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Hernán Zin está de viaje por los lugares más violentos del siglo XXI.El horror de la guerra a través del testimonio de sus víctimas.

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Nuevas acusaciones de “gatillo fácil” contra Blackwater

El meteórico ascenso de la compañía fundada por Erik Prince fue todo un símbolo del extraordinario tiempo de bonanza del que comenzaron a gozar las empresas militares privadas, que ya en los años noventa habían empezado a multiplicarse en número y contratos, gracias a la estrategia belicista articulada por la administración Bush en su llamada guerra global contra el terror.

Recibieron cientos de millones de dólares por realizar labores de protección, inteligencia, contrainsurgencia, combate y apoyo logístico a las tropas internacionales en Irak y Afganistán. Más allá del debate estratégico, jurídico y ético sobre este fenómeno, nadie puede negar que se cometió un gravísimo error al no haber creado un marco legal que regule su funcionamiento.

La impunidad con la que han actuado, tanto en el respeto por la vida de los civiles como en la justificación de la forma en que gastaban el dinero público que recibían, no ha hecho más que acrecentar la imagen de prepotencia, rapacidad y torpeza que caracterizaron a las aventuras armadas pergeñadas por Rumsfeld y Cheney.

El descrédito de Xe

En este blog hemos seguido las acusaciones contra contratistas privados militares de crímenes en Irak, pero sobre todo contra Blackwater, que de entre todos los errores que cometió destaca el haber tenido un perfil demasiado alto mientras que lo que prima en el sector son el secretismo y los nombres difíciles de pronunciar (Erinys, Aegis, Triple Canopy, Dyncorp…).

Con sus ridículos vídeos promocionales, sus altisonantes anuncios de producción de armamento y la difusión hasta el hartazgo de sus instalaciones y programas de entrenamiento en Carolina del Norte, Prince quería que su empresa se convirtiera en el símbolo por antonomasia de los servicios privados en la guerra.

Consiguió todo lo contrario: una aguas negras en las que ya pocos gobiernos y empresas parecen querer navegar, de allí el cambio de nombre y la división de la compañía. No en vano el 7 de mayo se vio obligada a dejar de operar en Bagdad por orden del gobierno iraquí. Ha sido Triple Canopy quien se ha hecho cargo de sus contratos. En el resto del país podrá seguir operando hasta el mes de septiembre.

El pasado viernes nos hacíamos eco de las denuncias por abusos racistas en el Mc Arthur, embarcación de Blackwater que en teoría saldría a la caza de los piratas en el golfo de Adén, y que se suman, entre otras causas judiciales, al proceso por el asesinato de 17 civiles en Bagdad.

Ahora, cuatro empleados de una filial de la compañía, llamada Paravant, están siendo investigados por matar a un afgano y herir a otros dos en Kabul después de un accidente de coche, en lo que podría ser otro caso de gatillo fácil.

Ya en este blog dimos cuenta el año pasado desde Kabul del clima de nerviosismo que se vive en sus calles. Cada alto cargo extranjero que llega a una reunión, o inclusive a cenar en el jardín de la Gandamack Lodge, es escoltado por soldados privados que cortan el tráfico a placer, que se bajan con sus gafas de sol, sus chalecos antibalas, sus pinganillos en el oído y sus fusiles M4 sobre el pecho.

Anne Tyrell, portavoz de Xe declaró a Reuters:

Paravant puso fin a los contratos de los cuatro individuos involucrados en el incidente por no cumplir con los términos de su contrato, que requiere, entre otras cosas, el cumplimiento de la ley, regulaciones y políticas de la compañía.

De Eric Prince a otro príncipe, Lorenzo II de Médici, al que Nicolás Maquiavelo escribía el siguiente consejo:

Las mercenarios y auxiliares son inútiles y peligrosos; y el príncipe cuyo gobierno descanse en soldados mercenarios no estará nunca seguro ni tranquilo, porque están desunidos, porque son ambiciosos, desleales…

Aunque este texto viera la luz en el año 1513, parece de absoluta actualidad.

Crímenes de guerra: soldados de EEUU violan y matan a una niña

De todos los crímenes de guerra que hemos repasado de soldados de EEUU en Irak, éste resulta sin dudas el más perturbador.

Claro que tratar de conmensurar el dolor ajeno, el horror de esas vidas arrebatadas sin sentido, es un ejercicio fútil. Porque la muerte de cada inocente constituye en sí, no un daño colateral e inevitable, sino un hecho vil.

Una vida que ya no estará. Y cuya ausencia dispersa el dolor, la sensación de rabia e indefensión, entre la población local como la piedra que cae en un estanque de agua.

Pero el asesinato de Abeer Qasim Hamza, de 14 años de edad, se presenta hondamente repugnante, por la alevosía, la premeditación, la frialdad y el sadismo con que fue perpetrado, a diferencia de los crímenes de Haditha, Thar Thar y Hamdania, que tuvieron lugar en esas mismas fechas.

El miedo

Abeer Qasim Hamza no era una joven que destacara por su belleza. Alta, delgada, su tío la describe como una “chica ordinaria”.

Sin embargo, tuvo la desgracia de llamar la atención de los seis soldados de EEUU que controlaban el puesto de control situado a unos 200 metros de su casa, en la salida de la ciudad iraquí de Mahmudiya, ubicada al sur de Bagdad.

