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Bienvenidos a lo que Kurt Tucholsky llamaba el manicomio multicolor.

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William Saroyan y la cultura ‘armericana’

William Saroyan, retratado por Paul Kalinian en 1976.

William Saroyan, retratado por Paul Kalinian en 1976.

Tenía dos opciones. Un wikiresumen del párnaso cultural armenio o hablaros del único (¿mejor?) escritor de origen armenio que he leído. Mi norma es escribir sólo de lo que conozco (más o menos) bien, por lo que he optado por la segunda. Llegué a William Saroyan (California, 1908-1981) a través de la poderosa autobiografía de Iván Tubau, Matar a Víctor Hugo (Espasa, 2002), donde lo define como “una persona asequible y vanidosa rebosante de generosidad”. Más tarde supe que Acantilado venía reeditando desde hacía años casi todas sus novelas. Las compré. Las leí.

También fui a librerías de viejo. Rebuscando encontré alguna joya ajada, baratísima, por ejemplo Respirando en el mundo (Plaza, 1963). En  su última página escribe Saroyan, con vocación antropológica, sobre su encuentro con otro armenio:

Y en seguida, las significativas gesticulaciones armenias. Las palmadas en las rodillas. Las carcajadas. Los juramentos. La sutil mofa del mundo y de sus grandes ideas. El mundo en armenio, las miradas, los gestos, las sonrisas, y a través de todo eso el rápido resurgir de la raza, fuerte y por encima del tiempo a pesar de los años pasados, de las ciudades destruidas, de los padres, hermanos e hijos muertos, de los lugares olvidados, de los sueños atropellados, de los vivientes corazones ennegrecidos por el odio. Me gustaría ver si algún poder del mundo es capaz de destruir esa raza, esa pequeña tribu de gentes sin importancia, ese pueblo cuya historia ha terminado, cuyas guerras se han perdido, cuya literatura no se lee, cuyas plegarias ya no se pronuncian.

Hay dos palabras que definen la obra de Saroyan: mundo y comedia. Se resumen en la siguiente exclamación de Me llamo Aram (Acantilado, 2005), un breve libro de relatos sobre un niño de origen armenio que despierta a la vida en el valle de San Joaquín, California, cuna de la diáspora en EE UU: “¡Estas locas y maravillosas criaturas de este loco y maravilloso mundo!”. Para Saroyan el mundo es bello y digno de ser celebrado a cada momento en un ambiente de comedia intrascendente. Nada sucede. O muy poco. Más que el fluir apasionado de las estaciones y, de vez en cuando, la nostalgia, que aflora en personajes que añoran con melancolía el esplendor de la raza.

Visión humanística, intenso humor cotidiano y búsqueda del ideal. Así definía su magisterio literario Nona Balakian, antigua crítica del New York Times ya fallecida. Saroyan era profundamente armericano (dedicó Respirando en el mundo “al idioma americano, a la tierra de América y al espíritu de Armenia”). Saroyan vivió la Gran Depresión, década negra que paradójicamente lo encumbró. Antes había dejado los estudios y se había nutrido de todas las lecturas posibles de los clásicos. Su conocimiento de la literatura y del paisaje americanos eran fenomenales; y el recuerdo de Armenia Saroyan es hijo de los exiliados que llegaron a EE UU después de la primera gran matanza, la de 1896 brota en su escritura de una forma tímida, inexplicada y fortuita.

Saroyan es todavía hoy el escritor armenio más leído, el que de una manera más sutil e inteligente habló del pueblo armenio. En EE UU le concedieron un Pulitzer que él rechazó; en Francia fue una institución (aventuro: el tono melancólico y feliz de su obra comulga a la perfección con el espíritu francés); en España sus novelas eran bestsellers que se vendían por 25 pesetas en los quioscos. Lo saroyanesco, como escribe uno de sus biógrafos, John Leggett, fue un adjetivo muy usado en su tiempo para describir la ternura de la niñez, la evocación de la soledad y la inocencia del mundo.

Aunque también sabía mostrarse desafiante Saroyan:

Id y destruid esa raza. Repetid lo de 1915. Emprended una guerra en el mundo. Ved si lo podéis lograr. Expulsad a los armenios al desierto. Negadles el pan y el agua. Quemad sus casas y sus iglesias. Y veremos si no reviven.

