Archivo de agosto, 2012

Juegos Paralímpicos: correr, nadar, pedalear, bailar, ser feliz…

31 agosto 2012

Una de las cosas que más le gusta hacer a Jaime es nadar en la piscina. Probablemente se trate de su actividad favorita. Comenzó a ir a matronatación con nosotros cuando tenía dos años y ahora, con seis recién cumplidos, está hecho un sireno. Bucea, se lanza, cruza la piscina en diagonal a braza… disfruta en el agua como una sardinilla y, desde luego, ya nada mejor que yo. Tenéis prueba gráfica en este post.

Pese a ser de carácter tranquilo, le gusta moverse. Le gusta correr, escalar, saltar, bailar… por eso este año en cuanto bajen un pelín más las temperaturas vamos a llevarle a una pista de atletismo bien vallada que hay a diez minutos de casa abierta para todo el mundo, para que corra allí feliz y contento. Este año también voy a llamar a un club de escalada, a ver si podemos iniciarnos también con eso, que seguro que le encanta. Y la bici está esperando,  no olvidada. Todo como un juego obviamente, no es un entrenamiento sino una manera de estas más conectado y que su tiempo libre transcurra de manera constructiva.

El deporte en los niños siempre es recomendable, esencial. Ya me habéis oído contarlo más veces. A Julia también la animaremos a practicarlo. Pero con Jaime, por su autismo, tiene además muchos beneficios adicionales, al menos en potencia, así que hay que intentarlo.

Aquí tenéis a James Hobley. Tiene autismo diagnosticado desde los cuatro años y es un bailarín excepcional. Ha llevado la antorcha olímpica. En un momento del vídeo explica que bailando es cuando se siente “normal”.

Tommy Des Brisay tiene 19 años y autismo. No pronunció su primera palabra hasta cumplir los siete años. Corre y participará en estos Juegos Paralímpicos.

Como ellos hay muchos más. Con autismo y con muchos otras discapacidades muy diferentes. Os aseguro que yo seguiré sus éxitos en Londres. ¿Quién sabe? Tal vez en los que se celebren en Madrid pueda ir a animar a mi hijo.

Aquí tenéis varios vídeos promocionales/inspiradores de los Juegos Paralímpicos.

¿Recuerdas tu primer amor? Pues es probable que no lo estés recordando bien

28 agosto 2012

Si a mí me preguntasen eso de golpe, podría pensar en el primer niño que me gustó al más puro estilo My girl. De ser así se trataría de un burgalés con el que trepaba a los árboles y al que perdí la pista hace mucho (ojalá recordara el apellido para buscarle en Facebook y saber qué fue de él). También podría pensar en mi santo, hijo de un burgalés (estaba predestinada, está claro), el primer y único hombre al que he amado de verdad.

Pero me equivocaría. Ninguno de los dos fue mi primer amor. Y si tú estabas recordando también tu primer beso preadolescente o a la primera pareja por la que bebiste los vientos, es muy probable que también te estés equivocando.

Mi primer amor fue mi madre. También mi padre, por supuesto, pero me atrevería a decir que él fue el segundo. Y no lo he recordado hasta que he tenido hijos y he visto que ahora que son pequeños, para ellos, yo soy el centro de su mundo.

Si tenéis también niños pequeños, imagino que lo habréis observado. Sus padres somos la compañía que prefieren, hacen de todo por llamar nuestra atención, provocar nuestras risas y lograr nuestras caricias. Quieren que conversemos con ellos, charlas sobre nuestros colores favoritos y respuestas a interminables porqués, que juguemos con ellos, que durmamos con ellos, quieren constancia de tenernos a su lado. Un amor a veces ingobernable y que está detrás en ocasiones de sus rabietas, desaguisados y retos.

Se habla con frecuencia del concepto “amor de madre” como esencia del amor poderoso y desinteresado, pero ahí también debería estar el “amor de hijo”, ese amor impoluto y total que nos tienen los nuestros niños. Un amor que luego evoluciona con el tiempo, por desgracia normalmente a peor.

