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Bienvenidos a lo que Kurt Tucholsky llamaba el manicomio multicolor.

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Karen Mardanyan: “En España estamos dando ahora los pasos que los armenios dieron en Francia en los años veinte”

Su deseo era Francia, la gran tierra europea de acogida para el exilio armenio desde los años veinte del siglo pasado, pero las implacables leyes migratorias lo impidieron (*). Cruzaron entonces a España. Viajaban con un hijo recién nacido y poco dinero. Tuvieron fortuna, y aquí siguen viviendo, en un barrio de una localidad del sur de Madrid, desde hace dos décadas. Karen Mardanyan es fuerte, de tez morena, nariz ganchuda y rostro ancho y simétrico. “La gente me pregunta si soy ruso”, bromea, “y yo les digo que no, soy armenio”. Metaksya Petrosyan podría pasar por una mujer del Este. Es rubia, corpulenta, sonríe casi como pidiendo perdón y, aunque se une a nosotros sigilosamente y con la conversación avanzada, pronto alcanza un tono más sentimental que el de su marido.

Lo primero que hicieron Karen y Metaksya al poco de establecerse en España fue comprar una antena parabólica. Encienden la televisión. Un domingo por la tarde los canales armenios emiten la misma programación monótona que los españoles. Pero lo que llega a través de la pantalla una película de época, un programa de variedades sirve bien a la nostalgia. Además, contribuye a que sus hijos Hayk y Mikayel acostumbren el oído a la lengua y las tradiciones armenias.

Metaksya, segunda por la izquierda, de negro sosteniendo una pancarta en la marcha del pasado día 26 en Madrid.

Metaksya, segunda por la izquierda, de negro sosteniendo una pancarta en la marcha del pasado día 23 en Madrid.

El genocidio también contribuye a esta educación y a aquella nostalgia, y pronto la charla deriva hacia el tema. Karen es un almacén de cifras y de líneas fronterizas, que desgrana con paciencia y pedagogía. A Metaksya no le interesan tanto los datos. Confunde el nombre de los tratados o no le importan demasiado. Qué más da París que Sevrès. Todos conmemoran una sucesión de traiciones a su nación. Metaksya sigue desconfiando de los turcos. Lo expresa sin rubor. Hay una maldad intrínseca en ellos, asegura. Jamás podrá tener amigos turcos.

Tanto Karen como Metaksya sienten un orgullo indisimulado hacia su menguante pueblo, estabulado entre naciones poderosas (“Si tuviéramos petróleo…”), de credos enfrentados y poblaciones herederas de aquellas que asesinaron a sus antepasados. Karen es ingeniero técnico. Estricta formación soviética, aunque con matices: en su colegio se permitía estudiar armenio sin problemas, siempre y cuando no se mencionara el genocidio. El genocidio era un tema tabú. Lo fue hasta la década de los ochenta. Entonces la URSS se desintegraba y ya no prestaba tanta atención a las peculiaridades de sus satélites. Armenia fue una de aquellas repúblicas caucásicas: insignificante en cuanto a población, pero privilegiada en lo geoestratégico. Había una central nuclear y buen regimiento militar del Ejército Rojo. El nacionalismo armenio resurgió en ese momento. Y con él los problemas, que Karen sufrió en primera persona.

En España Karen ha sido de todo hasta ser lo que es ahora: autónomo. Tiene una furgoneta y un par de ayudantes. Se dedican a arreglar maquinaria hidráulica. Con la ayuda de un amigo llegó a inventar una máquina elevadora. Pero el proyecto nació muerto: los chinos construían casi lo mismo y más barato. Ahora Karen, que preside una asociación de armenios en España, sueña con hacer tímidos pinitos en política. Este verano toda la familia se irá a Armenia. En verano, en Yerebán hace mucho calor, pero desde cualquier ventana se ven las cumbres nevadas del monte Ararat, cuna sagrada para el pueblo armenio y hoy propiedad turca. La mujer de Karen sueña todavía con que les sea devuelto. “Me conformaría casi con eso”, dice. Karen en cambio sonríe y mira el mastodóntico atlas de Armenia extendido sobre la mesa, trufado de tratados incumplidos y fronteras imaginarias. La Historia no parece dispuesta a darles una segunda oportunidad.

Karen y Hayk, en la manifestación de Madrid.

Karen y Hayk en la misma manifestación.

No hace tanto tiempo del genocidio armenio. No es como aquellos viejos relatos bíblicos, paleocristianos, que se pierden en la bruma de los tiempos. Solo cien años. Turquía sigue sin reconocer que el origen de su Estado moderno está manchado con la sangre del primer asesinato étnico del siglo XX. Karen y Metaksya guardan historias.

El abuelo de Metaksya sobrevivió al genocidio gracias a que se disfrazó de mujer. No fue el único, aunque estos engaños efímeros no siempre servían para despistar a la muerte, que al final se las arreglaba para llegar a todos los pueblos. Por fases: primero los soldados, luego la inteligencia, más tarde los civiles, los niños. Y más. Los turcos arrancaban los fetos de las embarazadas, los degollaban en presencia de sus madres y luego acababan con ellas. Hay fotografías. Testimonios. Memorias. Karen y Metaksya guardan en papel casi todas.

Los armenios en España no son ni mucho menos una comunidad tan poderosa como en Estados Unidos, Francia o Argentina. Apenas hay descendientes de la diáspora. Casi todos, unos 20.000, la mayoría en Valencia y Barcelona, vinieron a España poco después de que Armenia se convirtiera en un país independiente. Karen vivió los años convulsos de la caída de la URSS. Había que construir un país y se puso a ellos con energía juvenil. Pero una década después, ya sin trabajo y sin esperanzas, se lanzó a la aventura. Por eso España. Como él, los armenios que viven en nuestro país aspiran al reconocimiento simbólico por el Estado de aquella masacre fundacional del siglo. En “cinco o diez años”, calculan, “habrán construido un lobby poderoso “como para poder aspirar a que su pasado sea tratado como lo es en otros países. España sigue siendo un socio poderoso de Turquía y España no es Francia, por lo que una ley que condene la negación del genocidio armenio sería una quimera aquí. “En España estamos dando ahora los pasos que los armenios dieron en Francia en los años veinte”, dice Karen.

Karen y Metaksya compran alcohol armenio por Internet, comentan la actualidad política armenia, exhiben el sempiterno óleo del Ararat en el recibidor de casa y de vez en cuando organizan fiestas con comida y bebida armenias. España es una especie de segunda tierra prometida, pero como dice Metaksya, su casa siempre estará allí. Los pueblos más bonitos, las vistas más alucinantes, los mejores melocotones, granadas y albaricoques, no como los de los mercados de Madrid, puntualiza, que saben a nada. Karen y Metaksya están felices en España. Un mismo credo, un clima similar, costumbres parecidas. Solo de vez en cuando Metaksya se enfada. Alguien le pregunta por su origen, y cuando contesta “Armenia”, le responden con una ignorancia ofensiva: “¿Ah, entonces eres de África? ¿Musulmana?”. Como muchos pueblos acostumbrados a la persecución, habituados a ir sobreviviendo mutilados, el armenio ha adquirido una conciencia elevada y trágica de su patriotismo.

(*) Este es el relato de una tarde de domingo del pasado mes de marzo que pasé en la casa de Karen y Metaksya. Gracias a su paciencia y generosidad aprendí mucho de Armenia y de los armenios que viven entre nosotros. Shat Shnorhakal em.

Imágenes: K.M.

José Antonio Gurriarán: “Si Erdogan reconociera el genocidio armenio, no duraba ni media hora en el poder”

image1Habla en susurro de su pasado de reportero, de su atentado y de su obsesión: una periodística y hasta poética desviación del síndrome de Estocolmo. José Antonio Gurriarán (Orense, 1939) no sabía absolutamente nada del genocidio armenio cuando una tarde de diciembre de 1980 una bomba, colocada por la banda terrorista armenia ASALA en el centro de Madrid, casi acaba con su vida.

Se recuperó, y con la curiosidad espoleada se propuso saberlo todo sobre Armenia. “Si me hubiera enfrascado en el odio lo hubiera pasado muy mal”, reconoce. Gurriarán encontró una causa casi ignota y la magnificó. El resultado: tres décadas dedicadas a la investigación y a hacer pedagogía del genocidio: “Gracias a él me salvé mentalmente”. (El testimonio de su salvación es La bomba, el libro autobiográfico en el que relata el atentado, y que acabó regalando en mano a sus verdugos).

Gurriarán me recibe en su chalet de Valdemorillo, en Madrid. La primavera desborda de lilas la terraza y un mastín patrulla en silencio por el jardín. Pelo blanco, cascos para amplificar la voz cansada, ropa cómoda de jubilado, curiosidad de adolescente avispado. “Los medios de comunicación no le han dado a lo del papa la importancia que merece”, se lamenta. Hace unos días Francisco dijo ge-no-ci-dio, con todas las letras, en público. Un hito. “Un momento importantísimo”, dice Gurriarán, de natural escéptico a fantasear con que algún día Turquía reconozca el genocidio. “Si lo hiciera, Erdogan no duraría ni media hora en el poder”, vaticina.

Hará más de diez años Gurriarán escribió un libro, hoy tristemente descatalogado: Armenios, el genocidio olvidado. Aquella obra, trufada de testimonios de una plasticidad y hondura encomiables, le convirtió en referencia para los armenios de la diáspora y para los armenios del interior. “Con las dos comunidades armenias, la del interior y la del exterior”, explica, “pasaba como con el PSOE en nuestra Transición, que no se entendían: estaban en momentos diferentes”. “Hoy en cambio”, explica, “el antiguo Consejo Nacional Armenio es irrelevante políticamente”. No tiene el poder ni la iniciativa ni el dinero necesarios para mantener el vigor de la causa. Y algo más importante: Armenia es desde hace dos décadas un país independiente, y la lucha por el reconocimiento del genocidio es un monopolio suyo.

Gurriarán, en el monumento al genocidio en Ereván, capital de Armenia.

Gurriarán salta de un asunto a otro con cadencia de ciclista veterano. A cada vez, pregunta con una timidez reconfortante si lo que dice de verdad interesa. Lo mismo recuerda el papel de la Iglesia armenia en la configuración del Estado democrático que carga contra el histórico desdén judío aunque no de todos los judíos hacia la reivindicación armenia (“una contradicción y una pena”, se lamenta). Gurriarán lo sabe todo, y aplica la paciencia de entomólogo a la causa. Repite una y otra vez los apellidos armenios para que el interlocutor se entere. “Me han propuesto escribir otro libro”, dice, “pero eso es algo que requiere mucho tiempo y otro enfoque”. De momento ha dicho no. Él mismo está reeditando con Amazon los libros sobre los que ha recuperado los derechos. Y escribiendo, pero sobre otras latitudes.

Gurriarán, inmóvil a la fuerza, tiene en Internet una “ventana”. Abre Facebook y enseña con orgullo la cantidad de armenios que le siguen como a un padre, que comentan sus artículos y le piden docta opinión en estos días agitados, intensos, de la conmemoración oficial del centenario. Presentar una película, perfilar una conferencia, rematar un artículo. Tiene un verano intenso de trabajo en el que su mujer Helena, fotógrafa portuguesa a la que conoció en la prehistoria de su corresponsalía en Lisboa, estará a su lado. Gurriarán parece tan frágil como la causa que defiende. Pero igual de terco y entusiasta.

