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Vivir es cabalgar un dragón y disfrutar del viaje

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Carta a mi niña en el Día de la mujer

Nunca dejes que nadie te diga que no puedes llegar a conseguir algo por haber nacido niña. Si lo deseas de verdad, inténtalo con todas tus fuerzas. Cuanto más alto dispares tus flechas, más lejos llegarán.

No permitas que te hagan de menos, que te miren pequeña y corten tus alas. Huye de aquellos que son tan mezquinos que necesitan verse grandes a costa de otros.

Escapa también de los que ponen zancadillas, de los que pretendan poseerte, de los celos, de los que frenan, restan o te hacen sufrir. Hay mucha gente que merece la pena, no pierdas el tiempo con aquellos que te harán infeliz.

No creas a los que dicen que hay trabajos, aficiones, sueños o actitudes que no están hechos para las mujeres. Están equivocados. Demuéstraselo.

Si persigues o disfrutas algo en lo que estás en minoría no eres rara, simplemente eres tú. Aprende a sentirte cómoda con cómo eres.

Serán muchos los que tenderán a valorarte por tu carcasa. Da igual cómo seas, da igual si creces según sus estándares de belleza o completamente alejada de ellos. No lo permitas. Jamás les creas.

Tampoco juzgues tú a los demás por aquello que no es esencial.

Busca a los que te ven como eres, no como aparentas ser ni a través del filtro de ser una mujer.

Mira a los demás como a iguales. Nunca les veas desde abajo. Tampoco desde arriba.

Sé independiente. Sigue tu camino y sé capaz de mantenerlo. No dependas nunca tanto de alguien como para dejar de escuchar a dónde quieres que te lleven tus pasos.

Respeta. Exige respeto.

Prepárate para pelear cuando sea necesario
. Lo será. No has venido a un mundo en el que todo es justo e igualitario.

Asume que vivir implica tomar decisiones, encontrarte frente a encrucijadas en las que tendrás que decidir el camino a seguir. No temas asumir renuncias, pero no mires atrás. Tampoco tengas miedo a desandar parte del camino recorrido si es necesario.

Conócete y quiérete. Ama sin cadenas.

Sueña con volar tan alto como quieras.
Yo siempre estaré ahí cuando me necesites. También soñando. También volando.

¿Qué hay de malo en besarse delante de los hijos?

GTRES

El mes pasado hablamos en este blog de besos. De los besos que muchos padres dan a sus hijos en los labios. Piquitos inocentes que algunas mentes enfermas ven como algo sucio. Algo que vivió la cantante Hilary Duff en sus propias carnes, el detonante de aquel post.

De nuevo la manía de la gente de meterse en la vida de los demás sin necesidad ni justificación. Ya entonces os contaba que yo no daba esos besos a mis hijos, pero no se me ocurre censurar a los que lo hacen. No es más que una demostración de afecto. Y el afecto es algo que los niños necesitan en su desarrollo tanto como el alimento, y no estoy exagerando.

De aquel debate (innecesario, realmente) sobre el tipo de besos que damos a nuestros hijos nace otra reflexión sobre los besos que nos damos los adultos delante de ellos. Me consta que muchos padres se sienten incómodos besándose ante sus hijos, y que también los hay que no aprueban que dos adultos se besen ante los niños. Con frecuencia son los mismos.

Ante lo primero poco puedo decir. Si se sienten incómodos haciéndolo entiendo que no lo hagan. No me meto. Algo así les pasaba a mis padres y crecí sin verles unir sus labios, claro que hablamos de otra generación. Pero, de nuevo, que no censuren a los demás que sí lo hacemos. Nada hay de malo en que nuestros hijos vean que nos tratamos con cariño. Mejor besos que discusiones, gritos y reproches. Mejor besos y discusiones, que solo discusiones.

Es verdad que suele pasar que los niños más pequeños quieran monopolizar a uno de sus progenitores y si ven besos entre ambos protesten y los quieran apartar. Es normal, no hay que darle más importancia. Es anecdótico, acaba pasando y no debe frenar nuestras muestras espontáneas de cariño.

Y que nadie saque los pies del texto. Obviamente no me refiero a darnos el lote delante de ellos. Hablo de besos en los que no haya una carga erótica. No debería ni ser necesario recalcarlo.

A los niños les da mucha seguridad ver a sus padres queriéndose. Y crecer viendo una relación de pareja saludable es también beneficioso.

