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En los túneles de Gaza

14 enero 2009

“Israel está exagerando la amenaza de los túneles. Es parte de su guerra de propaganda. ¿Qué se cree que pasan por allí: tanques, misiles tierra aire? Porque si es así, aún no hemos visto a Hamás utilizar este armamento”, afirmaba y se preguntaba hace unos días un analista en Al Jazeera.

El 22 de julio de 2006, cuando estábamos en este blog en Gaza, pudimos adentrarnos en uno de esos túneles, que se han convertido en uno de los objetivos de la actual ofensiva del Tsahal, y cuya desaparición constituye una de las principales exigencias de Israel en caso de que acepte el alto el fuego de la Resolución 1860 del Consejo de Seguridad y se retire de la franja.

Desde entonces, EEUU ha dado 23 millones de dólares a Egipto para que termine con ellos. Medida que no parece haber dado frutos, pues los túneles, que además de armas han servido para el tráfico de personas, animales y mercancías como cigarrillos, se han multiplicado.

Hay otros reportajes sobre estos túneles, como del de Paul Martin para The Times, o como el de Zouheir Alnajjar para Collective Journalism, que pueden servir para comprender mejor este fenómeno, y tratar de valorar si las afirmaciones del analista que aparecía en Al Jazeera son acertadas o no.

A continuación, el reportaje que realizamos en los asfixiantes pasajes subterráneos que conducen de Gaza a Egipto:

Jaled Kishta, de 39 años de edad, pertenece a una de las dos principales familias que se dedican a cavar túneles en Rafah, localidad situada junto al corredor que separa Gaza de Egipto. Un negocio sumamente lucrativo, que ha convertido en millonarios a varios de sus parientes. Según sus estimaciones, hay entre 20 y 30 túneles principales que cruzan la frontera. Y más de 300 pasajes secundarios que se van abriendo desde distintas localizaciones para despistar a las autoridades, y que suelen conectarse a los túneles principales.

“Si por un AK 47 pagas 400 dólares en el extranjero, al fusil que entra por un túnel debes agregarle otros 200 dólares. Y organizaciones como Hamás hacen grandes pedidos, de miles de fusiles –explica Jaled–. Esta primera ganancia se reparte por partes iguales entre los excavadores. El dueño del túnel, además de su porción de los beneficios, aprovecha para ingresar otro cargamento similar que luego venderá por su cuenta en el mercado negro”.

“En 1982, Israel y Egipto llegaron a un acuerdo por el que dividieron a Rafah en dos. Familias como la mía quedaron separadas. Así que fueron las primeras en empezar a cavar túneles entre las casas que estaban situadas a uno y otro lado de la alambrada”, cuenta Jaled.

La segunda Intifada, que empezó en el año 2000, llevó a que el Ejército israelí luchara con mayor ahínco por terminar con el tráfico ilegal de armas a través de los canales subterráneos. Decenas de viviendas próximas a la frontera fueron destruidas para evitar que en su interior se cavaran túneles. “Mi propia casa, que estaba en primer línea, fue demolida –afirma Jaled–. Pero eso no sirvió para detener el contrabando. Ahora se buscan lugares más alejados, más originales”.

Tras la retirada de Israel de la franja de Gaza, la presión ha recaído sobre Egipto, que intenta poner fin al tráfico en la zona. Las personas detenidas por colaborar con esta actividad reciben condenas que alcanzan los 30 años de prisión.

“Desde que se fueron los judíos, aquí se trabaja con tranquilidad. La Autoridad Palestina no se mete con nosotros. El problema lo tenemos del otro lado. Lo que hacemos es que los túneles salgan a la superficie en medio de los cultivos y tomamos todas las precauciones posibles para que no sean descubiertos”, explica Jaled.

Estima Jaled que doce excavadores han muerto en los túneles desde 1982. Las principales razones han sido los derrumbes y las descargas eléctricas producidas al entrar en contacto los sistemas de iluminación con la humedad de la tierra. En los últimos tiempos, el Ejército egipcio comenzó a inyectar gas venenoso en el interior de los pasajes subterráneos. Dos primos de Jaled perdieron la vida intoxicados.

