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¿Cómo eran los deberes de los que ahora somos padres?

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Domingo de la primera huelga de deberes que tiene lugar en España, consistente en no hacer tareas los fines de semana, en no entregarlas el lunes durante todo noviembre. Si os soy completamente no me gusta que la huelga se esté convirtiendo en una confrontación entre (algunos) padres y (algunos) profesores. La autoridad de los maestros no debe minarse, eso no es bueno para nadie, pero los padres tambien deben ser escuchados y en muchos centros no es así. Sí me gusta que ponga sobre la mesa el debate de cómo enseñar a nuestros niños cuando está claro que el sistema de ahora no funciona.

Pero no es de eso de lo que querïa hablar hoy. Digiriendo todo este tema, viendo a padres en favor, padres en contra y padres medio pensionistas respecto a los deberes (no respecto a la huelga, que ese es otro tema, me refiero únicamente a las tareas en casa, sobre todo en lo que atañe a los niños de Primaria), me dio por pensar en los deberes que tuvimos nosotros, sus padres.

Ahora veo a mi alrededor a niños que, desde los cinco años, llegan con tareas a casa. Niños que empezaron Infantil el colegio con cuatro años, incluso con tres si nacieron en el último trimestre del año. Yo entré a los cinco en lo que llamábamos Parvulitos y los deberes tardarían muchos años en llegar.

No recuerdo hacer deberes hasta octavo de EGB, con unos trece años. Antes eran tan pocos o tan fáciles que ni cuentan. Y no supusieron nada que hubiera que tomarse razonablemente en serio hasta segundo de BUP. Había también trabajos que investigar, y era algo que prefería con mucho y con lo que aprendía más que con ejercicios puros y duros. Lo mismo vale para estudiar. En octavo ya tuve que empezar a estudiar algo más, pero hasta BUP fue un paseo. Tuve pocas extraescolares, ninguna que yo recuerde en el colegio. Llegaba a casa pronto (la hora exacta seguro que la recuerda mejor mi madre que yo, la memoria es traicionera) y toda la tarde era para mí, para jugar, para leer, para idear con qué no aburrirme.

Hablando con gente a mi alrededor me dio la impresión de que esa era la norma de los que ahora somos padres o estamos en edad de serlo. Que en nuestra vieja EGB la carga de deberes era, por norma general, muy inferior, así que pedí en mis redes sociales alto que también os pido a vosotros: que recordéis vuestra infancia, que me digáis si los deberes os agobiaban o no recordáis que os dieran mucha guerra y a partir de qué edad empezasteis a tenerlos. Si además me contáis si teníais actividades extraescolares y a qué hora llegáis del cole a casa, mucho mejor.

Gracias a todos los que habéis compartido conmigo vuestra experiencia, también a los que lo hagáis. Creo que es francamente interesante y puede ayudar a reflexionar. Y también gracias a vosotros tenemos el post más largo de este blog, que ya va camino de los nueve años de existencia 😉

Marta: Yo extraescolares ninguna, por suerte mi madre estaba en casa (con seis hijos no hay quien trabaje). Deberes, un poco de cada asignatura, no recuerdo que fueran demasiados. Con la edad más, claro. Los que te ponen y los que te impones tu (memorizar cosas, preparar exámenes…).

Almudena: Estudié EGB en los años 70. Colegio público.El horario era de 9 a12 y de 3 a 5, aunque durante varios cursos fue hasta las 6. Esa hora, que se llamaba permanencias era de pago y se le pagaba directamente a los maestros. Se suponía que era para realizar actividades no lectivas, pero yo lo recuerdo como una hora más de clase No recuerdo haber estudiado para los exámenes hasta séptimo. Para hacerse una idea de lo que mandaban, recuerdo que el tutor de séptimo nos dijo que ya teniamos que dedicar todos los días dos horas a deberes y estudiar. Yo intenté hacerlo, hice todos los deberes, estudié todo lo que habiamos dado en clase y me leí los temas del día siguiente. Me sobró una hora entera, y siempre he sido muy lenta escribiendo. Así que calculo que hasta los 12 años mucho menos de una hora de deberes. Las extraescolares en esa época y al menos en mi entorno socioeconómico ni se sabían lo que eran. Yo iba a un colegio un poco especial, en el poblado del Parque Móvil Ministerios, y sí que había una piscina en la que daban clases de natación, escuela de fútbol para los chicos y una academia de mecanografía a la que podías apuntarte a partir de los 10 o 12 años. Eso era lo mas parecido a extraescolares

Mónica: Deberes muy pocos, leer y hacer resumen del libro, algún trabajo… Y clases extraescolares un deporte, el que quisiéramos mi padre nos decía, yo karate.

