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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Una carretera al infierno en Afganistán (2)

El enorme camión que yacía varado en medio de la carretera obligó al convoy en que viajábamos a detenerse. Durante unos minutos, el oficial al mando de los cuatro blindados MRAP en que nos desplazábamos habló a través del sistema de comunicación con sus subalternos para evaluar la situación.

Soldados de EEUU, Rumania y Afganistán cortan la Carretera Número 1, que une Kabul con Kandahar por la amenaza de una bomba casera. Los vehículos particulares aguardan durante horas bajo el sol (Foto: Hernán Zin).

Tras los cristales tintados, sumidos en el constante resoplar del aire acondicionado, todos observábamos al conductor de aquel transporte de mercancía, que se encontraba con medio cuerpo metido en el motor, sudado, manchado de grasa, tratando de arreglar el mecanismo averiado. Podría tratarse de un infortunado transportista o de un terrorista talibán esperando a nuestro paso para activar la carga explosiva y mandarnos a todos al carajo.

Cuando el comandante dio la orden de avanzar, lo hicimos a una velocidad sumamente lenta. Nos superaban las tortugas, con holgura. O al menos a mí me lo pareció así. No en vano, en un momento me descubrí apretando inconscientemente el suelo del blindado con las botas, como si fuera mi propio coche en Madrid y quisiera acelerar.

Paradójicamente, en otras zonas peligrosas, como lo cráteres dejados por previas bombas caseras (y que los terroristas suelen utilizar para colocar nuevos explosivos), el convoy apretaba más el paso y avanzábamos a la máxima velocidad. Mientras más rápido, mayor la posibilidad de que quien active el explosivo no logre reaccionar a tiempo.

Paciencia, mucha paciencia

Así viajan los militares del ISAF por la Carretera Número de Afganistán, que une las dos principales ciudades del país: Kandahar y Kabul. Como veíamos en la entrada anterior, todo un símbolo de lo que ha salido mal desde la invasión de 2001. La que se suponía que debía ser la espina dorsal de la prosperidad se ha convertido en una gran fosa a cielo abierto, en una ruleta rusa de pavimento, que sólo en 2012 ha engullido más de 200 vidas.

Si es complicado para los militares, con sus coches blindados, y el apoyo de zepelines de vigilancia, aviones no tripulados y helicópteros, para los civiles recorrer esta carretera es un infierno.

Cada bomba encontrada en el camino los obliga a pasar horas detenidos, bajo el implacable sol, esperando a que los desactivadores terminen su trabajo. Las filas de Toyotas Corolla de segunda mano – que al igual que en África es el coche más extendido en Afganistán – y de camiones pintados de colores se extienden a lo largo de kilómetros.

Durante los diversos recorridos que realizamos con Jon Sistiaga por esta carretera hace unas semanas, no en pocas ocasiones hemos visto a conductores enfadados, desesperados, que mandan todo a la mierda y se saltan los controles militares para detener el tráfico o que optan por ir por la banquina, levantando nubes de polvo, incluso a riesgo de llevarse por delante otra bomba.

Un día a día tan tedioso, absurdo y peligroso como la propia guerra que los condena a no poder desplazarse con normalidad.

Kabul… a pesar de todo, Kabul

Kabul es una ciudad de niños harapientos que rebuscan en la basura; de mujeres atrapadas en burkas que recorren las aceras invisibles y livianas como fantasmas; de mendigos que levantan los brazos en las esquinas reclamando almas.

Niños vuelven de la escuela en la periferia de Kabul, entre tanques abandonados por los soviéticos (Foto: Hernán Zin)

Una urbe caótica, polvorienta, de tráfico crónicamente colapsado, donde el que lleva un arma tiene prioridad sobre el resto, ya sea un policía, un soldado afgano, un soldado de la OTAN, un guardia de seguridad de una embajada o un mercenario de alguna empresa militar privada. Así se estructura la pirámide social en esta parte del mundo, sobre fusiles, revólveres y granadas.

Una capital cada día más amurallada, de calles abruptamente mutiladas por muros de hormigón y alambres de espino, de garitas con somnolientos guardias de seguridad y de humvees del ejército afgano aparcados en las aceras con sus ametralladoras .50 listas para disparar.

Una urbe a la que de vez en cuando bajan algunos tarados adoctrinados en las madrasas de Paquistán y se meten en un hotel, en un restaurante, en un edificio público, para liarse a tiros y tratar de llevarse consigo la mayor cantidad de vidas posibles. Una excursión que suele terminar con estos mismos tarados volando por los aires y rodeados de cuerpos sin vida de inocentes.