Que una relación de pareja sea saludable no sólo se basa en que se demuestren cariño, también en el ejercicio de la corresponsabilidad, en que si nos equivocamos, lo reconozcamos y pidamos perdón, y, sobre todo, en no faltarse al respeto, no insultarse en ningún caso, no menospreciar al otro ni gritarse.  Que crezcan viendo que no consentimos en el otro ese comportamiento me parece fundamental, pero ese, probablemente, es otro tema.

Feliz Año que trae cuatro semanas de permiso de paternidad (ojalá pronto el año que equipare a padres y madres)

El día de hoy traerá una noticia que se repite todos los años, la del primer niño nacido en 2017. Una de tantas noticias que parecen extraídas de El día de la marmota.

La cuestión es que esta vez ese niño, y todos los que lleguen tras él, tendrán la suerte de que sus padres puedan estar a su lado cuatro semanas ininterrumpidas.

La ampliación del permiso de paternidad de dos semanas a un mes es efectivo desde ya mismo, ha entrado en vigor seis años después del día que fijó la ley de 2009 que lo reguló. Pero al menos ya está aquí, un paso adelante que esperemos que acabe traduciéndose lo antes posible en la equiparación de los permisos de paternidad y maternidad.

Deben ser iguales para que haya igualdad. Cualquier otra solución no deja de ser un parche que no combate las desigualdades.

De momento, Feliz Año que trae cuatro semanas de permiso de paternidad. Y ojalá llegue pronto el año en el que haya al menos dieciséis semanas para ambos y que además sean intransferibles.

GTRES

¿Te incomoda ver que una madre besa a su hijo en la boca como ha hecho Hilary Duff?

Yo no beso a mis hijos en la boca. Les beso en muchos otros sitios, en la mejilla, en la coronilla, en la frente, en las manitas… Doy besos que suenan para hacer reír a Jaime; doy besos al asalto a Julia para evitar que me haga la cobra, algo que le divierte mucho; doy besos que cazan la fiebre y otros que velan los dulces sueños.

No beso a mis hijos en la boca.
No lo hago porque nunca me ha nacido hacerlo. No lo hago porque nunca recibí besos así de mis padres. No lo hago porque tampoco me he saludado nunca con piquitos con mis amigos.

No lo hago. No beso a mis hijos en la boca. Pero si lo hiciera, no veo qué habría de malo en ello. Miro la foto de Hilary Duff besando a su hijo de cuatro años en Disney y no veo más que una demostración de afecto. Pero esa foto ha desatado una (la enésima) polémica en redes sociales.

Es simplemente una demostración de amor maternal, no hay nada sucio ni sexual en ello y el que vea algo inapropiado y erótico en esa imagen tiene, como ha respondido la cantante, “una mente retorcida”. Respecto a los que dicen que es antihigiénico. Ni vivir ni amar es algo estéril. Y tampoco exageremos, que no es precisamente un beso francés (que, obviamente, sí sería inapropiado), es simplemente un pico con los labios cerrados.

¡Qué puñetera manía de juzgar a los demás por chorradas! ¡Y qué polémicas más absurdas se montan online de tanto en cuanto! Como si no estuviéramos hartos de ver celebridades haciendo lo mismo que Duff, como si la cantante estuviera obligando a alguien a hacerlo.

Claro que todo esto engarzaría con otro debate distinto, que es el de la exposición de los niños en redes sociales para obtener más seguidores, más repercusión, tanto por parte de celebridades como de aspirantes a serlo. Pero eso es otro debate para otro día.

Mejor para cualquier niño recibir demostraciones de amor que crecer en un entorno en el que no hay besos, no hay abrazos, no hay “te quieros”, en el que siempre es un invierno emocional

Y que besemos a nuestros hijos no quita que les enseñemos que no tienen que dar ni un besito a la fuerza, que no tienen que consentir contactos que no les agraden en ningún caso. Somos los guardianes de nuestros niños. Y eso también es otro tema.

¿Qué prometía el PP sobre conciliación, maternidad y familia en su programa electoral?

(GTRES)

(GTRES)

Antes de las últimas elecciones generales estuve revisando las políticas que cada uno de los principales partidos políticos prometía en materia de conciliación, familia y natalidad. Mi intención era haber hecho una comparativa de todos los programas, pero me temo que la falta de tiempo me lo impidió. No obstante, es probable que antes de lo que creemos tenga una nueva oportunidad de hacerlo.