Mariluz: Mi experiencia y recuerdos son similares. En BUP empezaba lo serio. Las lecturas obligatorias las recuerdo con poco cariño porque no siempre eran lo que querías leer. No puedo imaginarme estudiando para aprobar exámenes cada 10 días. Me hubiera gustado una etapa infantil como la que hay ahora de aprendizaje a través del juego. No sé por qué en Primaria se olvidan de eso. Y me hubiera gustado más prácticas de oratoria. Igual. No sé por qué en Infantil ahora lo hacen y se olvidan en Primaria, relegado sólo a la exposición de algún trabajo. Pero en cuestión de deberes no lo cambio por lo que hay ahora aunque había mucho que mejorar. Parece que vamos a peor en lugar de a mejor. Y los profesores eran más maestros y estaban más disponibles. Ahora con los nuevos horarios hay padres que sólo ven a la tutora una o dos veces al año y pidiendo permiso en el trabajo. Y quieren implicación de las familias en las escuelas, pero muchas lo dicen porque queda bien. Luego o no hay horario o no hay escucha. Y eso que yo del cole de mi niña no me quejo del todo. Pero hay otros….. Lo mismo en Primaria me quejo más. Ya queda menos.

Carlota (veinteañera, de la ESO): Yo tenía muchísimos deberes, muchísimos. Recuerdo estar varias horas todos los días y los domingos, que por cierto los odiaba por esa misma razón. Y el día que tenía extraescolares terminaba exhausta, lógico.
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Los mejores deberes: ir a museos, cocinar, leer juntos, salir al campo, los juegos de mesa…

Mi hija, en Segundo de Primaria, no tiene deberes en su colegio. Mi hijo, que va a un centro de educación especial por tener autismo, tampoco los tiene. Probablemente secundaría la huelga de deberes que arranca este fin de semana impulsada por la CEAPA si viera a mis hijos, con la edad que tienen, (siete y diez años) cargados de deberes como veo a niños ajenos. Niños de seis, de ocho, de once años. Niños muy pequeños para los que el aprendizaje natural y mediante el juego es aún primordial y que tienen jornadas maratonianas.

Imaginad que tenéis ocho años, por ejemplo, y entráis al colegio a las ocho o las nueve, volvéis a casa a las cinco de la tarde, a las ocho y media se cena y a las nueve o nueve y media tocara ir a la cama. Imaginad que en esas tres horas y media que hay entre las cinco y las ocho y media tuvierais muchos días alguna actividad: inglés, robótica, baloncesto… Las horas libres podrían ver reducidas a un par. Ahora imaginad que hay que hacer tareas, terminar fichas, hacer ejercicios durante ese par de horas. Aunque no hubiera extraescolares probablemente os pesarían y desmotivarían. Tareas que colean y se acumulan para el fin de semana.

Ahora imaginad que esa jornada la tiene vuestra pareja, que llega a casa a las cinco o las seis teniendo que dedicar una o dos horas a seguir trabajando y que el fin de semana también le toca currar. ¿Qué opinaríais?

Yo no estoy en contra de que chavales más mayores, que además suelen tener jornadas más breves por intensivas, se dejen los codos estudiando (dentro de lo razonable, que conozco adolescentes que dedican cuatro horas diarias) y tengan que afianzar lo que aprenden en el instituto en casa mediante ejercicios. Pero los niños de Infantil y Primaria no deberían estar en esa rueda. Y eso no quiere decir que los niños de Infantil o Primaria no deban reforzar también lo que trabajan en clase, pero no sentados a una mesa rellenando fichas.

Una tarde de juegos de mesa en familia, una visita a un museo, ayudar a cocinar, leer con ellos un cómic de Pokemon aprovechando su interés por esos bichos, hacer experimentos caseros, salir a pasear a los perros y recoger distintos tipos de hojas para convertirlas luego en casa en hadas, jugar con una aplicación que muestra las constelaciones… Todo eso puede reforzar conocimientos y de una manera más efectiva, por lúdica, que la ficha y el ejercicio. De una manera, además, que nos permite disfrutar en familia. De una manera individualizada, porque no todos los niños necesitan trabajar lo mismo y de la misma manera.

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Una huelga que no se puede medir, un daño que solo podemos imaginar

Es imposible valorar el éxito en las huelgas como la de hoy contra la Lomce con una vara de medir numérica. Incluso aunque los números fueran sólidos y fiables, que nunca es el caso. Tantos han ido, tantos se han quedado, tantos la secundan.

Mi hija, que está en segundo de Primaria, no ha ido hoy al colegio. No ha ido porque he podido organizarlo para que así fuera, pero me consta de muchos padres que echan pestes de las pruebas de la reválida y que habrían dejado a sus hijos en casa si hubieran podido. Pero no pueden. Ellos tienen que ir a trabajar y, por tanto, sus hijos al colegio a pasar el rato lo mejor posible con los servicios mínimos.

También hay padres que no están informados, gente preparada e interesada por estos asuntos a los que la actualidad les ha esquivado (entre trabajos y quehaceres varios puede pasar perfectamente) y en sus centros escolares no les han informado, sobre todo si esos centros no son especialmente peleones en estos asuntos. Ayer me encontré con muchos casos así cuando escribí al respecto en mi muro de Facebook.

Aquí tenéis más información si estáis en ese caso:

Por supuesto los hay a los que ni les va ni les viene, que no lo acaban de entender, que no les preocupa, que están a otras cosas aunque lo que esté en jugo sea el futuro de sus hijos.

Y también aquellos que no están de acuerdo, que no conciben las huelgas como forma de protesta, que la Lomce les parece requetebién o/y se agarran ante cualquier cosa que implique una camiseta verde al “con lo bien que viven los profes” o que “no se pude ser tan blanco con los niños” sin pensar más allá.

