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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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El blues de los niños soldado del Congo

Madrugamos para dirigirnos al cuartel general de la operación Kimia II, que está ubicado en la antigua residencial de Mobutu Sese Seko, el dictador cleptómano y corrupto por antonomasia. Amanece sobre el lago Kivu, cuyas orillas están salpicadas de antiguas mansiones coloniales belgas a cuyas espaldas se levantan las precarias casas de adobe y lata de los barrios más pobres de Bukavu.

A lo lejos vislumbramos a las tropas del FARDC, el ejército gubernamental, que se preparan para partir hacia la región de Shabunda en el marco de la operación Kimia II, destinada a terminar con la presencia de fuerzas hutus en territorio congoleño. Gracias a la autorización del coronel Delfin Kahimbi, nos disponemos a acompañar a estar fuerzas para conocer de primera mano el desarrollo de esta cuestionada operación militar.

Mientras esperamos a que esté todo listo para partir, en la parte del cuartel donde funciona el helipuerto descubrimos a un grupo de jóvenes vestidos con uniformes militares. Preguntamos a los oficiales: se trata de niños soldado que acaban de salir de la selva para entregar las armas y volver a la vida civil.

Cambio de planes

Nueva autorización del coronel Kahimbi – que ya nos había manifestado su intención de terminar con el empleo de menores en la guerra – y repentino cambio de planes: dejamos a un lado por el momento la operación Kimia II y nos centramos en los jóvenes. Tomamos la decisión de seguir a los niños durante los primeros días para ver cómo progresan, cómo se adaptan a la nueva realidad en que se encuentran, qué esperan del futuro.

Uno de los coordinadores del hogar de tránsito de la organización BVES – cuyos proyectos conocimos el año pasado – entrevista a cada uno de los niños. Anota el acrónimo de la fuerzas de las que formaban parte, el nombre de sus comandantes, el rango que tenían, la manera en que fueron reclutados, la zona de la que son originarios, el nombre de sus padres. Un proceso que demora horas. Vital para que la Cruz Roja rastree a sus familias. Importante en estos momentos para los militares, pues quieren separar a los menores de los adultos.

Al final, de los 32 presentes sobre la explanada, 29 son calificados como niños soldados. Tras un discurso de Kahimbi, que todos siguen en silencio bajo el sol, se les entregan ropas de civiles y se les señala una tienda en la que deben pasar para cambiarse. Lo hacen entre risas, con cierta vergüenza, como una suerte de juego. La última en entrar a es una de las dos niñas presentes (más adelante sabremos que ambas fueron sometidas a reiterados abusos sexuales).

Arriba un autobús de la ONU al que los niños marchan vestidos con sus vaqueros y camisetas, aunque descalzos. Algunos cantan, otros miran a la nada con incertidumbre, con evidente perplejidad ante el repentino cambio de escenarios y perspectivas en su vida. En el hogar de la organización BVES se les da la bienvenida. Su director, Murhabazi Nachegabe, les explica las normas básicas de convivencia: nada de peleas, respeto a los profesores.

Las reglas de convivencia

Después viene una clase de higiene básica y prevención de enfermedades, con especial énfasis en el sida. Los niños que ya están en el hogar, también ex soldados, ayudan a los coordinadores a realizar la exposición (se suponía que iban a pasar un vídeo, hasta llevaron un antiguo televisor a la sala en la que estaban los muchachos, pero la ausencia de electricidad frustró los planes).

Llega la hora del baño y luego la comida. Los jóvenes con los que hablamos se muestran felices de haber dejado de ser soldados. “Era una vida muy dura. Comíamos mal, no dormíamos, nos trataban como animales“, afirma Joseph Tyne. Oriundo de Kivu Sur, tiene 15 años y presenta una importante herida además de tener los ojos visiblemente inflamados.

Por la tarde se les entregan sandalias (algunos se quejan de que no tienen cinturones). Continúan las entrevistas. El coordinador que habla con los jóvenes en busca contradicciones, alegatos falsos, en sus testimonios. Nos explica que a veces mienten por miedo a las represalias de sus antiguos comandantes.

Provienen en su mayoría de grupos de Kivu Norte como el CNPD, los Mai Mai y Pareco, que se han ido integrando al ejército congoleño a través del proceso de Amani. De allí la capacidad del coronel Kahimbi de exigir a sus mandos que enviasen a Bukavu a cuantos niños soldados hubiese en las unidades.

