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Vivir es cabalgar un dragón y disfrutar del viaje

Archivo de Octubre, 2016

¿Son los cementerios lugar para ir con niños?

DSC_0426Me siento inclinada a contestar que no, pero es una pregunta que creo que no tiene una respuesta clara. Imagino que depende del niño, de la edad que tenga, de la familia en la que esté, del motivo por el que vaya a acudir al cementerio.

En mi familia nunca hubo tradición de visitar el cementerio en el Día de Todos los Santos. Yo crecí ajena a esa costumbre y a los camposantos. Mis padres tampoco me quisieron llevar a tanatorios ni entierros, claro que no hubo ninguna muerte cercana hasta que rondé los diez años y murió mi bisabuelo. Ahí sí que fui y podría habérmelo ahorrado. No guardo un buen recuerdo de toda esa gente caminando seria entre lápidas hasta encontrar el lugar en el que lo depositaron.

Poco más tarde, en el pequeño cementerio de la aldea asturiana en la que pasaba los veranos, cometí con mis primos la bienintencionada travesura de repartir las flores y adornos entre todas las tumbas para que ninguna estuviera vacía de atenciones. Suerte que no nos pilló nadie, dudo que hubiera entendido nuestros buenos propósitos.

Mis dos hijos han estado en cementerios militares en Normandía, haciendo turismo de manera respetuosa, y son lugares cuyo peso se respira. Caminar entre esas miles de tumbas idénticas, ya sean británicas, estadounidenses o alemanas, debería hacernos reflexionar. Pero esa es otra historia muy diferente a acudir a visitar el lugar en el que está enterrado un ser querido.

Pese a que tienen un abuelo y una bisabuela a los que conocieron en un cementerio cercano, no hemos ido con ellos. Tampoco soy yo de ir, la verdad. La gente a la que quise y se fue vive en mis recuerdo, en las fotografías, en los aniversarios propios. No en un trozo de piedra en un lugar ajeno.

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‘Trolls’, la última película de animación de Dreamworks es todo color, música, buen rollo (y Justin Timberlake)

La semana pasada pude ver con Julia el nuevo estreno infantil de Dreamworks, una película dirigida por Walt Dohrn y Mike Mitchell rebosante de color, música, baile y buen rollo en general que este viernes llega a los cines.


Está inspirada en los muñecos creados en los años cincuenta en Dinamarca por Thomas Dam, que llegaron a nuestro país en los ochenta y noventa y que a mí, particularmente, me parecieron siempre más feos que el demonio. ¿Los recordáis?

Unos muñecos que, rediseñados para que resulten más monos, ya están presentes en los pasillos de las tiendas de juguetes y en los catálogos de Reyes (sí, ya empieza a haberlos, para que los niños ya vayan pensando qué se piden y para los adultos que quieren llenar las alforjas con tiempo).

En la película los trolls son pequeñas criaturas a las que sólo les preocupa cantar, bailar, darse abrazos cada hora y, en menor medida, hacer cupcakes y scrapbooks. Todo muy cuco e ideal. Pueden manejar su pelo a voluntad, que ya quisiera Rapunzel, y algunos tienen superpoderes como tirarse pedos de purpurina (sí, tal cual). Todo muy mono e ideal si no fuera porque hay unas criaturas enormes y desdichadas llamadas Bergens (nombre a medio camino entre la ciudad noruega y el apellido de uno de sus guionistas, Berger),  que descubren que comer un troll les proporciona un intenso fogonazo de felicidad.

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Una huelga que no se puede medir, un daño que solo podemos imaginar

Es imposible valorar el éxito en las huelgas como la de hoy contra la Lomce con una vara de medir numérica. Incluso aunque los números fueran sólidos y fiables, que nunca es el caso. Tantos han ido, tantos se han quedado, tantos la secundan.

