He tenido la oportunidad de disfrutar de un libro delicioso, de esos que te dejan la sonrisa perpetua durante toda su lectura, con carcajadas esporádicas. Se lee rápido y se relee muy a gusto. He pensado que sería un buen post para arrancar con buen pie este fin de semana de mayo que se presenta frío y lluvioso (y yo que creía que ya habíamos inaugurado la temporada de parques).
Se llama Pequeños granujas. Mamá, papá… no sabéis nada de la vida y en él la ilustradora Raquel García Ulldemolins (@RaquelBerryFinn) vuelca con mucho sentido del humor y un dibujo limpio, expresivo y hasta blanco años de observación infantil como profesora de inglés en primaria y secundaria y como tía amante y disfrutadora de sus sobrinos.
Puede que su estilo os suene si frecuentáis la sección de blogs de 20minutos, ya que ilustraba los posts de Mati.
Cada página es un dibujo, y hay muchos tipos. Algunos son chistes que hasta Julia con cuatro años entiende. Otros son claramente solo para adultos. Los hay que son exageraciones y absurdos y los hay reales como la vida misma.
Esos son los que más me gustan a mí del libro de Raquel, aquellos que podría imaginar perfectamente a mi hija diciendo. De hecho podía ver como una de sus ilustraciones las elucubraciones de Julia sobre dios y el abuelo Jose. Abajo os dejo algunos ejemplos.
Sé que hay niños a los que les entusiasman los bloques o las construcciones o los tentes, como queráis llamarlos. La verdad es que a los míos nunca les ha llamado la atención. Julia, que tiene un estupendo rincón de construcciones en el cole, no ha mostrado nunca mayor interés en ellos.
Hace pocos días he podido probar con ella y con mi sobrina un nuevo producto de Lego, el Duplo. Se trata de un formato que une un cuento con varias piezas, de manera que permite a los niños seguir una historia mientras unen las piezas para crear el avión, el coche de carreras o los animales que indican. Al seguirlo con un patrón es más sencillo y Julia, que es una apasionada de los cuentos (cómo todos los niños que conozco) entró enseguida en el juego. Lo leímos/montamos seis veces seguidas.
Creo sinceramente que es una buena idea. A mi cuñada, que estaba presente en el experimento, también le gustó mucho.
Lo disfrutarán sobre todo los niños más pequeños, de entre 2 y 4 años. Probablemente a los más aficionados a las construcciones, a los cuatro años ya se les quede pequeño y con un año largo ya puedan trastear con él.
Eso sí, es uno de esos juguetes en los que los adultos somos parte activa. Es decir, los mejores.
El sábado pasamos todo el día en Micrópolix con Julia, que tiene cuatro años, y con mi sobrina, que tiene tres. A Jaime no lo llevamos porque me dió la impresión de que un sitio cerrado dedicado al juego simbólico no iba a ser lo suyo, e hicimos bien. En cualquier caso, me prometí contar qué tal había ido nuestra experiencia por si puede serle de utilidad a alguien. Así que allá vamos.
Antes de nada: ¿Qué es Micrópolix?. Pues es una especie de ciudad de los niños que hay junto al Factory de San Sebastián de los Reyes, una idea francamente buena. A los niños les encanta jugar a ser mayores: médicos, policías, periodistas, bomberos… pues en Micrópolix recogen ese interés lógico de los niños y, en un entorno techado de dos plantas, han recreado una suerte de miniciudad con su ayuntamiento, sus calles y distintas actividades que aspiran a ser al mismo tiempo educativas y lúdicas. Los niños pueden votar en el ayuntamiento, tienen Eurix, se les paga por los oficios que desempleñan, pueden a su vez comprar en el súpermercado o financiar su formación, sacarse el carné de conducir o formarse. Son además actividades susceptibles de ser patrocinadas por empresas relacionadas lo que supone otra fuente de ingresos, de hecho muchas lo son. Os dejo con un vídeo que lo explica:
Antes de ir estuve leyendo las críticas de diferentes páginas web y fotos de Internet. Era curioso. Las había muy buenas y muy malas. Tras mucho leer he llegado a la conclusión de que el factor clave para que sean buenas o malas es la cantidad de gente que se hayan encontrado en el sitio. Cuando nosotros fuimos estábamos la mar de tranquilos, así que lo pasamos muy bien sin tener que hacer ni una sola cola en ninguna actividad. Imagino que con buen tiempo la gente prefiere otro tipo de actividades al aire libre. De hecho, cuando íbamos camino de Micrópolix, que abre a las 12, ya estaban avisando en la M-30 que el parking del zoo estaba al completo. Es cierto que si hubiéramos encontrado tanta gente como para que solo hubiéramos podido hacer tres o cuatro actividades, no hubiera merecido la pena.