Gurriarán, regalando el libro que escribió sobre el atentado a los terroristas que lo perpetraron.

Gurriarán, regalando el libro del atentado a los terroristas que lo perpetraron.

 

Miruna Hilcu: “Los asuntos europeos parecen más serios; quizás no más sinceros, pero sí más decentes”

Miruna Hilcu tiene 24 años y habla más de Europa que de Rumanía, su país natal, que abandonó en 2013 para venirse a Madrid con una beca Erasmus. Entre manos tiene un trabajo fin de máster (TFM) sobre periodismo especializado en Unión Europea y mucha ilusión, dice, para “no volverse loca”. Posee un español hablado y escrito casi canónico. Un don envidiable que le abrió las puertas de Periodista Digital hace unos meses. Allí tiene contrato hasta mayo, y a partir de entonces “ya veremos”. En este punto se arranca con optimismo y convoca al karma: “Hay que ser positivos”. Esta entrevista es el boomerang de otra que ella me hizo para su futura tesina.

¿Cuándo empezó a interesarse por los asuntos europeos?
Comparándome con los chicos y chicas de mi edad españoles, no nací en el ámbito comunitario, dado que solo tengo 24 años y 16 en el momento de la adhesión de Rumanía a la Unión. Yo pude ver a primera mano lo importantes que son las decisiones europeas y como afectaron y cambiaron la cara de mi país en muy poco tiempo. Desde políticas de Gobierno hasta el hecho de que venían más artistas para dar conciertos en Bucarest. Esto me pareció impresionante. Luego, siempre son las personas del alrededor que influyen. Actualmente estoy haciendo un master de periodismo especializado y la profesora que mejor hizo llegar sus ideas es la que impartía la asignatura de Periodismo europeo. Y esto, claro, engancha. Y, por último, creo que no me estoy equivocando si digo que la política, y todo lo que significa, afecta demasiado a cada aspecto de nuestra vida. Desafortunadamente, la política nacional muchas veces tiene un enfoque de ‘politiquilla’. Y los asuntos europeos parecen más serios; quizás no más sinceros, pero sí más decentes.

Miruna Hilcu

¿En qué aspectos de la UE le gustaría especializarse para informar?
Si llegara a trabajar en este ámbito, y espero que eso suceda algún día, me encantaría que mi labor ayudase a acercar a los ciudadanos de los Estados miembros la idea de Europa y de una identidad común. Creo que campos como la economía y la alta política, que es lo que básicamente se encuentra más destacado en los medios hoy en día, son campos áridos para el gran público y esto puede provocar su rechazo. Creo que la mejor manera de alcanzar mi meta sería a través de información social o lo cultural, por ejemplo. Estas son áreas menos destacadas, pero son justo las que la gente necesita para sentirse menos ‘nacional’ y más ‘europea’.

¿Cómo se percibe la UE desde Rumania?
Depende de quien lo perciba. Si hablamos de los políticos rumanos, la UE es un paraguas tras el cual se pueden esconder cuando fallan con alguna decisión. Y en este sentido el público rumano no está muy bien enterado de como funciona Europa. Creo que ni siquiera se quiere que se sepa demasiado, para que los dirigentes del país puedan seguir disimulando. El gran público, para llamarlo de alguna forma, creo que está dividido en los que saben más o menos de que se trata y entienden que es algo necesario y beneficioso para el desarrollo del país. Y luego son los que ven a la Unión como un monstruo malo, que se encuentra por encima de la soberanía del Estado y que tiene la capacidad de decirles como deberían hacer las cosechas o sacrificar el cerdo en Navidades. Entonces, las opiniones se dividen. Pero, de cualquier forma, todo el mundo se alegra de cosas básicas como poder viajar sin visado o poder trabajar en otros países miembros.

¿Qué dificultades son las más difíciles de vencer a la hora de informar de la UE?
Antes que nada hay que entender exactamente como funciona todo el proceso decisional, que papel tiene cada institución y, aunque sean cosas básicas, al principio puedes llegar a confundirte. He escuchado a periodistas con experiencia quejarse. Además, es un campo rico en tecnicismos y hay que tratar de descodificar esto también. Otro problema es que, según mi opinión, como periodista que escribe sobre asuntos europeos, es mejor estás en Bruselas, para tener información de primera mano y contacto directo con la gente. Pero, claro, no podemos mudarnos todos ahí… Lo más difícil, no obstante, considero que sigue siendo hacer que la información europea interese al público.

¿Cómo haría para que la gente de su alrededor, amigos, compañeros, familia, se interesaran por Europa?
Creo que la política europea está un poco estigmatizada por las nacionales, por lo que a mucha gente llega a provocarles rechazo. Es, por tanto, una labor difícil, si pienso justo en las personas que me rodean a mí y que no tienen nada que ver con el periodismo. Y creo que sin el apoyo de un medio que avale tus opiniones es un poco difícil llegar hasta a la gente que te conoce. Pero me gustaría poder compartir mi ilusión por el proyecto europeo y creo que la manera que podría acertar es alejando la conversación de todo lo que significa política y enfocarla en cosas divertidas, cotidianas, en aspectos que afectan de una manera directa y positiva. La gente me parece que está tan harta de política y tan apartada de la economía que hay que evitarlas en un discurso sobre la Unión si quieres enganchar de alguna forma.

Martí Font: “La caída del Muro de Berlín no acabó con Europa, sino que la rehízo”

— Alemania quiere ser Suiza

En un tono jovial, de café y sobremesa céntrica en Madrid, J. M. Martí Font reflexiona sobre los 25 últimos años de historia del país de sus desvelos. Alemania es hoy una nación satisfecha y apática, orgullosa de su pasado reciente y a la vez temerosa de su excesivo poder. Un pueblo que se dice a sí mismo, con algo de pesadumbre: “¡Y lo bien que estábamos nosotros sin liderar!”.

— Me decía un embajador estadounidense que, cuando alternaba con diplomáticos y políticos alemanes, les solía advertir: “Ya veréis cuando os toque liderar, ya veréis”

La paradoja del éxito de Alemania es que, tras la caída del Muro de Berlín y la reunificación, su papel rector en Europa viene más forzado por la coyuntura exterior que por la voluntad interior. El alemán es un pueblo que ama el proyecto europeísta como pocos, pero aunque puede, no siente la urgencia de encabezarlo. Es algo profundamente trágico cuando se tiene que hacer de líder a regañadientes. Que se lo digan a Obama.

Martí Font sabe de lo que habla. Y de lo que escribe. Ahora libros, antes crónicas de corresponsal para El País. París y, sobre todo, Berlín, la “Pompeya del siglo XX”. Despedido de Prisa, ha escrito un par de libros sobre Alemania, pues tuvo la fortuna —que también hay que buscarla— de estar en el centro del mundo un 9 de noviembre de 1989. El muro cayó y con los años él escribió una obrita de título revelador: El día que terminó el siglo XX (Anagrama, 1999). Ahora, a propósito del aniversario del colapso de la RDA, regresa con otra (Después del Muro, publicada en Galaxia-Gutenberg) en la que aborda las últimas dos décadas y media.

— 1989 es el punto que nos marca el presente, es un antes y un después. El gran error es pensar que el mundo real era el mundo de la Guerra Fría, cuando en realidad ese mundo era irreal, estaba congelado. Europa antes de la caída del Muro era un engendro raro occidental, y Europa no es occidental.

—  Claro, esa fecha significó la reconciliación de las dos Europas

—  No solo eso, es que el error es pensar que había dos Europas. Dile a un checo o un húngaro que estaban en otra Europa, a ver con qué cara te mira

© I. Montero Peláez

Cuesta ponerse en la piel de un periodista español en la Alemania aún dividida. Más todavía desde este presente aniquilado para la profesión, en el que salir de una redacción un día es más improbable que peregrinar a Tombuctú. Pero Martí Font cuenta las anécdotas justas para iluminar el relato de los hechos, y nada más. Su propósito es fundamentalmente ensayístico. Ni una concesión al “yo estuve allí” tan recurrente en los momentos estelares de la humanidad.

— Cuando pensamos que Alemania es un país pacífico, yo no recuerdo así aquellos primeros años de la unificación. El atentado contra el hoy todopoderoso ministro Schäuble, o contra Oskar Lafontaine en Colonia, que estuvo a milímetros de ser degollado en un mitin en el que yo estaba presente

Martí Font escribe en su libro, y confirma de palabra, que “Alemania es la campeona del mundo del recuerdo”. Y es verdad. Aunque todavía no está del todo en paz consigo misma (¿qué país lo está realmente?), los alemanes están razonablemente satisfechos de cómo han superado los traumas de su historia reciente. Nunca más la culpa colectiva (por el Holocausto) ni el dichoso ‘muro mental’.

— España debería aprender…

— Y Polonia, por ejemplo, que tiene problemas parecidos, también

— Por supuesto. Además, ahora Polonia y Alemania viven en una luna de miel permanente. En el pasado se odiaron, pero ya no

Ese es uno de los grandes logros de Alemania, recuperar la influencia sobre su hinterland sin resultar odiosamente avasalladora. Tan plácidamente es aceptada su hegemonía entre los países vecinos que algunos, como la misma Polonia, temen menos su poder que su inactividad. Hay ciudades del Este de Alemania, Font lo cuenta en un capítulo, que han pasado del despoblamiento sobrevenido tras el fin del comunismo a vivir una segunda juventud gracias a los miles de polacos que cruzan la frontera para establecerse en ellas. Es el caso de Löcknitz, un pequeño pueblo de la región de Mecklemburgo-Pomerania, situado a escasos 20 minutos de la frontera polaca y donde el precio de la vivienda es cinco veces inferior.

— Hay un dato muy importante que ejemplifica la normalidad con la que Alemania ha asumido la unificación, y es que desde hace ya dos años el flujo de personas de Este a Oeste es el mismo que de Oeste a Este. Alemania tiene problemas (demográficos, de falta de fuerza de trabajo especializada, etc.), pero el proceso de unificación, salvo en pequeñas dosis y para ciertas personas, se ha completado del todo

— Quizá por eso, en parte, los alemanes están satisfechos con sus gobernantes

— Sí, ellos, al contrario que en España o Francia, creen en sus representantes, se sienten de verdad representados. En Alemania no existe la desafección con el sistema político. Los ciudadanos conocen a sus gobernantes, es un poco como sucede en Estados Unidos con la política local

— Además, está Merkel

— Lo de ‘mamá Merkel’ es digno de estudio. Llegó muy débil al poder, pero se ha ido construyendo a sí misma una vez alcanzado este. Merkel no hace promesas, sino que dice “voy a cuidar de las cosas” y luego actúa.

— ¿Y cómo sobrevive un político si no hace promesas?

— Pues a través de la buena gestión

Esto, la buena gestión, es quizá lo primero que le viene a la cabeza a cualquiera que piense en lo que hoy es Alemania: un país desmilitarizado, desinteresado del liderazgo global, receptor de inmigración sobradamente preparada y felizmente reconciliado. Un país todavía impregnado de las bondades del pietismo, pero que parece demasiado grande para Europa y demasiado pequeño para el mundo.

– Y a todo esto, ¿Francia?

