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Destrozos culinarios: cómo NO hacer pasta fresca

Si algo nos gusta en LaGulateca es experimentar en la cocina. Así que hace unos días nos propusimos hacer pasta fresca a lo bruto, que es lo nuestro. Era el primer intento, así que la idea era improvisar, equivocarnos y, en definitiva, pasar una mañana divertida.

Esto lo conseguimos, pero los ravioli no fueron lo que nos esperábamos. He aquí una lista de los errores cometidos por si alguien se anima y quiere evitar nuestras meteduras de pata. Esto es lo que no se debe hacer para obtener una buena pasta fresca.

Primero la teoría: para hacer pasta fresca sólo hace falta harina, huevos, sal y, opcionalmente, aceite de oliva. ¿Las cantidades? Un huevo por cada 100 gramos de harina. Fácil, ¿verdad? Pues sí, siempre y cuando no te lances a la aventura.

La primera idea brillante que se nos ocurrió fue mezclar harina integral y harina refinada, pensando en conseguir un sabor más intenso y auténtico. No es que no pueda hacerse pero la elaboración se vuelve más complicada. La harina integral absorbe más líquido y la masa nos quedó demasiado compacta, más difícil de amasar y de extender. Así que si eres novato como nosotros mejor dejemos la harina integral para más adelante.

El segundo error que cometimos fue pasarnos de valientes: ¿para qué necesitamos utensilios especializados para estirar la masa? Con un rodillo de madera, de los de toda la vida seguro que nos sale bien…

Pues no, dejando a un lado que la masa semi-integral era demasiado sólida, estirarla hasta conseguir un grosor adecuado es una tarea de Hércules con un rodillo tradicional. El resultado del estirado fueron unas láminas demasiado gruesas para hacer pasta rellena. Pero, aun así, seguimos adelante.

La tercera metedura de pata llegó al cerrar los ravioli. Al no tener un molde, cortador o guía -además de indicar el tamaño ideal de las piezas ayuda a cerrarlas- decidimos hacerlo como si se tratara de empanadillas, con un tenedor… ¡sacrilegio!  Si la masa ya era  gruesa en el centro, os podéis imaginar cómo de gordaca quedó en los cierres.

Al final pudimos comer raviolis hechos por nosotros mismos, aunque eso sí, resultaron ser  enormes, deformes y con un color poco apetecible. Sin embargo, no estaban mal del todo porque hay una cosa que sí hicimos bien: los rellenos.

Cada uno de nosotros propuso uno: Marta el de pera y gorgonzola, Iker el de calabaza con nueces y  una servidora el de crema y salmón. ¡Incluso nos comimos las sobras encima de unas tostas!

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