esta enfermedad se caracteriza por el daño progresivo de los conductos biliares del hígado, los encargados de transportar la bilis desde este órgano hasta el duodeno. Al no realizar esta función adecuadamente, la bilis se acumula en el hígado provocando inflamación, que con el tiempo puede progresar a fibrosis, cirrosis, cáncer de hígado e incluso a la necesidad de un trasplante hepático o la muerte”

La visibilidad es necesaria para localizar y tratar a tiempo esta enfermedad, porque “una persona con CBP puede tener la misma esperanza y calidad de vida que una persona sana, si se diagnostica pronto y recibe a tiempo un tratamiento adecuado. Sin embargo, y aunque la CBP es la enfermedad colestásica del hígado más común, solo el 6% de la población la reconoce y sabría definirla”.

Por eso a la campaña informativa se suma otra en redes que emplea el hashtag #CambiaelColor para cambiar el clásico amarillo de los emojis al rosa, verde, azul, naranja…

Leed, por favor, este testimonio en primera persona:

Hola, tengo 37 años y vivo en Lucena (Córdoba). Quiero contar mi historia porque sé que, cuando te enfrentas a una enfermedad desconocida, el mundo se hunde y creo que, a quienes tengan un caso como el mío, en el que la evolución no es favorable, les vendrá bien ver que se puede superar, que hay solución. Lee el resto de la entrada »

¿Por qué es frecuente ver deportivos aparcados en las plazas reservadas a familias o a discapacitados en centros comerciales?

Me he encontrado en el pasado con deportivos aparcados en las plazas azules de los centros comerciales. También en esas plazas más grandes reservadas para familias. Normalmente he pensado simplemente que eran unos capullos sin entrar en más elucubraciones.

Pero ahora sé el motivo, ya sé porqué lo hacen y debo mi iluminación a uno de los socios fundadores de la empresa de gafas Hawkers (firma que se ha desmarcado de su proceder por completo llamándolo incluso “idiota e inmaduro”), que parece que lo hace sistemáticamente. Y lo he descubierto cuando tras ver este tuit:

El tipo ha contestado: “El propietario soy yo. Y no aparcaría en minusválidos si la gente fuera más cuidadosa al abrir la puerta con sus coches”

Es decir, que la culpa es nuestra, de los tristes mortales que vamos con nuestros utilitarios del montón y podemos hacerles muescas en sus súperdeportivos cuando bajamos a nuestros niños de las sillitas o introducimos nuestras vulgares compras.

Probablemente también de que la grúa no se lleva esos coches en los centros comerciales y que la multa (de haberla) sale más barata que la chapa y pintura del Ferrari.

Sabiéndolo, ganas dan de sacar las llaves cuando paren en sitios azules sin el cartón que acredita una movilidad reducida.

Por lo visto el tipo en cuestión también pone su mimado Ferrari (o sus ferraris, desconozco si tiene más de uno) uno a velocidades peligrosas para él y para los que se encuentre en la carretera.

Espero que en el futuro no acabe necesitando una plaza azul por necesidad, como mi hijo…

¿Qué tipo de detalles quieres que tu pareja tenga todo el año contigo?

Cuando tenía dieciocho años advertí a la que ahora entonces era mi pareja y ahora es el padre de mis hijos que no se le ocurriera regalarme nada por San Valentín. A la niña que yo era, aquello, que aún se celebraba poco en España, le parecía una cursilada. Al niño con el que salía entonces le pareció estupendo no tener que complicarse la vida y gastar dinero.

Hace 22 años de aquello y jamás hemos celebrado San Valentín de ninguna manera especial en todo este tiempo. He ido viendo como la fiebre de San Valentín arreciaba desde entonces, como ganaba presencia cada año en escaparates, portadas de medios de comunicación, publicidad o en la recepción de notas de prensa relacionadas con el tema desde finales de enero.

Y también sigo viendo a mucha gente que reniega de ella. Lógico. Acción reacción. Dicen que es una fiesta comercial y que los detalles pueden generar durante todo el año. Cierto, pero cuando les escucho siempre me planteo en qué detalles están pensando. ¿Un libro, unas entradas, flores… fuera de fechas señaladas? Es cierto que a todos nos gusta recibir presente de quienes queremos. También hacerlos. Pero no son esos los detalles que yo pido (y procuro dar) durante todo el año a mi pareja.