Hay algunas otras críticas que hacen tanto los que lo consideran un buen plan como los que no: el precio. Los niños pagan 20 euros y no pueden salir del recinto, por lo que deben comer allí (no dejan pasar comida y el menú infantil ronda los 7 euros). Yo os digo la verdad, me parece un precio más que razonable si se va a pasar todo el día.
Los padres sí que pueden salir y entrar, de hecho muchos dejan allí el niño todo el día y aprovechan para pasearse por las tiendas de alrededor, pero tienen que pagar 15 euros y lo único que pueden hacer es ser espectadores (turistas) en algunas actividades y asisitir a un monólogo a las 18:30. Pese a que han rebajado el precio de la entrada de adulto ( de 20 a 15) sigue siendo mucho dinero para no poder hacer prácticamente nada salvo irse, matar el tiempo el algún banco o acompañar a los niños más pequeños.
Esa es otra. Los niños de 3 y 4 años son ciudadanos Junior y no tienen ni pasaporte, ni Eurix, ni pueden acceder a algunas de las actividades más vistosas como los bomberos, el avión o el supermercado. Por eso es recomendable para sacar todo el provecho al precio de la entrada ir si tienen más de 5 años. No obstante, nuestras dos niñas lo pasaron genial y estuvieron todo el día de actividad en actividad y aún nos faltó alguna, así que los junior pueden ir perfectamente solos o acompañando a sus hermanos mayores.
Les gustó especialmente ser policías y hacer la ronda por la ciudad, montar en el minicircuito (los coches grandes son a partir de 5 años), el desfile de modas, bailar en la minidiscoteca, ser mensajeras y llevar paquetes, el centro de reciclaje y jugar en el Hospital. Los monitores, que eran legión, eran todos encantadores con los niños. Con toda seguridad volveremos, pero cuando hayan cumplido los cinco años para que puedan usarlo todo y con buen tiempo para estar más tranquilos.
El ayuntamiento al fondo.
Aprendiendo a reciclar.
El estudio de arquitectura.
Como mensajeras.
En la minidisco.
Y en el circuito para Junior.
Os dejo una foto con las actividades que turistas y ciudadanos Junior pueden hacer. Los de menos de dos años se tienen que conformar con la ludoteca, que está pelín desangelada:
El plazo para presentar los trabajos concluye el próximo viernes 24 de mayo, así que los niños de entre 6 y 16 años tienen dos semanas para intentar plasmar el concepto de conciliación de vida laboral, familiar y personal de manera creativa y optar a uno de los premios: lotes de libros de la Editorial Anaya y de la Editorial Santillana. Aquí tenéis las bases en PDF, pero os hago un resumen:
Este Concurso invita a todos los alumnos de Primaria y Secundaria a que intenten plasmar el significado, que en ellos tiene, el concepto de conciliación de vida personal, laboral y familiar. Para ello se han creado dos modalidades distintas: por un lado se anima a los alumnos de entre 6 y 12 años a que realicen un dibujo tamaño A4 y, por otro a los de 12 a 16 años a que se pongan en la piel de un periodista y realicen una entrevista a sus progenitores. En ambos trabajos debe quedar explicado el concepto tiempo y conciliación.
Hasta la fecha la Comisión Nacional ha recibido más de 50 trabajos por parte de los centros de enseñanza y los estudiantes de toda España. Este Concurso cuenta con el apoyo del Consejo Escolar del Estado, CONCAPA, ANPE y USO, así como con el patrocinio de la Fundación Independiente, el Grupo Anaya y la Editorial Santillana.
El fallo del premio se comunicará en el mes de junio.
Los trabajos, que se entregarán por cuadriplicado para ambas modalidades, deberán ir firmados con seudónimo. Todo ello se remitirá a ARHOE en un sobre grande junto con los datos del participante y del colegio al que el alumno asiste. J
Y aquí tenéis algo de información sobre lo que hace ARHOE, que cuenta con todas mis simpatías. A ver si vemos pronto que su empeño se traduce en algo concreto.
La necesidad de unos horarios racionales tiene como objetivos prioritarios: conciliar nuestra vida personal, familiar y laboral; aumentar la productividad; apoyar el rendimiento escolar; favorecer la igualdad; disminuir la siniestralidad; facilitar la globalización; mejorar nuestra calidad de vida; cuidar y mantener hábitos saludables; dormir el tiempo suficiente, y, en definitiva, dar mayor valor al tiempo. Todo esto pasa, ineludiblemente, por racionalizar nuestros horarios, para hacerlos convergentes con los países de economías más avanzadas.
La Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles es una entidad sin ánimo de lucro cuyos fines son concienciar a la sociedad sobre el valor del tiempo y la importancia de su gestión, y promover medidas que faciliten una racionalización de los horarios en España. La Comisión Nacional esta integrada por los representantes de 116 instituciones y entidades; ministerios, comunidades autónomas, empresarios, sindicatos, universidades, sociedad civil, etc. La Comisión Nacional tiene un brazo ejecutor que es ARHOE -Asociación para la Racionalización de los Horarios Españoles-.