Ahora que ya está ejecutado que Rajoy vuelva a ser presidente, me dio por recordar esas lecturas que tuve antes del verano y las conclusiones que extraje. El programa electoral del PP me dejó con estas conclusiones, fácilmente comprobables porque os dejo el texto íntegro al final por si tenéis curiosidad:

– La línea es totalmente continuista. Seguirán haciendo lo que estaban haciendo para fomentar la natalidad y ayudar a las familias, que les debe parecer que estaba requetebién. A las pruebas me remito. En siete ocasiones se habla de “seguiremos”o “seguir” con lo que se estaba haciendo.

No hay propuestas concretas. No leo ninguna medida desarrollada que esté deseando ver aplicada. Hay mucho canto al sol y declaración de intenciones: más apoyo a familias monoparentales, un nuevo plan de incentivo fiscal, un mapa de recursos para niños con enfermedades raras, que estudiarán nuevas formas de ayuda para familias con cáncer o enfermedades graves… Pero sin especificar nada. Nada más. Solo hay pequeñas pinceladas al hablar de ampliar la consideración de familia numerosa especial a partir del cuarto hijo, una ampliación de la cartera de servicios de reproducción asistida en el sistema nacional de salud, la agilización de la adopción y acogimiento, priorizando las adopciones nacionales, o de una ayuda de hasta 2.000 euros para madres adolescentes, pero sin explicar ni desarrollar.

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¿Es la vasectomía el mejor método anticonceptivo en una pareja que no quiere más hijos?

Más vasectomías que ligaduras de trompas, así evoluciona la anticoncepción en España, es un reportaje de mi compañera Amaya Larrañeta que os recomiendo.

En él recoge un cambio de tendencia que tal vez sorprende pero que alegra, porque supone que los varones están implicándose cada vez más en la anticoncepción. En la ultima década el número de vasectomías supera a las ligaduras de trompa. Desde 2004 las primeras, una intervención mucho más sencilla, han subido casi diez puntos mientras que las segundas han caído aproximadamente en la misma proporción.

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¿Vasectomía o ligadura de trompas? No es algo que uno se plantee con veinte años, pero a cierta edad y con la prole que se deseaba ya presente plantearse un método definitivo, con el que despreocuparse, tiene todo el sentido.

Es curioso. Nosotros no hemos optado ni por lo uno ni lo otro. Y eso que tenemos claro que no queremos más hijos y ambos acabamos a cumplir los cuarenta y aquello de que nos vemos aún jóvenes para buscar métodos definitivos empieza a oler a rancio. Sinceramente, es una conversación que ni siquiera hemos tenido y que deberíamos plantearnos.

No obstante, aunque no hayamos puesto el tema encima de la mesa para tomar una decisión, ambos sabemos que yo no quiero una ligadura de trompas habiendo una alternativa mucho más sencilla. Tampoco quiero el DIU, que obliga a revisiones y cambios con los que recuerdo a mi madre pasándolo bastante mal y que sé de algún caso en que ha fallado. Los métodos hormonales los usé muchos años y sé bien los efectos secundarios que tienen y que no quiero volver a ver aparecer, sobre todo el de disminución de la libido.

Así que no quedan muchas opciones, los métodos de barrera y la vasectomía. O ninguno (ejem), como un 11% de mujeres en edad fértil con pareja que están en riesgo de tener un embarazo no planificado.

Pensándolo fríamente, cuando ya has tenido todos los hijos que querías tener y empiezas a tener una edad tirando a respetable, de entre todos los posibles métodos anticonceptivos, la vasectomía parece el mejor, el más cómodo, el más barato, sin efectos secundarios, sin revisiones, ideal para disfrutar y despreocuparse. Su único inconveniente es que no sirve para frenar las enfermedades de transmisión sexual, la pareja tiene que tener la seguridad de que por ese lado no hay riesgos.

En una pareja la planificación familiar es cosa de los dos, la pelota no debe estar siempre en el tejado femenino salvo que se tire de preservativo. Si los motivos para negarse son únicamente conservar intactas las joyas de la corona, ahí hay algún bloqueo psicológico de los de hacerse mirar. Si la mujer tiene que hormonarse, implantarse un DIU y acudir a las revisiones o pasar por una operación más compleja solo porque al hombre “le da cosa”, algo importante falla.

Pasar por una intervención nunca es plato de gusto, pero una tan pequeña que es comparativamente tan ventajosa tiene todo el sentido que esté ganando adeptos.