– Los alemanes empiezan a no fiarse de Francia…

 

 

Reflexiones históricas (e historiográficas) sobre la caída del Muro de Berlín

Le pedí de nuevo ayuda a la profesora Montserrat Huguet para un artículo pausado sobre la dimensión política e histórica de la caída del Muro de Berlín. El reportaje lo he escrito para el periódico y completa un magnífico especial, empeño feliz de mi compañero Alejandro Herrera, que se publica el viernes que viene. Utilicé las respuestas de Montserrat para perfilar algunos argumentos que por mí mismo no hubiera sabido plasmar con esa brillantez. No me parecía justo, eso sí, dejar el grueso de sus reflexiones en la bandeja de entrada. Espero que os guste este aperitivo del aniversario que viene.

Pregunta: ¿Sigue hoy interpretándose el derribo del Muro de Berlín como un parteluz entre dos periodos diferentes de la historia contemporánea? ¿Por qué sí o por qué no?

Respuesta: Sí, en la mayoría de los textos de Historia del Mundo Actual o de Historia Reciente, la caída del Muro de Berlín sigue siendo un antes y un después por lo que se refiere a las ‘épocas de la Historia Contemporánea. Resulta hasta cierto punto sencillo utilizar una fecha universalmente reconocible, 1989, para señalar un cambio de ‘época. No obstante, al entrar en el discurso sobre la historia del siglo XX e ir viendo la naturaleza de las transformaciones de las sociedades contemporáneas en el ‘último tercio, los historiadores matizan siempre esta fecha, apuntando que la transición social en Occidente corresponde a una década antes, al igual que por ejemplo los cambios tecnológicos que preludian nuestro tiempo. De manera que 1989 puede ser una fecha de referencia para mostrar el punto y final de un tipo de relaciones internacionales marcada por la existencia de dos sistemas enfrentados, el occidental y el comunista, pero no sirve para explicar los procesos de evolución interna en los flancos atlánticos, la evolución de las relaciones entre las antiguas metrópolis y antiguas colonias, ahora potencias emergentes, o los procesos de mundialización, que son previos a 1989 y que hicieron también su trabajo en la caída del muro.

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P: 2. ¿Cómo se interpretó la caída del Muro entonces y cómo se reinterpreta hoy a la luz de los nuevos archivos y las nuevas corrientes historiográficas?

R: La Caída del Muro fue interpretada como la Victoria de Occidente o, si se prefiere, como la derrota del experimento comunista. Matices al margen, el liberalismo interpretó 1989 como el fracaso de un experimento que algunos se habían empeñado en llevar adelante y otros, incluida la historia propagandística, en ensalzar. Desde este punto de vista se trataba de la justicia llevada a término, en cuanto con el fin del comunismo casaba el sufrimiento de décadas de opresión, control y hasta terror de millones de personas al otro lado del Telón de Acero. Para los historiadores en general, también aquellos de influencia marxista, solo cabía explicarse razonadamente el porqué de la caída del Comunismo. Algunos hallaron respuestas en las disfunciones internas del sistema y otros optaron por ver en la presión del capitalismo mundializado una especie de tenaza que acabó rompiendo la pieza comunista. Desde luego, a la luz de las nuevas fuentes, archivos documentales, grabaciones y fotografías, etc… ya muchas de ellas accesibles, sobre todo en Alemania, y que permiten a los historiadores ver el Comunismo desde dentro, se puede decir que la Historia del Comunismo y de la Caída del Muro, sobre las que ya se han escrito muchas obras importante, está por rehacer. Desde las historiografías de la postmodernidad pueden añadirse enfoques renovados como los de la Historia Cultural, que seguramente pueden dar resultados excelentes.

P: 3. ¿Políticamente, cómo ha transformado, si lo ha hecho, a la democracia liberal el fin de la ilusión comunista?

R: Durante los años noventa el así llamado fin de la utopía comunista o modelo comunista a secas fue un argumento muy utilizado por los más activos defensores de las virtudes globales del liberalismo, y no solo de la democracia liberal, sino del Sistema del Capitalismo liberal en su forma más moderna, el Neoliberalismo. La omnipresencia de un modelo ‘único, el Capitalista, expresaba a juicio de sus defensores el ‘éxito pleno y definitivo del modelo liberal y del Capital. El Comunismo, en sus diversos modelos nacionales, se mantenía activo sin embargo en países como Cuba, China o Corea del Norte, y los partidos políticos de raíz comunista no desaparecían pese al escaso voto en las urnas. El nacimiento de terceras vías o de movimientos sociales que pretendían denunciar o acabar con los males de los excesos del Capital, fueron opciones recurrentes en la vida pública de todos los países de democracia liberal durante las dos décadas pasadas. De la ilusión comunista apenas parecían quedar resquicios, pero los movimientos sociales de izquierdas y, en algunos países la irrupción de fuerzas populistas de orientación comunista o populista, véase el caso de Venezuela o Bolivia, sugerían que, de una manera u otra, se iba a seguir dando la crítica al modelo de la Democracia Liberal.

P: 4. ¿Fue la caída del Muro el ‘evenement’ por excelencia del siglo? ¿Un hecho de tal magnitud e intensidad que obligó a recuperar el concepto de ‘acontecimiento’ entre los historiadores?

R: Sin duda, la Caída del Muro, no por más deseada fue menos impredecible y sorpresiva. Desde luego, cuando se produjo impacto en la mentalidad de quienes miraban al Este acostumbrados a la existencia del así llamado Mundo Comunista. En los primeros años recibió la condición de Hito, que en historia significa el punto de referencia en el tiempo en torno al que miramos, ordenamos e interpretamos los acontecimientos. La Caída del Muro fue un hito tan relevante para la generación que no había vivido la II Guerra Mundial, como para la generación que había protagonizado los acontecimientos de la Guerra lo fue el día en que se puso fin a la misma, aunque ello fuse sinónimo de que la Guerra había terminado en todos los escenarios a la vez. Pero, como suele suceder, a 1989 le saldría un serio competidor, 2001, y el 11S, cuyos efectos a escala mundial tuvieron un rango parangonable en el sentido de cambiar las estrategias del sistema internacional, resucitando los temores al enemigo y hacienda que se desplegasen las estrategias defensivas del nuevo milenio. Teniendo en cuenta que la generación más joven en buena parte del mundo desconoce siquiera la existencia del Comunismo en la historia del siglo XX, y de conocerla tiene ella unos referentes excesivamente vagos, la caída del Muro pierde cada vez más fuerza en su condición de hito.

IMAGEN: Postdamer Platz, en noviembre de 1989 (igrid Marotz)

M. Huguet, historiadora: “Europa debe buscar relatos de historia comparada que superen el marco de las historias nacionales”

Como periodista estoy pendiente demasiado fastidiosamente pendiente de la actualidad europea. Cada minúsculo acontecimiento elevado a la magnitud de cambio histórico fundamental. El trabajo diario de periodista oculta muchas rutinas y predispone, si no se le pone remedio, a la miopía. Como historiador, busco otra forma de enfrentarme con los hechos, dotándolos de armazón teórico y de una perspectiva (temporal y temática) distinta, espero que más profunda, y no lo digo por superioridad intelectual: camino a menudo por ambas orillas.

En este afán, siempre tengo presente, valga la redundancia, las lecciones de la Historia del Tiempo Presente, aquella disciplina historiográfica que trabajé siendo alumno del fallecido profesor Julio Aróstegui y por la que siempre me he sentido atraído. Como ya escribí hace unos meses, considero urgente desde el campo de la historiografíauna aproximación a Europa (a la Europa de las últimas dos décadas) que ayude a pulir autoengaños, analice las conexiones de las diferentes memorias del continente y actualice el discurso heredado de la guerra fría, que aún pervive incluso en nuestro lenguaje politológico diario (el recurso a los postsoviético, del que suele quejarse Anne Applebaum).

De todo esto tenía ganas de hablar con una de las mayores especialistas en Historia del Presente que hay en España, la historiadora Montserrat Huguet, profesora de la Universidad Carlos III y autora de un buen puñado de trabajos sobre el tema. Con modestia Montserrat me escribió que las respuestas no eran importantes, que las preguntas eran lo principal, y que no hacía falta que las publicara si consideraba que no me encajaban.

Pregunta. Cuando hablo de la historia del tiempo presente a personas que no son historiadores suele haber cierta confusión, y me cuesta explicar los argumentos que la hacen diferente al periodismo o a la historiografía contemporánea convencional. ¿Cuál cree usted que sería la mejor definición?
Esa confusión se da en muchos historiadores también. No es fácil entender la idea del presente como historia porque se aparta de lo que suponemos es de sentido común: la compartimentación del tiempo en pasado, presente y futuro, de modo que la historia solo pueda ser una narración del ayer. El problema es el modo en que está arraigada la forma del tiempo en la concepción de la vida humana con la que nos manejamos cotidianamente. Ahora bien, si partimos de la idea de inexistencia del presente en sí mismo, pues todo presente que se identifica como tal ya ha dejado de serlo, entonces nos resulta más sencillo comprender la idea de una historia del tiempo presente. ¿Qué investiga o narra la historia del presente? Empecemos por excluir lo que no hace. No narra la historia reciente o del mundo actual –aunque muchos historiadores denominen historia del tiempo presente a sus relatos históricos correspondientes a las décadas que siguieron a la II Guerra Mundial. Propiamente dicha, la Historia del Tiempo Presente se ocuparía de identificar las singularidades históricas con las que se identifican las generaciones en curso, los elementos que definen la época, la naturaleza del cambio histórico. Se trata pues de una historia muy conceptual que completa los discursos de otras formas dentro de la historia contemporánea.

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P. ¿En qué punto se encuentra hoy la historiografía que aborda el tiempo presente? La historia actual depende, más que otro tipo de historia, de la coyuntura política y del acceso a fuentes. En este sentido, ¿qué trabas tiene el historiador del tiempo presente hoy en día?
La historiografía que aborda las cuestiones del tiempo presente arrancó en Europa –España no la seguiría hasta más tarde– en Alemania, Francia o Gran Bretaña, durante los años ochenta. Tuvo un momento muy destacado, en la década de los años noventa porque convenía a la identificación de las transformaciones globales de la sociedad de la información y del conocimiento. Algunos historiadores se volcaron en indagar a propósito de este tipo de relato histórico que permitía tocar aspectos de la teoría de la historia tales como la memoria o la relación entre el tiempo y el espacio. Las formas y soportes del discurso en sí mismo eran objetivos a indagar y estupendos investigadores españoles dieron algunas de las claves más interesantes en esta manera de mirar la historia. Por no olvidar ningún nombre fundamental de quienes han teorizado sobre el presente como historia, cito solo al profesor Julio Aróstegui, lamentablemente desaparecido. Hoy sin embargo en España se ha enfriado el empuje inicial de aquella investigación que habría de dar nombre a esta rama de la historia. Muchos de los así llamados representantes de esta corriente, hacen en realidad historia reciente o actual, historia internacional, historia comparada referida a épocas recientes, etc –estudios indispensables por otra parte y hartamente complicados. Pero no abunda el interés por ahondar en la historización del presente en curso o de los presentes pasados.