Mi hija sí ha ido porque creo firmemente que todas esas pruebas estándar en las que alguien ajeno al niño le evalúa, pruebas cuya nota cuenta a partir de Secundaria y que sustituirán a la Selectividad, serán motivos de desigualdad, traerán frustración, injusticias y fracaso escolar.

Para los niños con necesidades educativas especiales, para aquellos que más se esfuerzan y con más handicaps parten, aún más. ¿Cómo afectarán a los niños que necesitan adaptaciones curriculares? ¿En qué se traducirán todos sus esfuerzos cuando se encuentren frente a ese examen que no contempla al individuo?

Es imposible medir a nuestros hijos con esas pruebas de una manera justa, de la misma manera que acciones como las de hoy son imposibles de cuantificar.

 Varios jóvenes, durante la primera huelga estudiantil convocada este curso en rechazo a las reválidas o pruebas finales de ESO y Bachillerato que fija la Lomce, hoy en Santiago de Compostela. EFE/Xoán Rey

Varios jóvenes, durante la primera huelga estudiantil convocada este curso en rechazo a las reválidas o pruebas finales de ESO y Bachillerato que fija la Lomce, hoy en Santiago de Compostela. EFE/Xoán Rey

 

El acoso escolar hay que trabajarlo en las dos direcciones (necesitamos psicólogos en los colegios)

Escena de acoso escolar (GTRES).

(GTRES).

Leo las noticias sobre acoso escolar, sobre niños con frecuencia muy pequeños, sufriendo por la crueldad de otros miembros de su manada escolar. El último, un niño de doce años con una discapacidad del 33% que no sale de su habitación y está tomando ansiolíticos.  Aunque las nuevas tecnologías abren nuevas vías no creo que haya más, es que antes los medios no nos planteábamos que fuera noticia. Cosas de críos, como también pensaban muchas familias.

Se me parte el corazón, pero creo que tendría más o menos claro el camino a seguir si fuera mi hijo. Lo primero sería sufrir como si el maltrato lo hubiera recibido yo. Luego denunciar, darle todo el apoyo y amor que fuera capaz, buscar ayuda especializada y, casi con toda seguridad, buscar otro colegio.

Es lo que han acabado haciendo todas las personas que conozco cuyos hijos lo han estado pasando mal por culpa del bullying. Todas, absolutamente todas, decepcionadas con el proceder de sus distintos centros escolares.

Injusto completamente. Precisamente la víctima es la que tiene que irse, desarraigarse de su colegio, perder tal vez a los amigos que tuviera, buscarlos nuevos aunque sea de los que le cueste. Los que acosan permanecen en su centro, con su vida apenas alterada.

Y aún así yo también lo haría. Yo también le sacaría, porque no querría a mi hijo en un entorno hostil en el que sufre. Se puede luchar de muchas maneras contra el acoso, por la inclusión, pero no empleando a tus hijos como ariete.

Pero os voy a decir una cosa. Estoy convencida de que sufriría lo mismo y más y estaría mucho más perdida si mi hijo fuera el acosador.

Es curioso como solo he sabido de una persona que reconociera que su hijo había acosado a otro, pese a que los padres de víctimas que me he topado son varios. Curioso porque los que acosan son más en número.

Era una persona empática, bondadosa y completamente perdida. No sabía cómo encarar aquel comportamiento de su hijo. “En casa no somos así, no les hemos transmitido eso”, me decía. También tendía a disculparlo, explicando que el cabecilla era otro, que su hijo solo se dejaba llevar.

No son chiquilladas, no es algo a lo que quitar importancia. Es muy duro, muy doloroso reconocer que tu hijo es un verdugo y actuar en consecuencia.

Por suerte ellos reaccionaron y buscaron la ayuda de un psicólogo. Por desgracia muchas familias no tienen su preparación y sus medios. Aún sucede que si al niño le salen dos granos comiendo nueces vamos corriendo al médico, pero nos cuesta horrores tratar lo que es más importante, hay que romper varias barreras mentales para llevar a un niño a psicólogo.

Y los buenos psicólogos, los que están especializados y te atienden rápido, no son baratos. 

Más motivos para la desigualdad.

Estos días he estado leyendo varios textos en los que sus autores contaban que habían sufrido acoso escolar. Ahora, ya adultos, hablan abiertamente de cómo fue su experiencia, de que el acosado nunca tiene la culpa, de que nadie está libre de ser acosado. Tienen razón. Pero, ¿sabéis qué? Aun estoy esperando a alguien que salga del armario y diga “yo hice la vida imposible a otros niños, yo fui un matón, yo les acosé”. Los padres de los niños que sufren acosos salen entrevistados en los medios, los otros no.

El acoso escolar hay que frenarlo en las dos direcciones y para eso hay que verlo y reconocerlo en las dos direcciones.

Los protocolos no funcionan, nuestros hijos tardan en contar en casa lo que les sucede en el colegio aunque les intentemos sonsacar, los medios para tratarlo a tiempo en uno y otro lado son escasos o costoso, muchos de nuestros niños van a pasarlo mal y, en algunos casos, quedar con cicatrices para siempre, al lugar al que deberían ir a pasarlo bien y aprender.