Una ciudad por la que, a pesar de todo, quien escribe estas palabras siente un particular afecto. No en vano hace dos horas, al abandonar el nuevo aeropuerto y subirse al desvencijado taxi que lo llevaría al mítico hotel Gandamack, experimentó una cierta emoción. Todo amor es imperfecto, convive con limitaciones y miserias, y esta no iba a ser la excepción.

Ahora, por delante, 24 horas para redescubrir Kabul, para recorrer Chicken Street, el parque de Shahre Now, el antiguo palacio real, y disfrutar las vistas desde la colina de la televisión. Mañana a primera hora partimos hacia Kandahar, que es donde la guerra se manifiesta de forma más terrible e implacable.

Nuevas acusaciones de “gatillo fácil” contra Blackwater

El meteórico ascenso de la compañía fundada por Erik Prince fue todo un símbolo del extraordinario tiempo de bonanza del que comenzaron a gozar las empresas militares privadas, que ya en los años noventa habían empezado a multiplicarse en número y contratos, gracias a la estrategia belicista articulada por la administración Bush en su llamada guerra global contra el terror.

Recibieron cientos de millones de dólares por realizar labores de protección, inteligencia, contrainsurgencia, combate y apoyo logístico a las tropas internacionales en Irak y Afganistán. Más allá del debate estratégico, jurídico y ético sobre este fenómeno, nadie puede negar que se cometió un gravísimo error al no haber creado un marco legal que regule su funcionamiento.

La impunidad con la que han actuado, tanto en el respeto por la vida de los civiles como en la justificación de la forma en que gastaban el dinero público que recibían, no ha hecho más que acrecentar la imagen de prepotencia, rapacidad y torpeza que caracterizaron a las aventuras armadas pergeñadas por Rumsfeld y Cheney.

El descrédito de Xe

En este blog hemos seguido las acusaciones contra contratistas privados militares de crímenes en Irak, pero sobre todo contra Blackwater, que de entre todos los errores que cometió destaca el haber tenido un perfil demasiado alto mientras que lo que prima en el sector son el secretismo y los nombres difíciles de pronunciar (Erinys, Aegis, Triple Canopy, Dyncorp…).

Con sus ridículos vídeos promocionales, sus altisonantes anuncios de producción de armamento y la difusión hasta el hartazgo de sus instalaciones y programas de entrenamiento en Carolina del Norte, Prince quería que su empresa se convirtiera en el símbolo por antonomasia de los servicios privados en la guerra.

Consiguió todo lo contrario: una aguas negras en las que ya pocos gobiernos y empresas parecen querer navegar, de allí el cambio de nombre y la división de la compañía. No en vano el 7 de mayo se vio obligada a dejar de operar en Bagdad por orden del gobierno iraquí. Ha sido Triple Canopy quien se ha hecho cargo de sus contratos. En el resto del país podrá seguir operando hasta el mes de septiembre.

El pasado viernes nos hacíamos eco de las denuncias por abusos racistas en el Mc Arthur, embarcación de Blackwater que en teoría saldría a la caza de los piratas en el golfo de Adén, y que se suman, entre otras causas judiciales, al proceso por el asesinato de 17 civiles en Bagdad.

Ahora, cuatro empleados de una filial de la compañía, llamada Paravant, están siendo investigados por matar a un afgano y herir a otros dos en Kabul después de un accidente de coche, en lo que podría ser otro caso de gatillo fácil.

Ya en este blog dimos cuenta el año pasado desde Kabul del clima de nerviosismo que se vive en sus calles. Cada alto cargo extranjero que llega a una reunión, o inclusive a cenar en el jardín de la Gandamack Lodge, es escoltado por soldados privados que cortan el tráfico a placer, que se bajan con sus gafas de sol, sus chalecos antibalas, sus pinganillos en el oído y sus fusiles M4 sobre el pecho.

Anne Tyrell, portavoz de Xe declaró a Reuters:

Paravant puso fin a los contratos de los cuatro individuos involucrados en el incidente por no cumplir con los términos de su contrato, que requiere, entre otras cosas, el cumplimiento de la ley, regulaciones y políticas de la compañía.

