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"... no me despiertes, si duermo, y si es verdad, no me duermas". (Pedro Calderón de la Barca, 'La vida es sueño')

Una (clásica) baza segura

4estrellasLa cortesía de España

A medio camino entre el truco y la manía, cuando encadeno una serie de funciones flojas o poco epatantes suelo bucear por la cartelera teatral en busca de alguna baza segura, de algún autor, director, actor, de alguna compañía o sala de los que funcionan siempre para que me quite el mal sabor de boca.

Una de esas bazas seguras es la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Con piezas en mayor o menor medida de mi agrado, con repartos más o menos atinados, pero siempre elegante, siempre encontrando ese difícil equilibrio entre el respeto a la obra y la innovación.

En esta ocasión he recurrido a su ‘cantera’, la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, que ha dejado la sede temporal (sin comentarios) de la CNTC para instalarse en las Naves del Español con La cortesía de España.

Definitivamente, el texto no se encuentra entre mis favoritos. No me termina de convencer la forma en que se combinan drama y comedia, encuentro precipitado el desenlace y considero que no es el Lope al que mejor le ha sentado el paso del tiempo (no descarto ir al infierno de los teatrófilos por haber escrito esto). Sin embargo, disfruté mucho, y fue gracias al sello de la compañía que ahora tiene al frente a Helena Pimenta.

El equilibrio del que les hablaba más arriba está aquí por partida triple. Primero, en la fina versión, de Laila Ripoll. Después, en la dirección de Josep Maria Mestres, impecable, ni una réplica fuera de lugar, magníficas las transiciones (con la ayuda de una buena composición musical, por cierto). Por último, en la contraposición entre vestuario y escenografía.

En esto me detengo. Se ha optado por un vestuario de época, acertado por lo general y con alguna preciosidad como la chaquetilla y falda con tul de Lucrecia, creo recordar que en la escena del acto segundo que transcurre por la noche en la venta. Con un solo pero: hay algo en la vestimenta de Don Juan (¿las espuelas?) que produce un sonido impertinente cada vez que se mueve, juraría que en la segunda mitad del primer acto y en la primera mitad del segundo; no creo que compense.

Y, como decía, el vestuario tiene su contraposición en la escenografía, con su propia área delimitada dentro del escenario, a la antigua usanza, pero que no ahorra en elementos modernos —proyecciones, líneas sobrias…—. ¡Ya hay que tener arte para atreverse con el anacronismo y que resulte a las mil maravillas! Resuelve los cambios de escena, da agilidad a la función, funciona en el aspecto plástico… ¿Se puede pedir más?

Last but not least, que diría un anglohablante, siempre es una gozada ‘descubrir’ talentos interpretativos como los de Natalia Huarte, que clava a Lucrecia; Francesco Carril, excelente cuando Don Juan se debate entre la moral y el deseo, pero también en el aspecto cómico; o Álvaro de Juan, que sabe sacar provecho del (casi siempre) agradecido papel del gracioso —ahora que reparo, ¿lo será por una cuestión léxica?—. Y otros en papeles secundarios pero no menos brillantes como Sole Solís e Ignacio Jiménez.

They all made my day…, que diría un anglohablante.

 

Autor: Lope de Vega.

Versión: Laila Ripoll.

Dirección: Josep Maria Mestres.

Reparto: Elsa González, Sole Solís, Manuel Moya, Jonás Alonso, Alba Enríquez, Natalia Huarte, Borja Luna, Guillermo de los Santos, Francesco Carril, Álvaro de Juan, Júlia Barceló, Laura Romero, Ignacio Jiménez, José Gómez.

Composición musical: Lluis Vidal.

Escenografía: Clara Notari.

Vestuario: María Araujo.

Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Sala: Naves del Español (sala 1), Madrid.

 

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