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‘El niño (con autismo) que quería construir su mundo’, y el padre que lo necesitaba desesperadamente

Cuando el libro de Keith Stuart llegó a la redacción era casi inevitable que acabara sobre mi mesa.

En El niño que quería construir su mundo (Alianza Literaria) el protagonista es el padre de un niño con autismo que encuentra la manera de conectar con él gracias a Minecraft, uno de los videojuegos que más éxito ha tenido en los últimos años.

Era inevitable que acabara sobre mi mesa y que yo me sumergiera en la historia creada por Stuart, redactor jefe de videojuegos en The Guardian que también tiene un hijo con autismo y que ha novelado su experiencia en primera persona pero cogiendo distancia.

Tengo ciertos aspectos en común con el autor que me resultaba imposible obviar mientras avanzaba por sus primeros capítulos. Durante un tiempo parte de mi trabajo consistió en escribir sobre videojuegos. También los defiendo y veo como una forma de entretenimiento que puede ser muy positiva y como una expresión artística. Tengo un hijo con autismo de una edad similar. Y he escrito una novela que arranca con un padre de un niño con discapacidad que ve su matrimonio resquebrajarse.

Pero mi hijo se parece muy poco al suyo. Sam está en lo más alto del espectro autista. El diagnóstico llegó muy tarde en su caso. Es capaz, con dificultades, de hacer amigos. Se expresa perfectamente, aunque con peculiaridades. Sueña con ser arquitecto. Es muy rígido en determinados aspectos, tiene problemas de comportamiento, socialización y para manejarse en ambientes bulliciosos, desestructurados. Me encuentro con frecuencia que los protagonistas con autismo de las novelas suelen parecerse a Sam más que a mi hijo, que no habla, al que no podemos soltar la mano por la calle, que siempre será dependiente, que es feliz, que es flexible…

Jaime se parece a Sam tan poco (tanto en su carácter como en la manera en la que se manifiesta el autismo en él) como probablemente mi trabajo escribiendo sobre videojuegos se diferencia del suyo. O como mi novela, terminada y aún sin publicar, con El niño que quería construir su mundo, que más que la historia de niño con autismo de alto funcionamiento es la de un hombre en la treintena tocando fondo para luego empezar a levantarse, y que encuentra un nexo de unión con su hijo, al que teme y del que huye, gracias a Minecraft.

El niño que quería construir su mundo no es en realidad el pequeño Sam, o no es únicamente él. Todo el libro trata de un adulto que necesita desesperadamente construir su mundo, un adulto que arrastra un trauma de infancia sin resolver, que está atrapado en un trabajo que le resta y que pronto acabará perdiendo, al que su mujer acaba de echar de casa, que tiene mucho por resolver respecto a la relación con su madre y su hermana, que creyó erróneamente que con llevar dinero a casa estaba cumpliendo con sus obligaciones como padre y marido y que es consciente de que tomó decisiones y actitudes ante la vida equivocadas.

Bien escrito, con un estilo sin artificios heredero probablemente de los años trabajando como periodista, la historia atrapa y se lee fácil y rápido. Queremos saber cómo Álex reconstruye su existencia, superando el pasado, enfrentándose a sí mismo, entendiendo lo que de verdad es importante.

Otro valor del libro es que ofrece reflexiones válidas.

El mundo de Minecraft es simbólico y un buen vehículo conductor. Pero más allá de su tratamiento literario, podemos aprender de Álex y Sam lo interesante que es compartir los intereses de nuestros hijos (sobre todo cuando son pocos y restringidos). Es muy enriquecedor en nuestra relación con ellos, da igual que sea Minecraft, los dinosaurios, Pokemon Go, Harry Potter o los trenes.

Las relaciones, también las de los adultos, se cimentan con frecuencia en los intereses compartidos, en las aficiones en común.

Y si uno no se cuida, no puede cuidar. Si uno no está bien, los que nos rodean también se resentirán. Nuestra felicidad, conocer nuestro lugar en el mundo, redunda en beneficio de los que amamos.

Si estáis interesados, la editorial facilita los primeros capítulos.

Aprovecho para recordar que el 2 de abril, este domingo, es el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo, un día para vestir de azul y contar el motivo por el que lo hacemos, para reivindicar, visibilizar y celebrar. Hace poco os hablé de la Carrera por el Autismo que se celebra en Madrid, pero en todas las ciudades hay actividades, en todas las asociaciones organizan algo: conciertos, mercadillos, marchas…

Estáis invitados a sumaros. También a la presentación de mi libro, Tener un hijo con autismo, en Getade.

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