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Receta de Semana Santa: torrijas como las de tu madre

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Dedicar un rato de las vacaciones a cocinar siempre nos ha parecido un gran plan. Y si es para hacer una torrijas -uno de los platos más típicos de estas fechas- mucho mejor. Aunque hay decenas recetas de este postre y la red está plagada de ellas, seguro que ninguna te ayuda a preparar unas torrijas tan buenas como las de tu madre.

Por eso nos hemos animado a rescatar de nuestro recetario esta guía que ya publicamos el año pasado por estas fechas y que es mucho mejor que una nueva receta: es la fórmula secreta para que por fin consigas entender la receta que tu madre ha usado toda la vida.

Ahora, para los más despistados, la actualizamos en formato “receta tradicional”, con sus ingredientes y sus pasos para que nadie se pierda. Eso sí, en caso de duda, antes que llamar a tu madre para que te suelte lo de “eso tú ya lo ves”, os recomendamos releerse el artículo original.

Ingredientes

  • Pan (si es bueno y de ayer, mejor)
  • Leche (o vino para los más animados)
  • Azúcar
  • Canela
  • Piel de limón y naranja

Preparación

Para hacer unas buenas torrijas necesitamos pan decente. En realidad vale cualquiera y de hecho es un buen sistema para deshacerse del pan duro que haya por casa, pero mejor si usas una barra en condiciones que ese pan cutre de la gasolinera.

Cortamos rebanadas de unos dos centímetros de grosor. ¿Cuántas? Pues depende del vicio de cada uno, pero dos torrijas por persona suele ser una buena ración.

Ahora llega el momento de tomar la decisión más importante de la semana y quién sabe si de este mes o año: ¿Quieres torrijas de leche o de vino? La preparación es idéntica, salvo que en unas remojaremos el pan en leche y en otras en vino. A nosotros nos gustan las dos así no nos hagáis elegir. De hecho, ya que te pones, ¿por qué no haces mitad y mitad y así triunfas el doble?

Ponemos la leche -o el vino- a calentar con una cucharadita de azúcar, una rama de canela y la piel del limón y la naranja. Lo dejamos un rato a fuego lento, pero sin que llegue a hervir. Si usamos leche, una gotita de licor tipo brandy no le va nada mal. Retiramos y dejamos que se temple.

¿Cuánta leche o vino necesitaremos? Pues lo suficiente para remojar todo el pan que ya tendremos preparado en una fuente honda.

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Vertemos sobre el pan y dejamos que se empape bien pero sin pasarse, para que al sacar las rebanadas no se destrocen. Lo dejamos un rato en la leche o el vino y, mientras lo vigilamos, batimos un par de huevos y ponemos aceite de girasol a calentar en una sartén.

Lo más delicado será sacar el pan de la leche -una espumadera mejor que un tenedor-, escurrirlas un poco y pasarlas vuelta y vuelta por el huevo. Las freímos en el aceite caliente y las dejamos sobre papel de cocina para que suelten el aceite sobrante.

Y ya lo tenemos, unas auténticas torrijas de Semana Santa tan buenas como las de tu madre y, además, en dos variedades. Ahora sí que pueden empezar las vacaciones, las procesiones o lo que haga falta.

10 destinos gastronómicos para triunfar esta Semana Santa

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¿Maleta lista? ¿Cámara de fotos preparada? Da igual si es una escapada corta de unos días o has apañado las vacaciones de Semana Santa para alargarlo una semana… Incluso para quienes se queden en casa, la cuestión es aprovechar este pequeño paréntesis para comer y beber bien allí donde esté.

Aunque para eso no necesitamos ninguna excusa especial, en La Gulateca, cada vez que olemos a maletas y vacaciones, nos da por repasar nuestro archivo de viajes y recordar todos esos sitios en los que hemos disfrutado. Así que nos hemos animado a recopilarlos en esta pequeña guía de viajes gastronómicos por Europa y España.

Nos faltan un montón de sitios -dadnos tiempo- pero si vas a visitar cualquiera de estos lugares, no puedes perderte los planes que os proponemos.