He hablado varias veces aquí de la importancia del juego. Es uno de los vehículos más importantes de aprendizaje. Soy especialmente consciente de la importancia del juego porque tengo un hijo con autismo al que jugar le cuesta muchísimo. En el colegio específico para niños con autismo al que va están trabajando especialmente el juego, están intentando enseñarle a jugar para que pueda avanzar a todos los niveles.
Y jugar no requiere necesariamente de juguetes. En el colegio de Julia comparten esta filosofía, hace poco tuvieron una semana cultural inspirada en cómo jugaban sus abuelos, invitaron a los abuelos a ir al colegio y se dedicaron a jugar a la comba, al corro de la patata, a las chapas, con pelotas hechas con albal…
Y eso está muy bien, porque el juego no es algo que deba limitarse a casa, a las horas libres no lectivas. Jugar les motiva, es efectivo y debería existir durante todas las etapas educativas, pero debería ser el instrumento principal durante los primeros años de los niños. Sobre todo en infantil y en primaria yo soy de las que cree que el juego conducido y no las fichas deben ser la base. Y también a la hora de plantear deberes en casa, el juego debería ser el eje.
“Juego, educación y aprendizaje. La actividad lúdica en la pedagogía infantil” se llama un monográfico especial que ha presentado la revista de pedagogía “Bordón” publicada por la Sociedad Española de Pedagogía desde 1947. En ese monográfico hablan con expertos nacionales e internacionales esobre la importancia del juego y el juguete como herramientas de educación y aprendizaje en las aulas.
Os dejo un resumen de ese trabajo:
El juego, presente en el jardín de infancia.
Durante su estancia en el jardín de infancia, los niños principalmente aprenden jugando. Se trata de un hecho comúnmente aceptado, pero las opiniones difieren en cuanto este juego se traslada a los colegios. Algunos argumentos apuntan a que en el colegio los niños deben trabajar y no jugar como hacían en la guardería. Pero es necesario tener en cuenta el crecimiento de los niños y adaptar los juegos y utilizar los juguetes que se adecúen a estas nuevas necesidades de aprendizaje.
A través del juego los niños abordan la realidad
Como apunta en su artículo Andrés Payá, miembro del Observatorio del Juego Infantil (OJI) y doctor en Pedagogía, “El juego es un medio de aproximación, contacto, apropiación y aprendizaje de nuestro entorno más próximo, erigiéndose en un extraordinario instrumento de educación integral”. Y como añade Jose Luis Linaza, miembro del OJI y catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad Autónoma de Madrid, “La relación entre el juego y la cultura estimula a los niños a explorar el propio proceso de conocer y comprender”.
Por todo ello el juego se convierte en una herramienta educativa para el niño, no sólo como ser individual, sino también social. Pero la intencionalidad educativa impone condiciones especiales al juego que debe adaptar su condición lúdica para formar parte integral de la educación del niño. A partir de ciertas edades el adulto puede dirigir el juego para fomentar el aprendizaje de ciertos contenidos, pero como advierten varios autores de Bordón hay que cuidar y regular esta supervisión del juego para no destruir su libertad.
El juego como recurso didáctico en las escuelas españolas
En muchos centros escolares de nuestro país el juego se ha convertido en un recurso pedagógico incluido en los planes de estudio de muchas asignaturas. Así lo ha puesto de manifiesto el concurso organizado por el Observatorio del Juego Infantil “El Juego en la Escuela” en el que han participado escuelas infantiles y de primaria de toda España.
Las asignaturas de inglés y matemáticas son en las que mayor presencia tiene el juego como herramienta pedagógica, y en muchos casos el juego y los juguetes se han incluido como material y parte de la asignatura durante varios cursos. Los proyectos presentados destacan la importancia del juego como recurso para “aprender a aprender” y apuntan a que “una escuela que educa mediante el juego, es una escuela que enseña a ser felices”.
Jugar, un derecho fundamental para los niños
Gonzalo Jover, director del OJI, ha destacado la importancia de este derecho, “El contexto actual de crisis afecta también al derecho del niño al juego, y lo afecta por el riesgo que tiene a ser olvidado. Según el último informe de UNICEF, España es uno de los países donde más ha caído el nivel de bienestar infantil”.
Además, hablan de tres proyectos educativos que han estacado por el uso del juego en sus aulas. Bien por ellos, ojalá más colegios apuntalaran en el juego sus aprendizajes.
El proyecto “Jugando a través de los tiempos” del CEIP “La Cala”-Benidorm ha sido el que mayor puntuación ha obtenido con una experiencia que aúna juegos, juguetes e internacionalización. Con su proyecto, los alumnos del CEIP “La Cala”-Benidorm además de aprender jugando con juegos y juguetes tradicionales de nuestro país, aprenden la cultura y las costumbres de otros países compartiendo sus juguetes.
