Archivo de marzo, 2011

Rectificar

30 marzo 2011

He decidido rectificar y eliminar el post publicado hace un par de horas, en el que me hacía eco del robo de una guitarra en un concierto de Badalona.

El único objetivo de la entrada era poner mi grano de arena para la recuperación del instrumento. Eso ya ha sucedido, por lo que mantenerlo publicado carece de sentido. No quiero contribuir al linchamiento público de una persona que ha cometido un error. Un error grave que, bajo mi punto de vista, merece el calificativo de “tonto del culo” empleado en el post anterior. Porque ir a ver un concieto y robar una guitarra es, además de un contrasentido, una actitud que merece todo mi desprecio. Pero poner en su lugar al susodicho es algo que ya no me corresponde.

Igualmente, aprovecho para volver a dejar clara mi defensa de la libertad de expresión frente a los que se rasgan las vestiduras cuando leen una palabra malsonante. Esto es un blog, señores. Un espacio que refleja única y exclusivamente la opinión del autor y en el que hay sitio para todo. También para llamar a las cosas por su nombre.

El porqué de coleccionar discos

23 marzo 2011

En uno de sus cómics de la muy recomendable colección American Splendor, Harvey Pekar retrataba la obsesión de un joven de los años 70 por el coleccionismo de discos de jazz. El protagonista alcanzaba cotas auténticamente enfermizas en su afán por poseer todas las grandes joyas del género, hasta el punto de arruinarse y tener que replantearse su vida.

Hace un par de días, mientras leía ese cómic, me dio por preguntarme por las razones que me han llevado a convertirme en coleccionista de discos. Afortunadamente no he llegado al extremo del personaje de Pekar, pero soy consciente de que, desde que tengo uso de razón y algo de dinero en el bolsillo, he gastado cantidades absurdas en música. Casos como el mío (y el de muchos que conozco) resultan aún más paradójicos si se tiene en cuenta la época en la que nos ha tocado vivir: en los 70, la posibilidad de escuchar un álbum en un momento concreto pasaba obligatoriamente por su posesión en formato físico. Hoy, basta un clic para disfrutar de -casi- cualquier canción. Así pues, el coleccionista de discos es hoy día un tipo extraño al que muchos miran raro y la mayoría no entienden. Casi una especie en extinción. Dicho esto, ¿por qué coleccionar discos? Ahí van diez de mis razones:

1 – Colecciono discos porque adoro el momento de elegir cuál de ellos poner, sacarlo de la funda y escucharlo. Así de simple. O de complejo.

2 – Colecciono discos porque cada uno de ellos es una fotografía de un instante de mi vida en forma de canciones. Soy incapaz de recordar qué ropa llevaba puesta ayer, pero tengo grabado a fuego el momento en que conocí a cada grupo de los que han puesto banda sonora a mi existencia. Del mismo modo, recuerdo de manera precisa el momento en que adquirí éste o aquel  disco, dónde estaba, con quién, qué hacía… La memoria es así de caprichosa.

3 – Colecciono discos porque sus portadas, contraportadas y libretos dicen cosas. Cosas menos importantes que las canciones, pero igualmente interesantes para aquel que disfruta desentrañando los secretos de un álbum. Algunas portadas son, de hecho, auténticas obras de arte.

4 – Colecciono discos porque creo firmemente que si un producto te enriquece culturalmente es de justicia corresponderle con una aportación económica. Es más, disfruto contribuyendo con mi dinero a los músicos, sellos discográficos, distribuidoras o tiendas que creo que merecen recibirlo.

5 – Colecciono discos porque el sonido de un vinilo reproducido en un equipo decente es incomparable al de un cd. Del mp3 (o al menos de la mayoría de los que circula por la Red) mejor ni hablamos.

6 – Colecciono discos porque disfruto del placer de bucear en el catálogo de una tienda, ya sea real o virtual, y encontrar aquel álbum que llevaba años buscando. Igualmente, pocas cosas se pueden comparar al placer de recibir en casa un pedido de discos que has encargado por Internet, actualmente la principal vía que tengo para adquirirlos.

7 – Colecciono discos, en este caso de vinilo, porque su durabilidad está más que comprobada. Tengo vinilos en casa de hace más de cincuenta años, y siguen sonando. Muchos cds de hace diez han dejado de hacerlo, a pesar de que en su día los vendieron como el formato definitivo. De nuevo, del mp3 no hablamos: en su día tenía unos 100 gigas de música en un disco duro. Un buen día desaparecieron cuando a éste le dio por no volver a funcionar.

