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La forja de un rusófilo: para entender a Rusia y a los rusos, hay que leer a Daniel Utrilla

Voy a hacer lo que nunca hago: escribir sobre un libro sin haberlo acabado de leer. La razón es doblemente caprichosa: el asunto del que trata está de forma permanente en la agenda europea… y además es que no sé si terminaré o no el libro (de tan bueno que es me da pena llegar a la última página, como quien prueba todas las mandarinas que quiere comerse y se deja la mejor para el final, aun con el peligro de que alguien se la zampe antes, o te robe el libro).

A Moscú sin kaláshnikov (Libros del K.0., 2014) es una maravilla de más de quinientas páginas escrita por un obseso de Rusia, del periodismo (“allá tú”), de Tólstoi, de los juegos de palabras y, last but not least, del Real Madrid. Todo en Daniel Utrilla –corresponsal durante más de una década– remite a dos vectores: su pasión desmedida por los goles blancos y su entusiasmo no menos enfermizo por la historia, el presente, el idioma, las ciudades rusas y sus habitantes.

Putin, en una rueda de prensa (EFE).

Putin, en una rueda de prensa (EFE).

“Me siento rejuvenecido porque de nuevo existe aquel clima en el que me desenvolví, esa atmósfera de Guerra Fría“. Habla Oleg Nechiporenko, un exagente del KGB. Corría el año 2006 y acaba de estallar el caso Litvinenko, que vino a ser algo así como el despertar eslavo tras el dócil acomodo al capitalismo salvaje importado a uña de caballo desde Occidente y los años graciosamente regados en vodka de Yeltsin.

Daniel Utrilla (del que me han hablado maravillas, no solo etílicas) llevaba ya por entonces un lustro en Moscú como corresponsal de El Mundo, moviéndose como pez en el agua (del lago Baikal: guiño, guiño) entre una galería de tipos frikis, a los que extraía el jugo de la Rusia real para mezclarlo con el de la Rusia imaginaria y componer así un cuadro constructivista de su oficina: “una habitación de 17 millones de kilómetros cuadrados”.

La Rusia que retrata Utrilla, la del cambio de siglo, el ascenso y caída de los oligarcas, la llegada de Putin, la crisis y luego el renacer patriótico, es una Rusia –como él dice– demediada, como el protagonista de una de las fábulas de Italo Calvino (otra de las cosas por las que Utrilla me cae simpático: sus lecturas son las mías, aunque mi porcentaje de autores rusos sea muchísimo menor, por razones obvias… y casi que de salud mental).

Un país permanentemente entre dos aguas, las de la descomposición del comunismo y las del ciclón del turbocapitalismo, con unos ciudadanos que miran con un ojo a Europa y con otro a Asia (él usa la instructiva comparación entre dos grandes de su literatura, Tólstoi y Turgénev): “La clase media es una utopía inalcanzable en un país de extremos, y los estratos sociales se superponen como piezas de Tetris colocadas al tuntún”.

A través de la mirada rusófila de Utrilla, el país de Putin se despliega como una matrioska comprensible para un europeo que nunca ha puesto un pie más allá de los Urales. Un país “grandullón que, de alguna manera, sigue conservando esa mirada pueril, soñadora e insolente de la niñez“. Una nación supersticiosa y gigantesca de ciudadanos “orgullosos y competitivos” y al mismo tiempo aún convaleciente de su pasado febril, traumático: el de la descomposición de un sistema y la asunción brusca de otro.

Para entender en su esencia última lo que ocurre hoy en Rusia, desde el escándalo de las Pussy Riot a la invasión de Crimea pasando por la soberbia putinesca hacia EE UU, hay que leer este libro, que es una crónica de crónicas, un fresco humorístico (Utrilla es un Camba casi ruso) y también una necrológica del viejo periodismo, aquel que, ay, “garantizaba la calidad del producto, la depuración del estilo, la consulta de expertos, el poso maduro de la observación”.

Utrilla está de broma casi todo el rato (y no es fácil mantener la tensión en un tocho así) salvo cuando habla de lo que es hoy el periodismo; entonces se pone melancólico y gélido, y dice verdades como puños sobre los “gurús de la crónica exprés” y los despachos de agencias (también, cuando menciona a las rusas de piernas imposibles, como él dice, le sobreviene cierta nostalgia indisimulable). Lo de las rusas no sé, lo del periodismo lo comparto.

Cuando le dije a Diego González (él y su estupendo blog ya han salido por aquí) que me había comprado A Moscú sin Kaláshnikov en la Feria del Libro me respondió con entusiasmo, que no se le apaga con la edad (no es que sea tan mayor, solo que le conozco hace ya mucho): “El de Daniel Utrilla es prodigioso. Narración político-periodística-autobiográfica de primer nivel. Y encima el tío es más merengue que Paco Gento”. No hay más que añadir. Seguir leyendo y disfrutar.

4 comentarios

  1. Dice ser Iskatel

    ¿Busco el título “A Rusia sin Kaláshnikov” y me aparece “A Moscú sin Kaláshnikov”, son diferentes libros del mismo autor o fue un error en el titulo al redactar el artículo?

    23 Junio 2014 | 14:25

  2. poesia

    Iskatel, no, es A Moscú si n kaláshnikov, solo un libro. Está bien citado la primera vez, pero en la segunda me colé y puse Rusia en vez de Moscú.

    Gracias por darte cuenta,

    saludos.

    23 Junio 2014 | 14:28

  3. Dice ser Jom

    Entender a Rusia es lo más fácil del mundo: su idea de nación es la de toda la vida, la que en Europa Occidental, especialmente en España, se ha perdido; su política exterior es la de toda la vida, la que en Europa Occidental dejó en el siglo XIX.

    El problema no es Rusia, es Occidente que vive en matrix y no se entera de nada.

    23 Junio 2014 | 16:31

  4. Rusia es Clásica, estoy de acuerdo con Jom, pienso que es más fácil pero son conservadores, algo que en España se ha perdido hace muchooooooo!!

    23 Junio 2014 | 23:26

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