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Tampoco Breton Woods es una marca de Whisky. Porque el periodismo internacional no es solo cosa de hombres, ocho mujeres ofrecen un punto de vista diferente sobre lo que pasa en el mundo.

Luanda, la ciudad más cara del mundo

La ciudad más cara del mundo no está en Suiza, EE UU o Japón. Está en África, es la capital de Angola, Luanda. Lo indica el Estudio sobre el coste de la vida que elabora la consultora Mercer. El informe analiza 214 ciudades en cinco continentes y toma a Nueva York como la ciudad base con la que comparar y tiene en cuenta hasta 200 precios, desde la vivienda a la ropa, pasando por el ocio y la alimentación.

En la clasificación tiene mucho peso el coste del alojamiento. En la capital angoleña una casa de lujo de tres habitaciones supera los 11.000 euros mensuales y un apartamento de dos habitaciones, en ambos casos sin amueblar, supera los 4.800 euros de renta. Moscú es la segunda más cara. El apartamento cuesta 3.437 euros al mes en la capital rusa; 14 veces más que en la pakistaní Karachi.

En Luanda habitan más de 5 millones de personas, de las cuales más de un 80% vive en la pobreza; solo un 30% de los hogares tiene agua corriente y dos tercios de la población sobrevive con apenas 1,4 euros al día. Un almuerzo para dos personas cuesta 150 y el carrito de la compra mensual no baja de 2.000 euros.

¿Por qué es tan cara?

El liderazgo de Luanda en el listado tiene mucho que ver con la dependencia de los productos importados, fruto de 27 años de una guerra civil que culminó en 2002 e hizo estragos en las infraestructuras y la producción locales. Después de haber sido una vez un gran exportador de productos como el café y el algodón, y autosuficiente en la mayoría de los alimentos, Angola ahora importa aproximadamente el 80% de sus bienes de consumo. Los altos aranceles a las importaciones, junto con los elevados impuestos y los monopolios de las cadenas de suministro relacionados con la poderosa élite política, elevan el precio de los bienes y servicios a niveles estratosféricos. También hay corrupción institucional, lo que permite fijar altos precios a los productos y servicios.

Después de la guerra, solo meses después del alto el fuego en su capital, Luanda, empresas como British Petroleum BP, China International Fund o TAAG Angola Airlines empezaban la construcción de rascacielos.

Hoy en Angola, como en casi todo el continente africano, ejércitos de obreros chinos trabajan sin descanso en la construcción de autopistas, puentes, hospitales, presas… China ofrece las infraestructuras inexistentes a causa de la guerra o el subdesarrollo a cambio de las materias primas que necesita para alimentar su propio crecimiento: cobre, madera, hierro, aluminio, níquel… En el caso concreto de Angola, el material de intercambio es el petróleo. La dependencia del petróleo de la economía angoleña coloca al país en una situación volátil, con altos y bajos, según el vaivén del precio del crudo. Así, su economía gira alrededor del oro negro, que genera el 80% de los ingresos del Estado; siendo China su principal comprador desde que recientemente superó a Estados Unidos.  El gobierno albergó un tiempo la esperanza de que Angola sería para China el socio preferente en África. Soñaban con grandes inversiones a largo plazo en agricultura y creación de un tejido industrial. Pero el sueño se hizo añicos. China construyó infraestructuras, pero los obreros se marcharon. No era una ayuda desinteresada.

La mayoría de los 17 millones de angoleños son sumamente pobres. Por si fuera poco, un informe de Save the Children indica que Angola tiene el mayor índice de mortalidad infantil del mundo en relación a la riqueza nacional.

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