8 – Colecciono discos porque, lejos de parecerme incompatible, lo veo como el complemento perfecto para mi otra gran manera de disfrutar de la música: Spotify. En casa, con calma y buen sonido, vinilos. Para todo lo demás, circulito verde.

9 – Colecciono discos porque me gustan estéticamente. No es una razón de peso, lo sé. Pero reconozco que me encanta levantar la mirada mientras estoy en el sofá y admirar mi propia colección. Qué bonita es, coño.

10 – Colecciono discos porque, en el fondo, me gusta acumular cosas, clasificarlas y ver cómo crecen en número. Algo muy idiota, pero también muy humano. Creo que siempre fui así: cuando era pequeño coleccionaba  Gi-Joes, luego latas de refrescos y después música. Y entre medias, muchas otras cosas. Así que es posible que haya algo de síndrome de Diógenes en todo esto.

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‘Angles’, el regreso de The Strokes

21 marzo 2011

La primera vez que escuché Is this it, en 2001, sentí una sensación que hacía tiempo que no tenía con ningún disco a la primera toma de contacto. En aquellas canciones no había nada especialmente novedoso, ni revolucionario, ni rompedor. Pero había una frescura inusual. Tenía estribillos con gancho, juegos de guitarras extremadamente sencillos, casi infantiles, pero indudablemente inspirados. Melodías que se adherían al cerebro. Y un punto de crudeza, muy contenido, que supuraba la inmediatez de algunos de mis discos preferidos de antaño. Cuando terminaron las once canciones que lo integraban, volví a darle al play.

Entonces vino la locura mediática. El NME, fiel a su afición de fabricar hypes a discreción, los bautizó como los “salvadores del rock”. Las bandas de estilos más o menos similares saltaron a la primera división del mainstream. Volvieron las Converse All Star, los pantalones pitillo y las pintas desaliñadas. El H&M comenzó a vender camisetas de los Ramones (hasta bolsos de Motorhead se llegaron a ver). Y se extendió, falsamente, la tesis de que las guitarras habían vuelto. El revival rock, lo llamaron. Y sí, los Strokes tuvieron buena parte de culpa.

Años después de aquello, el tiempo dio la razón a algunos y se la quitó a otros. El rock no volvió, pues nunca se había ido, y de entre la amalgama de bandas que surgieron a rebufo de los neoyorquinos sólo algunas lograron mantener el tipo a base de buenos discos. The Strokes, por su parte, corrían el riesgo de ser engullidos por su propio mito (lo que con sólo veintipocos no deja de ser ridículo) o, por contra, confirmar que efectivamente era una banda llamada a cambiar los destinos de la música. Se quedaron a mitad de camino entre una cosa y la otra: en 2003 publicaron un álbum más que decente, Room on Fire. Tres años después, en 2006, pretendieron llevar su propuesta un paso más allá con First Umpressions of Earth y el tiro les salió (un poco) por la culata.

Tras varios días circulando por Internet, mañana sale oficialmente a la venta Angles, el nuevo álbum de The Strokes. Llega precedido por cinco años de silencio (tiempo que sus miembros han aprovechado para dar rienda suelta a aventuras en solitario que no han pasado de lo anecdótico) y por un proceso de grabación que ha sido un auténtico vía crucis: comenzaron a grabar en Nueva York con Gus Oberg como ingeniero. No les gustó y lo tiraron todo a la basura. Se trasladaron al campo y volvieron a empezar en el estudio del guitarrista Albert Hammond Jr, con ellos mismos como productores. Al final, registraron las canciones por separado, producto de una relación entre los integrantes del grupo que ha ido de mal en peor.

El resultado es un disco irregular, tan anguloso como su propio nombre indica, que por momentos levanta el vuelo y otros deambula sin rumbo. Machu Picchu, introducción en clave de dub que podría haber firmado Blondie en sus años mozos, suena prometedora. Cortes como Under Cover Of Darkness, elegida como primer single, y Taken for a fool recuerdan a los mejores momentos de su carrera. Y ya. Cuando juegan a ampliar horizontes (Games,  You’re so righ) se quedan a mitad de camino, en una especie de quiero y no puedo descorazonador. Otras fases del disco, como Two Kinds of happiness, Metabolism o Gratisfaction, simplemente cumplen sin pena ni gloria. Y desde luego, no de la manera en que debían hacerlo tras tantos años en el dique seco.

Es una pena, porque Under Cover of Darkness prometía.