De Eric Prince a otro príncipe, Lorenzo II de Médici, al que Nicolás Maquiavelo escribía el siguiente consejo:

Las mercenarios y auxiliares son inútiles y peligrosos; y el príncipe cuyo gobierno descanse en soldados mercenarios no estará nunca seguro ni tranquilo, porque están desunidos, porque son ambiciosos, desleales…

Aunque este texto viera la luz en el año 1513, parece de absoluta actualidad.

De Afganistán al Congo: donde los relojes corren en sentido contrario

Las calles de Bukavu están tan plagadas de baches que cada desplazamiento se hace lento, tortuoso. Los edificios que las rodean, en ruinas y cubiertos de suciedad, hablan a través de sus fisonomías modernistas de tiempos pretéritos, de aquellos años de la colonización belga en que esta era considerada la ciudad más bella de África.

El mundo avanza, progresa, a trompicones, no pocas veces de forma injusta, autodestructiva en su relación con el medio ambiente, pero avanza. Sin embargo, hay sitios en los que ni siquiera se da este proceso, en los que las agujas de los relojes corren en la dirección contraria.

En este sentido ha sido muy curioso enlazar dos destinos: Afganistán y el Congo. Pues en ambos lugares uno tiene la sensación de que en términos generales todo ha ido a peor, de que las condiciones de vida son ahora mucho más duras que hace cincuenta años o cien años.

Basta ver, a grandes rasgos, los niveles de malnutrición, de mortalidad infantil, de una y otra época. Uno de los efectos más perversos de la guerra: su capacidad para detener, para anclar en el odio y la violencia, los avances personales y colectivos.

Kabul

“Kabul es una ciudad que crece rápidamente, donde altos edificios modernos se empujan frente a ajetreados bazares y grandes avenidas llenas con un flujo brillante de turbantes, jóvenes vestidos de forma alegre, niñas de escuela con minifaldas, y una multitud de caras atractivas…”, escribió en 1977 Nancy Dupree, en el libro A Historical Guide to Afghanistan.

Primero fue la invasión rusa, luego la guerra civil entre los muyahidines, y finalmente el régimen represor de los talibanes, los que convirtieron a la capital afgana en un lugar miserable, en una sucesión de edificios en ruinas que parecían más los restos de una excavación arqueológica que el andamiaje de una urbe de cinco millones de habitantes.

Con la invasión de 2001, la ciudad ha tomado la típica fisonomía de los lugares donde desembarcan las fuerzas de EEUU. Aunque buena parte de la arquitectura ha sido reconstruida, ahora sus calles están atiborradas de muros de cemento, atenazadas por el miedo a un atentado bomba.

Todo un símbolo, al igual que Bagdad, del choque entre el integrismo de los noeconservadores y el de los extremistas islámicos (mucho más parecido en su discurso centrado en Dios, y en su pensamiento monolítico y sin fisuras, de lo que podría parecer a primer vista).

Los niveles de pobreza en Kabul siguen siendo apabullantes. Niños que trabajan, mujeres que mendigan, aunque ahora, en medio de la paranoia y las sirenas de los todoterreno en los que se mueven militares y diplomáticos con la protección de los hombres de empresas privadas como Dyncorp.

Los relojes han vuelto hacia atrás en la capital del país del Hindu Kush, no se ven minifaldas sino burkas. Otra historia es la de la población rural, que siempre ha vivido en una suerte de medioevo, saltando de trifulca local en trifulca local, de guerra en guerra.

Bukavu

Las fotos del antiguo Bukavu también hablan de un regreso al pasado. Muestran una ciudad de arquitectura Art Decó bien propia de los años treinta y cuarenta (líneas curvas, estructuras tubulares y motivos náuticos).

Una urbe limpia, ordenada, de calles asfaltadas, cuando era conocida como Costermansville y constituía el centro administrativo de la colonia belga en los Kivus.

Repaso las imágenes amarillentas, marchistas de antaño. Busco los mismo edificios. Y hoy los encuentro tapizados de suciedad, con cartones a modo de cristales en las ventanas, atiborrados de familias que luchan por subsistir.

En el pasado, los turistas viajaban desde Europa para disfrutar de la belleza del lago Kivu. Se movían en trenes en los que gozaban de los mismos lujos que en la metrópoli. En la urbe había electricidad, agua corriente, hospitales. Hoy, apenas hay unas pocas horas de corriente al día y los centros de salud resultan casi inexistentes.

Claro que en aquellos momentos la población autóctona no gozaba de ninguno de estos privilegios (hasta tenía prohibido el acceso a ciertas zonas). Es más, los colonizadores belgas la oprimían de forma brutal e inhumana, hasta tal punto que perpetraron un genocidio que costó diez millones de vida.