Varoufakis: modales arrogantes y propuestas realistas. ¿De qué va su “modesta” idea para superar la crisis?

El carismático Yanis Varoufakis, el economista rock-star con pose de perdonavidas que se ha echado Grecia sobre su ancha espalda, ha entrado como elefante en cacharrería en el circo europeo. Con maneras que rozan lo arrogante y un discurso demoledor, blindado, Varoufakis y su aura de prestigioso profesor (está por ver que en política también lo sea) es el arma con el que Syriza pretende ablandar el puño y desviar el rumbo de los acreedores de la troika.

Hace unos días, en un perfil apresurado que escribí para el periódico, mencioné de pasada un artículo fundamental para conocer sus ideas. A Modest Proposal for Resolving the  Eurozone Crisis es un texto académico firmado por Varoufakis y por otros dos economistas de corte keynesiano, Stuart Holland y James K. Galbraith. En sus 15 páginas están las claves del pensamiento económico del ministro de Finanzas de Syriza en relación a la Unión Europa y la superación de la crisis.

Varoufakis, en segundo plano, durante su comentada rueda de prensa con el jefe del Eurogrupo.

Varoufakis, en segundo plano, durante su comentada rueda de prensa con el jefe del Eurogrupo. (EFE)

Básicamente, la idea de Varoufakis and co. es la de sanar al enfermo europeo con una serie de intervenciones complejas pero poco invasivas, algo así como operar al sistema financiero por artroscopia, sin modificar tratados, sin contravenir las leyes y sin aspirar a un programa de máximos tan engañoso como poco realista. A este realismo ellos lo llaman modestia. El debate europeo sobre la salida de la crisis, dicen, ha sido monopolizado por falsos dilemas: estabilidad vs. crecimiento, austeridad vs. estímulos; soberanía nacional vs. federalismo, etc.

Falsos dilemas que solo hacen que poner palos en las ruedas y dificultan un cambio de perspectiva. Europa, aseguran, debe descentralizarse y aspirar a una revolución tranquila: usar las instituciones existentes de forma diferente. ¿Cómo? Pues otorgando al BCE, al BEI y a los mecanismos de estabilidad y financiación nuevas atribuciones. Programas limitados de conversión de parte de la deuda soberana, un fuerte programa de inversiones financiado a través de bonos del BEI, soluciones bancarias personalizadas, entidad por entidad, y, por último, lo que llaman un Programa Solidario de Emergencia Social.

Frente a posiciones maximalistas, por lo general irreconciliables (¿para qué aspirar a una Unión Bancaria si se pueden ir dando pasos efectivos a problemas actuales y que además suscitan más consenso?), lo que buscan los economistas es una actualización de las normas internas de la UE, aquellas que precisamente la hacen injusta, pero sin desembocar en una revolución legal que alargaría el proceso ad infinitum.

PS. Casualidades de Internet, en el estupendo blog Agenda Pública de eldiario.es José Moisés Martín hace, mejor y más extenso, lo mismo que he hecho yo. Aquí está, por si queréis completar lo leído.

PS2. Sooner or later, para desengrasar un poco…

Giorgio Napolitano, el presidente de la república que todos querríamos

Asegura Beppe Grillo, el estrafalario líder del no menos estrafalario Movimiento Cinco Estrellas, que no lamenta la dimisión del casi nonagenario Giorgio Napolitano como presidente —el “peor de la historia”, ha dicho— de Italia. Será que él, en su simiesca visión de la política, podría hacerlo mejor. La suya ha sido casi la única nota discordante en una despedida de la vida pública trufada de elogios hacia el cansado excomunista. Tanto en su país como en Europa, Napolitano ha recibido el respaldo que su trayectoria posibilista y responsable merecía.

Napolitano, reflexivo, en 2013. (EFE).

Napolitano, reflexivo, en 2013. (EFE).

A Napolitano, como a cualesquier político de pasado comunista, pueden echársele en cara muchos momentos y alianzas. No va por ahí, y creo que hace bien, Antonio Elorza en su artículo de despedida. Más bien al contrario, se deshace en loas hacia quien “quiso cambiar el mundo desde la democracia”. Un papel como el ejercido durante estos años de crisis por Napolitano, y en Italia, es algo así como ascender por la cara sur al K-2 sin oxígeno y en invierno. Un reto casi imposible. Que en tiempos tan convulsos Napolitano haya logrado ser el único presidente reelegido para un segundo mandato dice mucho de su virtuosismo para lograr consensos, atenuar envidias y aplacar egos.