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‘Amor con ojeras’, porque el sexo también es cosa de padres recientes

imageHace ya años que conozco a Mamen Jiménez y que disfruto de sus ilustraciones y su sentido del humor en Internet.

Mamen es más conocida como lapsicomami, (por psicóloga, no por psicópata, al menos que yo sepa). Esta cordobesa, que ya ganó el premio a mejor blog de humor de Madresfera el año pasado, acaba de publicar un libro, de esos bonitos, bien maquetados, con pasta dura e ilustraciones a todo color al que personalmente tenía muchas ganas.

No me ha defraudado.  Conserva el humor y esa mezcla de realismo y optimismo del que siempre hace gala y que  yo también practico y agradezco-

Lapscomami está especializada en sexología y terapia de pareja, de ello ejerce y se nota en todas sus páginas. De hecho este libro es precisamente eso: un libro de pareja, que habla directamente a ambos y no solo a ella lo que implica convertirse en padres, hasta qué punto te cambia la vida. Y lo hace con muchas ilustraciones que te mantienen la sonrisa mientras pasas las páginas.

Pero tampoco creáis que es una simple recopilación de viñetas graciosas en este plan:

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Para nada. En el libro hay también mucho texto elaborado por una profesional en la materia encaminado a mantener una sana relación de pareja durante el embarazo y tras la llegada del niño. Directa al grano, Mamen deja claro qué conviene hacer y qué no conviene descuidar para que nuestra relación no se resienta.

Así describen el libro en la contracubierta y así es:

Todo lo que nunca nadie te había explicado sobre qué le pasa a una pareja cuando tiene su primer hijo, sobre esas cosas que hacemos… y esas otras que dejamos de hacer. Contado con mucho humor y un sinfín de consejos prácticos por Lapsicomami, una psicóloga que ha pasado por ello y nos ofrece todos los recursos para sortear los (más que probables) baches parejiles propios de esta etapa de la vida.

En este libro encontrarás consejos para: mejorar la comunicación, aumentar el deseo, sobrevivir en pareja, reavivar la chispa, volver a tener citas de novios… porque se tarda muy poco en quererse y sienta fenomenal.

En definitiva, un libro que no solo es divertido e interesante, sino que puede resultar incluso útil.

Y para que no os pille de sorpresa ya os adelanto que un gran porcentaje del libro habla de sexo y es de agradecer que así sea. No es frecuente encontrar en los manuales de maternidad este tema, parece que a los que nos convertimos en padres recientes lo único que nos preocupan son cosas como percentiles, lactancias, colechos, estimulación del bebé, hitos del desarrollo e introducción de alimentos sólidos. Cualquiera diría que tras concebir a los churumbeles aquello pasó a perder toda su importancia.

Para nada (de nuevo). Si somos ahora padres es porque lo del sexo no nos pilla de nuevas y con toda seguridad querremos volver a practicarlo. Pero claro, puede haber temores vinculados a los cambios que se han producido en nuestro cuerpo tras la cesárea o el parto y la lactancia, dificultades nacidas de nuestro nuevo papel de padres.

Lógicos y superables todos, porque, efectivamente, hacerlo sienta fenomenal “porque aunque ahora sea con ojeras, el amor es lo más”.

Solo voy a a hacerle una crítica a Amor sin ojeras, una que tal vez no sea pequeña, aunque no pretende ser grande, y que está hecha con la mejor de las intenciones.

Siempre me he quejado de esa creencia tan extendida de que a ellos les interesa más el sexo que a nosotras, que ellos lo buscan más, que nosotras nos escabullimos de practicarlo con  frecuencia. Ya sabéis, el mito de que ellos son activos y nosotras pasivas, que ellos siempre tienen ganas y nosotras preferimos los abrazos y los capuchinos.

En el libro de Lapsicomami me he encontrado con ello de nuevo y varias veces.

Él quiere dar por zanjada la cuarentena (que no tiene que ser de cuarenta días en absoluto, puede ser muchísimo menos si hay ganas, eso sin contar que el sexo es mucho más que la penetración vaginal) cuanto antes. Tiene sus temores claro, pero está deseándolo. Ella está a mucha distancia en deseo, el sexo no es una prioridad, es él el que tira y ella la que frena.

Si seguimos transmitiendo eso nos encontraremos con el mismo tipo de profecía autocumplida de cuando a un niño le dices que es malo o listo.