Según narra un vecino, Abeer le dijo a su madre el 10 de marzo de 2006 que los soldados habían intentado propasarse con ella. Y Fakhriyah, la madre Abeer, había visto en varias ocasiones cómo se comían con los ojos a su hija, cómo le levantaban los pulgares y le gritaban very good, very good, cuando la joven pasaba por allí.

Como tenía miedo, le preguntó al vecino si la niña no se podía quedar a dormir en su casa durante las noches. Omar Janabi, el vecino, recuerda que accedió y que le dijo a la madre, para tranquilizarla, que “los soldados estadounidenses no hacen esas cosas”.

Tampoco el padre de Abeer le dio excesiva importancia al asunto al afirmar que la “niña es demasiado pequeña”.

Asesinato y violación

Pero los soldados de EEUU sí se comportaron de la forma más brutal imaginable. Soldados de la 101 División Aerotransportada, con base en Fort Campbell (Kentucky), que habían registrado la casa en varias ocasiones en “busca de terroristas”.

Se pusieron ropas oscuras para no ser identificados, salieron del puesto de control y entraron a la vivienda de la familia Qasim.

Metieron a los padres de Abeer y a su hija pequeña de siete años en una habitación contigua y uno de los hombres los mató. Después, tres de ellos se turnaron para violar a la niña.

Cuando terminaron le destrozaron la cabeza y le quemaron el torso y las piernas para borrar posibles evidencias.

La venganza iraquí

Al principio, el Ejército de EEUU echó la culpa a la insurgencia. Un traductor militar estadounidense le dijo a Mahdi Obeid Saleh, primo de Abeer, que “eso les pasaba por dar cobijo a terroristas”.

Y la verdad del asunto se comenzó a saber cuando miembros del Consejo Muayahidín de la Sura, una de las seis organizaciones suníes islámicas que en Irak luchaban contra la ocupación, se vengaron de los sucedido a Abeer.

Mataron a un integrante del mismo cuerpo militar, David J. Babineau, y decapitaron a otros dos: Kristian Menchaca y Thomas Lowell Tucker. Fue entonces cuando un soldado habló a un consejero castrense de lo sucedido en Mahmudiya.

Los culpables

Los dos hermanos varones de Abeer se salvaron porque estaban en la escuela. Uno de ellos, Mohammed, de 13 años, declaró que había visto a un militar pasar el dedo por la cara de su hermana en el puesto de control.

Ese era Steve Green, de 21 años, soldado raso considerado el principal responsable de lo ocurrido. Las confesiones señalan que fue él quien disparó a sangre fría a los padres con un AK 47, a su hija y a la propia Abeer.

Sus cómplices fueron tres hombres. James Barker, que el 15 de noviembre de 2006 se declaró responsable de violación y asesinato para evadir la pena de muerte siendo condenado a 90 años de prisión. El sargento Paul Cortez también asumió su culpa, por lo que recibió una sentencia de 100 años. Ambos podrían salir bajo fianza dentro de una década.

El tercero en cuestión, Jesse V. Spielman, se declaró no culpable de los cargos más graves, por lo que fue el único en enfrentarse al tribunal militar. Afirma que no violó a Abeer, que sólo le tocó el pecho cuando estaba muerta, aunque sí sabía del plan y sí acompañó a los otros.

Durante el juicio salió a la luz que los soldados habían estado hablando en el puesto de control, mientras bebían whisky irakí y jugaban a las cartas, de “matar iraquíes” y de “follar”. Temas recurrentes en sus conversaciones.

Otro de los imputados, Bryan Howard, señaló que cuando los hombres volvieron al checkpoint, los escuchó decir “eso fue asombroso”, “matamos a una familia“, y que uno de ellos saltaba en la cama.

Paul Cortez admitió que odiaba a los iraquíes, incluidas las mujeres. Un elemento que salió a relucir una y otra vez en el juicio por parte de numerosos testigos: el odio a los locales, a los que llaman “haj”, y de quienes no distinguen a civiles de combatientes.

Cuando a Barker se le preguntó si el odio de Green era distinto al del resto, dijo que la única diferencia era que lo expresaba más a menudo.

“Vine porque quería matar”

Originario de Texas, cuando en enero de 2005 Steven Dale Green se alistó en el ejército se le retiraron los cargos que pesaban en su contra por abuso de alcohol y drogas. Un procedimiento conocido como moral waiver (renuncia moral) y que benefició a 34,476 reclutas sólo en 2006 a los que se les perdonaron desde infracciones tráfico hasta delitos graves.

Nueve meses más tarde estaba en Irak, donde poco tiempo duró, ya que lo dieron de baja en mayo de 2006 por “comportamiento deshonroso y antisocial” antes de que se supiera nada de la violación y asesinato de Abeer. Crimen acerca del cual Bryan de Palma estrenó en 2007 una película llamada “Redacted”.

Al encontrarse fuera del Ejército, Green va a ser juzgado por la justicia ordinaria de su país en abril de 2009. Hasta ahora se ha declarado inocente. Su abogado ya ha dicho que alegarán enajenación mental.

