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Si quieres que acuda a un evento cultural que organizas y en él dan bocadillos de jamón serrano escribe urgentemente a ezcritor@gmail.com.

Entradas etiquetadas como ‘viaje al pasado’

Hoy os iba a escribir la entrevista de Carolina, pero lo haré mañana porque ayer me pasó UNA COSA ASOMBROSA.

La carta, que encontré en el buzón de mi nuevo domicilio, era extraña: un pasaje de tren, una dirección escrita en un papel (y que correspondía con un elegante Parador en Ávila), una invitación para la presentación de un libro escrito por un húngaro del que no podía leer su nombre (pues había sido tachado con un rotulador negro y esmero), una nota, escrita a mano, donde se leía que “sin duda, acudir a este evento te reparará una gran sorpresa que jamás podrás olvidar” y dos billetes de 100 euros. Era extraño recibir, en el buzón de mi domicilio, esta carta dirigida a mi persona: pues a nadie le he dicho en qué calle de la ciudad de Valencia, a la que me he mudado hace poco, vivo exactamente. Ni siquiera, “20 minutos”, periódico para el que trabajo, conoce mi dirección actual.

-Voy a acudir a ese extraño evento –anuncié a mi novia.

-¿No te parece extraño? ¿No tienes miedo?

-Sí, mi amor. Pero estoy en una fase espiritual en la que valoro más los billetes de 100 euros que mi propia vida.

Tras tres horas de viaje, llegué al elegante mirador “Piedras Albas”, situado en el casco histórico de la monumental Ávila. En la puerta, había una guapa relaciones públicas, contratada por los organizadores del evento, esperándome.

-Hola –le saludé-. Vengo a la rueda de prensa del escritor húngaro. No sé cómo se llama. En mi invitación aparece su nombre tachado con un rotulador negro. Mire.

-¿Rafael Fernández?

-Sí. Ese soy yo.

-No, me refiero al nombre del escritor húngaro. Él se llama Rafael Fernández.

-Qué nombre más raro para un húngaro. Yo me llamo igual. Bueno, casi. Rafael Fernández Ruiz.

-¿Rafael Fernández Ruiz?… Usted se llama igual que el escritor húngaro que presenta el libro hoy.

-¿En serio? ¡Qué casualidad!

-No tanta… el escritor húngaro nos dijo que usted vendría… y que le invitáramos a subir a su habitación en cuanto llegara. Es la habitación 1408. Suba, por favor. Él le espera.

-¿Me acompaña?

-No. Nos pidió que subiera usted solo.

Cada vez más extrañado, subí hasta la habitación del escritor húngaro que también tenía mi nombre y apellidos. O yo los de él. Cuando le vi, quedé perplejo: tenía mi misma cara: no sólo eso. Era yo. El escritor húngaro era yo mismo: sólo que con más años, mucho más viejo: yo con 60 años. El shock de encontrarme conmigo mismo, pero con 60 años de edad, casi provoca que, de la impresión, perdiera el conocimiento.

-Huye de las amapolas –me dijo-. Nunca se te ocurra comer una.

-¿Cómo? –pregunté con el corazón a mil por hora.

-Las amapolas dentro de tu estómago, Rafael Fernández, hace que viajes al pasado –explicó.

-¿Cómo?

-Yo soy tú. Pero más viejo.

-¿Cómo?

-Ocurrió en el año 2001. Caminaba por la calle cuando vi un puesto de amapolas. Ya sabes que por aquel entonces habíamos descubierto Internet y comenzábamos a grabar videos tontos con la web cam. Compré dos amapolas y me grabé mientras me las comía. Quería hacer un video divertido para colgarlo en nuestra página web de aquel entonces. Lo siguiente que supe, es que desperté en 1974, en la cama de una casa donde aun no vivía. Me desperté justo el día en que nacimos: el 15 de febrero de 1974.

-¿Cómo?

-No escondo que fue una experiencia traumática para mí. Corrí hasta la “Clínica de la Paloma”, lugar donde nacimos. A los dos días vi salir de ella a nuestra madre, conmigo en brazos. Me puse a llorar. ¿Qué podía hacer? ¿Contarle a nuestra madre que ese niño que tenía en brazos era yo dentro de 27 años? ¡Aun presentando pruebas genéticas no hubiera solucionado nada! Por supuesto comí más amapolas pero, salvo una indigestión que me costó horrores explicar al médico, no conseguí nada. Así que tomé una decisión: olvidarme de Gran Canaria, ciudad donde nacimos, y marchar para siempre a una ciudad del Este: sin volver a mirar atrás. Sólo regresé a Gran Canaria una vez. El día de 2001 que ibas a pasar por la calle donde yo compré las amapolas. Pase minutos antes de que pasaras tú y compré todas las amapolas disponibles que había en esa tienda. Cuando, minutos después, entraste en esa tienda, al no haber amapolas, te dio por comprar una rosa. E hiciste otra clase de video:

-¿Y por qué me descubres todo esto ahora?

-Me había olvidado de ti. Tuve mi propia vida: terminé tres carreras universitarias: soy médico, profesor de literatura y de filosofía. Me casé con una noruega, llamada Ingunn, que murió hace unos años de una complicación pulmonar, tuve hijos, nietos. He escrito 5 libros, 5 obras maestras, jamás traducidos a lengua española hasta hoy… Y justo, cuando por fin un editor español se decide traducirme al español, me acordé de ti. Teclee mi nombre en el buscador de Google y … apareció tu nombre. Y links a www.micabeza.com. ¡Tengo tres carreras, 5 grandes libros publicados en Hungría y no aparezco en el Google! ¡Sólo tú! Leí los “Diarios secretos de sexo y libertad” ¡Una basura! También tu blog de ¡Quiero ser eZcritor de éxito! ¡Menuda mierda! ¡Menos mal que los de “20 minutos” te lo cerraron! ¡Qué vergüenza de ortografía y temática Rafael Fernández! Todos tus escritos son una mierda. ¿Y sabes lo mejor? Qué no puedo utilizar mi nombre como escritor en España porque la gente lo tiene asociado a ti ¡Un muerto de hambre sin carreras universitarias que sólo sabe escribir sobre si mismo y de su polla!…Sólo me queda una solución…

De entre las cortinas, surgió un hombre: con una pistola: con un silenciador. Me apuntó en la cabeza: yo comencé a llorar: conozco mi mente. Mi yo, con 60 años, había planeado mi propio asesinato.

-No te mato únicamente para que desocupes mi nombre. Te mato también porque todo lo que has escrito es una puta mierda. Sobre todo, quiero que sepas, que me pone muy nervioso el uso indebido que haces de los dos puntos.

Sin embargo, antes de que el sicario apretase el gatillo, irrumpió en la habitación otro Rafael Fernández. Este tenía, más o menos, 40 años. Y también llevaba una pistola con silenciador. De dos certeros disparos en la frente de ambos acabó con el viejo Rafael Fernández Ruiz húngaro y con el asesino que éste había contratado.

-He de irme –me dijo el Rafael Fernández de 40 años- No te puedo explicar por qué le he matado. Pero, yo que tú, no probaba jamás los garbanzos mezclados con orégano, aceite y jamón serrano, pues esa unión, en tu estómago, hace que viajes en el tiempo, hacia el pasado.

Y dicho esto mi Rafael Fernández de 40 años salió de la habitación y despareció de mi vida… ¿Para siempre? Sólo el tiempo lo dirá.