Random

18 marzo 2011

“Firme aquí». No recordaba haber encargado nada por Internet, y menos por mensajería urgente. Lo abrí. Un iPod Shuffle. Por lo visto, la compañía con la que aseguré el coche lo incluía en su promoción. El minúsculo cacharro está concebido (al menos, en su versión menos moderna) sin la posibilidad de organizar los archivos en carpetas. Es ideal para los amantes del random, esa opción que permite escuchar canciones de forma aleatoria. Porque ya nadie quiere tragarse un disco de cabo a rabo. Porque el concepto de LP está muerto desde el día en el que se acabaron las limitaciones propias del formato. Y porque lo que mola es pasar a la siguiente canción si una no te gusta o no te entra a la primera escucha.

Hoy me ha llegado otro paquete: un disco que llevaba años buscando. Al ponerlo he visto la caja del iPod. Sigue sin abrir.

Mi problema con la prolactina

16 marzo 2011

Siempre pensé que me gusta revolcarme en mi propia miseria de cuando en cuando, pero ahora resulta que mi pasión por las canciones tristes viene determinada por la adicción a una hormona que genera mi propio cuerpo, la prolactina. Curiosamente la misma que se encarga de generar la leche materna y e inhibir la potencia sexual. Afortunadamente esas no me afectan.

Esa es la principal conclusión a la que ha llegado David Huron, un profesor de Ohio con el suficiente tiempo libre y fondos como para investigar sobre cosas como ésta. Según explica en su libro The Science of Sad Music, los sujetos con una elevada capacidad de generar prolactina y una tendencia a la adicción por la misma empatizan mejor con ese tipo de canciones.

Para realizar su estudio, el profesor sometió a los participantes a la escucha de la canción más triste que tenía a mano: “Wicked Game” de Chris Isaak. En el lado de la música alegre, optó por clásicos del bluegrass. “Cuando vives una experiencia dolorosa, como la muerte de tu perro, recibes una inyección de prolactina que evita que la pena se te vaya de las manos”, ha explicado Huron a la revista San Francisco Classical Voice. “Al recibir la prolactina sin que exista un dolor psicológico real, te sientes bien”. Es decir, que según Huron disfrutamos de una canción triste porque nos proporciona una efímera sensación de tragedia inexistente, algo que paradójicamente nos resulta placentero.

Quizá habría que preguntarle a Huron por qué al escuchar determinadas canciones no obtenemos placer, sino todo lo contrario. Todos sabemos que una canción te puede hundir el día.

Canciones para empezar bien la semana: “Roscoe”, de Midlake

14 marzo 2011

Reincorporarse a la rutina cada lunes no es fácil. Por eso, a partir de hoy os propongo comenzar cada semana con una canción especial. No es día para reflexiones sesudas.

En el fondo, esta es la primera excusa que se me ha ocurrido para compartir con vosotros una canción que me tiene absolutamente obsesionado, a pesar de que ya han pasado más de cuatro años desde su publicación. Roscoe es el tema que abre The Trials of Van Occupanter, el segundo disco de la banda de Denton (Texas) Midlake. Simplemente delicioso.

Stonecutters made them from stones
Chosen specially for you and I
Who will live inside
The mountaineers gathered tender
Piled high
In which to take along.
Driving many miles, knowing they’d get here.

When they got here, all exhausted
On the roof leaks they got started
And now when the rain comes
We can be thankful

Ooh aah ooh
When the mountaineers
Saw that everything fit, they were
Glad and so they took off

Thought we were devoid
A change or two
Around this place
When they get back they’re all mixed up with no one to stay with

The village used to be all one really needs
That’s filled with hundreds and hundreds of
Chemicals that mostly surround you
You wish to flee but it’s not like you
So listen to me, listen to me

Oh, oh, oh and when the morning comes,
We will step outside
We will not find another man inside
We like the newness, the newness of all
That has grown in our garden soaking for so long

Whenever I was a child I wondered what if my name had changed into something more productive like Roscoe
Been born in 1891
Waiting with my Aunt Rosaline

Thought we were devoid
A change or two
Around this place
When they get back they’re all mixed up with no one to stay with

1891
They looked around the forest
They made their house from cedars
They made their house from stones

Oh, they’re a little like you, and
They’re a little like me
When they’re falling me

Thought we were devoid
A change or two
Around this place
(This place)
(This place)

When they get back they’re all mixed up with no one to stay with

Artistas

11 marzo 2011

Buena parte de una generación entera de músicos españoles vive anclada en el pasado. Son aquellos que vociferan amargamente cada vez que se ponen en duda sus privilegios. Tardan años en sacar cada disco. Algunos tocan poco y mal en directo, pero viven en barrios pijos gracias a las rentas que generan sus viejas canciones. Y tienen el poder que les confiere su nombre, lo que les otorga la posibilidad de usar los medios como altavoz para sus salidas de tono sobre temas en los que demuestran una supina ignorancia. Frente a ellos, centenares de bandas no pueden ganarse la vida con la música y alternan su jornada laboral con los ensayos. Montan sus propias giras. Duermen en el suelo. Pierden dinero. No se quejan. Y siguen en ello por amor a la música. Ellos son los verdaderos artistas.

