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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Cinco millones de minas antipersona en el Sáhara

Por más que uno intente ponerse en el lugar del otro, existen destinos tan maltratados por la vida que resulta un ejercicio fútil.

Sarik Mohamed resultó herido por una mina antipersona durante la guerra entre el Frente Polisario y Marruecos. Desde entonces, buena parte del cuerpo le resulta ajena a su voluntad.

Conversamos. Intento agacharme, situarme a su altura, para acortar las distancias físicas, porque las otras, de las experiencias vitales, de los destinos, parecen insalvables.

Sarik habla casi susurrando. “Llevo más de veinte años en una cama”, afirma y permanece en silencio. Por la ventana se cuela la luz resplandeciente del desierto y el susurro del viento sobre la arena.

Una cama en el desierto

En el hospital Heridos de Guerra Mártir Cherif hay 54 internos. La mayoría de ellos antiguos combatientes del Frente Polisario que no pueden valerse por sí mismos. Las condiciones sanitarias en las que viven son buenas en relación a los campamentos de refugiados. Tienen agua corriente, electricidad. Y cada uno cuenta con su propia habitación.

Una característica del centro médico que resulta ciertamente desazonadora: se encuentra literalmente en medio de la nada. Rabuni, la capital administrativa del exilio en la hamada argelina, apenas se vislumbra en el horizonte. Esto hace que a la reclusión de estos hombres en sus cuerpos maltrechos se sume el aislamiento físico del resto del mundo.

Minas marroquíes, víctimas saharauis

Desde el comienzo mismo de la guerra, los marroquíes empezaron a sembrar el terreno de minas antipersona para tratar de detener a las fuerzas del Frente Polisario. Según me explica Boybat Cheik Abdelhay, director de la organización Sahara Campaign to Ban Landmines, parte de estas armas les fueron vendidas al reino alauí por España.

El muro de Marruecos, frente al que más de 2.000 personas nos manifestamos hace menos de una semana, está antecedido por más de cinco millones de estas minas, que también se encuentran esparcidas del otro lado, en el territorio ilegalmente ocupado desde la Marcha Verde.

Esto convierte al Sáhara Occidental en una de las regiones más minadas del mundo. La lista la encabeza Camboya, con 10 millones de minas y un mutilado cada 236. Luego viene Angola, con 9 millones y un lisiado por cada 407 personas). Después siguen Bosnia-Herzegovina, Afganistán, El Salvador, Nicaragua, Colombia, Sudán, Mozambique, Somalia e Irak.

La única diferencia con la mayoría de estos países es que en el Sáhara nadie las está sacando del terreno porque sería una forma de desbaratar la estrategia marroquí para mantener a los saharauis alejados de su tierra ancestral.

Convención de Ottawa

Al no haber firmado la Convención de Ottawa, Marruecos no tiene obligación de dejar de emplearlas. Pero la República Árabe Saharaui sí se ha sumado al tratado. Y ha ido destruyendo progresivamente su arsenal.

Hasta hoy el Tratado ha sido ratificado por 144 estados. Se dice quienes la suscribieron ya han destruido 37 millones de minas. Esta campaña internacional obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1997.

Entre los países que no lo firmaron se encuentran además de Marruecos, Estados Unidos, China, Rusia, Israel, Pakistán, Sudáfrica, Corea del Norte y del Sur, Nepal, India, Singapur y Vietnam, que son algunos de sus principales productores. Entre todos tienen almacenadas 185 millones de minas.

En el terreno se estima que permanecen 110 millones de minas esparcidas en 64 países, la mayoría de ellos africanos. Al año más de 26.000 personas mueren o sufren mutilaciones como consecuencia de este armamento que no distingue entre civiles y combatientes.

Pueden permanecer activas durante más de 50 años después del fin de un conflicto. Colocar una mina puede costar 1,8 euros, pero desactivarla puede llegar a mucho más: hasta 718 euros.

La decidida y mala voluntad de Marruecos hace que, esporádicamente, alguna persona se lleva por delante uno de estos artefactos explosivos, y se suma así a un destino mermado, condicionado hasta el final de sus días, como el de Sarik Mohamed.