Un artículo de The Washington Post cita estas palabras de Green: “Vine porque quería matar gente… La verdad es que no es para perder la cabeza. Quiero decir, pensé que matar a alguien iba a ser una experiencia que te iba a cambiar la vida. Y cuando lo hice, me dije: Muy bien, lo que sea”.

“Maté a un tío que no quiso parar en el puesto de control y fue como si nada… Matar gente aquí es como pisar una hormiga. Quiero decir, matas a alguien y es como decir ok, vamos a comprar pizza”.

Los soldados israelíes podrían haber matado deliberadamente al cámara de Reuters

Justamente ayer comentábamos la importancia de los informes de organizaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Betselem.

Informes realizados por expertos que no en pocas ocasiones resultan una suerte de protección, de mirada objetiva y razonablemente confiable, ante los intentos de manipulación de los gobiernos cuando se embarcan en acciones armadas.

La cobardía de los líderes

En este sentido, siempre me ha llamado la atención cuán pusilánime y contradictoria es la actitud de tantos líderes que, como dijo la gran periodista israelí Amira Hass, deciden que “ellos matarán y otros morirán”.

Por una parte apoyan las decisiones de bombardear zonas altamente pobladas, pero luego no tienen la valentía de asumir las bajas de civiles y se amparan en eufemismos como “daños colaterales”, en argumentos como el empleo de “escudos humanos”, o en el nefasto mantra el siglo XXI, repetido hasta el paroxismo: el terrorismo, en cuya supuesta lucha se cometen crímenes tan atroces como dirigidos a diseminar el terror.

Los cómplices, los serviles

Claro que se trata de una propaganda destinada a quienes ven la televisión, a la hora de cenar, frente a la mesa, y no se cuestionan la veracidad de estas afirmaciones porque buscan la forma de acallar sus conciencias, de sumarse a la mentira colectiva que ellos también repetirán a sus conocidos, amigos y familiares.

Se suele decir que la primera baja de la guerra es la verdad. Sentencia que siempre me ha parecido desatinada. Lo que sucede es que a los políticos se suma el coro mediático de turno, cómplice y servil, que sirve de amplificador de las mentiras.

En definitiva, pierden la razón y la sensatez bajo la avalancha de tergiversaciones y sentimientos exacerbados por el nacionalismo, el miedo, el racismo y el odio. Tiempos oscuros para el pensamiento libre, empático, para los que se oponen al uso de la fuerza y apelan por el diálogo.

Pero la verdad no desaparece. Está allí, en la voz de cada víctima inocente. En su historia, personal, con nombre y apellido, en su retrato. El problema es que esta voz suele encontrar tan pocos amplificadores como gente dispuesta a escucharla de forma honesta.

Contra la mentira

La organización con base en Nueva York, Human Rights Watch, ha mostrado a lo largo de los años su compromiso en la denuncia de los crímenes de guerra.

Lo hizo con respecto a la familia Galia en Gaza. Aunque el coro mediático – al que vergonzosamente se sumaron algunos “columnistas” españoles que nunca han estado en la franja – señalaba que fue culpa de “minas plantadas” por Hamás en una playa pública, lo cierto es que el informe de HRW demostró que no fue así, que los siete integrantes de la familia Galia murieron bajo fuego israelí.

La misma conclusiones que alcancé en Gaza tras entrevistar a testigos y supervivientes, aunque no faltaran los exaltados y delirantes de siempre que hablaban de “imágenes manipuladas”, de “montaje”, como suelen hacer, al igual que sus líderes políticos, en lugar de asumir la verdad, pedir perdón en respeto a los muertos, a los inocentes, sean del color que sean.

O simplemente tener el coraje de decir: “Sí, ha sido consecuencia de nuestra estrategia y la asumimos plenamente”. Opción que me parecería más digna.

No, resulta más sencillo intoxicar, desprestigiar, difamar a periodistas como Lefteris Pitarakis, que se jugó bajo las bombas en Líbano para dar testimonio de la segunda masacre de Qaná en 2006.

Un fotógrafo con una vasta experiencia a sus espaldas que tuvo que soportar los agravios de tantos cobardes que desde la comodidad de sus casas y redacciones lo acusaban en sus periódicos y blogs de manipular las fotografías.

Los muertos existieron. A los supervivientes también las pudimos conocer en Viaje a la guerra. Y el tiempo demostró que los improperios de los aduladores de la sangre y el poder resultaron falsos.

Fadel Shana

Ahora Human Rights Watch ha sacado un comunicado sobre el asesinato la semana pasada de Fadel Shana, cámara de Reuters, en Gaza. Sobre cuya muerte ya se han vertido numerosas falsedades en Internet.

“Los investigadores de Human Rights Watch en el terreno encontraron evidencia que sugiere que la tripulación de un tanque israelí disparó de forma temeraria o deliberada contra el equipo periodístico”.

Comunicado que analizaré mañana junto a otra noticia de gran importancia que podría marcar un punto de inflexión por parte del Ejército de Israel hacia las víctimas civiles de sus acciones armadas.

Fadel Shana, séptimo periodista asesinado por el Ejército israelí

En el cuerpo de Fadel Shana, el cámara de Reuters asesinado ayer por el Ejército israelí, se encontraron dardos de metal de una pulgada de largo, conocidos en el argot militar como “flechettes”.