1- Londres. Lo de que en Londres se come mal es una de esas tonterías tantas veces repetida que igual alguien se lo ha llegado a creer. Ni caso. No es que sea una ciudad barata, pero si sabemos dónde ir podemos comer muy rico sin arruinarnos. Una opción es, por ejemplo, recorrer los mercados y numerosos puestos de comida callejera que siempre hay montados por la ciudad. El éxito está asegurado, como podéis ver en este vídeo que grabamos por allí el año pasado.

¿Más opciones? Las hamburguesas de Byron -con locales repartidos por toda la ciudad- son siempre una opción buena a precio ajustado. El ramen de Wagamama -cierto, es una cadena- no está nada mal de calidad y precio, y el té de las 5 en punto es también cita obligada. Y si queréis ser realmente los más hipsters del barrio no podéis dejar de probar Cereal Killer Café.

Una foto publicada por LaGulateca (@lagulateca) el 4 de Feb de 2015 a la(s) 7:00 PST

2- Oporto. El mundo se divide entre los que prefieren Lisboa y los que son más de Oporto. Nosotros somos de los segundos, aunque tal vez sólo sea que hemos visitado más veces esta ciudad que la capital portuguesa. O que nos recuerda a Bilbao.

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Da igual, el caso es que si tenéis la feliz idea de escaparos unos días al norte de Portugal, tenemos tres excelentes planes para vosotros: pasar por el decadente y precioso Mercado do Bolhao, comer una francesinha y descubrir que sólo a base de latas y patatas se puede hacer un cocina muy digna y atractiva. Bueno y darle al vino Porto, probar el pulpo asado, el bacalao preparado de mil maneras, los estupendos pasteles y, en general, descubrir lo bien y barato que se come en Portugal. Suena a topicazo, pero es verdad.

3- Amsterdam. ¿Sabías que además de eso en lo que estás pensando en Amsterdam también son tradicionales las croquetas? Nosotros tampoco hasta que viajamos allí e incluso las probamos en bocadillo y recién sacadas de una máquina de venta automática. Entre eso, probar los estupendos arenques, los quesos que hay por allí -además del omnipresente Old Amsterdam- y acercaros por el mercado Albert Cuyp, ya tenéis el plan hecho. Por si queda alguna duda, también tenemos un vídeo de lo que encontramos y comimos por allí en nuestra última visita.

 4- Berlín. Salchichoffen y kartoffen, sí. Tras el consabido chiste, vamos al tema. Porque además de pasear por sus amplias avenidas y empaparse un poco de historia -aunque sea terrible, es historia- escaparse unos días a Berlín siempre está bien. Más allá del tema cervecero que siempre se estila en estas tierras, resulta que en la capital alemana podemos comer uno de los mejores kebab del planeta. Para ello, eso sí, tendremos que acercarnos hasta el pequeño kiosko de Mustafa’s Gemüse y posiblemente hacer una larga cola que podemos amenizar con alguna cerveza de las tiendas que, con muy buen criterio, se han colocado cerca.

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El hervidor de agua del siglo XXI

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Puede que lo de hervir agua para preparar una infusión parezca un tema menor, pero en Reino Unido -y allí por donde pasó el Imperio- cualquier cosa que tenga que ver con el té es casi cuestión de estado. De ahí que incluso en el hotel más infame de muchos países, el hervidor de agua parezca ser más imprescindible que la cama. Londres, habitación de 2 metros cuadrados no renovada desde que Isabel II era una jovenzuela, pero oye la kettle que no falte.

Los hervidores de agua eléctricos o para poner al fuego son un gran invento, pero tienen un problema: parte del agua que se calienta no se usa, con el consiguiente malgasto de energía y de agua si la tiramos. De nuevo algo que puede sonar a mera curiosidad desde aquí, pero que visto en perspectiva inglesa adquiere una gran dimensión: un estudio asegura que con esa energía perdida a diario se podrían iluminar las calles de Londres cada noche.

Por eso Nils Chudy decidió hace algo más de un año que había llegado el momento de reinventar este aparato y diseñar el hervidor de agua del siglo XXI. Se llama Miito y por ahora es sólo un prototipo, pero promete estar a la venta en verano de 2016 y cambiar para siempre la forma de preparar el té y calentar comida y líquidos. Según explican en The Guardian, su precio es todavía orientativo, pero los creadores hablan de unas 80 libras (unos 110 euros).