Los detalles que quiero y que me demuestran su amor, los detalles que me empeño en regalarle, son otros:
– Erradicar los celos, cualquier sombra de ellos. Los celos no demuestran amor sino inseguridad, falta de confianza y un sentido de posesión injustificado.
– los gritos y la falta de respeto. Puede que con tu pareja haya mucha confianza, que haya encontronazos y enfados, pero nada, absolutamente nada, justifica que se pierdan los papeles hasta el punto del insulto o el menosprecio.
– La corresponsabilidad en el cuidado de los hijos, del hogar. No es una cuestión de ayudar sino de asumir por igual las responsabilidades asumidas.
– El apoyo a lo que el otro emprenda, decida aprender, intente o persiga.
– Darme espacio, independencia, capacidad de obrar y reaccionar por mí misma.
– Mantener la ilusión en el otro y demostrarla, conservar el deseo y el gusto por compartir vivencias, momentos, risas, recuerdos y anécdotas.
– Ser honestos uno con el otro. Pedir perdón y buscar soluciones cuando toque. Caer y levantarse. Ser valientes también cuando corresponda.

¿Y las joyas, los bombones y las cenas con velas? Sin eso puedo vivir perfectamente.

(GTRES)

Hay que entender que Blancanieves, Cenicienta y Aurora son hijas de su tiempo

No fui una niña a la que le gustasen demasiado Blancanieves, Cenicienta o La bella durmiente. Mis películas favoritas Disney eran Tod y Toby y Los 101 dálmatas, aventuras con animales que también leía una y mil veces en los grandes tomos de lomo blanco de Películas que las mostraban en formato cómic. También Robin Hood, El libro de la selva o Los aristogatos.

Las princesas Disney que había siendo yo niña me interesaban poco, la única con la que recuerdo haber disfrutado era La bella durmiente, pero por su magnífica malvada y por las aventuras del príncipe, el auténtico protagonista, enfrentándose a ella.

Muchos años después de las tres princesas clásicas llegó una segunda hornada de princesas modernizadas con Aladdin, La sirenita y La bella y la bestia. Sí que las vi en su momento, pero Jasmine, Ariel y Bella me encontraron entrando en la adolescencia y más interesada en escuchar a Madonna.

No fue hasta muchos años después, tras ser madre, que me reencontré con las princesas Disney.
Con las clásicas, con las nuevas y con las novísimas representadas por Tianna, Rapunzel, Mérida, Elsa y Anna. En los últimos años he podido ver todas las cintas con mirada de adulta y comprender todas sus virtudes.

Cuando Julia era muy pequeña gustaba especialmente de ver a Blancanieves, ese cuento clásico que dice que no te fíes de los extraños a menos que sean currantes bajitos y barbudos o que lleguen bien vestidos a lomos de un caballo blanco (ejem) y que lo mejor que puedes hacer es ser bondadosa, cocinar y limpiar a fondo todo, aunque sea con el culo de las ardillas a modo de bayeta (ejem 2). “¡Qué horror!”, me dijo en alguna ocasión alguna que otra madre que tenía prohibido que sus hijos vieran esas películas por los estereotipos que arrastra. Bueno… Cada cual educa a sus hijos como mejor cree, pero a mí no se me pasó nunca por la cabeza prohibir su visionado. Hay muchas maneras de compensarlo y es algo que se puede hacer ver a los niños. Porque mi hija haya visto y disfrutado con Blancanieves su objetivo en la vida no va a ser cocinar, fregar y encontrar un príncipe. Ella también es hija de su tiempo.

Blancanieves es una película que se estrenó hace ocho décadas, cuando en España estábamos enfangados en una Guerra Civil. Es un icono popular innegable, es historia del cine y una obra de arte cuya elaboración en su momento fue un trabajo monumental de muchos artistas, un punto de inflexión en el cine de animación y no se puede entender sin tener en cuenta el tiempo en el que se hizo. No podemos juzgarla con nuestros ojos de hoy día, igual que no podemos hacerlo con las protagonistas femeninas de Casablanca, Historias de Filadelfia o Lo que el viento se llevó. Bastante bien han envejecido todas ellas, princesita incluida, teniendo en cuenta el tiempo que ha pasado desde su creación.
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Examina tus limones, una campaña para la detección precoz del cáncer de mama

Mi abuela paterna murió por un cáncer de mama. Primero lo superó, cuando yo era niña y ella rondaría los sesenta años. Recuerdo su lucha contra la quimioterapia, el pelo a la fuga, la peluca que nunca le acabó de gustar y el brazo que se le quedó hinchado para siempre. Mucho después, cuando ya hacía tiempo que se había convertido en octogenaria, volvió a dar la cara. Pero era ya muy mayor y la lucha era vivir el mayor tiempo posible sin sufrimiento y sin medidas drásticas. Acabó llevándosela, pero no por ello dejó de ser una superviviente.

