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Niños que no pueden ser niños

Por Cláudia Morán

Hace tan solo unos días, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) cifró en más de 1,1 millones el número de niños sirios refugiados, la mitad sobre el total. De ellos, al menos 3.700 están absolutamente solos. Todos esos pequeños, que probablemente han perdido la inocencia al presenciar las atrocidades de la guerra, corren el riesgo de ser una generación perdida tras haber quedado aislados del sistema educativo.

Niños sirios en el campamento de refugiados de Bekaa Valley (Líbano) / MOISES SAMAN, Magnum

Niños sirios en el campamento de refugiados de Bekaa Valley (Líbano) / MOISES SAMAN, Magnum

En números exactos, ACNUR calcula que son 300.000 los niños sirios en campamentos de refugiados de Jordania y Líbano que todavía no han sido escolarizados y que probablemente tampoco lo estarán a finales de año. Sin embargo, muchos de ellos ya están trabajando, algunos forzados por sus propias familias para traer el sustento a su nuevo hogar, otros porque están completamente solos al haber perdido a sus padres y su única manera de salir adelante es soportar condiciones laborales insoportables, incluso peligrosas, a cambio de un salario irrisorio. 

Para estos niños refugiados el conflicto ya no es Siria, sino su día a día. Lo mismo da que hayan abandonado su país por la guerra si continúan siendo atacados en los países de refugio por el conflicto interno que se ha generado, como en Líbano, o reciben formación militar para volver a Siria a luchar y jugarse la vida.

Mientras tanto, países de la Unión Europea como Bulgaria, Grecia y Chipre ponen trabas a la acogida de refugiados sirios, a pesar de que ACNUR reitera a la UE la necesidad urgente de abrirles sus fronteras.

Todos los niños tienen derecho a la inocencia (yo diría incluso obligación), pero a los pequeños sirios les ha sido denegado. Ya no se trata de enviar refuerzos, provisiones u ONG al terreno, sino de alejar a los niños de cualquier conflicto que no les permita jugar, sentirse libres, ir al colegio y dar rienda suelta a su imaginación. Para ellos, la realidad en la que viven es mucho más fuerte y dura que cualquier fantasía que se les pueda pasar por la mente. Niños a los que se les emborrona el presente y se les borra el futuro. Niños que no pueden ser niños, y que nunca podrán decidir si quieren continuar siéndolo.

CLÁUDIA MORÁN

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