Tal y como sus propios creadores explican, la idea es poder calentar el agua directamente en la taza, de modo que la cantidad siempre sea la exacta. Para ello, basta con colocarla encima de una base que ejerce de placa de inducción e insertar un pequeño stick que se encargará de transmitir el calor al líquido. Ni la taza ni la citada base se calientan, sólo el contenido gracias a la combinación de la placa -que necesita un enchufe- y este pequeño stick metálico.

Más ventajas: se puede usar cualquier taza o vaso y, además de agua, también puede servir para calentar leche, café, una sopa o un puré, por ejemplo. Por si fuera poco, entre los planes para mejorar Miito, Nils Chudy y Jasmina Grase -que se encarga del diseño- incluyen otra idea realmente interesante: poder ajustar la temperatura del agua con precisión.

Por ahora es manual, con lo que se puede esperar a que hierva o retirarlo antes, pero la idea es poder regularlo para que, por ejemplo, el agua quede a 70 grados, la temperatura óptima para preparar algunos tés.

Sí, definitivamente, lo de hervidor de agua 2.0 tal vez sea una definición que le quede algo pequeña a este invento.

La cocina sin fuego de uno de los mejores restaurantes de Barcelona

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El nombre es toda una declaración de intenciones y un aviso a despistados que se acerquen por aquí sin saber muy bien lo que van a encontrar: Espai Kru -espacio crudo en catalán-, el templo de la cocina cruda que ha pasado de ser el hermano pequeño y desenfadado del mítico Rías de Galicia a convertirse en una de las sensaciones gastronómicas de Barcelona.

No venimos a descubrir nada a estas alturas porque, de este restaurante y su singular cocina en la que el fuego es sólo un invitado muy ocasional, se ha hablado mucho desde que abrió sus puertas en verano de 2012. Tanto que es una opinión bastante extendida entre gastrónomos más aventajados que nosotros que este local sin estrellas Michelin es ahora mismo una de las experiencias más recomendables de la ciudad para quienes están dispuestos a invertir unos euros en disfrutar en la mesa.

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Es verdad que la crítica gastronómica no es asignatura obligatoria en esta casa, porque lo nuestro va de contar historias que tienen que ver con la comida, no de poner nota al trabajo de otros. Pero es que ésta es una gran historia. ¿Acaso no es curioso que entre tanta técnica sofisticada, cocción a baja temperatura y elaboradas creaciones, uno de los mejores restaurantes de Barcelona abandere lo crudo -o la cocina sin fuego, mejor dicho- como seña de identidad?

Pero crudo no significa simple, ni mucho menos. En esas anchoas ahumadas en el mismo plato y con un toque de pimiento asado y queso manchego, o en las almejas acompañadas de sorbete de lima y apio -sí, las almejas se llevan genial con el apio- hay un complejo juego de sabores aunque todo esté crudo. Ever Cubillas está al frente de la cocina de este proyecto de los hermanos Iglesias, unos de los empresarios hosteleros más prolíficos de Barcelona.

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La cocina a la vista -una barra donde se van preparando los platos, excepto los calientes que se suben de la cocina del Rias Baixas- ocupa un lugar privilegiado en la sala. Nos asomamos por allí para ver cómo se prepara la gamba de Palamós en aguachile mejicano o la navaja con vinagreta de mostaza y jengibre.

¿Navaja en crudo? Sí, y es deliciosa. Aunque los menos adeptos a este tipo de cocina posiblemente sea el plato que preferirán esquivar junto al espectacular salmonete que, convertido en ceviche, se sirve sobre su propia espina y con la cabeza. Sería una lástima perdérselo, eso sí.

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La auténtica cocina en miniatura viene de Japón

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Ni una semana sin marcianada venida de Japón. Como lema no está nada mal así que, tras aquella tremenda hamburguesa de rana, esta vez nos ha cautivado la visión nipona de la cocina en miniatura. Por lo visto allí no se trata de un concepto relacionado con los pintxos creativos -mucho nombre, poco pintxo- o con el arte de hacer un plato de alta cocina y concentrarlo sobre una rebanada de pan. Allí, lo de cocina en miniatura es literal.

Al menos para Miniature Space, un canal de vídeos de Youtube que se ha convertido en la nueva sensación de los cocinillas más frikis gracias a sus platos en miniatura. O, mejor dicho, recetas en miniatura, con ingredientes en miniatura, electrodomésticos en miniatura y utensilios en miniatura. Sí, en esa cocina todo es minúsculo.

