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Un paseo por los mercados de Buenos Aires

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Por Iker Morán

Seguramente no aparecen en las guías turísticas pero ya se sabe que a todos nos gusta ser viajeros, no guiris. Así que cuando nos escapamos a Buenos Aires -sí, nos hemos traído en la maleta varios temas- en el mapa marcamos en rojo un par de mercados de la Capital Federal. Nada mejor que ver lo que se come y se compra para conocer un lugar.

Claro que Buenos Aires es diferente, nos habían avisado. Aquí cocina el teléfono, bromean algunos porteños refiriéndose a la extendida tradición de encargar comida a domicilio o, como dicen allí, delivery. Pero como somos de piñón fijo, buscamos tiempo para escaparnos a ver un par de mercados: el de San Telmo -el más conocido por su nombre, pero un poco venido a menos- y el de El Progreso, en el barrio de Caballito, posiblemente el más animado de la ciudad.

Carne, carne, asado… sería el mejor resumen de este paseo que además nos animamos a grabar en vídeo, para sorpresa de los porteños que andaban por allí y es que -según nos contaban- los turistas gallegos, ni suelen pasar muchos días por Buenos Aires ni se dedican a recorrer sus mercados preguntando dónde demonios están las pescaderías en esta ciudad.

El Mercado de San Telmo (Defensa, 961) -no confundir con la feria que se organiza cada domingo a lo largo de toda la calle Defensa y por la que hay que dejarse caer sí o sí- es uno de los más veteranos. Un precioso edificio de 1897 en el que sobreviven algunos puestos de carne y verduras pero que, sobre todo, está ocupado por anticuarios. La visita, en cualquier caso, merece la pena. Y hay muy buen café, como os contamos en el vídeo.

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El Mercado Del Progreso (Av. Rivadavia, 5430) también tiene unos cuantos años a sus espaldas. Se inauguró en 1889 y a día de hoy pasa por ser uno de los más animados de la ciudad. Al menos en sábado por la mañana, víspera de día de asado, que es cuando nos pasamos por allí. Milanesas por doquier, muchas carnicerías donde aprender los mil y un cortes que manejan allí e incluso una pescadería. Un mercado en condiciones, sí señor.

Es cierto, Buenos Aires no es una gran ciudad de mercados desde el punto de vista gastronómico. Pero basta ver la fachada del antiguo Mercado de Abastos (cerrado en 1984 y reconvertido en un centro comercial de visita totalmente prescindible) para suponer que en su día sí lo fue. Tal vez sea cuestión de esperar unos años para que, como ocurre en otros lugares, la gente se anime a volver a los mercados.

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Rosbif (exprés) con patatas y castañas salteadas

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Por Ninna Jorro

Aunque los 30 grados a los que hemos llegado este fin de semana indiquen lo contrario, estamos ya en pleno otoño. Con esta estación, nos entran ganas de preparar platos más contundentes con productos típicos de esta época del año.

La receta que os traemos hoy es una de esas que podríamos denominar “comidas de domingo” ya que, por norma general, preparar un buen rosbif lleva su tiempo. Es cierto que su elaboración es muy sencilla pero las horas de preparación no te las quita nadie… bueno sí, Jamie Oliver.

Hemos cogido la receta de rosbif exprés de Jamie, le hemos añadido nuestro toque autóctono y la hemos combinado con un salteado de patatillas, zanahoria y castañas que le va como anillo al dedo. El resultado es una comida la mar de resultona que tendrás lista en 40 minutejos de nada. Tomen nota.

Ingredientes

  • 400 gr de ternera
  • 200 gr de patatas nuevas pequeñas
  • 1 zanahoria grande
  • 100 gr de castañas cocidas o asadas y peladas
  • 1 diente de ajo
  • Romero
  • Tomillo
  • Pebrella
  • Salvia
  • Pimienta negra
  • Aceite de oliva
  • Mostaza antigua

Elaboración

Lo primero que debéis hacer es haceros con una buena pieza de ternera, dejaros aconsejar por vuestro carnicero de confianza. Una buena carne os asegura en un 60% el éxito de este plato.