La “Columna de los mil” desafía al muro de Marruecos

Esta mañana, miles de manos se unieron frente al muro de más de 2.700 kilómetros de largo que Marruecos construyó para aislar a los saharauis de su hogar ancestral.

Miles de manos de españoles – acompañadas de manos de italianos, argelinos y saharauis – que intentaron simbolizar con su presencia que no están de acuerdo con las políticas que aplica su gobierno, que no se resignan a aceptar que prevalezcan los supuestos intereses geoestratégicos frente a la justicia internacional y los valores morales.

Al alba

Aunque la mayoría lleva casi una semana en la hamada argelina, compartiendo la vida cotidiana de los saharauis olvidados en el exilio, lo cierto es que el verdadero viaje comenzó hoy, sábado 22, a las cinco de la mañana, cuando los altavoces del campamento de refugiados de Smara comenzaron a resonar anunciando que ya había llegado la hora, que los participantes debían congregarse en la oficina de protocolo para emprender la travesía hacia el muro.

A pesar del frío, el buen humor se hacía evidente en las bromas, en las banderas y pancartas – “Derribemos el muro de la vergüenza”, “Mohamed, capullo, el Sáhara no es tuyo” – que se desplegaban sobre la parte trasera de los camiones y los vehículos cuatro por cuatro, en las viandas que se mostraban para ver qué se había preparado cada uno como alimento para hacer frente al día.

Cuando ya había amanecido, otros grupos de camionetas y camiones provenientes de distintos puntos de la geografía argelina y saharaui, que también levantaban a su paso por el desierto una vasta nube de polvo, se unieron a la columna principal.

El encuentro

El momento de encuentro frente al muro resultó sumamente emotivo. Los saharauis más jóvenes avanzaron desafiantes hacia el cuartel mayor desde el que los marroquíes vigilan ese sector de la valla de seguridad conocido como “El recodo” y situado en territorio liberado.

Como el muro es antecedido por más de cinco millones de minas, rápidamente los organizadores los unieron a la columna principal, la llamada “Columna de los mil”, que superó con creces la cantidad de gente esperada y que se extendió a lo largo de más de un kilómetro, mano con mano, para exigir la caída del muro, para pedir que se respeten las resoluciones de la ONU así el pueblo saharaui puede decidir sobre su futuro.

Del lado del cuartel marroquí, los soldados observaban con curiosidad, parapetados tras una montaña de tierra. A un costado estaban los observadores de la MINURSO.Y entre medias no sólo las minas sino fragmentos de obuses y piezas de mortero sin detonar de la guerra que terminó en 1991.

Todo un ejemplo

Volveré sobre las experiencias de estos días cuando regrese a Madrid y pueda gozar ya de corriente eléctrica y conexión a Internet.

Rescato ahora la actitud de todos los participantes que han dado ejemplo de ciudadanía responsable y comprometida. La de los saharauis, que nos han acogido con enorme generosidad como es su costumbre.

Y la del grupo de jóvenes, que se organizan bajo el nombre de Voluntad y Determinación, y que son los que han dado vida a la “Columna de los Mil”. La mayoría no tiene más de 22 años. Estudian periodismo en la Universidad Complutense.

No sólo la idea que han tenido y que en tan poco tiempo han articulado – reuniendo en medio de la nada a más de dos mil personas -, sino la seriedad con que la han llevado adelante esta iniciativa, me hacen sentir esperanzas, me hace ver a parte de la juventud bajo otra luz, con una responsabilidad frente los problemas del mundo que demuestra que no todo está perdido.

Sin tiempo en el Sáhara

Mientras que buena parte del mundo da la impresión de encontrarse en un constante y frenético proceso de transformación, la vida en los campamentos saharauis de Tindúf parece no moverse en dirección alguna.

Cada uno de los viajes que he realizado a la zona parece pertenecer a un mismo y largo periplo, ausente de interrupciones, como si el tiempo no hubiese avanzado desde mi visita anterior.