Por su parte, “La experiencia de juego aplicada al aula” del colegio La Inmaculada de Valladolid ha obtenido la segunda mayor votación. En su proyecto, los juguetes y los juegos cobran protagonismo en matemáticas con el objetivo de que el alumnado descubra la utilidad de esta asignatura de forma lúdica y desarrolle el cálculo mental.
El CEIP Azorín de Monóvar también ha sido reconocido por el Observatorio gracias a su proyecto “Vesprada de Jocs” (Tarde de juegos) con actividades lúdicas para las asignaturas de Matemáticas, Conocimiento del Medio, Valenciano y Lengua Extranjera con el objetivo de fomentar en sus alumnos el trabajo y las relaciones en grupo, la aceptación de normas, desarrollar el pensamiento y asimilar los conocimientos adquiridos.
Imma Marín ha destacado el trabajo realizado por estos centros, “en muchos casos el juego y los juguetes están completamente integrados como parte de las asignaturas. Se trata de una actividad educativa muy valorada por sus múltiples resultados positivos, como destacan los responsables de los proyectos presentados. El juego es una forma de aprender y clave para interiorizar los conocimientos adquiridos.”
Sabía que el post de ayer iba a traer polémica. Hablar de vegetarianismo en niños pequeños despierta reacciones demasiado intensas con frecuencia. Y eso que en mi post más que hablar de vegetarianismo quería hablar de explicar a los niños la procedencia de la comida. Os repito un párrafo clave:
Me parece importantísimo no engañarles, que sepan lo que comen, que no crean que las lonchas de pavo crecen como las patatas o que el jamón ibérico se fabrica como las camisetas. Deben saber, adaptado a su edad, lo que son los distintos alimentos que ingerimos. Ayuda a que los valoren más, les ayuda a comprender el mundo en el que viven. Yo crecí en contacto con la Asturias ganadera de mi padre y mis abuelos y, desde muy niña, veía salir las patatas de la tierra, crecer las manzanas en los árboles y criar a mi alrededor animales que acababan luego en el puchero, con algunos jugaba mientras eran crías. Los niños de ciudad, supermercado y nevera abastecida tienen más complicado vivir ese proceso natural, lo que no quita que no se les pueda explicar.
Ya expliqué que dejar de comer animales en sus muchas y respetables variantes (los hay desde que solo dejan a los mamíferos o solo abandonan la carne los días laborables hasta veganos estrictos pasando por todo lo que podáis imaginar, en mi caso es una trayectoria gradual y muy personal), es una decisión que yo no voy a imponer a mis hijos. Alguno me decíais que también podrían no darles carne y dejar que ellos decidieran de adultos comerla si así lo desean. Es cierto, podría, pero no lo hago. Y no porque no crea que un niño vegetariano no pueda crecer sano o que es una opción perféctamente válida en muchas familias, lo hago porque creo que están en la edad de la curiosidad, de poder probar alimentos. En mi familia hay niños con celiaquía, con diabetes, que han pasado por alguna alergia alimentaria, y no quiero restringir a los míos hasta el punto de eliminar la carne de su dieta en una familia que, salvo por mí, es bastante carnívora.
Pero también os digo que deberíamos empezar a ver el dejar de tomar carne como algo más normal. Vivimos en una sociedad en la que el consumo de proteína animal es exagerado, aburmados. También los niños consumen más proteína animal de la saludable.
Probablemente es mucho más sano para un niño una dieta vegetariana en la que haya huevos y lácteos que ese empeño tan frecuente en muchas casas por que el niño tenga siempre algo de chicha o pescadito en el plato tanto a la hora de comer como en la cena “deja el tomate/judías verdes si quieres, pero termínate la chicha para hacerte grande”. No sé si viene de tiempos del hambre, cuando la carne era un lujo, probablemente sí. También por la diferencia de precio entre carne y verdura, pero a día de hoy no tiene sentido.
Os dejo una breve conversación digital con un nutricionista a los que da gusto leer y oir, Juan Revenga, y dos enlaces interesantes que él me ha facilitado.
Yo: “¿Comen los niños españoles mucha más proteína animal de la que deberían?”.
JR: “Prácticamente toda la población está por encima de los requerimientos medios estimados para la ingesta de proteína”.
Yo: “¿Es saludable para un niño una dieta vegetariana que no excluya lacteos ni huevos?”.
JR: “Sip, perfectamente si no se hacen tonterías con dietas muy restrictivas. Imprescindible consulta con un profesional NO alternativo”.
JR: “Well-planned vegetarian diets are appropriate for individuals during all stages of the life cycle. Con acento en Well-planned.”