Mi hija, que está en segundo de Primaria, no ha ido hoy al colegio. No ha ido porque he podido organizarlo para que así fuera, pero me consta de muchos padres que echan pestes de las pruebas de la reválida y que habrían dejado a sus hijos en casa si hubieran podido. Pero no pueden. Ellos tienen que ir a trabajar y, por tanto, sus hijos al colegio a pasar el rato lo mejor posible con los servicios mínimos.

También hay padres que no están informados, gente preparada e interesada por estos asuntos a los que la actualidad les ha esquivado (entre trabajos y quehaceres varios puede pasar perfectamente) y en sus centros escolares no les han informado, sobre todo si esos centros no son especialmente peleones en estos asuntos. Ayer me encontré con muchos casos así cuando escribí al respecto en mi muro de Facebook.

Aquí tenéis más información si estáis en ese caso:

Por supuesto los hay a los que ni les va ni les viene, que no lo acaban de entender, que no les preocupa, que están a otras cosas aunque lo que esté en jugo sea el futuro de sus hijos.

Y también aquellos que no están de acuerdo, que no conciben las huelgas como forma de protesta, que la Lomce les parece requetebién o/y se agarran ante cualquier cosa que implique una camiseta verde al “con lo bien que viven los profes” o que “no se pude ser tan blanco con los niños” sin pensar más allá.

Mi hija sí ha ido porque creo firmemente que todas esas pruebas estándar en las que alguien ajeno al niño le evalúa, pruebas cuya nota cuenta a partir de Secundaria y que sustituirán a la Selectividad, serán motivos de desigualdad, traerán frustración, injusticias y fracaso escolar.

Para los niños con necesidades educativas especiales, para aquellos que más se esfuerzan y con más handicaps parten, aún más. ¿Cómo afectarán a los niños que necesitan adaptaciones curriculares? ¿En qué se traducirán todos sus esfuerzos cuando se encuentren frente a ese examen que no contempla al individuo?

Es imposible medir a nuestros hijos con esas pruebas de una manera justa, de la misma manera que acciones como las de hoy son imposibles de cuantificar.

 Varios jóvenes, durante la primera huelga estudiantil convocada este curso en rechazo a las reválidas o pruebas finales de ESO y Bachillerato que fija la Lomce, hoy en Santiago de Compostela. EFE/Xoán Rey

Varios jóvenes, durante la primera huelga estudiantil convocada este curso en rechazo a las reválidas o pruebas finales de ESO y Bachillerato que fija la Lomce, hoy en Santiago de Compostela. EFE/Xoán Rey

 

¿Disfrazarse de zombi en Halloween o de santo en Holywin?

Ojiplática me he quedado esta mañana cuando he sabido esta misma mañana de la existencia del Holywin (los santos vencen), que por lo visto llevan intentando impulsar varios años unos cuantos que no están conformes con la importación de la festividad pagana de los disfraces, los dulces y las calabazas y la desacralización del día de todos los santos.

Como es complicado luchar contra el gusto por disfrazarse y festejar, proponen que los niños se disfracen de santos, apóstoles, vírgenes….

Juro que no hay nada más lejos de mi intención que faltar al respeto a los creyentes. Mucho menos a los niños. Pero… ¿de verdad era necesario?

Vamos, que tradición de disfrazar a los niños de santos no hay ninguna. Y posibilidades de frenar el empuje de Halloween veo pocas, teniendo en cuenta que ha pasado de ser eso raro que veíamos en series estadounidenses y no acabábamos de comprender bien en qué consistía a una fiesta ineludible en el colegio de nuestros hijos a velocidad de vértigo.

Y tampoco veo que pase nada por celebrar una fiesta en la que los niños lo pasan bien disfrazándose y comiendo algún dulce de más. No veo en absoluto incompatible ser católico (o budista, judío o musulmán) y que tus hijos lo pasen bien un día al año disfrazándose de bruja, calabaza o entrenador pokemon.

Hacer y dejar hacer debería ser más sencillo, en esto y en otras cosas.