No digo que en el pasado no fuera así en la gran mayoría de las parejas y tampoco niego que pueda seguir siendo la norma a día de hoy, pero en una pareja actual bien avenida y con un apetito sexual saludable, es más que probable que ella tenga tantas o incluso más ganas que él de reanudar las relaciones sexuales aparcadas durante el puerperio.

Lapsicomami me explica que “en el libro he recogido “lo que veo” y por mucho que me fastidie, la realidad es que muchas parejas vienen en esta situación (obviamente fruto del modelo de sexualidad que nos han colado). Fue un verdadero quebradero de cabeza incluir “esto que pasa” con lo que yo entiendo profesional y personalmente que es mejor. Explícitamente digo en el texto en no pocas ocasiones que las mujeres también queremos, y mucho. Y que hay ‘ellos’ que no quieren todo el rato”.

Y para finalizar os dejo con la invitación de Lapsicomami para acudir a la presentación del libro en Madrid. Si yo pudiera, no me la perdería.


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Las casas están para vivirlas y los niños para jugarlas

casaMi madre, cuando se casó, decoró su hogar blanco y moderno. No por nada el negocio familiar era una tienda de muebles. Aún recuerdo el sofá, blanco y como de peluche. En ese sofá dormía, leía, jugaba y saltaba. Si tengo que identificar un mueble con mi infancia, sin duda era ese refugio claro y blandito.

Un refugio que hubo que jubilar antes de que cumpliera los diez años.

“Las casas son para vivirlas”, ha dicho siempre mi madre. Yo, mientras, colocaba un mantel sobre una silla del comedor, servilletas a modo de orejas y cola, y cabalgaba sobre el parqué , acompañando a Gary Cooper, John Wayne o Gregory Peck en las películas vaqueros de la sobremesa de los fines de semana.

Mi madre nunca entendió que en pisos urbanos de metros contados se reservase un comedor solo para las ocasiones señaladas. Ella movió tabiques y nuestro hogar de menos de setenta metros cuadrados se quedó en dos dormitorios y un salón enorme en el que disfrutar en familia sin miedo a manchar y romper. O a dejar pequeñas muescas de mis cabalgadas en el parqué que era visibles aún muchos años después.

Y tiene razón. Le gusta tener la casa recogida, su umbral de tolerancia al desorden es mucho menor que el mío (“claro, es que es Capricornio como mi padre”, diría una amiga que tira mucho de los horóscopos y a la vez se ríe de ellos), pero sus nietos ahora revuelven en su casa igual que lo hacía yo de niña.

casa5En mi casa revuelven mucho más. A veces tenemos el sofá despiezado por el suelo, Jaime coge el papel higiénico con el entusiasmo del perrito de Scottex y organiza una que ni en la final de la champions, se traen cuentos y juguetes al salón… Y nosotros no somos distintos. Los juegos de mesa rebosan la estantería del salón de un modo muy poco minimalista, mis libros nos invaden y se desperdigan, a veces llegamos tan cansados que nos tiramos al sofá, nos descalzamos y no caemos en dónde estaban los zapatos hasta que nos tenemos que poner en marcha al día siguiente.

Las casas están para vivirlas. También están para jugarlas.

De los tres dormitorios que hay, el más grande es el de los niños, en el que Julia duerme y están los juguetes de todos, los cuentos, los disfraces, la cocinita y la pizarra… Mi decisión adjudicando habitaciones extrañó a algunos en su día. “Los adultos con una cama y los armarios tenemos bastante”, les decía yo, “los niños necesitan más espacio y para los adolescentes, su cuarto es su refugio”.

Y es una habitación que alegra ver, cuando vienen amigos con niños a casa, te asomas y están cinco o seis niños disfrazados e inventándose una obra de teatro con todo revuelto mi reacción es sonreír, no poner el grito en el cielo.

Entonces me acuerdo de las redes sociales en las que me muevo como la madre reciente que soy, sobre todo en Instagram y las madres que allí triunfan con fotos perfectas, salones y dormitorios impolutos y ordenados, niños siempre bien peinados, vestidos sin manchas ni arrugas.

No, tampoco es lo mío lo de tenerles bien peinados y con ropa como de catálogo de Benetton.

Veo esas fotos perfectas, en casas perfectas y me pregunto si es que para esa gente las casas no están para vivirlas ni jugarlas, sino para fotografiarlas y subirlas a Instagram.

