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“Lo de que la ansiedad por dejar el tabaco es peor que fumar un poco en el embarazo es una leyenda urbana”

En un contenido publicado el pasado viernes que hice sobre la muerte súbita del lactante y cómo evitarla, salió el tema del tabaco. Surgió hablando con la doctora Isabel Izquierdo Macián, neonatóloga y  coordinadora del Comité de Muerte súbita Infantil de la Asociación Española de Pediatría, cuya labor es estudiar la muerte súbita y, sobre todo, prevenirla.

Al recorrer con ella las recomendaciones a seguir para intentar sortear al fantasma terrible de la muerte súbita, me dijo: “La madre no debe de fumar ni un cigarrillo en el embarazo, altera los ganglios que hay en la base del cerebro, una zona que regula los despertares. Y prohibido también en el ambiente en el que el niño cohabita”.

Cuando le comenté que abundaban las embarazadas que sostenían que era mejor encender algunos cigarrillos antes que dejarlo del todo porque la ansiedad de quitarse el vicio es más perjudicial para el niño que fumar un poco, no daba crédito a que hubiera ningún obstetra que refrendase esa leyenda urbana, bastante extendida y de la que hablé en este blog hace casi diez años.

Al compartir ese extenso reportaje en redes sociales me encontré con que @Nutri_Daniel destacaba precisamente esas pocas líneas:

Y pensé que tenía razón, que el tema merecía más que unas pocas líneas, así que me fui a las recomendaciones para embarazadas de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia:

Durante el embarazo debe evitar las bebidas alcohólicas y el consumo de otras drogas por ser perjudiciales para usted y, especialmente, para su hijo. Igualmente resulta nocivo el consumo de tabaco, por lo que si es fumadora deberá dejar de fumar.

Lo dejan clarísimo: si es fumadora deberá dejar de fumar. Pero lo mismo es una recomendación tan parca que los hay que achacan que hay letra pequeña que no estoy contando, así que contacté con Sofía Fournier, ginecóloga en Salut de la Dona Dexeus, en el Hospital Universitario Quirón Dexeus, un centro pionero en la obstetricia moderna, y autora del libro ¡Voy a ser mamá! ¿Y ahora qué?.

Obviamente lo mejor en el embarazo es cero tabaco. El tabaco obstruye la circulación arterial, puede favorecer la aparición de microinfartos placentarios, la preeclampsia, hay una asociación directa con el nacimiento de bebés más pequeños de lo normal. Esa leyenda urbana no es verdad. A una gran fumadora de 20 cigarrillos lo más que yo le puedo decir es “no te agobies si fumas 1 o 2 cigarrillos”. Pero no por la ansiedad por dejar de fumar, que no va a afectar en absoluto al feto.

Y la doctora Fournier añade el alcohol a la ecuación:

La leyenda urbana es similar con el alcohol: “Me ha dicho mi ginecólogo que por una copita de vino no pasa nada”. Alcohol cero. Tiene un papel muy importante en la migración de las neuronas. Agrede a la formación del sistema nervioso central.

Cuando pregunto si cree que puede haber algún ginecólogo que sí que haga esas recomendaciones, asiente, pero refiriéndose al alcohol:

 Mi madre es ginecóloga y entonces sí se decía que por una copa no pasaba nada. Y ella a mí me ha dicho: “yo bebí alguna de vez en cuando y mira lo lista que me has salido, que eres médico”. Seguro que hay algún profesional desactualizado que sigue recomendando estas cosas, aunque sea nuestra obligación actualizarnos. A ver, que por tomarse una cerveza puede que no vaya a pasar nada. Pero mejor si se puede evitar.

Y para cerrar el asunto contacté con la doctora María Alcázar, especialista en diagnóstico prenatal y diagnóstico de bajo peso ecográfico, que también tuvo la amabilidad de contestarme.

Me he encontrado con esa leyenda urbana muchas veces. Lo dicen las madres fumadoras y siempre hay algún médico que les ha dicho que es mejor fumar un poco a la ansiedad dejarlo. Es totalmente falso. Ni siquiera un médico fumador lo diría. Es una leyenda urbana. El tabaco no produce una dependencia tan física como otro tipo de droga, es psíquica. No hay un síndrome de abstinencia y una calada ya afecta al feto, está totalmente comprobado. Veo que el niño es pequeño en la ecografía y te dicen “solo fumo tres cigarros”. Pero es que el feto se fuma el triple.