Una vez más me dispongo a disfrutar de la calidez y la generosidad de los saharauis, que tampoco desaparece, que permanece inamovible en cada uno de mis desembarcos en el desierto.

Y también de esos regalos añadidos que ofrece la vida en el desierto: la ausencia de prisas, el silencio, la existencia frugal, carente de distracciones o artificios. Lavarse los dientes sobre la arena, en la puerta de la jaima. Dormir al raso, bajo un cielo pletórico de luces.

El tiempo parece no sucederse en el Sáhara. Los refugiados esperan que el mundo los escuche, que los saque de esa suerte de paréntesis, de margen de la realidad, en los que los ha situado.

El pasado lunes llegué al Sáhara. Recién hoy, tras viajar durante una hora por el desierto, pude dar con un lugar en el que Internet funciona, ya que en el campamento Smara no hay conexión por el momento.

En el viaje del lunes me acompañaban cientos de personas de España, que el sábado 22 se sumarán a otros cientos que arribarán de Italia, de Argelia, para formar la Columna de los Mil, para protestar contra el muro de Marruecos, para unir sus manos y exigir que caiga, para pedir que de una vez por todas las cosas cambien aquí.

Parto hacia el muro de Marruecos en el Sáhara

La maleta casi se hace sola. Después de tantos años de periplos, la ropa encuentra lugar en su interior con facilidad, y parece hasta sentirse más cómoda que dentro de los armarios.

Lo mismo sucede con los equipos de filmación y fotografía, que dan la impresión de saber que ha llegado la hora de salir a dar un paseo por el mundo y con absoluta docilidad se dejan acomodar en los distintos bolsos. Como si la perspectiva de volver al trabajo, recuperados del fatigoso recorrido por Kenia, los entusiasmase.

El estrés de los días previos a un viaje pasa más por todo lo que hay que prever y dejar preparado para las semanas de ausencia. Las cuentas que vendrán, el trabajo que se debe dejar adelantado, la nevera vacía, las bolsas de basura en la calle, la casa limpia y cerrada a cal y canto. El precario equilibrio entre las vida nómada y la sedentaria.

En apenas dos horas partiré hacia Barajas, desde donde un avión me llevará hacia Tinduf, en Argelia. Ya en otras ocasiones he desembarcado en los campamentos de los refugiados saharuis que llevan más de tres décadas malviviendo en medio de la hamada argelina.

Aunque es la primera ocasión en la que me dirigiré hacia el “muro” que Marruecos ha construido en medio del desierto para mantenerlos apartados de su territorio ancestral. Un tema, el de las barreras que dividen nuestro planeta, al que hemos dedicado algunos espacios de reflexión en este blog.

Si bien se lo llama “muro”, no lo es propiamente. Se trata en realidad de una verja en la que se suceden las torres de control y que está antecedida por campos minados.

Su extensión supera sesenta veces a la del Muro de Berlín, aunque como dice Eduardo Galeano, no pueda establecerse comparación alguna en el grado de conocimiento que el mundo tiene de esta realidad.

Las sensaciones son encontradas, como antes de cada viaje. Por un parte, la promesa de nuevas experiencias, el reencuentro con la generosidad de los saharauis y con los buenos amigos que he dejado allí a lo largo del tiempo.

Por otra, la pesadumbre de saber que volveré a ser testigo de una situación injusta como pocas: el drama de un pueblo olvidado por España y el resto del mundo en las fauces del desierto.

Una lección de Mahmud, el joven Cartier-Bresson del Sáhara

Ésta es la primera fotografía que Mahmud tomó con mi cámara en una de tantas morosas tardes en la jaima de su familia. Y la verdad es que cuando me la mostró me dejó totalmente impresionado.

En primer lugar por la insólita composición, que prestando luego atención a la forma en que capataba las instantáneas comprendí que responde a la altura desde la que ve el mundo, el punto de vista de un niño, y a que la cámara le pesa tanto que por momentos se escapa de su control.