A pesar de todo, el comercio continúa. “Para los jóvenes es una gran oportunidad de ganar dinero –señala Hammad–. Aquí no hay empleo, no hay forma alguna de progresar. La vida tiene muy poco valor. Si no te matan en un ataque, te mueres de hambre. Así que los chicos piensan que, si tienen que morir, lo mejor es que sea tratando de hacer algo útil”.

Además de contratar los servicios de familias como las de Jaled, que cuenta con unos 12.000 integrantes solamente del lado palestino, para que les traigan rifles y explosivos, Hamás construye sus propios túneles, que son utilizados para llevar a sus hombres a ser entrenados en el extranjero o para cometer atentados, como el que planeaban el pasado 25 de junio cuando secuestraron al soldado Gilad Shalit.

La historia de un excavador

Abu Hammad es un joven corpulento, de grandes manos, curtidas, manchadas de tierra, que tiene tres hijos y que acaba de cumplir 31 años. Comenzó a trabajar en los túneles en el año 2002: “La cosa empezó por casualidad. Vi que en la casa de un vecino había varios hombres que entraban todas las noches. Como conocía a uno de ellos, me acerqué para preguntarle qué era lo que estaban haciendo. Y fue entonces cuando me ofrecieron que trabajara para ellos, que formara parte del grupo”.

De la primera experiencia en un túnel no tiene buenos recuerdos: “Hacía mucho calor, me costaba respirar. Tuve que echarle cojones para que no pensaran que estaba asustado –dice–. Pero con el tiempo me fui acostumbrado y ahora me siento muy cómodo. Paso trece horas al día en su interior sin ningún problema”.

Los grupos que trabajan bajo tierra suelen tener unos diez integrantes. Cantidad ésta que se puede llegar a duplicar en situaciones excepcionales, cuando hay un pedido urgente y el túnel tiene que estar operativo en el menor tiempo posible.

Para construir un pasaje subterráneo de un kilómetro, la medida habitual de los que avanzan hacia Egipto, tardan por lo menos seis meses. El jefe de la operación cubre los gastos de materiales y alimentos, además de poner la casa o el invernadero desde el que se realiza la obra. Una vez que ha pasado la mercancía, descuenta la inversión del beneficio final.

“Del lado palestino progresamos a buen ritmo, unos diez metros al día, porque hacemos túneles estrechos, de 80 centímetros de alto por 60 de ancho. El problema lo tenemos del lado egipcio. Ahí no podemos utilizar motores para sacar la tierra porque los soldados nos escuchan. Y hacemos túneles de mayor tamaño, para traer las mercancías lo más rápidamente posible”, precisa Abu Hammad.

Se suele creer que los equipos están dirigidos por arquitectos e ingenieros. Pero esto no es cierto. Los jóvenes, en su mayoría de origen humilde, carentes de estudios, trabajan guiados por el conocimiento que ha pasado de unos a otros a lo largo de los años.

“Cavamos hasta dar con la tierra más firme. Pasamos la arena hasta que la encontramos. A veces, a tres metros de profundidad, otras, a quince. Depende de la zona –explica Abu Hammad–. Lo importante para nosotros es trabajar con un material firme, para evitar así los derrumbes, aunque sea más difícil de excavar”. Una vez que han alcanzado la profundidad adecuada, avanzan guiados por una brújula. Y, cada diez metros, sacan tubos de metal a la superficie que actúan como sistema de ventilación.

Lo que sí hacen es jurar sobre el Corán que no revelarán a nadie el trabajo que realizan. Y cada uno se especializa en una función. Abu Hammad se encarga habitualmente de los motores. Hasta el momento ha participado en tres operaciones. Cuando el túnel está terminado, el dueño les quita los teléfonos móviles y los obliga a permanecer en su interior para prevenir así posibles soplos a las autoridades israelíes. Sólo él sabe cuándo pasará la mercancía.

Abu Hammad ha construido tres pasajes subterráneos. Recuerda la ocasión en la que, además de armas, entró una familia. El padre y los niños lo lograron. Pero la madre fue detenida en el último instante por las autoridades egipcias. También tiene presente la ocasión en la que tuvieron que comprar a unos soldados egipcios que los descubrieron.