Después, cuando todo podría haber cambiado, llegó Mobutu Sese Seko, aliado de Occidente en la guerra fría, y máximo de dirigente de una cleptocracia despiadada.

Cuando él salió del poder, para morir en Marruecos en 1997, comenzó la guerra, que ha causado cinco millones de muertes. Al tiempo en que los relojes en Bukavu seguían atrasando, continuaban avanzando en la dirección contraria.

Alberto Cairo, dieciocho años en Afganistán

Vivió en Kabul bajo el gobierno pro soviético de Najibullah. Sufrió el arribo de los muyahaidines en 1992 y la guerra civil que destruyó la ciudad. Tiempos aquellos en los que, a pesar de las bombas y la parcelación de la urbe en infinitos puestos de control, salía a diario a buscar heridos.

Y luego, en 1996, cuando los acólitos el Mulá Omar lograron hacerse con el poder, siguió allí. “Tuvimos que separar a los hombres de las mujeres, pero pudimos continuar con nuestro trabajo a pesar de los talibán. Eran tiempos oscuros, tristes, donde parecía que la vida era en blanco y negro”, afirma.

Alberto Cairo es una de esas personas con las que a uno le gustaría hablar durante horas para tratar al menos de atisbar una ínfima parte de aquello de lo que fueron testigos, del fascinante bagaje histórico y humano que llevan consigo.

Sin embargo, y aunque hace 18 años que está en Afganistán, él intenta no referirse a sí mismo, y apenas lo consigue devuelve la conversación a la que ha sido su mayor motivación durante este tiempo: las víctimas de la guerra. Y, más en especial, aquellas que han quedado mutiladas como consecuencia de las minas antipersona.

Abogado de profesión, Alberto Cairo trabajaba en Torino. Pero a los 28 años decidió cambiar el rumbo de su vida. Estudió para hacerse fisioterapeuta y se sumó a la Cruz Roja. Primero recaló en Sudán. Y luego, en 1989, llegó a Afganistán.

Hoy dirige los centros que la Cruz Roja Internacional tiene en el país destinados a quienes sufren el impacto de las minas antipersona. Centros que no se limitan a colocar prótesis y dar rehabilitación, sino que van más allá: otorgan microcréditos para que estas personas puedan establecer pequeños negocios y ganarse así la vida.

Continúa…

Huir de los muertos vivientes de Kabul

Pocos lugares más lóbregos y dantescos he conocido en mi vida que el antiguo Museo Soviético de Kabul. Destruido durante la guerra civil, en la penumbra de sus antiguas salas de exposiciones cientos de jóvenes y adultos se acuclillan junto a las paredes manchadas de humo para inyectarse o para fumar opio, al tiempo en que otros yacen en el suelo, ovillados, recostados sobre la mierda que todo lo anega.

“No viven más que para drogarse”, me explica Salem, el traductor. “Roban, mendigan, venden todo lo que tienen. Y no comen. Muchos se mueren aquí mismo”.

Doble problema

En Afganistán hay 920 mil adictos al opio. Un problema de Estado si consideramos que la población del país alcanza los 26 millones de personas.

Y una cuestión también de vital importancia a nivel nacional debido a que la producción de la adormidera es una de las principales financiadoras de la violencia que asola al país (junto al dinero que llega desde diversos lugares del mundo, y en especial Pakistán, con el fin de armar y dar poder económico a la yihad. Recordemos que los talián llegaron al poder en 1996 sobre todo comprando la voluntad de los líderes locales, algo que parece que están volviendo a hacer).

La provincia donde más opio se produce es Helmand, bastión del movimiento de los talib, y el lugar donde las tropas extranjeras están teniendo un mayor número de bajas.

Según Naciones Unidas, el 100% de los cultivadores de la región declararon haber pagado impuestos a los grupos armados, cifra que alcanza el 72% en la parte oriental del país.

Aunque las fuerzas internacionales han tomado medidas para luchar contra la producción de droga, que van desde la persecución penal hasta el incentivo de cultivos alternativos, lo cierto es que el volumen del negocio no hace más que aumentar.

Creció en un 25% en el año 2006. Se superó en 2007. Y promete romper las marcas establecidas en 2008, haciendo que la superficie de territorio dedicada al opio sea mayor a la que en América Latina se emplea para el cultivo de la coca.