La idea, que algunos considerarán un cucada y otros una solemne estupidez como pasatiempo, consiste en reproducir a pequeñísima escala recetas como una tarta, fondue, sushi o una tempura… Todo en tamaño perfecto para una fiesta organizada por Barbie y Ken en su casa de muñecas.

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La receta de la mini tarta de fresas es una de las que más furor está causando en la red desde hace días. No es para menos teniendo en cuenta que incluso tienen sus neveras en miniatura de la que sacan una fresa -esta de tamaño real, claro- y una minúscula manga pastelera para decorar la tarta.

Mención aparte merece la versión en miniatura del conocido experimento de la Coca Cola y los caramelos Mentos. Lo cierto es que queda bastante poco espectacular y no pasaría los estándares televisivos de El Hormiguero -si no explota, no vale- pero tiene su gracia.

Aunque, sin duda, nuestro preferido es esta tempura de gambas. No tanto por las quisquillas usadas y que aquí parecen gambones, sino por esa adorable cocina en miniatura que usa una vela para calentar el aceite.

Pese al entusiasmo que han despertado estos vídeos, resulta que esto de la cocina en miniatura no es ni mucho menos algo nuevo en Japón. Por ejemplo, desde hace años, Bandai comercializa Konapun, una gama de juguetes dedicados al tema y que, pese a estar pensados para niños (mayores de 8 años) tiene pinta de que triunfan mucho más entre los adultos.

795_happy_kitchen_hamburger_largeLa gracia es que además de las cocinas y utensilios en miniatura, aquí se incluyen unos polvos que disueltos en agua y pasados por el microondas permiten preparar los platos. Eso sí, a diferencia de los vídeos de antes, no se trata de algo comestible, sino simplemente de darle más realismo.

Investigando un poco más en este singular mundo de las rarezas japonesas hemos llegado a los Popin cookin, también platos en miniatura a base de polvos pero que en este caso sí se pueden comer.

Internet está repleto de vídeos dedicados a estos juguetes, pero si alguien se anima a practicar, en algunas tiendas on-line se pueden comprar los kits Popin cookin Happy Kitchen. La mayoría son caramelos con todo tipo de formas, pero también hay pizza o estas estupendas mini-hamburguesas. Esto sí que es auténtica cocina molecular y en miniatura.

Receta en vídeo: parmigiana de coliflor y sardinas (de lata)

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Qué mejor forma de despedir el invierno que se acaba de ir que con una receta a base de una de las verduras más típicas de esta temporada: la coliflor. Sobre todo teniendo en cuenta que de una reciente visita a la ribera de Navarra nos trajimos de recuerdo una coliflor de más de 6 kilos. Y claro, algo había que hacer con ella.

Agotadas las recetas clásicas -como esa crema de coliflor que preparamos para Navidad- tocaba improvisar algo más. Y para ello, nada mejor que recurrir a algunos de nuestros trucos favoritos cuando se trata de cocinar rápido, rico y muy bien de precio: una parmigiana y unas sardinas de lata.

Con pocos ingredientes, y en un momento, podemos preparar este platazo que, además, lleva verdura y pescado en conserva. Para colmo está rico y queda muy bonito en la mesa con sus cazuelitas y todo. ¿Qué más se puede pedir?

Ingredientes

  • Coliflor
  • Sardinas en lata
  • Salsa de tomate
  • Queso parmesano

Preparación

Aunque las recetas fáciles son las especialidad de la casa, ésta se sale. De hecho, si estamos un poco vagos y recurrimos a una salsa de tomate ya preparada -que sea de las buenas, eso sí- podemos dejarlo resuelto en unos 15 minutos.

Lo primero es cocer la coliflor. Teniendo en cuenta que después va a ir un poco al horno, la idea es dejarla bastante tiesa. Además, por aquí somos de los que preferimos las verduras un poco duras antes que pasadas y blandurrias. Podemos cocerla en agua con sal, al vapor o al microondas.