Ahora trabaja para reabrir un túnel utilizado hace tres meses para traer armas. Dice que está cansado de este oficio, que no ha ganado tanto dinero como creía, y que espera dar un buen golpe que le permita

retirarse: “Mi mujer pensaba que tenía un puesto como camarero en un restaurante de Jan Yunis, pero un día tuve que contarle la verdad, ya no le podía seguir mintiendo –afirma con evidente desazón–. La operación que más me hizo ganar fue hace dos años: me dio 10.000 dólares, con los que abrí una tienda. Ojalá logre retirarme pronto. Me preocupa que algo me pueda pasar y que mis hijos se queden sin padre”.

Morir bajo un puente en Calcuta

22 septiembre 2008

¿A cuántas personas puede entrevistar a lo largo de un año un reportero, como el que escribe estas palabras, al que le gusta bastante dar la lata? ¿Cien? ¿Doscientas? ¿Trescientas?

Sólo en una ocasión traté de contarlas. Fue al terminar de escribir este blog desde Gaza. Los heridos en hospitales, sus familiares, los médicos, enfermeros, milicianos, militares, portavoces varios, políticos, campesinos, viandantes, miembros de ONG, de organizaciones internacionales, formaban una vasta multitud de decenas de voces, de gestos, de miradas, que trazaban un retrato coral de la ignominia del bloqueo que aún hoy sufre el territorio palestino.

Supongo que se debe a este factor cuantitativo, y no a una suerte de alzhéimer precoz, que al repasar los cuadernos en busca de algún dato, o lo archivos fotográficos, me sorprenda al toparme con ciertas historias, tenga la sensación de que es la primera vez que me enfrento a ellas.

Pero hay entrevistas imposibles de olvidar. Y no me refiero a aquellas que se realizan a personalidades relevantes de la cultura o de la política, sino a las que emocionan profundamente. Aquellas que marcan, que se quedan arraigadas a pesar del paso del tiempo.

Una de ellas es la de Dipti Porchás, que realicé hace ya más de un año en Calcuta y que apareció en el vídeo publicado por este periódico. Di con la anciana por casualidad, en una lóbrega tarde de monzón, mientras trataba de mostrar cómo es la vida en las calles de esta ciudad.

Llovía, el sol se ocultaba y con el agua a la altura de los tobillos apareció Dipti para enseñarme su chabola, para quejarse de la constante inundación, para afirmar que estaba sola, que no tenía hijos. Las manos temblorosas, la voz quebrada.

Justamente por eso de que su testimonio se ha obstinado en vencer al olvido, regreso al barrio de Kalighat para ver cómo le van las cosas. Su vivienda hecha con cartones, plásticos y maderas está cerrada. Las vecinas me dicen que murió hace cuatro meses.

Siento pena, impotencia. Y quizás, por más duro que suene, hasta cierto alivio de que no siga allí, padeciendo unas condiciones de vida que son una afrenta para nuestra dignidad colectiva.

A partir de ese momento, de la noticia que me dan, intento averiguar quién era esa mujer de 62 años.

Bajo las aguas del monzón

12 septiembre 2008

Después de haber pasado los últimos meses entre Afganistán y el Congo, un breve desembarco obligado en la India para luego ya volver a Madrid y comenzar a preparar próximos viajes.

Pongo los pies en esta India húmeda, calurosa, cuyo crecimiento del 7,9% en el PIB se vislumbra en algunas nuevas infraestructuras, en los carteles que junto a la carretera desde el aeropuerto anuncian urbanizaciones de lujo, con piscina y gimnasio.

Pero que nulo impacto parece tener en la vida de las familias que bajo plásticos y entre bártulos viejos siguen tapizando las calles del centro de la ciudad de Calcuta al tiempo en que los primeros rayos del sol despuntan en el cielo.