Los estadounidenses, tan dados a las medidas extremas, están presionando para que se les permita destruir los cultivos a través de la fumigación. Política que fracasó en Colombia. Y que es de esperar que en Afganitán tampoco tenga éxito, pues si los agricultores se decantan por la adormidera es porque les permite obtener diez veces más ganancias que con cualquier otro cultivo.

Los muertos vivientes

Recorro el antiguo Museo Soviético con la cámara. Filmo a los adictos que fuman, que se inyectan. Figuras lánguidas, algunas harapientas, sucias, en la penumbra, en los jardines, que se mueven vacilantes, escindidas de la realidad, que me dirigen palabras inconexas sobre su vida, sobre su día a día, que Samel traduce tratando de darles coherencia.

Cuando ya no estamos por ir, un grupo de adictos sale de entre las ruinas del edificio principal. Esqueléticos, parecen los protagonistas de una película de muertos vivientes. Poco a poco nos van rodeando.

Preocupado por los equipos, Salem me dice que vuelva al coche, que él se hace cargo de la situación. Apenas doy unos pasos, un hazara de más de dos metros de altura, pelirrojo y delgado como un palo, me detiene. “Paisa, paisa”, exige. Quiere dinero.

Me muevo para un lado, para otro, lo eludo, y a medida que me alejo veo por el rabillo del ojo que enfurecido se toma de la rama de un árbol, que intenta arrancarla.

Una vez en el coche, meto la cámara y los micrófonos en el maletero y descubro que la entrada del recinto se ha convertido en una suerte de campo de batalla.

Los adictos, que parecen haber resucitado y que muestran un estado atlético envidiable, corren infatigables. Un grupo se pelea, a golpe limpio, no sé bien por qué. Y el otro persigue a Salem.

Salem les gana la carrera, se mete en el coche y partimos a toda velocidad. El hazara alto y pelirrojo nos sigue por la carretera con una gran piedra en la mano.

Diario de un adicto al opio en Kabul

Salem se pone de pie en las ruinas del antiguo museo soviético de Kabul. Avanza lentamente en la penumbra. Camina entre los restos de basura, excrementos y orines. Sortea los cuerpos de los hombres que yacen en el suelo. Elude uno a uno a los jóvenes y adultos que se inyectan a la luz de los mecheros, que aspiran el vapor acre que emana del papel de plata. Sale al exterior del edificio con un solo objetivo en mente: conseguir los 300 afganis (4 euros) que se gasta al día en opio.

Afganistán, la cuarta nación más pobre del planeta, y una de las más violentas e inestables, debe enfrentar una larga lista de problemas: desde el poder y la impunidad de los señores de la guerra, que ahoga cualquier posibilidad de verdadera democracia, pasando por la corrupción, la delincuencia y la lucha armada talibán, hasta la producción masiva de opio.

Con respecto al opio, del que Afganistán es responsable del 93% de la producción mundial, no son pocos los que consideran que el país está en vías de convertirse en un narco estado en toda regla, de características similares a Colombia.

Pero el problema del opio no sólo responde al cultivo y exportación, que brinda ingentes cantidades de dinero a los grupos armados y que extiende la corrupción a todos los niveles de la sociedad, además ha generado multitudes de adictos.

Un estudio de 2005 asegura que en el país hay 920 mil consumidores regulares, sobre una población total de 26 millones de personas.

Ausencia de horizontes

En las zonas rurales el consumo de la adormidera tiene una íntima relación con la falta de recursos. Es empleada como bálsamo contra la falta de medicinas o alimentos.

Y la adicción pasa de las madres a los hijos, ya que hay niños que a los que se les suministra opio para mitigar la necesidad que se les generó cuando aún estaban en el útero. Una forma de mantenerlos tranquilos, sosegados, mientras sus padres trabajan.

En Kabul, la ingesta de opiáceos responde a la falta de oportunidades de progreso. El regreso forzado de cientos de miles de refugiados que se encontraban en Irán y Pakistán disparó el número de habitantes de la ciudad, que se estima que ya ha alcanzo los cinco millones.

Refugiados que se encuentran desubicados, fuera de sitio, en esta urbe armada, polvorienta y caótica en la que el desempleo alcanza al 40% de la población.

Continúa…

Miedo a un atentado talibán en Kabul

La comunidad extranjera en Kabul no habla de otra cosa: la posibilidad de un inminente atentado de los talibán como represalia a los ataques de la OTAN en Kandahar. Habla, especula y actúa en consecuencia.