Hay abundante información al respecto de esta iniciativa, secundada por la diócesis de Ceuta y Cádiz, en webs como el blog del padre Eduardo Sanz de Miguel, que recoge numerosas fotos, Infocatólica.com, que reconoce abiertamente que es un contra-halloween para que los niños católicos puedan “celebrar la fiesta con todo su sentido”, o Religiónenlibertad.com, que exclama ¡celebremos a los santos, no a los espantos!.

En ese último enlace se dan consejos para amenizar la fiesta de Holywin, si estáis interesados en explorar esta versión alternativa, como hacer dulces con estampitas, que los niños hablen sobre el santo del que están disfrazados, los dibujen, recorten aureolas y se asista juntos a la misa de Todos los Santos del 1 de noviembre.

Teniendo en cuenta el truculento fin de muchos santos, optar por disfrazarse de Santa Agueda, con los pechos sanguinolentos en una bandeja ofrecidos a Dios, o San Lorenzo, carbonizado por completo, va a ser mucho más tétrico que cualquier disfraz de Halloween. ¿Tal vez un dos por uno?

Venga. Vale. Que en Holywin animan a elaborar disfraces alegres y festivos y no con sangre, coronas de espinas y martirios. Disfraces como estos:

¿Es la vasectomía el mejor método anticonceptivo en una pareja que no quiere más hijos?

Más vasectomías que ligaduras de trompas, así evoluciona la anticoncepción en España, es un reportaje de mi compañera Amaya Larrañeta que os recomiendo.

En él recoge un cambio de tendencia que tal vez sorprende pero que alegra, porque supone que los varones están implicándose cada vez más en la anticoncepción. En la ultima década el número de vasectomías supera a las ligaduras de trompa. Desde 2004 las primeras, una intervención mucho más sencilla, han subido casi diez puntos mientras que las segundas han caído aproximadamente en la misma proporción.

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¿Vasectomía o ligadura de trompas? No es algo que uno se plantee con veinte años, pero a cierta edad y con la prole que se deseaba ya presente plantearse un método definitivo, con el que despreocuparse, tiene todo el sentido.

Es curioso. Nosotros no hemos optado ni por lo uno ni lo otro. Y eso que tenemos claro que no queremos más hijos y ambos acabamos a cumplir los cuarenta y aquello de que nos vemos aún jóvenes para buscar métodos definitivos empieza a oler a rancio. Sinceramente, es una conversación que ni siquiera hemos tenido y que deberíamos plantearnos.

No obstante, aunque no hayamos puesto el tema encima de la mesa para tomar una decisión, ambos sabemos que yo no quiero una ligadura de trompas habiendo una alternativa mucho más sencilla. Tampoco quiero el DIU, que obliga a revisiones y cambios con los que recuerdo a mi madre pasándolo bastante mal y que sé de algún caso en que ha fallado. Los métodos hormonales los usé muchos años y sé bien los efectos secundarios que tienen y que no quiero volver a ver aparecer, sobre todo el de disminución de la libido.

Así que no quedan muchas opciones, los métodos de barrera y la vasectomía. O ninguno (ejem), como un 11% de mujeres en edad fértil con pareja que están en riesgo de tener un embarazo no planificado.

Pensándolo fríamente, cuando ya has tenido todos los hijos que querías tener y empiezas a tener una edad tirando a respetable, de entre todos los posibles métodos anticonceptivos, la vasectomía parece el mejor, el más cómodo, el más barato, sin efectos secundarios, sin revisiones, ideal para disfrutar y despreocuparse. Su único inconveniente es que no sirve para frenar las enfermedades de transmisión sexual, la pareja tiene que tener la seguridad de que por ese lado no hay riesgos.

En una pareja la planificación familiar es cosa de los dos, la pelota no debe estar siempre en el tejado femenino salvo que se tire de preservativo. Si los motivos para negarse son únicamente conservar intactas las joyas de la corona, ahí hay algún bloqueo psicológico de los de hacerse mirar. Si la mujer tiene que hormonarse, implantarse un DIU y acudir a las revisiones o pasar por una operación más compleja solo porque al hombre “le da cosa”, algo importante falla.