El otro día íbamos con Julia encaramada en un carrito por un supermercado, al pasar junto a la zona del pescado y no recuerdo a cuento de qué, a mi santo se le ocurrió decir “debe estar por allí, pasados los peces”.
“¡Qué no son peces papá, que son pescados!”, saltó Julia riendo.
“Mi amor, los pescados son peces. Son peces a los que pescaron para que la gente se los pueda comer, por eso cuando están muertos en las tiendas pasan a llamarlos pescados”.
Podía ver perfectamente cómo su cerebro de cuatro años procesaba el descubrimiento según recibía la explicación.
“¿Son peces que estaban en el mar? Yo no quiero comer peces“.
Y no, no quiere. Salvo el salmón ahumado, que le encanta y no tengo claro que lo relacione ni con pez ni con pescado. Pocos días después, hablando con ella, pude comprobar que le pasaba algo similar con el pollito. No identificaba que el pollito que se come fuera el pollito que hace pío, pío. También se lo expliqué, aunque no tengo claro que esta vez lo procesara igual de bien. O que le interesara procesarlo, porque se lo sigue comiendo divinamente.
Me parece importantísimo no engañarles, que sepan lo que comen, que no crean que las lonchas de pavo crecen como las patatas o que el jamón ibérico se fabrica como las camisetas. Deben saber, adaptado a su edad, lo que son los distintos alimentos que ingerimos. Ayuda a que los valoren más, les ayuda a comprender el mundo en el que viven. Yo crecí en contacto con la Asturias ganadera de mi padre y mis abuelos y, desde muy niña, veía salir las patatas de la tierra, crecer las manzanas en los árboles y criar a mi alrededor animales que acababan luego en el puchero, con algunos jugaba mientras eran crías. Los niños de ciudad, supermercado y nevera abastecida tienen más complicado vivir ese proceso natural, lo que no quita que no se les pueda explicar.
Pero hay un factor extra: yo soy vegetariana. No estricta, eso sí. No como nada de carne, pero puntualmente sí como algo de pescado y marisco. Mis explicaciones a los niños por tanto, si hay testigos cerca que sepan de mi condición, son escrutadas especialmente pese a que no es preciso, por si estoy intentando “convertirles a mi secta”.
No voy a desanimar a mis hijos de comer carne, no voy a empujarles a ello con explicaciones del tipo “estáis comiendo cadáveres“, tampoco voy a decirles “qué va a ser el filete un trozo de vaca bebé, tú calla y come para hacerte grande”. Ambas cosas las he oído y no van conmigo. Yo voy a seguir cocinando y ofreciéndoles carne, explicándoles con naturalidad cuando sea procedente de dónde viene, igual que les explico cómo se producen los huevos, de dónde salen los albaricoques o las judías verdes.
Lo de ser vegetarianos o no es una decisión que ya tomarán ellos si quieren cuando sean mayores, aunque antes o después llegará la pregunta de “¿mamá, por qué tú nunca comes carne?”. E intentaré contestar con coherencia, igual que respondo ya a muchos adultos que me lo plantean. Es mi decisión personal, no me importa explicarme, tampoco quiero convencer a nadie.
Ya os he recomendado en alguna ocasión el blog Trastadas de mamá, siempre interesante pero especialmente de agradecer para localizar cuentos que merecen la pena. Hace poco su autora, una mamá reciente con un niño de la edad de Julia, publicó un post titulado “La mala” que me hizo reflexionar. Aquí lo tenéis:
Soy la persona que más tiempo pasa al día con el enano, le despierto, desayunamos juntos, le llevo al colegio, le recojo, le doy de merendar, le llevo a las extraescolares, jugamos juntos, hacemos actividades en casa, vamos al parque…
Hay días en los que tenemos mucha suerte y Papá llega pronto del trabajo, juega con nosotros y disfrutamos los tres en amor y compañía.
Al pasar más tiempo con el peque tengo muchas mas probabilidades de enfrentarme a sus momentos malos, a rabietas, cabezonerias, trastadas y me toca poner límites y eliminar privilegios.
Cuando Papá llega tarde el enano se encarga de decirle que ha hecho lo que sea mal y que “mamá me ha dejado sin dibus”, me ha salido muy chivato.
Tenemos días torcidos en los que me toca discutir con él varias veces, me enfado, se enfada y acabamos de mal humor. Papá llega de trabajar y tiene el momento cuento juntos, les oigo reírse y me siento fatal.
Siento que soy el ogro de la casa, la que le dice “come, ordena, coge eso, haz lo otro, no hagas eso…” no es que Papá no le regañé o no me apoye es que no está para ver las cientos de ocasiones en las que tengo que hacerlo sola.
