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Masturbarse a los 33

Escribo con mi portátil, en el bar del poeta,cuando llegan: ella es guapa y elegante. Le acompaña un chico cualquiera. Él pide una cerveza, ella agua embotellada con hielo.

-Vamos a la pensión –oigo que le pide él-. Por favor.

-Yo no voy a una pensión –contesta ella-. No soy una puta.

Él no insiste, pero está loco por follársela. Suena música de los “40 principales” en la televisión del bar y él mueve la cabeza siguiendo el ritmo. Como tratando de lucirse, de hacerse notar: que ella vea que está en la onda. Resulta ridículo ver a un hombre siguiendo, con la cabeza, el compás de una canción de Bisbal. No creo que eso excite a la chica. Ni lo mira. A las chicas les gustan los chicos que les gusta la música grunge. Así se creen que son alternativas y maduras cuando, a fin de cuenta, Bisbal y el grunge sea la misma mierda comercial.

La chica sí que me mira a mí unas cuantas veces: por curiosidad, porque estoy escribiendo, porque me tiene justo enfrente. Él chico gira la cabeza y me mira celoso. Como para partirme la cara. Sé que me miran porque les estoy viendo por la pantalla de mi ordenador: la estoy grabando a ella, sin que se dé cuenta, con la cámara web integrada que tiene mi portátil: quiero masturbarme con la cara de la chica cuando llegue a casa. Me siento muy solo. Un solitario únicamente puede sobrevivir masturbándose o castrándose.

Suena el teléfono de la chica, responde. El chico se pone celoso.

-¿Quién te llama?

-Es mi madre.

El chico está rabioso porque ella habla por teléfono tan tranquilamente cuando él tiene una horrorosa e incómoda erección en los pantalones que le está hirviendo la razón. Paga la cuenta al poeta y cuando ella cuelga, él se levanta, le dice:

-Vámonos de aquí, ya.

-¿A dónde? –pregunta sin levantarse.

-Vamos a la pensión, por favor.

-Yo no voy a una pensión a follar. No soy una puta.

Se vuelve a sentar.

El poeta le entrega las vueltas, el chico las agarra como con ganas de tirarlas al suelo.

-¿Y entonces qué hacemos? ¿Para qué hemos quedado? –pregunta el chico.

-¿Sólo me quieres para follar?

El chico, derrotado, no puede confesarle la verdad: claro que sólo la quiere para follar: pero sí es sincero piensa que jamás lo conseguirá:

-Claro que no sólo te quiero para follar –responde- Sabes que me gustas mucho. Nunca te lo he dicho antes, pero te quiero.

Y yo ahogo una carcajada. Más tarde, en casa, me masturbo pensando en ella: la imagino a 4 patas, gimiendo con voz de niña rica mientras se la meto por el culo y le tiro del pelo. Cuando eyaculo, me siento sucio, repugnante, infantil. Me maldigo por seguir masturbándome a los 33 años de edad. Pero no tengo otro remedio. Si no lo hago, exploto.

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