En la televisión de la habitación número ocho del hotel Fairlawn aún pasan las imágenes de los desplazados provocados por las lluvias al norte de aquí, en Bihar, el estado con mayor pobreza de la India, y el que desde hace décadas provee a esta urbe de sus moradores más postergados, que llegan en busca de una oportunidad de progreso.

En la recepción protagonizo un nuevo reencuentro con la dueña del hotel, Mrs Violet, armenia de origen, que lleva décadas en la India. Y que a sus 87 años aún se muestra en forma, bromista, coqueta, con fuerzas para continuar al frente del viejo negocio familiar.

Y en las calles: los mismos mendigos de siempre, el mismo tráfico desquiciado, las mismas bocinas que encrespan los nervios, el mismo olor acusado a mierda, flores y especias, que caracterizan a esta urbe que fuera mi hogar.

Mientras preparo todo antes de salir a rodar retomo la tarea de reencontrar a los dos restantes protagonistas de esa foto que tomé hace ya 14 años, y que me ha acompañado en libros, reportajes, exposiciones, como una suerte de talismán. Saber qué fue de ellos, dónde están.

Niños de barro en la guerra del Congo

11 agosto 2008

Parto al alba en patrulla con una misión paquistaní de la MONUC, la fuerza de paz de 17.000 efectivos articulada por el Consejo de Seguridad de la ONU para la República Democrática del Congo.

Música de Bollywood en la radio del Land Rover. Algunas palabras sueltas en urdu cuyo significado logro descifrar. Y una parada, a medio camino, para comer curry de verduras con parathas. Sin rozar el borde, los soldados, llegados desde Cachemira, Karachi y Lahore, se pasan un vaso rebosante de pani.

A medida que avanzamos por la carretera, los niños nos saludan. “MONUC, MUNUC”, gritan levantando las manos, para pedir a continuación a los efectivos de la ONU que les regalen unas galletas. “Donne moi biscuit”, exclaman, con voz atiplada, como si fuera una suerte de canción infantil.

Entre el polvo y el lodo

Decía el gran fotógrafo Philip Jones Griffiths que existen dos clases de guerra: las de arena y las del barro.

Hace un mes, en un conflicto armado de fino polvo que se metía en las cámaras, en la ropa, vivía cada día la misma situación cuando salía a acompañar en sus patrullas por el valle afgano del Tagab a los miembros del 101 Batallón Aerotransportado de EEUU.

Jóvenes soldados llegados desde Texas, Misisipi o Alabama, habían bautizado a los pequeños como los “niños del polvo”. Y, con el tiempo, habían dejado de regalarles bolígrafos o botellas de agua asustados por la temeridad con que corrían junto a los blindados MRAP y a los humvees, por miedo a que terminaran bajo sus ruedas.

Perplejidad

Ahora, en medio de la tierra roja y húmeda de los bosques que pueblan los Kivus, y a miles de kilómetros de distancia de la frontera entre Afganistán y Pakistán, son otros niños los que levantan las manos para pedir a los militares que les hagan un regalo, los que se acercan demasiado al paso de los convoyes.

Tanto es así que por momentos cierro los ojos, pues nos movemos a tal velocidad, sin aminorar la marcha al paso por las aldeas, que el advenimiento de una desgracia parece escrito.

Esos niños de barro que a veces imagino que nos ven a los adultos, que vamos de un lado a otro con nuestros armamentos, nuestros coches blindados y nuestras banderas de colores, como un atajo de meritorios incompetentes, incapaces de un solo gesto de sentido común, de hacer algo concreto, eficiente, para terminar con la violencia en el mundo.

Infierno en el paraíso del Congo

30 julio 2008

Amanece en el lago Kivu. A los pies del vasto jardín de la casa en la que estoy alojado, descubro una presencia inesperada: un hombre que se ha colocado con su caña y que se ha sentado a pescar.

Por momentos, durante la noche, casi como un hecho predestinado, inevitable, había esperado la aparición en la casa de otros intrusos, mucho menos amable.

A lo largo de la cena, tanto mis anfitriones como sus amigos se habían dedicado a hablar de los ataques que están teniendo lugar contra los extranjeros. “Cada día se atreven más, se acercan más al centro de la ciudad”, me dicen. Hombres armados que entran a las residencias, atan a sus inquilinos y se llevan todo lo de valor.