El segundo rasgo que me llamó la atención, que me llevó a decir una y otra vez “joder Mahmud, ¡qué gran foto!”, mientras toda la jaima se acercaba a observar emocionada, entre sonrisas, el visor de la cámara, es la expresión de sutil nostalgia que supo captar en Fatimetu, su abuela, de 62 años de edad.

Más allá de la generosidad, el afecto y la humildad con que me han tratado las tres generaciones de mujeres en cuyo hogar tuve la suerte de ser bienvenido durante mi estadía en el Sáhara, lo cierto es que cada una de ellas, como todos los habitantes de la hamada argelina, carga con una historia desgarradora de sacrificio, pérdida y renuncia.

Fatimetu huyó de Djala, su aldea natal, en medio de la guerra dejando atrás a seres queridos que no ha vuelto a ver en treinta años, abandonado su casa y sus pertenencias. Hambrienta, desesperada, avanzó por el desierto en medio de las bombas, del fuego cruzado, entre los cadáveres de los muertos, hasta recalar en este campamento que si hoy es mísero y estéril, hace tres décadas resultaba desolador.

Otro ejemplo: Aichetu, su nieta, la prima de Mahmud, que tiene 18 años y que, por el castellano con acento andaluz que aprendió en un verano en España, me ha servido de interlocutora con el resto de la familia. Desde que se convirtió en una adolescente, dada la escasez de oportunidades en el campo de refugiados, se vio obligada a vivir en Argel, donde aprendió francés para seguir adelante con los estudios. Entusiasta, siempre sonriente, preocupada hasta el paroxismo porque me sintiera a gusto en la jaima, se está preparando para entrar a la facultad de medicina.

Y tantas otras historias de familiares muertos en la guerra, desparecidos, separados irremediablemente por la estupidez y mezquindad de los políticos. Tantos esfuerzos y sacrificios por parte de este pueblo paria y exiliado por llevar una vida lo más normal y digna posible a pesar de malvivir en la aridez más absoluta.

A partir de esa foto iniciática, Mahmud siguió deslumbrándome con su innato talento para hacer retratos. Más composiciones inesperadas, más momentos cargados de sensibilidad. Quién iba a decir que un niño saharaui que nunca había cogido una cámara en su vida iba a terminar dándome lecciones a mí, que llevo 13 años sacando fotos por el mundo. Pero lo cierto es que me ha brindado una mirada nueva, rejuvenecida, libre de los tics en los que caemos al hacer siempre el mismo trabajo. Así que, si en los próximos viajes encontráis imágenes renovadas, sorprendentes, ya sabéis quién es el culpable.

Y extendiendo el razonamiento, ampliando su campo de inclusión: quién iba a decir que este pueblo olvidado en medio de la nada sería capaz de regalarme lecciones tan valiosas. Esas lecciones que he tratado de recuperar en las últimas entradas del blog.

No se trata de idealizar a los saharauis, de imbuirlos de una bondad roussoniana, de negar que seguramente en un ámbito de convivencia tan limitado carecen de envidias, celos o peleas. Pero sí es verdad que se trata de un pueblo extremadamente generoso, que no muestra señal alguna de resentimiento a pesar de su situación y que tiene mucho que enseñarnos a los que venimos desde el mundo rico.

Cuando estoy en la ruta me suelo preguntar con bastante frecuencia por qué los occidentales somos tan proclives a la soberbia. Sinceramente creo que debemos aprender a escuchar, a mirar con otros ojos hacia el Sur. Después de todo, tenemos en nuestras manos la llave de muchos cambios. Pero también por nosotros mismos, por todo lo que hemos dejado atrás en pos de este desarrollo material en el que estamos imbuidos.

Afortunadamente, hay millones de niños de ojos pletóricos de luz, como los de Mahmud, gran amigo y compañero en estos días en el Sáhara, que nos pueden enseñar a ver el mundo de otra forma.