Pasar por una intervención nunca es plato de gusto, pero una tan pequeña que es comparativamente tan ventajosa tiene todo el sentido que esté ganando adeptos.

GTRES

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‘Mi amigo capricornio’, un manga con el que trabajar el acoso escolar

Últimamente estoy muy japonesa. En mi anterior post os hablaba de las películas de animación procedentes de aquel país con las que más ha disfrutado mi hija de siete años, una recopilación que también es una recomendación para que podáis ver con vuestros niños. Son historias hermosas cuya calidad supera con frecuencia a muchas de las cintas infantiles de grandes estudios occidentales que nos meten a carretadas en los cines.

Hoy os traigo un manga de Otsuichi y Masaro Miyokawa editado en España por Milky Way Ediciones que he disfrutado leyendo este fin de semana y que creo que puede ser una buena herramienta para que nuestros chicos reflexionen sobre el acoso escolar, sobre si el papel que desean ocupar es el de meros observadores cuando vean a un compañero abusar de otro.

imageSe trata de Mi amigo capricornio y no es apto para los niños más pequeños. Lo recomendaría para chicos a partir de unos catorce años. Y no porque haya violencia o sexo, en absoluto, sino porque en él se lleva al extremo la situación de acoso, con un matón que acaba siendo asesinado, un suicidio en el aire y otro en el pasado.

Así es la sinopsis de la contraportada:

Una noche, Yuya Matsuda se topa con su compañero de curso Naoto Wakatsuki, que acaba de cometer un asesinato. Wakatsuki, agobiado por el horrible acoso escolar al que es sometido, acaba matando a su maltratador. El sentimiento de culpabilidad que atenaza a Yuya, que hasta ahora no había hecho nada para evitar ese acoso a pesar de haber sido testigo a menudo, le insta a tomar la decisión de huir con él. Una impactante verdad espera a los dos jóvenes al término de su huida. ¿Se cumplirá el predestinado desenlace…?

En Mi amigo capricornio también hay magia, un viento que sopla trayendo noticias del futuro que el protagonista querrá evitar, personajes conmovedores y un misterio a resolver, porque no todo es ni mucho menos lo que parece en este libro francamente recomendable que puede abrir la puerta a una buena charla.

Eso sí, tal vez la historia hubiera mejorado si mostrara algunos grises en el acosador, algunos claroscuros. Si ese personaje no fuera eminentemente un monstruo habría ganado en profundidad.

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“Fuimos nosotros quienes optamos por sacrificarlo a él para poder vivir seguros”

Son 224 páginas en edición rústica con sobrecubierta de 13×18 centímetros. Cuesta ocho euros.

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Las películas de anime son país para niños

Me gusta la animación japonesa, me gusta mucho. No soy ninguna experta, pero procuro ver todo lo que sé que tiene éxito y buenas críticas y no dejo que se me escape nada de los estudios Ghibli. Esa forma sutil de narrar, la estética, los personajes reflexivos incluso en la épica, el romanticismo sosegado, los desenlaces abiertos… me encantan.

No por nada a mi hija la llamamos desde que era bebé “princesa Mononoke”.

Julia tiene siete años, así que aún es pronto para ver con ella La princesa Mononoke. Tampoco le queda mucho para disfrutarla, es una niña que no se asusta fácilmente ni tiene pesadillas, que está acostumbrada que organicemos en casa noches de cine en familia en las que hemos visto desde clásicos como Dentro del laberinto, Cristal oscuro o Los Goonies hasta estrenos que no están pensados para niños como El marciano cuando el proyecto de su cole iba del espacio.