La vivienda estrena alambres de espino y guarda. Este último tiene como única medida de defensa una larga vara de bambú y un nunchaku, por lo que resulta lógico preguntarse qué coño va a hacer si aparece una de las bandas armadas con AK47.

Para peor, cuando escuchamos una explosión cercana y nos dirigimos a la garita donde pasa las horas, lo encontramos durmiendo apaciblemente junto a una radio que crepita, que musita palabras en kisuwahili, y bajo una bombilla desnuda.

Todo lo que me cuentan sobre la realidad del Congo en la primera cena, recién llegado al país, parece negativo. El proceso de paz, que no ha hecho más que dar legitimidad a grupos armados que hasta ahora no la habían tenido. La situación humanitaria de los desplazados. Los abusos sexuales masivos. Los intereses que provoca el coltán y que en buena medida dicen que ampara estos abusos (me pasan una copia de un documental de CNN+ Francia titulado: Dans la sangue de nos portables).

Pero lo que más desgasta a mis anfitriones es la corrupción, de la que son víctimas, y que tiene a la República Democrática del Congo en un puesto destacado a nivel mundial. Parece que toda excusa es buena para una mordida, una tajada, a todos los niveles de la vida cotidiana.

Lo paradójico de toda esta situación es que se trata de personas que han venido aquí para tratar de dar una mano en el campo de la ayuda humanitaria, de la cooperación. “Tenemos la sensación de que no nos quieren, de que quieren que nos vayamos”, me comentan con desazón.

Contraste con Ruanda

Ya cruzar desde Ruanda al Congo fue un cambio extraordinario. El País de las Mil Colinas sorprende por el orden, por la pulcritud. No hay barrios de chabolas, ni mares de bolsas de plástico a un lado de la carretera, ni matatus que conducen a toda velocidad con la música saliendo a borbotones de los altavoces.

Ruanda parece la Suiza de África. Nadie avanza por la carretera a más de 80 kilómetros por hora. Resulta imposible ver un papel en el suelo. El pasado sábado, cuando llegué, era el día de la limpieza nacional. Miles de personas barrían las calles al tiempo en que la policía se cercioraba de que hicieran un buen trabajo (lo que también habla de los cuestionados métodos del presidente Paul Kagame).

Cada día más turistas desembarcan en Kigale. Viene a ver a los primates en los parques naturales. Y también al otro reclamo nacional: los memoriales del genocidio, que encuentro en cada ciudad importante a lo largo del camino hacia el Congo. Un camino, serpenteante, entre terrazas de té y modestas casas de madera que también tiene un aire a Nepal.

Del otro lado del puente de madera que separa ambos países, las carreteras están llenas de baches, flanqueadas de basura. Ya en la aduana, del lado congoleño, el caos se hace evidente. Sales de Suiza y vuelves a África. Al África más extrema, pasional y desorganizada.

Curiosidad por Congo

El sol se eleva sobre el lago Kivu. Me pregunto cuál será la realidad de este país al que aún no he podido salir a conocer. Me digo que quizás mis huéspedes sufran un síndrome de cansancio y desgaste muy común entre los expatriados, lo que los lleva a tener una visión negativa del universo que los rodea.

Pienso en lo que me han dicho sobre el lago: que contiene vastas acumulaciones de metano, y que a veces hay bolsas de este gas que explotan como consecuencia de los movimientos sísmicos y que matan a quienes viven en sus inmediaciones. Movimientos sísmicos que a lo largo de la noche hemos sentido en dos ocasiones.

Pero las palabras que más resuenan en mí acerca del lago son otras. “Si alguien se pusiera a bucear no encontraría más que cadáveres de la guerra”. Me imagino, y sin dudas se trata de una fantasía, el lecho cubierto de huesos de tantas personas que a lo largo de los años han muerto en el peor conflicto armado desde la segunda guerra mundial, y cuyas víctimas mortales superan los cinco millones.