Ansiosos por volver

La primera noche en el centro de BVES no resulta tranquila. Peleas entre los recién llegados y los que ya estaban allí. Cristales rotos. Al día siguiente la tensión continúa. Los nuevos se niegan a entrar a clase. “No quiero estudiar, no quiero perder tiempo aquí, quiero volver a mi casa”, afirma Joseph Tyne, que explica que en el futuro se dedicará a cultivar la tierra de su familia. En su caso, los hutus del FDLR lo secuestraron hace cinco años de la escuela y lo enrolaron por la fuerza en sus filas (patrón similar al de otros testimonios que ya recogimos en este blog).

Desde entonces nada ha sabido de los suyos. El programa de desmovilización establece como plazo máximo tres meses de permanencia en el hogar. Otro de los jóvenes nos explica que sí quiere aprender a escribir y leer, pero cuando esté de regreso en su aldea, no ahora.

La tensión se atenúa al tercer día con la llegada de los miembros de la Cruz Roja que comienzan a recopilar datos de los menores para ponerse en contacto con sus familias. El final de la agonía parece más tangible. Nos comprometemos con algunos de ellos a que los iremos a visitar cuando estén de vuelta en sus hogares. Y así esperamos hacerlo en nuestro próximo viaje al Congo, para conocer cómo han sido recibidos, si han conseguido reintegrarse en la vida civil, o si han vuelto a las armas, y qué obstáculos y desafíos deben enfrentar.

(Fotos: HZ)

La ofensiva militar Kimia II y el final de la violencia en el Congo

Resulta llamativa la nula repercusión que ha tenido en la prensa la operación militar Kimia II, pues, al menos sobre el papel, se trata de una iniciativa destinada a poner fin a una de las causas últimas del conflicto que sacude a las provincias orientales de la República Democrática del Congo: la presencia de los hutus de las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR) en territorio congoleño, al que llegaron en 1994, tras cometer el genocidio en Ruanda, cuando eran conocidos como los Interahamwe.

Quizás se deba a que el comienzo de la operación Kimia II coincidió con las elecciones en Afganistán, que han acaparado la atención del periodismo internacional. Tal vez responda a que no es la primera en su tipo, sino que se suma a una larga lista de iniciativas parecidas que también en su momento prometían marcar un punto de inflexión y llevar la paz a los Kivus.

En nuestra anterior visita a Congo no se hablaba más que del acuerdo de Goma, firmado el 2 de enero de 2008 por 22 grupos armados (entre los que no se contaba el FDLR), y del proceso de Amani, que en kiswahili quiere decir “paz” y que terminó el pasado 8 de julio habiendo desmovilizado a 3.200 combatientes (de los 28.375 que se planeaba inicialmente).

Los antecedentes

También puede tener alguna influencia lo rápido que se ha transformado el escenario en los Kivus durante el último año. Primero fue la ofensiva de Laurent Nkunda, líder de la milicia tutsis banyamulengue conocida como Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP). Una ofensiva que en agosto de 2008 provocó 300 mil desplazados y puso en jaque, al menos en el discurso, al propio gobierno de Kinshasa (amenaza que alertó también al ejecutivo de Kigale).

Después vino el informe de la ONU que vinculaba al presidente ruandés Paul Kagame con Laurent Nkunda y con el tráfico ilegal de minerales desde los yacimientos congoleños (segundo llamado de atención para Kigale, actor clave en la región de los Grandes Lagos, que depende como pocos estados de la ayuda internacional).

Sin embargo, el punto de inflexión más sorprendente llegó cuando el 20 de enero de 2009 fuerzas ruandesas ingresaron en territorio congoleño con el beneplácito de los presidentes de ambos países. Laurent Nkunda fue arrestado (aunque aquí todos dicen que ahora se encuentra en libertad y que viaja regularmente a visitar a su madre en Goma).

En colaboración con el ejército congoleño, que responde al acrónimo FARDC, las tropas de Ruanda lanzaron un ataque en la provincia de Kivu Norte contra los hutus del FDLR bajo el nombre de “Umoja Wetu” (Nuestra Unidad) que concluyó en febrero con la detención y repatriación de 578 combatientes hutus. Por su parte, los tutsis del CNDP comenzaron a pasar a formar parte del FARDC.

