Tengo al mesa llena de papeles, de cintas de dvd y de una lista: todas lasa películas candidatas a los premios Goya. Tengo que votar. Soy académico, que le vamos a hacer. Este fin de semana se acaba el plazo. Y no doy abasto. He ido mucho, mucho al cine estos últimos meses, he buscado huecos como he podido y, aún así, me queda mucho por ver y mucho que decidir.
Pero mientras me decido, una nota. Este año he contado 37 documentales. Hace cinco, seis años, ni la tercera, ni la cuarta parte. Hay, desde luego, una explicación industrial y técnica; es más fácil, más barato financiar una película documental aunque luego sea dificilísimo exhibirla en condiciones. Pero al tiempo y sin duda mucho del cine más interesante del año hecho aquí ( y en el mundo) viene de la cámara del los documentales y los documentalistas.
Mirar no es ver. La mirada es activa. Es un esforzarse por aprehender la realidad aunque duela. El ojo está herido y la mirada extraviada, no por exceso de luz sino porque la noche es gélida. Miramos la realidad para inventar una política nocturna. Ya no hay otra política. La antigua estaba hecha de luces, de sujetos, de conciencia que elevar. Todo eso está muerto. Miramos la realidad aunque duela. Debe doler. En estos casos la eternidad ha sido siempre el consuelo: la eternidad del instante, la eternidad de las pequeñas cosas.
Es una cita del manifiesto Por una política nocturna del que se habla en uno de esos documentales, El taxista Ful. Hace falta mucho valor para hablar así en una película. Mucho más para inventar un documental de mentira y contar así la historia de un hombre que tomaba de la calle un taxi cada noche, de prestado según él, robándolo según el atestado policial, y lo devolvía al amanecer, dejando una parte de la recaudación por el desgaste. Era una leyenda urbana o un hecho real. Ahora es una película, casi secreta, pero más que interesante. Y hay otras, La leyenda del tiempo, Mas allá del espejo, La casa de mi abuela, Las alas de la vida, La niebla en las palmeras, películas arriesgadas, distintas, que indican un camino. Hay que buscarlas, eso sí. Pero luego descubrirlas proporciona doble placer.
Son todas, con matices, herederas de películas como En Construcción, Veinte años no es nada, El cielo gira y de la sombra de Víctor Erice y de Joaquín Jordá. Todas, con matices, desde luego, son películas que recrean la realidad -que no la inventan, si aceptamos que en la ficción tradicional ocurre semejante cosa- que la buscan y la ponen en escena, la agitan y la colocan lista para luego ser absorbida por la cámara. Algunas rozan el manierismo pese a manejar realidades abruptas y todas dejan ver la mano de sus directores de manera más explícitas que en las ficciones tradicionales: la naturalidad corregida, la nueva ficción que se enseña en la Universidad Pompeu Fabra.
Embotados tal vez por la avalancha de ficciones que nos llenan la vida y todas las pantallas (el cine, la televisión, el dvd, el ipood, los vídeo juegos, las agendas electrónicas, las salas de espera de los hospitales, los pasillos del metro, el teléfono móvil…) parece que se abre paso una grieta de otra realidad.
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Actualización. 11,00. Para qué que vale el dinero. El porcentaje de dinero para educación baja durante el mandato de Esperanza Aguirre en Madrid, la región con menor gasto educativo en función de su Producto Interior Bruto. Dos puntos porcentuales menos en cuatro años. Veintitrés páginas más allá: El cuarenta por ciento del presupuesto del Ayuntamiento de Medellìn, Colombia, se dedica a la educación y cultura. Medellín, la mas educada es la propuesta de su alcalde: la educación, motor de la transformación social. La ciudad no tiene perdón, ni rendición, decía hace años el escritor Fernando Vallejo. Hoy, otro escritor, Héctor Facioline, aporta otro dato: la ciudad no es idílica, pero el número de homicidios anuales ha bajado a 650.
De los periódicos.
Lo cuento como me lo contaron. En los primeros años de la posguerra española, cuando el mundo era siempre gris para casi todos menos quizás para los daltónicos, un corresponsal extranjero se instaló en Madrid y comenzó a enviar sus textos, crónicas brillantes, expresivas, cargadas de detalles, con la mejor literatura que dan los hechos. Pero, hablara de lo que hablara, escribiera de los que escribiera, de armas o de abastos, de fiestas o de uniformes, aquel hombre colocaba siempre un párrafo habitado de ciegos: en medio de la crónica, al final, de salidilla, o como pretexto para empezar el relato, ciegos de pasos balbuceantes, ciegos que tantean las paredes, ciegos que piden ayuda. Todo Madrid estaba atiborrado de cuencas perdidas, de ojos huecos, de miradas tachadas. Tantos ciegos que llamaron la atención del censor de prensa internacional. Desconcertado, amoscado, siempre atento, aguzando la vista, el funcionario franquista reclamó la presencia del corresponsal en su despacho: quería saber, lo necesitaba, si aquella obsesión por los ciegos y la ceguera era una metáfora ladina sobre el destino oscuro de la victoriosa España, una, grande y libre. Si así fuera, que el corresponsal se despidiera de sus crónicas, de sus permisos, de su pasaporte, de su libertad. El periodista defendió su profesionalidad con la elegancia que dan los datos y se limitó a relatar que cada día al ir y volver de su hotel se cruzaba con decenas de ciegos, la calle, el barrio, la ciudad parecía un hormiguero de ciegos que él no podía borrar de su vista ni de sus crónicas. El funcionario le pidió el nombre del hotel. Cuando el periodista se lo dio, el otro enseñó una sonrisa con el tufo condescendiente que da la victoria y dijo: su hotel, querido amigo, está al lado de la organización nacional de ciegos, puerta con puerta, caballero, delegación provincial, una obra social, una caridad del Generalísmo; pero ni toda la ciudad ni toda la Patria ha perdido la vista, así que cambie de hotel, cambie de itinerario o cambie de oficio.
