Y ahí está Patricia, nerviosa que parece que tiene las almorranas de fiesta. Lleva en la mano unos calzoncillos que le mandaba Rubén a Chari. Cágate. Espero que no tuviera frenazo.
La hacen pasar por una gatera y llega al bosque secreto, donde hay un trono. De repente le habla una voz como sacada de un club de alterne.
Le dan a elegir a qué casa quiere ir, porque la perspectiva de quedarse en el bosque le acojona, más que nada porque no tendría a nadie a los que dar por saco. Pero va a flipar, porque no se va a encontrar con sus amigos, sino con los otros.
Joder, que diarrea verbal tiene esta chica. Es como una ametralladora. A mi me la meten en una casa y la estrangulo. Y encima no se entera ni del nodo. Ha cambiado de casa ya seis veces. Le está dando la chapa al olivo (que se supone que le habla) que se le van a pochar las aceitunas.
Al final se va a la casa blanca. Y no cierra la boca, señores.
Debe ir a la casa blanca y buscar un olivo pequeñito, al que debe hablar, pero debe mantenerlo en secreto. Ahora Patricia se pone a decir que si ha visto la película de Pocahontas. “Soy un árbol, no voy mucho al cine”, dice el árbol.
Y flipa, porque pensaba que se iba a reencontrar con los otros, pero no, vuelve con Jhota y compañía.
Ahora le da a Chari los calzoncillos de su novio “que huelen a él”. Ay, señor, a mi me regalan unas bragas que huelen a ella y la dejo.
En la prueba semanal, o más bien en la publicidad semanal, ganaron los de la casa del jacuzzi. Y comienza al reparto de comida. Yago, Terry y Chari hacen el reparto. Yago es de los de “no les dejes nada, que ellos no nos dieron” y Terry de las de “mejor darles por si cambian las tornas”.



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