Y también largometrajes animación japonesa, claro. Este fin de semana estuve viendo con ella un estreno reciente que tuvo mucho éxito en su país de origen, El niño y la bestia, de los mismos creadores de otra belleza que ya había visto con ella: Los niños lobo. Ambas, es cierto, para niños a partir de la edad de mi hija y que digieran bien el cine. A partir de los diez años ya las puede ver cualquiera.

Con frecuencia me he encontrado a otros padres recientes sorprendidos cuando lo cuento. Hay una creencia muy extendida por ahí de que la animación que viene de ese país es apta solo para adultos, por compleja, por su alto contenido en violencia y/o sexo.

Hay mucho de eso, claro que sí, Akira o Ghost in the shell no las veremos hasta dentro de muchos años. Pero también hay auténticas obras de arte que podemos disfrutar junto a nuestros hijos. Incalculablemente mejores que la enésima versión de Ice Age o Kung fu panda.

Si tenemos dudas sobre si se trata de una película indicada para nuestros niños, la solución es tan sencilla como verla nosotros antes a solas.

Pero cuidado, que engancha.

Os voy a dejar aquí las favoritas de Julia, todas aptas para todos los públicos. Si tenéis más sugerencias, aquí me tenéis.

Arriety y el mundo de los diminutos. Probablemente la que hemos visto en mayor número de ocasiones. Con una protagonista valiente, sensible, inteligente y que mide unos pocos centímetros. También un niño humano al que le duele el corazón. De los estudios Ghibli, pero no del genio Miyazaki sino de Hirosama Yonebayashi, que se estrenó en la dirección con esta película de 2010.

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Mi vecino Totoro. Esta sí es de Miyazaki y más antigua, de 1988. Solo con escribir esa primera línea ya tengo la cancioncilla de Totoro sonando en mi cabeza, y es probable que me acompañe media mañana en la redacción. Dos niñas, el entorno rural japonés y un mundo mágico y amigable. Deliciosa.

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Nicky, la aprendiz de bruja. Nicky y su gato buscando su independencia, entendiendo lo que es la amistad y viviendo un montón de aventuras al meterse a mensajeros. Miyazaki, 1989.

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Ponyo en el acantilado.Un niño pequeño (ve acabo de dar cuenta de que es el único varón protagonista del listado), que encuentra un pez que es mucho más de lo que parece. Una cinta marcada por el mar. Miyazaki, 2008.

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Nausicaa del valle del viento. De nuevo una protagonista femenina decidida y con recursos, piloto y exploradora. Un canto al entendimiento con la conservación del entorno muy presente. Tal vez requiera niños más mayores que las anteriores. Miyazaki, 1984.

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Hay otras películas que hemos visto juntas, no solo de Ghibli, pero estas son las que más le han gustado y las que creo que mejor pueden servir para iniciar a los niños. Y hay otras que me reservo para descubrírselas más adelante, como la terrible y hermosa La tumba de las luciérnagas, el último (y romántico) éxito Your name.

Creedme, la animación japonesa no es un nicho para frikis, también es país para niños.

Incluir a una persona con discapacidad en cualquier actividad deportiva no es una opción, es su derecho

correrninosEstos días ha habido una madre que ha estado en lucha, por su hijo. Bueno, hay muchos, muchísimos padres y madres que se ven obligados a pelearse a su pesar todos los días, pero yo os quiero hablar de un caso en concreto.

Esta madre de la que os hablo, Menchu, tiene un hijo con autismo, un niño que participó el año pasado en una actividad deportiva que le resultaba beneficiosa, en la que disfrutaba y que le ha sido negada este curso. Querían juntarle con niños mucho más pequeños que él y no aceptaban que entrase una monitora que no les suponía ningún coste. Todo está contado en esta noticia.

Al final su hijo va a tener que acudir a otro lugar para poder seguir disfrutando y creciendo, pero su madre ha peleado, le ha costado tiempo y disgustos pero ha puesto en evidencia la actuación de esta gente que excluye en lugar de incluir. Y lo seguirá haciendo.