Hace unos días una amiga me decía que sentía como su peque se estaba distanciando de ella, que prefería estar con su padre. Mi consejo fue que buscase algo que se le diera fenomenal hacer juntos, leer un libro, ir al parque, comer chuches, algo exclusivo madre e hijo y 100% divertido para los dos, eso reforzaría la relación de los dos y al menos ella tendría esos momentos a los que aferrarse.
Yo también tengo momentos en los que me siento la mala de la película, la que se lleva la parte fea de la educación pero se me olvida cuando mi peque me llama voz en grito diciéndome “mama te quiero”, nos comemos a besos y nos damos abrazos de oso.
Puede que no se cumpla en todas las hogares/ocasiones pero mi madre siempre ha dicho “quieres mucho a tu padre pero cuando te duele algo, estas triste o sufres acudes a los brazos de tu madre”.
“¿Quién crees que es el poli bueno y el poli malo en nuestro caso?”, pregunté a mi santo. “Ninguno”, me contestó él, “los dos pasamos el mismo tiempo en casa”.
Tiene razón en que ambos repartimos bien los papeles. También en que probablemente la cantidad de tiempo que pasamos con nuestros hijos hace que aquel que tenga que bregar con ellos continuamente tenga más papeletas de acabar siendo el que pone las normas, el que da más ordenes, el que impone más castigos… en definitiva: “el malo”. Creo que en nuestro caso influye, además de que tengamos la misma jornada laboral, que tenemos caracteres relativamente parejos y el mismo concepto de lo que son comportamientos aceptables y normas inviolables. Me da la impresión de que, no siempre por supuesto, pero muchas veces esa percepción infantil del poli malo y el poli bueno viene de dos padres cuyo caracter nivel de permisividad es muy distinto. Como siempre en estos casos, es poco probable que haya una causa única.
Desde luego no creo que el tiempo sea el único factor. De niña, en mi casa, sí que es cierto que mi madre era la que tenía ese papel de “mala” y mi padre era el permisivo. Pero, en cambio, mi santo tenía a su padre como una figura de autoridad mucho más a respetar que su madre, ama de casa y que pasaba todo el tiempo atendiéndoles. No es para nada un caso único.
Lo que tengo claro es que un niño pequeño no va a hablar de su padre o a su madre como “la mala” o “el malo”. Eso es algo muy de nuestro, muy de los adultos. Y habría que evitar impregnarles con ello.
¿Cómo lo véis vosotros? ¿En vuestra casa hay un “malo” y un “bueno”? ¿A qué creéis que se debe?
- ¿Qué son los curas mamá?
- Son unos señores que no se casan con mujeres y que creen en un dios.
- ¿Qué es un dios?
- Es un señor que creen que vive en el cielo.
- ¡Dios es el abuelo Jose!
- No mi amor, el abuelo Jose sabemos que existió.
Tal cual, sin cambiar una coma. Bendita etapa la de los qués y los porqués y sus maravillosas deducciones, en su apogeo de los 3 a los 5 años.
El hecho de que las preguntas sean ignoradas, ridiculizadas o castigadas («cállate ya, no seas pesado»), puede llevarle a la timidez. También puede causar problemas de adaptación o fracaso escolar.
No hay que obsesionarse con encontrar la respuesta precisa, ni tampoco complicadas explicaciones científicas. Respondamos con naturalidad y sentido común. El niño no siempre entenderá, pero eso no es tan grave. Lo importante es que sepa que las preguntas tienen respuesta, que él puede buscarla y que nosotros le apoyamos.
Siempre que podamos, aprovecharemos sus preguntas para introducir nuevas palabras y conceptos. Si el niño nos pregunta «por qué funcionan los coches», todavía no podremos introducirle en los secretos de la mecánica, pero es una buena ocasión para iniciarle en nociones como «rueda», «conductor», «velocidad» o «gasolina», con lo que se favorece su capacidad de observación y se enriquece su vocabulario.
Puede que, tras esforzarnos en encontrar una respuesta, el niño apenas la escuche y se distraiga o pase a otra pregunta. No nos enfademos ni nos desanimemos. No importa tanto el contenido como el mecanismo de la comunicación en sí.
Claro que no siempre podemos estar disponibles para el juego de las preguntas, y a veces tenemos derecho a estar agotados. Entonces es lícito decir: «Espera a que acabe con esto y después te contesto a todas las preguntas», y también: «Bueno, unas preguntas más y lo dejamos para mañana». Lo importante es dejar abierta la línea de comunicación y no transmitirle que sus preguntas nos desagradan.
Autor: Luciano Montero, psicólogo, para Serpadres.es (el artículo completo tras el enlace).
He estado dos veces en los parques de Disneyland París, o en Eurodisney, como queráis. La primera vez con nuestros niños, la segunda con unos familiares que tienen un hijo de la edad de Julia. Este año volveremos y seremos aún más: se vienen además dos amigos con niños de casi 5 y 3 años. Es el gran capricho que nos permitimos al año (los años que hemos ido). Hemos estado seis días en cada uno de nuestros viajes, nos gusta ir sin prisas, que no sea una paliza y que si quieren subir todos los días dos veces en las barquitas del Small World, puedan.