P. La historia del tiempo presente es una disciplina historiográfica relativamente joven, ¿cómo ha ido evolucionando en los últimos años? ¿Qué nuevos retos que hace una década no presenta, hoy son cuestiones ineludibles?
Han sido no pocos los avances en este terreno de la historia en tanto disciplina de estudio. Destaca a mi juicio la toma de conciencia de sujetos renovados propios del presente consensuado por las sociedades, tales como el género, la identidad del grupo, la cultura, la sociedad internacional, etc. que décadas atrás apenas rozaban el relato histórico. También se han dedicado muchas páginas a la diferenciación y complementariedad entre los conceptos de memoria e historia, a la polémica sobre si la implicación del sujeto histórico en la narración de su propia historia, al relativismo y valor de las voces de autoridad en el discurso. Importantísimos los debates que minimizan el peso de las nociones de neutralidad y verdad en favor de las de implicación y verosimilitud en los discursos de la historia en curso. Incluso, se han incorporado nuevos formatos al relato del presente: los audiovisuales y la red. Sin embargo, pese a todos estos cambios en los modos de hacer de la Historia del Presente, queda aún lo más importante: que el historiador sea capaz de aunar teoría y relato de la experiencia, en un discurso sencillo y útil, capaz de llegar al gran público.

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P. Con el cuestionamiento, que no es nuevo, pero sí más enfático, de la Transición española, ¿de qué forma puede contribuir la historia actual a su problematización histórica? ¿Con qué herramientas?
Las historias de la Transición española, tanto la oficial –trazada al hilo de los acontecimientos y que forma el núcleo del dogma– como los intentos siguientes de relectura de los procesos y la revisión de los discursos elaborados con fines de identificación nacional en el tiempo de la Transición, obedecen a lo que es habitual en la historia escrita de todas las naciones. Hasta aquí España no se ha comportado de modo distinto al resto de los países de su entorno en los discursos ofrecen primero un relato y afianzan creencias en la mentalidad colectiva hasta que, pasado un tiempo generacional más o menos establecido, dichos discursos son revisitados y vueltos a escribir. El proceso siguiente, ya en curso por otra parte, pasa por la comparación de las experiencias españolas, por su inserción en discursos de tipo general, que afectan a otros países en el último tercio del siglo XX. Puesto que dos de las generaciones que protagonizaron la Transición son generaciones aún vivas, resulta muy útil a su estudio la metodología de la Historia del Presente. Sin ir muy lejos, la Historia del presente ha depurado el uso de testimonios y fuentes orales que no deben perderse o recuperado archivos en formato no escrito. La cuestión de los archivos es vital. España es un país muy singular en este aspecto en relación a su entorno, precisamente por el celo de la custodia sobre los archivos públicos que los hace inaccesibles incluso para tiempos que hoy ya son remotos. Esta peculiaridad, de la que también se quejan amargamente los hispanistas extranjeros, obstruye y retarda la tarea de la Historia.

P. Y hablando de Europa, ¿cómo analizan los historiadores del tiempo presente los acontecimientos del continente en los últimos años? ¿La crisis de la deuda, la troika, etc. son hechos que podrían servir para configurar un nuevo esqueleto histórico?
Aunque a los no historiadores pueda parecerles extraño, los historiadores del presente no actúan frente a la actualidad en curso a modo de reporteros inquietos. Son los periodistas quienes tienen esa función, indispensable por otra parte para los historiadores. Los historiadores saben que los “hitos” reseñables en el presente, por ejemplo la crisis de la economía mundial de finales de la década pasada, que se ha cebado peculiarmente con las regiones meridionales de Europa, tal vez o tal vez no están constituyendo el centro sobre el que hacer pivotar su relato. Y no es que el paso del tiempo minimice la importancia de las cosas invariablemente, en absoluto. Lo que los historiadores han de evaluar son los rasgos que harán perdurable en la memoria y en el relato histórico unos hechos con respecto de otros. Europa, es bien sabido, no vive su mejor momento histórico por lo que hace al proyecto político y el diseño económico con que fue edificada a mediados del siglo XX. Al historiador le preocupa en este caso entender si esta fragilidad de la invención Europa se corregirá conduciéndola hacia los viejos cauces, o bien no es más que la antesala de un modelo nuevo, de una refundación adecuada a las condiciones actuales del continente o su disolución sin más. La larga historia de Europa enseña que todo es posible. Los modelos del pasado más o menos remoto están ahí, para ofrecernos posibilidades de prospectiva. Y luego está el peso de lo imprevisto, el gran sujeto de la historia con el que nadie cuenta pero que siempre se presenta a la hora de la cena. La Historia del Presente mira con respeto y atiende cada vez con más interés los efectos de lo no previsto en el desarrollo de la historia, de ahí que piense en la incertidumbre como un factor principal en la previsión del relato.

P. Las narrativas sobre el pasado europeo son dispares y están tan atomizadas como sus ciudadanos. El sur contra el norte, las élites contra los ciudadanos, los deudores contra los acreedores. ¿cómo modelar una historia común del presente que atienda a todos los sujetos y actores y que al tiempo no sea solo una revisión más compleja del discurso periodístico?
Cada país europeo tiene su propio relato nacional. En cada relato se perciben los elementos narrativos que ayudaron a constituir las naciones de acuerdo al momento histórico en que se realizaron. Aunque parezcan diferentes entre sí, casi todos los relatos nacionales guardan gran similitud entre sí, pues la mayoría se fraguó en el siglo del Liberalismo y de las Revoluciones. En todos ellos se percibe por ejemplo la presencia de un enemigo exterior –el país vecino, por ejemplo– que da sentido al esfuerzo nacional. Para modelar una historia presente en la que los miembros de Europa se reconozcan y sientan cómodos es preciso primero organizar relatos de historia comparada que superen el marco de las historias nacionales. En la historia comparada emerge lo que une y separa, los elementos singulares y los comunes, los así llamados estratos de la experiencia histórica, con sus múltiples protagonistas y dinámicas. Desde la historia comparada puede eliminarse la tendencia de las historias nacionales a mirarse como excepción.

Daniel Utrilla: “Gorbachov y Yeltsin eran débiles y manejables. Putin no lo es”

Soy casi casi la némesis de Daniel Utrilla. Y perdón por la primera persona y por ponerme delante, pero mi disculpa es sencilla: soy seguramente más burro que él, salvo cuando se trate de ingerir hectolitros de vodka. Cometo periodismo digital, jamás he cruzado los Urales y prefiero Dostoievski a Tólstoi. Nos une el Real Madrid y Josep Pla, lo que no es poca cosa. También una forma antigua de entender el periodismo, que él logró practicar y yo –”la prisa venció a la prosa”– apenas alcancé a leer.

Daniel parece (desde la simpatía de lector agradecido) un tipo agudo y observador. Daniel es, eso sí que es seguro, un fantástico cronista. Sus piezas en El Mundo, periódico para el que trabajó de corresponsal en Moscú durante una década, son pequeñas joyas del oficio. De aquella experiencia objetiva nació su delicioso tocho subjetivo sobre Rusia, A Moscú sin Kaláshnikov (Libros del K.O., 2014), del que con entusiasmo apenas disimulado os hablé antes del verano. Esta conversación, pues, tiene su origen en aquella fascinación.

Pregunta. No sé si darle el pésame antes por Di Stéfano o por Shevardnadze… o por ambos al mismo tiempo.
Cuando el pasado 7 de julio me enteré que había muerto Di Stefano sentí el impulso de colgar una foto suya vestido de blanco como fondo de mi página en Facebook. Sin embargo, lo confieso, no sé qué tendría que pasar por o sobre mi cabeza (ni de qué tamaño) para que hiciera lo mismo con una foto de Shevardnadze. Curiosamente, recuerdo haber escrito dos cuentos sobre ellos en mi etapa de corresponsal (el sinvivir del periódico no daba tregua para narraciones de mayor alcance): uno mágico-realista sobre en Di Stefano y otro sobre Shevardnadze que se me ocurrió durante la revolución de los claveles que lo despachó del poder en 2003. Sin embargo, más allá de sus respectivos liderazgos en el Madrid y en la última diplomacia soviética, respectivamente, me cuesta encontrar puntos simbólicos de conexión entre estas dos figuras. Probablemente, porque son contrapuestas: Di Stefano encabezó la construcción de un ‘imperio’ y Shevardnazde la descomposición de otro imperio. Di Stefano forjó un Real Madrid de leyenda, el de las victorias infatigables y enceguecidas, la del “equipo invencible aunque pierda”, como recordaba el otro día Valdano; mientras que Shevardnadze fue el rostro de la perestroika, un periodo que desde Occidente se percibió erróneamente como triunfal porque suponía el fin de la bipolaridad, pero que desde Rusia se sigue asociando al desgobierno, a la penuria y al naufragio de una superpotencia.

Daniel Utrilla, asomado al balcón de la casa de Tolstói en Yásnaia Poliana (IMAGEN: Anastasia Laukkanen)

Daniel Utrilla, en la casa de Tolstói en Yásnaia Poliana (IMAGEN: Anastasia Laukkanen)

P. ¿Cómo explicaría a un chaval de 20 años al que le guste el fútbol y tenga curiosidad por Rusia la importancia de estos dos nombres?
Supongo que cuando dices “fútbol”, en realidad querías decir “Real Madrid” (un error lo tiene cualquiera). Sin Rusia y sin el Real Madrid no se puede entender la historia política y futbolística del siglo XX. Ambos fenómenos, Rusia y el Real Madrid, tienen un rasgo en común que, precisamente, es el que Di Stefano trajo a Chamartín: la obsesión por la victoria (en el caso de Rusia una obsesión no solo aplicable al terreno militar, sino también al científico, cósmico, deportivo, arquitectónico, eurovisivo…).

P. Vamos a su oda a Rusia en 500 páginas… ¿A Moscú sin Kaláshnikov es un libro para hacer conversos a tu rusofilia, para explicarla, para entenderla usted mismo o simplemente constituye la racionalización de una pasión infantil?
Creo que es la crónica más subjetiva que he escrito sobre Rusia, pero a la vez la más verdadera de todas. No pretendo convertir a nadie ni sentar cátedra. Trato de indagar en una obsesión, en la gran obsesión estética de mi vida (con el permiso del Real Madrid). Porque, como decía alguien, no recuerdo quien, pero seguro que no era Shevardnadze, “somos nuestras obsesiones”. Por otra parte, escribir con humor sobre un país al que la prensa occidental pinta como el más ceñudo del planeta era un verdadero reto. Los rusos son un pueblo muy divertido, y no se los puede conocer leyendo solo la prensa.

