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La Gulateca

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Visiones de mercado

Hace unos años dedicar la mañana a ir al mercado era algo que sólo hacían asiduamente las madres. Hoy cualquier cocinillas que presuma de serlo visita regularmente la plaza más cercana. El mercado está de moda -esto es así- y como cualquier tendencia que se precie tiene su parte negativa.

El particular lastre de la nueva era mercadil son los llamados puestos gourmet. O, mejor dicho, algunos puestos gourmet. Sí, aquellos que uno se encuentra nada más entrar por la puerta y que provocan un efecto hipnótico parecido al que las estatuas humanas de La Rambla producen en los turistas con bermudas y camiseta imperio. Esos puestos que tienen infinidad de productos presuntamente ecológicos o supuestamente exclusivos. Todos hemos caído en la tentación de comprar en ellos y quien diga que no, miente como un bellaco.

En nuestro caso, quedamos absorbidos por un puesto colorido, cuidado y bonito cuyas tenderas lucían delantales a conjunto y gorros de cocinero. Se trataba de una pollería, donde ofrecían a los clientes impresionables – como nosotros – huevos y pollos de producción ecológica y una gran variedad de productos selectos elaborados con carne de ave.

Llegamos a ver, incluso, solomillo de pollo. ¡Solomillo de pollo! Nos preguntábamos cómo podíamos haber vivido tanto sin conocer aquello y nos lanzamos a comprar. Nuestra euforia avícola duró lo que tardamos en llegar a casa y descubrir que los huevos que nos habían vendido y cobrado como ecológicos no eran más que huevos procedentes de una granja intensiva y empezamos a sospechar que el solomillo de pollo no era más que una pechuga de toda la vida, cortada en filetes más finos.

Para ser justos algo bueno sí nos trajo el puesto gourmet. En nuestra siguiente visita al mercado descubrimos el puesto de pollo de la señora Enriqueta. Una parada modesta, pequeña y nada bonita en la que una mujer ya en la sesentena vendía dos clases de pollo: el normal y el de corral.

La señora Enriqueta encarna el valor genuíno del mercado: el de la cercanía, el de los productos sin tonterías que son lo que son sin necesidad de palabras y presentaciones grandilocuentes. El de los tenderos que te cuentan cómo conservar mejor los alimentos o los que – al verte joven e inexperto – te chivan un par de trucos para que el caldo salga más sabroso mientras te preparan el pedido.

Lo que nos llevamos a casa, en esa siguiente visita, fue un pollo despiezado y unos huevos de corral. Esta vez de los de verdad. Eso y un poco de sabiduría culinaria, que nunca está de más.

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