Es curioso, porque nunca fui una niña aficionada a Disney. En absoluto. Algunas de sus películas me gustaron como Los 101 dálmatas o Tod y Toby pero Micky Mouse y compañía nunca me llamaron la atención. En cambio ir ocn mis niños a ese lugar me parece una experienca mágica, básicamente por verles disfrutar. Y somos conscientes de que esa magia pasará pronto, que en menos años de los que creemos se desvanecerá.
Justo ahora un amigo anda camino de Disneyland París. Para él y para todo aquel al que le interese, va este post.
¿Cuál es la edad ideal para ir a los parques Disney? Es cierto que se puede ir a cualquier edad, pero mi impresión es que está pensado sobre todo para niños pequeño, niños en esa edad en la que aún se cree en los Reyes Magos. Ellos son los que disfrutarán especialmente del encuentro con los personajes. Además, la mayoría de las atracciones son para todos los públicos: bonitas pero muy suaves. Al contrario que en los parques de atracciones españoles, no tienen una zona acotada con atracciones para niños, allí todo es para todos y hay muy pocas con requisito de altura. Mi impresión es que no es un parque para los que gusten de emociones fuertes, para los fans del maquinismo vamos.
¿Se puede ir con un bebé? Perfectamente. Muchas de esas atracciones para todos los públicos son aptos con bebé. Yo he visto allí a recién nacidos. Obviamente, los bebés tan pequeños no se enterarán de nada y además el resto tendrán que adaptar sus ritmos a los del bebé o dividir el grupo, pero por poder ir, claro que pueden.
¿Es más para niños o para niñas? Este es un pequeño debate que me surgió hablando con una amiga. Ella sostenía que era un parque más para niñas que para niños. No creo que sea así. Es cierto que hay muchas princesas, pero también está Toy Story, Cars, Indiana Jones, los Piratas del Caribe… Sí que es tal vez cierto que los niños reniegan de la animación y de Disney (o de la animación de Disney) antes que las niñas. En mi entorno hay algún niño que a los tres estaba loco por que los Reyes le trajeran la casa de Micky Mouse, a los 5 era el mayor fan de Rayo McQueen y a los 9 solo quiere ver en el cine Piratas del Caribe o Iron Man. No lo sé.
¿Dónde dormir? Nosotros nos hemos alojado siempre en hoteles vínculados al parque. Los hoteles Disney no son especialmente buenos, en absoluto. Son gigantescos, el trato es amable pero impersonal y mecanizado y la comida es mala. Pero tiene sus ventajas: hay personajes Disney por ahí, sobre todo cuando se baja a desayunar, la ambientación ayuda, te ahorras traslados y te abren el parque dos horas antes, que puedes aprovechar para ir a las atracciones más solicitadas. También está la opción de alojarte en otro hotel cercano y desplazarte en tren (vetustos y sucios, pero en la misma puerta de acceso a los parques) o en coche, pero haciendo cuentas no salía demasiado bien de precio teniendo en cuenta lo cara que es la entrada a los parques cuando se compra suelta. Lo tienen muy estudiado. Hay foros en los que hablan de gente que se saca el abono anual y van dos o tres veces al año, sobre todo para ver el parque en fechas señaladas como Navidad o Halloween, a esos si les sale a cuenta, pero me da que pocos van a poder amortizar esa opción teniendo en cuenta el precio de los vuelos.
¿Dónde y cómo comer? A una parada de tren hay un gran centro comercial, con un acuario que se puede visitar, y una enorme oferta de restaurantes y un Auchan (nuestro/su Alcampo). Es buena idea ir y comprar suministros. La comida en los restaurantes de los parques o los que están camino a los parques es cara y no especialmente buena, por mucho que algunos sean preciosos. Aún así merece la pena ir un día a comer al Micky Café en el Disney Village (una calle peatonal entre los hoteles y los parques llena de tiendas y restaurantes, con unos cines y el espectáculo de Bufalo Bill) pasillo, por el que se pasean los personajes y se paran en cada mesa tipo boda. Es un lugar tipo pizzas y hamburguesas y más vale reservar si queréis tener sitio. También se puede ir a desayunar, que es incluso más tranquilo y puede salir más barato. Y tirando hacia Discovery Land también hay una hamburquesería que es a la vez cine y emiten piezas clásicas de Disney que es interesante visitar. Dentro de los parques hay puestos de pasta, pretzels, creps… ese tipo de comida semiambulante con la que te puedes apañar alguna vez. No es un lugar en el que mi compañero El nutricionista de la General fuera a disfrutar mucho.