Con la ternera ya en casa, lo primero que hay que hacer es cocer o asar las castañas. Nosotros teníamos unas cuantas ya asadas de la tarde anterior y las hemos aprovechado. Si optáis por asarlas, os damos un truquillo que nos chivaron en Portugal para que sea más sencillo pelarlas: antes de meterlas al horno, les hacemos un corte en la cáscara y las dejamos 15 minutos en un bol con agua. Pasado ese tiempo las escurrimos, las colocamos en la bandeja, salamos ligeramente y adentro.

Mientras se asan o cuecen las castañas, lavamos las patatas -si son pequeñitas mejor que mejor- las cortamos en cuartos y reservamos. Pelamos las zanahorias y las cortamos en juliana. Cuando las castañas estén listas, las pelamos y las reservamos también.

En una tabla de cortar, picamos el tomillo, el romero, la salvia y la pebrella, una hierba muy común en Valencia y Alicante que es ideal para adobar carnes rojas. Mezclamos las hierbas picadas en la tabla y añadimos un poco de pimienta negra molida.

Cogemos la pieza de carne, la salamos ligeramente y, a continuación, la “rebozamos” en las hierbas aromáticas. La carne debe quedar completamente cubierta por ellas.

Llega el momento de encender los fogones. En una sartén bien caliente, con 2 cucharadas de aceite de oliva, sellamos la pieza de ternera por todos los lados. Con 30 segundos por cada lado bastará. Una vez esté sellada, bajamos el fuego y cocinamos durante 3-4 minutos (5-6 si os gusta más hecha) por cada uno de sus lados, añadiendo al dar la vuelta un chorrito de aceite de oliva a la carne si fuera necesario.

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Cuando hayamos cocinado todos los lados, retiramos la carne del fuego, la colocamos en un plato y la tapamos con papel de aluminio. Debe reposar durante unos 5-7 minutos aproximadamente.

Vamos con la guarnición. En una sartén a fuego medio con 3 o 4 cucharadas de aceite de oliva, echamos las patatas cortadas en cuartos y un diente de ajo y removemos bien. Tapamos y dejamos que vayan cocinándose. Cuando las patatas empiecen a ablandarse añadimos la zanahoria, removemos bien y dejamos que se cocinen durante un par de minutos.

Cuando la zanahoria y las patatas empiecen a dorarse añadimos las castañas. Salpimentamos, salteamos y dejamos que se cocinen durante otros 2 o 3 minutos. Cuando todos los ingredientes hayan cogido un tono dorado, sabremos que nuestra guarnición está lista.

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Sólo nos queda cortar el rosbif en filetes finos. Es importante hacerlo con un buen cuchillo bien afilado para no desgraciar la pieza de carne. Si tenéis dudas de en qué sentido cortar la carne, preguntadle sin miedo al carnicero. Un buen corte es tan importante como un buen cocinado.

Servimos los filetes con las patatas y castañas salteadas y una cucharadita de mostaza antigua para quien quiera. ¡Buen provecho!

Regalazo: un ejemplar de “Más de 100 recetas adelgazantes pero sabrosas”

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¿Quieres ganar el último libro de David de Jorge y Martín Berasategui “Más de 100 recetas adelgazantes pero sabrosas”?  Pues en LaGulateca vamos a regalar uno, así que atentos. Sólo tienes que entrar en nuestro Facebookquerernos un poco en y ser nuestro fan más incondicional (bueno, con que le des al “me gusta” es suficiente), y contarnos cuál es tu receta sana favorita.

Sí, eso que cocinas en casa el día que has decidido comer bien y cuidarte un poco. No hace falta que nos explique cómo lo preparas (aunque si quieres, encantados oye), con el nombre es suficiente.

Entre todos los que se animen a participar hasta el próximo día 31 de octubre regalaramoes un ejemplar del libro, que se enviará a la dirección (sólo España) que nos indique la persona ganadora. En nuestra cuenta de Facebook te explicamos todos los detalles.

Más fácil imposible, así que animaos a participar y a cocinar en plan adelgazante. Aquí tenéis toda la información.