Queda muy bien y se hace en un momento, tanto en uno de esos recipientes de silicona como en cualquiera apto para microondas. 5 minutos a potencia máxima (800W en nuestro caso) fueron suficientes para dejarla al dente. Antes de prepararla, claro, la habremos limpiado, troceado, añadido un chorro de aceite de oliva, un poco de sal, pimienta y un poco de agua.

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Reservamos la coliflor y picamos un poco las sardinas de lata o, como en nuestro caso, las sardinillas. En este caso, hablar de cantidades es un poco absurdo porque dependerá del protagonismo que queramos darle a la coliflor. Nosotros hemos usado una lata de sardinas por cada bol de coliflor de los que se ve en la imagen.

Poco más trabajo hay que hacer aunque, puestos a lucirse, preparar una salsa de tomate casera siempre funciona. De hecho, podemos tenerla lista por adelantado y rescatarla del bote o del congelador. Montamos en cazuelitas si lo queremos hacer en plan fino o individual, o en una bandeja más grande.

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En la base, una capa de salsa de tomate. Después las sardinas, un poco más de tomate y la coliflor que habremos picado un poco. Así vamos completando capas hasta montar nuestra parmigiana, intercalando también un poco de queso entre capa y capa para que se funda y quede más rico. Por supuesto, si queremos que sea más sana, añadimos menos queso y listo.

Rematamos con una última capa de tomate y queso. Podemos usar cualquiera que funda bien aunque, por aquello de la italianidad de la receta, un parmesano iría muy bien. Con el horno precalentado, gratinamos durante unos 10 minutos o hasta que veamos que se funde y empieza a dorarse la parte superior.

Ya sólo nos queda servir, comer y presumir del recetón a base de verdura que hemos hecho en unos minutos. Y ahora sí, que comience la primavera.

10 pasteles del mismísimo centro de Bilbao

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Como todo el mundo sabe, los pasteles son un invento de Bilbao. Es verdad que hay quienes no comparten esta teoría -también dudan de que el iPhone, la rueda o el vino, entre otras genialidades, tengan su origen en esta ciudad, en fin- pero para quien ha nacido allí y tiene una madre que durante muchos años ha trabajado en una pastelería esto es una verdad incuestionable.

Bromas al margen sobre la bilbainidad de todo el Universo conocido, lo cierto es que los pasteles son una parte importante de esa constante pleitesía que por allí se rinde a la comida. De hecho, ir a Bilbao y no comer un bollo de mantequilla -a ser posible con un café en una degustación mientras llueve en la calle- es como no haber ido.

P1140470Pero más allá del conocido bollo de mantequilla o de la popular carolina hay muchos otros pasteles que son tan de Bilbao como el sirimiri. Muchos bilbainos -con diptongo aunque la RAE diga lo controrio- ilustres han escrito sobre ellos, e incluso en el libro De Bilbao de toda la vida se le dedican unos cuantos capítulos al tema pastelero del botxo, pero nunca está de más una recopilación con los 10 pasteles que todo bilbaíno -con o sin tilde- debe conocer, y todo visitante probar.

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1- Bollo de mantequilla. Piedra angular del bilbainismo, el bollo de mantequilla vendría a ser como un bollo suizo relleno de una crema de mantequilla. Algo así pero mucho mejor. Sobre ellos y su historia ha escrito largo y tendido la gran Biscayenne, que incluso arrasó las audiencias televisivas cuando salió en Robin Food preparando la receta. Por cierto, El Cocinero Fiel tiene uno de sus rankings dedicado a buscar los mejores bollos de mantequilla de Bilbao.

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2- Pastel de arroz. Sólo en Bilbao podíamos hacer un pastel que se llamara de arroz y que no llevara arroz, aunque por lo visto en sus inicios el relleno sí era a base de arroz con leche, por mucho que se diga por ahí que el nombre viene de la harina de arroz usada. Primo muy cercano de los pasteles de nata (o de Betlem) portugueses, siempre se ha dicho que es un buen sistema para medir la calidad de una pastelería: si el pastel de arroz no convence, mejor salir corriendo. Hacerlos en casa, por cierto, es muy sencillo: hojaldre, un relleno con harina, huevos y mantequilla, al horno y listo.