El tabaco es para mí maltrato infantil, es una violencia al feto. Fumar en el embarazo es robarle el oxígeno. Es muy parecido a no darle suficiente de comer cuando nazca. Tienen más riesgo de tener problemas de tiroides, obesidad, diabetes… Problemas endocrinos que vienen del cerebro. El tabaco también entraña más riesgo de desprendimiento de placenta y muertes fetales y de prematuridad.

¿Qué es lo que sucede con esas embarazadas que han seguido fumando y se encuentran con algún problema en la ecografía?

La mayoría de las mujeres dejan de fumar cuando están buscando el embarazo. Es lo ideal porque el tabaco disminuye la fertilidad mucho. Hay muy pocas mujeres que siguen fumando en el embarazo. La leyenda urbana de que la ansiedad es peor es un autoengaño, pero hay gente que se autoengaña y sigue fumando, y en cuanto le dices que el niño es pequeño o ves arterias obstruidas en el útero o que le pasa algo a la placenta, la mayoría sí que se asustan y dejan de fumar. Pero eso no hace que se revierta la situación.

Y la doctora Alcázar recuerda otros mitos existentes, relacionados con el tabaco aunque no con la maternidad, que también comedirá erradicar.

Otra leyenda dice que si fumas menos de cinco cigarrillos al día no vas a tener ningún efecto de salud. Y hay otra que dice que cuando llevas un año sin dejar de fumar ya no vas a tener ningún problema relacionado con el tabaco.

(GTRES)

¿Cuáles son los (tramposos) primeros síntomas del embarazo?

Obviamente, lo más fácil y fiable para saber si estás embarazada es usar un test que analiza nuestra orina, pero creo (corregidme si me equivoco) que una mayoría de mujeres nos hemos esforzado en escuchar lo que nos dicen nuestros cuerpos para saber si estamos embarazadas antes de poder tirar del Predictor o para corroborar lo que el test ya nos ha adelantado.

GTRES.


A mí al menos me pasó. Mis dos embarazos fueron buscados y no llegaron a la primera. Cada uno de ellos nos llevó aproximadamente medio año. Eso unido a lo irregular de mis ciclos me hizo aguzar mis sentidos cada vez que se acercaba el momento en el que calculaba que tendría que venirme (o no) la menstruación.

No me sirvió de nada. Si no hubiera sido por el test de embarazo y la ausencia del periodo me hubiera sido imposible saber que estaba embarazada.

Incluso tras las pruebas y la primera ecografía seguía pendiente de si notaba en algo mi embarazo, deseando que llegaran esos cambios físicos que corroboraban que iba a ser madre. Tuve que esperar bastante. No noté ningún síntoma hasta que ya estaba bastante avanzado el primer trimestre.

Sé de sobra que no siempre es así, que hay madres que enseguida saben que están embarazadas. Por indicios agradables como la turgencia en los pechos o por pasar un calvario de nauseas y vómitos. No sé cuál sería vuestro caso.

Pero siempre he creído, cuando miraba los capítulos de los libros sobre embarazo que recogían los primeros síntomas, que eran bastante tramposos, poco claros.

¿Cuáles son esos primeros indicios de que hay una preñez incipiente?
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¿Qué es la tabla china? ¿Tiene alguna fiabilidad para predecir el sexo del bebé?

Así me lo han preguntado. Tal cual. Y así os lo traslado.

(M.T.)


La respuesta a la segunda pregunta es obvia. Ninguna. No tiene la menor fiabilidad. La única manera de saber si has engendrado un niño o una niña es pasar por un médico que te haga un análisis (permite saberlo con mayor premura) o una ecografía. Lo demás son cuentos chinos.

El mismo tipo de cuentos chinos que abundan para saber cómo engendrar un niño o una niña y del que ya os hablé el año pasado (y que está directamente relacionado) porque me sorprendió encontrar que era una de las búsquedas más habituales en Google relacionadas con el embarazo.

Vayamos con la primera pregunta. ¿Qué es eso de la tabla china?

Vamos a saltarnos leyendas oscuras y no confirmadas sobre los muchos siglos de antigüedad que tiene y que fue encontrada en un mausoleo y bla, bla, bla… (sí, soy de vertiente escéptica, tengo el fallo de haberme cruzado con el periodismo científico). La cosa es que la tabla permite, se supone, con una fiabilidad que dicen en las páginas que la explican que es del 90% si se usa bien pero que al mismo tiempo reconocen no tiene ninguna confirmación científica (ejem).

Con un 50% de posibilidades de acierto, las probabilidades de encontrar casos de ‘amimefuncionismo’ defendiéndola se multiplican.