Los integrantes de una importante cadena internacional de televisión han abandonado el hotel Serena, considerado hasta hoy el más seguro de la ciudad, pues los informes de inteligencia lo han situado como objetivo de los integristas. Con gran sorpresa los he visto entrar esta mañana al alojamiento en el que llevo dos días hospedado.

Su llegada ha coincidido con la de un diplomático europeo que se ha bajado de su todoterreno rodeado de hombres armados. Chalecos antibalas, walkie talkies, gafas oscuras. Y la habitual tensión que acompaña a cada uno de los representantes extranjeros en sus desplazamientos por la ciudad, ya se trate de miembros de la ONU, de la OTAN o de la UE.

La eurocopa

Entre los supuestos objetivos también está el restaurante Le Atmosphere, al que tienen prohibido ir los empleados de Naciones Unidas. Ayer, mientras decenas de extranjeros veían en una pantalla gigante el partido entre Portugal y Alemania de la Eurocopa, también se hablaba una y otra vez de lo mismo. Se decía que Le Atmosphere, con su piscina y su menú internacional, está en la lista de los talibán porque sirve alcohol.

En la entrada, el miedo resultaba evidente. Todoterrenos blindados, gigantescos guardias de seguridad estadounidenses con fusiles en las manos. Después, dos grandes portones de acero. Control exhaustivo con detector de metales. Y una contraseña, que los empleados del restaurante se gritan antes de dejarte entrar. Contraseña que, según me comentan, cambia cada noche.

Hoy me llama a primera hora una colega española: “Están buscando un Toyota Corolla cargado de explosivos, ten cuidado si ves alguno”. Después, converso con en la recepción con un periodista de la RAI que está filmando un documental en el que compara Kosovo con Afganistán: “Aquí ya no se puede trabajar. Hace tres años podías salir a la calle sin problemas, ahora no vas a ver a un solo extranjero caminado por ahí”.

¿Quién ha dicho miedo?

Salgo del hotel, me espera Almral, el joven maestro de escuela que a partir de hoy me hará de conductor y traductor en Kabul. Tiene un viejo Toyota Corolla. Los asientos cubiertos de alfombra. Un oso de peluche en la luneta trasera coronado por un gorro de papá Noel.

“¿Has escuchado lo de la amenaza de bomba? ¿Qué dice la gente?”, le pregunto apenas me siento en un trozo de alfombra pletórico de polvo y calor. “¿Qué coche bomba?” , me responde sorprendido al tiempo en que arranca y pone música en la radio.

No sé si debe a que los afganos, tras tres décadas de guerra, tienen un temple fuera de lo común, o a que aquí la comunidad extranjera malvive en un constante estado de paranoia, pero lo cierto es que ha sido un viernes vacacional, distendido, en las calles de Kabul.

Mendigos, armas y burkas en las calles de Kabul

Backshish, backshish, paisa, repite como un mantra la niña que me sigue a través de la mítica Chicken street.

Backshish, backshish, paisa. Palabras que tantas veces he escuchado en las calles de la India y que ahora reverberan una y otra vez en las bocas de los niños que salen a mi paso en busca de una limosna, de un poco de dinero.

Su nombre es Palwashar. Tiene 10 años. Y viene del norte de Afganistán. Afirma que va a la escuela y que vive con su madre en las afueras de Kabul.

Aunque no lo dice, lo más probable es que su madre sea una de esas tantas mujeres de burka harapiento que levantan la mano en las esquinas, que también suplican a los transeúntes por un poco de backshish, por algunas paisas.

Mendigos

Afganistán ocupa el puesto 174 de las 178 naciones evaluadas por el índice de desarrollo humano de Naciones Unidas. Y en este primer recorrido por las calles de su capital me sorprende descubrir cuán patente se hace la miseria: multitudes de mendigos aparecen en cada intersección, en cada semáforo, para llorar unas monedas.

La otra característica, que también destaca en cada cruce de caminos, es la vasta presencia de hombres armados. No sólo policías y militares con oxidados AK47, sino también camionetas con ametralladoras dushka, de las que tanto gustaban los talibán.

El binomio que nunca falla: guerra y miseria. De la mano, inextricablemente unidas.

Armas

Un conflicto bélico que, al menos en Afganistán, parece estar enormemente burocratizado. Me frustra pasar la primera mañana en Kabul rellenando formularios que parecen multiplicarse, reproducirse, a medida que los voy completando.