Es un ejercicio interesante ser consciente de lo mucho que nos quieren, de cómo sus acciones son manifestaciones de ese amor y recordar así que nosotros también estuvimos igual de profundamente enamorados cuando éramos pequeños de nuestros padres, antes de ver sus humanos defectos, cuando aún creíamos que eran gigantes hermosos y perfectos.

Los niños son mayores ladrones de tiempo que los hombres grises de Momo

22 agosto 2012

Tenemos dos amigos un pelín mayores que nosotros a los que queremos mucho. Gente activa, con curiosidad e inquietudes y sin hijos. Es decir, con un montón de aficiones. La última: patinar.

No sé si vosotros tenéis amigos semejantes a vosotros en edad y en manera de ver y afrontar la vida, pero que no hayan sido padres. Es fácil que sí. Tal vez incluso hayáis tenido la misma reflexión que yo. Les veis disponiendo de su tiempo libre con total libertad, especuláis sobre si vuestra vida sería parecida a la suya de no haber sido padres y os dais cuenta de hasta que punto tener un niño hace que tu reloj ya no haga tic tac para ti.

No solo es que tengas que adaptar todos tus horarios a los suyos, es que el tiempo libre, la capacidad de hacer lo que te venga en gana sin depender más que de uno mismo, prácticamente desaparece. Son unos ladrones de tiempo tales que ríete tú de los hombres grises de Momo (la imagen que ilustra este post es de mi edición de ese maravilloso libro infantil, que guardo para mis hijos).

Sin ellos tendríamos disponibilidad absoluta para tener los horarios laborales que tocasen, para salir y entrar, viajar, salir de noche al cine, cenar o tomar unas copas, hacer distintos deportes, probar diferentes aficiones, leer más libros (incluso escribirlos) o simplemente descansar en el sofá.

En algunos momentos puntuales te dan ganas de preguntarte: “¿Por qué tuvimos hijos?”. Y algo dentro de ti responde: “por que estamos programados genéticamente”.

Pero… ¿sabéis qué? La felicidad que sientes al verles reír, la satisfacción que notas al verles pasarlo bien, el amor que te caldea el corazón cuando te besan o abrazan, bien vale el tiempo que cuesta. La felicidad qy satisfacción que sientes al montar a caballo, ir al cine siempre que quieres o conocer Costa Rica no es más que una sombra.

Y realmente nadie como los padres recientes aprendemos a apreciar de ese poco tiempo libre, de esos momentos en que logramos nuestro propio goce y disfrute. Lo valoramos como el tesoro del dragón, mientras otros lo dilapidan sin entender del todo lo preciado que es.

Los niños pequeños y las olas de calor

20 agosto 2012

¿Habéis visto los parques infantiles madrileños estos días de verano intenso? Ni un alma. Creo que en el desierto de Almería hay más gente. Lógico por supuesto, a ver quién aguanta con niños pequeños y más de treinta grados. Y a ver quien está tan loco como para permitir que sus hijos pequeños están tirándose por el tobogán y corriendo del columpio al balancín con semejante chicharrera.

En cambio en lo más crudo del invierno sí que pueden verse niños en los parques. Yo misma he tenido a mis peques, bien abrigados eso sí, en los parques en supuestas olas de frío. Y si llueve, pero no diluvia, también se lo puede pasar uno bien en el columpio cantando aquello de que llueva, que llueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan…

Por la calle paseando, montando en bici, patines o patinetes veréis unos pocos, sí. Muy pocos comparados con cualquier otra época del año.

¿Dónde están los niños pequeños (y los bebés)
en las grandes ciudades que están en alerta amarilla y naranja? Muy fácil: paseándose por los centros comerciales, en los parques de bolas, en el cine (no es casualidad que estrenen bastantes películas infantiles en verano), en las piscinas, en las playas (los afortunados que pueden) y en casita con el aire acondicionado tirando de juguetes, tele, consolas, juegos de mesa, pinturas… o de visita en casa de otros amigos con o sin niños. Con los bebés puede ser una buena oportunidad de recorrer museos.