Mahmud y los albores de un día en el desierto (despedida del Sáhara)

El runrún de la familia que entra y sale de la jaima, que prepara sigilosamente todo para el desayuno. Las voces de los vecinos que el viento arremolina, congrega y esparce por el desierto. Los haces que de luz se cuelan por la ventana, que reverberan en las paredes de lona de la tienda… Lentamente abandono el universo de los sueños para volver a la realidad. Otro día que comienza en esta llanura yerma y estéril como pocas en el planeta, a la que el escritor uruguayo Eduardo Galeano, con quien coincidí en estas tierras el año pasado, bautizó como “El desierto del desierto”.

Sutilmente escindido de la vigilia, abro los ojos y descubro al pequeño Mahmud en un extremo del colchón. En silencio, con una incipiente sonrisa, me observa. Parece feliz de descubrir que al fin me he despertado. En esta familia dominada por las mujeres, ya que los hombres han tenido que partir en busca de trabajo, me he convertido para Mahmud en una suerte de referente, en un ídolo cuyos movimientos sigue e imita. Es un niño entrañable, que muestra entusiasmo por todo lo que le enseño, que parece provisto de una capacidad de fascinación sin límites.

Cojo un poco de agua de una jarra de plástico que hay en una esquina y me lavo la cara utilizando sólo la mano derecha, como me acostumbré a hacer durante los tres años que viví en la India. La jarra de plástico tiene debajo una plataforma que hace que cada gota que se derrama sea recuperada. En un lugar como éste el agua se transforma indiscutiblemente en el bien más preciado. El líquido sobrante es empleado luego para dar de beber a los animales y regar las plantas.

Al ver que ya me voy metiendo en las entrañas de este nuevo día, Mahmud avanza hacia otras de las esquinas de la jaima, donde tienen la sección de vetustos artículos electrónicos, y enciende una de las radios. Una música árabe, de voces rasgadas, tan parecidas a las del flamenco, aunque con un fondo armónico más limitado y repetitivo, resuena contra las paredes de la tienda.

Un día le puse a Mahmud los cascos del Ipod para ver cómo reaccionaba. A todo volumen, la pista número seis del disco Because Of The Time de los Kings of Leon (un álbum que os recomiendo fervorosamente, pues a mi modesto entender marca un punto de inflexión en la historia del rock). Al principio hizo una mueca de desagrado, como si le hubiesen dado de beber limón o leche amarga, como si se preguntase de dónde demonios había salido todo ese ruido, pero luego se fue acostumbrando al sonido de las guitarras distorcionadas, la bateria cadenciosa y el bajo hipnótico.

Tanto es así que empezó a sonreír y a marcar el ritmo con las manos contra la alfombra de la jaima. Tanto es así que el Ipod pasó a ser otra de mis posesiones que hizo propias y que cogía a todas horas, pasando de canción en canción sin que yo le hubiese explicado cómo funcionaba, con un ingenio que no dejaba de resultarme maravilloso. Lo mismo que sucedía con los libros que había llevado para leer en el desierto y que Mahmud, a pesar de no entender castellano, ojeaba concienzudamente a lo largo de esas tardes morosas, en que el calor nos obliga a permanecer recluidos en la jaima.

Fuera de la tienda el sol que cae a plomo, deslumbrante, inmisericorde, a pesar de que aún es temprano. La placa solar situada junto a al puerta capta la energía que luego permite que funcionen al menos durante unas horas la radio y la televisión.

Me lavo los dientes en silencio, absorto ante el magnífico paisaje. Muchas veces la vida encuentra sutiles equilibrios que creo que es importante reconocer. La situación de los saharauis en el desierto resulta sin dudas tediosa, exasperante, sobre todo por la falta de perspectivas, pero esto no quita que haya aspectos de su existencia cotidiana que, para quienes venimos de fuera, sean profundamente inspiradores.

Observo la vida que comienza en el campamento de refugiados de Dajla. Una mujer que ha ido a buscar agua. Unos niños que juegan en la arena. Gozan de un tiempo generoso que ya casi no tenemos en Occidente, cuentan con lugares de encuentro que nosotros hemos perdido en pos de esta carrera material que en tantas ocasiones no nos conduce más que a la soledad y la frustración.

