
Mientras escribíamos Los años Bárbaros, la película que recreaba la fuga en 1948 de Manuel Lamana y Ncolás Sánchez Albornoz de los trabajos forzosos de Cuelgamuros, colocamos un episodio protagonizado por el cantante Jorge Negrete. El ídolo mejicano había llegado a España con o un enorme recibimiento popular, la única manifestación publica permitida por un régimen en el que si tenía ideas libres la única diferencia entre estar en la cárcel y estar libre era que, en este último caso, te podían detener. Los dos fugados conseguían camuflarse en aquella explosión popular de seguidores de Negrete y evitaban a los falangistas que les perseguían. La visita del cantante encajaba en los intentos de la dictadura de abrirse al mundo, y en particular a Méjico, refugio principal de los intelectuales y de los políticos democráticos exiliados desde la rebelión militar y la guerra y enemigo frontal del poder franquista. De esa apertura se encargaba, entre otro, Ernesto Giménez Caballero, notable fascista de trinchera, intelectual raro y amplio, y que de viaje en Méjico para un congreso de cine latinoamericano, dejó para la historia una de esas definiciones con eco y retórica: los mejicanos son los últimos españoles verdaderos que quedan en el mundo.
De todo eso me acordaba, gracias además a Marina D., amiga nueva, mientras escuchaba hablar de un mejicano especial que abrazó aquellos españoles a los que había perseguido Giménez Caballero. De Alfonso Reyes, el enorme mejicano, el Instituto Cervantes ha preparado una exposición para perderse en el mundo del hombre que habitaba la región mas transparente. Del hombre paralelo a Borges, que apadrinó a Octavio Paz o a Juan Rulfo, que exiliado en Madrid se sintió como en casa con la cultura española de la
Repúblca, la edad de plata y otras joyas, y que luego en Méjico intentó siempre que el exilio español se sintiera como en la suya, es decir en la Casa de España. Más Aub, exiliado en Méjico, reconocía, al menos, trece variaciones en el mismo ejemplar único: humanista, ensayista, preceptista, prosista, cuentista, narrador, traductor, profesor, dramador, memorialista, periodista, poeta, inventor. De todos y de cada uno s hay una entrada, una pista, una posibilidad en las paredes de la exposiciòn y en el catálogo en El sendero entre la vida y la ficción que le llevó al final a la casa que se hizo construir para que pudiera albergar su enorme biblioteca, aquella en la que se podían contar los libros con los dedos de cien, de mil, de diez mil manos.
Curioso, por cierto, que en el prólogo, el director del Instituto Cervantes, Cesar Antonio Molina, no incluya una cita del propio Reyes que, sin embargo, sí aparece en un artículo de prensa en el que con el mismo material presenta la exposición.
Y no se ha dicho, a todo esto, lo único que había que decir: que América es muy distinta de España, pero que es, en la tierra, lo que más se parece a España; que donde todos hablan ya en francés o en inglés, sólo nosotros nos hemos quedado hablando español; que ambos, los de allá y los de acá, tenemos muy poca paciencia, y que nos está muy bien un océano de por medio; que la fraternidad es cosa natural, y que hasta puede llegar a ser muy molesta, pero que es inevitable siempre, por lo cual mejor es tratarse y conocerse que no hacerse amagos desde lejos; que la verdadera fraternidad excluye las continuas protestas de mutuo amor, y que así como podemos decir que América no era independiente mientras sentía la necesidad de acusar a España, podemos afirmar que América no será la verdadera hermana de España mientras una u otra se crean obligadas a jurarse fraternidad; que también conviene el pudor en las cosas internacionales, y que aquí como en Góngora, ‘Manda Amor, en su fatiga, / Que se sienta y no se diga’, que se obre más y se hable menos, dejando las buenas palabras para artesonado del Infierno”
(La cita, espléndida, de un artículo firmado en 1919, vale para lo que dice, pero con esa carga contra el exceso de lo dicho también, por qué no, podría aplicarse a este lado del mar, a los tiempos políticos que padecemos con ese tan inequívocamente sospechoso y retórico empacho de España -y sus rupturas, desgarros, terroríficos acabamientos- y de banderas, de todas las banderas, que padecemos.)
Lo cuento como me lo contaron. En los primeros años de la posguerra española, cuando el mundo era siempre gris para casi todos menos quizás para los daltónicos, un corresponsal extranjero se instaló en Madrid y comenzó a enviar sus textos, crónicas brillantes, expresivas, cargadas de detalles, con la mejor literatura que dan los hechos. Pero, hablara de lo que hablara, escribiera de los que escribiera, de armas o de abastos, de fiestas o de uniformes, aquel hombre colocaba siempre un párrafo habitado de ciegos: en medio de la crónica, al final, de salidilla, o como pretexto para empezar el relato, ciegos de pasos balbuceantes, ciegos que tantean las paredes, ciegos que piden ayuda. Todo Madrid estaba atiborrado de cuencas perdidas, de ojos huecos, de miradas tachadas. Tantos ciegos que llamaron la atención del censor de prensa internacional. Desconcertado, amoscado, siempre atento, aguzando la vista, el funcionario franquista reclamó la presencia del corresponsal en su despacho: quería saber, lo necesitaba, si aquella obsesión por los ciegos y la ceguera era una metáfora ladina sobre el destino oscuro de la victoriosa España, una, grande y libre. Si así fuera, que el corresponsal se despidiera de sus crónicas, de sus permisos, de su pasaporte, de su libertad. El periodista defendió su profesionalidad con la elegancia que dan los datos y se limitó a relatar que cada día al ir y volver de su hotel se cruzaba con decenas de ciegos, la calle, el barrio, la ciudad parecía un hormiguero de ciegos que él no podía borrar de su vista ni de sus crónicas. El funcionario le pidió el nombre del hotel. Cuando el periodista se lo dio, el otro enseñó una sonrisa con el tufo condescendiente que da la victoria y dijo: su hotel, querido amigo, está al lado de la organización nacional de ciegos, puerta con puerta, caballero, delegación provincial, una obra social, una caridad del Generalísmo; pero ni toda la ciudad ni toda la Patria ha perdido la vista, así que cambie de hotel, cambie de itinerario o cambie de oficio.

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