Lo peor, que no parece que sea una prioridad a solucionar en la agenda política de nuestros dirigentes.

Hacen falta medios, profesionales cualificados en todos los centros, formados y actualizados para bregar con el acoso, terapias psicológicas gratuitas para los niños que lo necesiten y talleres que trabajen la inteligencia emocional y la empatía con los niños.

En lugar de eso en los últimos años nos hemos encontrado que los orientadores desaparecen de los centros, que se ven obligados a repartirse entre varios colegios, que tienen que manejar más de lo que son capaces de abarcar y sin posibilidad de especializarse.

Necesitamos buenos psicólogos en los colegios. Y los necesitamos ya.

¿Qué te parece que las guarderías tengan webcam? ¿Y los coles e institutos? ¿Y los centros de educación especial?

En los baños no está permitido poner webcams (GTRES)

En los baños no está permitido poner webcams (GTRES)

Lo de poner webcams en las guarderías (mejor escuelas de educación infantil, ya lo sé), es un tema que arrancaba cuando fui madre por primera vez hace una década y que había avanzado unos cuantos pasos cuando lo fui de nuevo hace casi ocho. Dado que ni Jaime ni Julia fueron a guardería, la verdad es que tampoco es algo a lo que diera demasiadas vueltas.

Recientemente he sabido de una madre mucho más reciente que yo, que a este paso tendré que buscarme otro nombre, que sí que tiene a su hijo en una de estas guarderías con cámara. Mirando por encima de su hombro, por primera vez pude ver lo que era observar a tu hijo merced a la tecnología. Era la hora de la comida y se veía a los niños sentados, tranquilos y alimentándose con ayuda. Las imágenes llegaban en blanco y negro y para cualquiera que no conociera bien a los niños resultaba imposible identificarlos, los rostros se veían muy pequeños y sin definir. Tampoco se oía nada. Muchas de esas pequeñas cabecitas podrían estar llorando y sería imposible de saber.

Sé que hay otras webcams instaladas en guarderías en las que sí hay sonido, que son en color y con más definición. También que en todos los casos emiten únicamente desde espacios comunes, sin entrar en baños, cambiadores o en lugares privados de los trabajadores. Obviamente, no emiten en abierto. Los padres reciben un código que es el que les permite asomarse a esa pequeña ventana virtual.

Viendo y enterándome de todo eso, era inevitable pensar qué hubiera querido yo de haber tenido que llevar a mis hijos a una guardería. ¿Hubiera elegido un centro por encima de otros por tener este servicio? No lo creo. Ocuparía una posición bajísima entre lo que buscaría, no sería en absoluto una prioridad. Tampoco supondría para mí un problema que tuviera webcam, que me consta que hay padres que no se sienten a gusto sabiendo que hay cámaras observando lo que hacen sus hijos. Sé que es posible que entrase de vez en cuando a mirar un rato, sobre todo al principio, pero que la norma sería no hacer ni caso a la web con la webcam. Siempre que todo fuera bien, dentro de la normalidad, claro. Es cierto que si hubiera algo que me tuviera con la mosca detrás de la oreja, desde una enfermedad a un amiguito peleón pasando por la sospecha de que los trabajadores de la guardería pasan demasiado de ellos, sí que podría estar mas pendiente. Claro que si estuviera mosqueada por algo tal vez podría malinterpretar lo que veo.

Entre los que no son partidarios al uso de cámaras en las guarderías se encuentran los que se toman muy en serio el derecho a la privacidad, muchos de ellos alegan, con razón, que no es tan difícil hackear estas webs y que un código puede pasar por muchas manos. Y no me refiero únicamente a los padres que no desean que se difundan imágenes de los niños, también están los trabajadores que tienen todo el derecho a tener su intimidad. Tanto unos como otros deben aceptar por escrito previamente la presencia de las cámaras.

Entre los defensores están los que lo consideran una garantía que asegura el bienestar del niño. Ha habido de vez en cuando, por desgracia, noticias de abusos, descuidos o trato inaceptable hacia niños pequeños por parte de sus cuidadores, en el hogar y en guarderías. Con niños tan pequeños que no pueden denunciar que algo así está sucediendo, la presencia de cámaras es un importante elemento disuasorio, porque son muchos potenciales ojos mirando. Si hay quince niños jugando, hay muchos padres que pueden estar supervisando, no solo a su hijo, también a los de los demás.

En Ser padres hay una encuesta con casi 4.500 respuestas. Al 44% sí que les gustaría poder ver a su hijo, el 18% lo consideran una intromisión innecesaria que no aporta gran cosa y el 38% no lo tiene claro, les gustaría ver a su hijo pero no que otros padres puedan verlo.

Imagino que al final, como todo, es simplemente un instrumento, una herramienta. Y como cualquier instrumento o herramienta será útil o incluso peligrosa dependiendo del uso que se le dé.