¿Qué hacéis vosotros con vuestros niños con estos calores?

Ir a la playa con niños pequeños, no es lo mismo

18 agosto 2012

Mi santo y yo nunca hemos sido muy playeros, somos de los de un par de bañitos, secarse e irse. Tomar el sol durante largo rato no nos motiva, leer en la playa nos ha resultado siempre incómodo y lo de comer allí ni nos lo planteamos. Teniendo eso en cuenta, siempre hemos ido con lo mínimo a la playa: un par de toallas, la crema protectora y listo. ¡Quién nos ha visto, y quién nos ve ahora que vamos con niños!

Nuestros peques, como ya os he contado en anteriores posts, nos salieron también poco playeros, al menos hasta ahora. Jaime, siempre ha estado peleado con la arena, no le gustaba estar rebozado, ni siquiera cuando era bebé. Julia igual. El año pasado solo intentamos en una ocasión bajar a la playa y duramos quince minutos en los que no salieron de la toalla. Ni quisieron entrar en el mar ni pisar la arena. Tengo amigos con niños a los que tampoco les gusta, pero la mayoría la verdad es que tienen hijos que en la playa disfrutan como locos jugando a disfrazarse de croquetas, acaban con arena masticada, hasta en los ojos… y tan contentos.

Este año parece que la cosa ha cambiado. Siguen siendo piscineros, pero Julia ya puede pasárselo bien en la playa, construyendo castillos y muros al borde del mar y bañándose en nuestros brazos. A Jaime no le gusta tanto, pero la soporta.

Este año hemos estado siete tardes en la playa, a partir de las 18:00 que es cuando mas suave está el sol y más tranquilos estamos. Y es interesante ver como hemos ido evolucionando día a día nuestras estrategias para sobrevivir a la arena con niños pequeños. El primer día, como buenos novatos, fue un desastre de arena, toallas rebozadas y niños crocantes. Poco a poco fuimos elaborando pequeñas estrategias en forma de más adminículos, distintas bolsas (esta para toallas limpias y mudas, esta de plástico para cacharros de arena…) y al final incluso sillas de playa.

Aún estamos lejos de esas familias (sabiamente, seguro) equipadas con sombrillas, neveras tumbonas, tiburones, tablas y colchonetas e incluso pequeñas piscinas inflables que llenar de agua de mar.

Lo que está claro es que, con niños pequeños, lo de ir con un par de toallas colgadas al hombro es imposible. Igual que es imposible lo de los dos baños y salir de la playa impolutos. Fabricar murallas, hacer dibujos con piedras y bañarse en la orilla lo impide.

Pero que queréis que os diga, pese a archiperres y pringamientos, la playa es mucho más divertida con niños.

Tras las vacaciones

17 agosto 2012

Ya hemos vuelto de nuestras vacaciones playeras, creía que podría escribir algún post mirando al mar, pero la conexión me ha fallado, así que os he tenido desatendidos durante un par de semanas. Pero ya estamos de vuelta, en pleno zafarrancho de lavadoras, compras y readaptación de horarios infantiles, así que espero retomar cuanto antes el ritmo normal.

Durante estos días hemos estado en Almería, en las playas de Vera. Nos gusta porque es un sitio muy tranquilo. sobre todo pensando en Jaime, es importante evitar aglomeraciones de gente, colas, atascos, bullicios o tiempos de espera. En el sitio en el que estamos tenemos la piscina prácticamente para nosotros solos, y no hay nada que le guste más a Jaime que la piscina. Salta, bucea y nada como un delfín. Disfruta como un enano, y nosotros con él. La playa la tolera, pero sigue sin convencerle mucho. Julia es una todoterreno, capaz de ser feliz en la piscina, en la playa, montando en pony (su gran experiencia del verano), corriendo en la plaza de algún pueblito bueno o tomándose un heladito o un zumo en una terraza.

¿Cómo ha sido o está siendo vuestro verano?