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La Gulateca

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¿Qué quiere decir tu madre con “eso tú ya lo ves”?   Lección 6: Empanadillas de bonito

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Por Ninna Jorro

Día: cualquiera. Hora: la que sea. Es ese momento de la semana en el que tienes tiempo para hacer la compra. Llevas una lista,  pero como buen cocinillas vas ojeando a ver qué novedades hay en el mercado. Esperas que un alimento/producto X, te despierte la curiosidad, que las ideas para tu próximo plato estrella vengan a ti como una aparición Mariana. En una mala, acabarás viendo cualquier guarrindongada que echarás al carro mientras te dices a ti mismo: “¡Bah! Un caprichito de vez en cuando no le hace daño a nadie”.

Estás a punto de ceder ante los Donettes que has visto en la entrada y dar por perdida tu inspiración cuando, de pronto, en la sección de refrigerados del super, entre las bases de pizza y la masa de hojaldre, divisas un paquete blanco y azul que te resulta extrañamente familiar. Te acercas como hipnotizado y descubres de qué se trata: obleas para empanadillas. Un halo de luz las ilumina y una música celestial suena en tu cabeza. Viene a tu mente otro recuerdo: te encuentras en otro sitio y en otro tiempo, es domingo, estás sentado a la mesa y tu madre saca el aperitivo. En sus manos trae un plato con delicias semicirculares que tu mismo has cerrado tras una encarnizada batalla con tu hermana por el tenedor. Son las empanadillas de bonito de tu madre.

De vuelta al super, te haces con el paquete de obleas y te dices a ti mismo: “Hoy las voy a hacer yo”. Entonces un escalofrío recorre tu cuerpo, sabes que tendrás que sortear innumerables obstáculos para obtener tu recompensa. ¿El primero? La temida llamada a tu madre. ¿Serás capaz de pillar algo? Las dudas se apoderan de ti, tanto que estas a punto de desechar la idea pero ¡no podrán contigo! Llegas a casa, te pones el delantal y, como hombretón valiente que eres (ehem), llamas a tu madre. Un pitido, dos pitidos…

– ¿Las empanadillas? Ya me parecía a mi raro que me llamaras para ver qué tal. ¡Anda que me tienes contenta!
– Lo siento, mama, he estado ocupado.
– Ocupado, ocupado… ¡A saber!

– Bueno, a ver, ¿has comprado las obleas?
– Sí
– Bueno, pues es que no tienen ningún secreto. Necesitas: cebolla, unos tomates de esos que vienen enteros en conserva, un poco de ajo, un poquito de perejil y bonito.
– ¿Un bote grande de tomate? ¿Uno pequeño? ¿Cuántos ajos? ¿Y cebolla?
– No sé, a ver, ¿cuántas vas a hacer?
– Pues un paquete.
– Ay… no sé hijo, pues según… Lo que tú veas. Es como una salsa de tomate pero más espesa. ¡De verdad que es muy fácil!

Problema #1: Podría escribirse un libro entero y un par de secuelas sobre el mundo de las madres y las medidas culinarias. Podría, incluso, hacerse una “alocada comedia de los creadores de ‘cierra la puerta que se escapa el gato'” sobre las desventuras de una madre judía tradicional -interpretada of course por Meryl Streep- y su tremendamente atractivo hijo cocinillas -pongamos Bradley Cooper- incapaz de descifrar sus instrucciones. Entonces aparecería una Rachel McAdams cualquiera con una tabla de medidas estándar y Bradley se enamoraría perdidamente de ella… A partir de aquí: celos suegra-nuera, enfado madre-hijo y final con todos reconciliados comiendo empanadillas en el porche de casa. ¡Taquillazo!

Tu Rachel McAdams, lamentablemente -o por suerte, según se mire- somos nosotros. Si quieres hacer el paquete de obleas entero (suelen venir 16) necesitas: 3-4 tomates enteros en conserva, una cebolla pequeña, un diente de ajo grandecito y un par de ramitas de perejil. Seguimos.

– Coges una cazuela con un chorritín de aceite y echas el tomate, la cebolla, el ajo y el perejil picados.
– ¿Sofrío la cebolla antes?
– ¡No hijo! Todo junto.
– ¿Todo junto? ¿Y los tomates enteros?
– ¡Qué impaciente eres! ¡Déjame acabar! Sí, echa los tomates enteros y un poquito del caldito que traen. Cuando veas que la cazuela empieza a chisporrotear los vas machacando con un tenedor. Así sueltan allí el juguito, si los cortas antes se te queda la mitad en la tabla de cortar. Cuando los tengas bien esmagados, echas un poquitín de sal y otro poquitín de azúcar.
– ¿Azúcar? ¿Seguro? ¿Cuánta?
– Pues no mucha, hijo, lo bastante para quitar la acidez de los tomates.

