Moneyball | Bennett Miller

Publicado el 2 febrero, 2012

No entiendo a qué viene tanto miedo por parte de las distribuidoras a estrenar Moneyball en España (en EE.UU. debutó a finales de verano). Se oyen comentarios como: “en este país no se va a entender la película, no hay cultura de baseball”. Eso es menospreciar el filme de Miller. La lucha por cambiar el orden establecido es una historia universal, que afortunadamente se repite, y aunque esta vez nos lo cuentan a través del deporte yanqui no hay ninguna duda de que se puede extrapolar a cualquier ámbito de la vida. Y ahí en ese punto es donde sobrevive el arte, en su capacidad para entenderse en cualquier parte del mundo.

Es verdad que conceptos como on-base percentage (porcentaje que mide la frecuencia con la que un bateador llega a base) o outfielder (jugadores que tienen las posiciones más alejadas respecto al bateador) pueden confundir al espectador en según qué diálogos, pero nunca entorpecen el placer de acercarse a un personaje tan magnético como Billy Beane.

Varios falshback relatan como Beane fue una promesa del béisbol que cayó en picado cuando el fracaso le arrancó de cuajo la poca seguridad que tenía en sí mismo. Ahora es el director general de un equipo de Oakland con un presupuesto ridículo y con el que pretende enfrentarse a los gigantes de la competición. Beane le brinda la posibilidad a Brad Pitt de demostrar, entre otras cosas, que nadie come o escupe con tanta clase como él. El actor desprende una energía descomunal en su papel más introspectivo. Se quita de en medio para que prime la historia y sin embargo la humanidad de su trabajo permanece en la memoria.

Las intrigas y los dramas de esta película nacen y mueren en los pasillos del estadio. Es ahí donde ocurre todo. Los potentes diálogos están diseñados para hipnotizar y golpear repetidamente al espectador como ya ocurría en los pasillos de El Ala oeste de la Casa Blanca o en los de Studio 60. El genio detrás de todo esto se llama Aaron Sorkin, autor de aquellas series y de la primera gran tragedia cinematográfica de nuestra generación, The social Network. Su acompañante es Steven Zaillian, ambos se han sacado un guión para enmarcar.

Bennett Miller, director de la mediocre y laureada película sobre Capote, es el encargado de ponerse detrás de la cámara y sustituir a la primera opción del productor: Steven Soderbergh. Temo que Soderbergh lo hubiera hecho mejor, al menos el metraje no parecería tan alargado como sí que ocurre en manos de Miller. Técnicamente el filme es perfecto, posee una fotografía limpia que se entremezcla con la suciedad de las imágenes de archivo y a la que acompaña una tímida banda sonora. Sin embargo, Miller estira las secuencias demasiado y tras dos horas algunas se rompen. Soderbergh hubiera sido más incisivo, rápido y original recreando esta lucha de poder.

Aún así, la guerra del pez pequeño contra el grande sólo es otra cáscara más, el núcleo de Moneyball es la eterna batalla entre estadística e intuición. ¿Valorar a los jugadores por su juego desequilibrante y su carácter o destacar sus porcentajes de aciertos -a pesar de descubrir personalidades defectuosas-? Obviar o no el factor humano. Como si Steve McQueen usara la calculadora para ganar al póquer a Edward G Robinson en The Cincinnati Kid. En medio de tal controversia Jonah Hill entra en escena. El actor, escuela de Judd Apatow, interpreta al asistente de Beane, la mente que hay detrás de esta revolucionaria forma de valorar a los jugadores. Hill está soberbio, humilde y natural. Pero entre todos los actores hay uno, gordo, rubio y sin nada que demostrar, que eleva su pequeño papel hasta la altura del mismísimo Pitt. Se llama Philip Seymour Hoffman e interpreta al entrenador anclado en el antiguo orden. La cara rancia de la revolución. El hombre al que va dirigido el enunciado clave de todo el asunto. “No se trata de ganar o perder, se trata de cambiar el juego”. El juego de la vida, en cualquier caso.

 por Pedrín

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