¿Y si, en realidad, todo es una enorme y espesa cortina de humo, desde Marbella hasta Mallorca, desde Seseña hasta Villaviciosa de Odón, hasta Murcia, hasta… ? ¿Y si nos estuviéramos enfangando como puercos en las exageraciones, en las exepciones pese a todo, en los exabruptos, en los granos cejijuntos y nos olvidáramos de las reglas, de la norma, de la clave, de la cuerda y del reloj, del sistema, del tema? ¿Y si todo está medido, sumado, controlado, meditado, calculado, equilibrado, elaborado?
¿Para qué ir al cine? ¿Para qué entregarse a un espía inventado, estirado y de gimnasio, y
Está estudiado
Cosas que pasan en los rincones. Era un dìa especial. Louis Sebastian Leonard abrió los dos paraguas, amplios, acogedores, y los asió con energía, una en cada mano. Los miró como se mira a los santos, tal vez si, tal vez, no. Luego cerró los ojos, vació su mente y se dejó caer en 1783 desde en un primer piso. Aterrizó con bien y pasó a la historia, fue el primer paracaidista. Alejo Carpentier, que nació ese día, cientoveintiún años después, podría haberle dedicado un párrafo torrencial con vecinos vestidos de terciopelo esperando el acontecimiento; y Eugène Ionesco, que llegó ocho años más tarde, una obrita con los que se quedaron arriba, en el alfeizar, viéndole caer. Fue un dìa especial, como lo fue, luego se supo, cuando en 1865 se vio impreso por vez primera Alicia en el país de las maravillas y su conejo blanco y sus naipes uniformados que entraron definitivamente en el tiempo; y lo fue diez años antes cuando una cámara fotográfica y científica atrapó también por vez primera la cola inmóvil de un cometa. Fue un día especial, desde luego, cuando Howard Carter abrió a la luz la tumba de Tutankamon y los relojes volvieron a contar. Era el año de 1922 y faltaban veintidós más para que naciera Roberto Fontanarrosa, condición imprescindible para poder escribir son dos mil cuentos.
El futuro es un autobús que se va de excursión. Pero hasta llegar a él primero hay que pagar el billete y ese billete tiene un precio muy alto: la verdad, la verdad entre una madre y una hija en el barrio de
Los personajes tienen secretos pero
Dice
Volvemos cargados de la biblioteca. De la biblioteca infantil. Al azar: Los derechos y deberes de los animales. Debemos buscar el equilibrio entre la selva y el campo, entre el bosque y la ciudad, sin que un espacio signifique la desaparición del otro. ¿De qué planeta eres, Ana Tarambana? Naturaleza y riqueza, riman. La ciudad agujereada. Un agujero negro para la basura. Ida B. y sus planes para potenciar la diversión, evitar desastres y (posiblemente) salvar el mundo. Somos los guardianes de la tierra. La montaña de las amatistas. El fuego ha llegado a los campos de trigo. El catálogo completo se llama
Al principio, veinte segundos, me gustó y caí en un ataque de curiosidad y de absurda nostalgia. Qué era. Ver a la gente caminar por la puerta del sol con tiempo que perder. Luego, Cibeles y la entrada a un añejo campo de fútbol. Un Madrid de museo, de barro y boina, coloreado y sacado a pasear. Por fin, el hachazo:
De madrugada, antes de dormir, cazo de refilón una de esas películas en las que la tecnología digital permite asistir al recorrido voraz y ciego de una bala hasta que alcanza la carne del enemigo; la misma tecnología virtual que exhibe entonces, en un tiempo minucioso, el desgarro de las fibras, la explosión de los capilares, la biología criminal en su absoluto esplendor vista al detalle. Y me pregunto cuando esa misma tecnología permitirá narrar con idéntica precisión, con espectacular poderío gemelo, millones de neuronas agitadas con una decepción, por ejemplo, millones de sinapsis puestas en marcha por una caricia. Tecnología visual para las emociones. Qué pasaría.


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