Y si hoy os traigo aquí su lucha es porque ella quiere dejar algo claro, algo que yo también creo que es preciso que todo el mundo tenga muy presente: si te encuentras de frente con una persona con discapacidad, una persona que quiere participar en la actividad que organizas, entrar en tu establecimiento, que le atiendas desde tu mostrador… No tienes la opción de decidir si lo haces o no, no es una elección que puedas hacer. Es un derecho que esa persona tiene.

Más vale que esta idea se difunda porque aún se dan demasiados casos en los que se excluye, se impide el acceso, se ponen trabas de entrada…

Así de clarito lo cuenta ella:

Nuestros/as hijos/as no tienen que ser aceptados, NADIE tiene derecho a plantearse si les acepta o no, nuestros/as hijos/as nacieron ciudadanos/as de pleno derecho y nosotros/as los/as padres/madres tenemos la obligación de hacerlos respetar, porque un diagnóstico no se lleva nada más que lo que nosotros le dejamos que se lleve.

Puede haber necesidades de adaptación, dudas de diferente tipo a solventar, el soporte de los padres… Claro que sí, de todo eso se puede hablar con asertividad, con la actitud adecuada. La negativa sin argumentar, la cerrazón, es una vulneración a sus derechos.

Esta madre ha logrado que la Confederación Autismo España emita un informe relativo a su caso particular que quiere que se difunda para que todos sepamos a qué atenernos, tanto las personas con discapacidad y sus tutores como aquellos que realizan actividades deportivas.

Os animo a leerlo y a tenerlo muy en cuenta:

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El acoso escolar hay que trabajarlo en las dos direcciones (necesitamos psicólogos en los colegios)

Escena de acoso escolar (GTRES).

(GTRES).

Leo las noticias sobre acoso escolar, sobre niños con frecuencia muy pequeños, sufriendo por la crueldad de otros miembros de su manada escolar. El último, un niño de doce años con una discapacidad del 33% que no sale de su habitación y está tomando ansiolíticos.  Aunque las nuevas tecnologías abren nuevas vías no creo que haya más, es que antes los medios no nos planteábamos que fuera noticia. Cosas de críos, como también pensaban muchas familias.

Se me parte el corazón, pero creo que tendría más o menos claro el camino a seguir si fuera mi hijo. Lo primero sería sufrir como si el maltrato lo hubiera recibido yo. Luego denunciar, darle todo el apoyo y amor que fuera capaz, buscar ayuda especializada y, casi con toda seguridad, buscar otro colegio.

Es lo que han acabado haciendo todas las personas que conozco cuyos hijos lo han estado pasando mal por culpa del bullying. Todas, absolutamente todas, decepcionadas con el proceder de sus distintos centros escolares.

Injusto completamente. Precisamente la víctima es la que tiene que irse, desarraigarse de su colegio, perder tal vez a los amigos que tuviera, buscarlos nuevos aunque sea de los que le cueste. Los que acosan permanecen en su centro, con su vida apenas alterada.

Y aún así yo también lo haría. Yo también le sacaría, porque no querría a mi hijo en un entorno hostil en el que sufre. Se puede luchar de muchas maneras contra el acoso, por la inclusión, pero no empleando a tus hijos como ariete.

Pero os voy a decir una cosa. Estoy convencida de que sufriría lo mismo y más y estaría mucho más perdida si mi hijo fuera el acosador.

Es curioso como solo he sabido de una persona que reconociera que su hijo había acosado a otro, pese a que los padres de víctimas que me he topado son varios. Curioso porque los que acosan son más en número.

Era una persona empática, bondadosa y completamente perdida. No sabía cómo encarar aquel comportamiento de su hijo. “En casa no somos así, no les hemos transmitido eso”, me decía. También tendía a disculparlo, explicando que el cabecilla era otro, que su hijo solo se dejaba llevar.

No son chiquilladas, no es algo a lo que quitar importancia. Es muy duro, muy doloroso reconocer que tu hijo es un verdugo y actuar en consecuencia.