Las críticas

En teoría, la operación Kimia II, que comenzó el pasado mes de julio, pretende terminar con las unidades restantes del FDLR en el bastión en el que llevan 15 años parapetadas: la provincia de Kivu Sur. Aunque se trata de una medida exigida por los habitantes de la zona, Kimia II no está recibiendo pocas críticas. Los más escépticos afirman que se tratará de un mero cambio de manos: al frente de las minas estarán los miembros del FARDC en lugar del FDLR, sin que cambie la situación de vulnerabilidad y explotación de la población civil.

Las ONG, que prefieren un final dialogado del conflicto, expresan preocupación por las represalias del FDLR contra las poblaciones locales (como sucedió tras la operación Umoja Wetu en Kivu Norte). El International Crisis Group ha pedido el cese inmediato de la operación Kimia II y la protección de los civiles.

En nuestros viajes al terreno hemos comprobado el avance en las posiciones del FARDC, como lo constanta la fotografía inicial, que tomamos en las minas de Maroc, territorio de Walungu, donde las tropas gubernamentales recibieron el último ataque del FDLR hace dos semanas.

Ahora nos dirigimos a ver al coronel Delfin Kahimbi, responsable de la operación Kimia II, en su cuartel de la ciudad de Bukavu, que está situado en la antigua residencia particular de Mobutu Sese Seko. En una entrevista exclusiva para 20 Minutos que publicaremos mañana le preguntaremos acerca de los progresos de la misión, le daremos la posibilidad de que responda a las críticas que está recibiendo Kimia II, que en kiswahili significa “calma”.

(Foto: Hernán Zin)

Continúa…

Reencuentro con víctimas de la violencia sexual en Congo (2)

A pesar de la discapacidad que sufre, Jeanette continúa enfrentándose cada día las empinadas y serpenteantes cuestas de Kadutu, uno de los barrios de chabolas más vastos y multitudinarios de la República Democrática del Congo.

Progresa hacia el centro de la ciudad de Bukavu en busca de trabajo. “Nadie quiere contratar a una mujer a la que le falta una pierna”, se lamenta mientras avanza lentamente sobre el suelo de tierra.

Desde que conocimos a Jeanette Mabango hace un año, su situación económica ha empeorado. Explica que se le ha terminado la ayuda que le brindaba la ONG Women for Women, para la que confeccionaba no sin poco esmero y talento pequeñas muñecas de tela, alambre, lana y cartón.

Jeanette, que vive en una escueta chabola de paredes de adobe en Kadutu, ausente de luz y agua corriente, dice que lleva tres meses de retraso en el pago del alquiler. Una deuda que asciende a treinta dólares (20,68 euros) y que ha llevado al casero a ponerse en campaña para echarla, lo que genera a Jeanette no pocas tensiones con los vecinos.

“Ahora, cuando vean que unos hombres blancos han pasado a visitarme, pensarán que tengo muchísimo dinero y me vendrán a molestar”, afirma.

Bienvenida Noelle

El otro problema acuciante que tiene es el comienzo de las clases. Debe pagar la matriculación de sus cuatro hijas en la escuela y de la nueva integrante de la familia: Noelle. Una niña de nueve años que nos mira con timidez desde un rincón. La hija de una prima lejana que murió en la guerra, que acaba de llegar y que ha sido acogida sin quejas, quizás por aquello de que en África son las familias las que actúan como red de seguridad social.

No importan cuán lejanos y tenues sean los vínculos, parece haber siempre un plato más en la mesa, un espacio más en el suelo para dormir (“Por más pobre que sea, un africano nunca rechaza al que viene de fuera. Es algo que tenemos en nuestro ADN”, explica Selemani, que nos hace de guía y traductor).

“Lo que sufrí me ha arruinado la vida para siempre. No sólo en lo físico por la violación de los soldados hutus, también tuve que dejar mi casa, la tierra que cultivaba y con la que me ganaba la vida”, dice Jeanette. “El gobierno no hace nada para ayudarnos a las víctimas de la guerra”.

El cámara y el productor que me acompañan desde España se sienten profundamente conmovidos ante el relato de Jeanette. Le compran todas las muñecas que le han sobrado del pasado año. Una bolsa llena de pequeñas mujeres de labios prominentes y cabello rizado, que llevan cestas sobre la cabeza, que cargan a sus hijos a las espaldas.