Octubre, mes morado y africano en Perú. Y en Tanta

Por Iker Morán

Cuenta la leyenda -cómo nos gustan las historias que comienzan así- que en 1655 un terremoto asoló Lima y Callao, en Perú. Pocos edificios quedaron en pie pero, inexplicablemente, un muro de adobe en el barrio de Pachacamilla, con una imagen religiosa conocida como “Señor de los Milagros”, salió inmune. En octubre se siguen celebrando procesiones en honor a ese mural pintado por los esclavos negros de Perú y por el color de los hábitos usados en ella: octubre es, para muchos peruanos, el mes morado.

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Anticucho y mollejitas, uno de los platos afroperuanos de Tanta

También en sus cocinas, que aprovechan esta cita anual para reivindicar las raíces africanas. Perú es más que ceviche, nos cuentan en Tanta Barcelona, el conocido restaurante fundado por Gastón Acuario, el chef responsable de que en todo el mundo se hable de la cocina peruana. En Perú confluyen nada menos que cinco influencias gastronómicas (japonesa, china, andina, española y africana) así que, por mucho que nos creamos -en plena fiebre del ceviche- que tenemos ya dominada la gastronomía peruana, estamos en primero todavía.

Hace unos días tuvimos la ocasión de asistir a un pequeño máster acelerado en Tanta sobre esa vertiente más africana que por aquí todavía es una gran desconocida. Aunque el restaurante -con sedes por todo el mundo, incluido Madrid y Barcelona- ya cuenta en su interminable carta con un recorrido por varios platos afroperuanos, es durante el mes de octubre cuando estos platos adquieren mayor protagonismo.

Alonso Ferraro, responsable de Tanta Barcelona, y Pablo Ortega, al mando de los fogones, fueron nuestros guías por esta cocina que hunde sus raíces en los esclavos africanos llevados a Perú desde el siglo XVI hasta mediados del XVII. Una cocina en la que la casquería juega un gran papel, con platos tan espectaculares como el anticucho (una brocheta de corazón de ternera que, aunque puede asustar por el nombre, es una exquisitez) y las mollejitas que las acompañan.

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Humita (arriba) y “cau cau”

Platos sencillos, en ocasiones ideados a base de los restos de la comida, como el “Tacu tacu a la chorrillana”, elaborado con arroz cocido y menestra mezclados. Tantos siglos después, esta masa compacta se rescata para convertirse en un plato digno del mejor restaurante pero sin perder potencia ni humildad.

Algo parecido pasa con el “Cau cau”, un guiso de cuchara (mondongo cocido, patatas picadas, ají amarillo, cebolla…) que recuerda a los callos de por aquí -mondongo, de hecho, son tripas-  pero que no es habitual encontrar en los restaurantes. Se trata de un plato que no suele hacerse fuera de casa, apunta Pablo Ortega.

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Robin Food y el efecto Arguiñano

Por Marta Tañà

La nueva temporada televisiva, que ya lleva unas semanas en marcha, nos ha traído al carismático David de Jorge -o sea Robin Food- a la gran “cadena amiga”. Telecinco ha apostado por este vasco para rellenar el espacio entre los altos debates filosóficos de Mujeres y hombres y lo que sea y los impecables y nada escabrosos Informativos Telecinco (léase con voz grave y afectada). Un espacio de lujo, evitando la competencia directa con la bestia de Arguiñano en la cadena rival pero con todos los medios para intentar arrebatarle el trono de “estrella cocinera”.

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“Robin Food: Atracón a mano armada” ya existía en ETB. Aquí, en La Gulateca, se ha hablado (bastante) de él. Por tanto, poco más vamos a descubrir a los seguidores más fieles de este nuestro blog sobre cómo es el programa y su estrella.

Es verdad que ha cambiado el lema -“Viva Prusia”, para que no se diga- pero continúa con garrote, pureza, guarrindongadas, el estilo particular de Robin Food y la participación de su inseparable -y productor del programa- Martín Berasategi. Han cambiado también los medios: plató grande, luminoso y mil cámaras -como nos contaba el mismo de Jorge en el primer programa- para captarlo todo. Que se note que en Mediaset tienen posibles.

