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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Regreso a la tierra de Joseph Kony

Dos semanas de estancia en Madrid tras mi último paso por África, y llega la hora de hacer las maletas, poner a punto los equipos, armar la agenda de producción y volver a ruta. ¿El destino? Sin dudas original e imprevisible. Gran sorpresa gran. Bueno, sí, otra vez África, lo dice el titular. Ahí vamos…

Niños huyen del LRA en la ciudad de Gulu, norte de Uganda. Año 2005. Foto: Hernán Zin

Niños huyen del LRA en la ciudad de Gulu, norte de Uganda. Año 2005. Foto: Hernán Zin

En esta ocasión no serán Kenia, Somalia o Congo, sino Uganda. País desde el que he escrito en numerosas ocasiones para este blog.

La primera, allá por junio de 2006, cuando semanas antes viajé a la ciudad de Juba, en Sudán, porque el guerrillero Joseph Kony estaba en sus inmediaciones para comenzar a negociar la paz con el gobierno de Kampala.

Y después bajé al norte de Uganda para conocer de primera mano el impacto de esta noticia entre la población local que llevaba casi dos décadas sufriendo la guerra.

Joven víctima del LRA que fue arrancada de su familia y convertida en esclava en el norte de Uganda. Año 2006. Foto: Hernán Zin

Joven víctima del LRA que fue arrancada de su familia y convertida en esclava en el norte de Uganda. Año 2006. Foto: Hernán Zin

En especial en los niños, los llamados caminantes nocturnos, que apenas caía el sol salían de sus chozas para buscar refugio en los pueblos. Miles de pequeños que anegaban las carreteras al atardecer.

Y en las víctimas de los secuestros del LRA. Jóvenes que pasaron su infancia como esclavas de Kony y sus secuaces, y que al volver a ciudades como Gulu eran rechazadas por ser consideradas parte de la milicia contraria al gobierno de Museveni.

Finalmente, la tercera pata de esta historia: el millón largo de personas que vivía hacinada en campos de desplazados internos. El alcohol ilegal. El tedio. La falta de empleo. Los abusos de los soldados del UPDF. La enfermedad.

Niños en el campo de desplazados de Boby, uno de los más grandes del norte del país. Año 2005. Foto: Hernán Zin

Niños en el campo de desplazados de Boby, uno de los más grandes del norte del país. Año 2005. Foto: Hernán Zin

La negociación que comenzó en 2006 en lo que hoy es Sudán del Sur duraría dos años hasta que las bases del LRA en la República Democrática del Congo fueron bombardeadas en la operación miliar Lighting Thunder.

Ofensiva que en 2008 empujó a Kony y a sus hombres a volver a la violencia. Como descubrimos en la ciudad de Yambio y sus alrededores en 2009, el LRA no regresó a Uganda sino que se movió hacia el norte. Buscó refugio en la República Centroafricana. A su paso, el habitual y dramático escenario de refugiados, asesinados, mutilados, niños esclavos.

Uganda se libró finalmente del yugo de la guerra con el LRA. En mi última visita al país, en 2010, pudimos ver cómo la normalidad había vuelto a las provincias del norte. No más caminantes nocturnos ni jóvenes que volvían devastados de la selva ni campos de desplazados.

Por lo que este es mi primer viaje a Uganda que no tiene relación alguna con Joseph Kony ni el LRA. La historia es otra, sobre la que llevo años escribiendo años en estas páginas, y que os desvelaré en los próximos días…

¿El final de Joseph Kony? Una nueva estrategia para combatir al LRA

En el mes de octubre entrevistamos a oficiales ugandeses que nos describieron cuán complicado resulta perseguir a los hombres de Joseph Kony. Nos hablaron de la habilidad de los guerrilleros del Ejército de Resistencia del Señor (LRA) para moverse a través de la selva, de las diversas estrategias de despiste que suelen articular.

Estrategias perfeccionadas a lo largo de más de veinte años de lucha armada contra el gobierno de Kampala. Dos fragmentos de aquel diálogo que mantuvimos en la ciudad sudanesa de Yambio, próxima a la frontera con el Congo:

“Los seguimos día y noche a través de la selva, con nuestras mochilas a las espaldas. Si nosotros paramos para acampar a las seis, ellos lo hacen a las seis y media. Buscan mantener la distancia… Cuando capturas a uno de ellos y lo llevas a una zona civilizada parece de otro planeta. No les gusta estar a la luz, fuera de sus escondites en la selva”.