Por suerte ellos reaccionaron y buscaron la ayuda de un psicólogo. Por desgracia muchas familias no tienen su preparación y sus medios. Aún sucede que si al niño le salen dos granos comiendo nueces vamos corriendo al médico, pero nos cuesta horrores tratar lo que es más importante, hay que romper varias barreras mentales para llevar a un niño a psicólogo.

Y los buenos psicólogos, los que están especializados y te atienden rápido, no son baratos. 

Más motivos para la desigualdad.

Estos días he estado leyendo varios textos en los que sus autores contaban que habían sufrido acoso escolar. Ahora, ya adultos, hablan abiertamente de cómo fue su experiencia, de que el acosado nunca tiene la culpa, de que nadie está libre de ser acosado. Tienen razón. Pero, ¿sabéis qué? Aun estoy esperando a alguien que salga del armario y diga “yo hice la vida imposible a otros niños, yo fui un matón, yo les acosé”. Los padres de los niños que sufren acosos salen entrevistados en los medios, los otros no.

El acoso escolar hay que frenarlo en las dos direcciones y para eso hay que verlo y reconocerlo en las dos direcciones.

Los protocolos no funcionan, nuestros hijos tardan en contar en casa lo que les sucede en el colegio aunque les intentemos sonsacar, los medios para tratarlo a tiempo en uno y otro lado son escasos o costoso, muchos de nuestros niños van a pasarlo mal y, en algunos casos, quedar con cicatrices para siempre, al lugar al que deberían ir a pasarlo bien y aprender.

Lo peor, que no parece que sea una prioridad a solucionar en la agenda política de nuestros dirigentes.

Hacen falta medios, profesionales cualificados en todos los centros, formados y actualizados para bregar con el acoso, terapias psicológicas gratuitas para los niños que lo necesiten y talleres que trabajen la inteligencia emocional y la empatía con los niños.

En lugar de eso en los últimos años nos hemos encontrado que los orientadores desaparecen de los centros, que se ven obligados a repartirse entre varios colegios, que tienen que manejar más de lo que son capaces de abarcar y sin posibilidad de especializarse.

Necesitamos buenos psicólogos en los colegios. Y los necesitamos ya.

Cada niño tiene su propio diccionario (y conviene tomar nota para no perderlo)

Una niña que también ha recibido al ratón Pérez (GTRES).

(GTRES).

Creo que una de las cosas que más voy a echar de menos cuando Julia crezca y se exprese con corrección van a ser esos momentos en los que se pone creativa con el lenguaje y le salen expresiones que nos dejan desternillados de la risa.

Algunos de los últimos añadidos a su diccionario son:
– Nos cayó un mojón de agua que no veas.
– En baloncesto tienen muchos sustentes.
– Ella no come lasaña, come saña .

Por mojadura y por suplentes mezclado con sustitutos, obviamente.

AU que no es exactamente igual, una de sus confusiones más gloriosas vino de la mano de la canción del pequeño Cid y ya os lo conté aquí hace tiempo:

“¿Mamá, qué es sado?”

“¿Cómo? ¿Dónde has oído eso?”

“En la canción que está sonando: el Cid, el macho sado y feliz”

“Cariño, dice el más osado y feliz”

“¿Y qué es osado?”

“Valiente”

“Ah, vaaale”

Ese retorcer, mezclar o malinterpretar las palabras son cosas que tienen en común los niños pequeños y los abuelos, que al menos en mi familia están peleados sobre todo con los términos tecnológicos y los vocablos ingleses.

Y son cosas que hay que apuntar en el momento en que las dicen, porque si no se van para siempre y es una pena. De hecho yo estoy escurriéndome ahora las pocas neuronas que me quedan por el sueño para recordar más expresiones similares, que por supuesto que ha habido más. Pero nada, se volatilizaron pese a lo que nos riéramos en su momento.

¿Recordáis alguna de vuestros hijos o de cuando vosotros erais pequeños?