Ahora es Mahmud el que me muestra los elementos que pueblan su universo personal. Un viejo neumático que hace rodar por la arena y que utiliza para jugar con sus amigos. Me lo pasa. Y yo, con el cepillo de dientes en la boca, lo empujo como si fuera también un niño.

Observo la realidad de los otros vecinos, que han cubierto su coche con una gran lona hecha de viejas mantas. También han empleado piezas de automóvil y tambores de petróleo para delimitar los confines de su jaima en este desierto en el que, a diferencia de Europa, cada objeto parece contar con ilimitadas posibilidades de resurrección.

Finalmente regresa Mahmud. Me dice que el desayuno está listo. En la distancia puedo oler el pan tostado, la mantequilla. Imagino el agrio perfume de la leche de camella que aquí todos saborean cada mañana.

Avanzo hacia la jaima. Me saco las sandalias, que sumo al atasco de calzados que se forma en la entrada, y me uno a la primera comida del día con esta familia que de forma tan generosa, sin esperar nada a cambio, me ha hecho parte de su realidad.

Continúa…

Mujeres saharauis, lucha y ejemplo

“La sociedad saharaui es matriarcal. Aquí somos las mujeres las que organizamos la vida, las que mantenemos unida a la comunidad”, me dice Maima Mahamud, Secretaria de Estado de Asuntos Sociales y Promoción de la Mujer del Frente Polisario. “Algún día, cuando nuestro país alcance la libertad, las mujeres saharauis podremos ser un ejemplo no sólo para las otras naciones árabes sino para todo el mundo”.

Maima Mahamud era apenas una niña cuando huyó de Dajla junto a su familia en 1975 para ponerse a salvo de la ofensiva marroquí articulada por Hassan II sobre el Sáhara Occidental. A diferencia de buena parte de sus vecinos, partió hacia el sur y recaló en la ciudad mauritana de Zuerat.

En 1978 su madre resultó herida en un ataque y su padre entró en prisión. Una vez más, empujados por el miedo y la desesperación, Maima y sus parientes se vieron obligados a cogerlo todo y salir en busca de refugio. Tras un interminable periplo arribaron al campamento de refugiados de Dajla, en la hamada argelina, como ya lo habían hecho miles de saharauis. “Fueron tiempos muy duros, los niños se morían de hambre, nos encontrábamos en la indigencia más absoluta”, me dice.

Cuando tenía nueve años, en 1982, Maima fue elegida junto a otras 99 niñas para viajar a Cuba. “Estuvimos 24 horas en el aeropuerto de Barajas. Las autoridades españolas nos trataron mal porque no teníamos pasaportes, viajábamos con salvoconductos. No nos dieron de comer”, señala.

Permaneció en la isla caribeña el resto de su infancia y toda la adolescencia, estudiando, preparándose para el futuro, con la idea insoslayable, a pesar de su corta de edad, de que volvería al Sáhara para luchar por la independencia de su pueblo. En poco más de un lustro Maima había experimentado tres veces el trauma del desarraigo: primero rumbo a Mauritania, luego hacia a Argelia y finalmente en Cuba, donde tuvo la posibilidad de regresar para ver a sus padres y hermanos sólo en una ocasión. Una niñez solitaria, marcada por la pérdida de todo asidero. Una vida condicionada por la ocupación marroquí, por el comportamiento inmoral e hipócrita de la comunidad internacional, por esos manejos y estrategias del poder que sin remordimientos se llevan por delante a la gente más postergada y vulnerable.

Desde que se reencontró finalmente con los suyos, en las sórdidas arenas del exilio, Maima comenzó a experimentar una honda preocupación por la situación de la mujer, ya que el 80% de las refugiadas carecía de posibilidades de continuar con los estudios una vez superado el nivel de formación elemental.

