Hay días en los que sólo llegan malas noticias: bombas, inundaciones, empresas que se van a pique, hombres o mujeres que matan a sus parejas… A nadie le gusta ser portador de malas noticias pero la realidad, a veces, es así de terca y tiñe de negro periódicos, radios y televisiones.
Hoy varias de esas malas noticias están protagonizadas por jóvenes. La más trágica de ellas es la deun estudiante finlandés que ha matado a 10 compañeros de instituto antes de suicidarse de un tiro en la cabeza.
Como ya viene siendo habitual, antes de ese trágico final el asesino ha colgado varios vídeos en Youtube con sus presuntas hazañas. En uno de ellos se le ve disparando con una pistola automática; en otro, grabado sólo unas horas antes de la masacre, se dirigía a la cámara para decir “Tú serás el siguiente en morir”.
Otra noticia se refiere al ciberbullying, la forma más extendida de acoso escolar. No es tan grave como la primera, pero sí preocupante. Ya no basta con acosar, insultar o agredir al compañero de clase sino que hay que hacerlo público, dar la mayor difusión posible a esas salvajadas para que la víctima se sienta completamente intimidada: “La rapidez con que se propagan las grabaciones ofensivas por Internet o a través de los teléfonos móviles y el gran número de destinatarios que pueden recibirlas en poco tiempo hace que un mayor número de personas puedan involucrarse al acceder a contenidos humillantes o transmitirlos”.
La crueldad de algunos jóvenes no parece tener límites. Y sus ansias de notoriedad tampoco. “Sí, soy cruel, y quiero que se entere todo el mundo”, parecen decir con su actitud los protagonistas de estas brutales acciones. La historia no es nueva, una canción de Sabina de los ochenta ya retrataba esta afición al minuto de gloria de un macarra de ceñido pantalón: “Pero antes de palmarla se te oyó decir: Qué demasiao, de esta me sacan en televisión”. Aquel macarra no llegó a conocer YouTube, pero le hubiera encantado.
Un hombre de unos 55 años, vestido con traje negro y corbata, y su hijo de 16-17 esperan en una parada de autobús. El chaval lleva cresta, tres pendientes en la oreja derecha y unos vaqueros tan caídos que además del calzoncillo casi se le ve la pierna. Está fumando mientras oye la bronca que le dirige su padre. Es el único que habla: no le gusta el aspecto del joven, ni sus pantalones sucios y raídos, ni las manchas que luce en su camiseta, ni las mugrientas zapatillas con las suelas despegadas.
No es la primera vez que encuentro una revista porno en casa. La primera de ellas fue durante una mudanza: cuando los dos musculosos jóvenes que se ocupaban de cargar los muebles más pesados levantaron uno de los colchones del cuarto de mis hijos quedaron a la vista un par de revistas. Dejaron el colchón en el suelo, me miraron y sonrieron mientras uno de ellos me decía: “Esto pasa en las mejores familias, no es la primera vez que lo vemos”.
Aprovechando que la hija vive en otra ciudad con su abuela, la madre debió decidir un buen día que no tenía nada mejor que hacer que ponerse un top, una minifaldita y unos pompones en las manos para animar al equipo del instituto. Y así ha estado durante algún tiempo sin que nadie lo advirtiera.
Para intentar evitar esos problemas de convivencia la Comunidad de Madrid ha elaborado una 
¿Dónde estará? quién sabe. Lleva varios días haciendo lo mismo. Llega tarde y, como no se lleva el móvil, no hay quien le localice hasta que entra en casa. Así que hoy, tras un montón de llamadas a amigos y conocidos suyos, he conseguido encontrarle. Finalmente ha sido él quien ha llamado de regreso a casa de su padre. Él se escuda en que es verano, está de vacaciones y se está muy a gusto por la calle, aunque en los días más duros del invierno también tiene excusas para llegar tarde.

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