Problema #2: Lo bastante para quitar la acidez… ¿Y cuánto es eso exactamente? ¿Es el mismo “poco de azúcar” con el que tomamos esa píldora que nos dan? ¿Más? ¿Menos? Es una cuestión peliaguda porque una salsa muy ácida a algunos nos causa un ardor de estómago que ningún bombero-medicamento diminuto podrá aplacar.

Así que, ¿cómo saber si ese “poquitín de azúcar” ha quitado la acidez? ¿Acaso saldrá de la cazuela, cogerá su petate y dirá: “Me descubro ante ti. Tu ataque de azúcar ha conseguido vencerme, me marcho al lugar donde viven los perdedores”? ¿Cómo saber si nos hemos pasado y hemos convertido nuestras empanadillas en una confitura? Podrías probar hasta dar con el punto exacto pero te allanaremos el camino: una cucharada rasa de postre es más que suficiente.

– Lo dejas cocer todo hasta que veas que el tomate ya está. Vete removiendo para que no se te pegue que, además, con los cacharros esos que compraste en los chinos no sé cómo puedes cocinar nada decente. ¡Qué lo barato sale caro!
– Sí, mamá, vale ya compraré otros pero… ¿cuánto tiempo lo dejo cocer?
– Pues un poco, cuando veas que se ha quedado espeso y que ya está hecho.

Problema #3: Por experiencia te decimos que lo que tú ves hecho, tu madre lo ve crudo o muy crudo. Tienes que entrenar tu visión cocinillas, pequeño Padawan, el ojo interior que te dice cuándo algo está hecho y cuándo a algo aún le falta un hervor. ¡¿Pero cómo, Dios mío, cómo?! Los milagros no existen, al menos en cuanto a cocina se refiere, adquirirás el don con la práctica, pero hasta que seas un maestro Jedi como tu madre no te queda otra que estar bien atento.

¿Quiere esto decir que si te concentras mucho y miras a la cazuela fijamente verás una señal casi imperceptible para el ojo humano que te indicará que es el momento de apagar el fuego? Lo sentimos pero no. De momento, baste con decir que la salsa debe haberse reducido a algo menos de la mitad y su textura debe ser algo más espesa que la de una salsa de tomate normal y corriente. Obtendrás este resultado -en función de tu cocina- dejando cocer a fuego suave entre 20 y 30 minutos.

– Echas el bonito desmigado y, si quieres, un huevo duro picado. Remueves bien y lo dejas que cueza un par de minutos más. Cuando se haya enfriado, rellenas las empanadillas. Con una cucharadita de postre por empanadilla llega, que luego se sale todo, y las cierras con cuidado con ayuda de un tenedor. Te lo pasarás bien haciéndolo. Aún me acuerdo de las peleas que tenias con tu hermana por las dichosas empanadillas, ¡hartita me teníais!
– ¡Es que siempre las cerraba ella! ¡No era justo!
– Anda que sois tal para cual.
– Bueno, mamá, que nos dispersamos. Las cierro, las frío y ya está.
– Sí, que el aceite esté bien caliente y estate atento, no se te vayan a quemar como a Encarna.
– ¿Cómo?
Encanna, Encanna… Encarna de noche. Jajajaja

Tu madre se desorina. Démosle un par de minutos.

– ¡Ay hijo! ¡Qué tiempos! Martes y Trece, eso sí que eran humoristas de verdad, no los mamarrachos esos que ves tú en la tele que no se qué gracia les encuentras.
– Mamá, es que tu no los entiendes.
– ¡Toma! ¡Ni yo ni nadie! Con esas palabras tan raras… ¡Qué la mayoría ni existen! Me dirás tú a mi que viejuno está bien dicho.
– Bueno, voy a hacer las empanadillas.
– Ya me contarás cómo te salen.

Bonus Track: Para que no tengas que llamar a tu madre diciéndole que tus empanadillas han sido un fracaso absoluto y que efectivamente se te han quemado, te advertimos que la masa de empanadillas se quema en un santiamén si el aceite está bien caliente. “Pues las echo cuando esté aún templado”, ERROR. Si haces eso tus empanadillas tendrán más aceite que el pelo de Ross Geller. Así que: aceite bien caliente, rapidez y, sobre todo…

– ¡Estate atento! ¡Que te me despistas con una mosca!

Más ¿Qué quiere decir tu madre con ‘eso tú ya lo ves’?:

Lección 1: Tortilla de patatas
Lección 2: Croquetas de pollo
Lección 3: Ensaladilla rusa
Lección 4: Albóndigas con tomate
Lección 5: Tarta de chocolate y galletas

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