Spotify se abre camino (a pesar de España)

09 marzo 2011

La noticia saltaba hoy a los medios de comunicación: Spotify, la plataforma gratuita de música en streaming que mejor ha sabido entender los tiempos que corren, alcanzó ayer el millón de suscriptores de pago, lo que supone casi un 15% de los usuarios totales. La firma sueca, presente en los países nórdicos, Francia, Holanda, Reino Unido y España, es ya el segundo generador de ingresos de la industria musical, sólo por detrás de iTunes. Desde hace tiempo se hablaba precisamente de que Spotify necesitaba entre un 15% y un 18% de usuarios de pago para ser rentable, por lo que todo apunta a que la plataforma que en su día decidió apostar por la tarifa plana para la música va por el buen camino.

Las buenas noticias para Spotify coniciden con su más que inminente desembarco en EE UU, donde ya ha alcanzado acuerdos con EMI, Universal y Sony. Sus dos principales escollos son Warner -que teme que la implantación de un servicio gratuito como Spotify afecte a sus ya de por sí maltrechas ventas-, y Apple, que con el 80% del negocio en sus manos trata de obstaculizar en la medida de lo posible la llegada a EE UU del mejor invento sueco desde Ikea.

Los buenos datos arrojan también luz sobre algo que era un secreto a voces: España está a la cola de entre los países en los que se puede acceder a Spotify. El número de usuarios de pago en nuestro país es el más bajo, a pesar de ser el segundo que más usuarios tiene (3,5 millones). Por si fuera poco, la inversión publicitaria también es la más escasa de todas.

A la vista de ello, algunos se preguntarán por qué Spotify apostó por España para poner en marcha su ambicioso proyecto. La razón no es otra que nuestra propia idiosincrasia: De entre los mencionados, España es el país en el que menos nos gusta pagar por las cosas.  Si se puede tener gratis, mejor. Dicha característica suponía un banco de pruebas inmejorable para la compañía: si Spotify funcionaba en España -aunque fuese a rebufo del resto-, podría hacerlo en cualquier parte.

Por una vez, tenemos que dar las gracias por ser tan cutres.

4 horas, 15 minutos

02 marzo 2011

El dato resulta llamativo: cada español pasa al día, de media, 4 horas y 15 minutos sentado frente al televisor. Ayer, un experto aseguraba en un programa de radio que la caja tonta tiene los días contados por culpa de -o gracias a- Internet. Hoy, a la vista del dato, todo parece indicar lo contrario: la tele goza de buena salud.

Cuatro horas son muchas horas, especialmente si las comparamos con el tiempo que dedicamos a otras actividades culturales. Hace tiempo me hice eco en este blog de una encuesta que reflejaba, entre otras cosas, que sólo tres de cada diez españoles había visitado un museo durante el último año, dos de cada diez habían acudido al teatro, la mitad fue al cine y casi seis de cada diez leyeron un libro. A su vez, el 84% de los españoles dicen escuchar música al menos una vez por semana.

Eché de menos algunos datos complementarios. ¿A qué se refería la encuesta con “escuchar música”? ¿Se considera como tal el hilo musical del ascensor de la oficina? ¿La música de los bares? ¿Los politonos de los móviles? ¿Carlos Baute?

Y es que el término cultura a veces puede resultar confuso. Nadie discute que los libros lo son y, sin embargo, la oferta editorial también cuenta con títulos que aportan al lector un bagaje cultural similar al que obtiene el espectador de La Noria. El cine también forma parte de eso que llamamos industria cultural, pero un elevado número de películas no llegan ni siquiera a cubrir las mínimas dosis de entretenimiento exigible (ya no hablemos de culturizar al espectador).

Quizá habría que empezar por debatir la posibilidad real de que coexistan dos maneras de entender la cultura: una que la concibe como una forma de ofrecer meros minutos diseñados para no pensar más de la cuenta y otra que, en ocasiones, requiere que el receptor ponga un poco de su parte.

Yo, por la mía, ya he cumplido por hoy y me voy a casa. Que nadie me moleste durante las siguientes 4 horas y 15 minutos.

(Ilustración de Eneko).