Observo al hombre que pesca plácidamente junto ese lago que se supone pletórico de gases mortales y de osarios. Observo el maravilloso paisaje que me rodea. Una de las personas con las que hablé está escribiendo un libro. “Se va a llamar Infierno en el paraíso”, me explica. “Si miras a tu alrededor verás que esto parece el Edén, pero en realidad es un infierno”.

El día avanza templado, sitiado por la bruma. El hombre deja de pescar, guarda sus cosas y me saluda sonriente antes de partir. Me pregunto, con dudas, con sincera y acuciante curiosidad, cómo es la realidad que me espera más allá de la casa, los alambres de espino y el guarda que dormita con su oxidado nunchaku entre los brazos.

Destinos cruzados en Kenia

28 julio 2008

Mientras aguardo el momento de partir hacia la República Democrática del Congo, visito a dos buenos amigos sobre cuya labor y compromiso ya he escrito en varias ocasiones en el blog: Patrick Kimawachi y Agnes Paregio. Dos amigos a los que en los últimos tiempos el destino ha conducido por caminos divergentes, opuestos en fortuna y progreso.

Agnes Paregio, que en el año 2002 comenzó a rescatar a las niñas masai que huían de la ablación genital y de los matrimonios forzados, parece más en forma que nunca. Su proyecto no deja de crecer. Y la primera promoción de jóvenes acaba de salir de la escuela.

“Ahora van a estudiar, van a hacer cursos de formación profesional y volverán a sus familias y pueblos para ser modelos para el resto de las chicas”, explica. “Con esto vamos a demostrar que hay vida sin mutilación genital y que nuestra intención nunca fue arrancarlas de su entorno”.

Nombrada mujer del año por Naciones Unidas en 2005, Agnes, que hace dos años viajó por primera vez a Madrid, fue elegida en las pasadas elecciones nuevamente como consejera del distrito de Narok. “Los masai no participamos en la violencia tribal, por lo que esta región se mantuvo al margen del caos que sacudió al país en enero”.

El peor año de Patrick

A Patrick Kimawachi, que hace 20 años decidió irse a vivir a Kibera para ayudar a los niños huérfanos, últimamente las cosas no le han salido nada bien.

Primero la violencia tribal, que a principios de año lo obligó a huir junto a su esposa y a sus más de 45 pequeños fuera del barrio de chabolas, que fue uno de los principales campos de batalla entre los luo y los kikuyu, como ya contamos en este blog.

Pero el golpe más duro le llegó en mayo, cuando su mujer, y principal aliada en el esfuerzo por sacar adelante a los niños, falleció repentinamente. Una gran pérdida para Patrick, que junto a ella siempre mantuvo la coherencia de vivir en similares condiciones de pobreza que sus vecinos del barrio.

“Se despertó una mañana con la pierna hinchada, sin poder moverla. Cuando la llevamos al hospital, apenas entró, se murió”, explica.

Dicen que los problemas suelen arribar todos juntos. Hace apenas dos semanas, el gobierno derribó la chabola en la que Patrick tenía la escuela, el orfanato y la iglesia evangélica. Desde entonces, ha dejado a los niños con los feligreses, y en un terreno pegado a un basural ha comenzado a construir nuevamente la vivienda, con las mismas chapas y maderas que fueron derribadas.

“¿Qué puedo hacer?”, se pregunta Patrick con una parsimonia que no causa más que admiración. “Es un mal momento en mi vida. Pero no pierdo la esperanza, tengo que seguir adelante”.

El gobierno pretende crear una carretera que conecte Kibera con el resto de la ciudad, por lo que lleva meses tirando abajo casas. Quizás una buena oportunidad para abrir y arrancar de la marginalidad a este asentamiento miserable de 800 mil habitantes, pero no para Patrick, cuyos esfuerzos de toda una existencia de trabajo y lucha han desparecido en poco tiempo.

Viaje a la guerra del Congo

23 julio 2008

Salto de conflicto, de país, de continente. Atrás queda, momentáneamente, Afganistán. La pobreza extrema, la esclavitud infantil, el brutal sometimiento de la mujer, la ineptitud y soberbia de las fuerzas extranjeras, la corrupción de los políticos locales, el extremismo fratricida de los talibán.