También había rastros de este armamento, que se desprendió del obús disparado por el tanque hebreo, en el chaleco antibalas que llevaba puesto y en el que se leía en letras fluorescentes la palabra: PRENSA, así como en su coche, claramente identificado como un vehículo empleado por periodistas.

Se trata de un arma controvertida, cuyo uso se trató de evitar ante el Tribunal Supremo hebreo, pero sin éxito. Especialmente, por sus efectos indiscriminados.

Human Rights Watch ha condenado el empleo de esta munición, que despliega cientos de dardos por el aire, en zonas habitadas por civiles. El Tsahal la había dejado de utilizar en Gaza en 2003, aunque luego la rescataría en Líbano en 2006.

En el caso de Fadel Shana, que no hacía más que cumplir con su deber de informar, los dardos le entraron a través del cuello y el hombro, alcanzado su pecho y parte de la espina dorsal. El reportero que lo acompañaba, sonidista, se encuentra en estado crítico.

El editor en jefe de Reuters News, David Schlesinger, afirmó que “la evidencia del examen médico subraya la importancia de una investigación imparcial y honesta por parte del Ejército de Israel y de su gobierno”.

Otra investigación, que si se lleva a cabo, se sumará a la larguísima lista de las que ya ha realizado el Ejecutivo de Ehud Olmert. Desde la muerte de la familia Galia en junio de 2006, pasando por la segunda matanza de Qaná en julio o el asesinato de la familia Al Kafarna de Beit Hanún en el mes de noviembre del mismo año.

Indiferencia ante los civiles palestinos

El gobierno de Israel ha dejado en claro en la guerra de Líbano de 2006, y en su actuación a lo largo de los últimos dos años en Gaza, que la Cuarta Convención de Ginebra, que establece el deber de respetar la vida de los civiles en un conflicto armado, no es una de sus prioridades.

El bloqueo mismo de Gaza constituye una violación de la legalidad internacional y el Derecho Humanitario. Como lo es también el empleo de personas a modo de escudos humanos, una práctica habitual de ese ejército que en algún momento de la historia se llamó el “más moral” del mundo.

También en la incursiones armadas en Gaza, el completo desdén por la vida de los civiles se hace evidente para quienes realizamos un seguimiento exhaustivo del número de víctimas.

Entre julio y septiembre de 2006, el Tsahal mató a 450 personas en Gaza, la mitad eran mujeres y niños (aunque luego Ehud Olmert dijera ante el parlamento israelí que eran terroristas, lo que levantó las críticas de numerosas organizaciones de derechos humanos).

Otro reportero muerto

En aquel verano sangriento de 2006, que pasé en Gaza, otro vehículo de Reuters fue alcanzado por las balas israelíes. Y de las guardias que realicé en el hospital Al Shifa, recuerdo el arribo también de conductores de ambulancias heridos, así como de Ibraheem al-Otlah, cámara de televisión alcanzado por varios disparos, cuya tía lloraba a la puerta de la sala de operaciones.

El mismo Fadel Shana ya había sido había sufrido heridas en agosto de 2006, cuando un avión israelí disparó contra el vehículo en que viajaba, también identificado como un coche de prensa. Tenía 21 años. Y podría haber decidido cambiar de profesión, pero siguió adelante.

Rescato de aquel tiempo la entrevista que realicé con el cámara de la agencia Ramatán, Zakaria Abu Hardib, que fue herido en dos ocasiones mientras realizaba su labor en Gaza.

A pesar de no controlar bien el brazo derecho debido a las lesiones, pudo filmar los segundos que siguieron a la muerte de la familia Galia en la playa de Yabalia, en junio de 2006. Material por el que recibió el premio del Rory Peck Trust.

Una reflexión impostergable

El Ejército israelí ha matado a siete periodistas desde el año 2001. El caso más sonado fue el del británico James Miller, que también tuvo la desgracia de filmar su propia muerte.

El último, hasta ayer, Imad Ghanem, cámara de televisión que retrataba cómo sacaban a heridos del campo de refugiados de Bureij cuando fue asesinado en julio de 2007.

Cabe preguntarse si la rabia de los soldados israelíes, ante la muerte de sus tres compañeros, explica de alguna manera que en su incursión ayer en Gaza mostraran tan poco aprecio por la vida de los inocentes como Fadel Shana (o de los cinco niños que también mataron).

También creo pertinente indagar qué impacto tienen en estos jóvenes soldados mensajes políticos que amenazan con un “holocausto” en Gaza, o los llamamientos de ciertos líderes ultraortodoxos a la venganza contra los palestinos. Según el rabino Shmuel Elyahu, “se debería colgar de un árbol a los hijos de los terroristas”.

Situaciones que un Estado que se denomina a sí mismo como “la única democracia de Oriente Próximo” y al que se le llena la boca hablando día tras día de “terrorismo”, debería examinar y repensar, tanto como el uso de los “flechettes” en zonas urbanas.

Por ahora, más que reflexiones, lo que deseo es expresar mi admiración y aprecio por todos los profesionales que en Gaza se juegan la vida día a día para contar la noticia.

Morir para contar: encuentro con el hijo de Tim Lopes

Tras haber estado en dos ocasiones en la favela en que perdió la vida el periodista Tim Lopes, y tras haber recogido numerosos testimonios sobre los trágicos acontecimientos que lo llevaron a la muerte, finalmente me dirijo a ver a su hijo, Bruno Quintella.