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3- Carolina. Otras de las estrellas de cualquier escaparate de una pastelería en Bilbao. La base es un pastel de arroz sobre el que se coloca merengue -darle esa forma requiere su práctica, que lo hemos probado en persona- y se decora con yema de huevo y chocolate. Cuenta la leyenda que su origen se remonta a principios del siglo XX, cuando un pastelero la preparó para el cumpleaños de su hija y gustó tanto que se animó a comercializarla con el nombre de la pequeña. Hay muchas variantes (como el “nacional“) pero cuando el Athletic llega a alguna final, Bilbao se llena de carolinas rojiblancas.

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4- Orejas (de burro). Mucho menos conocido que otros, tras buscar información sobre este pastel, no queda más remedio que preguntarse si estamos ante un auténtico clásico bilbaíno o simplemente uno que se estila en algunas pastelerías. Por casa siempre ha habido de éstas -orejas a secas, sin el “de burro” que comentan por ahí- y nos aseguran en varias pastelerías que sin duda éste también merece estar en cualquier lista de pasteles de Bilbao. Bizcocho enrollado, crema de yema de huevo por dentro, coco rallado por encima y un par de chorretones de mantequilla o nata en los extremos. Clásico o no, está buenísimo.

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Ruta gastronómica por Praga: los mejores restaurantes y platos de la ciudad

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Hay tres cosas que casi todo el mundo sabe de Praga: es una de las capitales europeas más bonitas, hay muchos turistas y la cerveza es muy buena. Tras pasar unos días por allí, a esa lista tenemos que añadir una cosa más: se come muy rico y bien de precio.

Para descubrirlo, en lugar de ir a la aventura como solemos hacer, esta vez contábamos con la ayuda de Prague Food Tour que, como su propia nombre indica, se dedican a organizar rutas gastronómicas por la capital de la república checa. Unas excursiones -también en castellano- muy recomendables para conocer no sólo la comida tradicional, sino esos lugares que se salen del circuito turístico y donde va a comer la gente de allí.

Leona Rothová, con su excelente castellano de Salamanca -no es broma- fue la encargada de guiarnos por este paseo de más de cinco horas por Praga para conocer los pasteles tradicionales de la ciudad (bábovka, tvarohový šáteček, frgál…), dónde toman café los más modernos -el café también está de moda por allí- para después pasar ya al tema serio: goulash, steak tartar, sekaná

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La mantequilla era cosa de bárbaros y otras cosas que no sabíamos de la comida

LosalimentosdenuestradepensaLa barbarie y la civilización. Éste es uno de los grandes temas de la filosofía y antropología durante el siglo XX. Una de esas cuestiones elementales que desde el marxismo ha construido la idea del otro, la diferencia, la confrontación entre sociedades avanzadas y sociedades primitivas.

Pero tranquilos que no hace falta entrar en grandes temas filosóficos porque esa diferencia entre la luz y la oscuridad la marca la comida. Así de importante es lo que nos traemos entre manos y entre pucheros.

Ya lo dijo Gordon Childe -marxista redomado- y después Léví-Strauss -postmarxista re-estructurado- con aquello de lo crudo y lo cocido. Ahí está la diferencia. El otro es el que come crudo, el que no cuece, el que no cocina.

El resto de la película la cuenta Javier López Facal, un filólogo que nos da una clase tan amena, elegante, divertida y culta con Los alimentos de nuestra despensa. Un libro que no sólo es necesario -como promete el subtítulo- para entretener las sobremesas, sino también para pensar en lo que estamos haciendo cuando entramos a la cocina.

En realidad, es en la cocina donde hacemos cultura. Las sobremesas solo sirven -como decía un profesor que tuve- para hacer “arte”: esculturas con las migas de pan, con los corchos de los vinos, con las servilletas, y dibujos en los manteles de papel de los bares de menú del día.

Un libro bueno y sin aspiraciones, lo cual se agradece. Quienes busquen el lado más filosófico de la cuestión, lo encontrarán. Quien prefieran las anécdotas que promete en su colorida portada, las tendrán en forma de interesantes etimologías de algunos alimentos y palabras que usamos a diario y que pueblan nuestra despensa.

Esta arqueología y psicoanálisis de las palabras es tal vez lo más interesante del libro. Porque tras ellas se esconde el origen de muchas cosas. Por ejemplo -y citamos el libro- hogar, hoguera y hogaza proceden de la palabra latina para designar fuego (focus). El pan y la casa son la misma cosa. La casa, la cocción y los fogones son lo mismo. ¿Es o no maravilloso?