Formulario para registrarse en la OTAN. Formulario para registrarse en la base de Bagram. Formulario para registrarse en la comandancia de la zona este del país. Y cada uno acompañado de exhaustivos datos personales, desde grupo sanguíneo hasta peso, además de unos párrafos de presentación personal y copias de artículos publicados.

A medida que pasan las horas empiezo a creer que Mark Schneider, analista del International Crisis Group, no se equivoca al afirmar en su último informe que uno de los mayores problemas de las fuerzas occidentales en Afganistán es la falta de coordinación. La ausencia de una política común. El hecho de que cada uno, ya sea la ONU, EEUU y la Unión Europea, vaya por libre.

Las calles de Kabul

A la hora de comer mando todo al carajo y me digo que ya está bien, que no he venido aquí para dedicarme a labores administrativas. Recuerdo la extraordinaria descripción que el periodista polaco Wojciech Jagielski hace de Chickent Street, y parto hacia allí.

Primer paso: sortear los dos portones con guardias armados que protegen la entrada de la pensión en la que estoy alojado. Alambres de espinos, fusiles, pistolas, detectores de metal. Segundo paso: dar con el taxi al que llamé por teléfono.

“Este es el Ministerio del Interior”, me dice el conductor, que ha cubierto los asientos con trozos de alfombra, lo que hace aún más insportable el calor. “Este es el parque Share Now. Hay otro parque, pero sólo para mujeres. Usted no lo puede ver. Esta es Flower Street, traen cosas de Dubai. Películas indias. Y aquí está Chicken Street”.

Las tiendas ofrecen antiguedades, y falsas antiguedades, provenientes de buena parte del territorio afgano. Ahmed, el dueño de “Ahmed Shop”, me muestra sellos, relicarios, monturas de caballo, abalorios, teteras.

“Con los muyahidines sólo podíamos abrir de vez en cuando. Con los talibán nadie venía a comprar. Al menos ahora el negocio va bien”, afirma antes de volver a tratar de venderme un fusil con incrustraciones de nacar que, según sus palabras, “podré llevar en el avión sin problemas”.

Y yo me digo que, si volase con Pamir Airways hasta Madrid, esto sería sin dudas cierto, pero como no es el caso, mejor no intentarlo.

Burkas

“Junto a los gorros del Panshir, esto es lo que más vendemos”, me dice Mohammed, en una tienda vecina. Se refiere a unas muñecas cubiertas por burkas. Un souvenir entrañable como pocos.

Fuera de la tienda, la realidad de esas mujeres que avanzan como espectros. “Las kabulíes no usan burka. Son las mujeres del campo, que vienen a la ciudad”, me explica el dueño de la tienda en la que me he sentado a tomar un vaso de té.

Una realidad que me impacienta observar desde la distancia, tomando notas superficiales, y que espero poder comenzar a desgranar apenas termine con las gestiones burocráticas.

“Chicken street ya no es como antes”, sostiene el dueño de la tienda de té mientras echa a los niños que se acercan para venderme mapas, para lustrarme los zapatos, para pedirme un poco de backshish. “Ahora las mejores antiguedades están en la base de Bagram. Allí han montado un bazar enorme para los soldados americanos”.

Desembarco en la polvorienta y caótica Kabul

A eso de las cuatro de la mañana, al ver que el vuelo a Kabul no aparecía en las pantallas del aeropuerto de Dubai, comencé a inquietarme. “Ya sabía que esto de Pamir Airways no podía salir bien”, me repetía mientras avanzaban con el carro atiborrado de maletas.

Fue una mujer, en el mostrador de información, la que me dio la clave tras mirar detenidamente el pasaje. “Tienes que tomar un taxi e ir a la terminal número dos”, me explicó.

Cómo era de esperar, la otra terminal del aeropuerto de Dubai no tiene ni lujosas tiendas ni hoteles internacionales ni jóvenes ataviados con camisetas en las que se lee un cordial May I help you?

Se trata de un edificio plano, austero, desabrido, en el que llama la atención el listado de destinos que ofrece a esas horas de la madrugada. Unos destinos que parecen ser una suerte de repaso de los conflictos de nuestro tiempo.

Los primeros dos vuelos partían hacia Bagdad. El siguiente a Mogadiscio. El tercero a Peshawar. Luego venían los que llevaban a Kabul. Y la lista volvía a comenzar, inquietante, como una ruleta rusa: Peshawar, Kabul, Bagdad…

¡Pamir existe!