¿Cómo usarla? Pues las más sencillas son las que incluyen códigos de colores (hay a tutiplén a poco que miréis Google, pero yo os la dejo enlazada). Es importante, por lo visto, calcular la edad lunar de la madre, que no me queda claro lo que es pero supone sumar un año si se nació entre abril y octubre y dos si se nació de septiembre a marzo.

Luego hay que buscar la casilla y el día del mes que se concibió a la criatura. Algo que me ha fascinado siempre porque yo no he tenido nunca la más remota idea de qué día engendré. Solo en casos de severa carestía sexual o imprudencia anticonceptiva en torno a ese día en concreto le veo sentido. Se cruza con la edad (lunar, no os olvidéis) que tenías cuando concebiste. Y ahí está, la supuesta respuesta.

Los hay especialmente optimistas que incluso creen que pueden usar la tablita para decidir qué concebir.

Si decidís tomároslo en serio, hay distintos sitios en los que explican mucho mejor que yo los cálculos (junto a otras teorías igual de poco plausibles).

Si a mí me da la risa floja no quiero imaginar las carcajadas de algunos amigos que tengo, biólogos especializados en aspectos reproductivos.

En definitiva, mejor relajarse un poquito y amar y disfrutar al niño que venga, tenga lo que tenga entre las piernas.

¿Obvio, no?

¿Qué os parece llevar un dispositivo durante el segundo trimestre del embarazo que registre las contracciones?

Este es un fragmento de un viejo post de 2008, de cuando estaba embarazada de Julia, Jaime apenas tenía dos años y la lactancia y el embarazo campaban a sus anchas por este espacio:

Una de las cosas que nos estuvieron enseñando en la clase de preparación al parto de este lunes fue cómo identificar que estabas de parto y cuándo ir al hospital. Si es que vas a tener a tu hijo en el hospital claro.

Creo que todas las primerizas nos hemos planteado cómo será eso de notar que comienza un parto, si nos daremos cuenta (cualquier madre responderá que no te preocupes), en qué momento será y de qué manera.

Lo primero es que días o semanas antes el cuerpo da señales de estar preparándose: se puede expulsar el tapón mucoso (una mezcla de sangre y moco) y se tienen con frecuencia contracciones de Braxton Hicks o falsas contracciones de partos (vienen y van, son irregulares y suelen desaparecer si descansamos). En ninguno de los dos casos hay que ir corriendo al hospital. El parto se acerca pero puede tardar mucho en llegar.

¿Cuándo sí hay que ir? Si se rompe aguas (si son claras podemos ir con más calma, si están teñidas de meconio hay que salir pitando) y cuando las contracciones en caso de las primerizas se producen aproximadamente cada cinco minutos (dos cada diez minutos) y con regularidad.

Es mejor pasar la primera etapa de las contracciones en casa, tranquila y relajada, que acudir al hospital y que te devuelvan a casa o tengas que pasar más horas de la cuenta en la sala de dilatación, siempre más incómoda que en tu sofá.

 Y claro, te sueltan eso en tu primer embarazo y te quedas hecha un mar de dudas. ¿Sabré que estoy teniendo una contracción¿ ¿La confundiré con otra cosa? ¿Sabré cómo distinguir las contracciones que inician el parto de las de Braxton Hicks que no son más que un entrenamiento? ¿Podré medir los tiempos con seguridad para no ir al hospital ni antes ni después?

Dado que con frecuencia nos plantamos en el hospital sin necesidad y en algún caso incluso se llega por los pelos, está claro que no lo tenemos tan bien controlado. Y la monitorización que te hacen los últimos días tumbada un rato en el hospital de turno es mejor que nada, pero tampoco tranquiliza demasiado.
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En el embarazo, cómo saber si es niño o niña

El otro día me quedé francamente sorprendida cuando descubrí que una de las búsquedas más habituales en Google relacionadas con el embarazo era esa pregunta: ¿cómo saber si es niño o niña?. Y hablo de España, no de La India.

(GTRES)

(GTRES)

Me quedé sorprendida por la que respuesta es única: mediante una ecografía. A veces al final del primer trimestre ya se puede ver si hay suerte. Y determinadas pruebas diagnósticas que se hacen (no siempre y no por ese motivo) durante el embarazo, como la amniocentesis, también pueden dar esa información. No hay más opciones. Bueno, también está la solución de esperar a que nazca la criatura, claro.