Nos encontramos en el restaurante Garota da Gávea, donde solía comer con su padre cada domingo. Bruno es un joven de estatura mediana, fornido, con los brazos tatuados. El rostro es calcado al de Tim, ancho, cordial, aunque con unos grandes ojos verdes, heredados seguramente de su madre.

Por momentos me habla de forma atropellada, abusando de la jerga local, lo que me obliga a pedirle que me repita las respuestas. Eso sí, se expresa con generosidad, sin eludir ni una sola de las preguntas aunque se trata indudablemente de un tema doloroso.

Tenía 18 años cuando mi padre desapareció. Acababa de regresar de EEUU, donde había estado estudiando durante un año, y me estaba preparando para dar el examen de entrada a la universidad de periodismo”, me explica. “Trabajaba en una tienda de ropa para ganar dinero. Cuando salía, los domingos, me encontraba aquí para comer con él”.

Recuerda que el viernes que precedió a la muerte de Tim conversaron sobre el reportaje que estaba filmando, también en una mesa de Garota da Gávea. Le dijo que tenía que volver a la favela porque necesitaba captar una imagen más para poder terminar.

“Era conciente del riesgo que corría, pero quería denunciar los abusos a menores en los bailes funkies y la ausencia del estado en las favelas. Los propios moradores, preocupados por sus hijos, lo habían llamado”. Según la TV Globo, Tim ya había estado allí en cuatro oportunidades. Dos de ellas con la cámara oculta.

Al día siguiente, sábado 2 de junio de 2002, se volvieron a encontrar. Su padre le llevó el cheque para que pagara la cuota de la academia en la que preparaba el examen a la universidad. Fue la última vez que se vieron.

Horas después Tim Lopes se subió a un coche de la TV Globo que lo llevó a la favela Vila Cruzeiro para asistir al baile organizado por los narcotraficantes. Vestía unas bermudas, una vieja camisa amarilla y sandalias. Llevaba el equipo de filmación escondido en una riñonera. Entró pasadas las ocho de la tarde. Se suponía que debía salir dos horas más tarde. El conductor lo aguardaba en la entrada a la favela.

“El domingo jugaba Brasil contra Turquía en el Mundial de Corea y Japón. El partido era a las seis de la mañana. Lo vi con unos amigos y volví a casa a las nueve de la mañana. Todo el mundo celebraba que habíamos ganado”, afirma Bruno. “Me levanté a las siete de la tarde. Salí de la habitación y descubrí que en casa había mucha gente. Durante un instante me alegré de que estos amigos estuvieran allí, pero luego comprendí que algo malo debía haber sucedido. Cuando llegué al salón justo estaban pasando en el telediario la imagen de mi padre, decían que había desaparecido”.

Lo primero que pensaron fue que lo habían secuestrado, o que por alguna razón Tim se había quedado escondido en la favela. Marcelo Moreira, jefe de reportaje de la TV Globo en Río de Janeiro, declaró que cuando el conductor del coche llamó a la redacción para avisar de la ausencia de Tim le dijeron que esperara hasta las doce de la noche. Y fue recién a las cuatro de la mañana, cuando Moreira se dirigió a la emisora para ver el partido, que dio la voz de alarma sobre lo que había sucedido.

La opinión pública brasilera se conmocionó ante la desaparición de Tim. Bruno no quiso dar entrevistas pero sí escribió una carta dirigida a su padre “como si aún estuviera vivo”.

“El presentador del telediario la leyó al aire. Cuando estaba terminando la cámara se abrió y detrás de él estaban todos sus compañeros vestidos de negro, con una foto enorme de mi padre al fondo”, me dice. “Me emocioné más por eso, por ver cómo lo quería la gente, que porque leyeran la carta”.

Tras una semana de intensa búsqueda en la favela, durante la cual las autoridades nacionales y locales se acusaron de ineficiencia, la policía anunció que Tim Lopes había sido asesinado.

Las declaraciones de dos traficantes detenidos, Fernando Sátiro da Silva, alias “Frei”, y Reinaldo Amaral de Jesus, alias “Cabê”, resultaron decisivas. Según ellos, Tim fue identificado como el autor del reportaje “Feirao do Po”, en el que denunciaba con cámara oculta cómo se vendía abiertamente droga en la favela, y por el que varios criminales entraron en prisión.

La coautora del reportaje, que les valió el premio Esso, Cristina Guimaraes, vive ahora escondida. Según ella “el asesinato de Tim Lopes fue una muerte anunciada”. Cristina, que tiene 38 años, pidió la baja en TV Globo alegando que la empresa no le ofreció protección cuando fue amenazada de muerte.

Ângelo Ferreira da Silva, arrestado el día 13 de junio, confesó que estaba en el coche que habría transportado a Tim de Vila Cruzeiro a la favela Grota, donde estaba Elías Maluco. Según dijo, el periodista se encontraba atado y herido de bala cuando fue subido al coche. Relató las escenas de tortura por la cual pasó el periodista, pero dijo que no estaba presente cuando murió.

