En todas las casas con niños pequeños lo sabemos. Las medicinas son importantes para lo que son, por supuesto, pero hay un tipo de dolor cotidiano y sin consecuencias que todos los padres (y abuelos y tíos…) recientes aprendemos a curar de muchas otras maneras.
Lo curamos con besos, con abrazos, con muchos mimos.
Lo curamos con fantásticas tiritas de colores.
Lo curamos con encantamientos milagrosos.
Lo curamos con bailes y balanceos.
Lo curamos con el pecho si aún están lactando (la teta que todo lo cura decíamos nosotros).
Lo curamos cogiendo el dolor con la mano y tirándolo por la ventana.
Lo curamos con chuches, que endulzan cualquier golpe o caída.
Incluso los hay que lo curan devolviendo el golpe al suelo, el pico del mueble o la puerta golpeadora (algo que a mí particularmente no me gusta).
Y por supuesto están las canciones que curan.
Las clásicas:
Y alguna que otra nueva, que en mi casa al menos ha desplazado a la anterior:










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