Los elogios a Napolitano suenan, eso sí es verdad, a elogios fúnebres. No hacia un ser humano, que pese a sus achaques sigue aún vivo, sino hacia una era periclitada. Él, como cabeza sensata de lo que se vino a llamar mejorismo, supo defender la necesidad del reformismo socialdemócrata dentro del PCI más allá del ya de por sí valiente eurocomunismo. Su europeísmo, que todos ahora destacan, no siempre fue sencillo, ni como europarlamentario ni como defensor en Europa de los bandazos de una política interna imprevisible.

Siete décadas en la arena, a veces fango, de la política dan para cometer muchos errores. Y habría que sospechar de quien, tras tanto tiempo habitando las antesalas del poder, no los hubiera cometido. Napolitano, con su merecida fama de intelectual de corte gramsciano amante de la cultura, ha logrado a pesar de todo vadear con honor las sentinas más abyectas, las de la corrupción institucional, la connivencia mafiosa y, a última hora, el populismo berlusconiano y beppegrilliano. Presidentes de la República así quisiéramos todos para nuestro país.

Frans Timmermans, el ‘eurorrealista’ encargado de poner a dieta a la UE

Con la Comisión Europea ya trabajando a toda máquina ha llegado el momento de presentaros un perfil de cada uno de sus integrantes… todo sea por dar a conocer a quienes pilotarán el destino ejecutivo de la UE los próximos cinco años. Al jefe Juncker lo conocéis bien, apareció por aquí durante la campaña electoral de mayo y hace poco también por su protagonismo en el escándalo de LuxLeaks. También Cañete es un viejo conocido.

Pero el nombre y el rostro del resto de comisarios, para los que no estáis muy puestos en Europa, se pierden en la memoria, si alguna vez la hubo. Por curiosidad y porque identificar a quien te gobierna es una obligación para todo buen ciudadano (nosotros también tenemos obligaciones), os voy a ir presentando a aquellos comisarios que más poder tendrán y aquellos que, por alguna vicisitud de su biografía, resultan especiales.

Timmermans, en la imagen oficial de la CE.

Timmermans, en la imagen oficial de la CE.

Empezaré con el segundo de abordo de Juncker, el socialdemócrata holandés Frans Timmermans. Vicepresidente primero y encargado de velar por los principios de subsidiaridad y proporcionalidad (esto es: por la maquinaria que hace que todo funcione con la máxima precisión), valedor de la transparencia en la toma de decisiones (ahí lo tiene un poco más complicado) y responsable de que las proposiciones de la CE se atengan a los Derechos Fundamentales (casi nada).

Algunos en Bruselas ya le han colgado el sambenito de ‘Doctor no’ porque una de sus tareas fundamentales será la de adelgazar la UE, reduciendo la legislación, homogeneizándola y eliminando las aristas superfluas. Un trabajo ingente que dada la intrincada maquinaria bruselense se me antoja una labor titánica. Un trabajo de Sísifo que solo un europeísta podría hacer. Y él lo es y mucho. Un socialista holandés políglota y con hondas raíces continentales.

Timmermans tuvo una vida política antes de ser comisario. Fue ministro de Exteriores en su país. El encargado de gestionar la crisis que sucedió al derribo del avión malayo en Ucrania, que causó una extraordinaria conmoción  en la familiar y tupida sociedad holandesa este verano.

Popular, omnipresente, diplomático antes que político (vivió in situ el golpe de Estado en Rusia en 1992) y apasionado columnista proeuropeo, cuenta EUobserver que 2005 fue el año vital de su carrera. Aquel año su país, Holanda, dijo ‘no’ a la Constitución Europea. Una negativa que le sumió en el desconcierto, del que resucitó convertido en ‘eurorrealista’. Antiguos colegas de partido le describen como alguien encantado de haberse conocido, egoísta y vehemente. Quizá no sean malas cualidades para su puesto.

 

El legado de Barroso y la alargada sombra de Jacques Delors

Jose Manuel Durao Barroso ya es, junto con Jacques Delors, el presidente que más tiempo ha permanecido al frente de la Comisión Europea. Diez años, dos legislaturas. El tercero en discordia fue Walter Hallstein, de quien hace unos meses os hablé a propósito de su libro La Europa inacabada, y que además fue el primero de todos.