Por su parte, Elizeu Felício de Souza, alias “Zeu”, detenido el 14 de junio, y considerado uno de los guardias de Elías Malucos, confesó que compró gasolina en una estación de servicio cerca a la entrada de la favela Nova Brasília, que integra el Complexo do Alemão. Zeu declaró haber entendido que un enemigo del Comando Vermelho iba a ser quemado.

“El cuerpo de mi padre tardó diez días en aparecer”, señala Bruno. “Cuando lo encontraron, el 12 de junio, tuve que ir al laboratorio para que me tomaran una muestra de ADN”.

La muerte de Tim Lopes creó una gran controversia en torno a la seguridad de los periodistas en Brasil. Se puso en juicio la decisión de TV Globo de enviarlo sin protección alguna a la favela. (Sus reporteros, con quienes he coincidido en varias ocasiones, ahora tienen prohibido entrar a las favelas).

“El error fue de los dos. Mi padre porque se podría haber negado pero aceptó. La TV Globo por haberlo enviado allí”, sentencia Bruno.

El verdadero nombre de Tim Lopes era Arcanjo Antonino Lopes do Nascimento. Samuel Wainar, propietario de la revista Domingo Ilustrada, donde Tim obtuvo su primer empleo, le cambió el nombre diciendo que lo encontraba parecido al músico Tim Maia.

Nacido en la ciudad de Pelotas, en el Estado de Río Grande do Sul, a los ocho años había venido con su madre a Río de Janeiro, donde vivió de niño en Mangueira, una de las favelas más populosas de esta ciudad. Tenía ocho hermanos.

Con gran esfuerzo consiguió estudiar, salir de la favela y acceder al mundo que tanto lo apasionaba: el periodismo. Trabajó en la revista Placar, en los periódicos Jornal do Brasil y O Dia. En 1996 entró a la TV Globo, donde empezó como reportero del famoso programa “Fantástico”. Su primera pieza la hizo vestido de Papa Noel en navidad.

Mi padre tenía el pasaporte para entrar a la favela. Era mulato, tenía la voz, la forma de hablar. Y se había criado en el morro. También conocía la calle, se movía bien en ambientes marginales”, afirma Bruno. “Cuando había un incidente en la favela, él siempre subía por otro lado, andaba solo, así conseguía su propia información. Después salía por donde estaban todos los periodistas, que siempre le preguntaba: ¿de dónde has salido?”.

El trabajo de Tim deslumbra tanto por la creatividad como por su hondo compromiso social. “Siempre se ponía del lado de los pobres. Una vez fue a hacer una investigación sobre personas sin hogar y durmió dos noches en la calle”, dice su hijo.

Desde hacía algún tiempo Tim deseaba salir del telediario y dedicarse a hacer reportajes de factura más prolongada. Había hablado con los productores de Globo Reporter (el programa de investigación periodística más prestigioso de Brasil, una suerte de Informe Semanal) y le habían aprovado un proyecto que consistía en viajar con camioneros durante un mes por las rutas brasileras para contar su vida. El siguiente paso que tenía en mente era ir a África.

“Mi padre era muy respetado en la profesión. Siempre su reportaje abría o cerraba el telediario, que son las piezas más importantes. La primera, que es la que atrapa a los televidentes, y la última que siempre es más de color, más social”, señala Bruno para matizar a continuación: “Su insatisfacción venía por el lado del dinero. Sentía que no estaba siendo reconocido. A los 51 años no había ganado lo suficiente aún para comprarse su propia casa, tenía que alquilar”.

Más allá del descontento con la profesión por el escaso rédito económico que había conseguido, lo cierto es que Tim era un apasionado del periodismo y había insistido para que Bruno siguiera sus pasos. De adolescente, un díaéeste le dijo que quería estudiar derecho. “¿Te has visto la cara?”, le preguntó riendo. “Tú no pareces abogado, tú eres periodista”.

Eso sí, le aconsejó que se preparara a conciencia y que estudiara idiomas para poder llegar más lejos. Tras terminar la carrera, Bruno recibió el ofrecimiento de Marcelo Moreira, antiguo jefe de su padre, para entrar a trabajar en TV Globo. Está en el área de policiales y se dedica a la producción desde los estudios.

“Ahora que yo soy periodista, lamentablemente no está aquí para aconsejarme. Muchas veces me pregunto qué haría mi padre en tal o cual situación”, me dice.

Bruno tiene la ventaja de que conoce la trastienda de la profesión desde niño, ya su padre solía llevarlo a los periódicos en que trabajaba. También aquí mismo, en la Garota da Gavea, fue testigo de innumerables conversaciones de su padre con compañeros de profesión, pues es el lugar en que se suelen reunir los trabajadores de TV Globo. Hacía años que Tim se había separado de la madre de Bruno y se había vuelto a casar.

Mientras nos sirven la cena, le pregunto si la forma tan brutal en que murió su padre lo dejó marcado. “Tuve la suerte de no ver el cuerpo. Hace poco se murió el padre de un amigo y fui al velorio. La última imagen que tiene de su padre es allí, sin vida. Yo, no. Sí es cierto que lo que le pasó fue más duro. Pero mi padre murió haciendo lo que le gustaba, los padres de mis amigos de un infarto. Y la repercusión de la historia y el apoyo de la gente me ayudaron salir adelante”.