(Fotografía: HZ)

Continúa…

La guerra contra las mujeres del Congo: Vumilia Balangaliza

Entro a una chabola de chapa y madera situada en el barrio de Panzi, muy próxima a la frontera que separa al Congo de Ruanda. Vumilia Balangaliza, su inquilina, me dice que pase. La encuentro recostada junto al menor de sus hijos, bajo la raída mosquitera que cubre la cama de su habitación.

No sé si es debido a mi presencia, pero el pequeño se despierta. Un niño de piel anaranjada, albino, con el sino que eso significa en África. Se llama Patience. Tiene nueve meses de edad.

Ella lo acaricia, le susurra al oído. Como el bebé insiste en quedarse con nosotros en la vigilia – dos grandes ojos resplandecientes en la penumbra -, Vumilia se levanta la camiseta y lo amamanta, al tiempo en que continúa musitándole palabras de cariño.

Es una de las escenas más conmovedoras de las que he sido testigo en mi vida de reportero, como todo aquello que luego presencio en la precaria vivienda: el hijo mayor de Vumilia la ayuda a vestirse. Luego, ella sirve la comida, alubias con agua, sobre una tambaleante mesa de madera que se erige en medio de un salón austero, en el que apenas se encuentra unos cacharros para lavar la ropa y algunos afiches amarillentos pegados sobre las paredes.

Los rastros del horror que las mujeres violadas por las milicias hutus se descubren mucha veces en sus miradas profundas, ausentes por momentos.

En el caso de Vumilia, el legado de la barbarie, del odio, de la bestialidad, resulta mucho más evidente: habla, sosegada, dolida, perpleja, en esos brazos incompletos, anudados en los extremos, carentes de manos, con los que lucha por sacar adelante a sus hijos.

Mendigar para vivir

“Vivía con mi marido en Bunyakiri, el pueblo en el que nací. Él era comerciante y yo me dedicaba a cultivar la pacerla que teníamos. Una noche llegaron soldados hutus. Me sacaron de mi casa, me arrastraron por la selva y me violaron”, explica Vumilia. “No sé por qué, y todos los días me lo pregunto, sacaron sus machetes y me cortaron los brazos”.

Los niños salen a jugar con otros pequeños del barrio de chabolas. Ella deja a Patience con una vecina y parte hacia el mercado de Panzi.

A diferencia de otras mujeres a las que he entrevistado, Vumilia tuvo la suerte de que su marido no la abandonara. Él permaneció a su lado. Eso sí, como muchos otros desplazados por la guerra, carece de empleo. Sobreviven gracias a los escasos francos que ella consigue mendigando.

La sigo por calles sinuosas, enrrevesadas. Entra a las tiendas con su bolso abierto, sujeto entre los brazos. Ese bolso de cuero arrugado y viejo en el que cae de vez en cuando un billete. Algunas miradas de desprecio, de reprobación. Algunos silencios. Pero ella no se detiene.

“Si pudiera tener prótesis para los brazos, mi vida sería distinta. Podría trabajar, podría cuidar mejor de mis hijos”, me dice Vumilia mientras continuamos el peregrinar por las tiendas, por las paradas de autobuses, al tiempo en que comienza a atardecer y una marea de trabajadores humildes, de mujeres cargadas de bártulos, abarrota la carretera de tierra roja al regresar al barrio de chabolas.

Niños de barro en la guerra del Congo

Parto al alba en patrulla con una misión paquistaní de la MONUC, la fuerza de paz de 17.000 efectivos articulada por el Consejo de Seguridad de la ONU para la República Democrática del Congo.

Música de Bollywood en la radio del Land Rover. Algunas palabras sueltas en urdu cuyo significado logro descifrar. Y una parada, a medio camino, para comer curry de verduras con parathas. Sin rozar el borde, los soldados, llegados desde Cachemira, Karachi y Lahore, se pasan un vaso rebosante de pani.

A medida que avanzamos por la carretera, los niños nos saludan. “MONUC, MUNUC”, gritan levantando las manos, para pedir a continuación a los efectivos de la ONU que les regalen unas galletas. “Donne moi biscuit”, exclaman, con voz atiplada, como si fuera una suerte de canción infantil.

Entre el polvo y el lodo

Decía el gran fotógrafo Philip Jones Griffiths que existen dos clases de guerra: las de arena y las del barro.