Ahora, según informa Jeffrey Gettleman en The New York Times, la estrategia de los comandos del Uganda People’s Defence Force (UPDF), que en octubre de 2008 comenzaron a seguir al LRA en territorio congoleño dentro de la operación bautizada como Thunder Lightning, y luego en su huída hacia Sudán y la República Centroafricana, ha evolucionado de manera sorprendente: están empleando a los soldados capturados – en su mayoría niños que fueron secuestrados y entrenados para formar parte de esta milicia – a modo de guías, de cazadores de su antiguo líder: Joseph Kony.

La génesis

Tras dos décadas de guerra de baja intensidad que provocó dos millones de desplazados y 120 mil muertos entre los acholi – que si perduró durante tanto tiempo no sólo fue por la personalidad delirante del iluminado Kony, sino porque también sirvió a los objetivos políticos del presidente Museveni -, en 2006 el gobierno de Uganda y los líderes del LRA se sentaron a negociar el final del conflicto con la mediación de las autoridades del sur de Sudán (el acuerdo de paz de 2005 entre el norte y el sur de Sudán había dejado a los guerrilleros sin santuario en el cual refugiarse y sin el apoyo de Jartum).

Proceso que seguimos de cerca en este blog, desde la misma ciudad de Juba, a cuyas inmediaciones se acercó Kony, líder del LRA, para mantener las primeras conversaciones (publicamos en exclusiva fotos de aquel encuentro y del propio Kony, apenas retratado a lo largo de dos décadas).

Proceso que se rompió en diciembre de 2008, cuando las autoridades de Kampala decidieron que estaban cansadas de los juegos y postergaciones de Kony, que anunciaba que iba a firmar la paz y que nunca lo hacía, y atacaron sus posiciones en el congoleño parque de Garamba. Una operación que contó con el apoyo logístico y material de Washington, que parece decidido a hacer todo lo posible por terminar con el LRA.

Un buen ejército

Human Rights Watch confirma la impresión que tuvimos, tan poco habitual cuando se trata de ejércitos africanos, con respecto a los comandos ugandeses que están persiguiendo a Kony y sus hombres: la profesionalidad, el buen entrenamiento y equipamiento, el respeto por las poblaciones locales. “Estoy muy satisfecha con su conducta”, declaró recientemente Anneke Van Woudenberg, investigadora de la organización en el Congo.

Comportamiento que vimos que contrasta con los mal entrenados y poco motivados efectivos del SPLA, el ejército del sur de Sudán. Nos parecieron tan desorganizados como lo está mostrando el SPLM, principal partido del sur del país, que ha manifestado no pocas contradicciones en su boicot a las elecciones que están teniendo ahora lugar en Sudán.

La estrategia de Kampala se centra asimismo en ofrecer amnistía a todos los soldados del LRA menos a tres altos mandos: el propio Joseph Kony, su mano derecha Okot Odhiambo y Dominic Ongwen, comandante al que se considera responsable de la última gran masacre en Congo, que dejó más de 321 muertos como represalia a la ofensiva de las tropas ugandesas.

Santuario en Darfur

Las autoridades ugandesas sostienen que en estos 16 meses de lucha en la selva han matado o capturado a más del 60% de los integrantes del LRA. Una ofensiva que sigue contando con el apoyo de Washington a través del comando central para África, conocido como AFRICOM. Apoyo que se ha visto reforzado con la aprobación de la Lord’s Resistance Army Disarmament and Northern Uganda Recovery Act en el senado de EEUU.

También comentamos en este blog el pasado octubre que en su huída hacia el norte, parte de las fuerzas del LRA habían alcanzado Darfur, lo que podría ser la única salvación para Kony, ya que Jartum no dejaría entrar allí a las tropas de Uganda. Tanto Kony como Omar Al Bachir tienen órdenes de detención de la Corte Penal Internacional. De este modo, la vieja alianza entre ambos hombres volvería a hacerse evidente.

Foto: Sgt. Jeremy T. Lock

¿Se encuentra el LRA en Darfur?

Hace un mes nos hacíamos eco en el sur de Sudán de los rumores que señalaban que el grupo guerrillero del fanático y delirante Joseph Kony se estaría dirigiendo hacia Darfur. En los últimos días las evidencias que situarían al LRA en esa zona no han cesado de multiplicarse.

El periplo vital del LRA quedaría a grandes rasgos de esta manera:

* Durante 22 años aterrorizó el norte de Uganda, tanto desde sus bases en la región como en el sur de Sudán.

* En agosto 2006 se embarcó en un proceso de negociaciones de paz con Kampala a través de la intermediación Riek Machar, vicepresidente del sur de Sudán, que en este blog seguimos desde la misma Juba.