Todo esto me recordó uno de los primeros posts que escribí en este blog, hace mas de ocho años, sobre los cuentos chinos que circulaban por ahí para poder quedarse embarazada de un niño o una niña. Hay por Internet calendarios que te dicen cuando concebir para que sea niño o niña, listas de alimentos prohibidos en función del sexo que se desee engendrar e incluso trucos mágicos como poner una piedra bajo la almohada.

Tontadas todos ellos.

También en ese post recogía otras boberías que circulan por ahí relacionadas con esa búsqueda que tanta gente hace para saber si esperan un niño o una niña, como que que las tripas altas traen niñas y las bajas niños o que las barrigas redondas son tripas de niña y las picudas de niños. También que si la embarazada se pone guapa, con la cara redonda y la piel lustrosa, es niña, y si la piel se le estropea niño. Aunque hay versiones contradictoria, una lectora me dijo hace tiempo que: “mi abuela se dice que las niñas te roban la belleza y por eso las embarazadas de niña están más feas”.

Incluso a mi matrona, reconociendo que no era había ninguna base científica, le gustaba intentar adivinarlo a partir de los latidos del feto. Afirmaba que solía acertar, pero conmigo falló.

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Cuando los planes no salen como habías pensado, cuando tienes un hijo prematuro

Las cosas no tenían que haber salido así, pero es que la vida nos suele demostrar que nuestros planes no son más que castillos en el aire, ensoñaciones frágiles, tan frágiles como el hijo que vemos y apenas podemos tocar, con su piel transparente, sus párpados azules.

Cuando estás embarazada o lo está tu pareja no te atreves a pensar que pueda salir nada mal. Por supuesto que no. En la mayoría de los casos que conoces todo ha ido como la seda. Más o menos nauseas, más o menos horas de parto, más o menos puntos con los que bregar durante el puerperio y bebés más o menos guerreros después con lo del comer, el llorar y el dormir. Todo eso es lo que nos encaja, ante lo que estamos preparados, la foto que nos hemos creado en nuestra cabeza cuando planificamos ser padres.

Tal vez conoces casos de niños que han nacido prematuros, cuyos padres tuvieron que pelear mucho hasta tenerlos en casa, en sus brazos. Pero probablemente tú ya conociste a esos niños cuando les habían dado el alta y todo volvían a ser sonrisas.

Y claro que no, claro que eso no te puede pasar a ti. Te estás cuidando, a tu niño precioso no le puede pasar nada malo, estarás en la mayoría a la que los planes les han salido bien, lo apartas de tu mente. Tú tendrás a tu hijo, que tendrá un peso normal, y después de un par de días en el hospital, en los que no se separará de tu lado, os iréis a casa felices y nerviosos.

¿Y si no es así? 1 de cada 13 bebés nacen bastante antes de los nueve meses. En España se dan unos 38.000 nacimientos de niños prematuros al año. 38.000 historias de lucha, de superación, donde la ayuda médica y familiar es clave para que salgan adelante. 38.000 casos al año en los que nada es como habías imaginado, en los que descubrir la fuerza que atesoras y lo mucho de lo que eres capaz.

“No sé cómo lo haces” puede que te digan a veces, cuando te vuelves a casa sin tu bebé, cuando vas y vienes del hospital para ver a tu hijo, cuando te extraes leche para darle, cuando hay pruebas médicas o complicaciones en ese cuerpecito tan pequeño que duele.

Claro que puedes. Puedes porque no hay otra opción, porque es lo que tienes que hacer, igual que podría esa personas que te pregunta, o lo piensa, si se viera en esa situación.

Puedes porque tu bebé también está pudiendo, también está luchando. Y deberías poder sin culpas, porque a veces las cosas simplemente suceden y nada ni nadie podría haberlo evitado. Encallarse en los “si yo”, “ojalá que”, “podría haber”… no lleva más que a callejones sin salida. Hay que mirar adelante. Pronto todos los malos ratos no serán más que un mal sueño.

Europa Press

Europa Press

Este jueves es el Día Internacional de los Niños Prematuros. Un día para recordar que las UCI neonatales de los hospitales deben ser suficientes y bien equipadas, con lugares adecuados para la lactancia y el reposo de unos padres que pasan allí horas y horas, que los niños deben recibir una atención integral y especializada, que no olvide la Atención Temprana y todos los cuidados de fisioterapia o estimulación necesarios y que laboralmente estos padres tienen también que estar apoyados y sus derechos protegidos.