Y una guerra que va de mal en peor, que lo hace volver a uno con una sensación de absoluto abatimiento, de que en el futuro no se vislumbra ni un ápice de esperanza.

En apenas tres horas parto hacia la República Democrática del Congo, pasando por Kenia, Ruanda y quizás algún otro destino en el camino de regreso. Viaje que realizaré hasta principios de septiembre.

Desembarco en Bukavu para luego subir por los Kivus con la intención de descubrir los ecos aún latentes de un conflicto que a lo largo de una década causó más de cinco millones de muertos. A pesar de la escasa atención de la prensa, el más sangriento desde la segunda guerra mundial.

Y un tema, como eje de todas las historias que saldré a buscar: la violación como arma de guerra. La realidad de esas mujeres que han vivido un horror cuyas dimensiones resultan imposibles de atisbar.

Play Station y Harry Potter en la guerra de Afganistán

08 julio 2008

Después de las misiones, en la barraca 25 se da una curiosa cacofonía: el rugido de los morteros, que estremece el techo y las paredes, que sacude la noche, se mezcla con el sonido los disparos que sale de la televisión. La guerra exterior, tangible, real, se encuentra con la que simula la Play Station a través del juego Call of Duty.

No importa que hayan pasado buena parte del día pegando tiros de verdad, cuando vuelven a la barraca, los jóvenes que integran el tercer pelotón de la compañía cogen los comandos y se ponen a jugar.

Cuatro de ellos tienen 18 años. El resto: 19, 20 y 21. Un promedio de edad sumamente bajo, que se hace evidente en el desorden que impera en la barraca, donde se confunden los IPOD y los ejemplares de Harry Potter con los cargadores de balas, los cuchillos y las granadas. Todo esto imbuido en un insoslayable olor a hormonas, a zapatillas sudadas, a adolescencia.

Adolescencia que se descubre en las típicas gracias que tienen lugar a todas horas, inclusive durante las misiones en los blindados a través de los intercomunicadores: “Joder, ¡qué olor!”, exclama Cox tapándose la nariz. “¿Has sido tú Hernández?”. Y todos ríen, hasta el teniente Ward, que avanza junto al conductor, en la parte del vehículo llamada TC en la jerga castrense.

El más pequeño del pelotón es Stevens. Tiene 18 años cortos. Apenas terminó el entrenamiento fue enviado a Afganistán. Dice que entró al Ejército con el fin de conseguir después una beca para poder ir a la universidad- becas que, tras cuatro años en las fuerzas armadas, cubren hasta 32 mil dólares de gastos de estudios -, pero que la experiencia le ha gustado y quizás haga carrera como militar.

La función de Stevens es conducir un humvee. De todas las armas que usan, y que cubren el suelo de la habitación, elige como favorita al M4. Explica que el suyo trae incorporado un lanzagranadas M203 de 40mm y un sistema de mira laser AN/PAQ-4.

Cuando termina de posar para la foto, sus compañeros lo llaman. Hernández ha perdido, así que le toca ahora jugar a él. En el menú de inicio de Call of Duty selecciona sus armas. También tiene sus preferidas para la guerra virtual.

Calor, moscas y tedio en la base estadounidense de Tagab

03 julio 2008

La base Kutschbach da la impresión de ser una suerte de fortín del Lejano Oeste, de avanzadilla militar en medio de un territorio hostil. No sólo por los ataques de los talibán con proyectiles, sino por las bombas, los lanzamisiles RPG y los AK47 que esperan a los soldados cuando salen un sus misiones.

Aquí todo parece responder a un acrónimo. Inclusive este cuartel militar, situado en el valle de Tagab, es lo que se conoce como FOB (Forward Operating Base). Creado hace un año, lo han rebautizado con el nombre del sargento Patrick Kutschbach, de las Fuerzas Especiales, que murió el pasado noviembre.

La última víctima fue el sargento Isaac “Palo” Palomarez, que perdió la vida hace menos de un mes. Un RPG alcanzó la puerta del humvee en el que viajaba. Algunos de sus compañeros en la base llevan una pulsera con su nombre.