* En abril de 2008, Joseph Kony, sobre el que pesa una orden de captura de la Corte Penal Internacional, rompió las negociaciones y volvió a las armas desde su santuario en el Congo. Terminó con la vida de cientos de personas y provocó el desplazamiento de miles (algunas de las cuales entrevistamos en Yambio y en el campo de refugiados de Makpandu).

* El movimiento hacia el norte quedó constatado por las masacres que el LRA cometió en la República Centroafricana. Desde allí avanzó hacia la provincia sudanesa de Bahr al-Ghazal, aunque hablar de un movimiento homogéneo y sincronizado de hombres no tiene sentido pues como ya vimos desde el terreno las mermadas fuerzas de Joseph Kony se han dividido en pequeños escuadrones, de entre tres y seis hombres.

Daniel Howden, en The Independent, cita a un oficial del SPLA que confirma la presencia del LRA a Darfur. El experto en Sudán Gerard Prunier pone en duda esta afirmación, principalmente porque el LRA siempre ha combatido en zonas selváticas y nunca en el desierto: “Deben estar cómodos con el entorno. En Congo, en la República Centroafricana, lo han estado. Pero ir a Darfur es para ellos como ir a la luna”.

Por su parte, John Ashworth, de quien ya hemos hablado en otras ocasiones en este blog, sostiene que tiene sentido que el LRA se displace a Darfur, pues “todo el mundo está convencido de que recibe ayuda del gobierno de Jartum”.

También afirma que la presencia de Joseph Kony y sus hombres podría exacerbar el conflicto, que ha experimentado unos meses de relativo sosiego. El gobierno de Al Bachir “podría emplearlos como milicia del mismo modo en que hizo con los janjaweed”.

Los niños de Makpandu

Situado en la provincia sudanesa de Ecuatoria Occidental, Makpandu es el más grande de los campos de refugiados que a lo largo del último año ha generado la ofensiva de los hombres de Joseph Kony. Cuenta con unos seis mil habitantes, en su mayor parte provenientes de la región de Dungu, al otro lado de la frontera, en la República Democrática del Congo, donde el LRA tenía sus bases y desde donde desató esta última oleada de violencia.

Al igual que los antiguos campos ugandeses de Gulu y los de Dadaab – que esperamos visitar la próxima semana -, Makpandu no presenta una fisonomía de provisionales tiendas de campañas, sino que está compuesto de chozas a las que aquí se llama tukuls. Por esta razón, a primera vista podría parecer un poblado. Sin embargo, sólo basta superar la epidermis física, las meras apariencias, para descubrir aquello que predomina en casi todos los refugiados: el desgarro por lo perdido, la incertidumbre ante el futuro.

Ibrahim Ganiko Bate es lo que se conoce como chef du camp: el representante que los refugiados congoleños eligieron para que defienda sus derechos frente a las autoridades locales y las ONG. Tiene 32 años. Oriundo de la ciudad de Duru, llegó a Makpandu el 12 de diciembre de 2008. Su mujer y sus tres hijos continúan en el Congo. Nada sabe de ellos. “Esta es una vida muy dura. No se reconocen nuestros derechos. Las autoridades no nos dan el estatus de refugiado. No tenemos documentación alguna para poder desplazarnos, para poder trabajar“, afirma. Responsables del ACNUR nos explican que las trabas burocrática las pone el gobierno de Jartum.

A esta indefensión jurídica hay que sumarle el miedo a un ataque del LRA con el que conviven los habitantes del campo de refugiados. Algunos de ellos han perdido familiares a manos de los hombres de Joseph Kony. Otros, como Midogo Nalayanga, de 26 años, han visto de su cerca su brutalidad. Los guerrilleros la arrancaron de la escuela en la que estudiaba junto a las demás alumnas del curso y la llevaron a la selva. Estuvo secuestrada seis meses hasta que soldados del UPDF lograron liberarla. Su testimonio demuestra que el LRA sigue en el Congo y en Sudán con la táctica de secuestrar a niños para convertirlos en soldados y a niñas para hacerlas esclavas sexuales, que iniciara hace 22 años en Uganda.

Dos presencias ayudan a mitigar la dureza física y emocional de la vida en el campamento. La labor de las organizaciones humanitarias que allí trabajan: ACNUR, Coopi, World Vision y, muy especialmente, Médicos Sin Fronteras España, que desarrolla un proyecto de salud mental (sobre el que escribiremos más adelante). La otra presencia insoslayable es la de los niños, que constituyen la mayor parte de la población refugiada. Por eso hemos escogido fotos de ellos para ilustrar esta entrada. Sus voces en la escuela, en los juegos, constituyen el sonido de fondo de la existencia en Makpandu. Apenas algunos de los nueve millones de menores refugiados que hay en el mundo.