No sé cómo tratará la Historia a Barroso. A Delors le ha ido bastante bien. Barroso, con una presidencia tanto o más agitada que la del socialista francés, quizá lo tenga más complicado para ser recordado con amabilidad. Los años de presidencia de Delors fueron años triunfales para Europa. El fin de la guerra fría, la unificación alemana, Maastricht. Una década donde el sentimiento europeísta ganó fuerza en todo el continente.

Barroso, durante una rueda de prensa de la CE (foto: EFE)

Barroso, durante una rueda de prensa de la CE (foto: EFE)

En cambio, la comisión Barroso, que acaba de decir adiós a Bruselas, ha lidiado con tantos frentes, y tan diversos, que la imagen que queda de ella –y que tiene no poco de injusta– es la de un organismo superado por la magnitud de la crisis, a merced de los gobiernos nacionales y obsesionada por la austeridad. Europa ha salvado estos años varios matchball. El primero fue, a comienzos de la primera legislatura del político portugués, el fracaso de la Constitución. El segundo, la salvación del euro (y por lo tanto del proyecto europeo).

Delors navegó en su día con el viento a favor. No tenía que preocuparse por rescatar nada, sino por crear, diseñar, avanzar en lo ya existente (la unión monetaria, sin ir más lejos). En cambio Barroso ha tenido la suerte (mala) de tener que, siguiendo con las metáforas deportivas, emplearse en despejar balones, en evitar la destrucción de lo que había, en contener la sangría… Y así es muy difícil contentar a nadie. La zona euro no se ha roto, y para algunos, retrospectivamente, lo natural era que no se rompiese.

La CE ha sido, durante estos años de crisis, la institución peor valorada por los ciudadanos. La que peor prensa ha tenido (aunque también, en parte, injustamente). Barroso es para muchos el paradigma de político gris y calculador, burocratizado. Quizá el problema reside en que Barroso, aun siendo el presidente de un organismo ejecutivo, ha sido visto más como un escrupuloso gestor (para algunos un vocero) que como un político. Hacía políticas, pero no política.

Si además resulta que Delors gozaba de carisma y de cierto halo grandeza (el desprestigio de y hacia los políticos no era entonces la norma: tampoco en Europa), la comparación con Barroso resulta bastante cruel. Barroso, un estudiante brillante durante su juventud, formado ideológicamente en el maoísmo, ha sido paradójicamente el conductor tecnocrático de rescates financieros, planes de ayuda y supervisiones bancarias. Un papel muy poco amable, más aún en la agriada era del euroescepticismo.

Renzi, Charles Michel y Taavi Roivas: Así es el club de la treintena en el poder

La mayoría de los primeros ministros de países de la Unión Europea han sobrepasado lo que los ingleses llaman la crisis de la mediana edad. Algunos, los más veteranos, como Merkel o Samaras, se acercan a la edad de jubilación (ambos están por encima de los sesenta años). Otros, la mayoría, están alrededor de los cincuenta (Tusk, Rajoy u Orban), y unos poquitos, tres, aún son lo que lo medios de comunicación acostumbran a etiquetar como “jóvenes políticos”.

Renzi, corriendo una media maratón (Foto: https://twitter.com/matteorenzi)

Renzi, corriendo una media maratón (Foto: https://twitter.com/matteorenzi)

Se trata del primer ministro italiano, Matteo Renzi, el primer ministro estonio, Taavi Roivas, y el primer ministro belga, Charles Michel. Los tres tienen menos de cuarenta años. Los tres representan, de algún u otro modo, la renovación política dentro de la UE. Os los presento para que los conozcáis mejor, porque hay algo más allá de la edad que los une y que parece perfilar esa nueva política que Europa necesita.

Tanto Renzi como Michael como Roivas juegan, en sus respectivos países, con una imagen fresca, dinámica y amable. Contra el abuso gris de la tecnocracia y del establishment, los tres se alzan como renovadores, en fondo y forma, de la política europea (y aunque progresistas en diferente grado, los tres parecen haber optado por difuminar las líneas ideológicas entre la derecha y la izquierda).