P. El libro sigue dos líneas, una amable, divertida, cuando habla de su Real Madrid y de su Moscú (a pesar del frío, las distancias y las rubias esquivas de piernas infinitas); y otra un poco más melancólica, casi irónica, sarcástica, que reluce cuando hace juicios sobre el periodismo. ¿Tan mal le ha tratado? ¿Le tachaban demasiados juegos de palabras y metáforas?
Al periodismo se lo debo profesionalmente todo (incluido este libro). Trabajar de corresponsal en Rusia fue mi sueño desde muy joven. Pero a lo largo de los once años que desempeñé el oficio aquí en Rusia, fui sintiendo cómo la profesión que amaba se iba convirtiendo en otra cosa (la prisa se impuso a la prosa). A ello se une el desgaste de once años sin desconectar un solo día el teléfono móvil, lo que puede desfigurar un sueño hasta dejarlo irreconocible. Al final, con la precipitación de las crónicas de internet, tuits, blogs, video-análisis y la muerte paulatina del diario de papel (atropellado por falta de tiempo y de recursos), acabé por no reconocer la profesión que amé, la de ese reporterismo que Gabriel García Márquez equiparó con un “género literario” y que me gustaría volver a practicar algún día. De hecho mi libro, como todos los que publica Libros del K.O. es a fin de cuentas una crónica, una crónica sobre fondo blanco (nevado y merengado) sobre mi vida en Rusia, y que he tenido el placer de escribir a lo largo de un año. Me queda la satisfacción (que reflejo en mi libro) de haber tenido la suerte de practicar la profesión del corresponsal tal y como se venía practicando desde que se inventó allá a finales del siglo XIX: viajando, observando, tomando notas y escribiendo con tiempo para pensar el adjetivo (como hacía Pla mientras liaba sus cigarrillos) o esas metáforas tan liadas que a mí tanto me gustan. En cuanto a si me tachaban juegos de palabras, confieso que intentaba contenerme dependiendo del género (no es lo mismo escribir una noticia sobre una fusión petrolera que un blog sobre un buscador de yetis), pero debo decir que El Mundo es un periódico que da mucha libertad estilística a la hora de escribir los temas. Al menos a mí me la dieron, y eso es algo que motiva al periodista y por lo que le estoy profundamente agradecido. La forma ha sido siempre para mí tanto o más importante que el contenido. Por eso, entre otras razones, no me gusta el periodismo digital, porque descuida la forma. Y la firma.

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P. Por las páginas de su libro aparece de vez en cuando el nombre de Limonov, al que todos nosotros –los no rusófilos– empezamos a conocer gracias a la novela o lo que sea de Carrère. Escribí una reseña de su libro hace unos meses, y en un comentario, un chico francés fanático de su figura (de la de Limónov) me dijo que estábamos equivocados respecto a él, que el mito creado por Carrère no se corresponde a la realidad… ¿Le gustó el libro de Carrère? ¿Y el Limónov de carne y hueso?
La magia de la literatura (y una de las razones por las que considero que es superior al periodismo) es precisamente esa: que pueda abordar personas y hechos desde puntos de vista impensables y mucho más profundos, poliédricos (¿metafísicos?) y originales que los de la prensa diaria. Objetivamente, Limónov es un personaje residual de la realidad política rusa al que los periodistas extranjeros (yo incluido) no se han tomado nunca demasiado en serio, por esa mezcla explosiva de bolchevismo y ultranacionalismo de corte fascista que gasta. En cambio, Carrère tuvo el atrevimiento de meterse en el alma del personaje y de hacerlo trascender más allá de sus caricaturescas circunstancias vitales (quizá por eso el propio Limonov reconoce que no se reconoce del todo en el retrato, según leí el otro día en la entrevista que le hizo mi amigo Rodrigo Fernández, corresponsal de El País). Al margen de la simpatía o rechazo que a cada cuál le despierte Limónov, el libro tiene el acierto de humanizar al personaje, con sus sueños, virtudes y bajezas. El periodismo no suele llegar tan hondo en la disección de las almas (que son la materia prima de la literatura). Carrère ha logrado hacer eterno lo coyuntural, y ahí reside el mérito del libro. Si en lugar de Limónov hubiera escogido al polémico ultranacionalista Zhirinovski o a cualquier otro personaje de la oposición política rusa el resultado habría sido parecido. A mí lo me que me gusta y cautiva del Limonov de Carrère no es su peripecia política (por peregrina que sea), sino su carácter completamente ruso, una mezcla explosiva y contradictoria de vitalismo, mística pagana, literatura, orgullo, patriotismo, sexualidad desatada (todo ello mezclado con suficiente alcohol como para parar un Transiberiano). Creo que Carrère conoce muy bien a los rusos y nos ofrece un espécimen en carne viva. ¡Chapó!

P. Siguiendo con Carrère. Su opinión sobre Putin me ha recordado en parte a la semblanza que tú mismo esbozas de él. Un concienzudo estadista, un hombre de Estado (con sus debilidades humanas), incomprendido por Occidente (tanto por la prensa como por los políticos) y que gobierna en virtud de un ‘algo trascendente’ que los europeos parece que han desterrado de su oficio…
En un primer momento tuve la ocurrencia de que ‘Putin’ no apareciera en esta ‘crónica sentimental de la ‘Rusia de Putin’ pues quería desterrar el discurso político de mi libro, para que predominase el elemento antropológico; pero enseguida me di cuenta que era imposible, no solo por la entidad del personaje, sino porque solo alguien como Julio Camba (que se iba en los años 20 a EE UU a escribir sobre las elecciones y se permitía el lujo de enviar artículos sobre el chicle o los bailes de los negros sin mencionar a los candidatos) era capaz de hacer eso, de centrarse únicamente en el factor humano. La dimensión antropológica me interesa por dos razones: primero, porque el choque cultural es una fuente constante de humor; y, en segundo lugar, –y volviendo a la pregunta– porque para entender a los líderes políticos, primero hay que entender a sus pueblos (cosa que al egocentrismo occidental a veces le cuesta mucho). En este sentido, hay que decir que Putin es muy ruso, de ahí que sea tan popular entre su pueblo, algo que también le cuesta entender a Occidente. En relación a esto, me gustaría rescatar una idea que aparece en El Imperio de Kapuscinski: La de que Occidente nunca se ha llevado bien con los líderes rusos fuertes. Se ofusca y no sabe tratar con ellos. Creo que por una mezcla de miedo e incomprensión. Gorbachov y Yeltsin eran débiles y manejables. Putin no. Cuando Obama se disponía a lanzar un ataque sobre Siria en 2013, Putin le espetó: “Me dirijo al señor Nobel de la Paz: piense en las víctimas inocentes que causará su ataque”. Hacía mucho que un líder ruso no se atrevía a tratar de tú a tú a uno estadounidense. Putin ha recuperado ese orgullo de superpotencia que se perdió con la perestroika y que muchos rusos añoraban.

P. Usted, como Anne Applebaum, os referís con frecuencia al ‘putinismo’. ¿Qué es? ¿En qué se diferencia del ‘obamismo’, el ‘merkelismo’ o el ‘berlusconismo’?
Más allá del simple intento de abarcar un periodo histórico, en mi caso yo al -ismo del ‘putinismo’ le conferiría un cierto matiz de surrealismo (de hecho se suelen llamar ‘putinismos’ sus habituales salidas jocosas de tono, como cuando en un G8 le preguntaron si se consideraba un demócrata y respondió que “desde que murió Mahatma Gandhi” no tenía “con quien poder hablar”. Esa faceta campechana no llega a los telediarios de Occidente, donde se lo suele mostrar siempre ceñudo o empuñando rifles, a ser posible con gafas negras. Putin es un tipo de líder realista-mágico (el realismo por delante), sobre todo cuando comparece dándole la mano a una morsa, besando un esturión o guiando a las cigüeñas con ala delta. A mí todo esto me parece muy raro, muy divertido y tremendamente literario, lo que contrasta con la grisura funcionarial de nuestros políticos. Además, yo de pequeño quería ser Félix Rodríguez de la Fuente y estas cosas me ponen.

P. Ucrania, Transnistria, Moldavia… ¿qué quiere hacer Putin en su patio trasero? ¿Con qué armas política cuenta y qué legitimidad tiene ante su población? Da la impresión que la oposición a Putin se ha desinflado en los últimos meses…
Si analizamos con cierta perspectiva lo ocurrido en Ucrania desde el golpe de Estado de Kiev del pasado mes febrero, hay un hecho objetivo a día de hoy: Putin no ha invadido militarmente el este de Ucrania, pese a que los agoreros de la prensa occidental se rasgaran las vestiduras desde el primer momento vaticinando lo contrario, en medio de una histeria mediática. De hecho, hubo quien comparó a Putin y a Crimea con Hitler y los Sudetes, e incluso quien vaticinó la entrada de tanques rusos en Tallin, Riga y Vilnius. Durante aquellos días recuerdo que me impactó un titular de la prensa española que decía algo así como: “la OTAN se refuerza en el Este ante el avance de Rusia”. Tuve que leerlo varias veces porque no lo entendía, pues los únicos que se han extendido aquí hacia las fronteras rusas en últimos veinte años (y siguen haciéndolo) son los militares de la OTAN. Luego entendí que por “avance” se referían a la anexión de Crimea (“reintegración” según los rusos). Pero Crimea es diferente y no tiene que ver con el conflicto del sureste ucraniano (hasta Limonov, el fiero opositor a Putin, defiende la rusidad de Crimea y su reincorporación). La península de Crimea fue parte de Rusia desde el siglo XVIII hasta que Nikita Jrushchov se la regaló a la Ucrania soviética en 1954 en un gesto descabellado de dadivosidad, de la misma forma que podía haberle regalado un puñado de misiles intercontinentales, un iceberg del Ártico o el mausoleo de Lenin. Más allá de los lazos étnicos e históricos (en Crimea fue bautizado el príncipe Vladimiro que cristianizó Rusia), a mí me gusta enfocar la rusidad de Crimea desde un punto de vista más literario, ya que allí guerreó el joven Tolstói como oficial de artillería (léase El Sitio de Sebastopol) y allí cazó mariposas el niño Nabokov (publicó su primer trabajo entomológico fue publicado en 1920 bajo el título ‘Mariposas de Crimea’). Los menciono a ellos porque, junto con García Márquez, conforman mi Trinidad personal de genios de las letras. Lev Tolstói y Vladímir Nabokov son los verdaderos ‘sherpas’ de mi libro en todo lo que tiene de exploración del alma rusa.

P. Esto es un blog de Europa, así que para justificar la entrevista, vamos con la pregunta comodín: ¿Qué consejos daría a los funcionarios de la UE para que entiendan mejor Rusia, además de que, claro, lean su libro?
Glev Pavlovski, antiguo asesor del presidente ruso, dijo hace unos años en una conferencia en Moscú que lo preocupante no es que exista un pensamiento antirruso, que existe por inercias de la Guerra Fría, sino que haya un pensamiento ‘arruso’, es decir, que ignora o no se interesa por Rusia. De ahí nace un poco la idea del libro, la de interesar al lector por Rusia a través de vías culturales o antropológicas no tan trilladas en los medios de comunicación, que se centran con ahínco en la zona oscura.

P. Desahóguese, ‘la Décima’ ha sido como…
… como tocar el cielo con las manos a bordo de la nave Vostok que catapultó al primer ‘galáctico’ aquel mítico 12 de abril de 1961. Aquel día mágico (el de la Décima, no el del vuelo de Gagarin) estuve en el estadio Da Luz por obra y gracia de mis amigos Alberto Fernández Salido (que me llevó en coche de Madrid a Lisboa, donde le dije que reservara hotel en febrero) y Miguel Magro (atlético redomado que vive en Bakú y que me consiguió milagrosamente una entrada). Cuando Sergio Ramos marcó ese gol en el minuto 93, ese gol que conecta con tolo lo que hablábamos antes de Di Stefano y la obsesión por la victoria, salté como un resorte (la ignición), me rocé terriblemente las tibias con el asiento de delante y me hice dos rasgaduras sanguinolentas en carne viva cuya cicatriz aún no ha remitido. 24 de mayo de 2014: de Lisboa al cielo. La Décima era nuestra ‘Crimea’: tenía que caer por su propio peso.