Hace un mes, en un conflicto armado de fino polvo que se metía en las cámaras, en la ropa, vivía cada día la misma situación cuando salía a acompañar en sus patrullas por el valle afgano del Tagab a los miembros del 101 Batallón Aerotransportado de EEUU.

Jóvenes soldados llegados desde Texas, Misisipi o Alabama, habían bautizado a los pequeños como los “niños del polvo”. Y, con el tiempo, habían dejado de regalarles bolígrafos o botellas de agua asustados por la temeridad con que corrían junto a los blindados MRAP y a los humvees, por miedo a que terminaran bajo sus ruedas.

Perplejidad

Ahora, en medio de la tierra roja y húmeda de los bosques que pueblan los Kivus, y a miles de kilómetros de distancia de la frontera entre Afganistán y Pakistán, son otros niños los que levantan las manos para pedir a los militares que les hagan un regalo, los que se acercan demasiado al paso de los convoyes.

Tanto es así que por momentos cierro los ojos, pues nos movemos a tal velocidad, sin aminorar la marcha al paso por las aldeas, que el advenimiento de una desgracia parece escrito.

Esos niños de barro que a veces imagino que nos ven a los adultos, que vamos de un lado a otro con nuestros armamentos, nuestros coches blindados y nuestras banderas de colores, como un atajo de meritorios incompetentes, incapaces de un solo gesto de sentido común, de hacer algo concreto, eficiente, para terminar con la violencia en el mundo.

El teatro de los niños de la guerra

Regreso al hogar de tránsito para menores soldados que están en proceso de abandonar los grupos armados que asolan el este del Congo. Poco a poco voy conociendo algunos de sus nombres. Por contrapartida, ellos se van acostumbrando a mi presencia.

Una vez más, como me sucede en esta parte de África, he dejado de ser Hernán para pasar a llamarme muzungu. “Yambo muzungu”, me saludan al entrar. “Sácame una foto muzungu”, me piden en francés.

La mayoría son amables, simpáticos. Resulta sencillo olvidar la lóbrega realidad de la que acaban de salir. Pero cuando rompe una discusión a gritos o una pelea, asoma de nuevo la sombra de lo que han sido, del horror que han vivido, y de las atrocidades que quizás muchos de ellos hayan cometido.

Lo mismo que cuando Bernard, el conductor del taxi que empleo en Bukavu, me sugiere antes de entrar que tenga cuidado, que los jóvenes son voleurs. O cuando las autoridades del centro me ofrecen una oficina con llave para dejar las cámaras.

Seguramente será parte de lo que han mamado en las milicias, que no viven más que del pillaje, y también el estigma, el prejuicio, que cargarán en sus comunidades durante largo tiempo, así hayan logrado reconducir sus vidas y buscar un nuevo rumbo. Las caras contrapuestas de su realidad.

Actuar para superar

Hoy, después de clases, han organizado una obra de teatro sobre niños soldados. Una forma, según me explica Gerome, uno de los coordinadores, de verse a sí mismos, de comprender el universo que acaban de abandonar, y de desarrollar su capacidad creativa.

La obra resulta fidedigna, realista, no sólo por los atuendos que usan los jóvenes, por las armas que se han fabricado, por los golpes que dan con maderas para simular los disparos, sino por la trama, que comienza con los deseos de un comandante local de hacerse con el poder, para lo cual empieza a reclutar a niños soldados.

Después muestra las distintas formas en que captan a los menores. Desde niños de familias desestructuradas, de la calle, hasta jóvenes que secuestran de escuelas. Lo que viene a continuación es el maltrato, la vejación, para domesticarlos, para hacerlos a la disciplina del grupo. Y las promesas que nunca se cumplen.

“Las milicias quieren niños soldados porque no les pagan, porque no protestan”, me explica Gerome. Se estima que en la República Democrática del Congo hay 30 mil menores armados.

Los gestos, los gritos, la manera en la que mueven las armas, resuenan a esos niños soldados que te encuentras en un puesto de control en la carretera y que pueden hacer pasar un momento angustioso, porque, al menos en mi experiencia, nada hay más impredecible y difícil de afrontar en un conflicto armado que un joven con un arma.

Al mismo tiempo no sólo los presenta como victimarios, sino también como lo que principalmente son: víctimas de las mentiras, del engaño, de la corrupción, de la cultura de la violencia, de las ambiciones de poder (en la obra se mencionan tanto la intervención extranjera como el expolio de los recursos naturales del Congo).