Renzi, el más popular de los tres, cultiva el estilo obamista y americano de hacer política (algo que periódicos como The New York Times no tardaron en percibir). Su cuenta de Twitter, desenfadada y cercana, con esa foto de perfil en camiseta, trasmite una cercanía que la alta política italiana ya ha perdido.

Por su parte, Michel explota también ese carisma amable (como lo describía El Mundo hace unas semanas), transversal, liberal en lo económico pero abierto en lo social. La diferencia, quizá, es que las raíces familiares del belga el primer liberal francófono en 75 años sí están perfectamente ancladas en la política de su país. Su padre es una de las figuras históricas del Partido Liberal belga, lo que hace de Michel un advenecido conocido, al contrario que Renzi y sus humildes orígenes obreros.

Roivas, el estonio, reformista y casado con una cantente pop de su país, es el más joven de los tres, y como en el caso de Michel, su experiencia política se remonta a su adolescencia, cuando empezó a militar en el partido que ahora le ha permitido ser primer ministro (como cuenta este detallado perfil publicado en CIDOB). Roivas, que tenía 11 años cuando Eslovenia se independizó de la URSS, es economista de carrera, al parecer un joven seguro de sí mismo (quizá con una pose más clásica en la comunicación política que los otros dos), ortodoxo en lo económico y favorable a los nuevos modos de hacer política transparencia administrativa, gobierno abierto que hasta ahora su país no había ensayado.

PD: Está por ver hasta qué nivel de profundidad son capaces de llegar en la renovación de la política de los tres países, aquejados eso sí de problemas diferentes. Por hacer una comparación con lo que sucede en España, y visto el giro suave con el que Podemos quieren acceder a la política de partidos tradicional, podríamos decir que Pablo Iglesias está más cerca de Renzi que de Beppe Grillo, con quien en el pasado más se le ha asimilado. Veremos.

Francisco Sosa Wagner, un federalista docto y libre que acaba de decir ‘adiós a Siracusa’

Escribir sobre un político caído en desgracia es algo parecido a ensayar su futura necrológica. Uno se siente tentado de hablar de él en primera persona, recordando los muchos o pocos momentos que cree que definen su personalidad pública. Sosa Wagner ha dicho adiós a Siracusa para volver a su cátedra, renunciando a su acta de eurodiputado en el PE, y esto puede parecerse mucho a un obituario preventivo.

El eurodiputado Francisco Sosa Wagner, cabeza de lista de UPyD en los últimos comicios europeos.

El eurodiputado Francisco Sosa Wagner, cabeza de lista de UPyD en los últimos comicios europeos (EFE).

Las desavenencias con la dirección de UPyD en torno a una necesaria –en su opinión y en la de muchos– alianza con Ciudadanos ha erosionado su prestigio dentro del partido que dirige, con mano de hierro, Rosa Díez. Ni el apoyo público de Fernando Savater, quien ha vuelto a salir en defensa de Sosa Wagner, al que considera un “buen candidato y un buen político”, le ha librado de una purga que personalidades dentro de la formación consideran injusta.

Yo conocí a Sosa Wagner hará casi dos años, en Bruselas. Durante toda una legislatura, este viejo profesor universitario, dandy moderado y razonable, luchó en solitario (y mucho más activamente que otros) como diputado no adscrito por hacerse oír en el Parlamento Europeo. Recuerdo su humor delicado, su cercanía liviana cuando nos decía que se sentía un Robinson en aquel archipiélago superpoblado que son las instituciones europeas.

Federalista entusiasta, más intelectual que político al uso, sus señas de identidad han sido, además de su sempiterna pajarita, su defensa de una Europa que supere los vicios nacionalistas y neutralice el creciente euroescepticismo. Cuando este verano leí Éxito y fracaso en política, de Ignatieff, me vino a la mente la figura de Sosa Wagner y la vívida impresión de que éste acabaría como aquel, con la esperanza reducida a cenizas.

En Cartas a un euroescéptico (Marcial Pons, 2013), uno de sus refinados libritos de batalla, el catedrático Sosa alertaba: “Dividida, Europa no cuenta; unidos, los europeos tenemos la posibilidad de llegar a ser uno de los más originales motores del nuevo gobierno de la mundialización y además proteger en este territorio con especial solvencia libertades y derechos fundamentales de ciudadanos y trabajadores”.

