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¡Hijos de puta! ¡Dadme algo con lo que comer! ¡Que os metan una polla sidosa por el culo a todos! ¡Sobre todo a vuestras hijas que nunca me hacen caso!

Un hombre, disfrazado de Rey Mago, sentado, pidiendo limosna en la calle más cara de Madrid:

Sus perros permanecen fieles, esperando a que se levante: le van a seguir, felices, a cualquier sitio. A sus perros les da igual que su amo no tenga dinero. Los perros no son tan interesados como la gente que camina por la calle más cara de Madrid.

La gente evita, a ese hombre, como si fuera un excremento de la sociedad, un problema en su camino. Quedo mirando a ese hombre, extasiado ante tanta belleza artística y surrealista. El arte está en la calle, no en los museos. El mejor cuadro de Goya no es nada comparado con la dura mirada de este señor. La policía ve a ese mendigo y hace como si no estuviera allí ¿Cómo decir al mago Melchor que se vaya?

-¿Puedo sacarle una foto? –le pregunto a la vez que deposito 2 míseros euros en su caja de limosnas, como diciéndole:

-Mira que bueno que soy, que te doy ¡2 euros! ¡Cuánto dinero para quién no tiene nada como tú! ¿Estás contento? ¡Ya casi vas a poder comprarte un bocadillo! ¡Te doy los 2 euros antes de que contestes que sí o que no! ¿A qué soy bueno? ¿Percibes lo buena persona y especial que soy?

-Puedes sacar la foto –contesta: a la vez que su mirada, sus cejas, me dicen:

-Ojalá no tengas que pasar por lo que yo estoy pasando, ojalá no tengas nunca que sentirte obligado a vivir en la calle y disfrazarte de Rey Mago para poder comer algo: ojalá nunca, ningún niñato con cámara digital se te acerque y te diga que si puede sacar una foto a tu miseria: porque en Madrid hay tantos mendigos en la calle que sólo los que llaman la atención logran comer todos los días.

Saco la foto mientras, a mis espaldas, oigo la voz de una persona cualquiera que, con voz de sabiondo, le comenta a otra que:

-Si de verdad fuera pobre, no tendría dinero para haber comprado ese disfraz de Rey Mago.

Y también oigo un…

-¡Mamá! -dicho por una niña de 6 años- ¿Puedo ir a dar un beso al Rey Mago?

-¡No hija! ¡A ese no!

Este viejo, que ha conseguido al fin un trabajo temporal de limpia cristales: lee, el cartel del banco que le ofrece regalos y altas comisiones (a un año) por sus ahorros. Lee el cartel como quien lee una novela de ciencia ficción. Piensa: ¿Ahorros? ¿De verdad que hay alguien, hoy en día, que tenga ahorros? ¿Alguien con ahorros en todo el sistema solar o sideral? ¡Una nave espacial, por favor!

Estación de trenes. Foto:

El hombre de la izquierda está de paso. La mujer de la derecha vive allí.

El mendigo, sin los dos brazos, lleva siempre –haga frío o llueva- camisas sin mangas: para que la gente le vea los muñones y nadie le diga:

-¡Ponte a trabajar, gandul y deja de pedir limosna!

Como no tiene brazos, muerde el filo de un gran vaso de plástico, mientras dice:

-¡Buo bo bo bu mu! ¡Du kutu nuuuu! ¡Gambahuuuuu nuuuutumuuuu!

No entiendo nada de lo que grita: sujeta el vaso de las limosnas con la boca. Podría estar diciendo muchas cosas, por ejemplo:

-“En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada” ¡Yo no tengo brazos! ¿Y ustedes?

O, quizá:

-¡Hijos de puta! ¡Dadme algo con lo que comer! ¡Que os metan una polla sidosa por el culo a todos! ¡Sobre todo a vuestras guapas y rubias hijas que nunca me hacen caso!

No lo sé.

Sólo sé que, por un momento, sus ojos se clavan en los míos:

Y sufro pesadillas toda la noche.

¿Por qué me fotografías? ¿Por qué me fotografías? -pregunta ¡Eres arte! ¡Eres arte! -contesto ¿Por qué me fotografías? ¿Por qué me fotografías? -pregunta ¡Eres arte! ¡Eres arte! -contesto ¿Por qué me fotografías? ¿Por qué me fotografías? -pregunta ¡Eres arte! ¡Eres arte! -contesto ¿Por qué me fotografías? ¿Por qué me fotografías? –pregunta ¡Eres arte! ¡Eres arte! –contesto.

De regreso a la pensión donde vivo, encuentro un furgón de entrega rápida de paquetes: tienen prisa, buscan a alguien: el motor está en marcha, las luces de posición, puestas:

Ojalá me estén buscando a mí, pienso: que, quien reparta los paquetes, me localicé y me diga:

-¿Es usted Rafael Fernández? ¡Rápido! ¡Súbase al furgón! ¡Este mundo en el que está usted es realmente un error! ¡Vamos a llevarle al mundo correcto! ¡Usted está aquí por una equivocación burocrática!

-¿En ese otro mundo ella me ama? –pregunto.

-¡Claro! ¡Por supuesto! ¡Yo le llevo! ¡Es que está usted en el infierno!

Y me subo al furgón y desaparezco, para siempre, de este mundo en el que me encuentro tan solo.

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