Mi bisabuela paterna también murió por un cáncer de pecho. Más joven. Mi abuela me contó que se le hundió el pezón, luego el pecho se puso negro, luego murió. Eran otros tiempos, más duros. Tenemos mucho que agradecer a los avances médicos.

A mi alrededor ha habido y sigue habiendo otros casos más o menos cercanos. Madres recientes, abuelas, chicas muy jóvenes, que se enfrentan al monstruo cuyo rostro más veces he tenido la desgracia encontrarme. La mayoría han acabado bien. La batalla se ha librado y se ha ganado, o se está ganando. De hecho estoy convencida de que esta guerra la vamos a ganar. Ya os lo dije hace años y lo mantengo: el ser humano es implacable cuando tiene un enemigo claro, y el cáncer lo es. No sé cuánto tiempo llevará, no sé cuándo se logrará, pero venceremos.

Pero aún no podemos cantar victoria siempre por desgracia.

El último caso que he conocido, hace muy poco, se ha quedado en susto, en un bulto que no ha resultado ser nada peligroso. Una suerte. Y justo estos días me encuentro con la campaña de World Wide Breast Cancer protagonizada por limones y ampliamente aplaudida, con razón. Ojalá estuviera en español.

Y llegó el momento de salir de un armario. Imagino que todos tenemos unos cuantos.
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Brindemos esta Nochevieja por los que ya no están

Mucha gente aborrece de la Navidad, y mucha de esa gente lo hace porque recuerda a los que ya no están y eso es algo que se les hace especialmente duro en estas fechas. Así que pasan de puntillas, renegando más o menos, tristes a ratos.

Tal vez no sea la manera, tal vez haya otras formas de afrontarlo mejores, formas que aprender desde que somos pequeños.

Estos días me tomé con las declaraciones del psicólogo clínico Eladio Rosique Meseguer, que explicaba que:

Paradójicamente, la Navidad puede ser el mejor momento para recordar a los seres queridos que han fallecido o que están ausentes por cualquier circunstancia. Para sobrellevar su pérdida, ha aconsejado rescatar el amor y las experiencias compartidas.

“Probablemente todos consideren que para sobrellevar el dolor hay que actuar como si no hubiese pasado nada, pero eso no funciona”, advierte Rosique, quien subraya que recordar algo bonito “nos puede hacer llorar pero es una forma de hacer presente a quien no está y aprender a vivir con su recuerdo”.

Incluso, aconseja hacer un brindis en honor de esa persona que falta, porque “puede ser una forma de darnos permiso para recordarle”, ya que “es injusto que el legado que nos deje esa persona sea solamente dolor”. Por ello, subraya que la Navidad “es un momento muy difícil para muchas personas pero también es una gran oportunidad de vivir con los demás un homenaje lleno de amor y de sentimiento de privilegio; un momento para que nuestra vida siga”.

No sé cómo lo veis vosotros, tal vez resulte difícil interrumpir una cena o una comida familiar para un brindis así, que puede causar tristeza. Especialmente difícil en las familias que soterran estas cosas, que no gustan de airearlas o ver lágrimas.

Por eso yo, desde aquí, quiero esta noche recordar a los que ya no están conmigo en estas fiestas.

Brindo por mi abuela Maruja, en cuya casa celebrábamos siempre la cena de Nochebuena y la comida de Año Nuevo, con el mismo menú siempre de sopa de pescado y marisco y pollo guisado, y con partida de cartas tras los postres.

Brindo por Jose, el abuelo de mis hijos, mi suegro, generoso y discutidor, que habría disfrutado tanto viendo a sus cuatro nietos acudir a su casa la mañana de Reyes a desayunar roscón y churros y abrir los regalos. Tan pronto se fue, que ni siquiera tuvo la ocasión de conocerlos.

Brindo por mi abuela Adriana
, con su seguridad y sus uñas lacadas de rojo; por mi abuelo Pedro, que nos hizo un helado de leche de cabra en el pueblo cuyo sabor estará siempre en mi memoria; por mi tía Luisa, siempre despistada y buscando el calor del sol; por Angelines que era toda bondad y sonrisas…

Tanto en 2016, como en 2017, como en todos los años que me queden por conocer, formaréis parte de mis recuerdos.

