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Letrabrick, ficciones de bajo coste y consumo rápido

Por María J. Mateomariajesus_mateo

Vas a la presentación de un libro “x” y de pronto, no sé por qué, tienes la sensación de que la cabeza te pesa el doble. Te suda la camisa al escuchar las parrafadas de esa nueva y enésima joven promesa que recita de memoria frases hechas en su casa la noche anterior. Y los vellos se te ponen un poco de punta porque ni él ni su “padrino de obra” tienen la intención de disimular un ápice lo encantados de sí mismos que están todos. Lo bien pagados de toda esa grandilocuencia en la que a menudo se construye eso que llamamos literatura.

Por eso se agradece que de tarde en tarde alguien tenga la honradez de dejar de lado tanta pompa y tanto fasto, de aligerar el tono si lo creen oportuno y de presentarse con todos —o al menos algunos— de sus defectos (“Hola, me llamo Paco y tengo algo de estrabismo”. ¿Por qué no?).

ucikQuedo con Luis Zaragoza y Aurora Aguilella, dos de los responsables de una nueva editorial con mucha guasa y muy buena pinta. Es primera hora de la mañana en un bar de Madrid y pedimos café pero, de repente, tengo ganas de pedirme un gin tonic. Y no porque tenga problemas con el alcohol. Sino porque el ambiente es tan distendido como debería serlo la vida misma.

Me cuentan que han montado una nueva editorial que se llama Letrabrick, un “despropósito” que hace bandera del humor más absurdo y en el que “lo importante es reírse, no participar”, dice Luis, que es además autor de En los bares nunca llueve. Historias de la historia de João Siniestro, la primera novela que saca a la luz este desvergonzado sello.

Según dicen, lo que ellos hacen no llega “a la categoría de libro” porque son obras cocinadas por “un grupo de energúmenos” —como se autodefinen— que parten de un concepto nuevo que es “un poco fast food y un poco low cost“. La idea es tan rupturista, aseguran, que sus productos literarios han sido rebautizados como libricks, obras “de rápido consumo, alimenticias y necesarias para vivir” —apunta Aurora— o “libros que matan neuronas como lo hace una borrachera”, sostiene Luis.

A quienes sigan teniendo dudas sobre lo que es un librick, recomiendan acudir a la primera página de En los bares nunca llueve…, donde estas novelas que son “delirios” se definen como “publicaciones de bajo coste y dudosa calidad” que se caracterizan por contar con “un aspecto decrépito, un diseño delirante, una maquetación inaudita (…), una promoción insana y unos textos que están a la altura de todo lo anterior”.

João Siniestro

João Siniestro

La cuestión es, sobre todo, advertir al lector sobre lo que se le viene encima si al final cae en sus manos uno de esos libricks. Porque lo cierto es que estos amantes del junk delighting o deleite basura, el nuevo subgénero que dicen haber creado, no dejan de avisar en sus “antipromociones” al público potencial sobre el sinsentido de unas obras “cutres” aunque, eso sí, “hechas a conciencia”, aseguran.

Por lo pronto, En los bares nunca llueve… es “un libro que no te va a cambiar nunca la vida”, asegura Luis sin atisbo de sonrisa. “Hay quien lo ha leído y dice que incluso tiene gracia”, declara este relatista relativista que no sabe si lo que ha escrito es en realidad una novela —vaya por delante la creación, por detrás la teoría de los géneros— o simplemente una historia que sirve de “excusa para contar otras cosas absurdas”.

En la obra, João Siniestro, “un protagonista que apenas aparece en la historia”, es un misterioso conquistador de mujeres al que el mundo le ha tratado mal y que enfrenta la vida vestido de Humphrey Bogart. Es una “parodia surrealista, absurda y corrosiva” que Luis escribió aislado en Varsovia, de la que se han dicho cosas como “tampoco está tan mal” o incluso “esto no hay por dónde cogerlo”, como es posible leer en la contracubierta del volumen.

Un ejemplo más de esta declaración de “no principios” con la que juegan en las “anticampañas” de los libricks. Una “contrapublicidad” que se construye mediante presentaciones que son shows y trailers colgados en YouTube en los que buscan ampliar “su radio tóxico”.

En definitiva, material no apto para espíritus graves que es a la vez expresión de que “caer en lo pretencioso es lo más aburrido del mundo porque la literatura no solo son Magdalenas de Proust”, asegura este autor que considera que su biografía “no interesa a casi nadie, excepto algunos datos prácticos como que tiene carné de conducir y vehículo propio”.

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