El ‘milagro polaco’: europeísmo en máximos, una economía boyante y el apoyo de EE UU

Polonia lleva todo el 2014 de aniversario, y todavía le quedan un par de ellos más por celebrar antes de que llegue diciembre: 25 años de las primeras elecciones libres tras la caída del comunismo, 20 de la incorporación a la OTAN y 10 de su adhesión a la Unión Europea… Hoy, el apoyo popular a la UE en Polonia es de los más altos del continente (casi un 90%) y, al contrario que en otros estados miembros, este ha crecido en vez de disminuir (aunque el porcentaje de voto en las últimas elecciones al PE ha sido muy bajo, el 22,7%).

Obama saluda al presidente polaco,  Bronislaw Komorowski (Foto: http://www.ibtimes.co.uk)

Obama saluda al presidente polaco, Bronislaw Komorowski (Foto: http://www.ibtimes.co.uk)

Por todo lo anterior, tenía desde hace ya tiempo muchas ganas de hablaros de Polonia. Hace unos meses asistí a una conferencia del embajador polaco en Madrid y de varios especialistas en asuntos de Europa del Este que hablaron sobre el “milagro polaco”, que resumiré en una cifra: su PIB acumulado ha crecido un 48% desde la entrada en el club comunitario.

La excusa perfecta me ha venido con la visita de Barack Obama a Europa, de la que Polonia ha sido su primera parada. En Varsovia, el presidente de EE UU reafirmó el compromiso de su país con las naciones del Este (una alianza que “es sagrada”) y anunció un programa de 1.000 millones de dólares en ayuda militar a la zona (en la frontera de la OTAN), territorios que experimentan desde hace meses fuertes tensiones por la situación en Ucrania y las ambiciones geoestratégicas rusas.

He pensado que la mejor forma de acercaros Polonia es hablar con alguien que conozca bien el país, y para ello he contado con la ayuda de Wojciech Golecki, un economista polaco que vive en Madrid y que ha tenido la amabilidad de contestarme a título personal a unas cuantas preguntas sobre su país. Así que este primer post habrá un segundo sobre cuestiones más concretas será básicamente un acercamiento a Polonia a través de su mirada.

Pregunta: ¿Cómo ha cambiado Polonia desde la entrada en la UE, hace 10 años?

Respuesta: Escribir sobre Polonia este año tiene una importancia particular. En cinco meses cumpliremos 75 años de la invasión de Hitler y Stalin, en cuatro, el 70 aniversario del levantamiento de Varsovia contra los nazis. Este año hemos podido celebrar además el 25 aniversario de las primeras elecciones libres, 20 años de la entrada en la OTAN y hace un mes la primera década en la Unión Europea. Hoy debemos tomar todas estas fechas y ver a Polonia dentro de su conjunto histórico para valorar los logros alcanzados en tan poco tiempo.

El mejor ejemplo de ello es mi pueblo. Nací en los Sudetes, terrenos que hasta hace 70 años pertenecían a Alemania. Mi familia proviene de tierras hoy pertenecientes a la Galicia ucraniana. Durante décadas las nuevas autoridades de la República Popular de Polonia ocultaron los acentos arquitectónicos germanos para intentar reducir el miedo que sentía el ciudadano medio de que en cualquier momento Alemania podría venir y querer recuperar las tierras cuyo reparto se decidió por encima de las cabezas de los países afectados.

Al principio, la entrada en la UE avivaba temores en la misma línea.Hoy, 10 años después, al llegar a mi pueblo, lo que veo es todas esas casas renovadas, convertidas en preciosos hoteles, con todos los detalles germanos expuestos y renovados tras décadas bajo el hormigón…todo ello además, con frecuencia cofinanciado con fondos europeos. En resumen, durante estos diez años el PIB del país ha crecido un 48% acumulado, solo durante la crisis en más de 20%. Hemos pasado de tener un PIB per cápita un 50% inferior a la media europea y hoy nos acercamos al 70%.

P: ¿Qué riesgos existen en el futuro para el país, sobre todo desde el punto de vista económico y geoestratégico?

R: Aunque muchos no lo perciban, Polonia comparte riesgos económicos y geostratégicos con la mayor parte de los Estados Miembros de la UE. A nivel económico, por supuesto, entramos en el desafío del trilema de la competitividad, sistema social y demografía. Competir no en costes sino en innovación, tener un sistema social sostenible y efectivo que no reste competitividad pero que tampoco pierda el adjetivo “social”, todo ello en un contexto de envejecimiento de la población y creciente competencia global.

Además, el país debe hacer frente a la necesaria consolidación fiscal y a los problemas del mercado laboral que peca de una menor tasa de actividad por un lado y por otro, de un elevado desempleo estructural, sobre todo juvenil. Uno de cada diez estudiantes europeos es polaco, estamos hablando de alrededor de 2.500.000 de personas. Como debe haber salida para todos ellos y por tanto, no solo debemos flexibilizar el mercado laboral, agilizar la administración y buracracia, eliminar las trabas a la creación de empresas, sino además adecuar los perfiles de los estudiantes a las necesidades del mercado laboral. Un ejemplo de los desafíos en esto último es la cantidad de estudiantes de ciencias sociales y humanidades que había antes del 2000 (cerca de tres cuartas partes) y hoy (cerca de una tercera parte).

Entre la economía y la geoestrategia está por supuesto la energía. Por un lado, la energía es una de las claves de nuestra competitividad y hoy una empresa media alemana paga tres veces más por energía que una empresa media alemana. Y esto cuando el coste de la energía estadounidense tiende a la baja y la europea, al alza. El otro aspecto que debemos extraer sobre estas crisis recientes es que sin independencia energética no hay independencia política. Estas vertientes de la energía afectan tanto a Europa como a Polonia. Como también ocurre en el plano estratégico.

Preservar el sentimiento de seguridad de sus miembros no es un problema nacional o de la OTAN, sino debe ser la base incuestionable de la Unión Europea en sí misma. Los datos publicados la semana pasada por el Servicio Público de Estadística sobre la evolución del producto interior bruto (PIB) durante el convulso primer cuatrimestre del año alivian los temores sobre los efectos de la crisis ucraniana sobre la economía polaca. Frente a lo que ocurre en otros países de la región como Finlandia, la crisis ucraniana apenas se percibe. Sin embargo, la crisis ucraniana es mucho más importante que el PIB, es una cuestión de valores.

P: ¿El sentimiento europeísta en Polonia, a tenor de las encuestas (la última, la de Pew Research), está al alza, todo lo contrario que en otros estados miembro? ¿Qué ha hecho bien la UE allí y que ha hecho mal aquí (en España)?

R: Si tomamos los datos de la encuesta que se presentó recientemente y los comparamos con la participación electoral, podríamos tener dos impresiones totalmente contrarias sobre la valoración de los polacos de la UE. Por un lado tenemos el dato de que el 86% opina que la integración europea ha sido positiva, frente a solo un 13% que opina que ha sido neutral. Por otro lado tenemos el dato de participación en las recientes elecciones europeas, a las que solo fue un 23% de los capacitados a ello.

En primer lugar, debemos matizar estos datos, con otro dato. La participación en las últimas parlamentarias fue del 48%. En segundo lugar, estamos comparando un país que tuvo que llevar a cabo dolorosas reformas antes de la entrada en la UE, que ha crecido más de un 20% durante la crisis y que es un gran beneficiario de los fondos europeos desde hace relativamente poco, con un país en plena crisis que recibió asistencia financiera a cambio de llevar a cabo reformas a una escala y sensibilidad a las que la sociedad no estaba acostumbrada.

Recientemente el gobierno estimó que, de no formar parte de la UE, nuestro PIB hoy se encontraría a niveles de 2009. Eso sí se percibe. Se ven los fondos europeos, se ve a las autoridades naciones negociando asuntos con las autoridades de otros países, pero, al contrario que en España tras la crisis, aún no se ve a la UE como un ente político. Si algo han aprendido los españoles de esta crisis, es que es en Europa, en Bruselas o en Frankfurt donde está el terreno de juego, que es ahí, donde se decide parte de las decisiones que les afectan cada día. Esta lección no ha llegado a Polonia. Por ejemplo, Polonia se ha adherido a los nuevos marcos fiscales de la UE, obligatorios para la Zona Euro, de forma voluntaria. Su legislación ya era muy conservadora. Por último, por desgracia, en el caso de España la UE se ha utilizado con mucha frecuencia de chivo expiatorio para justificar reformas que se tendrían que acabar llevando a cabo.

P: ¿Cuál ha sido la actitud y el posicionamiento interncional de Polonia durante los años de crisis de la deuda en Europa, sobre todo en relación con los países del sur del continente?

R: Polonia, como todos los miembros de la UE, es altamente dependiente de la estabilidad de la Eurozona. En este sentido, primero la recesión de los países del euro y en segundo lugar, las dudas sobre la propia unión, perjudicaban a la economía polaca. Era preciso que se tomasen las riendas y se asegurase la estabilidad y crecimiento dentro de la Unión.

En este sentido, el Ministro de Asuntos Exteriores polaco, Radoslaw Sikorski, posiblemente como el primer polaco de la historia, defendió en tierra germana que Alemania tomase la iniciativa y responsabilidad como la mayor economía de la región. Las palabras exactas fueron: “Temo menos al poder alemán que a la pasividad alemana”.Por otro lado, como un país no perteneciente al euro, pero aspirante a ser un actor importante en la escena, ha ido adhiriéndose a los sucesivos acuerdos de la Eurozona como el pacto fiscal, para no quedarse demasiado alejada del resto.

La crisis del euro ha sido una lección para Polonia. No basta para entrar al euro con cumplir con los criterios de Maastricht. La renuncia del precio externo de la economía, del tipo de cambio, debe ir compensada con la flexibilización de los precios internos. Este aspecto, es decir, llevar a cabo una amplia reforma a nivel nacional va a retrasar el cambio de moneda de Polonia, que a día de hoy, además, no disfruta de mucha popularidad.

Alejandra Paggi, investigadora en Regiones Ultraperiféricas de la UE: “El sentimiento hacia Europa es de cercanía”

Habla de su criatura de estudio —la ‘diplomacia territorial’: la de los territorios no independientes— con alegría incierta y metáforas maternales: “Estoy haciendo un bebé”. Luego ríe. Alejandra Paggi (Argentina, 1982) es politóloga y vive desde hace casi dos años en la isla caribeña de Martinica, una de las Regiones Ultraperiféricas (RUP) de la Unión Europea, perteneciente a Francia.

Como en un blog no hay necesidad de ser estrictamente cartesiano con los géneros, os diré que conocí a Alejandra gracias a un comentario suyo en el post que dediqué a las RUP. Fue la única canaria —aunque argentina de nacimiento vivió hasta los 18 años en el archipiélago— que me defendió (¡y con argumentos!) aquel día… pese a mi obvia ignorancia. Aunque no es por ello que la traigo aquí, claro.

Su historia —que dejó entrever ya en su comentario— de joven investigadora en asuntos europeos me llamó la atención. Lo habitual es que si eres joven y eres investigador vivas o merodees por Bruselas o Estrasburgo, que escribas para algún think tank de renombre o estés adscrito a un grupo de trabajo universitario. Alejandra no. Terminó la carrera en Granada, se fue a Francia y de ahí dio el salto a Martinica. Nomadismo isleño.