Chavales que por momentos parecen que estuvieran jugando a la guerra en el patio de una escuela, y que por otros son verdaderos niños soldados. Una vez más, las dos caras de la moneda del destino que les ha tocado y del que quizás por primera vez puedan empezar a ser artífices.

Hambre, enfermedad y guerra en los Kivus

“Primero los soldados se hicieron con nuestros campos, por lo que no teníamos nada que comer. Después entraron a la aldea. Yo cogí a mi niña y huí por miedo a que nos hicieran algo malo. Mi marido no estaba en casa. No sé que ha sido de él”, explica Mansúa, de 26 años, que yace en la cama junto a su hija, Chituma, de 3 años.

Las encuentro a ambas en el hospital Panzi de Bukabu. Han llegado tras dos semanas de ardua y dolorosa caminata desde la remota región de Shabunda, como consecuencia de la cual, la pequeña desarrolló un cuadro de malnutrición severa.

La mayor parte de las cinco millones de personas que perdieron la vida en el conflicto que asola a la República Democrática del Congo, no lo hicieron debido directamente a la violencia, sino al hambre y a las enfermedades.

La guerra de los Kivus

A pesar de los acuerdos de Pretoria, que pusieron punto final a la Segunda Guerra del Congo (1998 – 2003), el este del país continuó sumido en la violencia. Son tres los principales actores que se enfrentan en esta zona de bellísima fisonomía y riquísima en recursos naturales:

1. Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR). Después del genocidio de Ruanda, sus autores, combatientes hutus y militares ruandeses, huyeron al Congo.

Se apoderaron de minas de estaño, oro estaño y otros minerales. Se pusieron al frente del negocio de la tala de bosques para producir carbón vegetal. Se rearmaron, se entraron. Y hasta hoy siguen propagando su doctrina de odio racial contra los tutsis.

2. Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP). Fue creado por Laurent Nkunda, un militar congoleño de etnia tutsi. Este hombre, que tiene 40 años y que estudió psicología en la universidad, dice estar luchando para proteger a los banyamulenge (como se conoce a los tutsis de la República Democrática del Congo).

Aunque lleva los últimos 14 años en la vida castrense, el general Nkunda viste como un dandi – traje de chaqueta, bastón, zapatos de cuero – y lleva una delgadas gafas de intelectual.

Saltó a la primera plana de la prensa internacional en 2004, cuando sus fuerzas sitiaron la ciudad de Bukavu. Al igual que al FDRL, la organizaciones de derechos humanos lo acusan de haber cometido brutales crímenes de guerra, que van desde ejecuciones hasta violaciones. Aquí en Bukavu no se olvidan los abusos sexaules cometidos por sus soldados.

3. Ejército del Congo. Según desde donde venga el dinero y por donde soplen los vientos políticos, esta fuerza, mal armada y corrupta hasta la médula, lucha contra unos u otros.

Violaciones de la paz

El 23 de enero de este año el gobierno de Kinshasa firmó un acuerdo con 22 grupos armados del este del país para establecer un inmediato alto al fuego.

De las negociaciones participaron el CNDP de Nkunda y una coalición de fuerzas de los Mai Mai Mongol así la Coalition of Congolese Patriotic Resistance (PARECO). EL FDLR fue dejado fuera y se le dio de plazo hasta julio para salir de una vez por todas el país y volver a Ruanda.

Desde entonces, más de 100 mil personas han tenido que abandonar sus casas en la provincia de Kivu Norte, sumándose a los 750 mil desplazados internos ya existentes. Se han documentado más de 200 casos en que se violaron el alto el fuego.

El accionar de la MONUC, la fuerza de Naciones Unidas para el Congo, que cuenta con más de 17 mil efectivos, ha sido una vez más meramente decorativo, y poco ha servido para proteger a los civiles.

Preguntas sin respuesta

“¿Por qué los hutus siguen aquí? ¿Por qué tienen derecho a echarnos de nuestras casas, de nuestros campos? ¿Por qué nadie hace nada para defendernos?”.

Es la pregunta que formula en voz alta Mansúa, junto a su niña malnutrida, en la cama del hospital Panzi, entre decenas de niños de rostros y abdómenes hinchados, piel reseca y brazos raquíticos, que aguardan a que los responsables del Programa Mundial de Alimentos les den una nueva ración de comida. Organización que estima que hay 1,3 millones de niños que sufren malnutrición severa en el Congo.