Los fans superfans del programa -y en este blog se encuentra uno- no van a encontrar muchas diferencias, tan solo un pequeño cambio en el botón del mando o la web donde descargarlo. Pero este estreno me ha hecho reflexionar sobre cómo tratamos los programas de recetas -no los grandes shows culinarios- en España. No en vano me he pasado los nada calurosos meses de verano vegetando en el sofá y tragándome uno tras otro programas de cocina, especialmente de un canal de pago. Programas de 25 minutos con un cocinero, sus cuatro cacharros de cocina, un fuego y un montón de ingredientes para sacar un plato que cualquiera sea capaz de hacer y cuyo resultado haga salivar al público (o no).

¿Qué me fascina de estos programas? ¿Qué hace que me quede enganchada en bucle eterno viendo como otros cocinan? A priori engancha el hecho de aprender, descubrir recetas, combinaciones o trucos. Pero la mayoría de estos programas, como los blogs, recetarios, etc. acaban siendo repetitivos.

Lo que de verdad me engancha es la plasticidad de la cocina, la estética. Ver ingredientes, cocciones, transformaciones, las mismas que vemos cada día en la cocina pero a través de una cámara. La cocina es tremendamente sensual, la forma en que muchos cocineros tocan la comida, la muestran, la cortan, la tratan, tiene algo de pornográfico. Esos primeros planos de la carne asándose, la cebolla pochada, el aceite calentándose, un poco de miel chorreando… La tele te da la imagen y la imaginación hace el resto: aromas, sabores, evocaciones varias.

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The Candy Project, sociología de las chuches

Por Iker Morán

¿Se pueden considerar las chuches gastronomía? ¿Son parte de la cultura de un país? ¿Pueden servir para conocer mejor una sociedad y sus costumbres? Y, sobre todo, ¿Se dice las chuches o los chuches, como sugería hace ya tiempo Mariano Rajoy hablando de economía de altos vuelos?

Para la última pregunta posiblemente no tienen respuesta en The Candy Project, pero sí para las tres anteriores. Y es que estamos ante el primer estudio que eleva a las golosinas a una nueva categoría. En realidad a esa en la que todos -la mayoría- las tenemos cuando somos niños. O no tan niños, si somos sinceros.

El proyecto nace de una de esas maravillosas locuras en las que casi siempre anda metido Andoni Luis Aduriz, del restaurante Mugaritz, y de Iñaki Martínez de Albeniz, doctor en Sociología por la Universidad del País Vasco. Con él charlamos de este proyecto que, hemos de reconocerlo, de entrada nos parece una genialidad que no entendemos muy bien cómo no se había hecho antes.

¿Acaso el nombre que le ponemos a una golosina -los marshmallows que para muchos son nubes, en Bilbao siempre han sido jamones, por ejemplo- no está ya diciéndonos algo? ¿Son las chucherías algo exclusivo para niños en todos los países o varía según la cultura? Para poder averiguar todo ello habrá que esperar a ver las conclusiones de este estudio que acaba de comenzar pero, de momento, considerarlas un objeto de análisis ya es por si solo algo bastante peculiar.

“El reto del proyecto es hablar en serio, de manera sistemática, de chuches. En una palabra, hacer una ciencia de las chuches“, apunta Martínez de Albeniz. “Aunque a muchos les parecerá un tema intrascendente -reconoce- hemos llegado a la conclusión de que la capacidad de las chuches de hacernos hacer cosas depende, precisamente, de esa aparente insignificancia”.

Una idea surgida de una conversión entre él y Aduriz -nos cuenta- y que esconde un considerable potencial de datos y conocimiento desde el punto de vista social. “Podemos aprender que el caramelo no sólo es aquello que nos metemos en la boca, sino un vehículo para la generación de relaciones sociales, lo que en sociología llamamos socialidad (vida social es una forma menos técnica de decirlo). Dependiendo del tipo de chuche que tengamos y de los consumos que propicie, la vida social que se genera alrededor es distinta”.