GTRES

#HastaSiempreLeia, la única princesa que siempre quise ser

No me interesó nunca ninguna princesa Disney cuando era pequeña. ¿Quién querría ser Aurora pudiendo ser Felipe y pelearse a caballo con zarzas y dragones? ¿Quién querría ser Cenicienta o Blancanieves y pasarse la vida limpiando? Yo no, desde luego.

Mas tarde llegó La sirenita, que ya podía haberse lanzado a dar un beso al príncipe en lugar de quedarse esperando como una pavisosa y hubiera ahorrado a todos muchos problemas. Bella luego al menos leía, pero me pilló entrando en la adolescencia y tampoco llegue nunca a entender del todo su sindrome de Estocolmo.

Dejando a Disney de lado, también teníamos a Sissi. En Televisión Española en los años ochenta  insistían en repetir las andanzas de la emperatriz austriaca. Tragedia lacrimógena que no invitaba a envidiar a la realeza.

Cuando yo era niña la única princesa que quise ser lo mismo disparaba a los soldados imperiales que pilotaba una moto como Ángel Nieto entre los árboles o que estrangulaba a un monstruo con la fuerza de sus brazos.

La única princesa por la que me habría cambiado acababa rescatando a sus rescatadores, no tenía pelos en la lengua, mandaba como un general, se pasaba por el arco del triunfo estelar las diferencias de clases y no tenía el menor problema en dar el primer paso con un hombre.

La única princesa a la que yo hubiera querido como amiga se despojó de las faldas largas a la menor oportunidad (pero se las volvía a poner cuando le daba la real gana), le gustaba y era diestra con la tecnología y la mecánica, prefería unas botas con las que correr como alma que lleva el diablo antes que unos tacones y era lista como el hambre.

Y todo eso en los años ochenta, en los que no sobraban precisamente los modelos femeninos fuertes a los que las niñas pudiéramos aferrarnos.

Detrás de aquella princesa había una mujer, una actriz de la que nunca supe mucho. Leia brilló tanto que eclipsó a Carrie Fisher. Pero sé bien que sin Carrie Fisher la princesa Leia habría sido otra muy distinta, tal vez una princesa que yo tampoco habría querido ser.

Gracias Carrie por la parte que te toca en la alquimia de Star Wars, gracias por haber sido la única princesa que me interesó, la única que molaba. Gracias por habernos regalado esa otra princesa que muchas de nuestras hijas pueden seguir descubriendo.

Cuando llamo a mi hija de siete años “princesa”, estoy pensando en aquella que tú creaste.

Pobres niños de San Ildefonso

Justo estos días nos hemos encontrado con una nueva edición de MasterChef Junior. No os voy a hablar de nuevo de la opinión que me merece ese programa que ya se ha convertido en un clásico navideño, pero con él desde luego aflora el debate de hasta qué punto conviene exponer de tal manera en la televisión a los niños, algunos muy pequeños.

Y, de repente, hoy llega un clásico televisivo navideño con niños verdaderamente veterano: el sorteo de la lotería de Navidad con los niños de San Ildefonso cantando números sin parar, dando premios, dejando caer alguna bola, cometiendo algún error, con la voz fallando a veces. Niños expuestos de una manera distinta pero semejante.

Gente buena, respetuosa, amante de los niños, se dedica, cuando los ve en la tele, a opinar sobre ellos, a bromear en ocasiones rozando la crueldad sobre sus voces, su aspecto, sus pequeñas meteduras de pata… Normal, no son locutores profesionales ni modelos. Es un humor que no se permitirían si el niño estuviera delante de ellos o si el niño fuera su niño: uno de sus hijos, uno de sus sobrinos, uno de los niños que conocen y aprecian.

Pues los niños de San Ildefonso son los niños de alguien. Y además son niños, merecedores de todo nuestro respeto, objeto de una especial protección y no el blanco fácil de burlas aún más fáciles, algo que parece el deporte nacional la mañana del 22 de diciembre para muchos.

(EFE/Ballesteros)

Probablemente se subirían por las paredes si eso que ellos mismos están diciendo se lo escucharan a otro adulto respecto a sus pequeños durante su función escolar navideña, otro clásico (no televisado) de estas fechas.

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