Por algún misterio insondable en todas las fotos de agencia de guarderías sale un miembro de la realeza (GTRES)

Por algún misterio insondable en todas las fotos de agencia de guarderías sale un miembro de la realeza. (GTRES)

Con niños mayores, que pueden contarnos lo que ha pasado, nadie se plantea el uso de estos dispositivos. Pero viendo casos como el de la niña que recibió una paliza en Mallorca hace pocos días, me pregunto si no sería también una herramienta útil para evitar el acoso escolar. O por lo menos para clarificarlo. Os aseguro que a mí me da más miedo lo que pueda pasarle entre clases o en el patio a mi hija cuando sea más mayor y autónoma que lo que pueda suceder en una guardería. ¿Deberíamos plantearnos el uso de cámaras el colegios de Primaria y Secundaria? ¿Y en Institutos?

Y los que soléis leerme ya sabéis que tengo un niño con autismo que va a un centro de educación especial, un centro en el que muchos chavales se encuentran en una situación similar a la de esos niños de hasta cuatro años de las guarderías: no pueden contar lo que les ha pasado, no pueden comunicar si alguien ha abusado de ellos o les ha tratado mal.

Las justificaciones que valen para poner cámaras en las guarderías podrían aplicarse también en estos centros. Y aquí hay un factor más, ver las sesiones nos podría ayudar a los padres a trabajar en la misma línea que en el colegio con nuestros hijos. ¿No deberían tener también cámaras los colegios de educación especial?

No es fácil ser un buen maestro

a00481789 325No es fácil ser maestro. Tengo en la cabeza a los maestros que conozco por mis hijos, de Infantil, Primaria y Educación Especial. La gran mayoría son personas implicadas, formadas, que respetan a los niños, que dedican tiempo fuera de su jornada y con los que la relación siempre ha sido buena. Imagino que he tenido suerte, aunque hemos mejorado mucho respecto a cuando yo era niña. Por ellos sé que no es fácil ser maestro, menos aún maestro.

Bueno, voy a rectificar. No es fácil ser un buen docente, es muy fácil ser uno malo, uno que simplemente cumple el expediente.

Hoy es el día del docente y os voy a ser sincera, recuerdo muy pocos profesores con cariño, muy pocos que me marcaran. Estudié la (incomprensiblemente para mí) añorada EGB en los años ochenta y principios de los 90 en un colegio religioso, los primeros años privado y después concertado, solo de niñas. Entre los docentes abundaban las religiosas, muy poco preocupadas por la excelencia académica, evitar situaciones de acoso o inculcar valores. En Infantil ponían a las más mayores y estaban muy poco cualificadas; con una de ellas, a cargo de mi curso de preescolar, tuvo que hablar mi madre porque me había puesto un mote.

Su mayor interés era que pasáramos de curso sin darles mucha guerra y arañando a nuestras familias todas las pesetillas que pudieran, vía material escolar, uniformes… Incluso intentaron librarse de pagar la limpieza haciendo que nos quedásemos dos niñas después de clase cada día para limpiar el aula a partir de los diez años, menos mal que esa ocasión los padres se pusieron en pie de guerra y lo evitaron. Recuerdo que a las alumnas mayores, niñas de a partir de doce y trece años, nos mandaban al patio de las pequeñas a cuidarlas, a vigilar. Un despropósito.

Recuerdo también que expulsaron brevemente a una compañera por haberla visto enrollarse con un chaval del colegio de enfrente en una calle cercana. No solo la expulsaron, nos reunieron a todas para contárnoslo y hacer ejemplo (y escarnio) de ella. ¿Qué problema hay en que una adolescente esté besándose con un chico en la calle? ¿Qué potestad tiene el colegio para establecer un castigo por algo así? Ninguno, obviamente, pero ellas estaban indignadas porque llevaba el uniforme del colegio y estaba mancillando la reputación de toda la institución.

En aquel colegio, que sigue en activo pero por suerte ya es mixto, con otra dirección y apenas monjas dando clase, también había profesoras laicas, en bastantes casos antiguas alumnas y con frecuencia con relaciones familiares entre ellas. Solo hubo un hombre dándome clase en todos los años que estuve allí, y estuve desde los cinco hasta los dieciséis.

La gimnasia era sueca y nos limitábamos a mover los brazos como molinillos. El nivel de las asignaturas de ciencias daba risa. No importaba, total las ciencias no eran cosa de niñas y casi todas acabábamos en letras. Allí vi cómo ignoraban a las alumnas que requerían más apoyos, como invitaban a irse más pronto que tarde a aquellas que hoy calificarían como de necesidades especiales, su favoritismo si ibas al rosario del mes de mayo, participabas en sus convivencias cristianas extraescolares, tocabas la guitarra en el coro o tus padres iban a misa los domingos a la iglesia del colegio.

De aquella etapa sólo recuerdo con cariño a dos maestras. Una ya tenía edad de estar jubilada y solo impartía una asignatura. Logró ser universitaria a una edad en la que muy pocas mujeres lo conseguían, devoraba El País y tenía su casa llena de periódicos. Vivía por mi barrio, nos saludábamos con afecto siempre que nos encontrábamos y lamenté su reciente muerte. Era inteligente y era una buena persona.

Otra, la mejor, me duró muy poco, apenas un curso. La recuerdo joven y enseñaba literatura cuando teníamos catorce años, interpretábamos las obras de Casona y Lorca en clase, amaba los libros, se le notaba y hacía todo lo que podía por transmitírnoslo. Su forma de enseñar y su trato eran distintos a todo lo que había conocido y me enamoró, logró lo que ninguna otra profesora en ese centro, convertirse en alguien importante para mí, alguien que inspiraba y que me hacía querer saber más. Estaba deseando que llegase su hora de clase.