Globalización y chuche kilómetro cero

Porque no, efectivamente, ni todas las golosinas son iguales, ni se consumen del mismo modo según en qué parte del mundo estemos, aunque es cierto que la globalización también ha llagado a este campo. “La globalización de deteminadas prácticas culturales y por qué no decirlo, de ciertas chuches (las de multinacional) ha hecho que la cultura y la forma de ser dependa cada vez menos de la geografía y de las distinciones sociales de todo tipo”, señala.

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De ahí que el proyecto tenga también la “vocación de conservar o recuperar la chuche-diversidad, en consonancia con la filosofía de uno de nuestros socios, Slow Food International”. “¿Por qué no pensar, como ocurre con otros alimentos, en una chuche sostenible, en una chuche kilómetro cero?”, se pregunta en voz alta Martínez de Albeniz.

Pese a ello, más allá de sabores insospechados, hay unas cuantas ideas preconcebidas que, con los primeros datos en la mano, este sociólogo puede echar por tierra. “Hay quienes asocian las chuches a escenas de crímenes o que las usan para generar ambientes eróticos“, nos revela. Otra idea que habría que ir desterrando: “Hay países donde las chuches forman parte del universo del mundo adulto”. A eso nos apuntamos.

CandyProject-3Tras este periodo de recopilación de información llegará el momento de procesarla. “El objetivo de esta primera fase es hacer una especie de cartografía o mapa global del gusto, tomando la chuche como pretexto”, señala.  A partir de aquí la idea es que “se tome conciencia de la potencia de la chuche y las oportunidades que abre para la educación nutricional, más allá de la demonización a la que estamos acostumbrados”.

Quienes se animen a ser parte de este proyecto pueden participar en el cuestionario de The Candy Project. Eso sí, se tarda unos minutos en completar todas las preguntas, así que mejor tener unas cuantas chuches a mano. ¿Cúal era la preferida de Iñaki Martínez de Albeniz? “No tengo ninguna duda: el chicle COSMOS. Me enseñó dos cosas, a ver la vida como algo oscuro, y no demasiado dulce, que puede producir un inmenso placer y que el Big Bang lo provocó una chuche, el chicle Cosmos, que crea, literalmente, el espacio”.

El Pantone de la comida española

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Por Ninna Jorro

¿Recordáis aquellas charlas sobre nutrición que os daban en el cole, sobre comer alimentos de todos los colores? Era una forma visual y atractiva de que los niños aprendiéramos que comer equilibradamente, a veces, es sólo una cuestión de ampliar la gama cromática de nuestros platos.

Los chicos de Gastromedia debieron de recibir varias de aquellas charlas porque hace un tiempo decidieron crear Pantone Food, una versión de la popular escala cromática aplicada a platos de cocina internacional sobradamente conocidos por todos.

Esta vez han ido un paso más allá y se han puesto manos a la obra con el Typical Spanish Pantone Food. Se trata, ni más ni menos, que de platos típicos de la gastronomía patria clasificados según su color predominante. ¿Mola o no la idea?

Siguiendo esta peculiar escala, unas alubias pintas con sus sacramentos son el Pantone 4625c, el 7578c corresponde al bacalao a la riojana, el color de la morcilla de Burgos es exactamente el Black 4c y unos buenos callos a la madrileña son un bonito Pantone 723c.

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Echándole mucho humor al asunto, la gente de Gastromedia define su creación como “una guía única de la gastronomía de nuestro país”, una herramienta con la que, seas de por aquí o vengas de fuera, no volverás a tener problemas para pedir tu comida española favorita en ningún restaurante del mundo. No nos negaréis que pronunciar determinados platos tiene su intríngulis.

Hace unas semanas ya os hablamos de las cervezas Pantone, un packaging desarrollado por un diseñador bilbaíno, que clasifica el tipo de cerveza que lleva en su interior siguiendo la mencionada escala. Sin duda, es el complemento ideal para esta nueva guía. Desde aquí nos declaramos fans incondicionales del primer bar de tapas que decida adoptar ambas, ¿algún voluntario en la sala?

Bulgur con setas e higos

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Por Iker Morán

Otoño, temporada de setas. Pero si nos damos prisa puede que tengamos suerte y todavía encontremos en el mercado los últimos higos de este año. Si semejante conjunción planetaria ocurre, hay que salir corriendo, meternos en la cocina y preparar algo rico con estas dos cosas. A nosotros se nos ha ocurrido cocinar un bulgur, que es algo así como el primo raro y todavía un poco desconocido del cuscús.