(Fotos: HZ)

Tras los pasos de Joseph Kony… (tres años más tarde)

Tras veinte años de guerra de baja intensidad, en 2006 el gobierno de Uganda y los líderes del Ejército de Resistencia del Señor (LRA) se sentaron a negociar la paz con la mediación de las autoridades del sur de Sudán. Proceso que seguimos de cerca en este blog, desde la misma ciudad de Juba, a cuyas inmediaciones se acercó Joseph Kony, líder del LRA, para mantener las primeras conversaciones (publicamos en exclusiva fotos de aquel encuentro y del propio Kony, apenas retratado a lo largo de dos décadas).

El 16 de diciembre de 2008, comandos del Uganda People’s Defence Force (UPDF) avanzaron en territorio congoleño para combatir al LRA después de que aviones enviados por Kampala hubiesen bombardeado las bases de Joseph Kony y sus soldados en el parque nacional de Garamba. El nombre de la operación fue Thunder Lightning, y contó con la asesoría y apoyo de los EEUU, según sostiene The New York Times.

La ofensiva, que contó con la participación también de Congo RDC y del gobierno del Sur de Sudán, demostró que la paciencia hacia Joseph Kony había llegado a su fin tras más de dos años de negociaciones frustradas de paz. El líder rebelde pedía, antes de firmar el acuerdo, que la Corte Penal Internacional levantase la orden de búsqueda y captura que tiene en su contra. “A lo largo de los años, Kony ha recibido muchas zanahorias y nada de palos”, declaraba Juia Spiegel, del Enough Project.

La mala logística y la falta de coordinación impidieron que se alcanzara el objetivo prefijado: destruir las bases del LRA en Congo y matar y capturar al mayor número posible de sus efectivos. Según el capitán Deo Akiki, del UPDF, se hicieron prisioneros a 50 guerrilleros ugandeses y se terminó con la vida de 150.

Puño de hierro

La respuesta de Joseph Kony fue similar a la que articuló en marzo de 2002, después de que el UPDF lanzase en su contra la operación Iron Fist con el beneplácito de Jartum: dividir a sus hombres en grupos pequeños y ordenarles que se dispersen.

A partir de diciembre de 2008, estas unidades reducidas de hasta seis integrantes empezaron a atacar a la población civil congoleña, provocando 900 muertos en poco más de un mes. La mayoría de forma brutal y vejatoria, como suele hacer el LRA, tan aficionado a cortar orejas, labios y narices como a torturar a sus víctimas.

Seguramente, esta segunda parte de la estrategia está destinada a desplazar a la población civil, para dificultar así el avance de las fuerzas enemigas. El ACNUR estima que a raíz de estas acciones, unos 130 mil congoleños abandonaron sus hogares, a los que hay que sumar 10 mil sudaneses. En 2002, la respuesta de Kony contra los civiles ugandeses alcanzó niveles de atrocidad y barbarie desconocidos para sus tropas desde 1996.

Desde entonces, el LRA ha continuado con sus ataques contra los civiles en la frontera de 300 kilómetros que separa a Congo de Sudán, moviéndose también hacia la República Centroafricana. Hace un mes la prensa anunciaba que el gobierno de Bangui había dado luz verde a las tropas ugandesas para que entraran a su país para seguir persiguiendo a Kony, del que se dice que apenas cuenta con 700 hombres (la mayoría niños a los que secuestró y formó como soldados).

La persecución de los ugandeses

Como toda ciudad atrapada en un conflicto, los rumores se suceden a todas horas en Yambio, cuyos habitantes están acogiendo a los miles de desplazados por la violencia. Algunos dicen que Kony habría aceptado firmar la paz; otros, que el grueso de sus fuerzas se encuentra camino hacia Chad y Darfur, por lo que el peligro ya habría terminado en la provincia sudanesa de Ecuatoria Occidental. Los más prudentes afirman que el LRA es impredecible, que mejor no hace vaticinios.

Muchos se lamentan de que el vicepresidente del sur de Sudán, Riek Machar, diera alimentos y dinero a los guerrilleros ugandeses durante las negociaciones de paz (estas son sus últimas declaraciones sobre el proceso). También señalan que detrás del LRA está Jartum en su intento por desestabilizar al sur de cara al referendo de autonomía de 2011.

En la última entrada comentábamos cómo en los mejores hoteles de sitios similares a Yambio suelen coincidir diversos protagonistas de las guerras. En esta ocasión, dos oficiales del UPDF, recién llegados de la zona de Ezo, último sitio atacado por el LRA. Pollo frito acompañado por cerveza Guinnes. Sonido de generadores, en esta urbe sin electricidad. Esto es lo que dicen los altos mandos ugandeses sobre la operación que continúan llevando a cabo:

“Los seguimos día y noche a través de la selva, con nuestras mochilas a las espaldas. Si nosotros paramos para acampar a las seis, ellos lo hacen a las seis y media. Buscan mantener la distancia”.

“Ni los estadounidenses podrían luchar contra el LRA. Sólo nosotros podemos, sólo nosotros los conocemos. Llevamos toda la vida enfrentados a ellos”.

“Cuando los ves te parecen animales salvajes. Viven en la selva, alejados de la sociedad”.

“No quieren trabajar. Lo único que hacen es robar y matar para no trabajar. Quieren la vida fácil”.

“Cuando capturas a uno de ellos y lo llevas a una zona civilizada parece de otro planeta. No les gusta estar a la luz, fuera de sus escondites en la selva”.

“Ahora se han divido en grupos de tres hombres. Son los más brutales y peligrosos. Esperan junto a las rutas para matar a la gente y robarle la comida. Son estos pequeños grupos los que nos cuesta más perseguir. Conocen la selva como la palma de su mano”.

(Foto: Jeremy T. Lock)

Hoteles con encanto: entre soldados, guerrilleros y cooperantes

De la lectura adolescente de “La guerra del fin del mundo”, el gran libro de Mario Vargas Llosa sobre la insurrección de Canudos, suelo recordar un momento culminante en el que buena parte de los protagonistas principales de la trama confluyen en un mismo sitio y conversan, justo antes de que la narración progrese hacia la batalla final que termina con la rebelión promovida por Antonio Conselheiro. Un fragmento prodigiosamente escrito.

En estos años de Viaje a la guerra he tenido en no pocas ocasiones la sensación de encontrarme en un escenario semejante, en el que todos los protagonistas de la historia convergen de forma tan reveladora como sorprendente. Algo que me ha sucedido sobre todo en los hoteles de pueblos perdidos, atrapados por la guerra, en África.

La primera vez que noté esto fue en 2005, en el hotel Acholi Inn de Gulu, ciudad del norte de Uganda. Allí, en una mesa tenías a varios oficiales del Uganda People’s Defence Force (UPDF), en otras a guerrilleros retirados del LRA, y en el resto a miembros de organizaciones gubernamentales. Todos los integrantes del conflicto que sacudió al norte de Uganda durante 22 años, en la terraza del mismo alojamiento, compartiendo una cerveza Nile Special, Castle o Tusker.

También el hotel Gerda’s, con su mesa de billar, su rosario de estatuas de madera y su dueño de origen indio, tiene la extraña cualidad de ser el sitio de Bukavu en el que se suelen encontrar algunos de los principales actores de la guerra que desde hace 12 años asola al Congo. En la barra puedes encontrar una noche a mineros sudafricanos de Banro, en las mesas a miembros de la ONU, observadores internacionales, investigadores del International Crisis Group y militares del FARDC. La etiqueta de las cervezas en esta ocasión es Primus.

En Sudán

La semana pasada, en el Tourist Hotel, de la ciudad sudanesa de Yambio, volví a hallarme rodeado de casi todos los que están involucrados en el conflicto que la presencia del LRA en el Congo ha desatado desde 2006 en tierra de los asande. Por una parte lo trabajadores humanitarios de MSF, Coopi y World Vision; por otra los militares del ejército local, SPLA, y altos mandos de la tropas ugandesas llegadas por orden de Kampala para continuar la lucha contra Joseph Kony.

Al igual que el libro de Vargas Llosa nos permite a los lectores ver cómo se fragua y perfila el desenlace de la novela, las terrazas de estos hoteles extraviados en la guerra brindan al periodista una oportunidad valiosísima para acercarse y presentarse a personas que de otro modo estarían fuera de su alcance.

En este caso, los oficiales del UPDF, que desde que se rompieran las negociaciones de paz con el LRA, han luchado contra los hombres de Kony en Congo, Sudán y República Centroafricana. Una operación coordinada con los gobiernos de la región.

Un plato de pollo frito y una cerveza Guinnes sobre la mesa. El runrún del motor del generador eléctrico de fondo, que resuena como una flota de B52. Así describen la ofensiva los altos mandos ugandeses…

“El LRA mató a nuestro padre y secuestró a nuestra madre”

El pueblo de Nzara, que pertenece a la provincia sudanesa de Ecuatoria Occidental, se encuentra a 16 kilómetros de la frontera con la República Democrática del Congo. Desde este último país, el antiguo Zaire, huyó Bagndaakia John, de 20 años de edad, junto a sus siete hermanos el pasado mes de agosto.

“Nuestro padre escuchó que el LRA se encontraba cerca de nuestra zona, Duru. Cuando se hizo de noche nos ordenó que nos ocultáramos en la selva”, explica Bagndaakia, bajo el techo de plástico del tukul (choza) en el que ahora pasa las horas. “Escuchamos sus gritos en la noche, pero nos animamos a salir hasta el día siguiente. Encontramos que los del LRA lo habían cortado en pedazos con sus pangas y que se habían llevado a mi madre”.

Al igual que miles de congoleños de la etnia asande, Bagndaakia emprendió la huida hacia Sudán. Según nos comenta Soter Byarugaba, oficial de terreno del ACNUR, hay registrados 6.775 refugiados que se encuentran en los campamentos de Makpandu, Ezo, Tambura, Naandi, Andari. Todos situados en la provincia de Ecuatoria Occidental.

“Caminamos durante dos días hasta llegar a Yambio. Ahí preguntamos por mi tío, que había huido del LRA a principios de año”, continúa su relato Bagndaakia. “Nos enteramos de que estaba en Nzara y vinimos hasta aquí. La hermana Giovanna nos dio comida, ropa y dinero”.

La hermana Giovanna se encuentra en Kampala, Uganda. A cargo de la orden de las combonianas en Nzara está la hermana Eugenia, también italiana.

“Sé que no está bien decir esto, pero Dios, llévate pronto a Joseph Kony. No dejes que siga haciendo daño a la gente”, expresa la monja, que es también de origen italiano, y que pasó parte de los últimos 25 años en Sudán. “Este país no conoce la paz”, prosigue. “¿Tú sabes lo que es la paz”, le pregunta a Bernadette, una de sus ayudantes, que niega con la cabeza. “Esta gente lleva desde 1955 sufriendo guerra tras guerra. Y ahora que parecía que todo iba a mejorar aparece Joseph Kony y el LRA”.

El LRA en Congo y Sudán

Sobre Joseph Kony y su delirante y brutal milicia de niños soldados hemos escrito en este blog desde Uganda hace tres años. También seguimos sus pasos por Juba, capital de Sudán del Sur, cuando pasó por aquí en 2006 para negociar el acuerdo de paz que nunca llegó a firmar (en próximas entradas explicaremos cómo llegó al Congo y dónde se encuentra en estos momentos. Asimismo, describiremos la situación de emergencia humanitaria que se está viviendo en la región y que escasa o nula repercusión está teniendo en la prensa).

“Vivimos con mi tío en la tienda de mío, que también es refugiado. Las monjas nos ayudan con lo que pueden pero no nos alcanza. No tenemos semillas, no tenemos ropa. Hay días que sólo comemos una vez. Y el agua aquí está contaminada”, sostiene Bagndaakia. “Mis padres eran agricultores. Yo estaba estudiando y mis hermanos también. Ahora no vamos a la escuela”.

El nombre de su tío es Gabriel Simon, tiene 28 años. Sus hermanos, de los que Bagndaakia ahora es responsable: Hipai John (18 años), Gimigu John (16 años), Misamative John (14 años), Ngambu John (12 años), Minapaite John (10 años), Ngbapail John (8 años) y Giminigu John (4 años).

La pregunta insoslayable es sobre el futuro. ¿Cuándo espera volver al Congo? ¿Piensa que volverá a encontrarse con su madre? “Creo que mi madre está muerta, que no la veremos nunca más. ¿LRA? Ojalá desaparezcan, ojalá se mueran todos”, afirma con amargura y rabia.

(Fotos: HZ)

De la guerra del Congo al sur de Sudán

Hay conflictos que sobre el terreno se simplifican, empujándolo a uno a salir de vacilaciones como sucede con la ocupación israelí de Palestina. Ser testigo del sufrimiento de la población de Gaza, del brutal bloqueo al que es sometida desde hace tres años; ver el muro que divide Cisjordania y conocer de primera mano el perverso sistema de puestos de control, de segregación racial, que imponen los jóvenes soldado; sirven para despejar las pocas dudas que se podrían tener sobre las mentiras, manipulaciones emotivas y argumentos sesgados que se vierten a diario en la prensa para negar lo que allí, entre las víctimas de sesenta años de ultraje y postergación, resulta tan evidente como hiriente.

Pero hay conflictos, como el de la República Democrática del Congo que, debido a la multitud de actores involucrados, a los constantes cambios de bando y a la escasa presencia de periodistas en el terreno, mientras más lo visitamos mayores son los interrogantes que nos asaltan, más complicados de aceptar resultan algunos de los mantras que repiten en sus cables las agencias de prensa. Por ejemplo, en nuestra accidentada visita a las minas de Maroc, en el territorio de Walungu, descubrimos no sólo el trabajo infantil sino la brutal lucha de las poblaciones locales por controlar los minerales (cuando siempre se acusa a los grupos armados de ser los únicos participes en la pugna por los recursos).

Ahora acabamos de desembarcar en el sur de Sudán (donde comenzamos la andadura de este blog en junio de 2006). Otro conflicto complejo, en el que se superponen diversos niveles de violencia: la potencial guerra con el Norte, con las elecciones del próximo abril y el referéndum de 2011 como fechas claves; las luchas tribales entre los dinka y los nuer, que cada día dejan mayores números de muertos (al punto de que esta zona del mundo supera ampliamente a Darfur en la cuantía de fallecidos); y la presencia del LRA en la provincia de Ecuatoria Occidental, que ha provocado hasta el momento 25 mil refugiados y varios centenares de muertos.

Yambio, capital de Ecuatoria Occidental, es la primera parada de nuestro recorrido por Sudán del Sur…

José Carlos Rodríguez: 20 años en la guerra de Uganda

José Carlos Rodríguez, madrileño de origen, ha sido testigo en primera línea del conflicto que desde hace más de dos décadas tiene en jaque al norte de Uganda y que ha provocado 120 mil muertos y más de dos millones de desplazados.

Instalado primero en Kalongo, y luego en Gulu, epicentro de la guerra, participó en las negociaciones de paz, conoció de cerca a los rebeldes del LRA, de los que tan poco se sabe, y ayudó a numerosos niños soldados a dejar sus filas.

“Al norte de Uganda llegué por primera vez en 1985. Lo hice con los combonianos. Me encontré justo con el comienzo de la guerra. En total estuve 20 años. Todo el tiempo ha sido de conflicto“, afirma José Carlos, que hace seis meses regresó definitivamente a Madrid. “Cuando comenzó la guerra yo pensaba como mucha gente que se iba a acabar enseguida. Comenzar una guerra es fácil, pero terminarla es difícil”.

Realidad desconocida

Uno de los aspectos que sorprenden del conflicto en la región de mayoría acholi de Uganda, es la escasa repercusión que tiene en la prensa. Inclusive hoy, que la paz parece más cerca que nunca, los medios miran hacia otra parte.

“Llegaba a una aldea y veía que las madres lloraban porque habían matado a diez personas y se habían llevado a 80 niños. Esa misma tarde ponía la BBC y hablaban de la franja de Gaza, de que dos personas habían muerto”, señala José Carlos. “¿Y por qué esto es así? Porque en algunos sitios hay intereses económicos y en otros no”.

Como todo conflicto, el de Uganda ha sido especialmente cruel con los niños y las mujeres. Los efectivos del Ejército de Resistencia del Señor (LRA) raptaban a los menores de sus casas. A los niños los convertían en soldados y a las niñas, además, en esclavas sexuales.

Otra característica de esta guerra que José Carlos, en cada una de las

entrevistas que le he podido hacer a lo largo del tiempo, se afana en denunciar, en tratar de dar visibilidad.

“Hay una gran sensibilidad hacia la protección de los niños cuando son de países del norte, como el caso Mari Luz, pero cuando se trata de Uganda no importa”, afirma. “La guerrilla ha secuestrado 40 mil niños. Pero la tragedia no es sólo de ellos, sino de toda la infancia, que no puede dormir en su casa, que tiene que nacer y vivir en campos de desplazados”.

Sin sentido

La última razón que da para explicar por qué apenas se habla de la realidad, responde a que resulta difícil de comprender: “Se trata de una guerra en la que todo es ilógico, en la que faltan objetivos claros. En Sierra Leona los diamantes. En el Congo el coltán. Allí no hay nada de eso. Si los propios ugandeses no lo entienden, mucho menos alguien de aquí”.

Esto se debe a que uno de los dos principales actores de esta historia, el Ejército de Resistencia del Señor (LRA), no tiene agenda política alguna y sólo se limita a afirmar que está luchando por imponer los Diez Mandamientos.

Por otra parte, ni siquiera responde al patrón de enfrentamiento tribal, ya que se trata de miembros de la etnia acholi que atacan, raptan, matan, violan y mutilan a otros acholi.

“Son grupos de mafiosos, de señores de la guerra, que viven bien a base de tener gente armada, que mantienen a millones de personas que no pueden tener una vida normal. Un comandante que tiene 20 mujeres. Esa gente no iba nunca a la primera línea de combate. Por eso los que morían eran los niños”, sentencia José Carlos.

Continúa…

¿Ha terminado la guerra en Uganda?

Es uno de los conflictos olvidados de África. Y fue uno de los primeros destinos que fatigamos en este blog. Una guerra que ha durado más de dos décadas, que costó la vida 120 mil personas y que obligó a más de dos millones a abandonar sus hogares de forma permanente para asentarse en campos de desplazados.

Un conflicto que apenas ha tenido repercusión en los medios de comunicación. Seguramente porque al no haber en juego recursos naturales ni posiciones dominantes geoestratégicas poco ha interesado a las grandes potencias. Pero también por lo difícil que resulta de entender.

De un lado, en la guerra del norte de Uganda, están las tropas del gobierno central del presidente Museveni, del otro, un grupo de fanáticos que dice luchar para imponer los Diez Mandamientos y que es conocido como el Ejército de Resistencia del Señor (en su acrónimo inglés: LRA).

Para ello secuestra a niñas, a las que hace esclavas sexuales. A niños que convierte en parte de su ejército (se estima que tiene unos dos mil menores soldados y que abdujo a más de 40 mil). Y mutila, viola y mata a los campesinos que encuentra en su camino. Su seña de identidad es cortarle los labios y las orejas.

Durante años ha sido tal el terror entre la población civil que los niños abandonaban sus aldeas al atardecer para buscar refugio en las ciudades. Un flujo constante de pequeños que cada día marchaban en procura de la protección que sus padres no les podían dar.

¿Hacia la paz?

Al frente de esta organización se encuentra aún el hombre que para los africanos es la encarnación misma del mal, un hombre del que nada se supo durante años, del que ni siquiera se tuvo una imagen: Joseph Kony.

Un líder delirante, mesiánico, que ha llegado a contar con una veintena de esposas y que, en un aspecto incomprensible de esta guerra, no tuvo como objetivo de sus carnicerías a otro grupo étnico, sino a su propio pueblo: los acholi.

Una de las primeras imágenes que salieron a la luz de él fue esta, que conseguí para este blog en Sudán, en junio de 2006, cuando ya el LRA parecía estar viviendo sus primeros vientos de cambio en dos décadas:

Kony se benefició desde sus inicios del apoyo del gobierno árabe de Jartúm, que le entregaba a armas y lo amparaba en su territorio con el fin desestabilizar a Uganda. Pero el acuerdo de paz entre el norte y el sur de Sudán de 2005 puso fin a esta asociación y el ejército de Kony comenzó a perder capacidad de acción.

Como consecuencia, empezó a dialogar la paz con el gobierno de Kampala. Dos largos años de negociaciones en los que la orden de captura de la Corte Penal Internacional contra Joseph Kony, por crímenes de lesa humanidad y reclutamiento de niños soldados, fue un obstáculo.

Finalmente se llegó un acuerdo, pero hace dos semanas Kony no se presentó a la firma del mismo en la ciudad de Juba. Y los últimos informes de las organizaciones de Derechos Humanos señalan que está ahora en la República Centro Africana y en el Congo RDC, donde sigue secuestrando a niños y aterrorizando a la población local.

Testigo excepcional

José Carlos Rodríguez desembarcó de la mano de la orden de los combonianos en Uganda justo cuando comenzaba la guerra. Y fue un testigo de excepción de la misma durante 20 años. No sólo ayudó a los niños que quería huir del LRA sino que participó en las negociaciones, teniendo inclusive la posibilidad de hablar con Joseph Kony.

Ahora ha regresado a su ciudad natal, Madrid. El domingo estará firmando en la caseta 282 de la Feria del Libro la obra que acaba de publicar sobre sus experiencias en Uganda, Hierba alta (editorial Mundo Negro), cuyo manuscrito tuve el privilegio de poder leer y que recomiendo encarecidamente.

Mañana, la entrevista con José Carlos, que fue un extraordinario guía en la visita que realicé a la zona. Sus anécdotas, recuerdos y análisis no ya sólo sobre Uganda, sino sobre la realidad africana, que conoce como pocos en España.