Fue por esta razón que creó en 1999 la Escuela de Mujeres de Dajla. Un proyecto piloto que sería replicado en los demás campamentos sahauis. El aspecto exterior del edificio que da vida a la escuela, de paredes descascaradas, erosionadas por el constante azote del siroco, contrasta con la actividad febril que se descubre en su interior, donde más de cien mujeres, de entre 18 y 55 años de edad, reciben formación en talleres de costura, informática, cocina y producción audiovisual.

Lo aprendido por estas mujeres se perpetúa muchas veces a través de pequeños emprendimientos que ponen en marcha con la ayuda de microcréditos, como la única pizzería del campamento de refugiados, a la que me dirijo algunas noches para encontrarme con amigos y que es todo un éxito entre quienes venimos del extranjero al Sáhara.

Quizás sea debido a los innumerables momentos difíciles que ha tenido que superar a lo largo de su vida, pero lo cierto es que Maima, aunque se muestra como una mujer sumamente amable, cálida y sonriente, habla de forma terminante, sin mostrar fisuras en sus ideas y sin hacer compromisos políticos. A sus 33 años parece poco dispuesta a las concesiones innecesarias.

“Tenéis que recordar que nosotros también éramos españoles y que, mientras vosotros habéis progresado en estos treinta años, nosotros nos hemos quedados estancados en la miseria y el olvido”, afirma Maima. “Somos un pueblo noble y bonito que no se merece lo que le pasa”.

Con respecto a la mujer, el eje de su lucha, Maima sostiene que en el Sáhara se ejercita una versión del islam que debería ser tomada como paradigma. “Aquí no hay violencia contra nosotras, al contrario: vivimos en un clima de tolerancia y libertad”.

En el marco del Festival de Cine del Sáhara, que ha tenido lugar a lo largo de la última semana, tuve la oportunidad de ver actuar a otra extraordinaria dama del desierto, la cantante Mariam Hassán, acerca de la cual os escribirá quien realmente sabe sobre estas cuestiones, José Ángel Esteban, compañero de lujo en esta inmersión en el complejo universo del exilio saharaui, tan latente de maravillosas lecciones por aprender, de inspiradores ejemplos de vida, como desgarrador y frustrante…

Los pulmones del desierto

Retomo la narración donde la ha dejado mi buen amigo José Ángel Esteban, en esta suerte de historia a cuatro manos que estamos entretejiendo desde el Sáhara. Los ecos de la antigua Villa Cisneros, el anochecer en el desierto y las pequeñas manos de Lala en la penumbra.

Supongo que ha sido la sucesión de viajes la que ha que mi cuerpo se descompense y que me cueste tanto dormir a pesar del cansancio. Sin embargo, debo confesar que ayer a la noche me lo tomé con calma, y hasta como un regalo, ya que mientras la familia dormía en la jaima silenciosamente cogí una manta, salí y me tiré sobre la arena a observar las estrellas, fascinado, una vez más, carente de palabras, ante la profusión y diversidad de luces que poblaban el firmamento.

Una ducha rápida – un cubo lleno de agua y una jarra – en la breve habitación de adobe que sirve como baño a la familia con la que vivo. Un desayuno basado en pan casero, de gusto ligeramente ácido, un poco de mantequilla, café con leche de cabra. Y después, aprovechando que es temprano y que el calor aún no aprieta, una larga y reconfortante caminata hacia la casa del doctor Brahim Maatala, que ayer se ofreció a hablarme de la situación sanitaria en el Sáhara.

Como muchos otros saharauis, Brahim estudió en Cuba. Llegó allí cuando tenía 15 años de edad y se quedó durante más de una década hasta graduarse de médico. A lo largo de ese tiempo no vio a su familia.

Regresó al Sáhara en el año 2005. Es uno de los cuatro médicos que hay en el campamento de Dajla (que cuenta con 28 mil habitantes). El hospital presenta un aspecto cuidado. Y, como hoy es viernes, no se percibe demasiado ajetreo. Ibrahim pasa consulta cuatro días por semana. Ve a unas cincuenta personas por jornada.

“Las principales enfermedades son diabetes, hipertensión arterial, alergia ocular, bronquitis asmática, gastroenteritis y anemia”, me dice en su castellano de entonación árabe-caribeña. “Males relacionados con la dureza del lugar en el que vivimos”.