Alejandra Paggi, politóloga e investigadora (A.P).

Alejandra Paggi, politóloga e investigadora (A.P).

Dice Alejandra que si estuviera pagada como investigadora en una universidad, “lo que tarda tres meses en hacer lo haría en una semana”. Pero luego para compensar cita a Lula: “Si tú perserveras, tarde o temprano obtendrás algo”. Ese algo, para Alejandra —que “no vive” mientras investiga: prepara también unas oposiciones del Estado francés y cuida a una niña de cinco años— es la política.

No la política de moqueta, mítines de cartón piedra e inauguraciones, sino la política de las relaciones diplomáticas profundas y de la cooperación compleja. En especial, su predilección es América Latina. En ese sentido tiene entre manos un proyecto prometedor: un estudio comparado de la acción exterior de EE UU y Europa en Puerto Rico y las RUP.

Se trata, por resumirlo, de analizar las dinámicas de aislamiento o dependencia de los territorios no independientes —Martinica o Canarias, en el caso de Europa, Puerto Rico en el de EE UU— para ver qué posibilidades de interacción con el entorno cercano existen (relaciones comerciales, acción conjunta, integración regional, etc). Suena interesante y diferente a todo lo que hasta ahora había escuchado. Y también prometedor.

Alejandra, es casi inevitable que salga en la conversación, necesita financiación: los inconvenientes habituales de ser un outsider académico. Además, dice, aunque la diplomacia le encanta, sus dotes diplomáticas no las tiene muy desarrolladas, lo que a veces es un problema serio en este mundillo mandarín. Volará en breve a Canarias: “Les mando correos, uno tras otro, pero nadie responde”. Un viaje relámpago. Luego, a seguir con su ocupada vida en Martinica. Una vida más monacal que caribeña.

Pregunta: ¿Cómo comenzaste a interesarte por Europa?

Respuesta: Como nacional de un Estado miembro de la UE y más particularmente con la situación que atraviesa España y su relación con Europa es inevitable no interesarse en el tema. Sin embargo en lo que concierne a lo académico la verdad es que ha sido mi interés por las RUP lo que me ha llevado a profundizar en una visión global de Europa, su acción exterior y el papel de las regiones en el engranaje europeo y más concretamente en la relación bidireccional Europa-RUP, RUP-Europa.

P: ¿Por qué te especializaste en el estudio de las Regiones Ultraperiféricas?

R: Digamos que aún no soy una especialista, pero estoy en ello. Todo empezó en Martinica, aquí la realidad de la ultraperiferia y su proyecto de integración regional me llevó a la cuestión de  investigar cuál es la realidad canaria en torno a su cooperación regional con su entorno geográfico inmediato; y me surgió la idea de realizar un estudio comparado de estas regiones. A partir de ahi la investigación me llevó a las RUP y evidentemente a Europa. Aunque mi estudio se centra en una de las herramientas al servicio de las RUP: la diplomacia territorial.

P: Eres Canaria, ¿cómo se percibe la UE desde allí? En general, ¿existe una visión positiva de la pertenencia la Unión o cierta sensación de desamparo?

R: Personalmente considero que el tema “Europa” causa siempre dos visiones opuestas, tanto en Canarias como en Europa, entre los euroescépticos y los partidarios de la construcción europea. Sin embargo, por mi experiencia personal, creo que en general, las regiones ultraperiféricas, y en este sentido Canarias, tienen muy presente la importante intervención económica, a través de los fondos europeos, en el desarrollo de la región. Por otro lado, creo que el sentimiento, propiamente dicho, es de no cercanía con lo que entendemos por Europa debido a factores más bien culturales y obviamente territoriales.

P: Como politóloga, ¿qué fortalezas y qué debilidades presenta Europa en el siglo XXI?

R: Esta es una pregunta compleja, porque habría que hacer un análisis profundo de las razones de la existencia de Europa como unión político-territorial. La debilidad mayor creo que sigue siendo la composición y los problemas que esta provoca para conseguir una verdadera unión política. A pesar de la cesión real  de soberanía de los estados miembros a la UE en determinados temas, como el económico, existen aún demasiadas disparidades entre los estados miembros a nivel político, lo que impide homogeneizar ciertas políticas públicas fundamentales, como lo relativo a la inmigración. A lo que podemos añadir la percepción de falta de legitimidad del Parlamento europeo para tomar ciertas decisiones. Pero la Unión Europea es un socio importante en el desarrollo económico y social de nuestro archipiélago. En cuanto a las fortalezas, es paradójicamente la unión su mejor baza, dado el contexto de globalización, una unión de países con políticas públicas comunes puede favorecer la construcción de una Europa fuerte, con un margen de maniobra importante en materia de acción exterior que puede beneficiar a sus miembros en materia económica, comercial, cultural, etc.

P: ¿Cuéntame algo más sobre tus investigaciones? ¿Has recibido alguna beca de la UE?

R: Comenzando por tu segunda pregunta, la respuesta es no. Es una investigación que por ahora financio personalmente, pero con la que espero crear un campo de estudio interesante y con el tiempo a lo mejor poder financiar el proyecto con fondos europeos a través de becas dispensadas a por la UE o la CA de Canarias. En cuanto a mis investigaciones, como he mencionado anteriormente, estoy centrada en el estudio de la ‘diplomacia territorial’ como estrategia para el desarrollo de las RUP y la integración en sus entornos geográficos directos. La ‘diplomacia territorial’, es un concepto relativamente nuevo, que innova en el campo de la diplomacia convencional, puesto que son entes no estatales los que planifican su estrategia internacional y diplomática. ¿Cuál es el interés de este estudio?, pues precisamente añadir un elemento nuevo, extremadamente útil, para que las RUP puedan aumentar su grado de autosuficiencia y crear relaciones internacionales y de cooperación estables con sus vecinos.

P: ¿Te gustaría acabar asesorando a alguna institución europea o prefieres ‘ir por libre’ o trabajar en la Universidad?

R: En el campo profesional, barajo todas las posibilidades, creo que todas ellas están relacionadas, y que es interesante poder poner en práctica las conclusiones de una investigación. La retroalimentación de la práctica con la teoría y viceversa, pero me gustaría sobre todo, poder profundizar en las distintas realidades de todas y cada una de las RUP y con el tiempo poder participar a la creación de un espacio de encuentro entre todas ellas más allá de las conferencias de integración regional organizadas por la UE.

P: ¿Cómo convencerías a un joven euroescéptico de que el futuro de todos está en una Europa unida?

R: Le diría que se documentara y sacara sus propias conclusiones. Porque creo que es tan respetable pensar una cosa como la otra, pero le pediría por supuesto que argumentara su respuesta. Aunque si me permites, yo iría más allá, y diría que el futuro de todos está en un mundo unido…

P: Vives en Martinica, que es otra RUP, ¿qué actuaciones concretas, visibles, se llevan a cabo allí que lleven el sello de la UE? ¿Cómo es la vida allí? ¿Muy diferente a Canarias?

R: Martinica es una realidad compleja de la que podría escribir otra tesis. Pero desde que llegué enseguida tuve un sentimiento de cercanía con la isla, no sabría explicarlo, la única razón que encontré es el hecho de ser canaria. El espíritu isleño está muy presente y eso me ha ayudado a adaptarme rápidamente y sentirme como en casa. Sin embargo, tenemos historias muy diferentes, pertenecemos a dos países que tampoco se parecen política y culturalmente, que a su vez forman parte de Europa…y fueron justamente todos estos sentimientos encontrados lo que dio como fruto mi interés en el tema de las RUP y la relación de éstas con Europa y con el mundo. La vida aquí se asemeja bastante a la vida en Canarias en términos de cotidianeidad, pero la forma de hacer las cosas y la mentalidad es diferente en muchos aspectos, consecuencia del pasado histórico y de su historia política. No quiero extenderme demasiado, porque tendría mucho que contar con respecto a la acción exterior de Martinica. Pero quiero destacar el trabajo del Presidente regional Serge Letchimy, al que admiro profundamente, y su hombre de batalla en la materia, el señor Jean-Yves Lacascade, Director delegado de asuntos europeos y cooperación para la región de la Martinica, sin el que no habría sido posible realizar este estudio, él es mi “maestro”.

 

Enrique Barón: “Decir que esta es la peor crisis de Europa es una falta de respeto”

Con la construcción europea y la Transición española cuestionadas, se podría esperar (incluso comprender) un gesto torcido de Enrique Barón (Madrid, 1944). No lo tiene. Este socialista lo fue casi todo cuando todo estaba por hacer, y ahora que lo hecho parece desmoronarse, utiliza su verbo pedagógico y su cultura política para justificar —con una sonrisa aniñada y envolvente— que la Historia tiene sus propia lógica.

Enrique Barón, en el despacho de su casa de Madrid. N. S.

Enrique Barón, en el despacho de su casa de Madrid. N. S.

La edad y el retiro otorgan un aspecto profesoral a quien fue, eminentemente, un hombre de acción. Una mutación engañosa, aunque quizá justa en un políglota con una formación académica inaudita en su generación. Barón, que en menos dos décadas pasó de la oposión franquista al Gobierno de Felipe González y de ahí a presidir el Parlamento Europeo, se ve a sí mismo como un “heterodoxo fiel”, un europeísta de lo concreto con un panteón donde conviven Primo Levi y el Acta Única, Jean Monnet y el Tratado de Roma.

Hace muy poco que Barón publicó sus memorias, tituladas —de la única manera posible— Más Europa, ¡unida! (RBA, 2013). Se trata de un libro minucioso en lo técnico y lo fáctico, sin las inoportunas concesiones a las confidencias chismosas ni a la nostalgia individual (tampoco a la peor nostalgia de todas: la generacional). Barón parece lo que es: un servidor razonable de la idea de Europa; ayer en Bruselas, hoy —ya fuera de foco— donde le reclamen.

Me recibió el viernes pasado en su casa de Madrid, en un pequeño despacho, en el cuidado desorden de quien no quiere que le toquen jamás sus cosas: ni libros ni maletines ni fetiches. Por doquier, los cuadros de su mujer, Sofía Gandarias, que son de una belleza imponente. Y, por encima de todo, su biblioteca: Jan Patocka, Zweig, Stendhal… Fisgando con la mirada, discretamente, me vino a la memoria la de aquel profesor socialista de Las invasiones Bárbaras, Rémy. Otros tiempos.

Pregunta: ¿Necesitan las nuevas generaciones definir su propio pasado respecto a Europa? ¿Urge encontrar un relato diferente del pasado que esté realmente vinculado a las vivencias y aspiraciones de los jóvenes y que otorgue una nueva legitimidad simbólica a un continente unido?

Respuesta: Cada generación necesita construir su propio relato, y también tener su propia comprensión de la historia. Como decía Goethe, cada generación debe merecer lo que ha heredado, la parte buena, pero también saber lo de la mala. Por ejemplo, las próximas elecciones europeas de 2014 se celebrarán en el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Hay que mirar hacia el futuro, pero hay que saber cómo fue el pasado y cómo lo hemos cambiado.