Apenas un curso. Cuando quedaba poco para el verano nos dijo que había aprobado la oposición y conseguido plaza para enseñar en un instituto. Se fue a la enseñanza pública, lloró, unas cuantas la lloramos, envidié a los chicos que iban a tenerla como maestra y le perdí la pista para siempre.

Ojalá pudiera encontrarla ahora para contarle lo importante que fue para mí. Ojalá me contestara que todo le ha ido bien.

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Y desembarqué en el instituto en COU y aquello era otro mundo. Un mundo en el que fui mucho más feliz. Estudie más que ningún otro año en toda mi vida, incluyendo los años de carrera, porque quería subir mi nota media y hacerlo bien en selectividad, pero aquella libertad de acción era lo que necesitaba. Allí encontré un profesor de filosofía deprimido que faltó muchísimo a clase y cuando iba era todo raro, raro, raro, con sustitutos que no llegaban, pero también a una profesora de latín que aprovechó que éramos cuatro gatos en clase para hacerme disfrutar como una enana traduciendo a Virgilio, otra de Historia del arte que era probablemente la profesional más competente que me he encontrado en la enseñanza y una de Historia Contemporánea que venía con fama de dura pero que sabía lo que se hacía y me hizo aprender muchísimo, en primero de carrera tenía la misma asignatura y la aprobé con sus apuntes. De hecho tenía un trato aséptico e impersonal muy semejante al que vería luego en la universidad.

Cuando uno se hace mayor ya no necesita que un maestro le conozca, le entienda, le integre, le asista emocionalmente. Que eso no sobra a ninguna edad, ojo, pero no es igual. A partir de cierta edad basta con tener delante un buen profesional capaz de transmitir sus conocimientos.

De esos tuve pocos en la universidad. Periodismo en la Complutense fue una tremenda decepción. Al profesor que mejor recuerdo fue a José Julio Perlado. Crucé muy pocas frases con él y dudo que pisara su clase más de media docena de veces, pero me gustó mucho lo que hizo, que no tenía nada que ver con todos los demás y que me parecía semejante a lo que sería trabajar en un periódico. Sé que compañeros míos no opinan lo mismo, pero fue la asignatura que yo más disfruté.

Al llegar el primer día a clase nos pidió que escribiéramos entrevistas y reportajes que nos gustaría hacer, recogió todas nuestras ideas locas y, en la siguiente clase, nos encargó a cada alumno una entrevista y dos reportajes, a ser posible de lo que habíamos propuesto. Nos marcaba la extensión, el formato y había que entregar fotos. Si no conseguíamos la entrevista no pasaba nada, presentábamos lo que habíamos preparado y las preguntas que le hubiéramos hecho. Ese fue mi caso, me tocó Paco Rabal y ya estaba muy mayor, lo más que logré fue hablar brevemente por teléfono con su mujer. Los reportajes fueron sobre los conciertos de música clásica en Madrid y sobre la Policía Nacional a caballo. El primero estuvo bien, acudí a varios conciertos, pude ver ensayos y entrevisté a varios músicos. El segundo fue aún mejor. Durante un mes entero salía de clase a las doce y me iba en transporte público a la Casa de Campo, caminaba hasta las instalaciones en las que trabajaban caballos y policías y me quedaba un rato por allí, charlando con ellos y echando un poquito una mano con los animales, con lo que procedía y me dejaban. Logré meter la cabeza tirando de un policía amigo de la familia, y durante este tiempo me fui ganando la confianza de los que allí estaban y convirtiendo un poco en una mascota, la inofensiva estudiante de periodismo de 19 años. Ojalá hubiera conservado una copia del reportaje que le entregué. Desde aquello aún hoy no puedo evitar sonreír ante los policías que veo a caballo.

Cuando comencé tercero de carrera comencé a trabajar a jornada completa y ya no pisé la facultad más que para recoger apuntes y hacer exámenes. Al menos no teníamos Bolonia y podía compatibilizar trabajo y estudios.

Veinte años estudiando y solo he podido destacar a seis docentes de entre todos los que tuve. No es mucho. O tal vez sí. La verdad es que no lo sé.

¿Veis? Al final va a ser verdad que no es fácil ser maestro.

* Fotos: GTRES

La vuelta al cole de los niños con enfermedades crónicas

La reciente vuelta al cole no es igual para ningún niño, pero desde luego puede ser muy distinta para los más de 35.0000 niños y sus familias que cursan Educación Especial, ya sea en centros especiales o en centros ordinarios que practican la inclusión. Si os interesa leer al respecto, aquí os dejo este reportaje enlazado.

(UEX)

(UEX)

Pero también puede suponer retos mayores para los alumnos que tienen enfermedades crónicas como asma o diabetes. Lo sé bien, ya os he comentado alguna vez que un niño de mi familia tiene diabetes desde que era un bebé de menos de un año. La primera dificultad ya radica en la elección de colegio, ya que disponer de médico o enfermera puede primar sobre otros aspectos que también son importantes.

