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Los otros Aylan

Los hermanos iraquíes Ahmed y Mudafar llegaron a España para tratar su enfermedad desde el campo de refugiados griego de Katsikas gracias al trabajo de la ONG Aire / Change.org

Los hermanos iraquíes Ahmed y Mudafar llegaron a España para tratar su enfermedad desde el campo de refugiados griego de Katsikas gracias al trabajo de la ONG Aire / Change.org

El pasado viernes se cumplió un año de una imagen que dio la vuelta al mundo. El pequeño Aylan Kurdi, un niño kurdo de tres años, apareció muerto en aguas turcas tras naufragar la lancha en la que huía de su país en busca de asilo y, en definitiva, a la procura de una segunda oportunidad. Un año más tarde, centenares de voluntarios europeos y de otras nacionalidades se encuentran en diversos campos de refugiados, como los griegos de Lesbos, Idomeni o Katsikas, tratando de hacer que la espera de los refugiados, muchos de ellos niños, en esos lugares inhóspitos se parezcan lo más posible a un hogar. Porque son testigos de lo difícil que resulta que estas personas reciban el asilo que recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el tiempo medio de estancia en un campo de refugiados en el mundo es de 17 años.

El desafortunado destino de Aylan fue el mismo para miles de menores en mares como el Mediterráneo. Y de entre los millones de refugiados que, según ACNUR, hay en el mundo, una parte importante son niños. Muchos de ellos solo han conocido la guerra y miles han nacido y nacen cada día en un campo de refugiados. Se cuentan por miles los menores que, una vez en Europa, han desaparecido sin dejar rastro, lo que hace sospechar que, con toda probabilidad, han caído en redes de explotación y prostitución. Porque no hay que olvidar que muchos de los pequeños que llegaron a Europa en 2015 lo hicieron solos.

Uno de los mayores problemas para estos menores es el acceso a la educación. Por eso, los centenares de voluntarios y ONGs que trabajan en los campos de refugiados han levantado escuelas y preparan cada día decenas de actividades para evitar que los niños crezcan como analfabetos. También organizan eventos como Refugees Got Talent para que se diviertan y olviden, aunque sea solo por unas horas, que viven en un campo.

Pero otro problema de gran importancia es la salud. No solo las enfermedades derivadas de la estancia en los campos, sino aquellas dolencias que afectan a los pequeños desde que nacen y que hacen no necesario, sino imprescindible, que estos dispongan de cuidados diarios, una perfecta higiene e, incluso, una operación quirúrgica. Condiciones que, de permanecer en un campo de refugiados, les aseguraría el empeoramiento de su salud o la muerte. Fue el caso de Osman, un niño afgano con parálisis cerebral que, tras el inmenso esfuerzo de los bomberos de la ONG Bomberos en Acción, pudo viajar junto con su familia a Valencia para ser intervenido. En un proceso parecido pudieron llegar a Sevilla los hermanos iraquíes Ahmed y Mudafar, de ocho y diez años, gracias a los esfuerzos de la organización coruñesa Axuda Integral Rescate Emerxencia (AIRE). Ambos padecen una enfermedad hepática genética y ya están siendo tratados y mejorando en un centro hospitalario.

Ambos casos, sin embargo, continúan siendo insuficientes. El personal de los campos de refugiados coincide en que hay más casos de niños y adultos enfermos cuyo traslado a un país donde puedan ser atendidos correctamente se hace más y más complicado. Saben que, según está estipulado en la Unión Europea, las personas de nacionalidad siria tienen preferencia en la acogida. De acuerdo con esta norma, los casos de Osman, Ahmed y Mudafar habrían sido insalvables de no ser por el inmenso trabajo de oenegés en coordinación con instituciones a título individual.

Saben también que el verano está a punto de acabar y que las temperaturas que hoy superan los 30 grados en los campos descenderán hasta varios grados bajo cero, haciendo imposible la vida en esos lugares, especialmente para las personas que necesitan de unas condiciones de vida óptimas. Hay miles de mujeres embarazadas y bebés recién nacidos, personas mayores y/o con problemas de movilidad, enfermos crónicos y gente que necesita seguir una dieta muy específica por problemas de alergia e intolerancia.

Y solo estamos hablando de aquellos que necesitan un tratamiento. Como si hubiera que dar por hecho que, para el resto, ya no existe una solución más allá del umbral de las puertas de Europa.

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