Un plato de lo más otoñal que incluye camagrocs, que es como se conoce en Catalunya a los rebozuelos amarillos, trompetas amarillas o -atención al nombre- angulas de monte. Por supuesto, podemos usar cualquier otra seta que nos guste y encontremos en el mercado. Vía libre, como siempre, para cambiar los ingredientes según lo que haya por casa.

¿Cómo se prepara? Muy fácil, atentos que os lo explicamos en vídeo:

Ingredientes (para 4 personas)

· 400 gramos de bulgur. Posiblemente sobrará

· 8-10 higos no muy maduros. Sí, también lo podemos hacer con higos secos fuera de temporada.

· 250 gramos de setas

· Medio litro de caldo vegetal

· 1 cebolla

· 1-2 zanahorias

Preparación

Empezamos con el bulgur. Se trata de trigo que se ha cocido, secado y molido de tal forma que simplemente tenemos que rehidratarlo durante unos minutos, dependiendo de su grosor y si nos gusta más o menos tieso. Aunque no es fácil de encontrar en los supermercados, suelen tenerlo en herboristerías y las típicas tiendas de productos naturales. Se pasan un poco con el precio, la verdad, así que si nos da pereza siempre podemos usar cuscús o quinoa, por ejemplo.

En una sartén lo tostamos durante unos minutos y añadimos el caldo caliente. Si no tenemos caldo, ya sabéis que agua con una pastillita siempre es un apaño recurrente. Lo retiramos del fuego y lo dejamos tapado unos 10-15 minutos hasta que esté hecho. A nosotros nos gusta un poco tieso -al dente, vaya- pero si preferís más pasado, habría que añadir algo más de agua y dejarlo un poco más de tiempo, dependiendo del grosor.

Mientras se hace, en una cazuela ponemos la cebolla y la zanahoria picada en un poco de aceite de oliva a fuego lento. Cuando hayan cogido color (15 minutos será suficiente) añadimos las setas. Ya sabéis que es mejor no pasarlas por agua para que no pierdan sabor, así que para limpiarlas un cepillo y un trapo. De hecho, si son compradas es muy posible que estén ya sin tierra, así que no hay que preocuparse demasiado.

A fuego fuerte, en 5 minutos estarán listas. Añadimos sal y un poco de pimienta. En otra sartén, también a fuego fuerte, pasamos por la plancha los higos que habremos lavado y cortado en 4 antes. ¿Hace falta pelarlos? Opcional, aunque puesto que vamos a hacerlos a la plancha y queremos que no se destrocen demasiado, mejor no.

Y ya lo tenemos. Añadimos los higos a la cazuela con las setas y las verduras, incorporamos el bulgur y a la mesa.

Vermut tonic, tu nuevo combinado favorito

 Por Iker Morán

Dice la teoría que si dos cosas están buenas por separado, unidas sólo pueden mejorar. Un planteamiento que algunos descartan citando el recurrente ejemplo del chorizo y el chocolate pero que en ocasiones funciona a la perfección. Por ejemplo, con el vermut y la tónica, dos de las bebidas de moda del momento. La tónica, eso sí, acompañada de ginebra y el vermut, por suerte, más que una moda es un clásico. De todos modos basta darse un paseo por Barcelona y sus bodegas -algunas de toda la vida, otras recién abiertas pero con un toque clásico- o por Madrid para asumir que, sí, efectivamente, el vermut pega fuerte.

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Lo cierto es que la idea de mezclarlo con tónica no es ni mucho menos un invento de esta casa. Hace ya tiempo lo vimos en la pizarra de un bar de la Barceloneta -sí, además de turistas desnudos también hay buenos bares por allí- pero se quedó en la lista de cosas a probar. Hasta que los amigos de Campari se dedicaron, este pasado verano, a reinvindicar su Campari Tonic como un nuevo combinado a tener en cuenta.