Justo estos días la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap)  ha recordado que tiene en su web a disposición de los profesores una Guía Informativa para Centros Docentes.

Efectivamente, me parece que puede resultar muy útil para los profesores, pero aprovecho para compartir aquí algunos enlaces de la guía, porque creo que pueden ser útiles para todos, no solo para los maestros:

Niños con enfermedades crónicas

Situaciones de urgencia

Accidentes

El principal consejo que dan desde la AEPap a los padres de niños con enfermedades crónicas en el arranque de curso es de sentido común: “si tu hijo tiene alguna enfermedad crónica, como alergia crónica, asma, diabetes, celiaquía, intolerancia a determinados alimentos o algún problema en su desarrollo es importante que lo sepan en su centro escolar”.

No informar puede entrañar riesgos que nadie debería correr cuando es la salud de su hijo de lo que estamos hablando.

En el caso de los niños con asma, el inicio del curso puede ser una época especialmente difícil, porque el pequeño tiene contacto con un mayor número de desencadenantes en el aula, que ha permanecido cerrada durante los meses de verano. Por eso, antes de empezar el cole quizás es conveniente consultar con su pediatra si debe tomar algún tratamiento preventivo de base y dar algunas pautas de actuación y tratamiento a su profesor, preferiblemente por escrito, que incluyan consejos en caso de que el pequeño tenga síntomas en clase.

Para los niños con diabetes, es conveniente que todo el personal docente del centro sepa qué hacer en caso de emergencia y dónde está la medicación. En ocasiones, estos pequeños pueden necesitar ingerir algo de alimento fuera de las horas de comida para evitar las hipoglucemias y también es posible que necesite inyectarse insulina en clase, por lo que sus profesores deben estar al tanto de su diagnóstico y facilitarle sus cuidados.

Pero lo mismo funciona en sentido contrario claro: “los maestros y educadores son una figura clave en la detección temprana de algunos problemas de salud que pueden interferir en el proceso de aprendizaje de tu hijo, como los problemas de visión, trastornos del lenguaje, dislexia… “La comunicación entre padres y profesores es un pilar clave en la buena salud física y emocional de nuestros hijos”, señala la Dra. Concepción Sánchez Pina, pediatra y presidenta de la AEPap”.

Os dejo con el resto del comunicado:

Las enfermedades crónicas suponen, más allá de lo físico, un reto emocional y psicológico para muchos pequeños, que no quieren sentirse diferentes de sus compañeros y que pueden llegar en algunos casos, a negar o disimular su propia patología por falta de aceptación. En el caso de los más pequeños, las dificultades pueden derivarse de su incapacidad para controlar aún sus síntomas o medicación; mientras que en el caso de los adolescentes, pueden llegar a prescindir del tratamiento por su cuenta para seguir haciendo una vida lo más parecida a su grupo de amigos.Por todo ello, para muchos menores españoles con enfermedades crónicas, la vuelta al cole puede ser un momento incluso más especial que para el resto de sus compañeros, por lo que la comunicación entre la familia y el centro escolar es clave.

 

Habla una monitora de un comedor escolar (que está dispuesta a responder vuestras preguntas)

EUROPA PRESS/JCCM

EUROPA PRESS/JCCM

Ayer la portada de 20minutos estaba llena de comedores escolares, por un lado teníamos el reportaje de mi compañera Lolita Belenguer, por otro una encuesta y, por último, el post que publiqué ayer. Todo eso animó a una persona que fue monitora de un comedor escolar a escribir en Menéame ofreciéndose a responder las preguntas “las dudas que podáis tener acerca del funcionamiento de este tipo de comedor, de la manera de servir o recoger los platos, de si se les obliga a comer o se respetan sus gustos, de las instalaciones o de cualquier cosa que creáis oportuna”.

Os animo a plantear vuestras preguntas y os recomiendo su lectura, a mí me ha resultado muy interesante. Es de agradecer que se haya prestado a algo así.

Por ejemplo, no sabía que muchos niños que se quedan a comedor no se lavan los dientes porque en el comedor de Jaime sí que lo hacen.

Donde yo estuve pregunté por el tema y la directora me dijo que se había intentado implementar, pero que habría hecho falta más personal porque realmente al menos al principio es más difícil controlar a 20 niños cada uno con su cepillo y dentífrico que en el comedor. Pienso que debe ser por la falta de costumbre de los niños, pero donde yo estaba me dijeron que se tuvo que dejar porque no les daba tiempo, derramaban dentífrico sobre ellos y sobre todo lo que les rodeaba y era un caos, así que supongo que la empresa no debe estar dispuesta a contratar personal extra para controlar que los niños se laven los dientes y después limpiar todo.

Una pregunta que yo también le hubiera hecho. ¿Llevaría a sus propios hijos a comedor o los llevaría a comer a casa?.