Otro ejemplo que nos ha encantado: la palabra “delator” proviene de la palabra griega que designaba a aquellos que controlaban que no se exportaran de manera ilegal los higos, un bien muy apreciado por los griegos, persas y romanos. Tanto es así que un cocinero romano intento hacer un foie gras de ocas alimentadas solamente con higos, en un delirio culinario que acabo con su carrera profesional.

La mantequilla -nos cuenta López Facal- era para los griegos cosa de bárbaros, y de hecho se refieren a ellos como “comedores de mantequilla”. De esta palabra griega nacieron el “burro” italiano, la “butter” inglesa, y un largo etcétera.

El libro está repleto de ejemplos como estos, no sólo etimológicos, ni tampoco limitados al mundo clásico, puesto que llegan hasta el siglo XX. Un entretenido anecdotario que no destriparemos aquí más, porque merece un sitio en nuestra biblioteca.

Pero volviendo a esa labor de la cocina como frontera ante la barbarie, desliza el autor de este libro una idea que daría para otra larga sobremesa. Se pregunta hasta dónde nos lleva esa cocción, esa cocina que deja de ser la señal de diferencia ante los otros para convertirse en una nueva forma de barbarie sobre los alimentos.

Tal vez ahora los barbaros somos nosotros. O a lo mejor es que siempre lo fuimos.

PancakeBot, la impresora que hace tortitas

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Hace ya tiempo que se habla de las impresoras 3D como la siguiente gran revolución tecnológica, y de las de comida como algo que podría cambiar por completo nuestra forma de cocinar. Aunque a la mayoría todo esto les sonará a futurología y puede que incluso les provoque un enorme bostezo, alguien se ha animado a aplicar todo este conocimiento en algo realmente útil: una máquina capaz de imprimir tortitas con la forma que queramos.

El invento se llama PancakeBot y está arrasando en Kickstarter, una de esas plataformas para recaudar fondos y poner proyectos en marcha. Sus creadores necesitaban 50.000 dólares para empezar y ya llevan recaudados más de 185.000 a falta de 24 días para que acabe la campaña. Así que sí, esta impresora 3D de tortitas no sólo verá la luz a mediados de este mismo años sino que está siendo un auténtico éxito.

Un prototipo de la PancakeBot en acción

Un contenedor para la masa, un sistema para mover el cabezal de impresión y una plancha en la base que va haciendo los pancakes. Así de simple.

Basta con cargar el dibujo que se quiera en el ordenador, pasarlo por un programa que se ocupa de transformarlo en un diseño imprimible, y listo: tortitas creativas para desayunar.

Además, como puede verse en el vídeo, la impresora juega con el tostado para crear formas más realistas, añadiendo antes o después la masa sobre la figura que se va dibujando sobre la plancha.

Es verdad que lo de hacer dibujos e incluso retratos con la masa de las tortitas no es nada nuevo. Basta darse una vuelta por Youtube para comprobar que hay un montón de artistas capaces de dibujar a Michael Jackson en la sartén y luego zampárselo. Pero quienes no tengan la maña para conseguirlo a mano, ahora podrán hacerlo de forma mucho más sencilla con esta PancakeBot que, según explica su creador, es extremadamente fácil de usar.

Aunque de entrada podríamos pensar que tras el proyecto están los típicos hipsters de Seattle con su barba y su vídeo de presentación lleno de filtros y música indi, esta vez el tópico no funciona. El creador es Miguel Valenzuela, un ingeniero civil, inventor y un padre muy enrollado que vive en Noruega, y que ya en 2011 creo para sus hijas la primera versión de esta impresora de tortitas usando piezas de Lego.

Tras varias versiones y mejoras, ahora el diseño definitivo -con un sistema patentado para el dosificador de masa- está listo para empezar a producirse y venderse. Su precio en tienda será de unos 300 dólares, aunque ahora mismo, y mientras dure la recaudación inicial de fondos, se puede comprar por menos de 200 dólares.

Mientras vamos haciendo hueco para una en la cocina, sólo nos falta saber cuánto tiempo antes nos tendremos que levantar cada mañana para poder desayunar un pancake de estos con la forma de la Torre Eiffel.