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Vivir es cabalgar un dragón y disfrutar del viaje

Una semana en la región de Poitou-Charentes a paso de niño

imageEste verano hemos optado por tomar carretera y manta. Casi un mes recorriendo en coche parte de Francia con los peques. ¿Quién dijo miedo?

Hemos planificado un viaje con mas escalas de las que tal vez hubiésemos tenido de no ir con niños. Ningún día vamos a recorrer más de 450 kms. Y con paradas y actividades pensado en ellos.

No es lo mismo viajar con niños que sin ellos, lo que no quiere decir que no se pueda viajar con niños y disfrutar mucho con ellos. También cuando uno de los niños tiene autismo.

A mi santo y a mí siempre nos gustó viajar. No gastamos nuestro dinero en cambiar de coche, ir a restaurantes caros o de copas, en bolsos, perfumes o zapatos de firma ni en tener el móvil de última generación. Ojo, muy bien me parece el que lo gaste en eso, pero lo nuestro siempre ha sido conocer parte del mundo que nos rodea.

Ya os expliqué hace tiempo que no éramos de quedarnos en casa porque uno de nuestros hijos tenga una discapacidad. Al menos hay que intentarlo. Mientras haya música, hay que bailar, ya sabéis.

Os voy a ir contando, según vaya teniendo tiempo y wifi, lo que estamos haciendo en este viaje. Tal vez para alguien resulte de provecho, tanto por si se plantea viajar por la zona con niños como por ver que con un niño con discapacidad también se puede tener espíritu de Phineas Fogg.

Nuestra primera semana, tras hacer una noche en la Navarra más vasca, ha transcurrido en una pequeña y antigua casa de campo con piscina en la villa de Chapelle-Mouliere, en la región de Poitou-Charentes.

Por aquí hay muchas casitas similares, con encanto y bien equipadas, por un precio muy razonable. Nosotros hemos visto muchas como la nuestra, en las que una semana para cuatro personas puede costar entre 400 y 500 euros. También hay campings con muy buena pinta. Nosotros de hecho pasaremos la última semana en uno en La Rochelle. Ya os contaré.

Estos pueblitos son lugares perfectos para estar tranquilos. Zona de cultivos y ganadería, boscosa, con chateaus para visitar, ríos en los que bañarse, ideales para el cicloturismo y las caminatas.

Nosotros hemos quedado enamorados de Angles Sur l’anglin (segunda foto), con su molino, su castillo medio derruido, calles por las que esperas ver aparecer a Bella cantando y sus cuevas rupestres. En realidad nos han prendado todos los pequeños pueblos franceses de la región, con sus casas de piedra blanca rebosantes de flores en las que parece haberse detenido el tiempo, todos inmaculados, con un monumento con los nombres de los caídos en las guerras mundiales. Memoria histórica bien entendida.

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Hay poca oferta de restauración, poco comercio y ninguna vida nocturna, eso sí. De hecho tampoco hay mucha vida diurna. Pero para comer nada mejor que pasar por los mercados con productos de la tierra. ¡Los tomates huelen a tomates, y los melocotones a melocotones! Y hay pequeñas fresas, dulces y ácidas, como no las comía desde que mi abuelo las cultivase en su finca en Asturias. La verdad es que un poco sí que recuerda a Asturias o Santander, en lo verde, en el clima…

Nosotros, además de descansar, leer y hacer uso de la piscina, hemos visitado tres chateaus, ninguno a más de hora y media en coche: el de Ussé, que inspiró el cuento de La bella durmiente y el que menos nos gustó, el de D’azay-le-Rideau, pequeño pero delicioso en un pueblo más delicioso aún y con iluminación nocturna, y el de Villandry, impresionante con unos jardines en los que perderse y una importante conexión española: lo adquirió y rehabilitó a principios del siglo pasado el extremeño Joaquín Carvallo.

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Hemos descubierto que a Jaime le gusta recorrer esos chateaus. Es curioso, porque en las catedrales se niega a entrar, pero en cambio sube escaleras y cruza estancias encantado cotilleando. Tal vez algo más deprisa de lo que nos gustaría a los demás, eso sí.

Por fuera hemos visto alguno más. De cerca y de lejos. Lo cierto es que no extraña al ver tantos en torno al Loira y sus afluentes que hubiera una revolución.

imageTambién hemos visitado Chinon, con Julia jugando a ser Juana de Arco, la medieval Chauvigny, la señorial Poitiers y la hermosa Saumur, que resistió heroicamente en la Segunda Guerra Mundial y en la que hay un museo de tanques que también visitamos y en el que expliqué a Julia lo fea que es la guerra mientras se encaramaba a algunos vehículos acorazados de la zona infantil. A Jaime me limité a cantarle Ay Carmela. Cosas que salen solas.

Todas han sido visitas rápidas en el plano cultural, a paso de niño. Parando a descansar y a jugar a ser caballeros y princesas. Y encontrando siempre gente amable, con poco o ningún inglés pero dispuestos a entender y hacerse entender.

No, no fuimos a Futuroscope pese a tenerlo al lado. Ya os conté en su momento el motivo.

Y uno de los días nos escapamos al Valle de los Simios, pero de eso ya os hablaré en el siguiente post.

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Almudena Fer

    ¡Que envidia me das! Este tipo de viajes es lo único que me hace echar de menos el no saber conducir, ni yo ni mi santo. Me encanta Francia en general y sus pequeños pueblos en particular. Antes de tener los niños solíamos ir una semana todos los años, y aunque la falta de coche nos limitaba a base de tren y autobús podíamos recorrer bastante. Pero con los niños de momento no nos atrevemos.
    No creo que sea una locura hacer esos viajes con niños, ni siquiera con niños con discapacidad. Ya he hablado otras veces de la amiga de mi hija que tiene parálisis cerebral y hacen viajes así, y precisamente también por Francia, ya que sus padres nacieron y se criaron allí. Lo cual les supone una gran ventaja, claro. El año pasado tuvieron un problema con el alojamiento que habían reservado, no les dejaban alojarse por haber llegado mas tarde de la hora, cosa que ellos habían advertido. Y en la agencia con la que habían contratado les dijeron que lo denunciarán en la policía, ya que era muy grave negar alojamiento a un niño con discapacidad. No se si en España pasaría lo mismo.
    En cuanto a visitas culturales con niños, pienso que tienen mucha mas capacidad para disfrutarlas de lo que pensamos. El verano pasado estuvimos unos días en Salamanca y a mis hijos, entonces de siete años, les encantó. Sobretodo a la niña, no paraba de decir lo bonito que era todo.
    Disfrutad mucho del viaje.

    13 Agosto 2014 | 00:16

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