Salvador es uno de ellos: nació junto a su melliza, a los 6 meses de gestación. La mala suerte quiso que su hermana muriese a los dos meses de vida, mientras que él sobrevivió. Su madre cree que Salvador fue “salvado” por su hermana.

Tenemos hijos cuando nos da la gana o podemos, no necesitamos la aprobación de nadie

En un post de 2007 (ha llovido bastante, otra hija entre muchas otras cosas), me preguntaba si a los 30 eras joven o vieja para tener hijos. Yo me quedé embarazada a los 29 años de Jaime y lo tuve a los 30, Julia nació un día antes de que cumpliera 33. Recordaba entonces que el ginecólogo mostró claramente su aprobación cuando escuchó mi edad, y que era de las más jóvenes en las clases de preparación al parto, pero reflexionaba sobre la edad a las que nos tenían nuestras madres. Comparada con ellas, yo sería una madre mayor. Comparada con muchos otros países, también. Y luego está ese término que dedican a las primerizas de más de 35 años, primípara añosa, que no suena nada bien.

GTRES.

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Recuperé el viejo post en mi muro de facebook, como parte de un ejercicio que estoy haciendo de releer lo que he escrito (os aseguro que mucho se me había olvidado e incluso, en algunos casos, no estoy del todo de acuerdo conmigo misma) y compartirlo, ya que entonces no había Twitter y Facebook estaba en un estado incipiente.

Por lo que decían bastantes madres en mi muro y en muchos comentarios de aquel entonces en el post, la mayoría habían (hemos) sido juzgadas al menos en alguna ocasión por la edad con la que tuvieron hijos. Daba igual si fueron (fuimos) madres con 43 años, con 20 o con 30.

“¡Qué prisa tienes! Si aún eres muy joven”, “Has esperado mucho, te va a costar tirarte al suelo a jugar con ellos”, “hubiera sido mejor hace unos añitos, pero es que no tenías ni novio”, “Es la mejor edad, sí, has hecho muy bien”…

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La decisión de tener a tu primer hijo viene marcada por los genes

Siempre he creído y sigo creyendo que es deseable que la decisión de tener un hijo sea meditada y consciente, que ese niño sea buscado y deseado cuando hemos visto que en mejores condiciones estamos para atenderlo. No creo que haya necesidad de explicarlo.

GTRES.

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Pero también he dicho con frecuencia que si se analiza demasiado, si se espera al momento perfecto para adentrarse por primera vez en la maternidad o la paternidad, es posible que nunca seamos padres. Mas aun hoy día, con la crisis y sus efectos en las parejas jóvenes en pleno apogeo. Mi experiencia me dice que llega un día en que mandas todos los miedos y las consideraciones (al menos un poco) al carajo y esa decisión la tomas con las tripas.

Ha llegado el momento. Y punto. Te lanzas a una piscina cuya temperatura desconoces contando salir con bien. Al fin y al cabo, la mayoría lo consiguen te dices para sacudirte miedos y dudas. No vas a esperar más. Lo mejor es enemigo de lo bueno y ya nos apañaremos.

No siempre es así, por supuesto. Hay veces que llega por descuidos mas o menos intencionados. En otros casos la edad obliga a tomar esa decisión. Ahora o nunca.

Pero me da la sensación de que en los embarazos buscados siempre hay ahí un impulso irracional, que nace en algún lugar recóndito e imposible de identificar.
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Si estás embarazada (o planeas estarlo) haz el favor a tu hijo (y a ti) de dejar el tabaco

En junio de hace cinco años recogía en este blog la noticia de que el 80% de las fumadoras no lo dejaban al quedarse embarazadas. Como ha pasado un lustro, probablemente las estadísticas hayan variado. Lo desconozco. Lo que es seguro es que muchas mujeres siguen fumando durante su embarazo y en la posterior crianza de los niños.

Un año después volvía a escribir sobre el tema, España está ocasión por un estudio que concluía que los efectos adversos de fumar durante el embarazo eran mayores de lo que se creía

Antes de esos dos posts ya os había contado que si la madre fuma durante el embarazo y durante el primer año de vida del bebé, el riesgo del muerte súbita se multiplica por cuatro.