Jaume Vallcorba, una educación europea

Lo mío con Acantilado fue amor a primera lectura, aunque luego pasó bastante tiempo antes de atreverme a comprar una de sus ediciones. Las miraba, las deseaba, pero a mi huraña condición de maniático ahorrador (porque euros para libros sí tenía, para fundar una editorial no, pero para libros sí) le dolía gastarse un dineral en cada uno de aquellos volúmenes primorosos. Después lo he racionalizado diciéndome que quería posponer el momento.

Dos títulos de Acantilado que andan por casa. (N.S).

Dos títulos de Acantilado que andan por casa. (N.S).

Era falso: por aquel entonces los sacaba y leía de la biblioteca, algo ajados y ya profanado ese papel color hueso que tanto placer da aprisionar. En fin, que tardé bastante en tener mi primer Acantilado (¡afán de posesión!), pero cuando llegó –La filial del infierno en la tierra, qué maravilla– ya no paré… hasta llegar a pensar, con cierta satisfacción, que trabajaba únicamente para poder comprar los libros editados por Jaume Vallcorba.

Porque mi educación europea, mi cortísima erudición, le debe casi todo a los autores que Vallcorba publicaba y que ya no hará más. Me alegra observar que es un pensamiento común, que no estoy solo. He leído homenajes agradecidos que destacan en este hecho: los libros de Acantilado nos abrieron a lo mejor de la república de las letras que ha dado nuestro continente en 500 años. Así lo escribe, por ejemplo, Ramón González Férriz en su cariñoso elogio del finado en Letras Libres, y así lo afirmo también yo, aunque sea algo peor y algo más tarde.

¿No sabéis por dónde empezar y queréis una selección de libros? Os daré la mía, aunque itinerarios haya tantos como lectores. A todos los Joseph Roth, claro, y a todos los Zweig, por supuesto, añado un poquito de Danilo Kis, otro poquito de Montaigne (un mucho, en realidad), otra cucharada de Philippe Ariès, Tucholsky (la cita que encabeza el blog la extraje de un compendio de sus crónicas), Fumaroli, Schnitzler o Zbigniew Herbert. Ensayo, novela, poesía. A todos ellos, y a muchos más, los leí con una emoción inédita y guardo su forma y su fondo como un tesoro íntimo. Aunque ya lo dicho, lo estupendo, lo que más reconforta, es saber que no soy el único.

A Santos Segurado, que tanto los habría disfrutado.

 

 

‘Dani el Rojo’ deja Europa: uno de los iconos del ‘mayo del 68’ abandona la política

Uno, que es más orteguiano de lo que en el pasado se hubiera atrevido a reconocer, gusta de escarbar en este tipo de despedidas para extraer de ellas el jugo generacional. Daniel Cohn-Bendit, ‘Dani el rojo’, una de las figuras mediáticas (¡menuda contradicción, situacionistas!) del ya lejanísimo ‘mayo del 68′ parisino y longevo y combativo eurodiputado alemán (que nació francés y se sintió siempre ciudadano europeo), abandona.

Cohn-Bendit, encarándose con un gendarme durante el mayo parisimo (prodavinci.com).

Cohn-Bendit, encarándose con un gendarme durante el mayo parisimo (prodavinci.com).

El rebelde que un día fue y el burócrata en que algunos dicen que se acabó convirtiendo, dice adiós a la política, que junto con el fútbol fueron sus pasiones irrenunciables durante décadas. Gradas como barricadas. Escaños como terrenos de juego, tan verdes como sus convicciones ideológicas. Las que todavía mantiene.

Para escribir este post le he quitado el polvo a un libro, La revolución y nosotros, que la quisimos tanto (Anagrama, 1998), que leí hace muchos años y que no pensaba volver a rescatar nunca. Lo leí cuando el destello del pasado revolucionario estaba empezando a apagarse en mí, y al final acabé poniendo más escepticismo que pasión en su lectura (a pesar de la extraordinaria versión de Joaquím Jordá, traductor y genio documental).

En aquella obra, documento de lectura obligada para los estudiantes, Cohn-Bendit despliega su genio particular, su verbo tenso y fluido para, y veinte años después de las barricadas del Barrio Latino, preguntar(se) qué fue del aquel desmayo, como graciosamente llamó a aquellos años intrépidos Savater en un viejo artículo. Es un libro de entrevistas a los antiguos compañeros contestatarios Abbie Hoffmann, Jerry Rubin, Serge July, etc pero lo mejor no está en ellas.