Princesas. Si tenéis niñas locas por las princesas Disney, allí estarán en su salsa. Por todas partes veréis mucho merchandising asociado y vestidos en venta, diferentes, más caros y mejores que los que hay en tiendas Disney convencionales o en centros comerciales. Son las estrellas de los parques, se venden caras, literalmente. En el parque principal es imposible verlas a menos que se entre en la nuevo atracción que han creado y en la que esperando una buena cola te dedican entre tres y cinco minutos en exclusiva. Que sepáis que hay tres princesas dentro que van rotando y que no puedes elegir la que tú quieres ver, pero si la niña lleva puesto un disfraz de una princesa en concreto que coincide que está allí, será a la que le conduzcan. Otra opción para ver princesas es acudir al restaurante de Cenicienta. Es carísimo, se come mejor y hay que reservar incluso desde España, unos días antes de pisar suelo francés. Allí te sientas como en una boda y las princesas, con algún príncipe, visitan las mesas en plan boda. En el segundo parque, en el Disney Studios, es posible verlas de cerca en la parada que hacen, tras la parada además se dignan a mezclarse con el vulgo y firmar autógrafos. Es impresionante la preparación que tienen esas chicas, la primera vez que vimos a Blancanieves Jaime se emocionó tanto (sí, le gustan las princesas, el autismo le quita complejos) que se lanzó a abrazar sus piernas y por poco la derriba, un placaje en toda regla, pero no creáis que perdió la compostura.
¿Cuándo ir? Nosotros vamos huyendo de las multitudes y buscando buen tiempo. Mayo o junio son buenos meses, la segunda quincena de mayo nos gusta por asegurar algo más el tiempo, tener precios razonables y no encontrar demasiada gente. Nos gusta ir entre semana, los fines de semana se nota muchísimo que hay más gente y más colas. Y entrando un domingo en el hotel suele ser más barato. La primera vez fuimos en marzo y no fue la mejor idea. Hacía mucho frío, anochecía pronto y coincidimos con las vacaciones de invierno francesas por lo que había bastante gente. En Navidad deben dejarlo precioso, pero lo del clima parisino es realmente un problema, se disfruta mejor con buen tiempo.
¿Las mejores atracciones? Si le preguntasen a Julia diría que Small World, el laberinto de Alicia (no sé que tiene que le gusta a todos los niños que conozco), el vuelo de Peter Pan, las cuevas de los piratas, las atracciones de Blancanieves y Pinocho, la de Buzz Lightyear y recorrer el palacio de la Bella Durmiente de principio a fin. Para más mayores también está bien las montañas rusas del oeste y de Indiana Jones y los piratas del Caribe (a los mas pequeños puede darles un poco de miedo). Para ver el desfile el sitio que más nos gusta es en la rampa del Small World, lo ves desde arriba y justo cuando salen. El espectáculo nocturno merece mucho la pena. En Disney Studios, más pequeño pero también recomendable, lo mejor es la zona de Toy Story para niños a los que les gusten esos personajes, pero lo imprescindible es el espectáculos de Animagique, la montaña rusa de Nemo (apta para niños algo mayores) y el espectáculo en vivo de Disney Junior (para los niños más pequeños).
¿Las peores atracciones? La peor, la que no merece la pena ni pisar y no tiene sentido que mantengan en el parque es la dedicada a Michael Jackson, de hecho la tienen medio escondida. También está algo escondida la de StarWars, pero esa sí merece la pena. El paseo en el barco del Misissipi es, a mi parecer, lo más soso del mundo. A Jaime le encanta Autopia, pero a mí me parece también un tanto tonto.
¿Más consejos? Zapatos cómodos, carritos para los niños (Julia ya no lo usa nunca, pero aún así lo llevarmos que hay mucho que andar e incluso los adultos los agradeceríamos), procurar no ir a la carrera y disfrutar a un ritmo razonable, acudir a las atracciones más demandadas a primera y a última hora, toda la contención posible en las tiendas…
Es un lugar impuloto y tan cuidado que no se verá un desconchón, el mantenimiento es ejemplar. Cualquier visita a un parque temático español después de pasar por Disneyland hará que parezcan un pelín cochambrosos.
Esa es mi opinión muy resumida y basada en mi experiencia, pero se agradecerá cualquier consejo para aprovechar mejor el viaje al palacio de la Bella Durmiente.
Además de una treintañera (ya no tan) reciente, soy una mamá reciente. Enseñando el culo y por cesárea, mi peque (que tiene trastorno generalizado del desarrollo) vino a romper casi todos mis esquemas mentales el 11 de agosto de 2006. Y el 9 de marzo de 2009 llegó ella en un parto vaginal. Yo, que creí que jamás iba a tener hijos, me he encontrado con que ahora mi existencia orbita alrededor de mis pequeños grandes amores. Y además resulta que estoy rodeada de bebés y embarazos en distintos grados de desarrollo. Será que estoy en la edad.
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