Para un adulto, fumar supone pagar por minar tu salud. Pero allá cada cuál si ya es mayor cito. En cambio ponerte un cigarro entre los labios estando embarazada es otra historia muy distinta.
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No pasa nada por tener un único hijo, no son más mimados ni más egoístas

El mes pasado escribí sobre la (incomprensible y absurda) presión que reciben las parejas que no tienen hijos, a las que muchos tildan incluso de egoístas y les auguran que se arrepentirán cuando se les haya pasado definitivamente el arroz. Tras aquella entrada, una amiga que tiene una niña de casi seis años y que es treintañera reciente me comentaba que no es la única presión social que se recibe en torno a tener hijos.
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Ella lleva varios años aguantando impertinencias por su decisión de tener una única hija. Las aguanta ella y también su hija. Y entiendo su exasperación porque yo soy hija única de un hijo único.

Las cosas deberían haber cambiado en tres décadas, pero por lo visto parece que no.

Si una pareja sólo tiene un hijo y por edad, haber perdido a la pareja o problemas de salud se quedan ahí, la gente no suele insistir. En cambio, en unos padres aún jóvenes y sanos, mucha gente se pone muy pesadita. Cómo si en la decisión de ser padres de nuevo esos fueran los únicos factores a tener presentes.

Y con frecuencia los metomentodo acaban dirigiéndose a los niños. ¡Qué manía tienen muchos de andar interrogando a los niños pequeños cuando lo que en realidad están haciendo es cotillear por poderes! Querrían preguntar a los padres, pero no se atreven y hacen la finta infantil: “¿no querrías un hermanito?” “Pídele a mamá y a papá un hermanito para jugar!“.

Yo, que no tenía el menor interés por tener hermanos teniendo ya un buen puñado de primos de mi edad y estando en el colegio todo el día rodeada de niños, llegué a contestar a uno de esos plastas siendo muy pequeña y estando ya muy harta: “no puedo tener hermanos porque a mi mamá se le han acabado los fetos”.

Y recuerdo a mi madre defendiéndose contando que yo no estaba nada mimada, que no era nada egoísta (sí, esgrimen el egoísmo ante las parejas que no quieren tener hijos y también ante la situación del hijo único) elaborando la teoría de que yo lo compartía todo porque no tenía un hermano en casa que me disputara los juguetes. Por cierto, que es algo que no creo que sea cierto, el apego a los objetos y el grado de “mío mío” no obedece a un factor tan simple. Y es la opinión mayoritaria de los profesionales:

Según la psicóloga Gabriela Ensinck, el hecho de ser hijo único no es un elemento que define por sí solo el futuro de un niño. Su evolución, como la de cualquier otro, depende de la educación que le den sus padres. El hijo único puede tener un desarrollo tan sano como el de un hijo con hermanos. Algunos problemas que experimentan los niños, como la dependencia de los padres, el consentimiento, la sobreprotección, introversión, etc, no son sólo características de los hijos únicos. Se deben, en la mayoría de las veces, a la manera como los padres los educan.

También se escudaba en problemas de salud: mi parto que acabó en cesárea fue muy malo, estaba el problema del RH, también que ella estaba delicada del corazón a partir de mis cuatro años…

Eso ya frenaba más.

Las charlas sobre mi condición de hija única llegaron a mi edad adulta, con largas e incluso encendidas discusiones en las que gente cercana me insistía en lo que me había perdido por no tener un hermano, que una relación como la que tienes con un hermano no la tienes con nadie. Absurdo, estoy harta de ver hermanos que se han convertido en los peores enemigos y hermanos que se ignoran con muy distinto grado de cordialidad. También estoy cansada de ver relaciones intensas, especiales y perennes con familiares de segundo o tercer grado y con buenos amigos que son más que muchos hermanos, personas que la vida ha puesto en tu camino y has elegido que sigan permaneciendo a tu lado.

No pasa nada por no tener hijos. No pasa nada por tener un hijo único. Esos niños no tienen por que ser más mimados o egoístas, la personalidad de cualquier niño se forma por un conjunto amplio de factores innatos y adquiridos. No crecen tristes por no tener un hermano con el que jugar, yo es algo que nunca eché de menos. Tampoco ahora.

Y tampoco pasa nada por tener mas de tres hijos, que la gente se está haciendo cruces y tachando de locos (aquí no parece haber egoísmo, sino pérdida de cordura) a todos los que se atreven con la familia numerosa.

Parece que lo único que evita presión es tener dos hijos, sobre todo si tienes la famosa parejita, el niño y la niña. Ahí te dejan en paz. Menos mal.

De verdad, qué puñetera manía con intentar dirigir la vida de los demás, con proyectar en ellos lo que nosotros haríamos en sus zapatos. Mucho mejor sería ponernos en los zapatos ajenos para comprender, empatizar, no juzgar y dejar a cada cual tranquilo con sus decisiones y circunstancias.

* Foto: GTRES