Otra reflexión que hace Bruno es que, al menos, la muerte de su padre sirvió para que Brasil pensara por unos días sobre la violencia, justamente lo que Tim buscaba con su trabajo. “Mi padre no fue el único que murió descuartizado y quemado. Mucha otra gente inocente muere y nadie se entera”, dice.

Para terminar la entrevista le pregunto por Elías Maluco. Qué sintió en el 2005 al verlo en la televisión durante el juicio. “Si te digo la verdad, no lo odio”, me responde. “Seguramente no sabía lo buena persona que era mi padre. Además, Elías Maluco no tuvo madre ni padre. No lo puedo juzgar. Yo tuve siempre amor, nunca me drogué, no viví en una favela. Mi única venganza es ser feliz”.

Antes de guardar el cuaderno y la grabadora, le pido que me deje sacarle una foto para el blog. Me dice que por razones de seguridad prefiere que su imagen no sea conocida. Pero sí me promete que la próxima vez que nos veamos me traerá un retrato de cuando era adolescente, junto a su padre. La semana siguiente volvemos a cenar en la Garota da Gavea. Cumple su palabra:

Morir para contar: Elías Maluco, el asesino del periodista Tim Lopes

Elías Pereira da Silva se ganó el apodo de Elías Maluco (el loco) por la desmesura, la crueldad y la barbarie que siempre mostró hacia sus enemigos como traficante en las favelas del norte de Río de Janeiro.

Amo y señor del negocio de la droga en el complexo do Alemao, saltó a la fama en todo Brasil cuando el 2 de junio de 2002 mató al periodista Tim Lopes, de la TV Globo, con una katana que se había hecho traer de Japón. A partir de ese momento se puso en marcha una vasta operación policial para tratar de detenerlo.

De su vida personal poco se sabe. Tiene cinco hermanos, sin relación alguna con el mundo del crimen, uno de los cuales apareció en las portadas de todos los periódicos cuando en 2005 ganó en la lotería el mayor premio de la historia de Brasil: cincuenta millones de reales.

Elías Maluco fue durante años uno de los máximos líder del Comando Vermelho junto a su socio, Luiz Fernando da Costa, alias Fernandinho Beira-Mar, uno de los mayores narcotraficantes de América Latina.

Acerca de la peripecia vital de Fernandinho Beira-Mar sí existen abundantes datos. Nació en la favela de Beira-Mar. No conoció a su padre, y Zelina, su madre, una mujer muy humilde, murió atropellada.

Entre los 18 y los 20 años, Fernandinho cometió sus primeros delitos: asaltos a bancos y tiendas. El robo de un arsenal militar lo llevó a la cárcel. Al salir regresó a Beira Mar.

Entre 1990 y 1995 se erigió como uno de los máximos dirigentes de la facción armada al abrir sus propios canales de distribución de droga y conquistar favelas como Rocinha, Vidigal y Borel.

Se hizo popular entre los moradores de los barrios marginales al repartir ropa, comida y medicamentos. Fue tal la fortuna que amasó que la policía lo acosaba constantemente en busca de “propinas”, hecho éste del que dicen que se quejaba Fernandinho. Dos de sus hermanas, Débora y Alessandra, se hicieron gerentes de la “firma”, como se conoce al negocio del tráfico en las favelas.

En 1996 entró a la cárcel, donde no permaneció demasiado tiempo ya que logró huir por la puerta principal (se cree que en connivencia con la policía). A partir de ese momento fue cambiando de “residencia”. Vivió en Paraguay, Bolivia, Uruguay y Colombia. Además de traficante de droga a nivel continental, pasó a ser un importante contrabandista de armamento pesado proveniente de Rusia.

En Colombia estableció vínculos con las FARC hasta que el Ejército colombiano, en coordinación con efectivos estadounidenses, lo capturó el 21 de abril de 2001. De regreso en Brasil, organizó en la prisión de Bangu I una rebelión para asesinar a Ernaldo Pinto Medeiros, jefe del Tercero Comando, facción rival.

Desde entonces es cambiado de cárcel con regularidad, y se encuentra aislado ya que inclusive en prisión siguió ejerciendo su poder. En buena medida esto se explica porque el Comando Vermelho fue en su orígenes una organización nacida en el seno mismo de las instituciones penitenciarias brasileras.

En los años 70 el gobierno militar de Brasil decidió mezclar a los presos políticos con los comunes. Estos últimos aprendieron de los guerrilleros de izquierda a organizarse. Nació el comando Vermelho, que tuvo durante años un curioso discurso salpicado de reivindicaciones sociales, y cuyas acciones se caracterizaron no sólo por la brutalidad sino por un cierto fanatismo que hacía que sus miembros parecieran desprovistos de miedo a la muerte.

La noche del 2 de junio de 2002, el periodista Tim Lopes entró a la favela Vila Cruzeiro para filmar con una cámara oculta un baile funky en el que se suponía que tenían lugar abusos sexuales a menores. Lo primero que hicieron los traficantes al descrubrilo fue pegarlo un tiro en el pie para que no pudiera escapar.

Después lo llevaron a la favela Grota, dentro del complexo do Alemao, en el maletero de un coche. Allí los delincuentes hicieron una suerte de juicio. Después lo torturaron. Según los vecinos, los desgarradores gritos de Tim se escuchaban en medio de la noche. Finalmente, el propio Elías Maluco le dio varios golpes con una katana y le prendió fuego colocándole un neumático alrededor de la cabeza en lo que se conoce como “microondas”, método utilizado para que los cuerpos de los muertos no puedan ser identificados.