La relación que los unía se había forjado en este lugar, pero también en los EEUU, en el cuartel general de la 101 División Aerotransportada, con base en Kentucky, de la que vienen todos los que aquí están destinados.

Mejor estar en prisión

“Si me mandan a la cárcel seis meses, voy sin problemas”, exclama uno de los soldados en el comedor, mientras de fondo se suceden en la televisión imágenes pertenecientes a la cadena AFN, de las Fuerzas Armadas de EEUU, que combina deportes, series, informativos, con anuncios destinados a los militares. En esta ocasión: un partido de beisbol.

El soldado, que lleva en la muñeca una de las pulseras en recuerdo de Isaac “Palo” Palomarez, abre las cajas en las que vienen los alimentos y continúa: “Al menos en prisión te dan buena comida, no como aquí”.

La vida en la base Kutschbach es dura para los 167 hombres, y una mujer, que vienen aquí destinados durante 15 meses, con 18 días de permiso para volver a ver a sus familias.

De desayuno y almuerzo se sirven en la escueta cantina, que se conoce como DFAC (dining facility), comida que en su mayor parte podría ser considerada “chatarra”. Bollos, gaseosas, pizzas congeladas. Sólo la cena ofrece un menú más variado, que es preparada por cocineros afganos.

Moscas, moscas y moscas

Otro de los incordios de la base son las moscas. Las hay por millones. Y parecen infatigables en su deseo de molestar. Del techo del comedor hay colgadas cintas con pegamento de la marca Fly Revenge , en las que se inmortalizan los insectos y a las que resulta mejor no mirar demasiado sin uno no quiere que se le atragante la comida.

Las mismas cintas que se encuentran en los baños, donde para evitar la concentración de bichos hay un cartel que ordena literalmente: “Para que no vengan las moscas, los cagones tienen vetado el acceso de 8 am a 8 pm”. Como consecuencia, entre esas horas, los susodichos deben hacer sus necesidades fuera, en las letrinas de plástico que se cocinan bajo el sol y en las que el hedor resulta difícil de soportar.

El calor es el tercer elemento que dificulta el día a día en esta parte del mundo. Un calor implacable, seco, polvoriento, que merma las energías, que hace que los soldados, en su mayoría jóvenes de la América profunda que cuentan las horas para volver a sus hogares, pasen el tiempo muerto en las barracas, comiendo, jugando a las cartas, viendo películas en sus ordenadores, hasta que llega el momento de salir en misión.

Noches sin descanso junto a los soldados de EEUU en Tagab

30 junio 2008

El sonido de los morteros estremece las paredes, sacude el techo y nos mantiene en vela buena parte de la noche.

En la cama de arriba de la barraca que me ha tocado en suerte, una leyenda escrita por un soldado, quizás en relación con esta vigilia perpetua, quizás no : “Bajo el sol, cada día va y viene, la vida es una larga sobredosis. Ozzy y Black Sabbath”.

La base en la que estoy “empotrado”, situada en el medio del valle de Tagab, se ha convertido en el blanco de los talibán desde hace algunos meses. Cuando cae el sol se dedican a disparar desde las magníficas montañas que nos rodean.

Por esta razón, el comandante de la base ordena a los artificieros que respondan con morteros de 120 mm a los lugares desde donde suelen apuntar los integristas, para ver si con un poco de suerte le dan a alguno, o al menos dificultan la tarea de hacernos sentir como un pato de feria.

A primera hora, y con no poco sueño, comienzan las misiones, de las que hablaré con más detenimiento en otras entradas (pues inesperadamente consigo un ordenador durante unos minutos).

Misiones para enfrentarse a los talibán. Misiones para mejorar las relaciones con la comunidad local. Misiones de construcción de obras, con el fin de ganarse el apoyo de los afganos.

Algunas a pie, aunque la mayoría, en estos dos primeros días, en humvee.

Por ahora, una larga sobredosis de poco sueño y no pocas sensaciones. Conociendo poco a poco a los soldados, que al volver se tiran a dormitar bajo el sol, a esperar la próxima misión.