El calificativo de <<sesentayochista>> se ha vuelto peyorativo, <<progre>> directamente en una injuria, y sé que suele murmurarse a mis espaldas que soy un <<has been>>.

El libro está escrito a mediados de los ochenta del siglo pasado, y ya entonces parte del recuerdo de aquel año estaba tan distorsionado y edulcorado que hasta uno de sus principales protagonistas era capaz de analizarlo críticamente.

Me harté del papel de referencia viviente, de especie de monumento al que se rinde homenaje los días de aniversario.

Cohn-Bendit nunca fue comunista, pero tenía el pelo rojo, de ahí el apelativo. Su despedida final de Estrasburgo, entre besos y abrazos, logra emocionar a quienes ni de refilón compartimos anécdotas de juventud. Emociona porque ‘Dani el rojo’ ha sido un eurodiputado laborioso, vehemente, crítico, batallador y nada contemplativo. Ha intervenido siempre, como una mosca cojonera, simpática y un poco infantil, como su icónica imagen de siempre.

Su intachable federalismo europeo, su fe ecologista, son ideas nada caprichosas, meditadas y maduradas durante años haciendo política desde dentro, y son una referencia para las nuevas generaciones. Aunque ahí, precisamente, se asienta la falla. Cohn-Bendit, me temo, será siempre recordado más por el año en que el planeta se inflamó que por sus dos décadas de servidor público en las instituciones; por su infructuosa rebeldía de juventud que por su hábil reformismo de madurez.

VÍDEO: Una intervención suya en el PE, donde manda callar a Martin Schulz, cuando todavía no es presidente del mismo, y exhorta a Barroso a cambiar sus políticas. Su capacidad oratoria y habilidad para sacar de quicio da igual que fueran prebostes gaullistas que europarlamentarios siempre fue notoria.

 

Ska Keller: 32 años, verde, políglota y la candidata más joven a presidir la Comisión

Tiene 32 años y es la candidata más joven a presidir la Comisión Europea. Es alemana, habla seis idiomas –entre ellos el turco y el español– y atesora una sólida formación académica. Ska Keller ganó las primarias del Partido Verde Europeo, las primeras de este tipo abiertas al voto a todos los ciudadanos europeos, por delante de históricos como el inestable José Bové, que saco 64 votos menos y con quien comparte candidatura amistosamente.

Keller es una figura ascendente en Alemania en los últimos tiempos. Nació en la antigua RDA y desde pequeña, casi aún siendo adolescente, comenzó a participar en política de base. Concienciada ecologista y especialista en cuestiones migratorias, Keller ha sido, durante la última legislatura, una europarlamentaria muy activa, con 120 preguntas parlamentarias y 77 discursos plenarios. Sus intereses: el comercio internacional y las relaciones entre la UE y Turquía.

Ska Keller, durante un acto político de su partido en Europa. (@Dontexisteurope)

Ska Keller, durante un acto político de su partido en Europa. (@Dontexisteurope)

Keller, por las entrevistas que he leído, mantiene un discurso muy crítico hacia la actual política de inmigración de la Unión Europea (recientemente estuvo visitando las fronteras de Ceuta y Melilla, donde denunció las condiciones de los CIEs; en Barcelona incluso le negaron el acceso a uno de ellos) y también hacia esa terca obsesión por la austeridad económica que ha caracterizado al Gobierno de la UE durante la legislatura que toca a su fin.

En este sentido, su programa tiene puntos de conexión con el de los socialdemócratas (SPD) o la izquierda (Die Linke), aunque la misma Keller apunta las diferencias: “Los Verdes tienen un discurso de empoderamiento, de contar con la participación política de la gente, mientras que Die Linke tiene una visión más asistencialista de la pobreza”. Keller trata, además, de dejar claro que no solo les preocupa la ecología: “Para nosotros la cuestión ecológica y social no están diferenciadas”.

Como dato frívolo, que recoge en CIDOB en su  biografía de Keller, la candidata verde está casada con el activista, también del partido ecologista, Markus Drake. De nacionalidad finlandesa, Drake pasó de anonimato a la fama efímera en 2001 cuando, durante una rueda de prensa, estampó una tarta en la cara del entonces presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn.