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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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De regreso a la guerra del Congo

Con la triste noticia de la desgracia sufrida por Emilio Morenatti, fotógrafo andaluz que ha hecho una carrera extraordinaria en los últimos años, partimos esta madrugada de regreso a la República Democrática del Congo. En el trayecto, la parada obligada de siempre, Kenia, y luego Ruanda.

De este último país, imposible conseguir visado. El cónsul en Madrid lleva semanas desaparecido en acción, y la página web para pedir la autorización “on line” tampoco responde. Quizás en la embajada de Nairobi haya más suerte. Como última opción, tomar el avión a Kigale, perder rápidamente la capacidad para hablar inglés o francés y alegar que se extravió el papel de la autorización, algo que ya dio buenos resultados el año pasado.

Lo que molesta de estas absurdas burocracias – en el caso de Ruanda contradictoria, ya que intenta promover el turismo a través de sus parques naturales y gorilas – es el tiempo y el dinero que nos hacen malgastar, aunque como está el mundo, quizás una persona de piel blanca y con pasaporte europeo debería ser la última en quejarse de las trabas que le ponen para desplazarse.

El objetivo en el Congo es reencontrarnos con mujeres como Vumilia, Jeannette y Mungere, cuyo testimonio conocimos el año pasado, y seguir así profundizando en la investigación sobre la violencia sexual , sobre la violación como arma de guerra, que asola a este país, donde se producen el 70% de los abusos del mundo. Un conflicto con rostro de hambre, de gobernantes corruptos, de intereses espurios, pero sobre todo, con rostro de mujer.

En el anterior viaje también pudimos acercarnos a la realidad de algunos de los 30 mil niños soldados mai mai, del FDRL, de las fuerzas de Laurent Nkunda, y acompañamos a los efectivos de la MONUC en sus cuestionadas misiones para promover el desarme y la estabilidad. Además, pudimos seguir el trabajo del doctor Denis Mukwege en el hospital Panzi por ayudar a las mujeres víctimas de violaciones y fístulas.

En esta ocasión abordaremos una cuestión fundamental en la región de los Kivus: los minerales, y en particular el coltán. Motores de la guerra. Además, intentaremos ver cómo ha devenido la situación tras la salida de Laurent Nkunda y la operación militar del ejército ruandés en territorio del Congo. Hace dos meses veíamos que la violencia contra los civiles había repuntado en este conflicto que se ha llevado más de cinco millones de vida por delante.

A modo de guía, un resumen de la génesis del conflicto y de los principales actores involucrados que escribimos el año pasado.

(Fotografía: HZ)

Aumentan las violaciones en el Congo

Dos hechos que tuvieron lugar a lo largo del último medio año permitían albergar la esperanza de un cambio en la región oriental de la República Democrática del Congo, que lleva sumida en la violencia desde que millones de refugiados cruzaran la frontera tras el genocidio en Ruanda en 1994. Un conflicto que se ha cobrado la vida de más de cinco millones de personas y que se perpetúa en buena medida debido a minerales como el coltán.

1. El primero fue el arresto de Laurent Nkunda, líder de los tutsis banyamulenge. Un nuevo informe de la ONU, publicado en diciembre de 2008, volvía a señalar al gobierno de Ruanda como el principal beneficiario del expolio de los minerales congoleños. Hablaba claramente de la relación entre el presidente Paul Kagame, empresarios de su país y el estrafalario Nkunda, que siempre había dado como argumento de su lucha armada la protección de los tutsis en terreno congoleño.

El pasado mes de enero, las tropas ruandesas entraron al Congo con la venia del presidente Kabila para arrestar a Nkunda. El informe de la ONU parecía poner en riesgo el mayor recurso del País de las mil colinas, la ayuda internacional, que significan el 60% de sus ingresos, además de dejar en mal lugar a Paul Kagame, que una y otra vez ha negado su relación con Nkunda.

2. El segundo hecho vino a continuación, cuando las tropas ruandesas que se encontraban en territorio congoleño salieron a cazar a los rebeldes hutus del FDLR, que también son responsables del control de minerales y de cometer crímenes contra la población civil.

Más expolio

Sin embargo, las informaciones que llegan desde la zona no sólo mencionan que estas dos acciones no tuvieron el efecto previsto, sino que han empeorado aún más la situación.

El grupo de expertos de la ONU para la República Democrática del Congo remitió el 14 de mayo al Consejo de Seguridad un informe que señala el fracaso de la operación militar contra los hutus del FDLR. Así lo explican en la página de los Comités de Solidaridad con el África Negra:

Según el informe, a pesar de la operación ruandesa-congoleña de primeros de año, los rebeldes hutu ruandeses del las FDLR siguen siendo muy activos. Según los expertos, la operación militar conjunta “ha sufrido a causa de su brevedad, de los problemas logísticos y del desvío de fondos operativos destinados a su realización y “ha fracasado en su misión de quebrar la estructura de mando de las FDLR, que permanece intacta”.

Desde primeros de año, las FDLR han realizado contraataques de guerrilla en el Kivu Norte en coordinación con su jefe Ignace Murwanashyaka, que reside en Alemania Según el informe, Murwanashyaka, equipado con un teléfono-satélite, posee los medios para dar órdenes al general Silvestre Mudacumura del batallón Zodiac para recuperar los territorios perdidos. El comité ha podido verificarlo gracias a grabaciones telefónicas del general Mudacumura.

Con respecto a los tutsis del encarcelado Nkunda, el informe también resalta que siguen adelante con actividades extorsivas. En una visión más amplia habla de los fallos en el programa de desarme de las milicias, de administraciones paralelas en el control de los recursos minerales, de corrupción generalizada y de que continúa el reclutamiento de niños soldados.

Más violaciones

François Grignon, director para África del International Crisis Group, publicó un artículo esta semana en Der Spieguel en el que señala asimismo un aumento del número de violaciones a mujeres (como los que conocimos de primera mano hace un año en este blog).

La organización Médicos Sin Frontera informó de que el 75% de los casos mundiales de violación tienen lugar en el este del Congo. Un censo de UNICEF informaba de 18.505 personas tratadas por violencia sexual en los primeros diez meses de 2008, de las que el 30% eran niños. Este año la situación ha empeorado aún más, con la Oficina de Coordinación de Ayuda Humanitaria de Naciones Unidas señalando un aumento de la violencia sexual en el este del Congo.

Según una fuente contactada por este blog en la zona, como respuesta a los ataques de las tropas ruandesas de principios de año, los hutus del FDRL han lanzado una serie de brutales ataques contra la población civil, a la que acusan de haber colaborado con sus enemigos.

François Grignon también señala en su artículo otro elemento preocupante, que se suele dar con regularidad: la imitación por parte de los civiles de las conductas de los soldados. “El 90% de los menores que están en prisión en el este del Congo, lo están por haber cometido violaciones”.

Entre las sombras de un decadente hotel del Congo

Otro cambio de escenario, otra habitación de hotel. Una vez más, en las primeras horas de la mañana, en el fugaz tránsito del sueño a la vigilia, un decorado confuso, de señales contradictorias, que no resultan fáciles de descifrar.

El papel que cubre las paredes, ennegrecido por el tiempo, se dobla en las esquinas como un viejo papiro egipcio. El techo, remendado con tablas de madera, cuelga sobre nuestras cabezas soltando gotas de agua que dicen “allá voy” y que, dando vueltas sobre sí mismas, se lanzan en picado contra el suelo.

La sensación de decadencia, la insoslayable presencia de la humedad, se vuelven aún más acusadas durante la noche, cuando la falta de electricidad deja al viejo caserón en penumbras.

Como soy el único huésped, el encargado me da la llave de entrada al hotel en caso de que me apetezca salir a caminar. Es un hombre arrugado, erosionado por el paso de los años, que viste una americana oscura, demasiado grande para su declinante osamenta.

Entre sombras del pasado

Por momentos veo, a través de la puerta entreabierta, el resplandor de la vela con que se ilumina al caminar por el pasillo en dirección al baño que compartimos (y en el que nada parece funcionar).

Oigo el crepitar de la radio a transistores que lleva encendida desde bien entrada la mañana. Noticias en francés que hablan del acuerdo de paz, de los rebeldes hutus, que se encuentran no muy lejos de aquí, en el bosque.

Cuando me meto en el saco de dormir, pues las sábanas están tan viejas que parecen de cartón, cierro los ojos y pienso que sería el escenario perfecto para una película de terror.

No sé si es debido a la sugestión que me produce el sitio, pero en la penumbra creo escuchar otros sonidos, también en francés. Las voces de aquellos belgas que hace medio siglo fueron los amos de estas tierras, que se reunían en este mismo caserón – en el gran salón con vistas al valle en el que permanecen intactas las sillas de cuero, los cuadros, los candelabros – a discutir sobre la flora y la fauna que creían suyas.

Sin dinero para investigar

Ayer reflexionábamos sobre cómo la violencia obstruye toda posibilidad de progreso en algunos lugares del mundo. En ningún otro sitio del Congo he sentido de forma más acusada esta certidumbre que en los edificios del Parque Nacional Kahuzi-Biega, que en su momento fuera el mayor centro de investigación científica de toda África.

Hoy las instalaciones se caen a pedazos. El hotel, la biblioteca, la sala de clasificación de aves, de mamíferos. En esta última, que también sería un buen escenario para un film de terror, se encuentra una recopilación de decenas de miles de ejemplares que observan a la nada con perplejidad, cubiertos de polvo, con las etiquetas aún en francés colgando de los huesos.

Y aquellos investigadores locales que en algún momento viajaron por el mundo para dar conferencias , y que ahora son ancianos sin sueldo, sin dinero para comprar formol, para arreglar los libros, para conseguir siquiera lápiz y papel, mucho menos aún ordenadores.

Los escucho recordar aquellos tiempos gloriosos. Los escucho quejarse de la falta de recursos. Vislumbro la dignidad de muchos de ellos, que siguen viniendo a trabajar cada día, aunque antes de dejarlos me pidan una propina.

Pienso en cómo la guerra, y su consecuente miseria, confisca, detiene, paraliza, tantos destinos; cómo lanza los relojes en una irrefrenable carrera hacia el pasado.

Una noche a ritmo de Bollywood, junto a soldados paquistaníes en el Congo

El cambio constante de escenarios hace que algunos días me levante perplejo, desorientado, preguntándome dónde carajo estoy. Esta madrugada, el llamado a la primera oración del muecín y el aroma intenso de la húmeda vegetación, hacen que me resulte más complicado que de costumbre descifrar el paradero en el que me encuentro.

En las paredes, carteles escritos en árabe. En la mesa de luz: un paquete de cigarrillos Portsman, fabricados en Tanzania; un bote de zumo marca Splash, hecho en Uganda; y una botella de agua con una etiqueta de la ONU en la que se lee en inglés que “debe ser consumida antes del 2009”.

Abro la puerta y descubro un contenedor en cuyo techo han erigido un puesto de vigilancia. En lo alto, un soldado con un fusil, y la bandera verde y blanca de Pakistán ondeando sobre su cabeza.

Más allá, tras una elevada verja de alambres de espinos, varias mujeres africanas trabajan la tierra al tiempo en que los primeros resplandores del sol despuntan en el horizonte.

Música de Bollywood

Curioso mundo, por calificarlo de alguna manera, el que han creado los militares paquistaníes sobre la tierra colorada del Congo y entre los contenedores blancos de la ONU.

Ayer por la noche, como despedida al equipo de evaluación de la MONUC llegado desde Kinshasa, se organizó una fiesta. Flores, banderas, una inmensa pantalla de plasma en la que sucedían vídeos de música de Bollywood, y hombres uniformados que no dejaban de bailar, sacudiendo las manos en el aire, meciendo las caderas.

Uno de ellos, teniente originario de Lahore, con el que había estado conversando durante la tarde, insistía: “¡Venga, vamos, ven a divertirte, ven a moverte con nosotros!”.

Si no hubiese pasado varios años viviendo en Asia, me habría sentido bastante inquieto por la invitación (dicho esto con el mayor respeto a las opciones sexuales de cada uno, por supuesto: lo mío no son las danzas mejilla a mejilla con soldados). Pero así se dan las cosas en India, en Pakistán, en Afganistán. Los hombres caminan de la mano por la calle, salen a bailar por las noches, mientras que la mujer se queda en casa.

Las costumbres de los ejércitos

La cena es más que abundante. Desmesurada si tomamos en cuenta que estamos en una de las zonas más pobres del Congo. Comida tradicional pakistaní, comida occidental. Y camareros que no dejan de aparecer con más pan, con más bandejas rebosantes de samosas, de arroz.

Con solo levantar el brazo, los oficiales consiguen que uno, dos, tres hombres vestidos de salwar blanco, vengan a su lado. “¿Quieres algo más?”, me pregunta una y otra vez el comandante.

La diferencia con los soldados de EEUU con los que conviví un mes antes en Afganistán no podría ser más abismal. Allí, hasta el militar de mayor rango se acercaba a la cantina del cuartel y se calentaba su propia hamburguesa en un microondas para luego compartirla junto a sus hombres frente a la televisión, viendo algún partido de beisbol.

El segundo de mando estadounidense de la base Kutschbach apenas se limitó a mostrarme el camastro en el que pasaría las noches. Nada más. Ni instrucciones, ni consejos. Libertad absoluta para la iniciativa personal.

Y si no morí de hambre fue porque por propia motivación comencé a unirme a la cola de los soldados, a meter la comida congelada en el horno y a sentarme con ellos frente al televisor, tratando de entender cómo funciona el deporte de los bates, las gorras con visera y los home run (mientras me atormentaba la idea de que en alguna otra cadena, en algún otro lugar del mundo, estaban pasando la Eurocopa de fútbol).

Supongo que cada ejército viaja con sus costumbres a cuestas, y los oficiales paquistaníes, seguramente hijos de familias pudientes, se han traído un regimiento de criados que a todas horas les ofrecen té, bocadillos, en la sala con cómodas butacas y grandes mesas en las que se reúnen para matar las horas muertas.

Como a buen invitado, no dejan de agasajarme. Exhausto tras el viaje de cuatro horas dando tumbos por la carretera desde Bukavu, disfruto del buen trato. Otra costumbre pakistaní: la hospitalidad, que ejercen de manera esmerada y consciente.

Ahmed, ¿mi asistente?

“Este será tu asistente, se llama Ahmed, cualquier cosa que necesites, se la pides”, fue lo primero que me dijo un oficial paquistaní apenas llegué. “Él te conducirá a tu habitación”.

Golpean la puerta de esa misma habitación. Son las seis de la mañana. Aparece Ahmed. “¿Tiene alguna ropa para planchar, señor?”, me pregunta en un inglés telegráfico al que se le cuela alguna que otra palabra en urdu.

Ya no albergo duda de dónde estoy: en algún lugar perdido de la provincia de Kivu Sur, en el Congo, junto al Cuarto Batallón del Ejército Pakistaní.

Aunque ahora surge la pregunta importante, la que me ha traído hasta aquí: ¿Por qué las fuerzas de la ONU son tan poco eficientes a la hora de proteger a la población local?

Tras un desayuno opíparo, me subo al Land Rover. Partimos en misión. Durante unos instantes, los interrogantes, superfluos, esenciales, se confunden. ¿Planchar? ¿Ropa? No, me digo. No son preocupaciones que suelan desvelarme mientras viajo (dicho esto también, por supuesto, con todo respeto a los que les gusta ir a la guerra sin una arruga en la camisa).

El médico que lucha por las mujeres violadas del Congo

“Algunos meten cuchillos y palos afilados en las vaginas de las mujeres después de violarlas, otros emplean pistolas”, afirma el doctor Denis Mukwege, en su despacho del hospital Panzi. “Los que hacen esto no son seres humanos, son depredadores”.

Comenzó a descubrir los primeros actos de violencia sexual en 1999, durante la Segunda Guerra del Congo. Al año siguiente vio cómo el número de víctimas se multiplicaba, superando el centenar. Un patrón se repetía en cada una de ellas. “No eran sólo violaciones, sino actos barbáricos”, explica.

Esclavitud, tortura y sida

Según hemos conocido en este blog a través del testimonio de seis víctimas, las principales características de estos actos contra las mujeres del Congo son:

1. Se las viola frente a sus maridos, hijos y vecinos. No en pocas ocasiones estos son también abusados y asesinados. Las violaciones suelen ser perpetradas por grupos de hombres armados.

2. En otros casos, estos actos tienen lugar en sitios públicos, frente a la comunidad. El objetivo podría ser propagar el miedo entre los moradores de la aldea, mandarles un mensaje claro para que abandonen sus casas y terrenos.

3. Sintiéndose deshonrados, suele suceder que los maridos que presencian o tienen noticia de las vejaciones, abandonen a sus esposas. Además de los traumas que han padecido, luego ellas se encuentran solas. De este modo, el tejido social se fragmenta.

4. Asimismo ocurre que los soldados se llevan a las mujeres a sus campamentos, donde las convierten en esclavas sexuales. Allí las obligan a cocinar, a lavar la ropa, además de violarlas de forma sistemática (como en el caso de Nsimire). Se calcula que el 40% de las víctimas, de entre 8 y 18 años, pasan por esta situación.

5. A los niños y adultos los emplean para transportar el botín hasta el cuartel. En el camino, o al llegar, los asesinan. De este modo, intentan mantener oculto el lugar en el que se esconden. Solo preservan con vida a las mujeres que desean convertir en esclavas.

6. Un patrón que se repite en infinidad de ocasiones: después de violarlas usan palos, botellas rotas, machetes y cuchillos para destruirles los genitales. Una forma, en este conflicto en el que el control de la tierra y los recursos naturales parece tan importante, de acabar de lleno con la comunidad local, a través de la destrucción de su base, de su pilar fundamental: las mujeres. Según Human Rights Watch, el 30% de las víctimas sufre esta clase tortura (como le ocurrió a Vumilia).

7. En otras circunstancias, la violencia se vuelve aún más extrema, si es que cabe. Se les dispara, se la quema, se les corta los brazos. Se han registrado numerosos casos, asimismo, de mujeres que se han contagiado el VIH como consecuencia de las violaciones. El 30% de las pacientes que pasan por el hospital Panzi, tienen sida (como le sucede a Mungere).

8. También respondiendo a este deseo de control étnico, tribal, de las zonas en disputa, los soldados dejan embarazadas a las jóvenes. Dando lugar así a la terrible paradoja: el niño que la mujer tendrá que criar a lo largo de su vida, es hijo del hombre que la violó y que asesinó a su familia (realidad también de Nsimire).

Salvar a las mujeres

La fístula obstétrica, como ya hemos visto en anteriores entradas, es una fisura entre el recto, la vagina y la vejiga que provoca incontinencia en las mujeres, que las condena a la marginación social y el dolor crónico.

La mayoría de estas lesiones son consecuencia de la malnutrición, de la falta de atención médica y de los embarazos prematuros. Los cuerpos de las jóvenes no están aún listos para dar a luz. Y, durante el parto, el bebé les causa un daño que, normalmente, se puede subsanar con una simple operación. En Etiopía, el país de África con mayor número de casos, son más de cien mil las mujeres que la padecen.

Las mujeres congoleñas cuyos cuerpos se han convertido en el campo de batalla de las milicias – desde los hutus del FDRL, pasando por los tutsis de Laurent Nkunda, hasta los grupos locales Mai Mai y el propio ejército regular del país -, sufren la fístula debido a los objetos que se les meten en el aparato reproductor. Su reconstrucción, cuando es posible, resulta mucho más compleja.

Hoy, nueve años más tarde, el doctor Mukwge recibe diez nuevas pacientes cada día. Junto a su equipo del hospital Panzi, pionero en el país en esta clase de intervenciones, lucha por intentar recuperarlas, por deshacer el tremendo daño causado por los soldados. Hasta ahora han tratado a 3.500 mujeres.

Continúa…

Arrancar las semillas de las mujeres del Congo

Las mujeres aguardan en la sala de preoperatorio del hospital Panzi, en silencio, con la mirada perdida en el techo o en alguna de las ventanas que miran al jardín. Sólo una de ellas levanta la voz.

Susurra una canción tradicional que se abre paso a través de las sábanas, de las mosquiteras, de las tablillas con los nombres y datos vitales de cada paciente. Una voz atiplada, dulce, cargada de melancolía.

En la entrada me piden que me saque las zapatillas y que me ponga unas pantuflas de cuero. Allí encuentro dos mujeres sentadas en un banco de madera. Una debe tener sesenta años, la otra es joven, una adolescente.

Serán las próximas en ser operadas. En sus rostros, pálidos, compungidos, se nota el miedo a la intervención a la que serán sometidas en cuestión de minutos.

El quirófano

Me llevan a un vestuario. Allí me veo obligado a sacarme la ropa y a vestirme como un médico: camisa blanca, pantalones verdes, gorra y mascarilla.

La última vez que hice esto fue justamente hace dos años, en Gaza, durante la operación israelí Lluvia de Verano, cuando decenas de civiles llegaban mutilados al hospital Al Shifa, entre los que se contaba aquel hombre, Jader Al Magary, cuya terrible historia hemos conocido en este blog.

El personal del hospital se muestra atento, sumamente profesional. “Si filmas a la paciente no puedes filmar las heridas que tiene, y viceversa”, me advierte el cirujano, rodeado de asistentes, de tubos llenos de sangre, de pinzas y vasijas. “En teoría, la operación de fístula es sencilla, en veinte minutos se termina. Pero en el caso de las mujeres violadas, resulta mucho más complicada. Tenemos que reconstruirle el aparato reproductor”.

Más que cualquier testimonio o entrevista, este encuentro me permite comprender la verdadera dimensión del padecer físico de estas mujeres, el horror que sufren, que se muestra también en sus rostros, sedados por la anestesia, aunque no inconscientes, mientras los médicos se sumergen entre sus piernas para tratar de sanar aquello que los hombres les hicieron, no contentos con violarlas en grupo, con humillarlas, con matar a sus familiares, al insertarles palos, cuchillos, en los genitales.

Matar la semilla

El olor a desinfectante, las luces blancas que cuelgan sobre el quirófano, y el recuerdo de una frase que me dijo Christine Schuler Deschryver, infatigable activista contra la violencia en los Kivus: “La mujer es la base de la sociedad. Y la destruyen para destruir a la sociedad. Es una forma de expulsar a la gente de sus pueblos para hacerse con el control de los cultivos, de las materias primas. Es una forma de terrorismo”.

Pienso asimismo en un libro que leí de joven, Arrancad las semillas, matad a los niños, la primera obra del escritor japonés Kenzaburō Ōe, que tiene a África como telón de fondo, como escapatoria, como mito. Matar la semilla de las mujeres, de la sociedad, arrancarlas de cuajo, para destruirlas.

Fuera, en la sala de postoperatorio, mujeres que tejen, que conversan, que avanzan doloridas tomadas a una bolsa de suero. Y la misma pregunta que me trajo al Congo para conocer su realidad, y que quizás ya empiece a responder: ¿Cómo vivir después de semejante horror? ¿Cómo seguir adelante?

Continúa…

La guerra contra las mujeres del Congo: Asima, amada por Dios

La esclavitud subsiste aún hoy, en el siglo XXI, aunque poco o nada se hable de ella. Las milicias hutus, conocidas como FDRL, secuestran a jóvenes y las llevan a los campamentos situados en la República Democrática del Congo desde los que dicen luchar para recuperar el poder en Ruanda.

– Había unos 70 soldados y 20 chicas, entre las que estaba yo – explica Nsimire Aimerida, que acaba de cumplir 18 años.

– ¿Cómo pasabas el día?

– Cocinaba, limpiaba. Si lo que hacía no les gustaba, me pegaban.

– ¿Tenías una buena relación con las otras chicas?

– Si no hubiese sido por ellas, me habría suicidado.

– ¿Abusaban de ti los soldados?

– Sólo dos, los que me habían sacado de mi casa.

– ¿Recuerdas sus nombres?

– Uno se llamaba Robert y el otro, Gasone.

– ¿Qué edad tenían?

– Más o menos como él – responde Nsimire, señalando a Selemani, mi traductor, que tiene 48 años.

– ¿Alguna vez te trataban bien?

– Sí, pero yo no confiaba en ellos. No olvidaba que habían sido ellos los que había asesinado a mi padre y a mis hermanos.

Historia de un secuestro

Nsimire no había cumplido los 13 años cuando la arrancaron de su casa durante la noche. Su madre, que también se llama Nsimire, y que tiene 37 años, recuerda lo sucedido: “Vivíamos en Kaniola, en un pueblo llamado Mwirama. Varios hombres entraron a nuestra casa al amanecer. A mí me ataron a un palo, me llevaron fuera y me violaron. Yo escuchaba gritos en el interior de la casa pero no sabía qué estaba pasando”.

Antes de partir hacia la selva con los cuatro niños de la familia, los soldados prendieron fuego a la vivienda. El marido de Nsimire murió calcinado. “Cuando pude soltarme de las ataduras, ya poco quedaba de la casa. Cogí con todas mis fuerzas el cuerpo de mi esposo y lo saqué. Después caminé como pude, porque me habían pegado mucho en las piernas y en la espalda, en busca de ayuda”.

Nsirime vagó por iglesias e instituciones públicas. Lo había perdido todo. Y no sabía si alguno de sus cuatro hijos seguía con vida aún. La respuesta le llegó un año más tarde, cuando el Ejército congoleño atacó el cuarte del FDRL liberando a la veintena de jóvenes que permanecían como esclavas.

“Por una parte estaba feliz de encontrar a mi hija con vida, por otra, me sentía destrozada de saber que mis otros pequeños habían muerto”, explica Nsimire (madre), que también descubrió en ese momento que iba a ser abuela, pues Nsimire (hija) entraba en el quinto mes de embarazo.

“La noche en que nos secuestraron, los soldados primero mataron a mi padre de un disparo, cuando el trató de protegernos. Después, me usaron a mis hermanos y a mí para cargar hacia el cuartel las cosas de nuestra casa. En el camino los fueron matando uno a uno. Sólo yo sobreviví”, recuerda Nsimire (hija).

Dios te ama

Ahora viven en una chabola situada en las afueras de Bukavu. El poco dinero que tienen lo ganan vendiendo lechuga en el mercado de Panzi. Pasan buena parte del día juntas: madre, hija y nieta.

– ¿Alguna vez piensas en quién es el padre de tu hija, en que es uno de los hombres que te causó tanto daño a ti y a tu familia?

– No, yo sólo veo a mi hija, y lo único que quiero es lo mejor para ella. Sacarla de aquí, de la pobreza, darle una vida mejor. No pienso en otra cosa.

La pequeña corre, juega con otros niños en la calle, mientras hacemos la entrevista. En cada ocasión que visito a su madre y a su abuela, se muestra sonriente, cariñosa. Cuando les pregunto qué quiere decir su nombre, Asima, me explican: “Dios te ama”.

Niños de barro en la guerra del Congo

Parto al alba en patrulla con una misión paquistaní de la MONUC, la fuerza de paz de 17.000 efectivos articulada por el Consejo de Seguridad de la ONU para la República Democrática del Congo.

Música de Bollywood en la radio del Land Rover. Algunas palabras sueltas en urdu cuyo significado logro descifrar. Y una parada, a medio camino, para comer curry de verduras con parathas. Sin rozar el borde, los soldados, llegados desde Cachemira, Karachi y Lahore, se pasan un vaso rebosante de pani.

A medida que avanzamos por la carretera, los niños nos saludan. “MONUC, MUNUC”, gritan levantando las manos, para pedir a continuación a los efectivos de la ONU que les regalen unas galletas. “Donne moi biscuit”, exclaman, con voz atiplada, como si fuera una suerte de canción infantil.

Entre el polvo y el lodo

Decía el gran fotógrafo Philip Jones Griffiths que existen dos clases de guerra: las de arena y las del barro.

Hace un mes, en un conflicto armado de fino polvo que se metía en las cámaras, en la ropa, vivía cada día la misma situación cuando salía a acompañar en sus patrullas por el valle afgano del Tagab a los miembros del 101 Batallón Aerotransportado de EEUU.

Jóvenes soldados llegados desde Texas, Misisipi o Alabama, habían bautizado a los pequeños como los “niños del polvo”. Y, con el tiempo, habían dejado de regalarles bolígrafos o botellas de agua asustados por la temeridad con que corrían junto a los blindados MRAP y a los humvees, por miedo a que terminaran bajo sus ruedas.

Perplejidad

Ahora, en medio de la tierra roja y húmeda de los bosques que pueblan los Kivus, y a miles de kilómetros de distancia de la frontera entre Afganistán y Pakistán, son otros niños los que levantan las manos para pedir a los militares que les hagan un regalo, los que se acercan demasiado al paso de los convoyes.

Tanto es así que por momentos cierro los ojos, pues nos movemos a tal velocidad, sin aminorar la marcha al paso por las aldeas, que el advenimiento de una desgracia parece escrito.

Esos niños de barro que a veces imagino que nos ven a los adultos, que vamos de un lado a otro con nuestros armamentos, nuestros coches blindados y nuestras banderas de colores, como un atajo de meritorios incompetentes, incapaces de un solo gesto de sentido común, de hacer algo concreto, eficiente, para terminar con la violencia en el mundo.