Según me explica: el polvo que impera en el desierto, que todo lo cubre y complica y transforma, es el que afecta a los pulmones. El polvo y el sol son los que dañan la vista de gran parte de los saharauis. La alta presencia de metales en el agua es la que produce hipertensión. La poca calidad de esta última, que se saca de pozos y que se almacena en lugares a la intemperie, favorece la difusión de parásitos. También la magra dieta de este pueblo empujado al exilio, que vive en base a harina, verduras y carne de camello o cabra, se encuentra directamente relacionada con la anemia que prevalece en esta parte del mundo.

Avanzo al terreno personal y le pregunto a Ibrahim por el regreso al Sáhara después de Cuba: ¿le costó el cambio? ¿Le fue difícil pasar del mar, la libertad sexual y la multitud de oportunidades, al desierto, la férrea moral del islam y la ausencia absoluta de perspectivas profesionales?

Siempre supe que iba a volver. Aquí está mi familia. ¿Qué hay mejor que la familia? Este es mi país. Debo mucho a esta gente, que es mi gente, por eso regresé apenas terminé la carrera. Claro que me enamoré en Cuba y que la vida era muy distinta, pero tenía que venir aquí para luchar por lo que es mío y de todos los saharauis”.

Una enfermera nos interrumpe. Acaba de llegar un paciente con una aguda crisis respiratoria. Abre la boca, le cuesta respirar. Ibrahim lo revisa y ordena el ingreso. Otra muestra de la dura vida en el desierto, no sólo como consecuencia del tedio, de la falta de perspectivas de progreso, sino por su efecto en el físico, en la salud.

José Ángel Esteban, que llega más tarde al hospital escuchará otra versión, descubrirá otra forma de entender el impacto sobre la salud de este lugar en el que la tierra es aún más vasta que el cielo…

Desembarco en el Sáhara

Una noche de vuelo interminable. Primero la ciudad argelina de Orán, después Tindúf. En esta última nos acoge un aeropuerto silencioso, ausente de viajeros, en el que un par de soldados somnolientos nos sellan los pasaportes.

Y luego, tres horas en camioneta en dirección al sur, hacia las fauces del desierto del Sáhara, dando botes sobre la piedra y la arena, inmersos en el polvo, mientras el sol despunta magnánimo en el horizonte.

Regularmente paramos para estirar las piernas y fumar. La visión del cielo plagado de estrellas resulta sobrecogedora y nos hace reflexionar, al tiempo en que apuramos nuestros cigarrillos, sobre la extraordinaria belleza de la que nos privamos al vivir en ciudades.

Llegamos al campamento de Dajla, el primero de los creados por los refugiados saharauis. Son las ocho de la mañana. Estoy extenuado. Desayuno junto a la familia de la haima en que me alojo y me sumerjo en un profundo sueño. El calor y las moscas me sacan por instantes a una confusa y polvorienta vigilia.

Al cansancio del viaje desde Sudamérica se suma la fatiga de esta nueva travesía. Duermo hasta la tarde sobre unas mantas. Tengo sueños confusos, extraños. Me despiertan las voces de unos niños que juegan próximos a la haima. Esos niños que tienen como campo de esparcimiento al desierto del Sáhara, con su tiempo generoso, sosegado. Uno de ellos tira de un coche que se ha hecho con alambres. El resto sonríe y corre a su lado. Todo un símbolo de la creatividad ante la pobreza, de la irrefrenable pasión de la vida ante la adversidad.

Me cambio y parto hacia la sede del Festival del Cine del Sáhara, la maravillosa iniciativa que nos ha traído aquí, la excusa que justifica nuestra presencia, para compartir con los saharauis su día a día, para aprender, para dar testimonio de la trampa en que se encuentran.

Voy en busca de buenos amigos a los que sabía que iba a encontrar aquí, entre ellos, mi compañero de periódico, a quien siempre leo con admiración, José Ángel Esteban, y a quien le pediré que siga con la narración…