Si no me quedara más remedio si, les llevaría sin problema. Personalmente pienso que como en casa no van a comer jamás en un comedor, y respecto a la calidad te puedo decir que era mejorable, en el caso de embutidos, fruta… Se notaba que eran de los más baratos y personalmente en casa por muy poco dinero más podría comprar cosas mejores. Otras cosas, como la tortilla francesa que estaba hecha en microondas con huevo pasteurizado no estaban todo lo buenas que podrían estar siendo caseras, pero no tendría problema en que mis hijos comieran esa comida ya que en términos de seguridad alimentaria era perfectamente segura y al menos donde yo estuve la proporción entre nutrientes era muy equilibrada, casi no les ponían fritos ni cosas con grasa, traían ensalada o verduras a diario, alternaban bastante la carne y el pescado y casi siempre había un plato de cuchara. El hecho de tener primer y segundo plato con guarnición hacía muy difícil que los niños comieran poca cantidad, y respecto a los postres, uno o dos días por semana había lácteos, el resto fruta y ocasionalmente algún pastel. Como cosas mejorables respecto a la comida como te digo la calidad, que sin llegar a ser incomestible podría ser mejor y quizás que en verano alteraran los menús para no comer tanto cocido o estofado de patatas, que apetecen menos con el calor aquí en el sur.

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En los comedores escolares también deberían respetar los gustos y diferentes apetitos de los niños

EUROPA PRESS

(EUROPA PRESS)

Os recomiendo la lectura del reportaje que ha publicado hoy mi compañera y madre reciente (más que yo) Lolita Belenguer sobre comedores escolares, en el que habla de cómo la línea fría de catering se va extendiendo (el 61% de los centros lo usan), de cómo cada vez más voces defienden la tradicional cocina en el colegio y piden el uso de productos locales y ecológicos. Ha hablado con colegios a los que cocinando les salen las cuentas, con las empresas que los elaboran y con una nutricionista.

En serio que merece la pena dedicarle unos minutos, Aquí podéis leerlo entero.

Ya os comenté hace tiempo que para mí el comedor escolar era un mal necesario, que prefiero que mis hijos coman en casa. Como tengo a mi hija en un colegio y a mi hijo en otro, especializado en niños con autismo, solo ha podido ser en uno de los casos.

Jaime come en el colegio con una de esas líneas de catering de las que habla Lolita. Comida que se calienta en el colegio y que mi hijo devora encantado. Menús que han pasado por un nutricionista y que mi hijo que es de buen saque devora encantado.

Puede que no sea la comida más apetecible del mundo para un adulto, tampoco para algunos niños, pero merienda y cena en casa. Ahí ya soy yo la que cocina, procurando dar cancha a su amor por las judías verdes, la coliflor y el pescado.

Os confieso que el principal motivo por el que a mí no me gusta el comedor y lo veo como un mal necesario es porque comiendo también se educa. Me tomo muy en serio no insistir en que tomen una cucharada más, en respetar el apetito y los gustos de cada niño, igual que los adultos hacemos respetar los nuestros. Si mi madre tiene derecho a negarse a comer cualquier cosa que tenga cebolla o judías verdes y mi santo y mi amigo Miguel consideran la coliflor algo poco menos que demoníaco, ¿por qué empeñarnos en que los niños coman de todo y en la cantidad que nosotros decidimos?

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El 88% de los profesores creen que no hay que dedicar más de una hora a los deberes, pero la mitad de los niños hacen más de dos

Ikea ha presentado hoy un estudio sobre los deberes basado en encuestas hechas online con el objetivo de defender las cenas en familia. Un buen propósito, yo también estoy a favor de cenar juntos y sin mirar el móvil, pero creo que los horarios que tenemos los padres tienen mucho más que ver con la imposibilidad de las familias de terminar los días juntos que el hecho de que los niños tengan deberes.

Y parece que la mayoría de los encuestados opinan lo mismo que yo, ojo al dato: el 39,2% de los padres encuestados, ante la pregunta, “De los siguientes aspectos ¿Cuál crees que sería la clave para disfrutar de las cenas en familia?”, responde “Que nosotros los padres tengamos unos mejores horarios que nos permitan hacerlo”. Apenas un 10,1% contesta “En parte que los niños tengan
menos deberes para hacer en casa”. Y ojo a ese “en parte”.

Por otra parte, el estudio no es como para cogerlo como si fueran las tablas de la ley, no discrimina entre padres, niños y profesores de niños de edades demasiado variadas. Entre los siete años y los diecisiete hay diferencias que son un mundo. Ojalá estuviera mejor segmentado. Y la muestra no es muy amplia: han contestado 1.600 padres, 500 niños de entre 7 y 17 años y 300 profesores. Pero sirve para reflexionar un poco y para comprobar que nuestras percepciones son muy distintas, si se enfrenta a los tres colectivos.

Padres y niños coinciden al decir las horas que dedican a los deberes. Fijaos en los dos primeros gráficos. La estructura es casi clavada y deja claro que la mayoría de los niños dedican entre treinta minutos y dos horas, y que en torno a un 12% dedican más de dos horas diarias.

Es normal que coincidan, ellos son los que los hacen y los que ven a los que los hacen.

 

Ojo ahora a los profesores. Un 43% de ellos creen que el tiempo óptimo es menos de 30 minutos y un 45% entre media y una hora. Es decir, casi un 90% creen que debe ser menos de una hora diaria, pero casi la mitad de los chicos dedican al menos el doble. Está claro que algo no funciona. Imagino que creen que lo que mandan lleva menos tiempo que lo que lleva en realidad.

Profesores.

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