De los nueve traficantes que participaron en el asesinato, dos murieron: André da Cruz Barbosa y Maurício de Lima Matias. Los restantes fueron apresados progresivamente gracias al empeño de la policía y a la presión que ejercieron los medios de comunicación.

El último en caer en manos de la policía fue el propio Elías Maluco. La detención tuvo lugar el 19 de septiembre de 2002 en la favela de Grota. En el marco de la Operación Sofoco, las fuerzas de seguridad del estado se habían entregado a una verdadera cacería humana organizando asaltos a los barrios marginales, sitiando los lugares más conflictivos.

El 24 de mayo de 2005, Elías Maluco fue condenado a 28 años de prisión por la muerte de Tim Lopes. Los cargos fueron asesinato, ocultación de cadáver y asociación ilícita.

Conmoción en Brasil ante la brutal muerte del pequeño João

Los ladrones se subieron al Opel Corsa de color plata y obligaron a las dos mujeres que iban en los asientos delanteros, madre e hija, a bajarse.

Cuando la madre, cuyo nombre es Rosa Cristina Fernandes, intentó sacar a su hijo, João Hélio Fernandes, de seis años de edad, que viajaba en el asiento trasero, el vehículo arrancó raudamente. Eran las nueve y media de la noche, se encontraban en la calle João Vicente, del barrio de Oswaldo Cruz, un suburbio de Río de Janeiro.

El pequeño João se quedó enganchado al coche por culpa del cinturón de seguridad. Sufría hiperactividad y padecía dificultades para hablar y moverse. Madre e hija observaron con horror cómo éste se alejaba arrastrándolo por el pavimento.

A lo largo de siete kilómetros, y cuatro barrios, los ladrones avanzaron sin detenerse, aunque transeúntes y conductores les gritaban que parasen, que llevaban a un niño colgando de la puerta trasera. Lo que hacía el conductor era progresar de forma zigzagueante para tratar de librarse del cuerpo que los seguía. Quince minutos más tarde frenaron y huyeron dejando a João tumbado sin vida en el suelo.

Sucedió el pasado miércoles, justo cuando mi avión estaba aterrizando en el aeropuerto, aquí en Río de Janeiro. Un hecho que ha conmocionado de tal forma a Brasil que no se habla de otra cosa en la calle y en los medios de comunicación.

Al día siguiente se practicaron los primeros arrestos como consecuencia de denuncias anónimas. El padre de uno de los ladrones colaboró con la policía para que esta pudiera detener a su hijo: Diego Nascimento da Silva, de 18 años. “Intenté ayudar a la justicia, no se puede ser cómplice de estos crímenes bárbaros”, dijo Nilson Nonato, cuando se le preguntó por qué había cooperado con las fuerzas de seguridad. Los moradores de la favela apedrearon durante la noche la casa de la familia.

El otro detenido fue un joven de 16 años, habitante también de la favela situada en el morro da Serrinha, en Madureira, un suburbio de Río de Janeiro. Según la ley permanecerá tres años en un correccional y luego saldrá en libertad, ya que es menor de edad. Este hecho, y la rabia generalizada, han dado lugar a un amplio debate sobre un cambio legal que permita castigar con mayor contundencia a los jóvenes que cometen delitos. También se está hablando mucho de la pena de muerte para casos como estos.

En este sentido, la sociedad brasilera parece dividida. Están quienes creen que la solución pasa por una acción represiva mayor, y quienes abogan por favorecer la educación, la lucha contra la pobreza y la exclusión.

La hermana de Joao, Aline, de 14 años, escribió una carta abierta que leyó hoy en la cadena O Globo para pedir un cambio de legislación, algo que ya había hecho su madre anteriormente. Las desgarradoras imágenes del entierro conmovieron al país, que hizo suyo el sufrimiento de esta familia.

En estos días se han organizado numerosas marchas de protesta. Los partidos de fútbol, como el Botafogo vs Flamengo que están pasando en la televisión, comenzaron con un minuto de silencio en recuerdo de Joao, así como varios actos previos al Carnaval.

En la favela Maré, donde ya he pasado tres días, poco a poco voy consiguiendo testimonios para tratar de comprender cómo es la vida. Eso sí, me está costando mucho sacar fotos, ya que la desconfiaza de los jóvenes que mueven el comercio de las drogas es enorme.

Justamente Tiao, un viejo traficante de la zona, me decía el viernes que hace diez años no había niños en el negocio, y que su inclusión en él respondía en parte a que recibían castigos legales leves en comparación con los adultos.

Desde fuera cuesta vislumbrar el nivel de violencia que prevalece en las favelas de Río de Janeiro. A cada rato pasan helicópteros, con hombres armados en las ventanas. Los niños llevan toda clase de armas: pistolas, revólveres, ametralladoras. La policía emplea carros de combates para entrar en sus misiones de asalto. Cortan la luz, el agua, como forma de presionar a los moradores. Una guerra brutal, sin cuartel. Un mundo violento, fuera de control, que por momentos baja a la ciudad y se lleva por delante vidas como la del pequeño Joao.