“Están para que la interna filipina la recoja mientras la au-pair entretiene a los niños”, diría otra amiga que no es andaluza pero tiene gracia gaditana.

No sé, seré rara, pero a mí me gustan otras cosas: risas, cotidianidad, manchas de helado y chocolate, juguetes desperdigados, trenzas deshechas de tanto saltar, momentos capturados sin preparar… niños que juegan en casas que en unos años echarán de menos sus risas y su desorden.

“No existe recién nacido guapo, sino padres enajenados”

Jaime fue un recién nacido guapo. Siempre he estado convencida de ello. Nació muy limpio, gordito, en una cesárea que le ahorró el trabajo de pasar por el canal del parto por venir grande y de nalgas, aunque ojalá hubiera sido un parto como su hermana.

Es curioso (y hermoso) ese primer instante en el que una madre ve a su hijo. Es un momento de reconocimiento, coges sus deditos, te miras en sus ojos, absorbes todos sus rasgos… Pero no te paras a analizar si es guapo o es feo. Es tu cachorro y eso es más que suficiente.

Eso es en el primer momento. Más adelante ya es otra historia. Ahí ya te fijas de manera más o menos objetiva en si es un bebé bonito o no. Que oye, que sigue sin importar, que como sea de recién nacido no tiene que ver con cómo será de mayor, que sigue siendo tu cachorro y te importa un bledo, pero te fijas y sacas tus conclusiones. Conclusiones poco objetivas, es probable, aunque todos conocemos a padres que han confesado abiertamente que sus hijos nacieron feos.

Mi conclusión es que Jaime fue un recién nacido precioso. Por lo que yo veía y por lo que me decían los demás. Alguna amiga aún recuerda hoy, diez años después, lo bonito que era en su primer día de vida. Y no soy de esas personas que ven a todos los bebés guapos, os lo aseguro. Por mucho que todos despierten dulzura e instinto protector, me he encontrado bebés muy feítos.

Ahí le tenéis:

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Y sigue siendo guapo a rabiar. A veces bromeo con que será el primer top model con autismo, y que su discapacidad tal vez sea una ventaja si trabajas en ese mundillo.

Pero volvamos al tema. Convencida como estoy de que mi hijo era guapísimo tras nacer (Julia también salió mona, pero no tanto), tuve que saltar y enviar fotos cuando escuché decir a mi lado: “No existe recién nacido guapo. Incluso los mejores, son todos raros”.

Pues no, no convencí con las fotos a los que sostenían que no hay bebe guapo, que lo que hay son padres enajenados.

A ver, no se puede pretender que un recién nacido sea como un adulto. Lo bonito que sea no sigue las mismas reglas de los rostros de niños y mayores. Incluso los más guapos nacen un poquito achinados, un poquito aliens, con rasgos sin definir…

En fin. Voy a parar porque si sigo por ese camino al final voy a darles la razón a los que me decían que no hay recién nacido guapo.

¿Y vosotros qué opináis?

Salir de la negación (porque tu hijo con autismo te necesita)

jaimeEste blog arrancó hace ocho años. Jaime era un bebé de un año que aún no sabíamos que tenía autismo y Julia no era más que una declaración de intenciones. Un blog en el que había mucha lactancia y embarazo, muchos contenidos que me cuesta identificar como míos, otros tantos que ni siquiera recuerdo, bastantes que hoy no hubiera escrito, incluso reflexiones que ahora me discutiría a mí misma.

El blog ha ido evolucionando y yo también. Se ha convertido en un interesante viaje al pasado de una misma. También en la mejor forma de dejar constancia de lo que hicieron mis hijos, cuándo comenzaron a andar, a dormir solos, a mostrar los primeros dientes. Crear un blog de maternidad no fue idea mía, me animó la dirección editorial de 20minutos. Y me alegra que lo hicieran, ya forma parte de mí.

En los últimos meses estoy revisando los primeros posts que escribí, aquellos que a veces no siento como míos. Hay unos meses que me entristece recordar. Los meses previos al diagnóstico de autismo de Jaime. Los meses entre el año y medio y los dos años y poco de Jaime, en los dejó de pronunciar las pocas palabras que ya manejaba, aquellos en los que viví en la negación.

No, a mi precioso niño dorado no podía pasarle nada malo. Ya habló y volverá a hablar, es que su carácter es algo despegado, mi amigo X y el hermano de mi amiga C no hablaron hasta los cuatro años, hay que respetar los ritmos de cada niño…

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