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Tampoco Breton Woods es una marca de Whisky. Porque el periodismo internacional no es solo cosa de hombres, ocho mujeres ofrecen un punto de vista diferente sobre lo que pasa en el mundo.

El silencio en Gaza

Palestinos enseñan identificación para cruzar a Jerusalén / Foto de Labour2Palestine, modificada por Esperanza Escribano

Palestinos enseñan identificación para cruzar a Jerusalén / Foto de Labour2Palestine, modificada por Esperanza Escribano

Ayer estaba en un restaurante árabe, parapetada delante de unos de esos menús de kebab rápido, eligiendo qué salsa acompañaría mi comida, cuando bajé la vista y vi un folleto ante mis ojos: SOS Gaza, fondo de emergencia para las inundaciones. El tríptico era de la asociación Aksahum, que se dedica desde 1993 a emprender acciones de solidaridad con el pueblo palestino. Resulta que en Gaza también suceden cosas cotidianas, como las lluvias torrenciales que destrozan calles, comercios, casas. Lo hubiera sabido si hubiera sucedido en cualquier barrio de cualquier ciudad del mundo por los medios de comunicación habituales. Para enterarme de lo que ocurre en Palestina tiene que apetecerme un kebab árabe.

El problema es que cualquier suceso más o menos cotidiano en Gaza, como una lluvia torrencial, se convierte en emergencia. Porque la vida en la franja siempre va al límite. Imagínense la vida de alguien que gana 600 euros al mes en España. Puede pagarse una habitación en una de las capitales y vivir relativamente bien, sin grandes lujos, como salir a cenar fuera de casa, pero no necesitará acudir a Cáritas para comer caliente cada día. Pero imaginen que ese mes es enero y se estropea la caldera, o sube el precio del abono mensual de metro o ocurre cualquier otro imprevisto que eleva los costes. Entonces ese alguien está en apuros. Así es la vida en Gaza, cualquier salida de la normalidad absoluta se convierte en emergencia.

Y el problema es que las emergencias en Gaza no se pueden arreglar como se haría en el primer mundo. No hay una red estatal que se active instantáneamente para taponar la herida hasta llegar al quirófano. Hay ONG´s, movimientos sociales, internos y externos, hay un intento de Estado, etc, que son capaces de poner parches. Pero no hay libertad para una convocatoria internacional, una llamada de auxilio a los vecinos, como la que puede hacer Italia cuando ve que cientos de pateras asolan sus costas o Filipinas cuando un tifón destroza las suyas. Gaza está casi siempre, sola ante el peligro. Aislada del resto de Estados.

Y dados los problemas, las redes se vuelven a tejer en el reto del “más difícil todavía”. Por eso, la comunidad árabe de Bruselas, que está a 5.000 kilómetros de distancia de la Franja de Gaza, emprende acciones como una campaña para financiar la recuperación de las viviendas que se vean afectadas por las inundaciones. Sin publicidad de los medios de comunicación, sin ayudas de ningún Estado. En silencio, como la mayoría de los sucesos que ocurren en el territorio protagonista del conflicto más viejo del mundo.

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