Pamir Airways existe. Difícil saber durante cuánto tiempo más, pero al menos hoy, esta aerolínea de un sólo avión y origen desconocido, es una realidad. El cartel colgado sobre los mostradores de facturación así lo indicaba.

Y el panorama humano que confluía frente al mostrador de facturación parecía hablar a las claras de la realidad de Afganistán. Por una parte, hombres barbudos, superados de paquetes, que se empujaban, impacientes, ataviados con sus salwares grises y tocados con turbantes o con los típicos sombreros afganos de Ahmad Shah Masud que parecen chapatis.

Del otro lado, los occidentales, casi todos cortados por un mismo patrón: gafas de sol, botas, brazos tatuados, mochilas. Mercenarios, soldados privados, militares retirados. La mano de obra que llega desde todo el mundo para nutrir el fabuloso negocio de la seguridad.

Mientras aguardo converso con un hombre de panza pronunciada que sostiene un pasaporte sudafricano. “¿Primera vez en Afganistán?”, le pregunto. “Primera vez, vengo a pilotar helicópteros para una empresa”, me responde antes de colocar la mochila en la báscula.

En el siguiente mostrador escucho que la mujer encargada de recibir el equipaje le espeta sorprendida a un afgano que tiene el salwar sucio y raído: “Este pasaje es para el día 20, no para el 18 ¡Y usted tiene el pasaporte caducado!”.

El avión

El único avión que constituye la flota de Pamir Airways aún presenta el legado de sus anteriores dueños. Los carteles que pueblan la cabina se solapan en chino, inglés, ruso y portugués.

Un avión descascarado, con los asientos sucios y la alfombra cubierta de machas negras, cuya tripulación parece superar en número al pasaje. Media docena de azafatas de aspecto caucásico y al menos cuatro pilotos, también de ojos celestes y cabello rubio.

A uno de ellos, el más joven, lo había visto minutos antes a pie de pista, dando patadas a los neumáticos para comprobar si estaban en buen estado.

Dos horas y veinte minutos

Me despierta la voz del piloto que anuncia que estamos ya en espacio aéreo afgano. Observo las cumbres del Hindu Kush, que todavía presentan algunos delgados rastros de nieve.

Cuando estamos por aterrizar, el hombre que se encuentra junto a la ventanilla, y que se sentó en el asiento que me tocada a mí, habla por el móvil. Algo que a nadie parece importarle.

No puedo evitar cierta emoción cuando el avión toca finalmente el suelo en Kabul. En la pista, guardias de seguridad privada y soldados extranjeros fuertemente armados. Apenas bajamos por la escalerilla un F16 pasa por encima de nuestras cabezas.

Calor y polvo

La terminal es un caos. Los afganos, que en esto parecen indios o paquistaníes, tienen serios problemas para mantenerse en la cola. Se impacientan, se empujan. Renuncio a la pugna humana, que se vuelve salvaje en el área dónde se recogen las maletas, y salgo a fumar a la pista. Rodeado de montañas, Kabul se despliega calurosa, polvorienta.

Repaso las noticias en el ejemplar del Gulf Today que me he traido desde Dubai. En portada, el líder de Hamás en el exilio, Jaled Meshal, que se ha reunido con Bin Zayed Al Nahyan.

Este último, al que el periódico dedica medio párrafo de adulación en presentar como “alteza, presidente, emir y califa de Abu Dhabi”, le ha dicho al representante político de la organización integrista que “los palestinos deben permanecer unidos” si quieren conseguir su propio Estado.

Segunda noticia destacada en portada: Afganistán. Tras asaltar una prisión y liberar a más de mil reclusos, los talibán han comenzado una vasta ofensiva en el sur del país. Se han hecho fuertes en el distrito de Arghandab y avanzan hacia Kandahar, su antiguo bastión.

Converso con un hombre corpulento que también ha salido a fumar. Es húngaro. Antes trabajaba para la OTAN, pero ahora se ha retirado. Viene de vez en cuando a dar cursos de informática a los soldados. “No hace falta que te vayas para el sur, en Bagram la cosa está complicada”, me explica refiriéndose a la base situada a 40 minutos de Kabul.

El tráfico en Kabul se muestra lento, caótico. En las intersecciones, rodeados de bloques de cemento, hombres armados observan dentro de los coches. En las aceras, junto a destartalados puestos de venta de comida, se suceden las mujeres, cubiertas de pies a cabeza con sus burkas azules…