P: ¿Cuáles son las raíces históricas, si realmente se pueden llegar a aislar, de la actual desafección ciudadana hacia Europa? La quiebra del consenso europeísta… ¿tiene que ver más con la coyuntura económica desfavorable o bien con razones más profundas relacionadas con el agotamiento, incluso a nivel de las mentalidades colectivas, del pacto fundacional de la Unión Europea?

R: Europa es la casa en la que vivimos, pero está a medio construir. Es el primer proyecto de democracia supranacional en la historia. Hemos pasado de 12 socios a 28, y hay lista de espera. Hemos conseguido ciudadanía y moneda. Pero aún tenemos que rematar la unión económica y política. Por eso tiene sentido aún hablar de proyecto. En España, la incorporación Europa está muy ligada a nuestra Transición. Igual que en Alemania e Italia, que consolidaron sus democracias, en su momento, mediados se siglo pasado, alrededor de Europa. En estos momentos de duda y crisis hay reacciones pasivas y populistas antieuropeas, cierto. Pero hay que tener en cuenta un dato. El eurobarómetro de este año muestra que la confianza en la UE ha bajado, pero la confianza en nuestro Gobierno y nuestro parlamento ha bajado todavía más. Estamos en crisis con nosotros mismos.  En cualquier caso, la opinión mayoritaria sigue siendo que para salir de la situación en la que estamos hay que contar principalmente con Europa.

P: ¿Cuál es el problema con las élites europeas? ¿El estancamiento actual de Europa se debe de algún modo al fracaso manifiesto de dichas élites que históricamente han conducido y condicionado el proceso de integración?

R: Todos los llamados ‘padres fundadores’ tenían una característica común: habían compartido lo que se denomina la guerra civil europea (las dos guerras mundiales) y haberlas sufrido, incluso desde bandos enfrentados. El caso más paradigmático es el de Robert Schuman. Ministros de Asuntos exteriores de Francia en los años 50, pero antes soldado alemán en la Primera Guerra Mundial. Ellos, estos ‘padres fundadores’, trataron de enmendar la historia superando el marco del Estado nación y sobre todo el nacionalismo excluyente. ¿Los que están hoy en el Gobierno están a la altura de los que les precedieron? Yo no digo que aquellos fueran mejores o peores, pero sí se puede decir que estuvieron a la altura de las circunstancias. Hoy, en cambio, creo que la reacción ante la crisis no ha tenido en cuenta el espíritu europeo. En los últimos tiempos se ha hecho todo con cuarto de hora de retraso.

P: Usted, en sus memorias, cita a Tony Judt a propósito de la socialdemocracia. Judt fue un excelente historiador europeo, pero también un intelectual muy crítico con cómo Europa había construido su memoria del pasado, la brecha Este y Oeste y algunos puntos de la integración europea. En un ensayito de 1995, Judt hace un alegato a favor de la relegitimación del Estado nación al tiempo que alerta de que la Unión Europea no puede ya prometer de forma realista a sus miembros un futuro tan seguro y tan próspero como su pasado, que es una ilusión engañosa e insensata. ¿Está de acuerdo?

R: Judt era un militante socialdemócrata, es cierto. Yo, cuando hablo de los desafíos de Europa, siempre sitúo a Europa en el contexto mundial. Es algo que no se suele hacer. Parece que vivimos en una burbuja, y eso no debería ser así. Somos solo el 7% de la población mundial. Los europeos tenemos que saber que vivimos en un mundo diferente y más competitivo. Tenemos el 50% del gasto social y somos todavía la primera potencia comercial del mundo. Si queremos seguir diciendo a nuestros hijos que podrán disfrutar de este modelo, debemos darnos cuenta que el mundo es diferente. Hace unos meses, un grupo de dirigentes de la China comunista me dijeron: “¿ustedes los europeos tienen un estado del bienestar demasiado desarrollado?”. Nuestra respuesta a esa pregunta tendría que ser una exhortación a que copien nuestro modelo. Lo que planteaba Judt es cierto, nuestro desafío se sitúa fuera, en lo que hoy sería el contexto del G-20, eso hay que tenerlo presente. No podemos conformarnos con un punto de vista ombliguista y esperar a que otros nos arreglen los problemas. Los rasgos de civilización europea son estos, tenemos que ser conscientes de ellos y defenderlos.

P: En el campo de las relaciones internacionales, ¿cómo valora el giro asiático de EE UU –encarnado, entre otros, por el nuevo secretario de Defensa, Chuch Hagel– y cómo puede afectar a las relaciones con la vieja Europa? ¿Ha perdido Europa, precisamente en uno de sus momentos más críticos en 60 años, el apoyo de la administración estadounidense?

R: En primer lugar, en términos económicos y comerciales, incluso de visión del mundo y de seguridad y defensa, la relación bilateral entre EE UU y la UE sigue siendo la más importante. El eje transatlántico es crucial. ¿Qué los estados unidos han quitado presencia militar en Europa? Hombre, pues menos mal… Eso significa que Europa ha dejado de ser el mayor frente de posible guerra convencional y nuclear. Cuando cayó el Muro de Berlín, la mayor concentración de tropas estaba en suelo alemán. Hace un mes salió el último tranque americano de este país. Europa, es verdad, ha redescubierto Asia hace poco tiempo, y lo ha hecho más tarde que EE UU. Pero no creo que EE UU nos vuelva la espalda.

P: ¿Cómo califica usted los años de presidencia del Parlamento Europeo de Martin Schulz? ¿Le ve como un futuro líder de la cosa europea?

R: Yo he trabajado mucho con Martin Schulz, fue mi sucesor en la presidencia del grupo socialista. Tengo amistad y estima por él. Es un tipo que choca un poco con la imagen estereotipada que tenemos del alemán. Es muy vehemente y muy luchador. Está haciendo una buena presidencia del PE. Él ha dicho que le encantaría ir a por la presidencia de la Comisión. Yo solo puedo decir que, si hubiera estado en su situación, habría hecho lo mismo.

P: Yo estaba en la universidad cuando se discutía sobre la Constitución europea. Recuerdo que se organizó una semana de debates. Dos profesores, uno a favor y otro en contra, moderaron las discusiones. Fue el aula magna de la Facultad de Historia de la UCM, y no fuimos más de 10 alumnos durante los días que duró. ¿Qué fallaba en aquel texto? ¿Tarde o temprano habrá que elaborar y someter a referéndum algo parecido? ?Es necesaria la simplificación?

R: Sí, yo creo que hay que ir a un proceso de simplificación, por una razón evidente: hemos ido entrelazando un espíritu común a base de ir fraguando el cemento y poniendo encofrados. La Constitución europea eran dos cosas: principios, valores y objetivos, los tres primeros artículos, y la carta de derechos fundamentales. Todo eso eran noventa y tantos artículos. El resto de artículos, que se incorporaron en una noche, lo formaban los tratados vigentes, que es lo que deformó la Constitución hasta más de artículos. Esto dificultó mucho la comprensión del texto y fue el germen de su fracaso. Luego, además, está el tema de los referéndums. El ‘no’ francés fue muy desgraciado. Por dos motivos, por el resultado en sí y porque se produjo en Francia, un país con una relación compleja con Europa, mitad basada en el europeísmo y mitad repleta de chovinismo. A mí me tocó recuperar los restos de la Constitución en el Tratado de Lisboa. Estamos pagando todavía las consecuencias de aquel fracaso, porque se perdió un impulso unitario que podría habernos evitado muchos de los malentendidos posteriores. El problema  de la ruptura de la confianza entre nosotros es fundamental y viene de allí.

P: Es partidario del adelgazamiento político del funcionamiento de la UE. Que Europa adopte una estructura bicameral clara, con el PE como poder legislativo, el Consejo como segunda cámara y la Comisión como órgano ejecutivo. Hay ciudadanos, en España y otros países, que reclaman cambios en el sistema representativo (una de las reivindicaciones del 15-M es abogar por una democracia directa). ¿No va Europa hacia algo que una buena parte de sus ciudadanos ya dan por superado?

R: Bueno, ya veremos lo que hacen entonces cuando ellos, los que protestan, lleguen al poder. Movimientos como el 15-M muestran la vitalidad de la sociedad, y yo los saludo. Dicho esto, una democracia de 47 millones de personas, como es la española, se organiza solo se puede organizar como una democracia representativa. No se puede organizar como la democracia de la Atenas del siglo V Antes de Cristo ni como los Concejos abiertos del Reino de Castilla. Pero hay una cosa que es cierta, y es que el Tratado de Lisboa contiene un punto, que también estaba en la fracasada Constitución, que es muy vital. Se trata de una afirmación de la democracia participativa, que no es una democracia directa, pero es complementaria. La democracia participativa se adapta a una realidad más viva, pero eso no significa que la naturaleza humana haya cambiado. Ese es el camino, que la democracia representativa venga ayudada de la participativa. Lo otro, la democracia directa, está bien, pero se trata de algo un poco presuntuoso.

P: Usted fue un protagonista de la Transición y también de la construcción europea. Últimamente, la primera es denostada —hay una generación de españoles que por diversos motivos ha dejado de sacralizar en muchos aspectos aquellos años— y la segunda también es criticada por no haber sabido prever mecanismo de cohesión que evitaran la actual crisis. ¿Qué hay de ventajista en estas críticas? ¿Se pudo hacer mejor? ¿Qué factores históricos lo impidieron?

R: No digo que sean críticas ventajistas, pero sí a toro pasado. Se puede valorar cuales fueron los sacrificios, pero en la Transición no hubo pacto de silencio, de la Ley de Amnistía al debate constituyente: no hubo pacto de silencio. Es verdad que en la Historia uno trabaja con los mimbres que tiene a mano y unas relaciones de fuerza y unas posibilidades concretas. En Europa pasaba algo parecido. Éramos conscientes que dábamos el paso en términos exclusivamente monetarios, y algunos así lo advertimos. La unión monetaria, si no venía acompañada de una unión económica, era peligrosa. Cuando llegara una crisis asimétrica, como la actual, lo pasaríamos mal. Y así ha sido. Pero en las épocas de vacas gordas casi nadie se preocupa de ello. Los Estados y la Historia, además, tienen su propia lógica.

P: En sus memorias se define como un “heterodoxo leal”. Tal y como están conformados ahora los partidos, su nivel de burocratización, es posible que alguien con sus características ascienda hoy en política?

R: Si no hay un cierto grado de heterodoxia y capacidad de crítica, mal veo las cosas. Uno de nuestros problemas, en la sociedad de hoy, es cuestión de los partidos, que son en definitiva los pararrayos de la situación política y económica. El grado de anquilosamiento y de artrosis que se está produciendo en los partidos es muy grave. Hay que abrir las ventanas. Para empezar, con primarias. Y hay que evitar que esto sea una casta que se defiende a sí misma.

P: Hace poco, durante la presentación de la campaña informativa de cara a las Europeas de 2014, usted intervino en un acto en la sede del PE en Madrid. Allí dijo algo que pocos políticos, incluso pocos periodistas, dicen “esta no es la peor crisis que ha vivido Europa”.

R: Cierto. Cuando uno ve o recuerda lo que era Berlín en el año 1945 o Madrid en 1939, decir que esta de ahora es la crisis mayor que ha vivido Europa es desmesurado y una falta de respeto. No se puede decir que la actual que es la crisis más grave. Además, y después de todo, como dijo Jean Monnet, Europa se hará a través de crisis.