Así que conseguimos colarnos en la última edición de la Casa Campari que organizaron en Barcelona y, sí, efectivamente, la combinación de ese amargor que tanto nos gusta del Campari con las burbujas de la tónica funcionaba perfectamente. ¿Mejor que el spritz? Eso es como preguntar si se quiere más a a mamá o a papá.

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El caso es que, si con Campari está bueno, con vermut será incluso más sencillo, por el dulzor de esta bebida. Dicho y hecho: vaso ancho -nada de copa de balón aquí- un buen hielo, mitad de vermut, mitad de tónica y un poco de piel de naranja para hacer bonito. Aquí el sifón, claro, no corresponde.

Un auténtico descubrimiento que, aunque todavía no se deja ver por los bares, podría ser la próxima moda. O no. En realidad nos da igual, porque ahora ya sabemos prepararlo en casa. Por cierto, para quien se anime con el Campari Tonic, tampoco tiene ningún misterio aunque, eso sí, moderamos las proporciones: 1 parte de Campari y tres de tónica.

Nuestra nueva cocina en 20minutos

Hace ya unos años nos dimos cuenta de que nos pasábamos el día hablando de comida. De esa pasión por comer y cocinar y, sobre todo, por dar la lata a los demás con el tema, nació La Gulateca. Y por aquí seguimos, empeñados en lo mismo.

Esto no es un blog de recetas, ni de crítica de restaurantes, ni de gastronomía de esa con muchos humos y poco fuste. Esto es un blog -otro más- que habla de todo lo relacionado con la cocina y la comida: desde recetas hasta libros, viajes, vinos y bebercios de todo tipo, gadgets para cocinar y, en definitiva, todo aquello de lo que nos gusta hablar a los cocinillas y gourmetillos como nosotros. Foodies lo llaman por ahí, pero el palabro nos sigue sonando un poco abofeteable.

Ahora, tres años después y con más de 500 artículos en nuestra hemeroteca particular, La Gulateca se traslada a 20minutos.es. Poder seguir haciendo lo mismo -esperemos que mucho mejor- en una plataforma como ésta nos llena, como suele decirse, de orgullo y satisfacción.

Así que a partir de ahora nos veremos por aquí, con más recetas, vídeos, caras nuevas y, sobre todo, las mismas ganas de meternos entre fogones, descubrir un vino, probar ese ingrediente nuevo que tenemos en la alacena -nos encanta esa palabra, sí- o perdernos un rato en el mercado de cualquier ciudad del mundo. Y todo eso sin tomarnos demasiado en serio, por supuesto. De tipos serios y gurús, el mundo de la cocina ya va bien servido.

¿Qué ofrecemos en nuestra pizarra del menú? Tenemos de todo un poco. Desde recetas de toda la vida (como estos caracoles o un arroz cremoso de gambas) hasta combinaciones un poco raras. ¿Lentejas con kimchi? ¿Boquerones con fresas? ¡Venga! Incluso últimamente nos hemos animado a hacerlas en vídeo y amenazamos con seguir por esa línea. Y si, como nosotros, sois gourmets low cost, seguro que os encanta esa pasión nuestra por los vinos buenos, bonitos y baratos o por el penúltimo invento que pondrá nerviosos a los más puristas. Y cócteles. Y cervezas, claro. Incluso una hecha con agua de mar.

Nuestra biblioteca también está muy bien surtida, con libros tan recomendables como el recetario de Alice B. Toklas o Sobrebeber, el mejor ensayo sobre el noble arte de hincar el codo. Y cuando descubrimos un bar o restaurante que merece la pena, descuidad que os lo contamos. Incluso somos de esos pesados que de viaje siempre quieren probarlo todo o engañan a una amiga para que les lleve a descubrir los mejores pintxos.

Y sí, también nos gusta cacharrear. Así que en nuestra encimera siempre hay hueco para probar ese nuevo gadget de cocina. Además, recordad que La Gulateca es el único blog del universo que cuenta con la fórmula que te ayudará a traducir las recetas de tu madre para hacer croquetas o torrijas. Garantizado.

Esperemos que el menú os convenza si lo acabáis de descubrir y que siga gustando a quienes ya nos tenían fichados. A todos, os esperamos por aquí con la mesa puesta.